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Derecho de nacimiento

Summary:

Después de cuatro largos años separados, cumpliendo con las obligaciones de sus títulos, Jeongin y Hyunjin vuelven a encontrarse.

Las cosas han cambiado entre los hermanos.
Es difícil para Jeongin reconocerlo.

Notes:

Hola! Estaba publicando esta historia en wattpad cuando me eliminaron mi cuenta asi que estare re-publicando lo que estaba escrito aquí mientras me pongo al dia con las actualizaciones, esta obra tendrá entre 10-12 partes! Gracias por leer:)

Chapter Text

Fue difícil contener la alegría burbujeante en su pecho, y es que aún no podía creerlo. Después de cuatro largos años, volvería a encontrarse con su hermano mayor. El tiempo de su servicio había finalizado, al igual que su entrenamiento como futuro gobernante, lo que significaba que podía volver a casa sin ningún tipo de inconveniente.

—Mi príncipe, sé que está feliz, pero no puede abandonar sus clases ni siquiera hoy —murmuró la doncella con una pequeña mueca, sin dejar de peinar el sedoso cabello negro del omega, quien la miró a través del espejo con evidente descontento.

Jeongin deseaba protestar, pero no tenía sentido, así que tuvo que darle la razón con un deje de tristeza.

Tendría clases de bordado y una reunión con el comité para organizar la celebración de bienvenida de su hermano. En otra ocasión, le habría encantado organizar un baile, pero no cuando sabía que su hermano odiaría la idea, sin importar que fuera en su honor.

Sus padres, lenta pero progresivamente, le habían estado cediendo responsabilidades cada vez más grandes y aquello lo hacía sentir orgulloso, aunque también ansioso por complacerlos y alcanzar sus altos estándares.

Al inicio, se sintió sorprendido cuando su padre omega lo invitó a sus reuniones con el pueblo, o cuando comenzó a pedir su opinión para organizar el menú de la semana, escoger las flores del palacio o las telas de sus vestidos. También había empezado a enseñarle más acerca de sus responsabilidades como reina, lo cual lo invadía de una incertidumbre enorme. Jeongin nunca tuvo aspiraciones de gobernar porque esa era la tarea adecuada para su hermano, Hyunjin. Por esa razón, estaba confundido ante el empeño de sus padres en prepararlo.

Jeongin había tenido una educación exquisita, más que suficiente para ser envidiado por cualquier noble o plebeyo. Era perfectamente consciente de que, algún día, se casaría con un duque o un noble adinerado.

Su deber con el reino era claro: casarse y forjar una relación beneficiosa para la nación.

No podría convertirse en reina y tampoco lo deseaba porque Hyunjin sería un gobernante perfecto. Por lo que, aquello abría un nuevo temor para el omega: ¿pensaban sus padres enviarlo al exterior, a un reino extranjero, para enlazarse con un alfa que lo alejaría de todo lo que amaba? Pese a que era un tema que no dejaba de preocuparlo, Jeongin tuvo que apartarlo de su mente, encogiéndose y aceptando las enseñanzas dadas.

No podría negarse si eso era lo que su padre, el Rey, había decidido para su vida. Los omegas no tomaban decisiones de ese tipo.

—Auch —se quejó, mirando sus dedos pinchados.

El omega a su lado frunció el ceño.

—Está muy distraído hoy, alteza —señaló con suavidad mientras le ayudaba a recoger sus cosas del suelo.

Jeongin se mordió el labio inferior, alegrándose de que la mañana estuviera a punto de terminar y, con ella, sus aburridas clases de bordado. Era ágil y bueno en las manualidades, pero no eran su pasatiempo favorito; eran más un trabajo, una obligación.

Repentinamente, los omegas que estaban en su compañía comenzaron a murmurar entre sí, mirando de reojo en una dirección específica mientras sus aromas se cubrían de una excitación emocionada y curiosa. Jeongin lo encontró extraño hasta que levantó la mirada, saliendo de sus pensamientos y abandonando el cuidadoso bordado que había estado practicando, para encontrarse con una vista que lo golpeó. Durante un par de segundos se quedó en silencio, paralizado por el asombro y la incertidumbre.

