Actions

Work Header

¡Día de Campamento, Nakamura-kun!

Summary:

Es el día de campamento con Hirose, su querido amor, y sus otros compañeros. Hoy tiene que ser el día que consiga un progreso con su chico, así lo decide Nakamura, así que toma las medidas imprescindibles para cerciorarse de que así sea, para que, al final del día, se consagre como el amigo del que Hirose no puede distanciarse ni por un instante. Y, ¿cuáles son esas medidas? Sí, pedirle una pócima de dudosa procedencia a Aokiyama.

Todas las anteriores pócimas han funcionado, ¿por qué esta vez sería diferente? Así que, se embarca en esta oportunidad concedida por los Dioses (o espectros) con la esperanza circulando en cada partícula de su ser.

Nakamura está seguro que, en el siguiente amanecer, su relación se habrá consolidado como una fuerza superior en la vida de Hirose.

Notes:

dije que lo subiría ANTES del último ep y así hice, no me importa nada. tuve que dividirlo en dos partes pq m negaba a que me quedara un one-shot de 15k+ de palabras

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Parte Uno

Chapter Text

Está preparado. Está más que preparado. Está supremamente preparado. Nació preparado.

Hoy es el día.

Nakamura alisa su ropa, ajusta su morral, sale de su casa al auto que lo espera y, devotamente, realiza ensayos periódicos sobre el día que avanzaría únicamente en favor de reunirlo con el amor de su vida, Hirose.

Por supuesto, no sabe cómo serán reunidos, pero, no es algo de lo que él deba preocuparse como un mero mortal. Ese será el trabajo del universo, de las fuerzas ignotas que forjan el pavimento del todopoderoso destino, incapaz de ser burlado o desnaturalizado, porque es algo que se le fue adscribido desde la racionalidad de la materia más anímica, implantado en la composición más ínfima de los huesos. Es un pavimento diseñado para que él lo resida, para que él lo camine. Por ende, de lo único que debe preocuparse Nakamura, es cómo se afincará en lo que esos espíritus benignos, maniabiertos, ininteligibles para su pobre lógica humana, le han predispuesto como su magnífica regalía.

Prácticamente está riendo con un canto raro de ‘jeje’s’ durante todo el recorrido hasta que el auto frena y su madre le hace saber que arriban al punto de encuentro acordado por sus compañeros con un, ‘diviértete, cariño’ así que la hora ha llegado. Despierta de sus mágicas fantasías, próximas a trascender el plano de la irrealidad, para agradecerle a su madre, despedirse y desembarcar.

Se agarra de ambos brazos del morral, respirando el oxígeno puro con avidez. Se siente revitalizado. Tiene sentido, porque está en la entrada de un gran bosque, pero también por aquella pócima. Fue agradable no haber percibido ningún sabor en ella cuando la mezcló con su café mañanero, Aokiyama le había dicho que estaba bien si lo mezclaba con otra bebida, lo importante era que lo bebiera. Dijo que tenía que ser en la mañana del día en que quisiera que surtiera efecto: y esa mañana, es esta mañana.

Hoy, más que nunca, es el día que necesita de esa suerte paranormal, porque hoy él, Hirose, sus amigos y aquel grupo de chicas, tendrán un día de campamento.

Todos los trucos de Aokiyama han funcionado, aunque antes se haya negado a reconocerlo. ¿Por qué ahora sería diferente? Nakamura no tendrá que acercarse a Hirose, porque la suerte, concedida por los entes del más allá, está de su lado. Hirose será atraído a él por inercia, naturaleza, instinto, un llamado que provocará que no pueda desprenderse de él.

“¡Nakamura! ¡Eres tan hábil con la caña de pescar! Espera, ¡¿esos son músculos?! Vaya, con razón eres bueno en esto. Te ves tan apuesto.”

Nakamura niega con la cabeza, la alegría adherida a su sonrisa, deshaciéndose de la premonición. Oh Dios, lo siente tan cerca. Para esto trabajó para esa bruja, Aokiyama. Cuenta como la única vez que le hizo un favor sin que su grupo lo capturara en una bolsa y lo raptara. Ella estuvo desconcertada y eufórica al contemplar su ofrecimiento voluntario, atribuyéndolo a que había abierto los ojos y por fin se uniría a su club de espiritismo, a lo que él negó y alegó que solo lo hacía porque necesitaba uno de sus conjuros, objetos o pócimas.

Después de un rato, se encuentra con las chicas: Kawamura, Okuda y Hamaoka. Él las saluda, y ellas le devuelven el saludo con la misma amabilidad. Permanecen en el mismo punto, en espera de los demás chicos mientras escucha murmullos fervientes de las chicas hasta que la conversación aislada llega a un punto muerto y, por alguna razón, lanzan a Kawamura a su lado. Él inclina la cabeza, extrañado, viendo a Kawamura jugar nerviosamente con sus dedos en un intento de encontrar su voz para hablar con él.

Nakamura sonríe. Aunque no hablan mucho, no se opone a seguir la plática y aportar lo que puede a ella a pesar de su personalidad introvertida.

Hasta que llegan el resto de chicos: Mukai, Takeuchi, Oomori y, por último pero no menos importante, su amado Hirose.

Ese es el inicio, del día que fortalecería su amistad hasta que fuera indestructible. Se volverían tan inseparables, que Hirose no querría pasar tiempo con alguien más que no fuera él.

O eso es lo que había pensado.

Está sumergido en su bolsa tal cual oruga en su capullo, refunfuñando con exasperación mientras se atormenta con la recapitulación de todos sus desaciertos del día: pescar con Hirose, arruinado; como es habitual, Takeuchi y Mukai se le prendieron como sanguijuelas succionándole la sangre a través de sus tonterías. ¿Caminata romántica por el bosque? Fatal, por fantasear en salvar a Hirose de alguna criatura acabó perdido, con suerte, las chicas lo encontraron. ¿Sentarse al lado de Hirose mientras comían malvaviscos? Negado, Oomori lo destituyó del lugar que le correspondía, además de que se vio forzado a sentarse al otro extremo de Hirose. ¿Armar su tienda, dormir juntos? Fragmentada, ilusión absolutamente fragmentada, porque a los chicos se les olvidó comentarle sobre cómo habían acordado la repartición, algo de lo que él no estaba informado hasta ese momento. Habían tres tiendas, dos lo suficientemente grandes para no solo albergar a una pareja, así que en esas dos dormiría el grupo de chicas y un grupo de chicos, ese grupo de chicos siendo Takeuchi, Mukai y Hirose. La tienda sobrante, que tenía el tamaño justo para resguardar a una pareja, la compartiría Nakamura con Oomori.

Con Oomori. Oomori. No su amado Hirose.

Está solo, en la oscuridad, con la tienda instaurada y rechinando los dientes. Se le hizo casi imposible ayudar a Oomori a establecer su recinto-cama temporal cuando, del otro lado, escuchaba las risas de Hirose al divertirse por los intentos fallidos y ridículos de Takeuchi en armar la tienda para impresionar a Hamaoka. Ese debió ser él, quien lo hiciera reír, no por hacer el ridículo, sino por gozar de la alegría de construir su refugio de tela plástica como los mejores amigos, futuros esposos, que estaban destinados a ser.

Aunque Hirose, después de que le anunciaran la repartición a Nakamura, se había disculpado al declarar que le hacía sentir mal el hecho de presionarlo a estar con Oomori cuando todavía no eran amigos y que le habría gustado pasar la noche con Oomori o con él por separado pero que no podía dividirse. Él dijo que sabía que era mejor de esa manera, ya que estaba seguro que tanto él como Oomori no se sentirían cómodos si se les impusiera el compartir tienda con su grupo de amigos. Nakamura halló la lógica en lo que Hirose afirmaba, después de todo, tanto él como Oomori no eran tan cercanos a ninguno que no fuera Hirose.

Aun así, le habría gustado reclamarle que si tanto quería pasar la noche con él, que renunciara a su tonto grupo de amigos y se mudara a su tienda. Sin embargo, sabía que no sería justo para Oomori. No quería ser egoísta, incluso si su corazón exclamaba con la indignación de alguien que añoraba atizar una rebelión.

De todas formas, Hirose le había dicho que de seguro se llevarían fenomenal por lo parecidos que podían llegar a ser, que Oomori era un buen chico y que si se diera el tiempo de conocerlo, se volverían amigos en un abrir y cerrar de ojos.

Y… sí, Nakamura no estaba interesado. Vino aquí a reforzar su vínculo con Hirose, no a entablar un vínculo con alguien más.

Es por eso que está aquí, ahora, solo, gruñéndole al aire sometido en la bolsa. Se había excusado con los chicos, diciéndoles que se sentía cansado y que iría a dormir, ellos lo despidieron y continuaron con la energía de su reunión en la fogata. Solo para venir aquí a gruñir como un niño al que se le fue rechazado el ingreso legítimamente adquirido a un parque de diversiones.

Sabía que no debía confiar en esos hechizos fraudulentos de una autonombrada espiritista. Nada de eso es real, Nakamura siempre lo supo y, aun así, había confiado.

Qué tonto fue.

