Chapter Text
Fushiguro Megumi no era una mala persona.
Al menos eso se decía a sí mismo cada mañana cuando se miraba al espejo del baño. Era simplemente alguien que había aprendido muy temprano que el mundo se dividía en dos tipos de gente: los que golpean y los que se dejan golpear. Y Megumi había decidido de cuál lado quería estar.
No buscaba peleas por diversión. No era tan simple. Las buscaba porque era lo único que sabía hacer con la electricidad que le recorría el cuerpo cada vez que alguien lo miraba con lástima, con condescendencia, con esa superioridad de quien tenía una familia completa y estable. Megumi no tenía eso. Solo tenía un departamento pequeño en Sugamo, una hermana que trabajaba medio tiempo en un conbini y un tutor legal que aparecía una vez al mes con dinero y sonrisas que no significaban nada.
Y tenía los puños. Si alguien lo miraba mal en el pasillo, los puños resolvían la situación en menos de treinta segundos y después venía la paz. Los profesores habían dejado de intentar reformarlo. Los estudiantes cruzaban al otro lado del pasillo cuando lo veían venir.
Megumi se decía que así estaba bien.
Si nadie se acercaba, nadie lo decepcionaba. Si nadie lo decepcionaba, no tenía que sentir nada. Era un sistema perfecto.
Hasta que Itadori Yuuji lo rompió.
Ocurrió un martes en el que Megumi tenía a un chico contra los casilleros. El tipo le había dicho algo en clase sobre "niños problema que deberían estar en correccionales" y eso había sido suficiente. Lo tenía agarrado del cuello de la camisa con el puño listo, disfrutando ese instante previo al golpe.
—Repite lo que dijiste —murmuró Megumi, acercándose. Su voz nunca subía de volumen cuando amenazaba. No necesitaba gritar.
El chico estaba temblando. Bien.
—Oye.
La voz vino de atrás. Casual y tranquila. Como si estuviera pidiendo la hora.
—Ya déjalo.
El chico que estaba parado a tres metros de él no tenía nada de especial a primera vista. Cabello rosa, ojos dorados, hoodie debajo del uniforme, manos en los bolsillos. Una postura relajada, casi perezosa.
Megumi lo midió en un segundo. Era más bajo que él por un par de centímetros, pero más ancho. Y la forma en que estaba parado, con las rodillas ligeramente flexionadas, era la postura de alguien que sabía pelear.
—No te metas —dijo Megumi.
—Lo estás asustando —respondió el chico, sin moverse.
—Esa es la idea.
—Ya sé. Por eso te estoy diciendo que lo dejes.
Megumi soltó al chico del casillero. Este se escabulló y a Megumi no le importó. Toda su atención estaba centrada en el tipo de pelo rosa.
Le hervía la sangre.
—¿Y tú quién eres? —preguntó, dando un paso hacia él.
—Itadori Yuuji. Clase 3-C. —Sonrió abiertamente, como si no estuviera a dos metros de alguien que acababa de amenazar con romperle la cara a otro estudiante—. ¿Y tú?
Megumi parpadeó.
—Todo el mundo sabe quién soy.
—Yo no. Acabo de transferirme desde Sendai.
Lo dijo con la misma ligereza con la que diría "acabo de comprar un jugo."
Cerró la distancia entre ellos en dos pasos largos. Se plantó frente a Itadori, tratando de intimidarlo usando cada centímetro de altura que le sacaba, mirándolo desde arriba.
Itadori Yuuji no apartó los ojos.
—No me gustan los tipos como tú —dijo Yuuji, y la sonrisa se le suavizó hasta convertirse en algo peligroso—. Los que molestan a otros solo porque pueden.
—¿Y qué vas a hacer al respecto?
Yuuji ladeó la cabeza.
—Nada. Todavía.
La segunda vez fue el jueves de esa misma semana.
Un chico de segundo había tenido la mala suerte de que Megumi estuviera de mal humor y necesitara con quien desquitarse. Lo tenía arrinconado en el descanso de la escalera cuando una mano se cerró alrededor de su muñeca.
—Otra vez no, Fushiguro.
Megumi giró y lanzó un puñetazo con la mano libre.
Itadori lo esquivó. Lo agarró del brazo extendido, tiró y lo estrelló contra el suelo. Lo tenía boca abajo, con una rodilla sobre él y su muñeca inmovilizada detrás de su espalda.
—Suéltame —exigió Megumi, forcejeando. Pero Itadori lo mantenía clavado al suelo con la fuerza exacta
—Cuando te calmes —dijo Yuuji, como si estuviera hablando con un gato furioso.
—¡Te dije que me sueltes!
—Y yo te dije que no me gustan los abusivos. Mira, empatamos.
Megumi estaba furioso y humillado.
Poco a poco dejó de forcejear.
Itadori lo soltó, se levantó y le tendió la mano para ayudarlo.
Megumi no la tomó. Se puso de pie por sí solo y se fue sin decir una palabra.
Esa noche, acostado en su cama, se descubrió tocándose la muñeca donde Itadori la había sujetado.
La tercera vez fue a la semana siguiente. Megumi estaba empujando a un tipo contra la cerca del patio trasero y Yuuji apareció de la nada, lo agarró por la parte trasera de la camisa y lo separó de un tirón.
—Fushiguro.
—¿Otra vez tú?
—Otra vez yo.
Megumi le lanzó un golpe directo a la mandíbula. Itadori inclinó el cuerpo, dejó que el puño le pasara por encima del hombro, le agarró el brazo y lo estrelló contra el suelo de nuevo.
Otra vez debajo de él.
—¿Cuántas veces vamos a hacer esto? —preguntó Itadori, sin inmutarse. Megumi estaba jadeando. Itadori no.
—Hasta que dejes de meterte en mis asuntos.
—Entonces muchas veces.
Megumi quería golpearlo, lo que fuera, cualquier cosa que borrara esa sonrisa tranquila de su cara.
Las semanas siguientes fueron una tortura.
Itadori Yuuji no lo evitaba. En vez de eso, lo saludaba por las mañanas en el pasillo, se sentaba en la mesa contigua del comedor y le hablaba como si Megumi no lo estuviera fulminando con la mirada. Le ofrecía melon pan de la máquina expendedora. Le hacía preguntas banales.
Megumi lo ignoraba, lo amenazaba, le decía que se largara.
Itadori solo sonreía cada vez. Cada maldita vez.
Y lo peor era que Megumi empezaba a buscarlo con la mirada, inconscientemente. Entraba al comedor y sus ojos recorrían las mesas hasta encontrar el pelo rosa. Caminaba por los pasillos y una parte de él esperaba escuchar ese "¡Fushiguro!" demasiado alto y demasiado alegre. Se quedaba después de clase esperando que Itadori pasara por su salón de camino a las prácticas de atletismo.
Empezó a notar cosas que no debería.
Que Itadori se remangaba la camisa cuando hacía calor y que sus antebrazos eran densos, definidos, con venas marcadas. Que su voz, cuando bajaba de volumen para decir algo serio, tenía una textura diferente. Que olía a cítricos y a algo más dulce.
Que cuando lo tenía encima en las peleas, en los forcejeos que se habían vuelto casi comunes, cada vez que Megumi intimidaba a alguien y Yuuji aparecía a detenerlo, algo dentro de Megumi dejaba de resistirse.
El día en que todo se rompió fue un viernes, después de clases.