Dudó más de lo que esperaba, pero lo reconoció: era él. Definitivamente era Hyunjin. Su hermano.

El ejército lo había cambiado. Habían sido cuatro largos años lejos, fuera de casa, preparándose para ser el hombre que era hoy. Dejándose llevar por un impulso, se levantó tirando sus cosas a un lado, lo que atrajo la atención del resto de su compañía. Los omegas parecían confundidos por su reacción, y tenía sentido porque la mayoría de ellos no conocían a Hyunjin y el resto no habían sido lo suficientemente cercanos para reconocerlo ahora que era un hombre maduro, y no el adolescente que se marchó.

El alfa entraba al palacio, recorriendo los jardines principales mientras hablaba con otros dos hombres. Acababa de llegar y observaba todo con evidente interés, seguramente por lo mucho que habían cambiado las cosas de acuerdo a sus recuerdos. Hasta ese momento, Hyunjin no había notado al pequeño grupo de omegas que se reunía cerca de los rosales, ni mucho menos al que se había levantado de su asiento al verlo.

—¡Hyunjin! —jadeó sin salir de su asombro, provocando la conmoción de sus acompañantes al comprender que se trataba del futuro rey de su nación.

Jeongin apenas pudo pensar y tomando los lados de su falda, se lanzó a correr el corto tramo que los separaba, sin meditarlo, saltó a sus brazos. Hyunjin lo recibió en el acto, sin dudar al sentir el suave peso y el rico aroma a vainilla, y lo hizo girar en el aire mientras murmuraba su nombre, igual de conmocionado por verlo. Jeongin se separó solo lo suficiente para mirarlo a la cara, con sus brazos aún alrededor del cuello del alfa, mientras este continuaba envolviendo su cintura.

Su hermano, definitivamente, había cambiado.

Jeongin tenía catorce años cuando él se fue y las cosas habían cambiado demasiado en ese tiempo. Hyunjin siempre fue atractivo, atrayendo la atención de todos sobre sí mismo sin hacer el mínimo esfuerzo. Jeongin recordaba que la mayoría de sus amigos y las doncellas de aquel entonces suspiraban secretamente —o no tanto— por su hermano.

Pero ahora, Hyunjin era un hombre.

Se veía tan diferente que apenas podía asimilar que era el mismo chico de diecinueve años que se había marchado un día, cuatro años atrás. Tuvo que apartar ese pensamiento, empujándolo lejos con un deje de vergüenza al sentir que su corazón se aceleraba.

Hyunjin le sonrió, pero la alegría no llegó a sus ojos; fue algo casi medido, como si sonriera porque era lo que debía hacer. Se sintió incorrecto, Jeongin intentó alejarse del abrazo, notando la resistencia del pelinegro al dejarlo ir mientras este presionaba los dedos contra sus costados.

—Dime que ya no tienes que irte más —rogó con un cariño abrumador, mientras su corazón se cubría de un sentimiento profundo de calidez.

Hyunjin acarició una de sus mejillas con los nudillos y negó con una sonrisa más pequeña, pero honesta. Podía notarlo a través del hoyuelo que marcaba su mejilla y de la repentina suavidad que cubría sus facciones duras.

—Ya no —prometió, haciendo vibrar al omega, quien se apoyó en su toque cariñosamente.

El alfa le dedicó una mirada tan detallada que lo hizo removerse, consternado y preocupado por lo que fuera que estuviese observando pero antes de que pudiera preguntar, este apartó la atención hacia el cielo, apretando la mandíbula con tensión.

—Estás aún más precioso que la última vez que nos vimos, omega.

Jeongin sonrió, ignorando la presión extraña que recorrió su cuerpo y abrazándose con mayor fuerza al pelinegro, quien correspondió con la misma efusividad. Hyunjin olía como la brisa fresca en una noche fría en el bosque; su aroma lo golpeó desde la raíz y lo hizo suspirar. El alfa acarició su espalda, marcándolo con su olor de manera inconsciente.

—Te extrañé, hermano —admitió el omega contra su hombro antes de dar un paso atrás tímidamente, recordando que seguían en los jardines bajo la atención de todos.

