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Secretos en los Montes Urales

Summary:

El mundo cambia de repente para Izuku Midoriya, mientras su esposa sale a visitar a su familia, en un duro invierno que se adelantó, trayendo con sigo más que vientos helados.

Los secretos nunca están ocultos para siempre.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Este invierno se presentó semanas antes de lo usual trayendo consigo el inclemente frío y vientos veloces en los Montes Urales. Esto no representa un gran problema para Izuku Midoriya, quien, como cada año, ha preparado una gran reserva de carnes de alces y ciervos; bayas y conservas para sobrevivir a la época más dura de su región, con antelación. Hace dos inviernos que ha tenido la responsabilidad de abastecer el hogar del que se ha convertido en el proveedor desde que se casó con Uraraka Ochako, ahora, Midoriya Ochako.
La vida es sencilla a su lado. Tienen un rebaño considerable de ovejas que cuidan y del que obtienen lana con la que elaboran ropajes que llevan a vender a la aldea. A veces la intercambian por productos lácteos, madera o hasta joyas, como el anillo con el que le pidió matrimonio a la beta más bonita de su comunidad.
Él sabe que debe estar agradecido, sus mañanas son cálidas cuando despierta en su cama, hecha con lana y pieles de zorros árticos, suaves y bonitas; con su bella esposa pelicastaña en sus brazos… realmente quiere vivir así, lo sabe.
Aún así, en medio del frío invernal y observando las luces del norte, piensa en lo que tuvo que dejar atrás y la parte de sí mismo que se niega a aceptar.
A pesar de todo siente que es feliz.
Uraraka se ve hermosa cuando la luz del sol que se refleja en la nieve la ilumina mientras lo ayuda en sus labores en el granero. Las sonrisas nunca faltan a su lado, ella lo ve con sus enormes ojos color chocolate y el mundo parece un lugar un poco más bonito. Ella lo apoya en todo, juntos pasan las tardes en su rústico sofá, bebiendo alguna bebida caliente junto a la chimenea que mantiene su cabaña cálida y agradable, ajena al frío y el viento que hace temblar sus ventanas.
Todo parece perfecto, aunque no lo es.

 

El amanecer iluminó habitación, en una mañana fría como las anteriores desde que el invierno hizo su presentación temprana. Sin embargo, Izuku dormía profundamente, sintiéndose más cálido que nunca.
-Buenos días, Izu… ¿Izu? - Las manos suaves y pequeñas de su esposa lo mecieron hasta que abrió los ojos finalmente.
-H-hola, Ochako.
-¿Te sientes bien?- El rostro lleno de preocupación de su esposa le hizo reaccionar completamente.
-¿Sí? – Preocupado inspeccionó su propio estado notando que se sentía excesivamente cálido.
-¿Seguro?
-Claro, dame un momento, te alcanzo en la cocina.
Reticente a dejarlo solo, Ochako asintió levemente con la cabeza antes de levantarse y caminar hacia la cocina para preparar el desayuno.
-Rayos… - Desesperado buscó la medicina que la anciana del pueblo le recetó el invierno pasado. Las hierbas son amargas y difíciles de masticar, pero desde la primera vez que las tuvo que consumir, ahora le resulta más fácil hacerlo.
Unos minutos después, al lado de su esposa, preparó un té de hierbabuena y manzanilla.
-Creo que es un resfriado.
-Sí, te sentías muy cálido, ¿estás seguro de que no tienes fiebre?
-No, no, gracias por preocuparte, pero ya me siento mucho mejor.
-Si tu lo dices… sabes, si estás enfermo puedo posponer mi viaje a la casa de mi madre, no quisiera dejarte solo si te sientes mal.
Su mirada preocupada y el fuerte abrazo que su esposa le dio, le hizo sentir mal. Rápidamente la envolvió en sus brazos también.
-No, no, amor, por favor, no pospongas tu viaje, sabes que tu madre cuenta con tu ayuda para hacer sus conservas para el invierno. Y como éste se adelantó, es más urgente prepararlas. Me siento bien, de veras.
-Está bien, Izu, pero debes prometerme que te cuidarás, si te sientes mal no hagas demasiado. No me gusta dejarte todas las tareas a ti solo…
-Lo sé, lo sé, pero debes ayudar a tu madre, no te preocupes, lo comprendo ¿Sí?