Megumi estaba en la azotea. No estaba haciendo nada, solo mirando el cielo naranja de Tokyo a las seis de la tarde.
Escuchó la puerta abrirse y no necesitó girar la cabeza para saber quién era.
—¿Me seguiste? —preguntó sin mirarlo.
—No fue difícil —dijo Itadori—. Siempre subes aquí cuando estás de mal humor.
Megumi apretó la mandíbula.
—¿Qué quieres de mí, Itadori?
Yuuji dejó caer la mochila y se acercó a él.
—¿Qué quieres tú de mí, Fushiguro? —respondió—. Porque podrías dejar de hacerlo. Podrías pelear con gente en otro lugar donde yo no te vea. Podrías ignorarme, pero no lo haces. Sigues buscando peleas justo donde puedo verte.
Una sensación de frío le subió por la columna.
—No sé de qué hablas —dijo, pero la voz le salió ronca y ambos lo notaron.
—Creo que sí sabes.
El espacio entre ellos se acortaba cada vez más.
La rabia, la frustración y todo lo que había sentido en las semanas anteriores explotaron de golpe. Megumi lo agarró de la camisa con ambas manos, lo empujó contra la pared y lo besó.
Fue un desastre. Agresivo y torpe.
Itadori se quedó quieto durante solo un segundo.
Luego respondió.
Las manos de Itadori le agarraron las muñecas y las apartó de su camisa. Megumi forcejeó por instinto. Itadori invirtió las posiciones y, de pronto, era Megumi quien estaba contra la pared, con la espalda contra el cemento frío y los brazos inmovilizados a cada lado de la cabeza.
—Si vamos a hacer esto, Fushiguro —dijo con esa voz grave que le hacía cosas en el estómago—, lo hacemos bien.
Megumi intentó soltarse. No pudo. La fuerza de Itadori era absoluta. Y lo peor era que no estaba haciendo ningún esfuerzo. Lo sujetaba con la misma facilidad con que sujetaría un libro.
—¿Qué significa "bien"? —preguntó Megumi.
Itadori le sostuvo la mirada. Le soltó una muñeca, pero antes de que Megumi pudiera hacer algo con la mano libre, los dedos de Itadori le sujetaron la mandíbula, obligándolo a mirarlo.
—Vamos a un lugar más privado —dijo Itadori—. ¿Vives solo?
—Sí, algo así —respondió Megumi, porque en este punto no podía negarle nada.
—Buen chico, Fushiguro. —El pulgar de Itadori le acarició la mejilla—. Vamos.
Se soltó del agarre con un tirón que Itadori le “permitió” hacer. Recogió su mochila del suelo y empezó a caminar hacia la puerta de la azotea.
Escuchó a Itadori detrás de él, recogiendo su mochila y siguiéndolo.
—Qué obediente —dijo Yuuji con voz suave, casi tierna, con un tono juguetón que le cortó el aliento.
Megumi sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la brisa de la tarde. No le respondió a Itadori, solo se limitó a salir de la escuela.
Caminaron juntos durante quince minutos hasta el departamento de Megumi.
Cada paso era una decisión de continuar. Cada esquina, una oportunidad de detenerse, de girar, de decir "vete a la mierda, Itadori" y desaparecer. Pero no hizo nada de eso porque su cuerpo ya había decidido por él.
Llegaron al edificio y Megumi sacó las llaves.
—Vivo con mi hermana, pero no llega hasta las once —dijo.
Subieron las escaleras y Megumi abrió la puerta. El departamento estaba limpio y ordenado, pero era pequeño: una cocina-comedor, un baño, el cuarto de Tsumiki y el suyo.
Yuuji entró como si fuera suyo. Miró las fotos con curiosidad en la repisa, la cocina limpia, el par de zapatos de Tsumiki junto a la puerta, y Megumi se sintió invadido.
—Tu cuarto —dijo Itadori simplemente.
Megumi abrió su habitación y apenas había dado un paso adentro cuando las manos de Itadori lo agarraron por los hombros, lo giraron y lo estrellaron contra la puerta.
El impacto le sacó el aire y antes de que pudiera recuperarlo, la boca de Itadori estaba sobre la suya.
Este beso no fue como el de la azotea; fue más profundo e invasivo. La lengua de Yuuji entró sin pedir permiso, reclamando cada rincón con una seguridad que le hizo temblar las rodillas.
Las manos de Megumi fueron al pecho de Yuuji por instinto, pero le atrapó las muñecas y se las alzó por encima de su cabeza, con una sola mano.
Megumi forcejeó, pero el agarre no se movió.
—No —dijo Yuuji contra sus labios, y la palabra vibró entre los dos como una orden—. Yo mando aquí.
La mano libre de Yuuji bajó hasta el cuello de Megumi sin apretar. Solo se posó ahí con los dedos curvados alrededor de su garganta con una presión que era más promesa que amenaza. Megumi podía sentir su propio pulso latiendo contra su palma.
—¿Está bien esto? —preguntó Yuuji.
Megumi tragó saliva contra la mano en su garganta.
—Sí.
Yuuji apretó un poco más. Solo lo suficiente para que el aliento se le acortara. El placer que le subió por la columna fue tan inesperado e intenso que un gemido se le escapó antes de que pudiera contenerlo.
Yuuji sonrió.
—Sabía que te iba a gustar esto.
Megumi cerró los ojos. Le ardía la cara. Le ardía todo.
—Cállate.
—Oblígame —respondió Itadori.
Pero no podía obligarlo. Con la fuerza de Itadori que lo contenía sin esfuerzo no podía hacer absolutamente nada. Y en lugar de enfurecerlo, eso lo estaba excitando.
Yuuji lo besó de nuevo. Más lento esta vez, tomándose su tiempo, mordiendo y lamiendo como si estuviera probando un sabor nuevo y decidiendo si le gustaba. Los sonidos húmedos llenaron el silencio del cuarto. La mano en su garganta no se movió; la presión era constante, recordándole cada segundo quién tenía el control.
Cuando Yuuji se separó, la respiración de Megumi era un desastre.
—Quítate la camisa —dijo Yuuji.
Le soltó las muñecas.
Megumi se desabotonó la camisa bajo la mirada de Itadori, que se había apoyado contra su escritorio con los brazos cruzados, observándolo con una tranquilidad casi insultante.
La camisa cayó al suelo.
Yuuji se separó del escritorio y caminó hacia él. Sus dedos bajaron por su pecho, trazando una línea hasta el centro de su abdomen, y Megumi contuvo la respiración. El toque era ligero, casi casual, pero a Megumi le hizo tensar cada músculo del torso.
Los dedos de Yuuji llegaron a la pretina de su pantalón y se detuvieron ahí, simplemente jugueteando con el botón.
—De rodillas, Fushiguro —ordenó Itadori.
Megumi dudó solo un segundo antes de darse cuenta de que no podía negarse.
Se arrodilló.
—Muy bien —dijo Yuuji.
Todo su cuerpo reaccionó: los hombros se le aflojaron, los ojos se le cerraron un instante y una exhalación larga y temblorosa le salió del pecho.
Yuuji se sacó el hoodie y la camiseta por encima de la cabeza con un solo movimiento, y Megumi se quedó mirando. El torso de Itadori era más de lo que la ropa sugería, pectoral denso, abdominales marcados, brazos gruesos que explicaban por qué sus intentos de forcejeo habían sido tan inútiles.