Aun así, sus ojos no dejaban de brillar, cubiertos de una adorable emoción.

—¡Tienes que contarme todo sobre tu entrenamiento! —exclamó al notar que aún llevaba el uniforme militar.

Hyunjin tenía el cabello más corto que antes y los rasgos de su rostro habían madurado, transformándose en algo más rudo e intimidante; pero seguía siendo él, su Hyunjin.

—Papá estuvo muy feliz cuando llegó tu carta anunciando tu nuevo puesto como capitán —recordó con una sonrisa juguetona al evocar la escena de su siempre severo padre alfa, quien no pudo ocultar el orgullo al ver lo rápido que su hijo mayor ascendía en el ejército.

Hyunjin resopló divertido, ofreciéndole la mano para entrelazar sus dedos e ir al interior del palacio, lado a lado. De esta forma, sus diferencias se hicieron más notorias mientras Jeongin había madurado para convertirse en un omega precioso y dulce, Hyunjin había crecido para ser el prototipo de alfa fuerte que podría hacer dudar a cualquier omega de sí mismo.

—No hay nada que no te haya dicho ya en nuestras cartas —bromeó, acariciando el dorso de su mano y atrayéndolo más cerca cuando su mirada fulminante se detuvo en los guardias, ante el descaro de estos al observar al príncipe.

Jeongin no lo notó, dispuesto a insistir en que no era lo mismo leerlo que oírlo de su propia boca, pero entonces alguien los interrumpió. El omega se tensó al sentir cómo el momento se escapaba de sus manos, ya no eran dos niños que podían pasar todo el tiempo juntos. Tenían responsabilidades.

—¡Joven príncipe! ¡Espere! —llamó alguien, caminando rápidamente hasta llegar junto a ellos.

Jeongin parpadeó con un suspiro triste que no pasó desapercibido para el alfa. El recién llegado se detuvo, haciendo una profunda reverencia en dirección a ambos y, en especial, a Hyunjin, quien solo asintió, observándolo con curiosidad. Felix miró a Jeongin a los ojos con una expresión severa. Ya habían tenido esa discusión antes, pero, irónicamente, Jeongin aún creía que podría huir sin más.

—Aún no termina con sus deberes de hoy, príncipe Jeongin —recordó, incómodo al estar bajo el escrutinio del futuro Rey.

La desilusión embargó al menor, quien se aferró al brazo de Hyunjin sin querer soltarlo, sintió los músculos del alfa tensarse bajo su palma ante ese toque.

—Pero...

Felix negó casi con pena.

—La reina fue insistente en que no podía perderse ninguna de sus obligaciones. Lo siento, alteza —explicó intimidado, bajando la mirada hacia sus manos entrelazadas—. No es mi decisión.

Hyunjin observó la interacción con un centenar de preguntas en la cabeza, pero no dijo nada. Se limitó a ver cómo, lentamente, Jeongin se aplacaba y aceptaba sin luchar lo exigido, actuando de forma obediente pese a que era evidente que odiaba la demanda.

Jeongin chasqueó la lengua con un puchero antes de mirarlo.

—Debo irme —lamentó—. Lo siento, quería acompañarte.

Los grandes ojos del omega brillaron con la desilusión de perderse el día con el que había estado soñando los últimos cuatro años. Por un momento, Hyunjin se planteó tomar una decisión diferente, algo egoísta, pero se contuvo y solo asintió, animando al menor a avanzar.

—Está bien, bebé, puedo esperar —consoló, acariciando su mentón y después su mejilla.

Jeongin se sintió aturdido ante el apodo cariñoso; su rostro se calentó y su omega se retorció avergonzado.

—Ve.

Jeongin se alejó con torpeza, dando pequeños pasos como un patito, sin entender por qué estaba tan nervioso mientras la mirada de Hyunjin lo seguía hasta que desapareció de su vista. Solo entonces, el alfa se dio la vuelta para entrar al palacio.

No se volvieron a ver en todo el día.