Cierra los ojos. Este día fue el peor. Ni siquiera tiene ánimos de fantasear para arrullarse a sí mismo en un sueño, porque será un recuerdo agobiante de su estrepitoso fracaso. Así que solo cierra los ojos, todavía pensando en lo tonto que fue, hasta que la reprensión incesante se desvanece cuando se suaviza la congruencia sagaz de su consciencia.


“¿Nakamura?”

La voz de su amado lo llama, pregunta por él para que reaccione a su nombre azucarado por sus labios. Nakamura sonríe, somnoliento, reconociendo, con la vaguedad de quien tiene el sueño aparcado firmemente en los párpados, el ruido como algo auténtico.

“Dime, cariño. Sabes que puedes decirme lo que sea.” Balbucea con voz ronca, ligera, sonriendo ante la idea de que un sueño espléndido con Hirose podría estar iniciando.

Las risas suaves de Hirose ensanchan su sonrisa.

“Perdón si te desperté. Pareces bastante dormido, solo venía a avisarte que dormiré contigo porque no quiero asustarte en caso de que te despiertes a mitad de la noche. A Oomori le dio fiebre de la nada, así que su mamá pasó a recogerlo hace poco. No quise que te quedaras sin un compañero, así que les dije a los chicos que me mudaría.” Hirose le explica en una voz baja, lo que lo desconcierta porque eso no suena como algo que el Hirose de sus sueños diría.

Nakamura se levanta de golpe, agitado, el calor en su rostro velozmente gobernando sobre su palidez. Agradece que no pueda detallarlo mucho por la oscuridad, lo único que los ilumina es la luz de la luna. No, saben qué, hasta en eso es desafortunado, porque se pueden contemplar nítidamente a pesar de la fogata ahogada y la ausencia de luces, ya que hoy, particularmente hoy, es una noche en la que la luna se ensalza con una refulgencia vívida, así que Hirose es tan claro como si estuviera siendo favorecido por el reflector del día.

Solo que no lo es, porque está cubierto por esos azules nocturnos; el descenso esplendoroso del resplandor que acoge su figura en una luminosidad concedida por las estrellas, reflejándose en él a pesar de su lejanía. Su piel mínimamente morena se incorpora con esas matices galácticas, sus ojos compaginan la energía para dispersar un brillo que circula en minúsculos puntos, que se arraigan, como quien halla abrigo, al café englobando su mirada.

Recupera la concentración, los sentidos. Él espanta su somnolencia.

“¡H-H-H-Hirose!” Se tambalea con sus propias palabras. No puede creer que esto esté sucediendo, no puede creer que llamó a Hirose ‘cariño.’ No le importaría ser abducido por un alienígena ahora mismo. “¡C-c-claro! Por favor, p-ponte cómodo…”

Nakamura peina un mechón de su flequillo, un gesto que lo identifica cuando está nervioso. ¿Esto está sucediendo de verdad? ¿En serio está a punto de dormir con Hirose? Hirose le agradece con una sonrisa y despliega su bolsa, estableciéndola a su lado. Antes de introducirse en ella, vuelve a hablar.

“Oye, en serio, perdón por haberte despertado. No quería interrumpir tu sueño. Y si prefieres estar solo, no tengas miedo de decírmelo por ser considerado. Todavía puedo regresar y dormir con los chicos.” Le dice Hirose antes de seguir adecuando el lugar donde dormirá. Nakamura se alarma. ¿Hirose, yéndose? ¿Abandonando la certeza de que una de sus más grandes fantasías se cumplirá? Él no lo permitirá.

“¡No no no no no! En lo absoluto. Pr-pre…” Nakamura traga saliva, inhala para tranquilizarse. “P-preferiría que te quedaras aquí…” Murmura, en una voz tan pequeña que si existiera otro sonido, no habría posibilidad de que fuera captada.

No puede verlo, pero puede percibir la sonrisa de Hirose.

“¡Está bien! Me alegra escuchar eso.”

Levanta la cabeza, comprobando la sonrisa de Hirose y observando sus movimientos. Se establece rápidamente, no se introduce en su bolsa, sino que decide dormir sobre ella. A Nakamura le resulta extraño, aun así, le pareció oír a Hirose quejándose del calor cuando él mismo estaba meditando sobre sus desventuras, así que tiene sentido que decida no acostarse dentro de ella.

Debería hacer eso también, determina. Así que lo hace. Hirose le sonríe al ver que lo imita.

“Buenas noches, Nakamura.”

“Buenas noches…”

En un instante más, advierte la lentitud e inconsciencia en la respiración de Hirose, así que se da cuenta que él cae rendido en un santiamén. Nakamura lo admira y, en este momento, lo envidia, debido a que le cuesta un mundo volver a rendirse en los brazos de Morfeo ya que el objeto de sus sueños está justo ahí.


Nakamura despierta cuando siente que algo recorre su pecho.

Tarda en reconocerlo. Se despierta poco a poco, registrando en la borrosidad de su consciencia parsimoniosamente encendida que un objeto o animal no identificado se ha trepado en su pecho y ha partido con un trazo descendente, escurridizo y arbitrario que pretende presionarse contra su abdomen.

Por un momento, entra en pánico, porque su primer conjetura es que un bicho se ha escabullido y ha encontrado un inoportuno cómodo aposento encima de él. Procura no moverse, no producir ningún sonido, antes de abrir los ojos.

Sin embargo, incluso antes de abrir los ojos, comprende lo que es. Comprende lo que es porque es demasiado sólido, estable, cálido, demasiado compuesto de un hueso soldado por músculos que lo sujetan en una extensión inconsciente, humana. Es un brazo que ha sido desenvuelto de la retracción que lo aseguraba en la guarida somnífera del conductor, un brazo que ha decidido desplazarse para asentarse en su estómago, para aplastar la palma justo en la piel suave que resguarda sus órganos digestivos. Con mucho miedo, Nakamura desune los párpados engrudados debido a la fuerza con la que los cierra, para corroborar que lo que ha estado sintiendo no es una ilusión suscitada por alguna unidad capciosa de su cabeza, buscando dopar a su corazón rapaz con la colaboración de la tergiversación efectiva de un sueño.

Admirar la mano ahí, resplandeciendo con su particular matiz fusionado con el color de la noche, por un brazo que ha sido incómodamente extendido solo para alcanzarlo, hace que su corazón lata como un lunático. Se reclama que debe guardar la calma, pero es imposible, porque Hirose lo está tocando. Le recuerda a lo que ocurrió con la cucaracha, sólo que esta vez Hirose no parece estar consciente de lo que hace, si juzga el cómo sus párpados aflojados se desploman para besar con las pestañas los extremos a los que cobija al acostarse sobre ellos, si juzga el cómo su cuerpo se hincha con su respiración uniforme, sus labios minusculamente partidos para desatar de su comúnmente recatado aliento imperceptibles ronquidos que se camuflan con el susurro negligente del viento. Su mano es tan cálida como la última vez que tuvo el honor, la suerte, de ser tocado por ella.

Se ha quedado quieta, así que Nakamura también se ha quedado quieto, casi conteniendo su respiración, porque no quiere que ningún movimiento haga que Hirose se despierte y se dé cuenta de lo que está haciendo, y que Nakamura está consciente de ello. Sería vergonzoso para los dos, así que simplemente dejará que la mano permanezca ahí hasta que el dormido Hirose lo perciba en algún lugar de la sumersión en su sueño y la retire.

O eso piensa hasta que la mano decide moverse de nuevo. Nakamura no cree que podría estar más rígido, considera que la contracción muscular es insuperable porque es tan rigurosa que halla la forma de estrecharse aún más en la compacidad, de endurecerse hasta que la masa que lo vuelve un ser tangible se las arregla para mutar en un tejido inflexible. La mano se desliza más hacia el sur, desciende en una caricia que se suspende al abordar la curva plana de su vientre. Nakamura ahoga cualquier ruido que haya pretendido abandonarlo cuando la palma se aplasta un poco más justo sobre el elástico de su short que se enrolla en sus caderas. Está alrededor de su pelvis, se mueve alrededor de su pelvis como si la estuviera acariciando porque en realidad es un gato desahuciado. Su rostro se incendia de calor, si pudiera palparse las mejillas, está seguro que emitirían el mismo calor de un calefactor en buen estado.

Ahora, oficialmente, no sabe qué hacer. ¿Debería despertar a Hirose? ¿Esto está bien? Para él lo está, por supuesto, pero Hirose no está consciente de lo que está haciendo, y seguramente él no querría estar haciendo esto. Pero, ¿cómo podría decirle? Se ve tan lindo durmiendo, no quiere interceptar su sueño aunque las circunstancias lo ameriten. O, quizás, lo que realmente no quiere es que Hirose se detenga. Pero no, no debe pensar en eso. Esto no está bien, Hirose no querría tocarlo estando consciente.

El corazón se le aprieta.

Pero, afortunada o desafortunadamente, el dolor no dura demasiado, porque la mano de Hirose continúa vagando como forajido impaciente que no encuentra establecimiento. Sube de su vientre a su abdomen, ondulando su camisa de dormir con el recorrido constante de los sobos que evidencian la urgencia por proporcionar cariño, como si hallara algún consuelo en ello. Podría morir feliz por haberse transformado en el reemplazo de un peluche para Hirose, podría destensarse y actuar como un objeto inanimado sólo para ser abastecido de su afecto. Nakamura podría incluso renunciar a su humanidad si es por él.

