Chapter Text
El aire de la costa siempre le había parecido pesado a Izuku, pero esa noche, con la humedad pegándose a la nuca y el olor a salitre mezclado con gasolina barata, se sentía asfixiante. Cinco años habían pasado desde que el mundo casi se acaba, cinco años desde que las cicatrices en sus brazos dejaron de doler en las noches de frío para convertirse simplemente en un mapa de lo que sobrevivieron.
A su lado, el motor del coche viejo que la Comisión les había asignado rugió antes de apagarse. Katsuki soltó el volante, sus nudillos recuperando poco a poco su color natural tras haber estado apretando el cuero sintético durante tres horas de viaje.
"Odio esto," gruñó Katsuki. No era el grito explosivo de sus dieciséis años; era una voz más profunda, ronca, cargada de una fatiga que solo los héroes de primera línea conocían. "Odio el coche, odio la misión y odio este estúpido hostal que huele a pescado podrido."
Izuku soltó una risita nerviosa, ajustándose las gafas de montura fina que formaban parte de su disfraz. Se acomodó el cuello de la camisa de lino, sintiéndose extrañamente expuesto sin su traje de héroe.
"Es un operativo encubierto, Kacchan. No podemos llegar en un deportivo y esperar que un traficante de personas nos invite a pasar," respondió Izuku, tratando de sonar razonable. "Recuerda, somos Haru y Kenta. Llevamos seis meses saliendo, estamos de vacaciones románticas y tú… bueno, tú eres tú, pero un poco más amable."
Katsuki lo miró de reojo. Sus ojos rojos, siempre afilados, recorrieron la figura de Izuku. Se detuvieron un segundo de más en la clavícula que asomaba por el botón abierto de la camisa.
"¿Amable? Voy a ser un maldito encanto, ya verás," espetó con sarcasmo, aunque no había veneno real en sus palabras. "Solo no te pongas a balbucear como un idiota cuando ese tipo nos mire. Si vas a fingir que me quieres, hazlo bien, Deku."
Izuku sintió un vuelco en el estómago. "Sé hacerlo bien," murmuró, más para sí mismo que para su compañero.
Bajaron del coche. El hostal "La Marea Azul" era una construcción de madera astillada que parecía sostenerse más por pura inercia que por arquitectura. El dueño, un hombre llamado Yamashiro, era el principal sospechoso de una red de desapariciones que afectaba a jóvenes sin hogar de la zona. Se decía que los invitaba a quedarse por una miseria y, a la tercera noche, simplemente se esfumaban.
Al cruzar el umbral, una campana oxidada anunció su llegada. Tras el mostrador, un hombre de unos cincuenta años, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos acuosos, levantó la vista de un periódico amarillento.
"Buenas noches," dijo Yamashiro, su voz era como el crujido de hojas secas. "No solemos recibir visitas tan tarde. ¿Tienen reserva?"
Izuku dio un paso al frente, entrelazando sus dedos con los de Katsuki de manera casi instintiva. Sintió la mano de Katsuki tensarse, un espasmo de sorpresa, antes de que el rubio cerrara el agarre. La palma de Katsuki estaba caliente, siempre lo estaba, y tenía esa textura áspera que Izuku conocía de memoria de mil entrenamientos.
"Hola, sí. Reservamos una habitación doble bajo el nombre de Haru," dijo Izuku, forzando una sonrisa tímida y un poco de rubor en sus mejillas. "Tuvimos un problema con el coche unos kilómetros atrás, por eso tardamos tanto. Mi novio estaba a punto de perder la cabeza, ¿verdad, Ken-chan?"
Katsuki soltó un bufido que, milagrosamente, sonó más como una queja cariñosa que como una amenaza de muerte.
"El maldito trasto casi nos deja tirados en medio de la nada," dijo Katsuki, tirando de la mano de Izuku para acercarlo más a su costado. "Solo quiero una cama y una ducha. Lo que sea que tengas que no esté lleno de chinches."
Yamashiro soltó una carcajada corta y desagradable mientras buscaba una llave en el tablero.
"Qué pareja tan… vibrante," comentó el hombre, escaneándolos con una mirada que hizo que a Izuku se le erizara el vello de los brazos. No era la mirada de un hotelero, era la de un carnicero pesando la mercancía. "Tengo la habitación cuatro, en el segundo piso. Es la más tranquila. Ideal para jóvenes con… mucha energía."
Puso la llave de latón sobre el mostrador. Cuando Izuku fue a tomarla, Yamashiro no retiró la mano de inmediato, obligando a Izuku a rozar sus dedos.
"Espero que disfruten su estancia," añadió el hombre, fijando su vista en Izuku. "Pareces un chico muy valioso, Haru. Tu novio debería cuidarte bien."
"Lo hago," intervino Katsuki. Su voz había bajado una octava, perdiendo cualquier rastro de actuación. Había un peligro real filtrándose por las grietas de su disfraz. "No tienes idea de cuánto."
Yamashiro parpadeó, intimidado por la intensidad del rubio, y finalmente soltó la llave.
Subieron las escaleras de madera que crujían bajo sus pies como si protestaran. No hablaron hasta que estuvieron dentro de la habitación y Katsuki cerró la puerta con llave, comprobando el cerrojo dos veces.
La habitación era pequeña. Una cama matrimonial con una colcha de flores descoloridas, una cómoda de pino y una ventana que daba a los acantilados. El olor a humedad era más fuerte aquí.
Katsuki soltó la mano de Izuku como si quemara. Empezó a caminar de un lado a otro, inspeccionando cada rincón, buscando micrófonos o cámaras ocultas.
"Ese tipo escoria te estaba mirando como si fueras un trozo de carne," gruñó Katsuki, pateando la pata de la cama.
Izuku suspiró, dejando su mochila en el suelo y quitándose las gafas para frotarse el puente de la nariz. "Es lo que queríamos, ¿no? Llamar su atención. Si cree que soy vulnerable, intentará algo. Y ahí es cuando lo atrapamos."
"Me importa un bledo el plan, Deku. Ese tipo me da asco." Katsuki se detuvo frente a él. "Y deja de llamarme 'Ken-chan'. Suena estúpido."
"Es un nombre de mascota, Katsuki. Se supone que somos novios," respondió Izuku, sentándose en el borde de la cama. El colchón se hundió bajo su peso con un quejido metálico. "Además, funcionó. Se tragó el anzuelo."
Katsuki se quedó en silencio, observando a Izuku. La luz amarillenta de la única bombilla de la habitación creaba sombras largas bajo sus ojos. En la quietud del cuarto, la fachada de "héroes invencibles" parecía desmoronarse un poco. Ya no eran solo el Número Uno y el Número Dos; eran dos hombres de veintitantos años compartiendo una habitación cutre en medio de una misión que les recordaba lo podrido que seguía el mundo a pesar de sus sacrificios.
"¿Estás bien?" preguntó Izuku en voz baja.
Katsuki se quitó la chaqueta y la tiró sobre la única silla. Se quedó en camiseta de tirantes, dejando ver los músculos definidos de sus hombros y las pequeñas cicatrices de quemaduras en sus propios brazos, producto de su propio Don.
"Estoy harto de la gente como él," confesó Katsuki, sentándose en el suelo, apoyando la espalda contra la pared, justo frente a la cama. "Ganamos la guerra para que este tipo de ratas dejaran de salir de las alcantarillas. Pero parece que siempre hay más."
Izuku se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas. "Siempre habrá gente que intente aprovecharse de los demás. Por eso seguimos haciendo esto. Aunque sea agotador. Aunque tengamos que fingir ser alguien que no somos."
Katsuki levantó la vista. Su expresión se suavizó, algo que rara vez permitía en público. "A veces no sé qué parte de esto es fingir y qué parte no, Deku."
El aire en la habitación cambió. Ya no era solo la tensión de la misión; era ese peso no resuelto que arrastraban desde la preparatoria. La forma en que se cuidaban las espaldas, las llamadas nocturnas que duraban horas sin que ninguno dijera nada importante, la forma en que el mundo entero asumía que eran una unidad indivisible.