Para cuando Jeongin terminó con sus tareas, era de noche. Apenas tuvo tiempo de tomar un baño relajante que ayudara a aliviar la tensión de sus músculos y, sobre todo, a borrar ese picor que se retorcía en su vientre desde temprano. Con un resoplido agotado, se dejó caer sin cuidado sobre la cama. Las doncellas acababan de salir, despidiéndose hasta el día siguiente. Jeongin era consciente de que mañana sería un día igual de tenso y que debería dormir, pero solo podía descansar con la mirada perdida en el patrón del techo, pensando en lo que vendría ahora.

Hyunjin había vuelto, un hecho que debería haber sido pura luz en su vida, pero que traía consigo una sombra inevitable: el fin de su propia libertad. El regreso del heredero era la señal de que el ciclo se cerraba y si su hermano ya estaba listo para gobernar, Jeongin estaba por terminar su preparación para ser entregado. No se sentía listo. No creía ser capaz de casarse, y mucho menos de concebir.

Jeongin sentía un nudo en la garganta al recordar los susurros que capturaba en los pasillos. Había escuchado a las doncellas y a otros omegas ya apareados hablar con voces bajas, cargadas de una resignación que le helaba la sangre. Tenía miedo de su noche de bodas, de ese alfa desconocido al que lo obligarían a pertenecer, y de los cachorros que vendrían después.

En su mente se repetían las historias de terror: relatos de omegas que terminaban lastimados, desgarrados y sangrantes tras recibir un nudo por primera vez. La brutalidad del instinto alfa le parecía una fuerza devastadora, algo que no entendía de amor, sino de reclamo y dolor. Era aún más preocupante que el único consuelo que recibía de los mayores fuera que el alfa solía "calmarse" una vez que el embarazo se lograba.

A Jeongin le aterraba el embarazo tanto o más que el nudo mismo. La idea de que su cuerpo dejara de ser suyo para convertirse en un envase, en un nido que se transformaría hasta lo irreconocible, lo hacía sentir pequeño y vulnerable. Era su deber, su único propósito en la línea sucesoria de la nación pero saber que su valor se reducía a su capacidad de ser marcado y preñado no borraba el pavor que le recorría la columna.

Un suave toque contra la puerta lo hizo saltar. Levantándose de la cama, miró fijamente la entrada con incertidumbre. Era muy tarde; nadie se acercaba a su habitación después de las nueve y, al consultar el reloj, supo que pronto sería medianoche. Se tensó, preocupado.

Descalzo, se acercó a la puerta y la abrió solo un poco, lo suficiente para que sus ojos se asomaran por el mínimo espacio. Sorprendido, retrocedió dejando que la puerta se abriera un poco más.

Su hermano estaba de pie en el pasillo, mirándolo con diversión ante el pequeño susto que le había provocado. Ya no llevaba el uniforme, sino una camisa blanca que dejaba al descubierto sus brazos fuertes y su cuello, del cual colgaba una cadena plateada.

—H-Hyunjin —siseó, retrocediendo con una mano en el pecho.

Tenía el corazón acelerado, latiendo con un ritmo nervioso y agitado. Jeongin quiso abrir la puerta por completo y dejar pasar a su hermano, pero se contuvo al recordar que no llevaba la ropa adecuada y que no era correcto estar a solas a tales horas de la noche.

—¿Qué haces aquí? —preguntó con curiosidad, en voz muy baja por temor a alertar a los guardias o a cualquier doncella que anduviera cerca.

El alfa se encogió de hombros sin dejar de sonreír y echó un vistazo al interior de la alcoba.

—¿No me vas a dejar entrar?

El rubor invadió el rostro de Jeongin, quien comenzó a tartamudear.

—Es que... me iba... iba a dormir.

Aquello no parecía representar un verdadero problema para el alfa.

—¿Qué opinas de dormir con tu hermano mayor? Ha pasado mucho tiempo.

Jeongin dudó, pero no se resistió mucho más. Abrió la puerta con cuidado, sintiéndose cohibido al dejarlo entrar. Observó el pasillo temeroso de que alguien los viera, pero estaba vacío y oscuro. Cerró en cuanto el alfa estuvo dentro y entrelazó las manos a la espalda, tímido, al verlo inspeccionar todo con genuino interés.

