Chapter Text
Katsuki se quedó completamente inmóvil, con el rostro aún apoyado contra el hombro de Izuku. La última frase del peliverde pareció flotar en el aire del salón, tardando varios segundos en penetrar en su mente. Poco a poco, Katsuki fue separando la cabeza, rompiendo el abrazo de forma lenta.
Miró a Izuku con los ojos entornados y la mirada perdida, completamente desconectado de la situación. Su cerebro, entorpecido por el cansancio acumulado, las emociones desbordadas, no lograba procesar el significado de esas palabras. ¿Decirle a todos? ¿A la agencia? ¿A los medios de comunicación que tanto lo habían estado acosando? Para Katsuki, que siempre había mantenido una separación estricta entre su destructiva vida profesional y su entorno privado, la propuesta sonaba como algo ajeno, casi irreal. Se limitó a parpadear, con las pestañas aún húmedas, mostrando una expresión de desconcierto absoluto que rara vez se veía en su rostro.
Izuku notó esa desconexión de inmediato. No soltó a Katsuki por completo; mantuvo sus manos apoyadas con suavidad en sus brazos, fijando sus ojos verdes en los del rubio con una paciencia infinita. Sabía que tenía que ser directo y claro si quería que Katsuki lo entendiera en ese estado.
"Sé lo que estás pensando, Kacchan," comenzó Izuku, usando un tono de voz suave pero sumamente firme. "Sé que odias dar explicaciones sobre lo que haces fuera del trabajo. Pero no podemos seguir así. Lo de ayer en el bar ocurrió porque estás intentando demostrarle al mundo, y quizás a ti mismo, que estás libre, que puedes hacer lo que quieras con cualquiera. Y eso solo nos está destruyendo a los dos. Si la gente sabe que estás conmigo, que ya tienes a alguien a tu lado, todo esto se detendrá. Los rumores en la agencia, los acosos de la prensa, los tipos como Shinsou... todo. Necesito que lo hagas por nosotros, Kacchan. No puedo quedarme en un lugar donde tenga que dudar de lo que pasa cada vez que sales por esa puerta."
Katsuki escuchó cada palabra sin interrumpir, algo inaudito en él. La lógica de Izuku era aplastante y desprovista de cualquier adorno. No había reproches ocultos, solo una necesidad clara de poner límites para proteger lo que tenían. El rubio bajó la vista hacia las manos de Izuku que seguían sosteniéndolo. Pensó en la maleta oscura que seguía en el suelo, lista para ser transportada, y sintió un escalofrío. La perspectiva de perder a Izuku de verdad, de regresar cada tarde a ese apartamento frío y silencioso, era mucho peor que cualquier rueda de prensa o declaración pública que tuviera que hacer.
"Está bien," murmuró Katsuki, con la voz ronca por el llanto reciente. Levantó la mirada, volviendo a conectar con los ojos de Izuku. "Lo haré. Le diré a quien tenga que decírselo. Hablaré con el encargado de prensa de la agencia mañana mismo si es necesario. Pero saca esa maldita maleta de la sala."
Izuku esbozó una pequeña sonrisa de alivio, la primera en muchos días. La tensión acumulada en sus propios hombros pareció desaparecer de golpe.
"Gracias, Kacchan," susurró Izuku, soltando un suspiro largo.
Con la crisis resuelta, el cuerpo de Katsuki pareció perder toda la energía que lo había mantenido en pie durante la jornada de patrulla. De repente, el cansancio físico lo golpeó de lleno. Sus piernas se sintieron pesadas y un bostezo involuntario escapó de sus labios. Sin embargo, en lugar de retirarse a su habitación como hacía habitualmente cuando estaba exhausto, Katsuki se dejó caer pesadamente en el sofá, arrastrando a Izuku consigo por la manga de la sudadera.
Se acomodó de una forma inusual en él, adoptando una actitud marcadamente mimada que solo reservaba para los momentos en que estaba completamente vulnerable. Se estiró a lo largo del colchón del sofá, apoyando la parte posterior de su cabeza directamente sobre el regazo de Izuku, justo por encima de donde terminaba la venda de la herida del peliverde. Cruzó los brazos sobre el pecho y arrugó el entrecejo, soltando un gruñido bajo cuando Izuku intentó moverse para acomodarse mejor.
"No te muevas, Deku," protestó Katsuki, cerrando los ojos con fuerza. "Te quedas ahí."
"Kacchan, solo quería coger la manta," replicó Izuku con una risa ahogada, estirando el brazo izquierdo para alcanzar el tejido de lana que había quedado doblado en el otro extremo del sofá. Con cuidado de no alterar la posición de Katsuki, extendió la manta sobre el cuerpo del rubio, cubriéndolo hasta los hombros.
Katsuki se encogió bajo la tela, buscando el calor del cuerpo de Izuku. Su actitud hosca habitual había desaparecido por completo, sustituida por una insistencia casi infantil de permanecer pegado a él. Se giró un poco de lado, hundiendo la mejilla en el muslo de Izuku y aferrándose con una mano al borde de su sudadera negra, como si temiera que si soltaba el tejido, el peliverde desaparecería de la habitación junto con su maleta.
Izuku no dijo nada más. Entendió perfectamente que esa era la forma en que Katsuki pedía disculpas y buscaba seguridad después de la tormenta de los últimos días. Comenzó a pasar sus dedos de manera lenta por el cabello rubio y desordenado de Katsuki, desenredando los mechones con movimientos suaves y rítmicos.