La mano de Hirose se apega fielmente al mismo patrón: encumbrarse hasta colgarse de su pecho, luego bajar a través de su abdomen para elevarse raquíticamente en la onda inapreciable de su vientre. Sigue igual de rígido mientras Hirose continúa acariciándolo con una morosidad que lo embriaga. El cómo sus dedos se rizan para obtener una lectura más perspicaz del montículo pequeño de su pecho, donde sus pectorales no albergan ningún músculo y se forman con el ritmo de reptación de una tortuga, pero que, aun así, radica la promesa de que en un futuro habrá una masa agrupada maciza. Abandonan su encaramiento para cruzar la línea de división de su pecho a su abdomen delgado, ese que francamente no es nada especial ya que no hay líneas tonificadas que se subrayen y declaren que tiene una composición física codiciable, no obstante, a pesar de su insipidez, es explorado por la mano de su amado, que se oprime periódicamente para apreciar más plenamente la suavidad, la llaneza que pavimenta el camino hacia su vientre, en el cual Hirose, cuando lo acomete, parece ejercer un estrujón más lúcido, menos desconocedor o ignorante, aun si, innegablemente, sigue dormido, como si, incluso capturado en la inutilidad de la inconsciencia, tuviera la clave de cómo y cuándo tocar.

A este punto tiene que apretar los puños y morderse el labio para prohibir rotundamente cualquier reacción a la atención absurdamente buena de Hirose. ¿Por qué su mano es tan buena? ¿Es acaso simplemente porque es Hirose y todo lo que involucre a Hirose es bueno? Es imposible no removerse o respingar en algunas ocasiones, es imposible cuando la mano se desnivela un poco más, rozando peligrosamente su ingle o cuando la curvación aventurera e ingenua de sus dedos presiona de una forma particularmente efectiva en algún punto del cual ni siquiera sabía que era sensible.

Por fortuna, entre más tiempo vuela, se acostumbra más al vaivén, a la calidez advenediza que deambula en su cuerpo como un rastreador que ansía descubrir particularidades excepcionales allí, así que incluso logra desprenderse un poco de la tensión mientras el Hirose dormido sigue, porfiadamente, acariciándolo. Solo un poco, lo que lo ayuda a respirar con normalidad, no como si se estuviera atorando con su propio aliento.

No obstante, gritar victoria es su error, porque los dedos de Hirose adquieren una intrepidez inopinada que lo hace estremecerse en silencio: sus dedos tuercen de forma extraña, tan extraña que, para comprender la ignota torsión, debe observarla, evaluarla por sí mismo. Así que, irreflexivamente, baja la cabeza con una brusquedad que casi provoca que su cuerpo se agite con el movimiento. Nakamura los mira sin desviar ni descansar la mirada. No parecen haberse plegado como han estado haciendo debido al catálogo instintivo de circulación exploratoria al que se han ceñido, sino parecen haberse contorsionado, incluso escarbado a través de su camisa, como si hubieran encontrado algo.

Y luego, vuelve a ocurrir.

Captura el movimiento antes de cerrar los ojos y apretar los puños. Los dedos de Hirose han localizado su pezón a través de la tela, y no se tuercen, sino que efectúan un doblez singular que se restriega contra el área. Lo peor es que el dormido Hirose se encapricha con acariciar justo ahí, así que la fricción no cesa. Sus dedos reanudan el frote una vez que captan el haberse tropezado con el diminuto botón, y Nakamura tiene que hacer un esfuerzo colosal por proseguir en su rigidez imperturbable. Se muerde el labio con más fuerza, nunca nadie lo ha tocado ahí—en realidad, nunca nadie lo ha tocado en cualquier parte que Hirose ha tocado hoy. Darse cuenta de esto, de que es Hirose, su Hirose, quien lo hace, el único que puede iluminar su corazón con el deseo de poseer y ser poseído, intensifica lo que sea que Hirose está despertando al maniobrar sobre su menudo pectoral, rodeando y adentrándose en la ternura erecta que encapsula la areola.

Se está empezando a incomodar… a sentirse extraño. Él no es ningún ignorante, no es ingenuo, tuvo la oportunidad de experimentar lo suficiente cuando estaba en su descubrimiento pre-adolescente hormonal como para no reconocer de dónde viene y de dónde se origina la sensación. Para reconocer la deliciosa flexión de su vientre, para reconocer el calor que está emergiendo de su estómago y que está viajando para aposentarse con contundencia en el más allá de su pelvis. Lo cual es arriesgado, esto es arriesgado. Pero no puede bloquear la sensación, no puede eludir que progrese y se conduzca con prontitud como una ignición que lo induce a aturdirse en la añoranza por más, que lo tatúa en lo más recóndito e íntimo de él, no cuando los dedos de Hirose han alternado entre oprimir, friccionar y rozar con un mecimiento enloquecedoramente lento, sus dedos retorciéndose para percibir el encuentro con su pezón trabajado al punto en que cada barredura lo raspa incómodamente contra la tela, que incluso con su abandono momentáneo, la tela aplastándose contra ellos se transforma mágicamente en otro estímulo.

Él mismo no era consciente de lo sensible que, de hecho, es en esa área. Había visto y leído que algunos semes excitaban así a los ukes, pero lo había considerado algo meramente ficticio, no algo verídico. No creía que fuera posible excitarse a esa magnitud por una acción tan insignificante, así que le dio la vista gorda.

Qué equivocado estaba. Escupió hacia arriba.

Desearía poder colocarse una mano en la boca, o moverse. Ahora está más inquieto que nunca. Esto es malo, muy malo. Está empezando a entrar en pánico porque lo que sea que sea esto, está avanzando, y rápido. Y Nakamura debe detenerlo antes de que sea demasiado tarde, antes de que provoque la reacción que debe evitar, por todos los cielos y Dioses, tener. Está empezando a removerse un poco con las piernas, una parte que Hirose no puede detectar ni manipular, para probar si así puede distraerse, desahogarse y obstruir el calor que quiere alojarse firmemente en su ingle.

¿Es ahora que debería alertar a Hirose de lo que hace? Debe ser ahora, tiene que ser ahora. Es su responsabilidad hacerlo, o si no, su relación estará en riesgo. Hirose se dará cuenta de que lo estuvo tocando, de que Nakamura estaba consciente pero que aun así no le avisó, lo considerará un pervertido raro, se alejará de él y ya no serán amigos. Entonces, si sabe que esa fatídica contingencia tiene más probabilidad de acontecer al permitir que esto continúe, ¿por qué no puede encontrar el deseo en sí mismo de hacerlo? No puede, porque su cuerpo responde sin estar sujeto a su dictamen, arqueándose ínfimamente cuando la presión de sus dedos se sumerge en el pezón sensible, erecto, buscando más de la fricción que dispara chispazos de éxtasis y disuelve su vientre en una laguna de calor.

La tortura prosigue, el estregón persistente haciendo que su pezón se rebustezca y se vuelva aun más presto al roce ininterrumpido, si es eso posible. Sus ojos duelen con lo comprimidos que están, intenta con tanto esmero concentrarse en otra cosa, dispersarse en la agudeza imaginativa de su mente, pero no lo logra, es imposible. No cuando la creciente sensibilidad acapara su atención, difumina su concentración para que lo único que pueble su disposición receptiva sea el frote constante que le hace estremecer, que enmaraña su vientre con una multitud de lazos que lo apremian a que los desanude al atenderse a sí mismo, a manosear el fuego que está erigiéndose en los confines de su short.

Pero no puede, porque esto está mal. Es ahora o nunca, debe alertar a Hirose. Puede percibir la riesgosa, y apresurada, progresión de una semi-erección, empinando moderadamente la delgadez de su short, así que si no lo hace ahora, no habrá forma de que pueda detenerlo sin verse comprometido.

“H-Hiro—”

Dice en el hilo de voz más fino que se corta como si fuera un objeto inmaterial, porque Hirose vuelve a mudar la mano. Reemprende su ambición tentativa al desenganchar la fijación de sus dedos en contorsionarse alrededor de la alegría rígida de su pezón. Se resbala despacio, lamiendo de calidez su abdomen, levantándose irrisoriamente en la escuálida colina de su vientre hasta que transborda, alarmantemente, la frontera de su pelvis, excediéndose de los límites admisibles al ensartarse más allá del elástico de su short. Ahoga un jadeo al percibir la instalación de esa embriagante calidez justo encima de su ingle, justo encima de sus microscópicos vellos púbicos. Respinga, conteniéndose de removerse solo para secundar que la mano se sitúe donde más lo necesita. Porque, se repite por milésima vez, esto está mal, aprovecharse del sonambulismo de Hirose, que lo toca sin que él mismo lo desee conscientemente está mal. Sin embargo, esto es algo que no se clava con la verdadera resolución que se requiere para que su cerebro diluído en la excitación lo rebata, para que lo impulse a actuar y detenga lo que el calor insatisfecho, nacido de la rebeldía, anhela que sea contentado.