Hyunjin lo miró después de unos segundos. Su atención se fijó en su rostro, pero no se detuvo allí, sino que descendió lentamente por su cuerpo, detallándolo desde los pies descalzos hasta el suave camisón de algodón que cubría su cuerpo con modestia. Jeongin, abrumado por la vergüenza, se dirigió hacia su armario en busca de algún abrigo que lo cubriera más que aquella prenda simple y sin volantes, pero Hyunjin lo interrumpió. Se acercó y tomó su mano para guiarlo de vuelta a la cama.

—¿Qué haces? Solo ven y túmbate a mi lado, omega.

Omega. El reconocimiento se sintió extraño y volvió a provocar un vuelco en su vientre. No se sentía bien, resultaba casi inadecuado ser visto de esa forma por Hyunjin.

Había algo frío y distante que rodeaba al alfa; Jeongin no lo recordaba de esa manera. Aquella no era la primera vez que dormían juntos o pasaban tiempo a solas, habían sido confidentes, mejores amigos antes que hermanos. Sin embargo, ahora Hyunjin se movía con una precisión casi mecánica, con una economía de movimientos que delataba sus años bajo el mando militar. Jeongin lo atribuyó al tiempo transcurrido; era obvio que, aunque nunca dejaron de escribirse, nada podía ser igual después de cuatro años sin verse.

Dejándose llevar, permitió que el alfa lo acercara y lo guiara hasta la cama con total facilidad. Hyunjin era fuerte, lo suficiente para moverlo a su antojo sin el mínimo esfuerzo, como si su cuerpo estuviera permanentemente preparado para la acción. Jeongin rió cuando cayó sobre el colchón con un suave puff, y su hermano lo secundó, divertido al ver los peluches desperdigados en las sábanas de volantes blancos y seda rosa.

En silencio, Hyunjin tomó un osito blanco. Lo observó con una atención minuciosa, casi analítica, antes de devolver la mirada al omega, quien ya estaba sonrojado.

—¿Todavía juegas con muñecas? —cuestionó burlón, aunque su propio corazón se aceleró al reconocer que aquel era uno de sus antiguos regalos.

—¡Cállate! ¡Claro que no! —gruñó Jeongin, intentando arrebatárselo de las manos, avergonzado.

La risa del alfa creció y se hizo ruidosa, alterando todos los sentidos del más joven, quien disfrutó enormemente de ese sonido, tan humano y cercano en comparación con su nueva fachada imperturbable. Jeongin no logró quitarle el juguete, el mayor lo levantó fuera de su alcance con reflejos impecables.

—Me parece tierno que aún juegues con estas cosas, bebé.

—No soy un bebé —refunfuñó.

—Aww, con lo lindo que eres, es difícil no creerlo.

Jeongin olvidó brevemente su incomodidad y se abalanzó hacia su hermano. Apoyándose en su abdomen, se colocó casi sobre él, con la parte superior de su cuerpo flotando muy cerca ante el entusiasmo. En su agitación, olvidó el escote redondo de su camisón que al ser holgado y moverse con tal brusquedad, la prenda se deslizó, exponiendo la curva de su cuello y sus hombros ante la mirada del alfa, que lo absorbió todo antes de que el menor pudiera reaccionar.

El peluche estaba de nuevo en sus manos, pero eso ya no importaba.

Ambos se miraron a los ojos y Jeongin tragó saliva, abrumado por un silencio ensordecedor. El aroma a almizcle del alfa se volvió más intenso y oscuro, golpeándolo con la rudeza de quien ha pasado años a la intemperie. Jeongin no lograba discernir qué lo hacía tan diferente a lo que recordaba, pero había un matiz picante que se deslizó por su nariz y se asentó en su vientre con brutalidad. Bajo la fina tela del camisón, sus pezones se endurecieron y un cosquilleo desconocido nació entre sus muslos, obligándolo a apretar las piernas con incomodidad.

No entendía la rara tensión que crecía en el aire, ni por qué Hyunjin parecía estar luchando con la mandíbula apretada y una mirada sombría. Jeongin se encogió y se ocultó bajo las mantas, queriendo desaparecer en ese instante pero Hyunjin se dejó caer sobre la almohada a su lado, apoyándose en uno de sus brazos y dejando sus músculos tensos a la vista.