Luego se desabrochó el pantalón y se lo bajó junto con la ropa interior.
Megumi miró. Y su cerebro cortocircuitó.
—Mierda —murmuró, sin poder contenerse.
Yuuji soltó una risa baja.
—¿Qué pasa? ¿Muy grande?
Megumi no respondió. Solo podía mirar.
—Abre la boca.
Megumi obedeció.
Yuuji empujó, lento al principio. Megumi cerró los labios alrededor de él y el sabor salado le llenó la boca. Trabajó con la lengua, intentando encontrar un ritmo, ajustando la succión.
—Más profundo —ordenó Yuuji.
Megumi relajó la garganta y lo tomó más profundo. Y más. Hasta que lo sintió en el fondo de su garganta y su nariz estaba contra su abdomen.
—Carajo. ¿No tienes arcadas?
Megumi no podía responder, pero la respuesta era obvia.
Los dedos de Yuuji se enredaron en su cabello y lo agarraron con fuerza. Megumi gimió alrededor de él y la vibración hizo que Yuuji echara la cabeza hacia atrás.
—Joder, Fushiguro. —Se movió dentro de su boca un poco, probando, y cuando Megumi no se atragantó, empujó más—. Mira nada más. El matón de la escuela, de rodillas, tragándosela entera. ¿A cuántos se las has mamado para que seas tan bueno?
El calor que le subió por el cuello fue humillante y también lo más excitante que había sentido en su vida.
Yuuji empezó a moverse, usando el agarre en su pelo para marcar el ritmo, y Megumi lo dejó. Se dejó usar completamente. Mantuvo la garganta relajada y los ojos abiertos, mirando hacia arriba, encontrándose con los ojos dorados de Itadori que lo miraban como si fuera la cosa más increíble que hubiera visto.
—Así me gusta —dijo Yuuji, y la aprobación en su voz le fue directo a la entrepierna—. Justo así. Lo estás haciendo muy bien.
Megumi gimió de nuevo sin poder contenerse.
Yuuji salió de su boca y Megumi jadeó pesadamente para tomar aire. Un hilo de saliva los conectaba todavía. Antes de que pudiera procesar la pérdida, la mano de Yuuji le golpeó la mejilla.
Fue una cachetada abierta y juguetona, pero lo suficientemente firme como para que le girara la cara y le ardiera la piel.
El ardor se le extendió por toda la mejilla y la sensación hizo que se pusiera más duro todavía.
—¿Te gustó eso? —preguntó Yuuji, y su voz era pura curiosidad depredadora. Megumi lo miró desde abajo. Sabía que tenía los ojos brillantes y enrojecidos. Y sentía su mejilla arder. Algo se le quebró por dentro. Y lo que le salió de la boca no fue lo que pretendía decir.
—¿Eso es todo lo que tienes, Itadori?
La voz le tembló tanto que la provocación se deshizo antes de llegar a ningún lado. No sonó como un desafío para nada, sino más como una súplica disfrazada. Megumi necesitaba más.
—Ah —dijo Yuuji, y la sílaba salió baja, casi tierna—. Ya entendí.
La segunda cachetada no fue juguetona en lo absoluto, estaba claro que ya no era una prueba. La palma de Yuuji le conectó en la mejilla con una fuerza medida pero contundente, lo suficiente para girarle la cara de golpe, para que el ardor se le extendiera como fuego desde el pómulo hasta la mandíbula. Los ojos se le llenaron de lágrimas de impacto y un sabor metálico le apareció en el interior de su boca donde sus propios dientes le habían cortado la piel.
El gemido que le salió fue largo y desesperado. Todo su cuerpo se sacudió y su erección le pulsó fuerte contra la ropa.
Yuuji le tomó la cara con una mano, apretándole las mejillas, obligándolo a mirarlo. Los ojos dorados estaban oscuros, dilatados. Y su sonrisa era lo peor o lo mejor; Megumi ya no lo sabía.
—Esa sí te va a dejar marca —dijo—. Y mañana, cuando te mires en el espejo y la veas, vas a acordarte de este momento. Estando de rodillas, pidiéndome más. ¿Verdad, Fushiguro?
Megumi no respondió porque no necesitaba hacerlo. Las lágrimas le bajaban por las mejillas y estaba más duro que nunca; eso era toda la respuesta que Yuuji necesitaba.
—Buen chico —dijo Yuuji, y le pasó el pulgar por el labio—. Abre la boca.
Yuuji le tomó la cara con ambas manos y empujó de nuevo hasta el fondo. Yuuji usaba la garganta de Megumi sin restricción. Y Megumi se dejó llevar, con los ojos llenos de lágrimas, la mandíbula abierta a su máxima capacidad y una erección dolorosa.
—Suficiente —dijo Yuuji, retirándose.
Megumi se quedó en el suelo, jadeando, con la mandíbula y la garganta destrozadas y la cara ardiendo donde las cachetadas le habían dejado un rubor que no desaparecería pronto.
Yuuji se inclinó, le pasó una mano por la cabeza y sus dedos se cerraron de nuevo sobre él.
Yuuji le agarró el pelo desde la raíz y tiró hacia arriba, obligándolo a ponerse de pie. Megumi trastabilló, pero antes de que pudiera encontrar el equilibrio, Yuuji ya lo estaba arrastrando hacia la cama hasta aventarlo sobre ella.
Megumi cayó de espaldas sobre el colchón con un golpe que le sacó el aire. Los resortes protestaron debajo de él y se quedó mirando el techo, desorientado. Yuuji estaba parado al pie de la cama, mirándolo desde arriba.
—Quédate así —dijo.
Se arrodilló sobre el colchón y sus manos fueron directas al pantalón de Megumi y se lo desabrochó. Megumi levantó las caderas y Yuuji le arrancó el pantalón y la ropa interior con un solo tirón, dejándolo completamente desnudo sobre sus propias sábanas.
Yuuji le separó las piernas.
Se inclinó y lo mordió justo en la cara interna del muslo y Megumi se arqueó contra el colchón con un gemido que no intentó contener. El dolor fue agudo, localizado, seguido de la presión húmeda de la boca de Yuuji succionando, forzando la sangre hacia arriba, dejando una marca que iba a durar días.
Siguió subiendo. Mordió la curva de la cadera, succionó la piel y luego siguió al abdomen. Dientes y labios recorriendo cada línea de músculo, alternando mordiscos cortos con succiones lentas que dejaban un rastro de manchas rosadas que se iban oscureciendo. Yuuji se tomaba su tiempo.
Megumi tenía un brazo sobre los ojos. La otra mano agarraba las sábanas. Su pecho subía y bajaba de forma errática y solo podía gemir una y otra vez.
Entonces Yuuji llegó a sus pezones.
—Itadori, no…
Mordió. Los dientes se cerraron sobre el pezón y tiraron, y Megumi gritó
Se movió al otro. Lamió. Mordió. Succionó hasta que el pezón estaba enrojecido e hinchado, y Megumi temblaba debajo de él, con los ojos cerrados y la boca abierta, incapaz de formar una sola palabra coherente.
Yuuji subió al cuello y ahí no tuvo piedad.
Mordió la unión del cuello y el hombro con fuerza suficiente para arrancarle un sollozo seco. Succionó la piel justo debajo de la mandíbula, donde no habría forma de ocultar la marca. Dejó un collar de moretones que bajaba desde la oreja hasta la clavícula, y cada uno fue calculado exactamente para que fuera lo más visible posible.