No necesita hacerlo, porque la mano de Hirose acaba por bajar los escasos centímetros que debe bajar para encontrarse con su… um, aparato. Nakamura gime en silencio, ingiere su gemido como si fuera un secreto que tiene que ser protegido. Esta vez se contiene de empujar sus caderas para que la mano haga algo, para que no solo permanezca ahí, estática, mientras siembra con su calidez un estímulo exiguo, uno que se arraiga y disemina de forma estable un calor martirizantemente continuo.

Eso es todo lo que se requiere para que su pene dormido despierte, alzándose entusiasmadamente al percatarse de la presión cálida que elige tocarlo, incluso con las capas estorbosas de tela.

Hasta que Hirose agita la mano como si estuviera determinando a través del tacto la superficie que está en su posesión. Si antes Nakamura tenía que morderse el labio para prevenir la fuga de cualquier ruido, ahora tiene que aplanar los labios para que nada salga, incluso presionar su mano en su boca, porque solo no puede. Hirose revuelve la mano ahí como si fuera cualquier cosa, como si no fuera la zona más erógena de todo su complejo. Quiere llorar, no sabe si es porque no sabe qué hacer—no, sabe qué hacer, solo que su cerebro bobo por el éxtasis, incluso si es mínimo pero continuo de una manera prometedora, lo restringe de proceder con la razón en vez de en base a su necesidad—ese es el otro punto, está tan necesitado, tan caliente. Nakamura cree que nunca en su vida ha estado tan caliente como ahora. Se siente mareado, como si una monumental coalición de todos sus deseos más impúdicos se congregara para imposibilitar que la determinación lúcida arremetiera contra la fortaleza de su voluntad. Mareado como si su cabeza lo obligara a ensimismarse exclusivamente en la sensación de la mano prensándose a su erección, temblando bajo su agarre.

Se siente tan patético. Tan inútil al intentar combatir su hambre.

Entonces, Hirose hace algo increíble. Esta curvatura de los dedos no parece ser indeliberada, o inocente, porque es la forma en la que cualquier ser humano curvaría los dedos con el objetivo de sostener algo. Y tiene razón en suponerlo debido a que Hirose sí parece pretender arrestarlo en un puño al precisar con éxito que lo que posee es un trozo sólido de… algo, un órgano. Pero no cree que alguien dormido pueda acertar con la ilación.

Y, sin más, Hirose la mece. Con el mismo asimiento ineficaz, endeble y sin mucha fuerza, balancea la mano de arriba a abajo en la longitud vestida que es robusta y esponjosa sobre la resistencia de los escudos de tela que circunscriben un contacto directo. Aun así, el movimiento es suficiente para hacer que el revestimiento del pellejo que refugia a su polla se resbale con sutileza, haciendo que su prepucio se acurruque sobre sí mismo más, descubriendo el glande que ha apreciado la atención y ha iniciado su producción de pre-seminal. A este punto, sus ojos comienzan a lagrimear, porque está frustrado consigo mismo al no ser capaz de detenerlo, frustrado porque esto es lo único que puede obtener para aliviarse, frustrado porque debe inhibir a la parte lunática de sí mismo que ansía embestir la mano para intensificar la insuficiente fricción. Sus caderas respingan, se estremecen, como respuesta a la negación implantada que las limita de moverse en conformidad con promover el hallazgo de más satisfacción, no solo frustración por la desgana somnolienta, floja, con la que es masturbado. Las sacude en su mismo lugar sólo para ser benévolo consigo mismo, consiguiendo un poco más de placer cuando hacerlo impulsa a que la mano palpe ángulos que permanecen intactos.

"Mnhnn."

Tiene que cubrirse la boca con una mano, porque esto es demasiado. Desde que Hirose tocó su pezón, todo ha sido demasiado. Nunca creyó que podría sentir tanto con tan poco. Solo que, esto no es solo poco, incluso si la mano controlada por el sueño aparentemente excelso no es del todo eficiente al complacerlo, aun así, Hirose lo está masturbando. Inconsciente o no, lo está masturbando. La comprensión hace que ruede los ojos y sus caderas se sacudan más, su polla latiendo con el estímulo del saber. Un gemido patético se raspa contra su garganta, saliendo como un gruñido, porque debe controlarse, mantener la cordura bien posicionada y asegurada en su lugar. Sin embargo, sus caderas siguen girando como si no estuvieran dispuestas a frenarse bajo ninguna directriz, su uretra sigue lagrimeando con el pre-seminal mientras el balanceo perdura con una celeridad desesperantemente pausada, torpe, pero, aun así, logra estirar la piel resbalosa de su pene para que el prepucio se mantenga enrollado y no estorbe la protesta palpitante de su tronco, que se almacena justo en la cabeza babosa y en las venas cada vez más resalientes.

Esto se siente tan bien. Se siente mareado en el placer, no puede pensar en nada más.

Sus párpados aletean, trata de enfocar sus ojos en mirar a Hirose aunque luchan por voltearse en cualquier dirección sin sentido. Está igual que como estaba la última vez que lo vio, tan dormido como una roca. Solo que, a diferencia de esa vez, no tenía el ceño fruncido—determinado, con su frente creando ínfimas olas por los surcos, sus labios sobresaliendo en un gesto que los vuelve aún más tentadores y sus pestañas, tan largas como siempre, caídas debido a los párpados que cuidan que sea contemplada la preciosidad de esos ojos refulgentes con una simpatía, un entusiasmo intrínseco del propietario.

Es vergonzoso endurecerse más solo de mirarlo—que se sienta más sensible, solo porque la certeza de que Hirose le hace esto, de que no es un sueño, tuerce aún más su ingle de deleite.

Sin embargo, la magia no le concede mucha indulgencia, el karma se para, imponente, en su puerta, la derrumba ya que, sin aviso, le declara que es su hora de pagar por su perversidad; porque Hirose se detiene y abre los ojos, estrellándose con los suyos bien abiertos, sin posibilidad de fingir estar dormido, mirándolo directamente, mientras la mano de Hirose se afirma en su pene temblante, duro y viscoso, y su propia mano está en su boca, como quien no quiere ser descubierto produciendo algún sonido que ocasione que el otro se levante.

Hirose tarda uno, dos, tres, cuatro segundos en reaccionar. Se admira aturdido, intentando que la comprensión llegue a su cerebro recién levantado. No es hasta que parpadea y cae de lleno en cuenta de lo que está sosteniendo que retira su mano con la velocidad de un reflejo al estar en medio de un incendio y de su rostro se desparrama una matiz completamente ignota e incierta de rojo que conquista desde las orejas hasta el cuello. Hirose se levanta de su bolsa, sentándose, y se esconde de la vista de Nakamura al llevar las manos a la cara.

“¡L-lo siento mucho!” Prácticamente grita. Afortunadamente, el grito es ahogado por sus manos. Sería fatal despertar a todos por su tragedia conjunta, ese sería el peor remate. “En serio no… ugh, lo siento, de verdad lo siento. Eso estuvo tan mal, debes pensar que soy algún imbécil depravado. Pero, no quise hacerlo, lo juro, a veces soy sonámbulo y hago cosas extrañas. Yo… no te culparía si decides alejarte después de esto.”

Nakamura se alarma, tanto que se sienta sobre su bolsa instantáneamente. Hirose no tiene la culpa, es él quien debería disculparse porque, a pesar de que pudo detenerlo antes de que las cosas progresaran a un grado inapropiado, no lo hizo. Él consintió que sucediera, a pesar de que Hirose no, porque no podía estando dormido. Incluso si él fue el de la acción, Nakamura era el consciente, él era el de la responsabilidad, la parte sobria. Aun así, no ejerció ese cargo, fue negligente, decretó que se volvería un ser mudo solo para beneficiarse del improbable evento sin contemplar cómo Hirose podría sentirse al respecto.

Se siente fatal. ¿Cómo puede considerarse amigo de Hirose así, si en este tipo de situaciones, se callaría para aprovecharse de él?

“¡Hirose! No digas esas cosas.” Le exclama, enfadado, pero no con él, sino consigo mismo. A pesar del enfado, su rostro no puede sofocar el brote del calor por la implicación de haber sido descubierto. “Yo jamás…” traga saliva antes de hablar, agachando un poco la cabeza para cubrirse. “Jamás me alejaría de ti.” Dice en una voz pequeña, susurrante. “Es m-mi culpa. Debí despertarte, pero no lo hice. Espero que puedas perdonarme y seguir siendo amigos.” Nakamura pide, en la misma voz angustiada e inaudible, no mirando a otra dirección que no sea sus puños apretados. Su corazón late con lentitud, se encoge con dolor, por la posibilidad de que Hirose lo rechace.

“Nakamura, ¿qué estás diciendo?” Le pregunta Hirose como extraña respuesta, escuchándose confundido e indignado. “Yo soy quien lo hace, ¿y tú te disculpas? Eres demasiado amable. Me aterra creer que te quedaste paralizado porque tenías miedo de mí y de dónde te estaba… y-ya sabes.” Esta vez, la voz de Hirose desciende, tartajosa, con una propiedad dolida, incluso asustada debido a sí mismo y sus acciones inconscientes.