El alfa fingió que nada había pasado; Jeongin hizo lo mismo.

—¿Y qué hay de tus pretendientes? —preguntó repentinamente al omega, quien se aferraba a las gruesas mantas como si tuviera... miedo.

Cuando el pelinegro no añadió nada más, Jeongin arqueó las cejas en un gesto confuso y aliviado.

—¿Qué pasa con ellos? —preguntó desorientado. Aún sentía el latir acelerado de su corazón y la vergüenza que lo invadía ante cada segundo que pasaba, pero al menos Hyunjin elegía no mencionar el incidente anterior, y eso era un enorme alivio para su pánico inicial.

La mano del alfa se acercó. Uno de sus dedos envolvió un mechón rebelde que caía desordenadamente sobre su rostro y entonces soltó una risa ronca, baja y carente de humor. El sonido le provocó a Jeongin un temblor; un nudo en la garganta por un sentimiento que no comprendía, pero que lo ponía en alerta.

—¿Has conocido a alguno que te interese? Ya tendrás... —Rodó los ojos, irritado—. Ya tienes edad de casarte, bebé —explicó con evidente desagrado.

Un rubor adorable se apoderó del rostro de Jeongin mientras negaba, jugando con un hilo dorado del bordado de las sábanas.

—Papá detuvo cualquier presentación en sociedad. Piensa que no hay nadie adecuado que me corteje... todavía.

Era extraño y no sabía cómo explicarlo mejor; simplemente no había nadie aún. Probablemente aparecería alguien pronto.

—Vaya, se han vuelto algo sobreprotectores —comentó Hyunjin, sonando casi complacido.

Jeongin se sintió aliviado de que alguien más compartiera su opinión.

—Un poco —admitió con inseguridad. No le agradaba cuestionar a sus padres, los respetaba demasiado y confiaba en sus decisiones.

—¿Y no hay nadie que realmente te interese?

Jeongin abrió los ojos de par en par, tan confundido como sorprendido por ser interrogado de esa forma.

—¿Por qué quieres saber? —preguntó dudoso.

Algo oscuro e indescifrable cruzó el rostro del alfa antes de que este sonriera.

—Solo quiero saber si alguien le robó el corazón a mi hermanito mientras no estaba —bromeó a la ligera, aunque sus ojos permanecieron fijos en él—. Tendría que charlar con esa persona muy seriamente, de ser el caso.

Con el corazón derritiéndose, Jeongin arrugó la nariz en una sonrisa avergonzada.

—Eres un tonto —empujó su hombro con cariño, evocando el recuerdo de una complicidad antigua, antes de suspirar con desilusión—. No realmente.

La respuesta resultó ser más ambigua de lo esperado.

—¿No?

Jeongin negó con la cabeza.

—Paso mucho tiempo estudiando —explicó, mirando hacia el techo y el mosquitero que cubría las bases de su cama, este estaba recogido, pero caía sobre ellos como un halo blanco y angelical—. Desde que te fuiste, siempre tengo una lección a la que asistir. Parece que nunca tendré tiempo para conocer a alguien.

—Oh —el alfa chasqueó la lengua con una fingida y descarada lástima que pasó desapercibida para el inocente omega—. Es necesario que aprendas —animó, tomando la mano de Jeongin, más pequeña y delicada, entre las suyas.

Las manos del mayor estaban cubiertas de ligeras sombras y viejas cicatrices, mudos testimonios de la dureza del entrenamiento y el trabajo rudo.

—El alfa que se case contigo será afortunado de tener un omega tan bueno.

Todo el cuerpo de Jeongin se tensó y contuvo un gemido, un suave sonido involuntario que casi escapó de su garganta ante los halagos. Hyunjin lo miró con interés ante su repentino sobresalto, y al menor le dieron ganas de desaparecer.

—Por eso no podemos dejar que te cases con cualquiera —explicó Hyunjin, acercándose hasta que sus piernas se rozaron. Sus rostros quedaron tan cerca que Jeongin no podía ver nada más que la profundidad de aquellos ojos inexpresivos—. Ninguno de esos alfas tontos te merece.