—Quiero —dijo Yuuji contra su cuello, entre una mordida y otra, su voz baja y espesa— que mañana todo el mundo vea esto. Que todos se pregunten quién te hizo eso. Y que solo tú lo sepas.
Yuuji se separó y miró su trabajo. Los muslos marcados, el abdomen constelado de mordidas, los pezones enrojecidos, el cuello destruido. Megumi debía verse como si hubiera perdido una pelea. Y en cierto sentido, así era.
—Perfecto —murmuró Yuuji.
Yuuji se estiró hacia la mesita de noche.
—¿Tienes lubricante? —preguntó.
—Segundo cajón —murmuró Megumi, con la voz destruida.
Yuuji abrió el cajón, sacó el bote y vertió el lubricante en sus dedos.
—Relájate —dijo Yuuji, y deslizó un dedo dentro de él.
Megumi cerró los ojos. Sabía cómo funcionaba esto porque había estado con otros chicos. Pero ninguno de ellos lo había tocado como lo tocaba Itadori.
El segundo dedo entró y Megumi abrió más las piernas por instinto. Se mordió el labio para no hacer ruido, pero cuando Yuuji curvó los dedos y encontró el punto exacto dentro de él, sus gemidos se volvieron más agudos.
—Ahí —dijo Yuuji.
Trabajó ese punto sin piedad. Presionando, frotando, hasta que las caderas de Megumi se movían solas contra su mano y las sábanas se arrugaban bajo sus puños.
—Itadori… —jadeó Megumi.
—¿Mm?
—Ya. Métemela ya.
Yuuji retiró los dedos y Megumi jadeó ante la pérdida. Pero duró poco.
Un segundo después sintió la erección de Yuuji contra su entrada.
Abrió los ojos.
Su mandíbula había quedado destruida por el tamaño de Yuuji y ahora estaba a punto de metérsela. Estaba a punto de follarlo con esa fuerza que había usado para someterlo cada vez que se cruzaban. Su culo estaba a punto de ser destrozado. Y ahora, no estaba tan seguro de que fuera una buena idea.
Yuuji debió notar algo en su cara porque sonrió.
—¿Qué pasa, Fushiguro? —La voz era suave y burlona—. ¿Te asusta?
—No me asusta nada —mintió Megumi.
—¿No? —Yuuji empujó la punta. Lo justo para que Megumi lo sintiera abriéndolo, estirándolo, y el ardor le subiera por la columna—. Porque tu cara dice otra cosa.
Megumi apretó los dientes. Sus manos agarraron las sábanas.
—¿Te gustan grandes y gruesas, Fushiguro? —preguntó Yuuji, y la pregunta fue tan directa y tan desvergonzada, que el rubor le subió a Megumi hasta las orejas—. Porque esta es más de lo que has tenido antes. Te lo garantizo.
—Cállat…
Yuuji empujó más y la palabra murió en un gemido.
Era demasiado. El grosor lo estiraba más allá de lo que sus experiencias anteriores lo habían preparado, y el ardor fue demasiado intenso. Megumi echó la cabeza hacia atrás y apretó los ojos.
—Espera —jadeó—. Más despacio…
Yuuji se detuvo, pero no se retiró.
—¿Mucho para ti? —preguntó, y la preocupación genuina estaba ahí, debajo del tono burlón.
—No —mintió otra vez, porque su orgullo era lo último que le quedaba—. Solo… dame un segundo.
—Tómate tu tiempo. —Los dedos de Yuuji le acariciaron el abdomen con el pulgar, trazando círculos pequeños que contrastaban con la presión brutal que sentía abajo—. Respira.
Megumi respiró profundo. El ardor bajó de intensidad, convirtiéndose en algo más manejable, más caliente.
—Métela. Puedo manejarlo —dijo.
Yuuji empujó otro par de centímetros. Megumi gimió desvergonzadamente.
—Mierda —jadeó Megumi—. Mierda, Itadori, eres…
—¿Grande? —completó Yuuji—. Sí. Y todavía no entra toda.
—¿Qué?
Yuuji empujó más y Megumi dejó de hablar. Las palabras se le convirtieron en un gemido largo y tembloroso que no se parecía a nada que hubiera salido de su boca antes. Lo estaba llenando de una forma excesiva, que bordeaba lo intolerable, y cada centímetro adicional se sentía como si le estuvieran rompiendo algo por dentro.
—Apuesto —dijo Yuuji, hundiendo otro centímetro con una lentitud calculada— a que nadie te la ha metido así antes.
Megumi no pudo contestar. No le quedaba aire ni dignidad ni capacidad de formar palabras. Solo podía sentir.
Yuuji empujó hasta el fondo.
—Ahí está —murmuró Yuuji, y su voz sonó contenida, como si a él también le costara mantener la compostura—. Toda dentro. Tu culo es maravilloso, Fushiguro.
Megumi cerró los ojos. Su mente estaba destrozada.
—¿Cuántos han sido, Fushiguro?
La pregunta le cayó como un balde de agua caliente. Megumi abrió los ojos de golpe. Yuuji lo miraba desde arriba con esa sonrisa lenta y peligrosa que ya estaba aprendiendo a temer.
—¿Cuántos tipos te han cogido para que la tomes así de bien?
—No, yo no…
—Porque una polla de este tamaño no entra así de fácil en alguien que no tiene práctica. —Yuuji se inclinó sobre él, bajando la voz hasta que fue un susurro contra su oído—. ¿Eres una puta, Fushiguro? ¿El matón de la escuela es una putita que le gusta que se la metan?
El gemido que le salió a Megumi fue tan desesperado y tan alto que le ardió la garganta. Su cuerpo entero reaccionó, las caderas se le levantaron, las piernas se le apretaron alrededor de la cintura de Yuuji, y su pene le pulsó contra el abdomen tan fuerte que fue casi doloroso.
Yuuji lo sintió y su sonrisa se amplió.
—Te prendió eso.
—No —mintió Megumi, pero la verdad era que le acababan de descubrir el secreto más vergonzoso de su vida.
—Sí te prendió —dijo Yuuji, con absoluta certeza—. Estás apretándome tan fuerte que casi no me puedo mover. —Lo besó—. ¿Te gusta que te digan lo que eres? ¿Te gusta saber que estoy dentro de ti hasta el fondo y que me estás tomando como si hubieras nacido para esto?
Megumi giró la cara hacia la almohada. Le ardía la piel de la cara hasta el pecho. No podía mirarlo. No podía mirarlo mientras decía esas cosas y su cuerpo respondía a cada palabra como si estuviera diseñado para obedecerlo.
Yuuji le agarró las mejillas y lo obligó a girar la cara de vuelta.
—No escondas la cara —dijo.
—Te… odio —jadeó Megumi, pero las palabras salieron tan rotas y tan necesitadas que sonaron exactamente a lo contrario.
—No, no me odias. Mírame.
Megumi lo miró. No le quedaba otra opción. Los ojos de Yuuji estaban oscurecidos, hambrientos, pero debajo de todo eso había algo firme y cálido que no se parecía en nada a la crueldad. Este era el mismo chico que le había tendido la mano cada vez que lo ponía en el suelo. El mismo que se sentaba a su lado en el comedor aunque Megumi lo fulminara con la mirada. Solo que ahora estaba dentro de él, hablándole sucio, y Megumi estaba descubriendo que quería ambas versiones con la misma desesperación.