“¡No!” Genial, ahora Hirose cree que hizo algo tan horripilante como tocarlo sin su consentimiento. En todo caso, él fue quien tocaba a Hirose sin su consentimiento. Bueno, su mano, porque él perfectamente pudo apartarla de sí mismo. Pero no lo hizo, fue un cínico oportunista. “Y-yo pude q-quitarla, p-pero no… n-no…”

No lo hice.

“¿Fue porque estabas asus—”

“¡No!”

Nakamura se cubre la boca por la altitud descuidada de la exclamación, olvidándose tontamente de que es probablemente de madrugada así que todos deben estar dormidos y, por ende, debe tener cuidado con despertarlos.

Entonces, Hirose lo mira curiosamente. Es la primera vez que Nakamura lo mira—que realmente lo mira, durante todo este incómodo intercambio. La cara de Hirose ya no está estallada con varias gamas desconocidas de rojo ni está apesadumbrada con un ceño fruncido de culpa o un matiz de miedo por las repercusiones de lo que hizo abrazado en su espléndida mirada. Ahora, Hirose lo mira con un resplandor de pura curiosidad, una curiosidad que empuja sus irises a que naveguen hacia el suelo de sus cavidades con el objetivo de avistar cierta particularidad en sí mismo. Al descubrirlo, sus ojos grandes crecen aún más.

“¡¿E-estás erecto?!” De nuevo, las mejillas de Hirose se encienden con color, viendo directamente al impertinente bulto que ha permanecido a pesar de todo el revuelo.

Si antes Nakamura se había sonrojado por cualquier nimiedad o trivialidad que Hirose dijo o hizo, ahora no tiene comparación. Puede percibir el calor trascender la barrera invisible de su rostro y propagarse hacia su nuca, sus orejas, incluso su cuello y hombros. Con suerte la sangre todavía perseverantemente depositada en su polla migrará a su rostro en vez de seguir circulando para mantener en alto la robustez de ahí, aun con la ausencia de estímulos.

Lo peor es que, el ser descubierto, que debería haber conseguido decrecer su excitación y, por lo tanto, decrecer a su amiguito, hace lo contrario. Se contrae en su short, como si tuviera mente propia, al percatarse de que por fin es observado después de tanta inadvertencia.

Es un pervertido total. Qué desgracia.

Con la vergüenza comiéndose cada célula de sus nervios, él coloca los brazos delante de sí mismo para ocultar la evidencia de su delito, haciendo que sus muñecas unidas se interpongan entre la mirada de Hirose y su aún enfervorizada erección.

“¡N-N-N-N-N-N-NO!” Su primer impulso es mentir, lo cual es un pésimo curso de acción, porque de nada sirve mentir cuando Hirose mismo lo constató. Solo evidencia aún más su culpabilidad y el hecho de que fue descubierto, por lo que quiere negarlo como una forma de salvarse a sí mismo y de recobrar su dignidad. Se da cuenta, así que se retracta de inmediato. “¡Quiero decir, SÍ!” A Nakamura le urge golpearse a sí mismo por esa supuesta rectificación tan nefasta. Pero, por lo menos, la poquedad de la consciencia, del razonamiento, que le queda y le funciona le advierte que eso solo lo empeoraría más ya que descubriría la erección ilícita. “Q-quiero decir, ughhhhh.” Nakamura solo gruñe, porque realmente, no sabe qué hacer o qué decir para enmendar este lío. Fue descubierto, ¿qué más puede hacer al respecto, cómo más puede justificarse? “L-lo siento.” Responde en un murmullo patético, su cabeza agachada como si quisiera zambullirla en el mismísimo magma del centro del planeta.

Un silencio eterno, atormentador, le subsigue a su disculpa. Nakamura nunca había sentido un deseo tan grande de ser absorbido por la Tierra.

Así que, sin estar dispuesto a sobrellevar más este suplicio, alza la cabeza, encontrándose no con el Hirose repugnado que se hizo a la idea de que iba a encontrar, sino con un Hirose reflexivo. Aun así, su objetivo no es mirarlo, sino adelantarse a los hechos, a las decisiones terroríficas que el cerebro de Hirose debe estar contemplando, prevenir y cubrir el riesgo de que Hirose resuelva que lo mejor es cortar relación con un pervertido / bicho raro como él.

“¡Y-ya sabes! Es la forma natural en la que cualquier cuerpo reacciona al ser tocado. Y, como dice mi madre, es culpa de las hormonas de adolescente, jejejeje.”

Sí… el remedio es peor que la enfermedad. ¿Como por qué introducir a su madre en esto? Por Dios, ¿qué está mal con él? ¿Y desde cuándo su madre dice eso? Sí, es cierto que ella ha hecho el esfuerzo de discutir sobre el tema, pero Nakamura siempre lo ha evadido porque, qué incómodo.

Debió quedarse callado.

Lo peor de todo, es que Hirose no tiene ninguna reacción ante la tontería que farfulló, solo sigue mirando con la misma apariencia meditativa.

Nakamura quiere huir. ¿Por qué esto tiene que suceder? Siente que está cayendo en un espiral donde no hay escapatoria. Esto condenará su amistad con Hirose, después de este día, no volverán a hablar y todas sus ilusiones, sus sueños, se irán por la borda.

Tiene tanto miedo.

Al menos, la potencia de la ansiedad está mermando la emoción lasciva que persiste en esa cierta zona que es la culpable de iniciar esto, de confeccionar el absurdo y vergonzoso problema que lo alejará de Hirose.

Teme tanto perderlo.

“... ¿T-te… te gustó?”

No obstante, la pregunta murmurada, vacilante, lo expulsa del miedo en el que está naufragando, emergiendo en la costa solo por la rareza de ello. ¿Por qué Hirose le preguntaría eso? Es obvio que le gustó, solo viendo a su aparato ahora semi-erecto, bajando poco a poco.

¿Qué debería responder? ¿Debería ser sincero? ¿Qué significa esa pregunta para su amistad? ¿Dependerá lo que responda lo que decida Hirose con respecto a ellos? ¿Y si dice la verdad y Hirose acaba repugnado porque Nakamura se excitó al ser tocado por él, un chico, así que no querrá tenerlo cerca nunca más?

"Ew, ¿te emocionaste sexualmente solo de que te tocaran aunque sea un chico? Eso es horripilante, aléjate de mí. Nunca vuelvas a existir a menos de tres metros de mí."

A Nakamura se le vuelca el estómago. No sabe qué hacer. Aun así, a pesar de los fatídicos escenarios reproduciéndose sin consideración a su sosiego, resuelve que lo mejor es la sinceridad. No solo no quiere mentirle a Hirose, sino que, si responde que no, Hirose podría interpretar que a él le disgusta su toque o que, efectivamente, estuvo haciendo algo tan horroroso como el abuso. Y él jamás, jamás permitiría que a Hirose se le meta una idea como esa, porque él no es ni, bajo ninguna circunstancia, sería esa clase repulsiva de persona.

Así que, incluso si debe sacrificar su amistad para ser sincero, para asegurarle que no estuvo haciendo nada que le produjera desagrado o temor, para confortarlo con que él no es ningún “monstruo” y que quiso—no, deseó todo eso, aceptará cualquier consecuencia.

“Ujum.”

Responde, asintiendo con la cabeza por si su sonido afirmativo y diminuto no es escuchado.

Su rostro se percibe de nuevo caliente.

No puede testificar con la apta veracidad ya que tiene la cabeza agachada debido a la vergüenza de confesar algo tan indecoroso como que disfrutó de ser tocado, incluso si Hirose lo estaba haciendo al ser sonámbulo, sin embargo, cree oír el sonido sordo del saco de dormir siendo desarreglado por el movimiento de alguien meneándose sobre él. Nakamura no tiene el valor de verificarlo, así que permanece con la mirada en el suelo.

“¿Te…” Hirose inhala antes de seguir con la pregunta bastante inconclusa, misteriosa. “... gustaría que…” siente su voz nerviosa más cerca, “te,” una pausa, insegura. Su voz parece temblar con la incertidumbre, “tocara de nuevo?”

Nakamura debe estar soñando. Esa sería la única explicación lógica para esto.

Alza la cabeza, parpadeando hacia Hirose, quien innegablemente está más cerca que antes. La reducción de la distancia le hace sonrojar por quién sabe cuántas veces ya, la necesidad de esconderse punzando en su cerebro disfuncional, lerdo, pero la mirada de Hirose se le adelanta. Se siente como una presa siendo sedada por el deslizamiento hipnótico de una serpiente que se enrosca con su zigzagues corpórea elástica en él, oprimiéndolo al aprovechar su inconsciencia debido al embeleso preconcebido de sus ojos que consienten que la pupila clara se agigante alrededor de la captura preciosa de esos irises castaños, vertiendo sobre ellos la disminución inteligente, intimidante, de su matiz para advertir que está autorizando el ser plagada de pretensiones sagaces, salaces, que lo involucran.

¿Esto es real?

Intenta pellizcarse sin que Hirose lo note, pero, lo único que logra es hundir sus casi escasas uñas en su piel. No despierta. ¿En serio no es un sueño?

“¿Qué me dices, Nakamura?”