-Sí, gracias.
El tierno roce de sus labios, le hizo inclinarse para besarla. Su esposa es para él, la beta más hermosa de todo el mundo. Es muy afortunado de que Ochako lo haya elegido por sobre todos los alfas y demás betas que querían cortejarla. No es que él haya estado enamorado de ella desde siempre, pero cuando ella le sonrió tan feliz el día que se quedaron solos mientras las luces del norte estaban en todo su esplendor en el festival de invierno, hace tres años, no pudo evitar querer estar a su lado. Solo unos meses después, ella aceptó su propuesta y según las tradiciones de su aldea, al ser beta-beta, el jefe Toshinori los unió en matrimonio; después de una sencilla y linda ceremonia de celebración en primavera, comenzaron su vida juntos en su cabaña alejada del pueblo, como es la costumbre en su pueblo; los recién casados deben vivir al menos 5 años lejos del pueblo, para tener privacidad y poder acostumbrarse a convivir. Aunque según las malas lenguas, es porque “nadie quiere ver o escuchar algo de casualidad, mientras se llenan de cachorros”… cachorros.
Ochako se coloca sus botas de piel antes de despedirse con una tierna sonrisa. Mientras la ve alejarse y perderse en la inmensidad blanca que rodea su casa, piensa de nuevo en porqué aún no tienen ningún cachorro. No es que no los quiera, es que simplemente no han sido bendecidos por la Diosa de la luna. Un extraño escalofrío le recorre la espalda al pensar en eso.
Su esposa nunca lo menciona, tampoco lo presiona, pero él sabe muy bien que en cada visita a su familia es difícil para ella al escuchar las mismas preguntas sobre la ausencia de cachorros después de dos años de matrimonio.

 

Las horas pasan, entre el trabajo usual de dar de comer a su rebaño, limpiar el establo de las ovejas, asegurar la cerca de madera que rodea su terreno, extraer agua del pozo, revisar la bodega de alimentos y sus reservas de leña; no tiene tiempo de pensar de nuevo en la extraña picazón que ha sentido bajo su piel desde que despertó en la mañana.
Es extraño, pero relajante; ocuparse solo y en silencio de todas sus labores. El viento frío le hace doler la piel de las mejillas, pero ya solo debe revisar a su carnero, Mighty, que tiene su propio granero para mantenerlo alejado de las ovejas.
-Hola Mighty- Sonríe al escuchar el balido emocionado de su amigo peludo.
-Yo también estoy contento de verte…
Sin tener con quien más platicar, conversa con su carnero sobre las razones para mantenerlo alejado de las ovejas, las frías noches que se acercan y hasta le confiesa que no está seguro de querer tener cachorros con su esposa, a pesar de quererla mucho.
Cuando anochece, finalmente deja en paz a Mighty con su cuenco lleno de heno seco y su cubeta con agua del pozo.
Toma más té frente a la chimenea, sabe que le mintió a su esposa, no se siente para nada bien, quizás enfrascarse en sus tareas al aire libre en pleno invierno no fue una buena idea. El sudor se acumula en su frente, de nuevo tiene esa extraña sensación bajo su piel. No es algo que no haya experimentado una o dos veces antes, pero esta vez, se siente más profundo, más difícil de superar solo con las hierbas de la anciana Chiyo.
“Tendrás que aceptarlo algún día, Izuku” sus sabias palabras aún resuenan en sus recuerdos. Pero, simplemente no puede hacerlo, nada sería igual si lo admite, aunque sea a sí mismo.
Resignado a una noche de vigilia y dolor, deja tu taza en la mesa y se dirige a su dormitorio. Las cobijas suaves y de un hermoso pelaje blanco son su mayor consuelo, la textura suave le es tan bienvenida que sin dudarlo se enrolla en la más grande y restriega sus mejillas en la almohada de Ochako, lamentando que ella no tenga un aroma específico al ser beta, pero amando de igual forma la fragancia del shampoo de frambuesas silvestres que le gusta hacer para lavar su cabello.

Las horas pasan entre el sueño y la vigilia, destellos de una fiebre desconocida e inesperada y el sabor amargo de las hierbas. Aún no amanece cuando lo escucha, el claro sonido de un frasco de conservas cayendo y haciéndose añicos en su bodega.