Jeongin soltó una risita nerviosa.

—Solo lo dices porque eres mi hermano.

—Tal vez —susurró con una sonrisa de lado. Un destello de algo más cruzó su mirada antes de volver a su aspecto casual de siempre—. ¿Qué pensarías de no tener que mudarte nunca?

El omega parpadeó, aturdido ante el cambio de tema repentino. Hyunjin sabía lo mucho que había estado sufriendo desde que llegó a la madurez, dado que su miedo a marcharse se hacía cada vez más consciente y cercano. Ese era el deber de los omegas, sobre todo cuando había un alfa en la familia que se encargaría de heredar el título y las responsabilidades.

Jeongin tendría que casarse y darle hijos a un alfa de alguna familia noble. Odiaba la idea, pero no podía hacer nada contra ella.

—Sería un sueño —suspiró con nostalgia, imaginando pasar su vida entera recorriendo los mismos pasillos del palacio para volver a su dormitorio. Su cuarto era perfecto, tenía todo lo que necesitaba y era un omega mimado; no le avergonzaba admitirlo—. Aunque ya acepté mi responsabilidad, Hyunjin —añadió con pesar. No mentía y con el tiempo, había tenido que hacer las paces con su destino, animándose a diario con la idea de que, tal vez, la vida fuera incluso mejor que la que conocía—. No tienes que preocuparte, sé lo que se espera de mí.

—¿Lo sabes? —preguntó el alfa mientras acariciaba su mejilla, delineando con uno de sus dedos la piel suave y ligeramente sonrojada.

Jeongin tarareó adormecido ante los dulces toques del mayor. Cerró los ojos, apoyándose más cerca y olvidando su incertidumbre inicial.

—Estaré feliz de cumplir con mi deber de casarme algún día.

Su hermano se sumió en el silencio, emitiendo solo un bajo murmullo que le hizo saber que lo escuchaba. El toque que recorría su mejilla descendió un poco más, hasta su mentón y la comisura de sus labios. Jeongin abrió los ojos lentamente, encontrándose con que la atención de Hyunjin estaba fija en un punto específico de su rostro.

Sus labios.

Jeongin ya había sentido ese tipo de miradas antes, provenientes de alfas externos que no dudaban en expresar atracción o deseo por él. Le hizo sentir extraño que su hermano tuviera esa misma emoción en los ojos al verlo. Debía estar equivocado, por lo que, se obligó a ignorarlo, sintiéndose enfermo al pensar que podía estar malinterpretando algo tan dulce como el cariño que Hyunjin siempre le había demostrado con... eso.

—Solo espero poder volver aquí siempre —dijo, rompiendo el silencio tenso que se formaba por segunda vez.

Hyunjin asintió enseguida, dedicándole una mirada como si no entendiera por qué pensaría lo contrario.

—Lo harás —sentenció con firmeza—. Este será tu hogar sin importar qué, Jeongin.

Pequeñas lágrimas cubrieron sus ojos porque, en lo profundo de su corazón, persistía ese miedo ferviente de que lo obligaran a casarse con alguien de un reino lejano. El estatus era importante y, cuanto más azul fuera la sangre, más bendecido se consideraba el matrimonio.

Oír a Hyunjin darle esa seguridad era un alivio inmenso comparado con lo que su padre omega siempre le decía, el recordatorio constante de que dejaría de pertenecerse a sí mismo para pertenecer a alguien que tomaría todas sus decisiones, y que debería aceptarlo con alegría.

Hyunjin le brindó un consuelo que no sabía que necesitaba. El alfa limpió las lágrimas antes de que cayeran y plantó un beso en su frente.

—Ven, es tarde. Durmamos —ordenó, abriendo los brazos en su dirección.

Jeongin dudó un segundo antes de dejarse envolver por el cálido y fuerte cuerpo de su hermano. Hyunjin lo atrajo hacia sí hasta esconder la nariz en su cuello, envolviendo sus hombros y su cintura, haciéndolo sentir pequeño contra él.

Jeongin suspiró, somnoliento y repentinamente abrumado. Hyunjin olía demasiado bien.