Todavía hipnotizado, casi con la boca abierta al no creerse nada de esto, al no asimilar la realidad de esto, asiente.

Hirose, inmediatamente y con un poco de timidez, coloca sus manos en su pecho. Nakamura intenta, con todas las fuerzas que logra reunir, no colapsar solo por el hecho de que Hirose lo está tocando y, esta vez, conscientemente, porque así lo quiere y decidió. Sus manos descansan en los dos de sus “pectorales,” si así se les puede llamar a los músculos enteramente llanos de su torso. Hirose tiene la mirada atenta a sus manos posicionadas ahí, sobre el azul de su camisa de dormir, mientras que Nakamura lucha por moderar la intensidad con la que su corazón late a centímetros de donde Hirose lo sostiene. Es inútil, no puede atemperarlo, no cuando podría llorar de alegría por tener las manos de Hirose sobre él.

“Creo…” Hirose comienza, con vacilación, pero continúa. “Creo que antes estaba tocando aquí…”

Hirose mueve sus manos, acariciando sus palmas por el área. Sus manos se agitan de un lado a otro, similar al movimiento que harían como la gesticulación de una despedida. Trata de gestionar la rapidez de su respiración para que, en su pecho, no se trasluzca su ansiedad a través de los intervalos reiterados en que se atranca cuando retiene un aliento. Percibe el cómo su pene semi-dormido, aburrido, advierte y se interesa en la improvista atención, porque reagrupa la sangre que antes había recolectado para levantarse formidablemente sobre las prendas que le prohíben ser asistido como se debe.

Y esto solo porque Hirose está acariciando su pecho. No se imagina cómo reaccionaría si fuera algo más intenso que esto.

...

Nakamura debería considerar cesar de pensar estas cosas, porque entre más las piensa, más las manifiesta. Y él que no creía en el poder de atracción, ¿quién lo diría? Porque, al instante en que llega a esa conclusión, Hirose empuja más sus manos contra uno de sus pectorales, haciendo que, en la siguiente agitación, roce ese punto del que recién descubrió lo sensible que era.

Exhala desde su nariz para evitar cualquier ruido extraño y hacer que Hirose se incomode. Eso es lo que menos quiere, no ahora.

Aun así, Hirose parece reparar demasiado bien la reacción, porque reincide en la misma maniobra, justo como lo había hecho previamente. Y Nakamura reincide en la misma reacción, exhalando escandalosamente desde su nariz.

No puede apreciarlo, pero cree percibir una sonrisa en Hirose.

“¿Te gusta que te toquen aquí, Nakamura?”

Nakamura se vuelve más rígido que cualquier materia inanimada debido a la voz dulce que Hirose selecciona para enunciar la pregunta. Su cerebro falla como un sistema incompetente que, a pesar de su ineficacia al integrarlo de reacciones adecuadas, todavía necesita en son de seguir operando, más aun cuando la mano—no, dos de los dedos de Hirose, el medio y el anular, se adhieren el uno con el otro para realizar círculos alrededor de su vestida areola—alrededor de su pezón, no sobre él.

Nakamura se inquieta de inmediato, apretando los puños sobre su regazo y bajando más la cabeza.

Prescinde de responder, eligiendo el sufragio del silencio, mientras que Hirose continúa rotando las yemas ahí. Siente que se está volviendo loco, ¿son ideas suyas o Hirose lo está provocando? Quiere que oprima, que gire los dedos pero aplicando presión en la protuberancia, no ignorándola por mantenerse en una rotación alrededor de su circunferencia. ¿Debe decirlo para que Hirose lo haga? ¿Es eso lo que espera?

No es necesario, debido a que Hirose, sin tener que exigírselo, lo hace. Con los dos dedos, sujeta y oprime el pezón por encima de la tela, lo que le hace jadear de la impresión. Hirose lo jala al estar prendido, estirándolo a pesar de la camiseta que los preserva, de manera parcial, del juego sugestivo. Y su otra mano no se queda atrás porque, tan obstinada como la que lo emprendió, baja hasta que su dedo índice masajea la tiesura desatendida que se ha vuelto erecta debido a las caricias que lo rozaban.

Así que ahora, no solo sus pezones están inevitablemente erectos, sino que su polla ha retomado su rigidez iracunda. Se estrella, como guerrero que forcejea por ser emancipado de su aflicción, contra las capas de las dos prendas que, sentenciadoras, lo apresan. Y ha vuelto más rígida que nunca, protestando como si exponer su figura espesa en una elevación que lo contornea a través de la tela fuera a lograr que se percaten de él y le brinden un alivio indulgente.

Se muerde el labio y aprieta los puños por centésima vez, esta vez hasta que se vuelven pálidos. No debe consentir que ningún ruido raro se resbale de su boca, no debe asustar a Hirose y hacer que se detenga. Pero, es difícil, cuando se siente tan bien. Puede sentir, desde una potestad revocada que deniega el que sea diligenciado por su raciocinio, cómo su espalda se curva, enderezada e inclinada hacia adelante para exponerse embarazosamente, exponer el cuánto lo disfruta, el cuánto quiere avecinarse incluso más para que el dirigente de los dedos presione más en la zona erógena que, entre más oprimida, frotada sea, más se endurece y envía un curso de sangre que causa que su miembro duela no solo por lo agarrotado que está, sino por la insistencia de las pulsaciones que colisionan contra su short, la colisión siendo el único consuelo para que esa sensibilidad efervescente sea rozada por algo, así sea por lo mismo que lo priva de ser satisfecho.

Es adictivo de una forma bizarra.

La atención continúa por un poco más, con Hirose jalando y oprimiendo sus pezones como si fueran un interruptor esponjoso con el que jugar. El dedo de su mano izquierda lo aplasta y hunde para que el pequeño saliente perciba los estímulos con cada compresión, compensándolos después con un masaje, mientras que los dedos de la otra lo enganchan y lo tiran como si fueran cualquier elástico, incluso llegando a girarlos al estar estirado hasta lo máximo.

Nakamura desearía poder consolar el calor velozmente ascendente de abajo.

“Nakamura…”

Tiene que obligarse a despertar de su ebriedad excitada, de la transmutación curvada de su espalda y desligar su labio de la opresión de sus dientes para responder a Hirose, que lo llama en esa voz tan dulce, tan inmersa.

“¿Hm?” Dice, un sonido que sale más agudo de lo que pretende. Y, aun si le responde a Hirose, anunciándole que está atento a sus inquietudes, aun así, sigue sin mirarlo, porque sabe que su corazón no aguantaría el peso de todo esto. Sabe que no aguantaría el volumen mastodóntico de la realidad embarcándose en su cabeza.

“Perdóname si estoy siendo muy codicioso o atrevido, pero…” una pausa. Hirose de nuevo se percibe indeciso, incluso un poco tímido, pero se empuja a sí mismo a solicitar, “¿puedo verlo?”

“¿Ver qué?” Por reflejo, casi alza la cabeza para realizarle la inquisición más cómodamente, no obstante, reacciona antes y se frena de hacerlo. Realmente, no comprende a lo que Hirose se refiere, ¿qué podría querer ver? ¿Será que se refiere a… sus pezones? No, no puede ser. Hirose dijo “verlo,” no “verlos,” y qué suerte, porque le daría demasiada vergüenza tener que enseñar su torso. Es un torso ordinario, Nakamura no tendría nada con qué impresionarlo. Es mejor reservar eso para cuando sus ejercicios hagan efecto y pueda presumirle un cuerpo esculpido, no uno flacucho que, honestamente, da lástima.

“Ya sabes…”

Hirose abandona su pezón derecho para señalar con el mismo índice que lo había estado manipulando, lo que había insinuado.

Hirose señala su erección.

Su rostro caliente, se calienta aún más, así que no se resiste al instinto y lo mira. Hirose ya lo está mirando, con la misma mirada extinguida de claridad al abrirle dimensión a la pupila para que se adueñe de más libídine engendrada por la ebriedad con la que lo embebe en su vigente opacidad que, aun así, conserva el fulgor que lo sigue velando sobre la negrura azul de la noche. Es imposible no intimidarse ante la manera en que Hirose lo ve, en que se inclina para estar más cerca, aún más cerca. Su corazón late con el riesgo de provocarle un paro cardíaco.

Sin embargo, cuando Hirose nota que notan su mirada, la desvía. De nuevo, se vuelve inusualmente tímido, también un bonito rojo se esparce en sus cachetes.

“Está bien si no…” Es raro estar hablando así, esto se siente tan íntimo que su corazón va a reventar cada músculo que lo integra. Y Hirose debe saberlo, porque su mano sigue apoyada en su pectoral. Su mano suave, sus dedos relajados antes estirando su pezón sin piedad. “Solo—tengo curiosidad.”

“No… no.” Él niega con la cabeza, su respuesta preliminar siendo pésima, porque Hirose se asusta y aleja cada extremidad tocándolo. Así que él, alarmado, lo toma de la muñeca y regresa la mano donde pertenece, dejando de agarrarlo al instante cero en que cumple su cometido. “Puedes.”