Hay un intruso en su hogar.
No lo piensa ni un instante, con dolor o no, debe defender su hogar, agradece a la diosa de la luna que Ochako no esté, porque si no logra alejar al intruso, al menos está seguro de que ella no correrá ningún peligro.
Recuerdos de su esposa preguntando porqué necesitan armas en casa, le hacen casi bufar mientras toma su Shashka, el sable más grande de su colección, de la repisa al lado de la puerta. Sigiloso camina hacia la puerta trasera de su casa, al salir, el viento helado le hace tiritar. Avanza hasta la puerta de su bodega que claramente acaba de ser forzada, abierta de par en par, el amplio espacio interior hace que haya suficiente oscuridad como para no poder ver qué o quién se encuentra en el interior.
Conteniendo su agitado corazón, grita en la entrada:
-¡Sal ahora mismo! ¡Tengo un arma, no dudaré en usarla!
Todo ruido en el interior se detiene. Agudiza su audición, es difícil distinguir algún sonido diferente al rugir del viento que le eriza cada vello de su cuerpo.
-¿Ah sí? Quiero verte intentarlo, maldito imbécil.
Una voz grave y profunda le hace dar un paso hacia atrás, no era un qué, sino quién rayos se ha metido a su bodega. Alzando más la voz y llenándose de valentía, toma una postura de ofensiva y grita:
-¡Te dije que salgas!
Es como un torbellino tan repentino y veloz que apenas tiene tiempo de bloquear el sable que en un experto movimiento se dirige hacia su cuello. El estruendo del metal chocando violentamente contra el metal de su propio sable, hace que todo se detenga a su alrededor, mientras lo ve.
Un alfa rubio, alto y musculoso como el carajo, ojos rojos como la sangre que saldrá si logra darle con ese afilado sable que de nuevo se acerca peligrosamente.
-¡¿Quién eres?!- grita mientras intenta con todas sus fuerzas bloquear los ataques que llegan uno tras otro de parte del alfa que lo mira con esos ojos enloquecidos por la batalla. Una risa descarada sale del hombre que parece disfrutar de su humilde resistencia.
-¿Qué te importa, pequeño omega?- El aroma picante a canela y algo dulce, inunda sus sentidos, el alfa está liberando sus feromonas para dominarlo.
-¡No soy un omega!- Enojado arremete contra el intruso, ha odiado esa palabra desde hace dos malditos años. Sin darse cuenta, un aroma fresco, pero ligeramente agriado sale de su cuerpo, menta y hierbas silvestres.
-Así me gustan, ¡pelea pequeño omega!- El alfa disfruta de tener que defenderse ahora, Izuku enojado blande su sable con fuerza, luchando por alejar al alfa rubio de su bodega. La lucha le hace sudar y debilitarse, una nueva ola de fiebre y malestar le hace sentir las piernas pesadas. El aroma del alfa se endulza aún más.
-Pero qué suerte tengo- Sus narinas se ensanchan al percibir el delicioso aroma a omega en celo. – Eres como una maldita fruta madura, esperando mi mordida, OMEGA.
La voz de alfa, profunda y peligrosa le hace caer de rodillas.
-N-no, no s-soy un omega…
Su pecho se aprieta al sentirse acorralado, el alfa rubio se acerca descaradamente, olisqueando el aire a su alrededor.
- ¿No? Porque a menos que lleves un montón de perfume en tus ropas, tu aroma me invita a acercarme más.
Sus pasos dejan las perfectas marcas de sus botas de piel en la nieve.
- ¡No te acerques! - Desesperado y débil, Izuku deja caer su sable, intentando alejarse del alfa.
Katsuki Bakugo solo quería un lugar cálido para pasar la ventisca que le impidió llegar a la aldea de Musutafu, la siguiente parada en su viaje. No esperaba encontrar una bodega repleta de perfectas conservas y carne seca, solo iba a tomar un poco a cambio de las monedas de oro que pensaba dejar en su lugar, pero sus gruesos guantes le hicieron soltar el tarro que se estrelló en el suelo. Sabía que era muy posible que el dueño llegara al escucharlo, pero no pensaba salir de nuevo a la ventisca. Al menos, ese era el plan hasta que vio el brillo del sable que amenazaba su vida, en sus años de entrenamiento en su aldea, le enseñaron que primero se enfrenta, ya si se puede, se habla después para ver si hay algún mal entendido. Esa era la idea, pero ese delicioso aroma a omega en celo bloqueó todo pensamiento racional de su mente.