El contacto de los dedos de Izuku en su cuero cabelludo fue el detonante definitivo para Katsuki. El ritmo de su respiración comenzó a ralentizarse, volviéndose más profundo y constante. El ceño fruncido de su frente se relajó por completo, borrando la expresión de tensión que había llevado grabada durante toda la semana. El calor de la manta, el aroma familiar a limpio del apartamento y, sobre todo, la certeza de que Izuku seguía allí, bajo su cabeza, operaron de inmediato.
En menos de diez minutos, los dedos de Katsuki que sostenían la sudadera de Izuku se relajaron, quedando entreabiertos sobre la tela. Su cuerpo se volvió pesado y completamente laxo. Katsuki se quedó profundamente dormido en los brazos de Izuku, sumido en un sueño tranquilo que no había tenido en días, mientras la lluvia continuaba golpeando con suavidad los cristales de la ventana del salón.
Izuku no se atrevía a moverse. Mantenía la mano izquierda quieta sobre el cabello rubio de su compañero, temiendo que el más mínimo cambio de postura rompiera ese estado de descanso tan necesario. La luz de la calle se filtraba por la ventana, proyectando sombras largas en las paredes del apartamento. Con la mirada fija en el techo, Izuku empezó a repensar, paso por paso, todo lo que había sucedido desde que aceptaron esa misión en la costa.
Todo había comenzado como un trabajo más. La agencia les había pedido que actuaran como una pareja civil para pasar desapercibidos en aquel hostal de mala muerte. Para Izuku, al principio, implicaba simplemente seguir un plan estratégico. Pero la farsa se había vuelto real demasiado rápido. Recordó la sensación de tomar la mano de Katsuki en el muelle, de hablarle con una suavidad que no solían usar en su día a día, y de mirarlo no como a un rival o a un compañero de batalla, sino como a alguien a quien quería proteger de una forma completamente distinta.
El problema real vino después. El ataque en el almacén, el cuchillo hundiéndose en su costado, y el miedo crudo a morir no por el fin de su carrera como héroe, sino por la idea de dejar a Katsuki solo en ese lugar. Luego, el regreso a casa, los días de aislamiento, la maldita foto en los informativos y ver a Katsuki desmoronarse en televisión nacional diciendo que estaba disponible para cualquiera.
Izuku bajó la vista hacia el rostro relajado de Katsuki. El rubio tenía las pestañas pegadas a las mejillas, todavía ligeramente enrojecidas por el llanto de hacía unas horas. La sudadera de cuello alto se había movido un poco, dejando ver el borde de una de las marcas moradas que Shinsou le había dejado en la clavícula. Izuku sintió un pinchazo de molestia al verla, pero ya no era la rabia ciega de hace una noche. Ahora era una comprensión dolorosa. Katsuki se había prestado a eso por puro despecho, por miedo a lo que sentía y por la incapacidad de gestionar la culpa de haber sido rescatado.
Fue en ese momento, en la absoluta penumbra del salón, cuando Izuku lo admitió para sí mismo sin buscar excusas: estaba enamorado perdidamente de Katsuki.
No era una admiración de la infancia, ni el respeto mutuo entre los dos héroes más fuertes del país. Era algo mucho más humano y profundo. Deseaba este apartamento con él, deseaba las discusiones tontas por la comida, quería el derecho a abrazarlo cuando regresara cansado de una patrulla y quería que esa farsa de la costa fuera su realidad diaria. El miedo que sintió al ver la posibilidad de que Katsuki se involucrara con otra persona, ya fuera Shoto o Shinsou, no eran simples celos profesionales. Era el terror real a perder la oportunidad de construir una vida juntos.
"No puedo seguir ocultándolo", pensó Izuku, sintiendo cómo el corazón le latía con fuerza contra las costillas. "Si le exijo que le diga al mundo que está con alguien, tengo que ser yo ese alguien. No puedo dejarlo a medias".
Izuku miró el reloj digital de la cocina, que marcaba las cuatro de la madrugada. Katsuki no tardaría más de un par de horas en empezar amoverse. Tenía que planear exactamente qué le diría en cuanto abriera los ojos. No quería discursos ensayados ni palabras rimbombantes; la situación requería la misma honestidad cruda que habían usado para frenar la mudanza.
El plan en su cabeza era simple. Cuando Katsuki se despertara, lo primero que haría sería asegurarse de que no se levantara de golpe para huir a la cocina por vergüenza. Lo mantendría allí, en el sofá. Le pediría que lo escuchara sin interrumpir, sabiendo lo mucho que a Katsuki le costaba quedarse quieto cuando se sentía acorralado por los sentimientos.
"Le diré que la misión en la costa no fue una farsa para mí", ensayó Izuku mentalmente, moviendo los labios sin emitir sonido. "Le diré que cuando fingía ser su pareja, me di cuenta de que es exactamente lo que quiero ser todos los días. Que no lo cuidé porque lo considerara débil o porque me diera lástima, sino porque me muero de miedo si le pasa algo. Le diré que estoy enamorado de él desde hace mucho tiempo y que la condición de que le diga a los demás que está con alguien es porque quiero que sea conmigo, de verdad".
Izuku respiró hondo, sintiendo el tirón de los puntos en su cadera. El dolor físico era real, pero su mente estaba completamente enfocada en el chico que dormía sobre sus piernas. Sabía que Katsuki se pondría a la defensiva al principio, que probablemente se le encenderían las mejillas de rabia o confusión y que intentaría sueltar algún insulto para proteger su orgullo. Pero Izuku estaba dispuesto a aguantar el tipo. Ya había visto a Katsuki llorar y suplicar que no se marchara; el muro estaba roto, y solo faltaba dar el paso definitivo.