La primera embestida real le arrancó un gemido que se convirtió en un jadeo. El grosor de Yuuji era excesivo y la combinación de dolor y placer fue tan intensa que le nubló la vista.
Yuuji se retiraba dolorosamente lento para empujar de nuevo con toda su fuerza. Y cada movimiento le sacaba el aire de los pulmones. Podía sentirlo incluso en su estómago. Era demasiado.
Su espalda se arqueó hasta que solo los hombros tocaron el colchón; sus manos buscaban aferrarse a las sábanas, pero no bastaba.
—A… ahí… más… —Las sílabas le salían en pedazos, atropelladas, sin estructura, puntuadas por gemidos que subían de tono cada vez que Yuuji empujaba—. Ita… dori… por…
No podía hablar. Ya no. El lenguaje se le había desintegrado y lo único que quedaba eran sonidos húmedos y descontrolados que salían de su garganta con cada embestida como si Yuuji se los estuviera arrancando a la fuerza.
Yuuji se inclinó y lo besó, tragándose el poco aire que le quedaba. Fue húmedo y desordenado porque el ritmo de la penetración aumentaba cada vez más y Megumi estaba siendo destrozado.
Lo penetró manteniendo el mismo ángulo con precisión despiadada, golpeando ese punto exacto con cada empuje, abriéndolo a su gusto. Y Megumi se deshizo. Se deshizo de verdad, de una forma irreparable, con la boca abierta y los ojos desenfocados. No existía nada más que el placer. No podía pensar en nada más que no fuera Itadori follándolo y arruinándolo hasta que no pudiera pensar en nada más.
La mano de Yuuji subió a su garganta y apretó. La falta de aire lo estaba llevando al límite. Era justo lo que necesitaba. Que el mundo no existiera, que lo único que existiera fuera la presión en su cuello, el ritmo de Yuuji dentro de él, y esos ojos dorados que lo miraban como si fuera algo precioso.
—Eso —dijo Yuuji con un susurro grave—. Apriétame con ese culo, Fushiguro. Eso es.
Megumi estaba hecho pedazos. Las lágrimas recorrían sus mejillas y se perdían en su cabello, la saliva se escapaba por las comisuras de su boca. Sabía que era un desastre y amaba cada segundo de ello.
La mano en su garganta apretó un poco más y la otra le giró la cara obligándolo a mirarlo directamente.
—Mírame mientras te cojo, Fushiguro —dijo, y cada palabra era una embestida—. Quiero ver esa cara de zorra que pones. La misma cara de cuando te pongo en el suelo, pero mejor. Porque ahora estás debajo de mí con las piernas abiertas, gimiendo como una puta, y los dos sabemos que te encanta.
Yuuji se enderezó. Lo miró desde arriba, con el pecho agitado y una expresión que era mitad hambre y mitad fascinación, como si estuviera catalogando cada reacción de Megumi para usarla después.
—Abre la boca y saca la lengua —dijo.
Megumi obedeció por instinto. La mandíbula se le abrió antes de que su cerebro pudiera objetar, ofreciéndose como si su cuerpo ya hubiera aceptado cosas que su mente todavía estaba procesando.
Yuuji escupió en su boca.
La saliva le cayó en la lengua y Megumi sintió el peso tibio, la intimidad obscena del acto, la degradación tan cruda y tan directa que todo pensamiento coherente se le desintegró.
—Traga —dijo Yuuji.
Megumi tragó y en ese momento supo que ya no podía resistirse a nada más. Quería todo lo que Yuuji quisiera darle.
—Joder —murmuró Yuuji, y por primera vez su compostura se agrietó de verdad—. Fushiguro, eres… no tienes idea de lo que me haces.
Una cachetada más le cruzó la cara sin aviso. Lo suficientemente firme para que le girara la cabeza y le ardiera. Eso. Necesitaba eso y quería más. Quería que Yuuji lo rompiera.
—Nadie te va a coger mejor que yo. Nadie te va a llenar así. Nadie te va a destruir así. Mañana vas a pensar en mí cada vez que te sientes.
Megumi soltó un sollozo, real y húmedo. Con todo el pecho. Ya no le quedaba ni pizca de orgullo ni ninguna de las armas que había usado toda su vida para mantener al mundo a distancia. Yuuji se las había quitado todas, una por una, con las manos y los dientes y la polla y esas malditas palabras que lo destrozaban más que cualquier golpe.
La segunda cachetada cayó en su otra mejilla. Más fuerte que las anteriores. Y el gemido que le arrancó fue agudo, largo, necesitado, puro placer.
—Así me gusta —susurró contra sus labios—. Así sin pelear, sumiso y a mi merced. Sabiendo que puedo hacer contigo lo que quiera.
Megumi no podía hablar. No podía pensar. No podía hacer nada excepto sentir y recibir y abrirse más, más, hasta que el borde entre el dolor y el placer se perdió.
—Date la vuelta —dijo Yuuji, y se detuvo.
Megumi lo miró, jadeando, desorientado por la pérdida. Le tomó un segundo procesar las palabras. Sus ojos estaban desenfocados y vidriosos.
—En cuatro —ordenó—. Rápido, zorra.
Megumi se giró. Los brazos le temblaban tanto que casi no lo sostenían. Su frente cayó contra la almohada, la espalda se arqueó, haciendo que alzara su trasero descaradamente.
Yuuji se quedó inmóvil por un momento. Megumi podía sentir su mirada recorriéndolo. Estaba totalmente exhibido. Ofrecido a él.
—Mira nada más —dijo Yuuji, y su tono fue de admiración—. Si los de la escuela te vieran ahora, Fushiguro. El matón más temido, en cuatro, esperando a que se la meta. Qué puta.
El gemido que le salió a Megumi fue involuntario y vergonzoso, y trató de amortiguarlo contra la almohada, pero falló ridículamente. Su espalda se arqueó más, empujando las caderas hacia atrás. Pidiendo sin palabras. Fóllame, cógeme. Rómpeme.
Las manos de Yuuji le agarraron las caderas con fuerza y empujó dentro de él de un solo golpe.
Megumi gritó contra la almohada.
Lo penetró más profundamente que antes. Y Yuuji no estaba siendo gentil. Se movía con esa fuerza que había usado para ponerlo en el suelo todas las veces, pero ahora esa fuerza estaba dentro de él, abriéndolo, tomándolo, y Megumi no podía hacer nada más que agarrarse a las sábanas y recibir.
La mano de Yuuji se enredó en su pelo y tiró hacia atrás, forzándolo a levantar la cabeza de la almohada.
—No escondas la cara —dijo—. Quiero escucharte. Quiero que todo el edificio escuche cómo gime la putita cuando le dan lo que necesita.
Megumi gimió, alto y sin filtro, y la mano de Yuuji le soltó el pelo para agarrarle la cadera con ambas manos y aumentar el ritmo.
Yuuji se inclinó sobre su espalda. Su mano se deslizó por la columna de Megumi, desde la nuca hasta la base, una caricia lenta que contrastaba con la brutalidad de las embestidas. Luego agarró un puñado de su nalga y la apretó, clavando los dedos en la carne.