Cuando el omega peliverde cayó de rodillas en la nieve y soltó su sable, su cerebro alfa celebró la victoria; guiado por sus instintos desbocados tomó su recompensa y guiado únicamente por su olfato lo llevó en brazos hasta el lugar donde su aroma burbujeaba con mayor abundancia, dentro de la cálida cabaña.
-Pero mira, qué nido tan perfecto- De lo más profundo de su pecho surgió un gruñido satisfecho al ver ese espacio lleno de pieles suaves y cómodas. Supo que sus palabras fueron bien recibidas al oír el pequeño gemido satisfecho del omega en sus brazos.

-Sí, claro que sí, Omega, hiciste un nido perfecto- Con cuidado y menos urgencia depositó suavemente al peliverde en el nido. La tenue luz de una lámpara de aceite en la esquina de la habitación le ayudó a notar el sonrojo perpetuo en las mejillas del omega, sus lindas pecas en cada una y esas grandes pestañas perladas de pequeñas lágrimas que surgían de sus enormes y perdidos ojos verdes.
-Eres muy hermoso… Diablos- En un intento de mantenerse cuerdo, trató de dar un paso atrás, pero una mano llena de cicatrices de trabajo le impidió alejarse.
-A-alfa… p-por favor.
No hubo manera de alejarse, no cuando ese fresco aroma herbal se intensificó endulzándose para demostrar su fertilidad y disposición. Los colmillos picaron dentro de su boca, ansiosos por hundirse en el cuello de su omega.
-Maldición… déjame entrar a tu nido, Omega.
Izuku asintió con emoción, totalmente perdido en el primer celo que su cuerpo le obligó a experimentar. Desde su infancia sus instintos y su ausencia de feromonas le hicieron creer que era un beta más, pero hace dos inviernos que la fiebre y las molestias en cada temporada invernal le hicieron visitar a Chiyo, la vieja curandera de su aldea, creyendo que sería una alergia por el frío o un tipo de resfriado repetitivo, fue pidiendo hierbas para ello. Sin embargo, al notar el tenue aroma que solo se presentó en durante los días de fiebre y las pequeñas pero existentes protuberancias en su cuello, muñecas y muslos, Chiyo le explicó que era un omega recesivo con una extraña presentación tardía.
Nunca le explicó a su esposa que esa era la razón por la que aún no tenían cachorros, no pudo ni aceptarlo él mismo, porque de haberlo sabido, no la hubiera arrastrado a un matrimonio infértil, menos sabiendo lo mucho que ella quería una camada entera. Tanto odió su segundo género, que desde ese día se prometió que no dejaría salir su ridículo omega, ni sufriría de celos innecesarios… solo no sabía cómo explicarle a Ochako que no era su culpa que no quedara en cinta, ella no tiene nada malo en su cuerpo, simplemente es él quien no puede embarazarla.
Su mente racional estaría en completo pánico si tan solo su omega, reprimido por años, no estuviera totalmente en control, completamente decidido a aparearse con el alfa dominante y fértil que tiene enfrente.
Las manos del alfa, despojadas de sus guantes de piel, hábiles desataron cada nudo, haciendo a un lado cada prenda entrometida hasta llegar a su cálida y febril piel que parece palpitar de emoción ante cada toque y caricia.
Su omega ronroneó contento al olfatear el delicioso aroma del alfa inundando cada centímetro de su nido.
El calor corporal de los omegas, diseñado para hacer sentir bien a los alfas, hizo que el rubio uniera sus cuerpos en un apretado abrazo. Katsuki había estado con betas antes, pero nunca con omegas, la simple idea de unirse de por vida, únicamente por instintos le había mantenido alejado de ellos. Sin embargo, la suavidad de sus curvas y esos aromas dulces siempre le habían llamado la atención, aunque nunca como éste, tan fresco y dulce, sin pensarlo hundió la nariz en la curva del cuello pecoso; probándolo en su estado más puro pasó su lengua rasposa de arriba abajo hasta que la glándula liberó esos aceites dulces y llenos de feromonas.