Izuku tragó saliva. "Bueno… el tomarnos de las manos fue fingido."
"Te sudaban las palmas," se burló Katsuki, aunque sin malicia.
"¡Estaba nervioso! El tipo da miedo," se defendió Izuku, sintiendo el calor subir a sus orejas.
"Damos miedo nosotros," corrigió Katsuki. "Él es solo un cobarde con un complejo de Dios. Mañana, cuando confirme que no tenemos a nadie buscándonos, intentará mover ficha. Hay que estar listos."
Katsuki se levantó del suelo y miró la cama con desdén. "Solo hay una. No voy a dormir en el suelo, mis lumbares ya están jodidas por el último enfrentamiento con ese villano de lodo."
"Podemos… compartirla," dijo Izuku, tratando de sonar casual, aunque su corazón latía como un tambor. "Es lo suficientemente grande. Y si Yamashiro entra o escucha, sería sospechoso que uno de nosotros estuviera en el suelo."
Katsuki lo miró fijamente durante unos segundos que parecieron eternos. Finalmente, soltó un suspiro pesado y empezó a desabrocharse las botas.
"Bien. Pero si roncas, te pateo fuera de la habitación, novio de pacotilla."
"Yo no ronco, ¡tú eres el que gruñe entre sueños!"
Se acomodaron en la cama, manteniendo una distancia prudencial pero inevitablemente consciente de la presencia del otro. Izuku podía sentir el calor que irradiaba el cuerpo de Katsuki, un calor que siempre le había resultado reconfortante, como una hoguera en medio de una tormenta.
Apagaron la luz. La oscuridad solo fue interrumpida por el resplandor de la luna que se filtraba por las cortinas raídas.
"Kacchan," susurró Izuku después de un rato.
"¿Qué?"
"Gracias por venir conmigo. Sé que odias las misiones encubiertas."
Hubo una pausa larga. Izuku pensó que Katsuki se había quedado dormido o que simplemente lo iba a ignorar. Pero entonces, sintió el colchón moverse.
"No te iba a dejar venir solo a jugar a las casitas con un psicópata," respondió la voz de Katsuki, suave y extrañamente cerca. "Duérmete ya, Haru. Tenemos que ser una pareja feliz por la mañana."
Izuku sonrió en la oscuridad, cerrando los ojos. El miedo por la misión seguía ahí, la sombra de Yamashiro acechaba al otro lado de la puerta, pero por primera vez en semanas, se sintió extrañamente a salvo.
Sin embargo, el sueño no llegó fácilmente. A medianoche, un ruido sordo provino del pasillo. Un arrastrar de pies, casi imperceptible, que se detuvo justo frente a la habitación número cuatro.
Ambos se tensaron al mismo tiempo. No necesitaron hablar; la coordinación entre ellos era algo grabado en sus instintos. Izuku sintió la mano de Katsuki buscar la suya bajo las mantas, no como parte de un acto, sino como un ancla.
"Está ahí," pensó Izuku, su respiración volviéndose lenta y controlada.
La manija de la puerta giró un milímetro. Luego otro. Se detuvo.
Desde el otro lado, una voz susurró, tan baja que un humano normal no la habría oído, pero dos héroes entrenados para la supervivencia sí.
"Duerman bien, pajaritos. Mañana serán libres."
Los pasos se alejaron. Izuku apretó la mano de Katsuki. El juego había comenzado, y la línea entre la misión y la realidad se estaba volviendo peligrosamente delgada.
"Mañana lo mato," susurró Katsuki contra la almohada, su voz cargada de una promesa violenta.
"Mañana lo arrestamos," corrigió Izuku, aunque él también sentía un frío inusual recorriéndole la columna.
Se quedaron así, unidos por las manos en la penumbra, esperando que el sol saliera para poder terminar con la farsa, o quizás, para descubrir cuánto de ella estaban empezando a creer.
La luz grisácea de la mañana se filtraba por las cortinas delgadas, pintando rayas de polvo en el aire estancado de la habitación. Izuku fue el primero en abrir los ojos. Le tomó un segundo recordar dónde estaba y por qué sentía un peso cálido y constante presionando contra su costado izquierdo.
Katsuki estaba profundamente dormido, con el rostro hundido en la almohada y un brazo extendido hacia el espacio de Izuku. Sin el ceño fruncido que solía llevar como una armadura, parecía mucho más joven, casi como el chico que Izuku recordaba antes de que la guerra les robara la tranquilidad.
Izuku se movió con cuidado para no despertarlo. Se sentó en el borde de la cama y se pasó una mano por el cabello. El tinte negro temporal lo sentía pegajoso y áspero, muy diferente a su textura rizada y suave habitual. Se puso de pie y caminó hacia el pequeño espejo del baño. Sus propios ojos verdes habían desaparecido tras unas lentillas negras que le daban un aspecto mucho más común, casi plano.
"Ya estás despierto," murmuró una voz ronca desde la habitación.
Izuku se giró para ver a Katsuki incorporándose. El rubio se veía extraño sin su cabello explosivo cayendo sobre su frente. Se pasó una mano por la cara y luego alcanzó la diadema negra que estaba sobre la mesa de noche. Se la colocó con destreza, tirando de todo su cabello hacia atrás, despejando su frente y cambiando por completo la estructura de su rostro.
"Tengo que ponerme los contactos," dijo Katsuki, levantándose con un bostezo que terminó en un gruñido. "Odio estas cosas. Siento que tengo arena en los ojos todo el tiempo."
"Es solo por unos días, Kacchan… Kenta," corrigió Izuku rápidamente.
Katsuki lo miró a través del espejo mientras se ajustaba las lentillas oscuras y se ponía las gafas de montura gruesa que ayudaban a disimular sus rasgos afilados. "Más vale que ese viejo mueva ficha pronto. No pienso pasar una semana en este agujero bebiendo café aguado."
Se vistieron en silencio, siguiendo una rutina que habían perfeccionado en los últimos años de trabajar juntos. Ropa de civil, nada de marcas de héroes, nada que gritara "entrenados para matar". Izuku se puso un suéter holgado que lo hacía ver más pequeño de lo que era, y Katsuki optó por una camisa oscura de manga larga para cubrir los músculos de sus brazos.
Bajaron al comedor en el primer piso. El lugar era pequeño, con apenas cuatro mesas de madera gastada. El olor a fritura barata y café quemado impregnaba el ambiente. Yamashiro estaba detrás de una pequeña barra, sirviendo platos con una parsimonia que resultaba irritante.
Al verlos entrar, el hombre esbozó esa misma sonrisa aceitosa de la noche anterior.
"Buenos días, pareja," saludó Yamashiro. "Espero que hayan descansado. El aire de la costa suele dejar a la gente como nueva."
"El colchón es una piedra," soltó Katsuki, dejando caer su cuerpo en una de las sillas con una actitud deliberadamente brusca. "Haru no ha dejado de dar vueltas en toda la noche."
Izuku se sentó a su lado, fingiendo un poco de timidez. "No es para tanto, Ken-chan. Solo no estoy acostumbrado al ruido del mar."
Yamashiro se acercó a la mesa con dos tazas de café y un plato con pan tostado. Al dejar la taza de Izuku, permitió que sus dedos rozaran la mano del pelinegro un segundo más de lo necesario. Izuku sintió un escalofrío, pero mantuvo la sonrisa suave, la mirada baja.
"Toma, Haru. Este café es especial, lo preparo yo mismo para los huéspedes que me caen bien," dijo Yamashiro, ignorando casi por completo a Katsuki. Se inclinó un poco sobre la mesa, invadiendo el espacio personal de Izuku. "¿Vienen de la ciudad, verdad? Te ves… delicado. No pareces alguien acostumbrado a este tipo de entornos tan rudos."
"Venimos de Shizuoka," respondió Izuku, tratando de sonar natural. "Solo queríamos un poco de paz. El trabajo en la oficina es agotador."