Hirose se muerde el labio, sonrojado, tímido a pesar de su aprobación. Antes de proceder con cualquier acción, mira su… cosa, atentamente, causando que su mirada invariable lo haga estremecer. Y estremecerlo no solo a él, sino al órgano que está siendo vigilado. La sola certeza de que el génesis de su excitación esté siendo tan profundamente examinado con el consabido objetivo de ser apreciado sin nada que lo aísle de los ojos del chico que más lo vuelve loco, es suficiente para que su miembro vibre de anticipación, haciéndole difícil el mantenerse impávido cuando su zona erógena se sacude, impaciente, deseoso, por la mera promesa de ser visto sin ninguna obstrucción.

Hirose extiende la mano con una incertidumbre todavía presente debido al cómo titubea. Aun así, logra sumergir y enganchar dos de sus dedos en el elástico tanto de su short como de su bóxer, haciendo que sus nudillos se adhieran a su vientre. La adherencia es pasajera, porque los dedos halan el resorte para crear espacio que le posibilite liberarlo de su guarida textil.

La sensación de exposición ya es lo suficientemente intensa incluso sólo con Hirose abriendo su ropa, haciéndolo sentir la ligera frescura que viene con estar con la piel desnuda al exterior, así que, cuando Hirose las abre por completo, alargando el elástico hacia abajo lo más que puede para que su polla se asome, no puede evitar gemir. No se asoma, en lugar de salir de forma normal, la siente rebotar alegremente debido a su excarcelación.

Nunca se había sentido tan excitado en su vida solo por tener el pene erecto afuera, con lo único miserablemente rozándolo siendo la carencia irreverente de la brisa. Pero, él sabe perfectamente que no es sólo eso lo que lo vuelve todo tan absurdamente intenso, sino que Hirose lo está estudiando con denuedo. Está escrutando cada propiedad que se integra a su órgano que, francamente, no es nada del otro mundo. Eso es lo que lo importuna, si no es nada, ¿por qué Hirose lo observa como si fuera lo más maravilloso? Podría no importarle, claro, si pudiera apaciguarse a sí mismo, pero no puede, porque es Hirose quien está observando su polla y, su polla, está inoportunamente demasiado consciente de ello. Porque palpita como si estuviera en una competencia, sigue rebotando entre la contemplación más se prolonga, como si saltar una y otra vez pudiera lograr que Hirose se compadezca de su patética avidez. Se le revuelve el estómago, ni siquiera de la vergüenza, sino del calor tan demoledor que se retuerce en su ingle como castigo por ser ignorado. Se siente mareado con la atención, la que provoca que las palpitaciones lo atolondren en el placer.

“Es tan bonito…” Determina Hirose, todavía mirándolo. “Es muy rosado.”

Nakamura no es que haya visto muchas pollas en su vida además de la suya, quizás unas cuantas a través de vídeos durante su despertar gay. No obstante, nunca disfrutó de la pornografía que involucrara a hombres reales, así que se alejó de cualquier material que los contuviera. Su único referente, en cuanto a “estructura anatómicamente acertada de un pene” son los mangas yaoi eróticos que tiene sepultados en el más allá de las profundidades espeluznantes de su armario. Así que, hablando de referentes, referentes, no posee ni uno. La pornografía real que consumió no la recuerda, así que su conocimiento sobre eso está basado únicamente en la grandiosa guía de la ficción (nótese el sarcasmo.) No sabe cómo debe verse una polla bonita además de tener que ser anormalmente enorme, estar cubierta de más venas de las que se pueden contar y gozar de franjas negras que la censuren.

No es que alguna vez haya tenido algún complejo con su parte íntima, o que la considere bonita o fea. A su conveniencia, puede determinar una línea que convenga que la ficción no debe ser tomada como un referente para la vida real, así que nunca quiso tener… eso, del tamaño que algunos personajes lo tenían. No se fija mucho en esa parte de su cuerpo porque no es como que la use o la vea mucho, solo para lo normal—bueno, lo normal de adolescente-normal.

Aun así, no sabía que un elogio tan extraño, podría hacerlo reaccionar de esta forma: con su polla, en un salto un poco más vasto, expulsando pre-semen del ínfimo agujero en su uretra que embadurna, como un llanto, la longitud, haciéndola resplandecer con el trayecto de la sustancia transparente.

Hirose ríe suavemente, su risa interferida por su respiración más pausada de lo normal.

“También palpita mucho…”

Es que está emocionado de verte. Quiere decir su mente irracional como justificación necia, pero él la calla.

De repente, Hirose reinicia el movimiento de su mano derecha, con sus dos dedos ahora emulando el movimiento que había hecho con su pezón izquierdo. Frotan en círculos que son descuidados al presionar contra el botón todavía dolorosamente erecto. Esto provoca que su polla se estremezca con la libertad con la que antes no podía, lo que resulta siendo, irónicamente, peor, porque la sensación de exposición solo intensifica el deseo de que sea tomada.

Hirose parece haber vuelto a realizar estos movimientos por estar distraído, o es lo que quiere pensar, porque sigue viendo su pene, el cómo todavía salta y tiembla bajo el vigor de su mirada.

“Nakamura.”

Teniendo que dejar de comprimir los dientes juntos, responde.

“Dime.”

“El otro… tengo las manos ocupadas, ¿puedo usar la boca?”

¿Usar la…? Nakamura no tiene idea de lo que Hirose quiere decir. Difícilmente, se ha dado a entender en todas sus solicitudes, hay que volver a preguntar, o insistir, para desentrañarlas. Aun así, el solo oír la frase, e inferir la implicación de ‘usar la boca’ funde la racionalidad de su cerebro, dejando solo una masa ininteligible en el cargo que debería llevarlo a actuar de forma conveniente.

“Sí.”

Entonces, Hirose se aproxima sin recato, como un tigre al que le sueltan una presa de carne, y posiciona su rostro en su pecho. La comprensión amanece como la velocidad de propagación de la luz antes de que Hirose haga lo que sospecha—no, lo que sabe que hará. No necesita aguardar mucho por la respuesta, porque lo siente. Hirose le da un lengüetazo a su pezón a pesar de la incomodidad de que esté vestido, pues el lametón es interferido por la tela. Aun así, no parece importarle, porque no se detiene.

Nakamura se queja, su mano encontrando un cómodo lugar en su boca para reducir el volumen de sus gemidos ya que, a este punto, es imposible no hacerlo. La lengua de Hirose rota sobre su pezón cubierto, usándola para aplastarlo y lograr que se tuerza con la rotación constante, humedeciendo de saliva su camiseta, mientras que su otra mano, la que no está enganchada en su ropa inferior, está pellizcándolo al capturarlo con el índice y el pulgar.

Él no puede con tanto, esto es abrumador. Más porque Hirose no le otorga ningún reposo, ¿él realmente sería así de ávido en este tipo de situaciones obscenas? Siempre se inclinó por creer que sería tímido al respecto, que él lo tendría que convencer para extraer sus deseos. Sin embargo, la realidad acabó siendo otra, y no puede decir que no está más que contento por ello. Aun así, no deja de ser abrumador.

Todavía no puede creer que esto esté ocurriendo, no lo ha procesado porque no puede hacerlo, está naufragando en la intensidad de todo. ¿A Hirose le gusta burlarse de él, ah? Ya no sólo está lamiendo su pezón, está mordiéndolo, apresándolo entre sus dientes con la fuerza necesaria para jalarlos y volver a lamerlos como una disculpa por el mínimo e incesante ajamiento, mientras que no desengancha los dedos que cuidan que su polla se mantenga obteniendo nada más que la precariedad desgraciada del viento, un viento que ni siquiera sopla para que al menos haya algo intangible que lo acaricie. Se está volviendo loco, necesita masturbarse, lo desea tanto. Pero, debe batallar contra el impulso, ¿qué pensaría Hirose de él si lo viera masturbándose como un demente? Quizás que es patético. Así que debe resistir. Aunque sea difícil porque el calor ha evolucionado a un fogón impregnándose en su zona pélvica, aunque esté tan duro que incluso arde la forma en que la potente tonificación de sus venas sobresale a través del tallo, aunque cada rebote impotente de su polla, babeando cada vez más con el pre-semen que, bochornosamente, salpica y ha debido rociar gotas en la mano de Hirose, germinando un caudal, desde la minúscula abertura de la cabeza para dispersar de humedad obscena la punta que se aglomera con ella, centelleante, hasta que desciende a la base gruesa, lo confine en el placer de lo lacerante, lo lamentable que es que esté tan excitado sin haber sido tomado, solo siendo proveído de estímulos en sus pezones hipersensibles. Su polla rebota tanto que quiere pararla, que tiene miedo, porque augura que en cualquier momento no podrá controlar las contracciones y se correrá. La torsión en sus bolas añora desamarrarse por cada pulsación, y él ya está llorando, solo de intentar impedirlo.

Intenta acallar los sollozos con los gemidos que suenan más como quejidos. Es extremadamente difícil contenerse: quiere correrse, quiere empuñar su erección, bombearla así sea por unos segundos antes de que se corra para contentar un poco el calor que ha estado enroscándose en su vientre tan rigurosamente que simula haberse vuelto una marca inscrita con una brasa. Solo un poco, dolería tanto correrse sin haberse tocado.