-Ah… alfa…- El omega peliverde pasó sus manos por la amplia espalda del rubio hasta llegar a su cabello, sus caricias hicieron sentir mucho más bienvenidos los avances del alfa.
Todo parece perfecto, su cuerpo cálido acariciado por esas grandes manos, las feromonas mezclándose perfectamente en el aire, cada roce de sus pieles envía una descarga de endorfinas haciéndolo sentir eufórico del contacto tan íntimo.
-Joder, quiero comerte entero, Omega- Katsuki nunca se había sentido tan poseído por la lujuria y al mismo tiempo tan decidido a tratar bien al peliverde con el que estaba completamente enredado en ese perfecto y cálido nido. Un rastro de besos y mordidas cariñosas fueron dejando su huella desde ese cuello hasta la mejilla del omega.
-Abre la boca- Ordenó. Maravillado observó los ojos vidriosos del pecoso y cómo sin negarse, abrió la boca esperando a lo que él quisiera hacer. Sin perder tiempo inició un beso húmedo y profundo, su lengua recorrió cada centímetro de esas suaves mejillas, luchando por el control contra la tímida lengua del omega. Los gemidos ahogados del pecoso le recordaron que había una zona que requería su atención, abajo, entre sus suaves muslos, su polla erecta de un tamaño nada despreciable lucía realmente apetitosa. Sin dejar de besarlo bajó una mano para rodera la erección del pecoso, frotando de arriba debajo de forma experimental.
El cuerpo del omega se estremeció de placer, curioso dejó de besarlo para observar su parte baja, cómo ese lindo miembro se enrojeció por su tacto. Un líquido transparente y brillante comenzó a salir de la entrada del pecoso, el aroma dulce y atrayente le hizo agua la boca. Todo en ese omega le parece perfecto.
La tenue luz de la lámpara hace que todo luzca más seductor en el omega; la suave curva de su vientre y cintura, esos muslos, suaves y redondos, que, aunque demuestran una ligera musculatura, son perfectos.
Como hierro atraído a un imán, bajó hasta la fuente de ese aroma tan maravilloso, un gemido, casi chillido salió de esos lindos labios hinchados por su sesión de besos, cuando su lengua dejó una línea de saliva en la polla del omega. “Dulce” pensó al volver a lamer y succionar el miembro del pecoso. Sin resistencia, metió un primer dedo en esa entrada lubricada por la grasa omega que no deja de salir en cada espasmo de placer que recorre ese cuerpo hecho para follar con él.
-Eres perfecto, mi Omega, déjame saborearte- Su voz, más parecida a gruñidos bajos, hizo estremecer al pecoso.
Izuku nunca había sentido ese tipo de placer, su entrada virgen recibiendo dos o tres dedos del alfa, su polla siendo succionada y saboreada sin clemencia, todo se siente tan correcto.
-¡Alfa!- Un orgasmo le hizo gritar sin inhibición, el techo de su cabaña parecía girar, su mente lívida y por fin tranquila no le dio tiempo de prepararse antes de sentir algo grueso y cálido forzando su entrada.
-¡Ah! A-alfa…- Sus manos se aferraron a las pieles de su nido, fuertemente mientras centímetro a centímetro la polla del rubio entra en su cuerpo.
-Tranquilo, tranquilo… ya casi, joder, mírate, me recibes perfecto, mi Omega- Katsuki se sintió en las nubes, toda su polla enterrada en la entrada cálida y húmeda del peliverde. Las pupilas negras cubrieron la totalidad del verde en los ojos de su omega. Izuku resbaló completamente en sus instintos omegas.
Gruñidos graves salieron del alfa rubio que apretando los dientes comenzó a embestir al pecoso; gemidos y chillidos agudos, muy satisfechos salieron del omega que por primera vez tendría lo que tanto ha anhelado.
Sus cuerpos encontrándose en un fuerte chapoteo los hizo deslizarse completamente en el frenesí de un celo compartido. Sincronizados ambos destilaron feromonas que se complementaron a la perfección, como si hubieran sido creadas para estar juntas, desde siempre y para siempre.
En un momento, Katsuki salió para observar cómo obscenamente salía el lubricante natural de la entrada del pecoso; entusiasmado vio como Izuku se giró para hacer una excelente presentación omega, de rodillas, el trasero en alto y el pecho y los codos pegados a las pieles del nido.