"Me lo imagino," murmuró Yamashiro, sus ojos recorriendo el rostro de Izuku con una intensidad inquietante. "Un chico como tú debería ser cuidado, no arrastrado a hostales de mala muerte por un novio que se queja de las camas."
Katsuki soltó una carcajada seca, aunque sus ojos, ocultos tras las gafas, estaban fijos en los movimientos del hombre. "Mi novio está perfectamente bien conmigo, viejo. No necesita que un extraño le diga dónde debería estar."
Yamashiro no se inmutó. Ni siquiera miró a Katsuki. Mantuvo su atención en Izuku, apoyando una mano en el respaldo de su silla.
"No te molestes, Kenta. Solo soy un viejo observador," dijo con un tono que pretendía ser paternal pero que sonaba a veneno puro. "Haru, si necesitas algo más… cualquier cosa, estoy en la oficina de atrás. No dudes en pedírmelo. A veces los jóvenes se sienten perdidos en estos lugares."
Izuku asintió, fingiendo un ligero sonrojo. "Gracias, señor Yamashiro. Es muy amable."
El hombre finalmente se retiró, pero no regresó a la barra de inmediato. Se quedó en un rincón, fingiendo limpiar unos vasos mientras seguía observando la mesa.
Katsuki rompió un trozo de pan con demasiada fuerza. "Ese tipo es un depredador de manual," susurró, apenas moviendo los labios. "Está intentando aislarte psicológicamente, invalidándome a mí para que tú sientas que él es una figura de apoyo."
"Lo sé," respondió Izuku en el mismo tono bajo, mientras soplaba su café. "Está siguiendo el patrón. Busca víctimas que parezcan sumisas o que tengan una relación inestable. Cree que puede ganarse mi confianza para que, cuando intente el movimiento, yo no grite."
"Si te pone una mano encima de nuevo, le voy a romper los dedos," gruñó Katsuki, aunque mantuvo su postura relajada hacia el resto del salón.
"No podemos, Kac… Kenta. Tenemos que esperar a que nos lleve al lugar donde tiene a los demás. Si lo arrestamos ahora por acoso, nunca sabremos dónde está la base de la red." Izuku tomó un sorbo de café; sabía a tierra, pero necesitaba la cafeína. "Está claro que el objetivo soy yo. Soy el que encaja en el perfil de las personas que han desaparecido."
Katsuki lo miró de reojo. A pesar de los lentes de contacto y la diadema, la intensidad de su mirada seguía siendo la misma. "No te quites los ojos de encima, ¿entendido? Si vas al baño, voy contigo. Si sales a caminar, voy a dos pasos."
"Estoy bien, sé cuidarme," dijo Izuku, aunque el gesto protector de su compañero le dio una punzada de calidez en el pecho que decidió ignorar. "Él cree que tiene el control. Vamos a dejar que siga creyéndolo. Después del desayuno, deberíamos salir a caminar por el pueblo. Hacer que nos vean."
Desayunaron en un silencio tenso. Izuku podía sentir la mirada de Yamashiro pesando en su nuca cada vez que se giraba. Era una sensación asfixiante, como si estuviera siendo marcado. Estaba tan concentrado en analizar cada microexpresión del sospechoso, cada movimiento de sus manos, que no se percató de cómo el hombre, de vez en cuando, desviaba la vista hacia la espalda de Katsuki, evaluando la anchura de sus hombros y la forma en que se movía, incluso cuando intentaba parecer torpe.
Cuando terminaron, Izuku se levantó para llevar los platos a la barra, un gesto de cortesía que Yamashiro aprovechó de inmediato.
"Déjalo ahí, Haru. No eres un sirviente," dijo el hombre, acercándose tanto que Izuku pudo oler el tabaco rancio en su aliento. "Eres un chico muy educado. Es raro ver eso hoy en día."
"Solo es costumbre," dijo Izuku, retrocediendo un paso con una sonrisa nerviosa.
"Disfruta del paseo. Hay un acantilado cerca que es muy… privado. Ideal para pensar," sugirió Yamashiro, dándole un golpecito suave en el hombro.
Izuku regresó al lado de Katsuki, quien ya estaba de pie cerca de la puerta, con las manos en los bolsillos y una expresión de aburrimiento fingido. Salieron al aire fresco de la mañana, que se sentía mil veces mejor que el ambiente viciado del hostal.
Caminaron por la calle principal, una vía estrecha de asfalto agrietado flanqueada por tiendas cerradas y casas desconchadas.
"¿Notaste algo más?" preguntó Katsuki cuando estuvieron lo suficientemente lejos.
"Está muy seguro de sí mismo," respondió Izuku, ajustándose las gafas negras. "No tiene miedo de que sospechemos. Eso significa que tiene protección local o que cree que somos demasiado estúpidos para darnos cuenta. Se está enfocando mucho en crear una brecha entre nosotros."
Katsuki soltó un bufido. "Cree que soy un novio abusivo o un idiota descuidado. Está esperando el momento en que me distraiga para sacarte de la ecuación."
"Exacto. Y eso es lo que vamos a darle," dijo Izuku, mirando hacia el mar. "Esta tarde, fingiremos una discusión. Tú te irás al bar del pueblo y yo me quedaré solo en el hostal o cerca de los acantilados. Si muerde el anzuelo, lo seguiremos."
Katsuki se detuvo en seco, obligando a Izuku a detenerse también.
"No me gusta," dijo el rubio con firmeza. "Es demasiado arriesgado dejarte como cebo solo."
"Kacchan, somos profesionales. Soy el Número Uno por una razón, puedo manejar a un tipo como Yamashiro."
"No es su fuerza lo que me preocupa, es lo que no vemos," replicó Katsuki, dándole un ligero empujón en el hombro para que siguieran caminando. "Pero está bien. Seguiremos tu plan. Pero si algo sale mal, no esperes a que sea 'sutil'. Voy a volar ese lugar en mil pedazos."
Izuku sonrió, una sonrisa real esta vez. "Lo sé. Siempre lo haces."
Siguieron caminando por el pueblo, dos figuras extrañas en un lugar olvidado por el tiempo. Estaban tan inmersos en su propia estrategia, tan seguros de que Izuku era la pieza central de aquel tablero de ajedrez, que no se detuvieron a pensar por qué Yamashiro los había mirado alejarse desde la ventana del comedor, no con la lujuria dirigida al chico del cabello negro, sino con la fría precisión de un coleccionista que acaba de encontrar una pieza única y rara en el hombre que caminaba a su lado.
Para ellos, el peligro era evidente y tenía un nombre. Para el enemigo, la verdadera cacería apenas estaba comenzando, y el premio no era el que ellos esperaban proteger. Pero en ese momento, bajo el sol pálido de la costa, solo eran Haru y Kenta, una pareja más intentando sobrevivir a unas vacaciones que, para bien o para mal, cambiarían el curso de su misión.
La tarde cayó sobre el pueblo con un tono naranja sucio. Tal como habían acordado, la "discusión" estalló en el pequeño vestíbulo del hostal, justo cuando Yamashiro estaba ordenando unas botellas detrás de la barra.
"¡Estoy harto de que siempre intentes controlarlo todo, Haru!" gritó Katsuki, dándole un golpe seco al mostrador de madera. Las gafas se le resbalaron un poco por la nariz, y se las subió con un gesto brusco de la mano.
Izuku, que le sacaba casi media cabeza de altura, retrocedió un paso, fingiendo una expresión de dolor y frustración. Sus hombros, más anchos que los de Katsuki, se tensaron bajo el suéter.
"¡Solo intento que aprovechemos el viaje, Kenta! No entiendo por qué tienes que ponerte así," replicó Izuku, bajando la voz como si intentara no hacer un espectáculo, aunque lo suficientemente alto para que el dueño escuchara cada palabra.
"¡Pues vete a ver el maldito atardecer tú solo! No me busques hasta que se te pase la tontería," espetó Katsuki, dándose la vuelta para sentarse en un taburete desvencijado, de espaldas a la puerta.