Los minutos siguieron pasando. La luz del atardecer comenzó a teñir el salón de un tono azulado y frío. Izuku continuó pasando los dedos por el cabello de Katsuki, manteniendo el ritmo constante, esperando pacientemente el momento en que esos ojos rojos volvieran a abrirse para cambiar el rumbo de todo lo que compartían.
La oscuridad de la noche terminó por ocupar todo el espacio del salón, eliminando los rayos del día y tiñendo los muebles de un tono grisáceo y frío. Izuku no había pegado el ojo en toda el resto del día. Tenía los ojos secos y una rigidez molesta en el cuello, pero no se había movido. Su mano seguía apoyada en el cabello de Katsuki, cuyos mechones rubios se sentían ásperos entre sus dedos.
Alrededor de las diez y media de la noche, Katsuki empezó a moverse. Soltó un suspiro pesado, arrugó la nariz y entreabrió los ojos, parpadeando varias veces para acostumbrarse a la luz del día. Tardó unos segundos en ubicarse, mirando la tela de la sudadera de Izuku antes de darse cuenta de que seguía tumbado en el sofá, con la cabeza apoyada en las piernas del peliverde.
Katsuki se incorporó de golpe, con una brusquedad que hizo que el sofá crujiera. Se llevó una mano a la cabeza, soltando un gruñido debido al pinchazo que el movimiento rápido le causó en las sienes. Tenía el rostro adormilado, los ojos hinchados y las mejillas todavía un poco marcadas por el cansancio de los días anteriores.
"Mierda," murmuró Katsuki, con la voz completamente ronca. Se frotó la cara con ambas manos, intentando espabilarse. "Qué hora es."
"Son casi las once, Kacchan," respondió Izuku. Su propia voz sonaba cansada, pero limpia.
Katsuki bajó las manos y miró a Izuku. Luego, su vista se desvió hacia el suelo, donde la maleta oscura seguía junto a la puerta de entrada. Al verla, la rigidez volvió a sus hombros de inmediato y se pasó los dedos por el cuello de su sudadera, subiéndose la cremallera un poco más por puro instinto, ocultando las marcas de la noche anterior. Hizo el amago de ponerse de pie, probablemente para huir hacia la cocina o el baño, pero Izuku se adelantó y le puso una mano en el antebrazo.
"No te levantes todavía, por favor. Necesito que hablemos," dijo Izuku, manteniendo la presión justa para que Katsuki se quedara donde estaba.
Katsuki lo miró de reojo, con el ceño fruncido, pero no apartó el brazo. Se quedó sentado en el borde del sofá, con la espalda encorvada y las manos apoyadas en las rodillas.
"Ya te dije que iba a hablar con la agencia mañana, Deku. Cumpliré mi palabra. Le diré al departamento de prensa que invente cualquier historia sobre que tengo una relación para que dejen de molestar," dijo Katsuki, hablando rápido, como queriendo quitarse el asunto de encima lo antes posible. "No hace falta que me des un sermón."
"No es un sermón, Kacchan. Y no quiero que mientas," interrumpió Izuku. Se giró un poco en el sofá para quedar completamente de frente a él, ignorando el pinchazo que sintió en los puntos de su cadera. "Ayer te dije que le dijeras a todos que estás con alguien. Pero no quiero que sea una mentira de la agencia. Quiero que sea verdad."
Katsuki se volvió hacia él, parpadeando con incredulidad. Su rostro se tensó.
"¿De qué demonios estás hablando?"
Izuku respiró hondo, llenando sus pulmones de aire y buscando la estabilidad que necesitaba para no trabarse con las palabras. Había pasado toda la noche ensayando esto, y sabía que cualquier titubeo daría pie a que Katsuki se pusiera a la defensiva.
"Estoy hablando de nosotros, Kacchan," continuó Izuku, fijando sus ojos verdes directamente en los ojos rojos del rubio. "La semana pasada, cuando estuvimos en la costa para esa misión, tuvimos que actuar como si fuéramos una pareja. Tuvimos que cogernos de la mano, dormir en la misma cama, hablarnos con cariño y preocuparnos el uno por el otro delante de los demás. Para la agencia, eso fue solo un plan de infiltración. Para los medios, fue un escándalo. Pero para mí, no fue una actuación."
Katsuki se quedó completamente inmóvil. Sus labios se abrieron ligeramente, pero no emitió ningún sonido. Su postura, siempre alerta y dispuesta a la pelea, pareció congelarse.
"Cuando estábamos allí, haciendo todas esas cosas, me di cuenta de que no estaba fingiendo," explicó Izuku, hablando con una honestidad cruda, sin usar rodeos. "Me di cuenta de que me sentía cómodo, de que era feliz tratándote de esa manera y de que quería que esa fuera nuestra realidad aquí, en este apartamento, todos los días. Estoy enamorado de ti, Kacchan. Perdidamente enamorado de ti, desde hace mucho más tiempo del que me atrevía a admitir."
Katsuki apartó la mirada de golpe, fijándola en la alfombra. El color rojo empezó a subirle por el cuello, alcanzando sus orejas y sus mejillas, pero no era el rojo de la rabia que solía mostrar en las batallas. Era una mezcla de vergüenza extrema y desconcierto. Sus manos, apoyadas en sus rodillas, comenzaron a cerrarse en puños, apretando la tela del pantalón de chándal.