-Perfecto…
El alfa no desperdició ni un solo instante más fuera de su omega, con renovado interés se enfundó en un solo movimiento que los hizo gemir a ambos. Deleitado observa con mucha atención la forma en que las regordetas nalgas pecosas rebotan en sus muslos. Con fuerza toma de ambos lados las caderas de su omega, cada golpe da directo en el punto dulce que hace gemir y gritar al peliverde.
Está tan cerca, sabe que su omega también por la forma en que su interior parece querer exprimir hasta la última gota de su polla; el cuello perlado en sudor del pecoso se ve tan perfecto, perdido en sus instintos, mientras el pecoso grita de placer con un segundo orgasmo más largo que el primero y su polla hace estallar el nudo en su base, sellando su unión, muerde justo sobre la glándula del cuello de su omega.
Izuku gime hasta quedarse sin aliento, todo su cuerpo se afloja mientras los dientes y colmillos del alfa rompen la piel sensible de su glándula de apareamiento, la unión los hace llegar a un estado de resolución. Sus cuerpos bajan de la euforia de sus respectivos orgasmos, llenándose de calma y relajación. Katsuki los guía hasta quedar en posición de cucharita en el nido. Ensimismado lame la marca que acaba de hacer, su alfa resopla satisfecho en su pecho. El omega en sus brazos, su pareja, ronronea suavemente mientras recibe cada carga de su semilla.
La noche los envuelve igual que las pieles que toma para cubrirlos a ambos, la calma la intimidad del abrazo y las feromonas de completa satisfacción y felicidad los rodean hasta que ambos se quedan dormidos.

El celo de Izuku dura dos días más, perdido en sus instintos recibió todos los nudos que su alfa le dio. En medio del frenesí, Katsuki los mantuvo hidratados y alimentados con carne seca y duraznos en dulce que encontró en la bodega donde todo empezó.
La claridad no llega de golpe al tercer día, sino de forma gradual, poco a poco comienza a entender lo que ocurre, ambos en una última ronda, mientras Katsuki siente un nudo llenarse y engancharse en el delicioso y cómodo interior de su omega e Izuku resopla totalmente satisfecho por estar lleno de nuevo por su alfa; es en ese instante en que ambos reconocen lo que ocurrió y ha ocurrido en los últimos tres días.
-He… me llamo Katsuki Bakugo- Fue lo primero y único que pudo decir al ver esos ojos verdes totalmente claros y con las pupilas de tamaño normal, dejando ver la hermosa tonalidad esmeralda en su omega.
-E-estoy casado…- Bueno, eso quizás no fue lo más inteligente que Izuku pudo decir teniendo al alfa que lo marcó y que se encuentra enterrado hasta el fondo en su trasero.
El aroma dulce y picante de Bakugo se agrió totalmente.
-¡¿Qué mierda?! ¡Llevas mi marca, por supuesto que estás casado, CONMIGO!- Su alfa le hizo gruñir totalmente territorial y dominante. Izuku se estremeció mostrando su cuello mostrando total sumisión a su alfa.
-L-lo sé, sé que esto no es r-reversible, pero…
-Por supuesto que no es reversible, eres mío, así como yo soy tuyo.
El omega satisfecho dentro del pecoso le hizo emitir un chillido feliz al escuchar la declaración de su alfa.
-Sí, p-pero, yo… se suponía que era un beta, m-me casé con Ochako, ella es una beta también… n-no… sé qué hacer.
Saliendo de su estado instintivo y territorial el rubio reflexionó un instante, no había notado los detalles que ahora hacían notar que en la cabaña habita una pareja y no solo un omega peliverde y pecoso solitario.
-Maldita sea, no sé qué harás, pero esto- Señaló a la marca del pecoso. -De verdad no es reversible y por si no lo has notado – Señaló a su nudo aún dentro del pecoso. -Estamos unidos, eres mi omega y yo soy tu alfa, sabes que nuestra unión es superior a cualquier contrato entre betas, algo que también pierde validez porque tú, obviamente no eres un beta.
Izuku lo observó en silencio, cada palabra que escuchó tenía sentido, le parecía totalmente correcto, sin embargo, pensó en su esposa, Ochako, con quien ha vivido momentos muy lindos e íntimos y de compañerismo durante los últimos dos años de su vida… aunque siempre sintió que no estaba completamente satisfecho como ahora; es vergonzoso pero, al tener un nudo enterrado en su entrada y sentir como su marca palpita con calidez en su cuello, todo parece al fin estar en orden.