Izuku soltó un suspiro pesado, miró a Yamashiro con una mueca de disculpa y salió del hostal a zancadas, haciendo sonar la campana de la entrada.
Katsuki se quedó allí, con la vista fija en sus propias manos. Odiaba pelear con Izuku, incluso cuando era mentira. Cada vez que alzaba la voz contra él, una parte de su pecho se apretaba. Habían pasado cinco años desde la guerra, cinco años en los que se había prometido a sí mismo que nunca volvería a herirlo, ni siquiera de palabra. Pero ahí estaban, jugando a los novios rotos.
Sintió el crujido de los pasos de Yamashiro acercándose. El hombre salió de detrás de la barra y se sentó en el taburete contiguo, dejando una botella de cerveza barata frente a Katsuki.
"Cortesía de la casa," dijo Yamashiro con su voz rasposa. "Las peleas de enamorados son agotadoras."
Katsuki soltó un gruñido, ajustándose la diadema que le tiraba del cabello hacia atrás. "Es un idiota."
"Es joven," comentó Yamashiro, observando la puerta por donde se había ido Izuku. "Y parece... apasionado. ¿Suele irse así a menudo cuando discuten?"
Katsuki bebió un sorbo de la cerveza; sabía a metal y levadura vieja. "A veces. Se va a caminar para 'pensar'. Puede estar fuera horas."
"¿Horas?" Yamashiro arqueó una ceja, mostrando un interés que Katsuki interpretó de inmediato como peligroso. "Vaya. Un chico tan guapo como Haru... es un poco imprudente dejarlo andar solo por estos acantilados de noche, ¿no crees? A veces la gente se pierde."
Katsuki apretó el cristal de la botella. Ahí está, pensó. Estás preguntando cuánto tiempo tienes para atraparlo antes de que yo me dé cuenta.
"Sabe cuidarse," respondió Katsuki, forzando una voz despreocupada. "Además, es testarudo. Si voy detrás de él, es peor. Se queda por ahí mirando el mar hasta que se le congela el cerebro."
"Ya veo," murmuró el hombre, apoyando los codos en la barra y girándose un poco más hacia Katsuki. Sus ojos recorrieron la nuca de Katsuki, donde el cabello rubio estaba expuesto por la diadema. "¿Y tú? ¿Te quedarás aquí toda la noche o irás a buscarlo en algún momento?"
"Me quedaré aquí hasta que termine esta cerveza y luego subiré a dormir. Si quiere volver, que vuelva. La llave la tengo yo," dijo Katsuki, tratando de sonar como un novio despechado y negligente.
Yamashiro sonrió. Era una sonrisa pequeña, casi satisfecha. "¿Así que estarás en la habitación solo un buen rato? Es una pena. Un hombre como tú no debería pasar sus vacaciones esperando a un chico caprichoso."
Katsuki sintió una punzada de asco, pero la ocultó bajo una máscara de arrogancia. "Estoy acostumbrado. Haru es... mucho trabajo."
"Me lo imagino. Se nota que tú eres el que lleva el peso de la relación," dijo Yamashiro, bajando un poco la voz. "¿Dime, Kenta, él siempre te deja así? ¿Siempre se aleja tanto tiempo que te deja vulnerable... quiero decir, solo?"
"A veces no regresa hasta la madrugada," mintió Katsuki, queriendo darle al hombre toda la confianza del mundo para que intentara ir tras Izuku esa misma noche. "Es un desastre."
Katsuki miró de reojo al hombre. Pensó en lo mucho que deseaba usar sus explosiones para borrarle esa expresión de la cara. Le molestaba profundamente que este tipo creyera que podía tocar a Izuku, que podía siquiera pensar en ponerle una mano encima. La protección que sentía por Izuku no era solo por la misión; era algo físico, una necesidad que le quemaba por dentro desde que eran niños y que solo se había vuelto más pesada con los años.
A veces, cuando Izuku caminaba delante de él y el sol le daba en la espalda, Katsuki tenía que apartar la mirada porque le dolía lo mucho que lo quería. Le dolía ser el "Número Dos" en el ranking, pero más le dolía ser el eterno segundo en la vida de Izuku, el amigo que siempre estaba ahí pero que nunca cruzaba la línea por miedo a perder lo único que le daba sentido a sus días de paz.
"Eres un hombre muy paciente, Kenta," dijo Yamashiro, sacándolo de sus pensamientos. El hombre se levantó y le dio una palmadita en el hombro. "Creo que Haru no sabe la suerte que tiene de que lo esperes."
Katsuki se encogió de hombros, fingiendo desinterés. "Como sea. Solo quiero que esta noche pase rápido."
"Oh, estoy seguro de que así será," respondió Yamashiro, caminando hacia la parte trasera del hostal con un paso más ligero de lo habitual.
Katsuki se quedó solo en el vestíbulo, terminando la cerveza a regañadientes. Miró el reloj de pared que colgaba sobre la recepción. Tenía que darle a Izuku veinte minutos más antes de enviarle la señal por el comunicador oculto en su oreja.
Muerde el anzuelo, maldito imbécil, pensó Katsuki, imaginando a Yamashiro saliendo por la puerta trasera para emboscar a Izuku en la oscuridad de los acantilados.
No se dio cuenta de que Yamashiro no estaba buscando sus llaves ni una linterna. En la oficina trasera, el hombre tomó un pañuelo de seda y un pequeño frasco, mientras tarareaba una canción antigua. Yamashiro no miró ni una sola vez hacia la puerta principal por donde se había ido el chico alto del cabello negro. Sus ojos estaban fijos en la silueta de Katsuki, visible a través del cristal de la oficina, admirando la forma en que el rubio se veía tan pequeño y accesible sentado en aquel taburete, solo, en la penumbra.
El silencio en el comedor se volvió denso, roto únicamente por el zumbido de una nevera vieja en algún lugar de la cocina. Katsuki seguía sentado en el taburete, mirando el fondo de su botella vacía. La diadema le apretaba un poco las sienes, causándole un dolor de cabeza sordo que atribuía al cansancio acumulado y al estrés de fingir ser alguien que no era.
Escuchó unos pasos tranquilos. Yamashiro regresó de la parte trasera, pero esta vez no traía las manos vacías. Llevaba un vaso de cristal grueso lleno de agua, con un par de hielos que tintineaban contra las paredes del recipiente.
"Toma," dijo el hombre, deslizando el vaso sobre la barra hasta que quedó frente a Katsuki. "La cerveza de aquí es fuerte y suele dejar un mal sabor. El agua te ayudará a bajarla y a que no te duela tanto la cabeza mañana cuando tengas que aguantar los gritos de tu novio."
Katsuki miró el vaso con desconfianza. Sus años como héroe le habían enseñado a no aceptar nada de un extraño, y mucho menos de un sospechoso. Sin embargo, sabía que si quería que el hombre se confiara, no podía actuar como un soldado paranoico. Un "civil" como Kenta simplemente aceptaría el gesto. Además, sus ojos, aunque ocultos tras las gafas, analizaron el agua. Parecía cristalina, sin partículas extrañas.
"Gracias," masculló Katsuki, tomando el vaso.
Bebió la mitad de un solo trago. El agua estaba inusualmente fría, casi gélida, lo que adormeció un poco su garganta. Dejó el vaso sobre la madera y soltó un suspiro, apoyando los codos en la barra.
"¿Sabes?" continuó Yamashiro, sin alejarse. "Me recuerdas a alguien que conocí hace mucho tiempo. Alguien con mucho potencial que no sabía lo que valía."
Katsuki no respondió. De repente, sintió una punzada extraña detrás de los ojos. Parpadeó varias veces, tratando de enfocar la vista en el estante de licores frente a él. Las botellas parecieron vibrar ligeramente, sus bordes se volvieron borrosos, como si estuviera mirándolas a través de un cristal empañado.
"¿Pasa algo, Kenta?" preguntó el hombre. Su voz sonaba diferente ahora, más nítida, como si estuviera hablando directamente dentro de su cabeza.