"Estás diciendo tonterías porque estás cansado y por los medicamentos," soltó Katsuki, con la voz temblorosa, intentando buscar una salida racional a lo que acababa de escuchar. "Casi te matan hace tres días, Deku. Tienes la cabeza hecha un lío."
"Tengo la cabeza más clara que nunca," replicó Izuku, estirando la mano para cubrir uno de los puños cerrados de Katsuki. El rubio se tensó ante el contacto, pero no retiró la mano. "Cuando ese hombre me apuñaló en el almacén, mi primer pensamiento no fue si iba a perder mi licencia de héroe o si el criminal iba a escapar. Mi único miedo real fue la idea de no volver a este apartamento contigo. Pensé en todas las cosas que nunca te había dicho, en el miedo que tenía a estropearlo todo si abría la boca, y me di cuenta de lo estúpido que había sido por callarme."
Katsuki seguía sin mirarlo, pero su respiración se había vuelto más rápida. El pecho le subía y bajaba de forma irregular.
"Pasé los últimos dos días en este sofá viendo cómo te encerrabas en tu habitación, cómo me ignorabas y cómo salías a la calle a patrullar turnos dobles solo para no cruzarte conmigo," continuó Izuku, bajando un poco el tono, permitiendo que la vulnerabilidad de sus sentimientos se notara en cada palabra. "Y luego te vi en la televisión diciendo que estabas disponible para cualquiera. Sentí una molestia horrible en el estómago, Kacchan. Sentí celos reales. Y cuando me desperté y vi a Todoroki aquí, y luego te fuiste con Shinsou y volviste a las dos de la mañana con esas marcas en el cuello... entendí que preferías hacer cualquier locura antes que hablar conmigo de lo que realmente te estaba pasando."
Katsuki soltó un suspiro ahogado, que sonó casi como un crujido en su garganta. Se pasó la mano libre por el cabello, frustrado, y finalmente volvió a mirar a Izuku. Sus ojos rojos estaban brillantes, acumulando una capa delgada de lágrimas que se negaba a dejar caer.
"¿Y qué querías que hiciera?" estalló Katsuki, aunque su volumen no fue alto, sino cargado de una desesperación contenida. "¡Te apuñalaron por mi culpa! Yo soy el que se supone que es fuerte, el que nunca baja la guardia, el que iba a ser tu igual en este maldito apartamento. Y en la misión que tenemos juntos, me sedan como a un principiante, me encierran en un sótano y tú tienes que recibir un cuchillo en las costillas para sacarme de allí. Al día siguiente, todo el país está mirando una foto donde parezco un despojo indefenso mientras tú tienes que hacer de mi guardaespaldas. ¡Estaba furioso, Izuku! Furioso conmigo mismo por ser una carga, y furioso contigo por mirarme con esa cara de lástima desde el sofá."
"Nunca te he mirado con lástima, Kacchan," dijo Izuku, apretando el agarre en su mano. "Te miraba con preocupación porque te quiero. No te cubrí en ese almacén porque pensara que eras débil. Eres el héroe más fuerte que conozco, y lo sabes perfectamente. Te cubrí porque mi cuerpo se movió solo, porque no concibo un mundo donde yo esté a salvo y tú estés herido. No fue una obligación profesional, fue una decisión personal."
Katsuki se mordió el labio inferior con tanta fuerza que la piel se le puso blanca. Las lágrimas finalmente desbordaron sus párpados, corriendo de forma silenciosa por sus mejillas.
"No sé cómo hacer esto, Deku," admitió Katsuki, con la voz rota, dejando de lado cualquier rastro de orgullo. "No sé tener una relación normal. Solo sé pelear, gritar y romper cosas. Lo de anoche con Shinsou... fue una estupidez. Estaba borracho, quería apagar la cabeza y demostrar que no me importaba lo que pensaras. Me dio asco en cuanto me di cuenta de lo que estaba pasando y lo detuve. No quiero a nadie más en este apartamento. No quiero estar con nadie más. Pero me da pánico pensar que, si nos volvemos locos con esto, terminaré haciendo que te maten en una misión."
Izuku sonrió de verdad, estirando su otra mano para acunar la mejilla húmeda de Katsuki, limpiando el rastro de las lágrimas con el pulgar. El calor de la piel del rubio contrastaba con el frío de la mañana.
"No vas a hacer que me maten, Kacchan. Somos el mejor dúo, ¿te acuerdas? Nos cuidamos las espaldas. Pero para hacerlo bien, tenemos que dejar de escondernos detrás de este silencio. No te estoy pidiendo que cambies tu forma de ser, ni que dejes de gritarme cuando cocino mal. Solo te estoy pidiendo que seas mi pareja de verdad. Que cuando salgamos ahí fuera, la gente sepa que estamos juntos porque es la verdad, no una estrategia de la agencia."
Katsuki se quedó callado durante un largo rato, sintiendo la mano de Izuku en su mejilla. La respiración se le fue calmando poco a poco, y el temblor de sus hombros desapareció. Miró la maleta junto a la puerta una última vez, dándose cuenta de que el peligro de que Izuku se marchara había desaparecido por completo si él daba el paso correcto.
Inclinó la cabeza hacia adelante, apoyando su frente contra la de Izuku, cerrando los ojos. Su tono de voz volvió a ser el habitual, aunque desprovisto de cualquier rastro de malicia.
"Eres un maldito idiota, Deku. Un idiota testarudo."