Y Hirose, al parecer, lo comprende y se apiada de él, porque, gloriosa y desgraciadamente, lo toma en un puño, comenzando a bombearlo rápidamente, incluso con la boca aún embutida en el pezón debajo de su camisa mojada.

La sensación súbita, basta, de su mano cálida frotándose contra la piel flexible que lo recubre, la cual se pliega y se despliega sobre su órgano más que tenso, su carne rígida pegajosa con la baba de pre-semen que se unta más con el deslizamiento, hace que se retuerza. No sabe si esto es lo mejor, porque está demasiado sensible, tan sensible que es probable que con solo un par de bombeos, llegue.

“¡H-Hirose! ¡Ag-ah, amh, ah! ¡Mi-mier—akh! ¡P-por f—agh, ffgh—!” Se esfuerza por implorar, sujetándole la muñeca para que capte el mensaje. Pero, Hirose no lo capta.

“Eres lindo,” le responde, sin prestarle atención a las cosas incoherentes que dice. ¿Hirose está mirándolo? No lo sabe, las lágrimas lo privan de la vista. “Me gusta sentirte pulsando en mi mano.”

“¡S-si no-ofg—! ¡Ugf—afg, ah! V-voy, a-ah, a—!” Si no bajas la velocidad, voy a correrme. Palabras que claramente, no son pronunciadas por su boca sollozante.

Hirose lo está haciendo tan rápido, es tan implacable que no puede pensar. Incluso sus caderas, involuntariamente, comienzan a empujarse en su mano, persiguiendo el placer impreciso, desordenado, del que está siendo proporcionado. Es embriagador sentir la fricción apretada de la mano de su amado estirar la piel de su polla que se preserva robusta bajo la sujeción que lo conduce en un vaivén apresurado, bruto para alguien que apenas puede tolerarlo, así que se contrae en su mando, empeñándose en menguar los retorcijones duros de sus testículos y que de su glande rosa fucsia e hinchado no se aviente la represión de su excitación tan prorrogada que calcina.

Hasta que viene, con solo diez bombeos en total, rompiendo en un sollozo más ruidoso que los demás. Lo había estado guardando durante tanto que el orgasmo, más que satisfactorio, lo hace vislumbrar la difuminación inconexa de un océano de estrellas. Solo se siente derramarse en la mano de Hirose que todavía está bombeando para que evacúe la última gota de semen. Sus ojos, ardientes por las lágrimas, caen pesados.

Cuando su órgano se estremece lo suficientemente fuerte como para expeler lo último, sus músculos se desintegran con la rapidez de una gelatina en el microondas. Sus maullidos-quejidos se apagan hasta que se disipan en la nada, siendo recibidos por el poder del silencio. ¿Son sus ideas, o Hirose está pegado a su cuello?

No son sus ideas, Hirose efectivamente está pegado a su cuello ya que siente la humedad de una lengua lamer un área particular que es extrañamente sensible. Él respinga ante la sensación. Y, con su reacción, Hirose sale de su ensoñación, porque salta de su escondite.

“¡L-lo siento!” Con sus disculpas, él lo suelta por completo. Nakamura siente un alivio inmediato. No es que no quiera a Hirose encima de él, todo lo contrario, lo anhela tanto que tenerlo se vuelve demasiado. “Me dejé llevar, no te pregunté si podía…”

“Está bien, Hirose. No me molesta.” Le aclara, agitando las manos bruscamente para despedir la preocupación del chico. Se toca el cuello disimuladamente, aunque cree que no lo disimula mucho ya que debe acariciarse para percibir lo que hizo. El área es un poco más sensible en ciertos puntos, ¿es posible que Hirose le haya hecho chupones? Sea como sea, sacude la cabeza, deshaciéndose de la presunción. Su vergüenza regresa tan rápido como se fue. “Y-yo debería pedir perdón. Vine r-rápido y n-no te avisé.” Nakamura se oculta con su cabello, su rostro expulsando vapor de lo rojo que está. Es increíble que, en la primera vez con su amor más visceral, haya demostrado ser un total precoz. Él no llega tan rápido normalmente, puede durar un buen tiempo si se lo propone, así que es una decepción haberse humillado de tal forma, en la ocasión más importante. Aun así, nada pudo prepararlo para este momento. Quizás si se lo hubieran anunciado desde esta mañana (que, igual, no lo habría creído) habría tomado todas las precauciones para que esto no se desarrollara así. Pero, de nada sirve llorar sobre la leche derramada, así que lo único que le resta por hacer, es disculparse.

“Tampoco me molesta.” Le contesta Hirose con una sonrisa condescendiente. Él se rasca la nuca. “Además fue mi culpa. Debí hacerlo menos… rápido.”

Pero era mi deber aguantar. Quiere refutarle, aun así, no lo hace.

En cambio, Nakamura baja la mirada, porque desde que inició este… insólito suceso, la curiosidad lo ha consumido pero, como Hirose todo el tiempo estuvo sobre él, obstaculizando su visión de lo que buscaba localizar, no pudo satisfacerla.

Hasta ahora, porque lo ve. La evidencia de la excitación de Hirose, de que están en paridad de condiciones, porque la marca subrayada de su erección, determinando el contorno de su eje en su short, lo deja expuesto.

Nakamura se vuelve a sonrojar salvajemente. Nunca creyó que alguna vez estaría presenciando esto. Sus fantasías nunca fueron tan lejos, él mismo no lo consintió debido a que la culpabilidad de desear de esa forma impúdica a su amigo se interpuso, declarando un límite de lo que debía o no debía soñar despierto. Es decir, que sus fantasías se mantuvieron dentro del campo del romance, lo dulce, nunca vulnerando la frontera hacia lo carnal. Así que, todo esto es nuevo, nuevo de una forma en la que nunca habría podido estar listo.

Cosquillas de placer se lo comen vivo.

“También…” Nakamura traga. “También estás erecto, Hirose.”

Hirose reacciona un segundo tarde antes de intentar ocultarlo, encogiéndose y retrocediendo cualquier intención de sostener su mirada, su rostro impreso de rojo.

“Lo lamento. ¿Te incomoda?”

“¡Para nada!” Nakamura desearía poder apartar sus muñecas de ahí para verlo de nuevo. ¿Cómo es posible que el solo contemplar la erección vestida de Hirose, le haga sentir tan bien? Quizás la seguridad de que están en la misma página, que esto es recíproco, es lo que masifica su excitación al punto del delirio. A pesar de que vino hace poco, esas conocidas chispas de éxtasis circunvalan con poder, la certidumbre de que Hirose se excitó por tocarlo, lamerlo, darle placer, haciendo que los latidos no solo se concentren en su corazón, sino que trasladen la sangre que fabrican a la parte más íntima de su ser.

Es por esto, que una idea se le cruza por la mente. Y se incrusta tanto, que es ineludible de disuadir. No cuando le aturde, le da vueltas el solo concebirlo, elaborarlo como una fantasía con una posibilidad inminente de recalar a la realidad.

“¿P-puedo…” empieza, sin ni siquiera mirarlo a los ojos al formularlo, “verlo también?”

Siente a Hirose alarmándose, así que decide verlo. “¡Claro! Mm… ¿quieres que—?” Hirose deja de tapar con las muñecas su entrepierna, dudando con sus manos al no saber cómo proceder. “¿Quieres que sea yo quien—? E-es decir…”

Bien, Hirose está innegablemente nervioso. Qué tierno luce así… con sus mejillas coloradas, su mirada inestable de irises claros, bañados de puntos galácticos deslumbrantes, revoloteando al desconocer la posición idónea en la que establecerse. Pero, Nakamura se sacude, si van a… continuar, que es lo ideal, porque se lo debe a Hirose, por supuesto. Es solo una deuda que debe pagar, claro, no algo que desea con cada tejido, célula, fibra que lo compone. Entonces, debe descifrar qué es lo que Hirose quiere decir. ¿Ser el quien… qué? ¿Agarre su… amiguito? ¿Hirose está pensando que quiere verlo haciendo ‘eso’? Oh no, él seguro pensará que es un pervertido irremediable, ¿qué debería—?

“Nakamura, ¡Nakamura!” Hirose lo despierta, agitando su mano. “No me has entendido, perdón. Yo—um, es un poco vergonzoso de decir pero, ¿quieres… d-desvestirme? ¿O mejor lo hago yo?”

Hirose está encogido de hombros, otra vez, como si quisiera esconderse a sí mismo en un caparazón. Ahora Nakamura entiende el motivo de su nerviosismo.

“¡Yo lo hago!” Exclama, un poco demasiado fuerte, así que él también se encoge, avergonzado. “Q-quiero decir, sería un honor…” Dice, en la voz más baja posible.

Hirose suelta una risa pequeña.

“No tienes que exagerar… ahora, ven, acércate.”

Nakamura no necesita ni siquiera que se lo repitan, él obedece sin más.

Notes:

lamento el corte tan abrupto, me negaba a que un smut mío de un capítulo no más excediera las 15k, eso es avaricia.

en fin, oomori fue el sacrificio 🙏 JAJAJA de que reforzaron la amistad, la reforzaron, así que nakamura quedó más que bien servido. aokiyama, efectivamente, cocinó 👏