"Estoy... cansado," logró decir Katsuki. Intentó levantarse, pero sus piernas no respondieron como debían. Sintió una debilidad repentina en las rodillas, un hormigueo que subía desde sus pies hasta sus muslos.
El pánico, una sensación que Katsuki rara vez experimentaba, empezó a florecer en su pecho. No era un mareo común. Era como si su conexión con sus propios músculos se estuviera cortando con una tijera invisible. Intentó llevarse la mano a la oreja, al pequeño comunicador que estaba oculto bajo el pliegue de su oreja y tapado por el cabello que la diadema echaba hacia atrás.
Sus dedos se sentían como si pesaran diez kilos cada uno. Sus movimientos eran lentos, torpes, como si estuviera bajo el agua.
"Es el cansancio, claro," dijo Yamashiro. El hombre rodeó la barra con una agilidad que no había mostrado antes. "Es el peso de llevar una carga que no te corresponde."
Katsuki intentó activar el canal de emergencia con un movimiento de su mandíbula, un código que habían diseñado para cuando no podían usar las manos. Pero sus músculos faciales estaban empezando a entumecerse. Su lengua se sentía gorda y pesada en la boca.
Mierda, me ha dado algo, pensó, mientras el mundo empezaba a inclinarse peligrosamente hacia la derecha.
Trató de impulsarse para caer del taburete, esperando que el impacto contra el suelo le diera la descarga de adrenalina necesaria para reaccionar, pero Yamashiro fue más rápido. El hombre lo sostuvo por los hombros con una fuerza sorprendente, manteniéndolo erguido.
"Tranquilo, Kenta. Solo déjate llevar," susurró el hombre al oído de Katsuki.
Katsuki vio, a través de la visión de túnel que se estaba cerrando sobre él, cómo Yamashiro sacaba un paño de seda oscura de su bolsillo. El olor que desprendía el tejido era dulce y químico, un aroma que le recordó a los hospitales pero mucho más concentrado.
Katsuki quiso gritar, quiso encender una explosión en la palma de su mano para alertar a Izuku, aunque eso significara revelar su identidad. Pero sus manos estaban muertas a sus costados. No podía ni siquiera cerrar el puño. Sus pulmones se sentían pesados, y cada respiración era un esfuerzo monumental.
Yamashiro presionó el paño contra la nariz y la boca de Katsuki.
El rubio luchó durante tres segundos. Sus ojos se abrieron de par en par, encontrándose con la mirada fría y calculadora del dueño del hostal. No había lujuria ahí, ni la mirada de un tratante común. Había algo más profundo, satisfacción.
Luego, la oscuridad lo reclamó por completo. Su cabeza cayó hacia adelante, golpeando el hombro de Yamashiro, y el mundo desapareció.
Mientras tanto, a unos quinientos metros del hostal, Izuku estaba sentado en una roca que sobresalía hacia el mar. El viento soplaba con fuerza, despeinando su cabello teñido de negro y enfriando sus mejillas. Miraba su reloj de pulsera con una frecuencia obsesiva.
Habían pasado treinta y cinco minutos desde que salió del hostal.
"Kacchan se está tomando muy en serio el papel de novio enfadado," murmuró Izuku para sí mismo, tratando de calmar los nervios que empezaban a carcomerle el estómago.
Se suponía que la señal llegaría a los veinte minutos. Un simple clic en el canal abierto para confirmar que todo estaba en orden o que el sospechoso había hecho algún movimiento. Pero el canal seguía en un silencio absoluto, solo interrumpido por el estático ocasional del viento.
Izuku se puso de pie, ajustándose el suéter. El plan era que él atrajera la atención de Yamashiro hacia los acantilados, pero el hombre no lo había seguido. Izuku se había quedado allí, fingiendo mirar el horizonte con tristeza, esperando ver la silueta del dueño acercándose. Pero no había aparecido nadie.
"Algo no está bien," dijo en voz alta.
Izuku activó su propio comunicador. "Kenta, aquí Haru. ¿Me recibes? El aire está empezando a enfriarse por aquí. Cambio."
No hubo respuesta.
"¿Kacchan?" la voz de Izuku perdió el tono de actuación, volviéndose tensa y cargada de una preocupación genuina. "Katsuki, responde."
Silencio.
El corazón de Izuku dio un vuelco. Conocía a Katsuki mejor que a nadie. Sabía que, por muy molesto que estuviera por la misión o por el disfraz, nunca ignoraría una comunicación directa en un operativo encubierto. Katsuki era el profesional más disciplinado que conocía, especialmente cuando se trataba de la seguridad del equipo.
Izuku empezó a caminar hacia el hostal, primero a paso rápido y luego en una carrera controlada. Trató de no llamar la atención, manteniéndose en las sombras de los edificios cerrados, pero su mente ya estaba barajando las peores posibilidades.
Cuando llegó a la entrada de "La Marea Azul", todo estaba sumido en una oscuridad sospechosa. La luz del comedor, que antes brillaba con un tono amarillento, estaba apagada. La campana de la puerta ni siquiera sonó cuando Izuku entró; la puerta estaba entornada, sin el cerrojo echado.
"¿Kenta? ¿Señor Yamashiro?" llamó Izuku, entrando con cautela.
El vestíbulo olía a cerveza derramada y a algo más... un rastro químico sutil que sus sentidos entrenados detectaron de inmediato. Izuku se dirigió directamente a la barra. En el suelo, cerca del taburete donde Katsuki había estado sentado, encontró las gafas de montura gruesa. Estaban intactas, tiradas sobre el polvo del suelo.
Izuku las recogió. Sus dedos temblaron ligeramente al tocar el plástico frío.
"No, no, no..."
Subió las escaleras de dos en dos, ignorando el crujido de la madera. Llegó a la habitación número cuatro y la abrió de una patada controlada. Estaba vacía. Las maletas seguían allí, pero la cama estaba hecha, fría.
Izuku bajó de nuevo al primer piso y entró en la oficina de Yamashiro, tras el mostrador. No había nadie. El lugar estaba revuelto, como si alguien hubiera recogido lo esencial a toda prisa.
Sacó su teléfono de alta tecnología, un dispositivo de la Comisión de Héroes, y abrió la aplicación de rastreo. El punto que representaba el teléfono de Katsuki aparecía en gris.
"Apagado. Lo han desconectado," gruñó Izuku, golpeando la pared con el puño.
El pánico intentó nublar su juicio, pero Izuku respiró hondo, obligándose a entrar en el estado mental de combate. Si se dejaba llevar por el miedo de perder a Katsuki, no lo encontraría. Tenía que ser el héroe que Katsuki respetaba.
"Piensa, Izuku. No se lo llevarían por la puerta principal si hay testigos en el pueblo. Tiene que haber una salida trasera o un sótano."
Entonces recordó el comunicador. Era un modelo nuevo, diseñado para incrustarse parcialmente en el canal auditivo y con una batería independiente que duraba semanas, casi imposible de detectar a menos que supieras exactamente qué buscar.
Izuku tecleó una serie de comandos en su teléfono, activando el rastreo de frecuencia corta del comunicador de Katsuki. Durante unos segundos, una barra de carga parpadeó en la pantalla, burlándose de su desesperación.
Bip.
Un punto rojo empezó a parpadear en el mapa digital. No estaba lejos. Se movía, pero lentamente, alejándose de la zona urbana hacia los muelles antiguos del norte, una parte del pueblo que estaba prácticamente en ruinas.
"Te tengo," susurró Izuku, sus ojos negros (tras los cuales seguían los verdes cargados de determinación) brillando con una intensidad peligrosa.
Salió del hostal como una exhalación. Ya no le importaba el disfraz ni el sigilo extremo. Activó el One For All en un porcentaje bajo, lo suficiente para que sus venas brillaran con esos rayos verdes característicos bajo la ropa, dándole la velocidad necesaria para cruzar el pueblo en segundos.