—Mira cómo estás —dijo, y su voz era maravillada—. En cuatro, temblando, con la cara en las sábanas. Si pudiera grabarte ahora mismo…
Algo en esas palabras hizo cortocircuito en el cerebro de Megumi. Todo su cuerpo se tensó, el placer se le acumuló en la base de la columna y de pronto estaba tan cerca del orgasmo que podía sentir el precipicio bajo los pies. Una de sus manos bajó a su propio miembro, y empezó a tocarse al ritmo de las embestidas de Yuuji. Los dedos le resbalaban, torpes y mojados de preseminal, pero la fricción combinada con la presión de Yuuji dentro de él era exactamente lo que necesitaba.
—Eso —dijo Yuuji, y Megumi supo que podía ver su mano moviéndose entre sus piernas—. Tócate para mí. Quiero ver cómo se corre la puta con mi polla adentro.
—Ita… do… ri… voy a…
La primera nalgada llegó sin aviso. La palma abierta de Yuuji, firme y pesada, le conectó en la nalga derecha con un sonido seco que rebotó en las paredes. El ardor se le extendió por la piel como una quemadura.
—Esa —dijo Yuuji, sin dejar de moverse dentro de él— es por el chico de primero al que le tiraste los libros el lunes.
Megumi gritó contra las sábanas. Su mano apretó más fuerte alrededor de su miembro, los dedos acelerando.
La segunda cayó en la nalga izquierda. Más fuerte.
—Esa es por el tipo al que empujaste contra los casilleros la semana pasada. ¿Crees que no lo vi?
Los ojos se le llenaron de lágrimas. El ardor de las dos nalgadas se acumulaba, un calor que se mezclaba con el placer dentro de él hasta que no podía separar una cosa de la otra.
—Y esta… —La tercera fue la más fuerte—. Es por cada vez que me miraste como si me odiaras, cuando los dos sabemos que lo que querías era exactamente esto.
—Sí —gimió Megumi contra las sábanas—. Sí, lo quería.
—¿Qué querías? —Yuuji se detuvo dentro de él. Completamente quieto. Solo la presión brutal de su grosor manteniéndolo abierto—. Dilo.
—Que me… —Megumi apretó los ojos. Las palabras le quemaban la garganta, pero la mano de Yuuji le acarició la nalga que acababa de golpear y la ternura del contraste fue peor que cualquier golpe—. Que me pusieras en mi lugar.
—Así me gusta. —Yuuji reanudó el movimiento, lento, casi perezoso, dejando que Megumi sintiera cada centímetro—. ¿Ves lo fácil que es ser honesto, Fushiguro?
La cuarta nalgada no tuvo contexto ni explicación. Fue puro castigo. Exactamente donde la primera ya había dejado la piel caliente y el dolor se multiplicó. Megumi gritó. Un grito real, sin filtro, que le raspó la garganta y que probablemente se escuchó en el departamento de al lado.
La quinta cayó medio segundo después, igual de fuerte, y el ardor fue tan intenso que sus rodillas resbalaron sobre las sábanas.
Yuuji le agarró las caderas y lo mantuvo en posición.
—No te caigas —dijo—. Todavía no termino contigo.
Las manos de Yuuji le agarraron las nalgas y las separaron, y Megumi sintió cómo las miraba. Cómo miraba las marcas rojas que le estaba dejando, la piel donde cada golpe había caído, su polla entrando y saliendo de él.
—Mierda, Fushiguro —dijo Yuuji, y su voz se había espesado, más ronca—. Deberías ver cómo se te está poniendo el culo. Todo rojo. Con la marca de mis dedos.
Megumi enterró la cara en la almohada y soltó un gemido largo, roto.
—Estas marcas no se irán en días —continuó Yuuji, y le acarició de nuevo la piel castigada—. Van a estar ahí mañana. Y pasado. Cada vez que te sientes en clase te va a arder, y vas a saber que es porque estuviste en cuatro recibiéndolo como una puta que se porta bien.
Le dio otra. Tan fuerte que el sonido fue un chasquido seco que Megumi sintió en los dientes. La piel le pulsaba, caliente, hinchada, y sabía que se estaban formando moretones en tiempo real, la palma de Yuuji tatuándose en su piel.
—Apuesto a que cuando te veas en el espejo —dijo Yuuji, inclinándose sobre su espalda, empujando más fuerte—, vas a ver mis manos en tus nalgas, mi boca en tu cuello, y te vas a poner duro otra vez ahí parado. Y no vas a poder hacer nada porque yo no voy a estar ahí para darte lo que necesitas. Vas a tener que esperar a que vuelva a destrozarte.
—Itadori… —gimió Megumi, y su propia mano se movía frenéticamente entre sus piernas.
—¿Te gusta que te marquen, Fushiguro? —Otra nalgada, abierta, resonante, seguida de los dedos de Yuuji clavándose en la carne castigada y apretando—. ¿Te gusta saber que tu culo va a tener mis marcas una semana entera? ¿Que vas a sentarte con cuidado y que vas a recordar exactamente cómo sonabas pidiéndome más?
—Sí —sollozó Megumi—. Sí, me gusta… Todo… Lo quiero todo.
La admisión le salió antes de que pudiera frenarla, húmeda y rota, y Yuuji se inclinó y le habló contra la nuca.
—Lo sé —dijo—. Siempre lo supe. Y voy a seguir marcándote hasta que no te quede un centímetro de piel que no sea mío. Hasta que te mires entero y solo me veas a mí. Es lo que mereces. —Yuuji le agarró el pelo y le tiró la cabeza hacia atrás—. No eres más que un agujero para usar.
Megumi apretó los ojos. Las lágrimas le mojaban las pestañas. Su mano seguía moviéndose entre sus piernas, frenética, y cada palabra de Yuuji lo empujaba más cerca del clímax.
—Di lo que eres, Fushiguro. Eres mi puta, no sirves para nada más.
Megumi solo podía gemir. Estaba a punto de correrse.
—Soy… tu… —las palabras le costaron— …tu puta.
—Más fuerte.
—Soy tu puta —gimió Megumi, y el sonido de su propia voz diciendo esas palabras fue demasiado.
—Dime lo que quieres, Fushiguro. ¿Eres un agujero? ¿Quieres que me corra dentro de ti?
—Ita… por… favor —sollozó Megumi.
—Por favor. —Yuuji repitió con satisfacción—. Fushiguro Megumi diciendo "por favor." Nadie me lo creería. Pero yo lo sé. Yo sé lo que eres cuando nadie te ve. Sé que te gusta que te sometan, que te marquen, que te llenen, que te traten como lo que eres. Y te encanta. Te encanta cada segundo en el que eres mío.
Megumi se corrió con un grito más alto que los anteriores. El orgasmo le estalló desde la base de la columna y le recorrió el cuerpo entero en sacudidas que le arquearon la espalda y le robaron el aire. Se derramó sobre su propia mano y las sábanas, pulsando, apretándose alrededor de Yuuji con cada oleada.
Yuuji no se detuvo. Lo folló a través del clímax, cada embestida llevándolo más allá de la sobreestimulación, y Megumi solo podía agarrarse a las sábanas y recibir, deshecho, con el cuerpo sacudiéndose por los espasmos de su orgasmo.
Las embestidas perdieron el ritmo. Se volvieron erráticas y brutales, las caderas de Yuuji estrellándose contra su culo con una fuerza que le empujaba la cara contra la almohada con cada golpe. Las manos que le agarraban las caderas apretaron con más fuerza que antes.