"Lo sé, Kacchan," contestó Izuku, cerrando los ojos también, disfrutando de la cercanía física sin la tensión de los días pasados. "¿Eso es un sí?"
Katsuki se separó apenas unos milímetros, lo justo para mirarlo de frente, con el rostro todavía colorado pero con una determinación clara en los ojos.
"Es un sí, maldita sea. Es un sí. Ahora deshazte de esa maleta de una vez y déjame ayudarte a revisar esos puntos, que te estás moviendo demasiado y no quiero tener que llevarte al hospital por tu culpa."
Izuku soltó una carcajada limpia, la primera en una semana, sintiendo que el peso en su pecho se disolvía por completo mientras Katsuki, a pesar de sus quejas habituales, se acercaba más a él en el sofá, sellando el acuerdo de la forma más humana y real posible.
Al día siguiente la primera noticia en la rueda de prensa fue.
El héroe dynamite afirma estar en una relación en la cual aún no se sabe quién es su compañero. Shinsou Hitoshi junto a bakugou Katsuki piden una disculpa pública por las fotografías filtradas y afirman que es algo de hace mucho tiempo.
“Está bien que digas que no estamos juntos kacchan, no debes de que preocuparte. Los medios con el tiempo se darán cuenta”.
“Tienes razón, me alegra haber aclarado toda esa mierda de la prensa”.
Dos días después, el sol de la tarde se filtraba entre las cortinas del salón, proyectando líneas doradas sobre la alfombra. Habían pasado tres días desde la conversación en el sofá, y el ambiente en el apartamento había cambiado por completo. La maleta ya no estaba en la entrada, y la tensión helada de la semana anterior había sido sustituida por una calma densa, casi palpable.
Izuku estaba sentado en la mesa del comedor, revisando unos informes de la agencia en su tableta digital. Ya le habían retirado los puntos de la cadera esa misma mañana; la piel seguía sensible y lucía una línea rosada y gruesa, pero el médico le había dado el alta definitiva para volver a entrenar de forma progresiva. Se sentía ligero, sin el dolor constante que lo había limitado durante días, y con una energía renovada que no tenía nada que ver con el trabajo de héroe.
Katsuki salió del baño principal vistiendo solo un pantalón de chándal gris y una camiseta negra de tirantes. Ya no llevaba la sudadera de cuello alto; las marcas que Shinsou le había dejado en la clavícula casi habían desaparecido, convertidas en unas sombras tenues de color amarillento que apenas se notaban bajo la luz del día. Caminó hacia la cocina para servirse un vaso de agua, moviéndose con una parsimonia que delataba que todavía no se acostumbraba del todo a la nueva dinámica entre los dos.
Izuku dejó la tableta sobre la mesa de madera con un golpe seco. El ruido hizo que Katsuki se girara con el vaso en la mano, arqueando una ceja.
"¿Ya terminaste con esos malditos papeles, Deku?" preguntó Katsuki, dando un trago corto.
Izuku no respondió con palabras. Se puso de pie con lentitud, estirando los brazos y los hombros. Medía casi un metro noventa, y su físico, forjado tras años de soportar el peso de un poder descomunal, llenaba el espacio del comedor de una manera que Katsuki no pudo ignorar. Caminó hacia la cocina con pasos firmes, fijos en el rubio, sin desviar la mirada ni un segundo.
Katsuki se tensó sutilmente cuando Izuku entró en su espacio. Dejó el vaso sobre la encimera de mármol, intentando mantener su habitual postura de suficiencia, pero la forma en que Izuku lo miraba —con una fijeza oscura y decidida— lo hizo retroceder medio paso de manera involuntaria, hasta que su espalda baja topó con el borde de la encimera.
"¿Qué te pasa?" gruñó Katsuki, intentando sonar cortante, pero su voz salió un poco más baja de lo normal.
Izuku llegó frente a él, eliminando cualquier distancia. Colocó ambas manos a los lados de las caderas de Katsuki, apoyando las palmas firmemente sobre el mármol, acorralándolo por completo. El contraste de tamaño era evidente; Izuku tenía que inclinar la cabeza hacia abajo para mirarlo, y su sombra cubría casi por completo el torso del rubio.
"Llevamos tres días hablando, Kacchan," dijo Izuku. Su voz era grave, pausada, con un tono de autoridad que Katsuki rara vez le escuchaba fuera de una situación de rescate extrema. "Tres días en los que te he cuidado, en los que he tenido paciencia y en los que hemos ido al ritmo que tú querías para que te sintieras seguro. Pero ya me quitaron los puntos."
Katsuki sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. Intentó poner una mano en el pecho de Izuku para empujarlo y recuperar espacio, pero Izuku ni se inmutó ante la presión. En su lugar, el peliverde atrapó la muñeca de Katsuki con una rapidez impecable, sujetándola con fuerza pero sin llegar a lastimarlo, obligándolo a bajar el brazo.
"Suéltame, maldita sea," protestó Katsuki, aunque el insulto carecía de su fuerza habitual. Sus ojos rojos se abrieron un poco más al notar la firmeza del agarre. "No me des órdenes en mi propia cocina."
"Esta también es mi cocina," replicó Izuku, inclinándose más, hasta que su aliento rozó la oreja de Katsuki. "Y hoy vamos a hacer las cosas a mi manera. Llevas demasiado tiempo intentando controlar todo lo que pasa entre nosotros por miedo o por orgullo. Ya basta."