Mientras corría hacia los muelles, una sola pregunta martilleaba su cabeza, una que no lograba responder: ¿Por qué se habían llevado a Katsuki? Todo el perfil de las víctimas, todas las investigaciones previas, indicaban que los objetivos eran personas como Izuku: jóvenes, con apariencia vulnerable, sin conexiones fuertes. Katsuki, incluso disfrazado, irradiaba una fuerza y una hostilidad que debería haber mantenido alejado a cualquier secuestrador.
Izuku apretó los dientes, saltando sobre una valla de madera podrida. La idea de Katsuki, su Kacchan, sedado, indefenso y en manos de un hombre como Yamashiro, le provocaba una furia que amenazaba con desbordarse.
"Si le has hecho un solo rasguño," pensó Izuku, viendo a lo lejos las siluetas de los almacenes abandonados frente al mar, "no habrá rincón en este mundo donde puedas esconderte."
El punto rojo en su pantalla se detuvo en un edificio de concreto que se alzaba como una tumba gris al final del muelle. Izuku desaceleró, ocultándose tras unos contenedores oxidados. El silencio allí era total, solo roto por el golpeteo del agua contra los pilares de madera.
Katsuki estaba allí dentro. Izuku podía sentirlo, esa conexión invisible que siempre parecía tirar de él hacia donde estuviera el rubio. Guardó el teléfono, se quitó las gafas de contacto con un gesto rápido, dejando que sus ojos verdes volvieran a la luz, y se preparó para entrar. La farsa de Haru y Kenta había terminado. Era hora de que el mundo volviera a ver por qué no se debe tocar lo que le pertenece al héroe número uno.
El almacén de concreto olía a humedad estancada y a aceite de motor viejo. No había ventanas, solo una hilera de respiraderos altos por donde se filtraba la luz de la luna en hilos delgados y pálidos. Izuku entró por una puerta lateral que chilló ligeramente sobre sus goznes oxidados. No intentó ser completamente silencioso; a estas alturas, sabía que la sutileza ya no era una opción.
En el centro del espacio, bajo la luz de una única bombilla desnuda que colgaba del techo, estaba la escena que había estado temiendo.
Katsuki estaba sentado en una silla metálica. Tenía las manos atadas a la espalda con una cuerda gruesa de nailon que le hundía la piel de las muñecas. Sus tobillos también estaban sujetos a las patas de la silla. Una mordaza de tela blanca le cubría la boca, apretada con un nudo firme en la nuca. Sus ojos estaban cerrados y su cabeza caía hacia un lado, todavía bajo el efecto del sedante que Yamashiro le había administrado. Sin la diadema y las gafas, su cabello rubio ceniza caía de forma desordenada sobre su frente, y su expresión, carente de su habitual ferocidad, lo hacía ver extrañamente vulnerable.
Frente a él, Yamashiro hablaba con un hombre alto, vestido con un traje gris impecable que contrastaba con la suciedad del lugar. El hombre del traje sostenía un maletín de cuero y observaba a Katsuki con una atención clínica.
"Es una pieza impecable, Yamashiro," decía el hombre del traje. "Nunca había visto una estructura ósea tan fina en alguien con esta musculatura. Los clientes pagarán una fortuna por él."
"Te dije que valía la pena," respondió Yamashiro, frotándose las manos. "El otro chico, el de cabello negro, ese es más común. Pero este... este tiene algo especial."
Izuku dio un paso hacia la luz. Sus botas pesadas resonaron contra el suelo de cemento. El brillo verde del One For All comenzó a recorrer sus piernas y brazos, iluminando la penumbra del almacén.
"Suéltenlo. Ahora," dijo Izuku. Su voz no era un grito; era una orden baja, cargada de una presión que hizo que el aire en la habitación pareciera volverse más pesado.
Yamashiro y el hombre del traje se sobresaltaron. Ambos giraron la cabeza hacia la entrada. Yamashiro soltó una carcajada nerviosa al reconocerlo.
"Vaya, pero si es el novio abandonado," se burló el dueño del hostal. "Llegas tarde, Haru. Tu amigo ya ha sido vendido. Deberías haberte quedado en los acantilados llorando tu ruptura."
El hombre del traje, sin embargo, no se rió. Entornó los ojos, observando las chispas verdes que bailaban alrededor del cuerpo de Izuku. Su mirada bajó hacia los brazos del peliverde, notando las cicatrices que subían por su piel. Luego se fijó en la intensidad de sus ojos verdes, ahora libres de las lentillas negras.
"Yamashiro, idiota..." susurró el hombre del traje, dando un paso atrás. "¿No tienes idea de a quién has traído aquí?"
"¿De qué hablas? Es solo un chico de oficina con un poco de dinero," dijo Yamashiro, aunque su voz empezó a temblar.
"Ese no es 'Haru'," siseó el comprador. "Ese es el Héroe Número Uno. Es Deku."
El nombre cayó en el almacén como un bloque de plomo. Yamashiro palideció tanto que su piel adquirió un tono grisáceo. Miró a Izuku y luego, con manos temblorosas, giró la cabeza para ver al chico atado en la silla. Se acercó a Katsuki, le sujetó la barbilla con brusquedad y le levantó la cara hacia la luz. Le apartó el cabello de la frente y estudió sus rasgos con horror creciente.
"Si él es Deku..." empezó Yamashiro, su voz apenas un susurro quebrado. "...entonces este..."
"Entonces tienes a Dynamight amarrado a una silla," completó el hombre del traje, dejando caer el maletín al suelo. "Has secuestrado al Dios de la Explosión. Nos has condenado a todos."
Izuku no esperó a que terminaran de procesar la información. En un parpadeo, acortó la distancia. El suelo bajo sus pies se agrietó por la fuerza del impulso. Su objetivo era llegar a Katsuki, pero el hombre del traje reaccionó con una velocidad sobrehumana.
El comprador extendió una mano y el aire frente a Izuku se solidificó de repente, creando una barrera invisible pero tan dura como el acero. Izuku chocó contra ella y rebotó, aterrizando sobre sus pies a pocos metros de distancia.
"No te lo pondré tan fácil, héroe," dijo el hombre del traje. Su voz se había vuelto fría. "Mi Don me permite densificar las moléculas de oxígeno. Puedo crear paredes, proyectiles o incluso vacíos de aire. Si te acercas más a mi mercancía, tendré que matarte."
Izuku se estabilizó, respirando de forma rítmica para mantener el control. "No es mercancía. Es una persona. Y es mi compañero."
El comprador sonrió de forma torcida. "Oh, es mucho más que un compañero para ti, ¿verdad? Se nota en cómo te tiemblan las manos por las ganas de tocarlo. He negociado con mucha gente, Deku. Sé reconocer cuando alguien tiene un punto débil."
El villano hizo un movimiento rápido con la mano y una ráfaga de aire denso, como un mazo invisible, salió disparada hacia Izuku. Él saltó hacia un lado, esquivando el golpe que terminó por demoler una columna de concreto detrás de él.
Izuku lanzó una patada al aire, enviando una onda de choque de presión de viento hacia el comprador. El hombre creó un escudo frente a él, pero la fuerza del impacto lo obligó a retroceder varios metros.
"¡Yamashiro, saca al rubio de aquí por la parte de atrás!" gritó el comprador mientras se recuperaba.
Yamashiro, preso del pánico, empezó a desatar las cuerdas que sujetaban la silla al suelo, pero mantuvo a Katsuki atado y amordazado para poder arrastrarlo. Katsuki soltó un quejido sordo tras la mordaza; el movimiento brusco estaba empezando a despertarlo del sedante, pero sus ojos apenas se abrían y su cuerpo seguía sin responderle. Sus dedos se movieron débilmente contra las cuerdas, intentando generar una chispa, pero el químico en su sangre era demasiado fuerte.
"¡No lo toques!" rugió Izuku.
Se lanzó de nuevo al ataque, esta vez usando el 15% de su poder. Se movía como un rayo verde entre las sombras del almacén. El comprador intentaba encerrarlo entre paredes de aire, pero Izuku era demasiado rápido, rebotando en las paredes y el techo para cambiar su trayectoria.