—¿Quieres mi semen, Fushiguro? —La voz de Yuuji estaba irreconocible, hambrienta—. ¿Quieres que te llene ese culo como la puta que eres?
—Sí… —gimió Megumi, y ya no le importaba nada. No le importaba el orgullo ni la dignidad ni nada que no fuera sentir a Yuuji corriéndose dentro de él—. Sí… sí… Lléname.
—Joder —jadeó Yuuji, y su ritmo se volvió errático, casi violento—. Joder, Fushiguro, tu culo es… amo verte rogando que te acaben adentro, temblando, llorando…
Yuuji se inclinó sobre su espalda y Megumi sintió los dientes cerrarse en su hombro.
No fue una mordida como las anteriores, que habían sido mordiscos juguetones y marcas decorativas. Esta fue brutal. Los dientes de Yuuji se hundieron en el músculo entre el cuello y el hombro. Sintió la presión de la mandíbula de Yuuji apretándose, los dientes clavándose más profundamente, marcándolo, reclamándolo como suyo. Y Megumi supo que esa marca iba a durar semanas.
Yuuji embistió una última vez, profundo, hasta el fondo, con los dientes todavía hundidos en su hombro, el pecho temblándole contra su espalda. Y se corrió dentro de él con un gemido que vibró a través de la mordida y le recorrió la columna.
Megumi sintió el primer pulso de semen caliente llenándolo y gimió patéticamente. Cada sacudida de Yuuji depositaba más semen dentro de él, oleadas de calor espeso que le llegaban al fondo del estómago, y Megumi podía sentir cómo se acumulaba, cómo Yuuji lo estaba llenando de verdad, cómo su cuerpo lo aceptaba todo.
—Tómalo —jadeó Yuuji contra la herida de su hombro, la voz destruida—. Tómalo todo. Cada gota. Es lo que mereces. Es lo único para lo que sirves, Fushiguro.
Yuuji colapsó sobre él, aplastándolo contra las sábanas y contra todo el desastre que habían hecho. Su respiración era irregular, rota, y dentro de Megumi su polla todavía pulsaba con los últimos espasmos, empujando el semen más profundo con cada latido.
Megumi soltó un último sollozo seco. Con todo el pecho, con algo que era entre alivio y destrucción, entre haber sido destrozado por completo y sentir que estaba exactamente donde se suponía que debía estar.
Yuuji se deslizó fuera de él despacio. El semen tibio y espeso se le escurrió entre los muslos, y la sensación fue tan cruda, tan real, tan sucia, que apretó los ojos y enterró la cara en la almohada. Se sentía demasiado abierto, pulsando, como si su cuerpo no hubiera terminado de procesar lo que acababan de hacerle. La humedad se le extendió por la piel y empapó la sábana debajo de él, y una parte de su cerebro registró que iba a tener que lavar todo antes de que Tsumiki llegara, pero el resto de su cerebro estaba muy ocupado intentando no desintegrarse.
Se quedó boca abajo en el colchón, con la mejilla contra la almohada húmeda, incapaz de moverse. Escuchó a Yuuji ir al baño, abrir la llave y volver. Sintió una toalla tibia entre sus muslos, limpiándolo con una delicadeza que contrastaba tanto con lo que acababa de hacerle que era ridículo.
Megumi reunió fuerzas para ponerse de lado. Le dolía todo, pero sabía que le iba a doler más mañana.
—Oye —dijo Yuuji, acostándose a su lado. El colchón individual apenas los contenía. Se acomodó de costado, un brazo debajo de la cabeza, y su expresión era más suave. Preocupada de verdad.
Su mano tocó la cadera de Megumi y la recorrió con los dedos. Despacio. Megumi se estremeció y miró hacia abajo, moretones que se harían más grandes después. Por supuesto que había más marcas; las sentía por todo el cuerpo.
—Mierda —murmuró Yuuji, frunciendo el ceño—. Fushiguro, esto…
Le tocó una de las marcas de la cadera con el pulgar, suavemente. Luego subió la mano al pelo de Megumi y lo acarició, pero esta vez con cuidado, evaluando, y Megumi vio cómo sus ojos se movían por su cuero cabelludo en busca de daño.
—Te jalé muy fuerte del pelo —dijo, y la preocupación en su voz era genuina. Nada del Yuuji dominante de hacía diez minutos. Solo un adolescente mirando las marcas que había dejado en otro y preguntándose si había cruzado una línea—. Y tu cara todavía está roja.
Le pasó el dorso de los dedos por la mejilla donde las cachetadas aún le ardían.
Yuuji tragó saliva. Su mano bajó hasta el cuello de Megumi y trazó una de las mordidas con la yema del dedo, como si estuviera catalogando el daño.
—Y las cosas que dije —continuó, más bajo, sin mirarlo a los ojos—. Lo de… puta. Y lo de zorra. Y todo eso. —Se pasó una mano por la nuca, un gesto nervioso que Megumi no le había visto antes—. Perdón, Fushiguro. Me dejé llevar. En el momento se sentía bien, pero ahora que lo pienso en frío, no sé si…
Se detuvo. Respiró.
—¿Fui demasiado? —preguntó, y la pregunta le salió completamente desnuda. El chico que lo había hecho gritar y suplicar hacía diez minutos ahora se mordía el labio, esperando que Megumi le dijera que no lo odiaba.
Megumi lo miró. Era cierto que tenía la garganta destruida, los ojos enrojecidos, el pelo hecho un desastre, marcas de dientes bajándole por el torso, y podía sentir los restos de semen todavía tibios dentro. Estaba humillado, destruido, follado hasta la incoherencia.
Y lo único en lo que podía pensar era: hazlo de nuevo.
—No fuiste demasiado —dijo.
—¿Seguro? Porque lo de "puta” fue demasiado…
—Itadori.
—…y cuando te hice decirlo, eso fue mucho, yo no debería haber…
—Itadori —Megumi le agarró la mano que le acariciaba la mejilla y la sostuvo—. Estoy bien.
—Pero…
—Me gustó —soltó, y el rubor le subió tan rápido que le ardieron las orejas—. Todo. Las marcas. El pelo. Las nalgadas. Las mordidas. Las cachetadas. Lo que dijiste.
Yuuji lo veía con los ojos muy abiertos, dejando caer un poco la preocupación.
—Todo. Todo —repitió Megumi, mirando al techo porque era físicamente incapaz de decirlo mirándolo a los ojos.
—Ah —dijo Yuuji.
—¿No vas a decir nada más? —preguntó Megumi, exasperado por la respuesta.
—No, no. Es decir. Es bueno saberlo. Pero me dejé llevar. —Se acomodó en la almohada—. Tenía una corazonada contigo. No estaba cien por ciento seguro, así que me arriesgué. Pero cuando te di la primera cachetada…
—Para. No digas más.
—…supe que había dado en el clavo. Y con lo de la degradación, bueno, fue un tiro al aire. Pensé: "Si me mata, me mata." Pero no me mataste. Te corriste deliciosamente.
—Voy a matarte ahora —dijo Megumi, pero la amenaza perdió toda credibilidad porque tenía la cara del color de un tomate y le temblaba la voz.
Yuuji se rió con todo el cuerpo, una carcajada abierta, de esas que le sacudían los hombros, y Megumi quiso estamparle la almohada en la cara.