Con un movimiento fluido y directo, Izuku pasó su mano libre por la parte posterior del cuello de Katsuki, hundiéndose en sus mechones rubios, y lo obligó a levantar la cabeza para mirarlo de frente. No fue un gesto violento, pero sí completamente dominante, una declaración clara de que no iba a permitir que Katsuki se ocultara detrás de sus habituales evasivas.
Katsuki tragó saliva. Su orgullo herido intentó hacerlo pelear, intentar zafarse del agarre o soltar un puñetazo, pero la mirada de Izuku —cargada de una determinación absoluta y de un deseo que no admitía discusiones— lo dejó sin argumentos. Sentía el calor del cuerpo de Izuku pegado al suyo, la presión de sus manos y la certeza de que, físicamente, el peliverde tenía el control total de la situación. Soltó un suspiro tembloroso, relajando los hombros de mala gana.
"Eres un maldito abusivo cuando te lo propones," murmuró Katsuki, entornando los ojos, intentando mantener una última pizca de resistencia defensiva.
"Solo cuando sé exactamente lo que necesitas, Kacchan," respondió Izuku, con una sonrisa mínima que no restaba seriedad a su expresión.
Izuku soltó la muñeca de Katsuki y la utilizó para tomarlo de la cintura, levantándolo un poco para sentarlo directamente sobre la encimera de la cocina. Katsuki soltó un jadeo de sorpresa por la facilidad con la que fue movido, quedando ahora a una altura más pareja, pero aún más atrapado entre el cuerpo de Izuku y los muebles superiores.
Izuku se acercó de inmediato, encajándose entre las piernas separadas de Katsuki. Sus manos subieron por los costados del rubio, acariciando la piel descubierta de sus costillas bajo la camiseta de tirantes, sintiendo el ritmo acelerado de su corazón.
"Vas a quedarte quieto y vas a dejar que yo me encargue de todo hoy," ordenó Izuku, fijando sus ojos en los labios de Katsuki antes de volver a mirarlo a los ojos. "Sin protestas, sin intentar mandar y sin apartarte. ¿Entendido?"
Katsuki apretó los dientes, sintiendo cómo el rubor le cubría el rostro por completo. Detestaba que le dijeran qué hacer, pero la seguridad con la que Izuku estaba tomando la iniciativa, la forma en que manejaba su cuerpo con esa mezcla de fuerza bruta y cuidado absoluto, le provocaba una sumisión que nunca pensó experimentar. No era una sumisión total; sus manos subieron y se aferraron con fuerza a los hombros de la sudadera de Izuku, apretando el tejido como si quisiera dejar claro que aún tenía voz en el asunto.
"Haz lo que quieras, Deku," respondió Katsuki, desviando la mirada hacia un lado con un gesto hosco, aunque sus dedos no soltaron la ropa del peliverde. "Pero no me hagas perder el tiempo."
Izuku tomó el mentón de Katsuki con dos dedos, obligándolo a volver a mirarlo.
"Mírame a mí, Kacchan," exigió Izuku de forma suave pero implacable.
Cuando Katsuki volvió a clavar sus ojos rojos en él, Izuku se inclinó y lo besó. Fue un beso completamente diferente a los anteriores; no había la timidez de la adolescencia ni la prisa de la reconciliación del otro día. Fue un beso posesivo, profundo, donde Izuku marcó el ritmo desde el primer segundo, utilizando sus labios y su lengua para reclamar el espacio de una manera que dejó a Katsuki sin aliento.
Katsuki respondió al beso de forma torpe al principio, abriendo la boca ante la insistencia de Izuku, sintiendo cómo sus pensamientos se nublaban por completo bajo la intensidad del contacto. Sus manos en los hombros de Izuku se apretaron más, subiendo hacia su nuca para intentar profundizar el beso por su cuenta, pero Izuku lo detuvo, manteniéndose en el control del ritmo, separándose apenas unos milímetros para dictar las reglas.
"Despacio," susurró Izuku contra sus labios, manteniendo una mano firme en su cintura. "Te dije que yo llevo el control."
Katsuki soltó un quejido bajo, una mezcla de frustración y deseo reprimido, pero asintió con la cabeza de forma sutil, cediendo ante la autoridad del peliverde. Izuku bajó los besos por la mandíbula de Katsuki, llegando hasta el cuello y deteniéndose justo en la zona de la clavícula derecha, donde antes habían estado las marcas de Shinsou.
Izuku lamió y mordió la piel con firmeza, no con la urgencia tosca del bar, sino con una presión deliberada que buscaba sustituir cualquier rastro anterior por su propio peso. Katsuki echó la cabeza hacia atrás, apoyando las manos en la encimera para no caerse, soltando un jadeo ruidoso que rompió el silencio de la cocina.
"Izuku..." murmuró Katsuki, con la voz rota.
"Estoy aquí, Kacchan," respondió Izuku, subiendo las manos para retirar la camiseta negra de tirantes del rubio de un solo movimiento, dejándola caer al suelo.
Miró el torso desnudo de Katsuki, admirando la firmeza de sus músculos y la forma en que su piel reaccionaba a cada uno de sus toques. Izuku lo tomó de los muslos, obligándolo a enroscar las piernas alrededor de su cintura, y caminó con él a cuestas hacia el pasillo que conducía a las habitaciones, sin romper el contacto visual ni un solo segundo. Katsuki se aferró a su cuello, sintiéndose completamente transportado por la fuerza de Izuku, asumiendo su lugar en esa nueva estructura que, lejos de debilitarlo, lo hacía sentirse extrañamente protegido y deseado como nunca antes.