Sin embargo, el villano era astuto. Se dio cuenta de que no podía vencer a Izuku en un combate directo de fuerza, así que cambió de táctica. Mientras Izuku estaba en el aire, el hombre del traje lanzó una esfera de aire densificado directamente hacia la silla donde estaba Katsuki.
Izuku, viendo el peligro, tuvo que abortar su ataque y lanzarse frente a Katsuki para interceptar el proyectil. Recibió el golpe de lleno en el pecho. El aire se le escapó de los pulmones y sintió cómo sus costillas protestaban ante la presión. Cayó de rodillas justo a los pies de Katsuki.
Katsuki, ahora un poco más consciente, enfocó la vista. Vio la espalda de Izuku, vio el brillo verde y escuchó su respiración agitada. Intentó gritar el nombre de Izuku, pero la mordaza solo dejó salir un sonido ahogado y desesperado. Sus ojos rojos, empañados por la droga, se abrieron de par en par al ver la situación.
"¿Ves? Es tan fácil manipularte," dijo el comprador, caminando lentamente hacia ellos. "Solo tengo que apuntar al rubio y tú te conviertes en un blanco estático. Es patético. El gran héroe número uno, reducido a un escudo de carne por un chico que siempre parece estar a punto de romperse."
El villano se detuvo a pocos metros. Yamashiro estaba detrás de él, sujetando a Katsuki por los hombros, usando al héroe inconsciente como escudo humano.
"Míralo," continuó el comprador, señalando a Katsuki con la barbilla. "Se ve tan diferente cuando está callado, ¿no? Tan delicado. Casi parece que podrías romperle el cuello con una sola mano. ¿Es por eso que te gusta, Deku? ¿Porque es lo único que no puedes salvar de sí mismo?"
Las palabras eran como cuchillos. Izuku apretó los dientes tanto que sintió un crujido en la mandíbula. Estaba herido, el golpe en el pecho le dificultaba respirar profundamente, pero la rabia estaba empezando a superar al dolor.
"Cállate," dijo Izuku, levantándose lentamente.
"¿Te duele que diga la verdad? ¿Te duele saber que mientras tú juegas a ser el salvador del mundo, él está aquí, atado y amordazado como un animal, porque tú no fuiste lo suficientemente rápido?" El villano metió la mano en su chaqueta y sacó un cuchillo corto y afilado. "Me pregunto qué cara pondrás si le hago una marca permanente en esa cara tan bonita que tiene."
El hombre hizo el amago de lanzar el cuchillo hacia Katsuki. Izuku no lo pensó. Su cuerpo reaccionó por instinto puro, lanzándose hacia adelante para cubrir a Katsuki una vez más.
Fue una trampa.
En el último milisegundo, el villano desvió la trayectoria del cuchillo usando su control de aire. El arma no iba hacia Katsuki, sino hacia el costado expuesto de Izuku.
Izuku sintió el acero frío desgarrar su piel. El cuchillo se hundió en su costado derecho, justo por encima de la cadera. El dolor fue agudo y caliente, extendiéndose rápidamente por sus nervios. Soltó un gemido ahogado y cayó de lado, apoyando una mano en el suelo mientras la otra se presionaba la herida, que empezó a manchar su suéter de un rojo oscuro y denso.
"¡Izuku!" El grito de Katsuki quedó atrapado en la mordaza, transformándose en un gemido de pura agonía emocional. Se retorció en la silla con una fuerza renovada por el horror, sus muñecas sangrando por el roce de las cuerdas, pero seguía sin poder soltarse. Sus ojos estaban fijos en la mancha de sangre que crecía en la ropa de Izuku.
El comprador se rió, una risa seca y carente de humor. "Una herida por un descuido. Has bajado la guardia porél, héroe. Y eso será lo que te mate."
Izuku respiraba con dificultad. El sudor le corría por la frente y la vista se le nublaba por un momento. Miró hacia arriba, encontrándose con los ojos de Katsuki. Vio el miedo, vio la culpa y vio el dolor en la mirada del rubio.
Esa imagen fue lo que terminó de romper algo dentro de Izuku. No era una metáfora; sintió físicamente cómo su autocontrol se desmoronaba. Ya no le importaba el operativo, ya no le importaba el protocolo. Solo existía el hecho de que Katsuki estaba sufriendo y que estos hombres eran los responsables.
Izuku hundió los dedos en el suelo de concreto, rompiéndolo bajo su fuerza. La herida en su costado seguía sangrando, pero el brillo verde de su Don cambió, volviéndose más intenso, casi cegador. Las venas de sus brazos se marcaron bajo la piel y el aire alrededor de él empezó a vibrar con una energía violenta.
"No deberías..." empezó Izuku, su voz sonando extrañamente calmada a pesar de la sangre que goteaba de su mano. "...haberle puesto una mano encima."
Se puso de pie con un movimiento mecánico, ignorando el dolor punzante en su costado. La sangre empapaba su suéter, pero su postura era más firme que nunca. El hombre del traje dio un paso atrás, su confianza desvaneciéndose al ver la expresión en el rostro de Izuku. Ya no había rastro del chico amable del hotel. Solo quedaba el guerrero que había sobrevivido a una guerra mundial.
Yamashiro, aterrorizado, soltó a Katsuki y echó a correr hacia la oscuridad del fondo del almacén. El comprador intentó crear una muralla de aire masiva, pero Izuku ya se estaba moviendo.
Esta vez, no hubo advertencia. Solo el sonido del aire rompiéndose y el impacto inminente de un héroe que ya no tenía nada que perder.
El estruendo del impacto contra el concreto resonó en las paredes del almacén como un disparo. Izuku no había usado un golpe directo al rostro; en su lugar, había concentrado una onda de choque a centímetros del pecho del comprador, lo suficiente para desplazar todo el aire de sus pulmones y lanzarlo contra una pila de contenedores metálicos. El hombre del traje gris cayó como un muñeco de trapo, su cabeza golpeó una arista de hierro y su cuerpo quedó inmóvil, sumido en una inconsciencia instantánea.
Yamashiro, que ya estaba a medio camino de la salida trasera, tropezó con sus propios pies al ver la velocidad de Izuku. Intentó gritar, pero el peliverde apareció frente a él antes de que pudiera tomar aire. No hubo palabras. Izuku le propinó un golpe seco en la base del cuello con el borde de la mano. El dueño del hostal se desplomó hacia adelante, golpeando el suelo con un ruido sordo.
El silencio volvió al almacén, un silencio pesado y roto solo por la respiración entrecortada de Izuku.
Izuku se tambaleó un segundo, llevando su mano izquierda a la herida de su costado. El dolor era un fuego constante que le nublaba la vista, pero lo ignoró. Sacó su teléfono con dedos temblorosos y presionó el botón de emergencia conectado directamente con la central de héroes.
"Código 4 en el sector norte de los muelles," dijo Izuku, su voz sonando hueca en el espacio vacío. "Dos sospechosos neutralizados. Necesito apoyo médico y transporte de seguridad. Envien a Todoroki si está disponible en la zona. Repito, Dynamight está herido y bajo efectos de sedantes."
Guardó el teléfono sin esperar respuesta y se arrojó al suelo junto a la silla de Katsuki.
"Kacchan... Kacchan, mírame," susurró Izuku.
Katsuki tenía los ojos entreabiertos, pero sus pupilas estaban dilatadas, moviéndose de forma errática. El sudor le pegaba los mechones rubios a la frente. Izuku sacó un cuchillo pequeño de su propio cinturón táctico oculto y empezó a cortar las cuerdas de nailon. Sus manos estaban manchadas de la sangre que brotaba de su costado, manchando la ropa clara que Katsuki llevaba.
Primero cortó la mordaza. El trozo de tela cayó al suelo, empapado de saliva y suciedad. Katsuki soltó un quejido ronco, un sonido que partió el alma de Izuku.