—Tú no pareces el tipo de persona a la que le gusta esto —dijo Megumi, intentando desviar el foco con la dignidad que le quedaba, que era poca—. Lo de… dominar. Degradar. En la escuela eres el chico amable que le sonríe a todo el mundo.
Yuuji se rió de nuevo.
—¿Y qué tiene que ver? —dijo—. También soy el chico que te pone en el suelo cada semana.
Megumi no tenía respuesta para eso.
El silencio entre ellos se estaba volviendo cómodo. Megumi no estaba acostumbrado a eso. El silencio siempre había sido un arma: algo que usaba para intimidar, para alejar, para protegerse. Pero este era más bien un espacio compartido.
—¿Sabes? —dijo Yuuji después de un rato, con un tono casual—. Si dejas de meterte con la gente, dejaré de ponerte en el suelo.
—No dejaré de hacerlo.
—Así que te gusta.
—Voy a golpearte, Itadori
—No, no lo vas a hacer —Yuuji se inclinó y lo besó tiernamente—. Porque si te veo mañana molestando a alguien otra vez, volveré a ponerte en tu lugar. Y los dos sabemos cuál es.
Megumi le sostuvo la mirada. El corazón le latía tan fuerte que probablemente Yuuji podía escucharlo.
—¿Y cuál es? —preguntó, y no supo por qué lo hizo, porque la respuesta le iba a quemar.
Yuuji sonrió.
—A mis pies, Fushiguro.
Ahora sí le estampó la almohada en la cara.
Tuvieron un momento de forcejeo. Risas. Las piernas enredándose. Megumi intentó inmovilizarlo y Yuuji lo volteó con un movimiento limpio y quedó encima de él otra vez, sujetándole las muñecas, mirándolo desde arriba con esos ojos dorados que lo habían destruido desde el primer día.
—¿Cuántas veces te tengo que ganar para que aprendas? —preguntó Yuuji.
Megumi lo miró desde abajo. Derrotado. Despeinado.
—Probablemente muchas —dijo.
Yuuji sonrió.
—Perfecto.
Lo besó suavemente. Solo un beso dulce y empalagoso. Megumi respondió sin pelear. Sin pensar. Solo sintiendo.
Megumi no supo en qué momento se acercó. Simplemente, su cuerpo gravitó hacia el calor de Yuuji como si no supiera hacer otra cosa, y de pronto tenía la mejilla contra su pecho y podía sentir el latido de su corazón debajo de su oído.
Yuuji no dijo nada. Solo pasó un brazo por debajo de él y lo acomodó contra su costado, ajustando la posición.
Los dedos de Yuuji le recorrían el pelo. Despacio, trazando líneas suaves desde la frente hasta la nuca, una y otra vez, con la misma mano que le había agarrado el pelo desde la raíz y le había echado la cabeza hacia atrás. Ahora esos dedos solo acariciaban.
—¿Tienes frío? —preguntó Yuuji.
Megumi no se había dado cuenta, pero estaba temblando.
—Un poco.
Yuuji estiró la sábana limpia que había quedado doblada al pie de la cama y los cubrió a ambos. Luego volvió a rodearlo con el brazo y Megumi sintió los dedos de Yuuji trazándole círculos en el hombro, justo al lado de la mordida que le había dejado ahí.
—¿Te duele mucho? —preguntó, tocando el borde de la marca con la yema del dedo.
—No tanto.
Megumi cerró los ojos. Algo en el tono de Yuuji, esa paciencia tranquila, esa insistencia sin presión, le hacía cosas que la parte física no le había hecho. Le desarmaba las últimas defensas. Las que ni siquiera sabía que seguían en pie.
—Me duele un poco la mandíbula —admitió—. Y la cadera. Y voy a caminar raro mañana.
—Perdón —dijo Yuuji, y le besó la coronilla.
—Ya te dije que está bien, no tienes que seguir disculpándote.
—Puedo disfrutarlo y también preocuparme después, Fushiguro. Las dos cosas no se cancelan.
Se quedaron así. El pecho de Yuuji subía y bajaba debajo de su mejilla. De vez en cuando Yuuji bajaba la mano y le recorría la espalda, lento, de arriba abajo, y luego volvía al pelo como si no pudiera dejar de tocarlo.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Yuuji.
—Ya estás preguntando.
—¿Siempre te ha gustado esto? Lo de… que te dominen.
Megumi consideró no responder. Consideró decir algo cortante para cerrar la conversación. Pero estaba acurrucado contra el pecho de un chico que acababa de verlo en su momento más vulnerable y que ahora le acariciaba el pelo como si fuera algo valioso, así que las defensas habituales se le hacían absurdas.
—No lo sabía —dijo—. Sabía que me gustaban los hombres. Sabía que me gustaba recibir. Pero lo otro… no. Eso lo descubrí hoy.
Yuuji soltó una risa suave que le vibró en el pecho.
—Bueno —dijo—. Me alegra haber sido el primero en descubrirlo.
Megumi resopló.
—No te pongas engreído.
Yuuji volvió a reír y lo abrazó más fuerte.
—Tenemos que hablar antes. Para la próxima vez. Digo.
La próxima vez. Como si fuera un hecho. Como si esto no fuera un accidente de una tarde sino el inicio de algo que iba a repetirse.
Megumi decidió no cuestionar eso.
Hablaron de tonterías un rato. De un profesor que los dos odiaban. De la máquina expendedora del tercer piso que se tragaba las monedas. Yuuji le contó que su abuelo lo había criado y que hacía el mejor arroz con curry del mundo, y Megumi le dijo que Tsumiki hacía un estofado que era "aceptable," lo cual Yuuji interpretó como "el mejor estofado que he comido en mi vida."
Él le acariciaba el pelo mientras le volvía a preguntar si estaba bien.
Y estaba bien. Todo estaba bien.
Yuuji fue a la cocina por agua y cuando volvió miró su celular.
—Tu hermana llega a las once, ¿verdad?
—Sí.
—Son las diez y veinte —Le dio un beso rápido en la frente—. Debería irme antes de que llegue. No creo que esta sea la mejor forma de presentarme.
Se vistieron despacio. Yuuji se puso la ropa con la misma naturalidad desvergonzada con la que se la había quitado. Megumi se puso una camiseta y unos pantalones deportivos, renunciando a cualquier cosa que tuviera botones, porque sus dedos todavía temblaban.
En la puerta del departamento, Yuuji se giró.
—Oye, Fushiguro.
—¿Hm?
—Si mañana te veo molestando a alguien…
—¿Qué vas a hacer?
Yuuji le agarró el cabello y le echó la cabeza hacia atrás. La sonrisa que tenía era peligrosa, y le encendió algo en el estómago que debería preocuparle, pero solo lo excitaba.
—Voy a tener que volver a someterte.
Megumi le sostuvo la mirada.
—Tal vez —dijo Megumi, y la comisura de su boca se curvó apenas— lo haga a propósito.
Yuuji se rió. Le dio un último beso rápido y ligero como una promesa y se fue.
Megumi cerró la puerta. Se apoyó contra ella. Respiró.
Se tocó la mejilla donde las cachetadas todavía le ardían, el cuello donde las marcas de Itadori empezaban a oscurecerse, y pensó un poco.
Él no perdía ante nadie.
Pero lo único que hizo falta para derrotarlo fue un chico que nunca le tuvo miedo.