El trayecto desde la cocina hasta la habitación principal fue corto y silencioso, roto únicamente por el roce de sus ropas y la respiración agitada de Katsuki contra el cuello de Izuku. Izuku lo sostuvo por los muslos con una firmeza que no dejaba espacio a dudas, manteniendo su peso sin el menor esfuerzo mientras cruzaba el pasillo. Al entrar al cuarto, no hubo delicadeza excesiva; Izuku avanzó directo hacia la cama matrimonial y depositó a Katsuki en el centro del colchón.
Katsuki cayó de espaldas, con el cabello rubio revuelto sobre las sábanas blancas. Se incorporó de inmediato sobre los codos, jadeando un poco, con el torso desnudo completamente encendido por el rubor. Intentó adoptar su habitual mueca de desafío, pero estar abajo, con las piernas aún entreabiertas sobre el colchón, lo colocaba en una posición de vulnerabilidad que su cuerpo registraba con ráfagas de calor.
Izuku se tomó su tiempo. Se quedó de pie junto al borde de la cama, mirándolo desde arriba. Con movimientos pausados, se quitó la sudadera negra y la tiró al suelo, dejando al descubierto su pecho ancho, marcado por las cicatrices de batallas pasadas y la línea rosada en su cadera derecha, ya completamente cerrada. Luego, se desató las zapatillas y se despojó del pantalón, quedando únicamente en ropa interior. Su volumen físico era imponente en el espacio cerrado de la habitación.
"Muévete hacia el centro, Kacchan," ordenó Izuku. Su voz no era un grito, sino un mandato bajo y espeso que resonó con fuerza en los oídos del rubio.
Katsuki apretó los dientes, sintiendo un latigazo de orgullo. "No me digas qué hacer, maldito Deku," replicó, pero sus acciones contradijeron sus palabras. Se arrastró hacia atrás sobre las sábanas, obedeciendo la orden, acomodándose en medio de la cama mientras mantenía los ojos fijos en el peliverde.
Izuku subió al colchón, gateando de forma lenta sobre Katsuki, obligándolo a acostarse por completo. Colocó sus rodillas a ambos lados de las caderas del rubio y se inclinó, apoyando las palmas de las manos a los lados de su cabeza. La diferencia de peso y tamaño se hizo sentir de inmediato; Katsuki quedó atrapado bajo la estructura sólida de Izuku.
"Te dije en la cocina que hoy no vas a mandar," recordó Izuku, acercando su rostro hasta que sus narices casi se rozaron. "Vas a recibir lo que te dé, tal como te lo dé."
Katsuki soltó un bufido tembloroso. Sus manos subieron al pecho de Izuku, sintiendo el latido rápido del corazón ajeno. "Entonces muévete ya. Deja de hablar tanto."
Izuku no se apresuró. Bajó la mano derecha hacia el cordón del pantalón de chándal gris que Katsuki aún llevaba puesto. Lo desató con dedos precisos y metió las manos por debajo de la prenda, sujetando los bordes junto con la ropa interior del rubio. Con un tirón firme y descendente, le quitó ambas prendas de golpe, dejándolo completamente desnudo bajo su cuerpo.
La piel de Katsuki estaba completamente erizada. Su miembro ya respondía al ambiente, semierecto y latiendo con suavidad. Izuku lo miró detenidamente, recorriendo con los ojos cada línea de su abdomen, la tensión de sus muslos y la palidez de su piel, deteniéndose de nuevo en las tenues marcas amarillentas de su clavícula. Izuku se inclinó y presionó sus labios allí, mordiendo levemente la zona con la firme intención de borrar cualquier recuerdo ajeno con su propio tacto.
"Ah..." Katsuki soltó un gemido ronco, arqueando la espalda cuando sintió la boca de Izuku en su piel. Sus manos se trasladaron al cabello verde de Izuku, apretando los mechones con fuerza. "Izuku..."
Izuku se separó del cuello y bajó la mano hacia la mesita de noche. Abrió el cajón superior sin apartar la vista de Katsuki y sacó un tubo de lubricante que guardaban allí. Vertió una cantidad generosa del líquido transparente y frío directamente sobre la palma de su mano, haciéndolo resonar en el silencio del cuarto.
"Abre más las piernas, Kacchan," pidió Izuku, aunque no esperó a que el otro lo hiciera por su cuenta. Usó sus propias rodillas para empujar los muslos de Katsuki hacia afuera, abriéndolos por completo y exponiendo su intimidad.
Katsuki sintió un golpe de vergüenza y cerró los ojos, pero Izuku le tocó la mejilla con la mano libre, obligándolo a abrirlos. "Mírame. Quiero que veas todo."
Izuku llevó sus dedos cubiertos de lubricante hacia la entrada de Katsuki. El primer contacto con el líquido frío hizo que el rubio diera un respingo en el colchón. Izuku apoyó la yema de su dedo índice en el anillo muscular, presionando con suavidad de manera constante hasta que el esfínter cedió ligeramente. Introdujo el primer dedo de forma lenta, sintiendo la tremenda presión y el calor interno del cuerpo de Katsuki.
"Mierda, Deku... está frío," protestó Katsuki, apretando los puños sobre las sábanas. Sus paredes internas se contrajeron de inmediato alrededor del dedo, aprisionándolo.
"Relájate, Kacchan. Respira," instruyó Izuku de manera calmada, manteniendo el dedo inmóvil para dejar que el cuerpo del otro se acostumbrara al grosor. Comenzó a moverlo hacia adentro y hacia afuera en un recorrido corto y pausado, estirando el músculo con paciencia.