"Ya está, ya pasó," decía Izuku, su voz temblando mientras cortaba las cuerdas de las muñecas. Las marcas rojas y moradas en la piel blanca de Katsuki eran evidentes. Katsuki siempre había tenido una piel que se marcaba con facilidad, algo que contrastaba con su personalidad explosiva. En ese momento, sin su fuerza habitual, se veía pequeño bajo la sombra de Izuku.
Izuku era más alto, sus hombros más anchos llenaban el espacio frente a Katsuki, protegiéndolo de cualquier amenaza residual. Cuando las cuerdas de los pies finalmente cedieron, Katsuki se inclinó hacia adelante. No tenía fuerza para sostener su propio peso.
Izuku lo atrapó antes de que cayera al suelo. Envolvió sus brazos alrededor del torso del rubio, atrayéndolo hacia su pecho. El cuerpo de Katsuki estaba caliente, vibrando por el esfuerzo de mantenerse consciente.
"Izu..." murmuró Katsuki, su voz apenas un soplido contra el hombro de Izuku.
"Aquí estoy. No te muevas."
Katsuki intentó levantar una mano para apartar a Izuku, o quizás para tocar la herida que sabía que estaba ahí, pero sus dedos solo rozaron la tela empapada de sangre antes de que sus ojos se cerraran por completo. Su cabeza cayó pesadamente sobre el pecho de Izuku. Se había desmayado otra vez.
Izuku se sentó en el suelo de concreto, apoyando la espalda contra la silla metálica y manteniendo a Katsuki acunado en su regazo. Con una mano, presionó su propia herida para intentar frenar la hemorragia, mientras con la otra acariciaba el cabello de Katsuki, tratando de limpiar el sudor y la mugre.
Pasó una hora. Una hora en la que el único sonido era el goteo de agua de alguna tubería rota y la respiración débil de los dos hombres inconscientes en los rincones. Izuku sentía que el frío del suelo se le filtraba por los huesos, y el mareo por la pérdida de sangre empezaba a ser preocupante. Se sentía ligero, como si estuviera flotando, pero cada vez que sus ojos amenazaban con cerrarse, miraba el rostro de Katsuki y se obligaba a quedarse despierto.
No podía dejarlo solo. No otra vez.
Finalmente, el eco de las sirenas rompió la quietud. Luces rojas y azules bailaron contra las paredes grises del almacén. Los pasos pesados de las botas de la policía y los equipos de emergencia resonaron en la entrada.
"¡Aseguren el perímetro! ¡Busquen a los sospechosos!" gritó una voz conocida.
Shoto Todoroki entró en el almacén. Su traje de héroe brillaba bajo las luces de las linternas. Se detuvo en seco al ver la escena: los dos villanos en el suelo y, en el centro, a Izuku cubierto de sangre, abrazando a un Katsuki totalmente inerte.
Todoroki se acercó rápidamente, haciendo una señal a los paramédicos para que se ocuparan de los villanos primero mientras él evaluaba a sus amigos. Se arrodilló frente a ellos, su rostro mostrando una preocupación contenida que rara vez dejaba ver.
"Midoriya," dijo Shoto, poniendo una mano en el hombro de Izuku. "Estás herido. Déjanos ayudarte."
Izuku levantó la vista. Tenía las ojeras marcadas y el rostro pálido, pero sus ojos verdes ardían con una terquedad absoluta. "Primero él, Shoto. Le dieron algo... un sedante fuerte. No reacciona."
Los paramédicos se acercaron con una camilla, pero Izuku no soltó a Katsuki de inmediato. Solo cuando Todoroki le aseguró que los médicos eran de confianza, permitió que lo revisaran brevemente mientras seguía en sus brazos.
"Sus constantes están estables, pero la droga es de acción lenta," informó uno de los médicos. "Necesita un lavado gástrico y observación. Lo llevaremos al hospital central."
La policía ya estaba esposando a Yamashiro y al comprador. El hombre del traje gris recuperó el conocimiento lo suficiente como para escupir sangre al suelo antes de ser arrastrado hacia afuera.
Todoroki observó la herida en el costado de Izuku. El suéter estaba empapado y la sangre ya había goteado hasta el suelo, formando un charco pequeño. "Midoriya, tú también necesitas ir al hospital. Esa herida es profunda. El cuchillo pudo haber tocado algún órgano."
"Estoy bien," respondió Izuku con voz seca. "Es superficial. Me la limpiaré en casa."
Todoroki frunció el ceño. Sabía lo terco que podía ser Izuku, especialmente cuando se trataba de Bakugo. Se puso de pie y extendió los brazos hacia Katsuki, que seguía inconsciente.
"Yo lo llevaré," dijo Todoroki de forma pragmática. "Puedo usar mi hielo para mantenerlo estable o simplemente cargarlo hasta el transporte. Tú apenas puedes mantenerte en pie."
Izuku se tensó. Envolvió sus brazos con más fuerza alrededor de la cintura de Katsuki, ignorando el pinchazo de dolor que recorrió su abdomen por el movimiento. "No. Yo lo llevo."
"Midoriya, sé razonable," insistió Shoto, su tono volviéndose más firme. "Estás perdiendo sangre. Si te desmayas cargándolo, ambos se caerán. Déjame hacer mi trabajo como héroe de apoyo."
"He dicho que no, Shoto," repitió Izuku. Se puso de pie con una lentitud penosa, usando la silla metálica como apoyo. Sus piernas temblaron, pero se mantuvo erguido. A pesar de que Katsuki era un poco más bajo y de complexión más ligera, seguía siendo el peso de un hombre adulto con músculo denso. Izuku lo acomodó en sus brazos, con la cabeza del rubio descansando contra su cuello. "Lo llevaré a nuestra casa. La misión terminó. No dejaré que pase una noche más en un lugar extraño."
Todoroki miró a los paramédicos, que esperaban con la camilla. Luego miró a Izuku. Vio la sangre, vio el cansancio, pero sobre todo vio la posesividad silenciosa en la forma en que Izuku protegía el cuerpo de Katsuki. Era algo que iba más allá de la camaradería de héroes. Era algo que Shoto había sospechado durante años pero que nunca había visto manifestarse con tanta intensidad.
"Es una imprudencia médica," dijo Todoroki, aunque su postura se relajó. "Si algo sale mal, la Comisión nos pedirá cuentas a ambos."
"Me haré responsable," respondió Izuku, empezando a caminar hacia la salida. Cada paso era una tortura, sentía el roce de la ropa contra el corte abierto, pero no soltó a Katsuki. "Gracias por venir, Shoto. Encárgate de los informes. Diré que me atendieron en el lugar."
Todoroki suspiró y asintió a los policías para que les abrieran paso. "Eres un idiota, Midoriya. Pero supongo que Bakugo diría lo mismo si estuviera despierto."
Izuku no respondió. Salió del almacén, cruzando el cordón policial. El aire de la noche era fresco, y el ruido de las sirenas se sentía lejano. Subió a uno de los vehículos de transporte oficial que Shoto había reservado para ellos. Una vez dentro, colocó a Katsuki con cuidado en el asiento trasero, permitiendo que su cabeza descansara en su regazo mientras el conductor iniciaba el trayecto hacia su apartamento compartido.
Solo cuando las puertas del coche se cerraron y el mundo exterior quedó fuera, Izuku se permitió soltar un suspiro de dolor. Miró a Katsuki, pasando sus dedos por las marcas de las cuerdas en sus muñecas.
"Ya vamos a casa, Kacchan," susurró, apretando los dientes mientras el coche saltaba por un bache. "Esta vez, cuando despiertes, estaré allí. No me voy a ir a ninguna parte."
La herida seguía sangrando, manchando el tapizado del coche, pero a Izuku no le importaba. Mientras pudiera sentir el calor de Katsuki contra él, todo lo demás era secundario. El camino a casa se sintió eterno, pero en la penumbra del vehículo, Izuku finalmente permitió que una lágrima solitaria rodara por su mejilla, mezclándose con la suciedad y la sangre de una misión que casi le cuesta lo que más quería en el mundo.