Cuando notó que la resistencia disminuía, Izuku retiró el dedo y añadió más lubricante. Esta vez introdujo dos dedos de golpe, empujando con más profundidad, buscando el punto exacto donde la próstata de Katsuki se encontraba. Al rozar esa protuberancia interna, Katsuki soltó un gemido mucho más agudo, y su miembro expulsó una gota de líquido preseminal que goteó sobre su propio abdomen.
"Ahí," jadeó Katsuki, con los ojos vidriosos y la boca abierta. Su resistencia se estaba desmoronando rápidamente bajo la estimulación directa. "Muévete ahí, maldita sea."
Izuku obedeció, moviendo los dos dedos en un gancho ascendente, presionando el punto una y otra vez de forma rítmica. Katsuki no podía controlar los movimientos de sus caderas; se elevaban buscando más contacto, perdiendo toda la timidez inicial. El roce de la piel, el sonido del lubricante y los jadeos constantes llenaron la habitación.
Después de unos minutos de preparación, cuando la entrada de Katsuki estuvo completamente laxa y empapada del líquido transparente, Izuku retiró los dedos. Katsuki sintió un vacío repentino y abrió los ojos, mirando al peliverde con urgencia.
Izuku se retiró su propia ropa interior, dejando a la vista su miembro, completamente erecto, grueso y con las venas marcadas por la excitación. Se acomodó de nuevo entre los muslos de Katsuki, tomando su miembro con la mano para guiar la punta directamente contra la entrada estirada.
"Va a doler un poco al principio, Kacchan. No te muevas," advirtió Izuku, sujetando a Katsuki firmemente por las caderas con ambas manos, anclándolo al colchón.
"Solo... entra ya. No me dejes esperando," suplicó Katsuki, con el orgullo completamente doblado por el deseo físico.
Izuku comenzó a empujar hacia adelante de manera lenta e implacable. La cabeza de su miembro ensanchó las paredes de Katsuki, provocando que el rubio soltara un grito ahogado que ahogó contra el colchón. Izuku se detuvo a mitad del camino, permitiendo que el cuerpo de Katsuki asimilara el tamaño. El músculo del rubio envolvía a Izuku con tanta fuerza que este tuvo que apretar los dientes para no venirse de inmediato.
"Respira, Kacchan. Mira cómo te tengo," susurró Izuku, esperando a que los espasmos de dolor en el rostro de Katsuki se transformaran en placer.
Katsuki tomó aire de forma entrecortada. El dolor inicial dio paso a una sensación de llenura absoluta que le recorrió todo el cuerpo. "Ya... ya está. Muévete, Izuku. Por favor."
Izuku hundió las caderas con fuerza, completando el recorrido de un solo golpe. Su pelvis chocó contra las nalgas de Katsuki con un sonido sordo. Katsuki arqueó la espalda por completo, soltando un gemido largo y rasgado mientras sus piernas se aferraban con fuerza a la cintura de Izuku, buscando instintivamente profundizar el contacto.
Izuku comenzó a moverse. Retiraba casi todo su miembro antes de volver a empujar con fuerza hacia el fondo, manteniendo un ritmo constante, pesado y dominante. Cada embestida hacía que el cuerpo de Katsuki se desplazara un poco sobre el colchón, obligándolo a aferrarse con las manos a la cabecera de la cama para no moverse. El sonido de los cuerpos chocando, la fricción húmeda del sexo y las respiraciones agitadas se volvieron constantes.
"Eres mío, Kacchan. Todo tú," decía Izuku entre embestidas, bajando la cabeza para besar los hombros y el pecho sudoroso del rubio, marcando el territorio con cada movimiento de sus caderas.
"Sí... ah... más fuerte, Deku. Dale más fuerte," pedía Katsuki, perdiendo el control de sus palabras, moviéndose al unísono con el ritmo que Izuku imponía. Su miembro erecto rozaba contra el abdomen de ambos con cada empuje, completamente lubricado por el fluido preseminal.
Izuku aceleró el ritmo. Sus embestidas se volvieron más rápidas y profundas, golpeando el punto crítico de Katsuki con precisión quirúrgica. La habitación se sentía calurosa, impregnada del olor acre del sexo y del sudor de ambos. Katsuki ya no coordinaba sus quejas; solo emitía gemidos repetitivos y cortos con cada golpe, con la cabeza moviéndose de un lado a otro sobre la almohada húmeda.
El placer llegó a un punto insostenible para el rubio. Sin que nadie tocara su miembro, la estimulación interna fue suficiente para que Katsuki tensara todos los músculos de su cuerpo, soltara un grito ahogado y se viniera por completo, esparciendo su semen espeso sobre su propio pecho y el abdomen de Izuku. Las paredes de su entrada se contrajeron de forma violenta, espasmódica, alrededor del miembro del peliverde.
Ese agarre interno fue el detonante para Izuku. Dio tres embestidas más, profundas y rápidas, llegando al fondo del cuerpo de Katsuki, y con un gemido grave y prolongado, se vino dentro de él. Sintió la ráfaga de su propio calor llenando el interior del rubio, mientras sus caderas se mantenían pegadas a las del otro en un último espasmo de placer.
Izuku se dejó caer lentamente sobre el cuerpo de Katsuki, con cuidado de no apoyar todo su peso sobre el costado que antes estaba herido. Ambos quedaron inmóviles en medio de la cama, con los corazones latiendo con fuerza el uno contra el otro, uniendo sus respiraciones en la quietud de la tarde que comenzaba a caer fuera de la habitación.