-Rayos, mejor dime cómo te llamas, me gusta decirte omega, pero sería mejor saber tu nombre ¿No?
La espontaneidad del rubio le hizo sonreír tímidamente.
-Izuku, Izuku Midoriya.
-Bakugo.
-¿Cómo?
-Izuku Bakugo, ese es tu nombre ahora.
La sonrisa satisfecha y descarada en el rostro del alfa le hizo sonrojarse completamente.
-Sí… supongo.
-¡Jah! Acostúmbrate pequeño omega, ahora eres todo mío.
El rubio capturó en sus brazos a su omega, llenándole el rostro de besos y lamidas juguetonas que lo hicieron chillar y reírse feliz.
Quizás si le explica todo con calma, Ochako lo entienda ¿No?

 

No, completamente NO.
Cuando Ochako llegó dos días después, preocupada por retrasarse gracias a la serie de ventiscas que hubo en los últimos días y encontró a su esposo en los brazos de un rubio robusto y alto, en una íntima platica frente a la chimenea, perdió el control.
Izuku nunca pensó que su esposa daría miedo, armada únicamente con una escoba. Verla sacar a escobazos a un alfa de casi un metro noventa de estatura, habría sido divertido si no estuviera ahora su rabia dirigida a su persona.
-¡Izuku Midoriya, tienes exactamente un minuto para explicarme que mierda es lo que acabo de ver!
-Bueno, yo…
-¡Habla!
-¡Sí!- Firme ante su esposa, la dulce beta que siempre le trató con cariño y respeto, que ahora lo veía como una vil cucaracha que debía ser apaleada hasta morir, comenzó a explicarse atropelladamente.
-¿Recuerdas mi malestar y la fiebre del otro día? Bueno, resulta que no era un resfriado, más bien fue un celo de omega, ¿puedes creerlo? Resulta que no soy un beta como siempre creí, si no un omega recesivo y…
La cara de completa sorpresa en el rostro de Ochako le hizo saber que ella esperaba cualquier cosa o excusa, pero no esa realidad en la que el hombre con el que se casó, supuestamente un beta como ella, realmente era un omega masculino que no podía embarazarla sino que podía resultar embarazado.
Lentamente dejó caer la escoba en sus manos. Izuku corrió a sostenerla cuando sus piernas cedieron, con calma la llevó hasta el sillón donde antes había estado con Katsuki, quien supuso les estaba dando tiempo para hablar.
-¿E-eres un omega?
-Sí.
-¿Lo acabas de descubrir?
Resignado le dio una mirada contemplativa, sin más remedio tuvo que decirle toda la verdad.
-No… Chiyo me lo dijo hace dos años, pero no… no quería aceptarlo, porque hacerlo significaba que debía dejarte ir, no puedo darte lo que quieres Ochako. L-lo siento.
El llanto lo invadió, un llanto feo que demostraba lo mucho que había pesado ese secreto. Sin embargo, Uraraka también sabía que había ignorado todas las señales. Las pieles excesivas en su habitación, siempre había pensado que parecían ser un nido omega, el olor dulce que a veces sentía emanar de Izuku, la extraña fiebre y malestares que parecían volver a ritmos constantes precisos en cada invierno… la falta de intensidad en la cama que sus amigas cuentan que sus esposos tienen, pero con Izuku todo era siempre muy tierno y suave… Omega, su esposo es y siempre ha sido un omega…
-¿Ochako?- Preocupado observó como la pelicastaña observaba a la nada por unos minutos, hasta que dirigió su mirada hasta el cuello de su esposo.
-¿Q-qué es eso… Izuku, qué tienes en el cuello?- Señaló mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. El peliverde instintivamente llevó su mano hasta su cuello, cubriendo protectoramente el vínculo con su alfa.
-E-es… mi marca, Ochako, lo siento mucho, yo… no fue planeado.
-Ese rubio… él ¿te marcó?- Preguntó sintiendo una mezcla de preocupación y rabia.
-Sí, él es mi alfa ahora.- Nervioso jugó con sus dedos sobre su regazo. No estaba seguro de poder verla a los ojos, así que bajó su mirada.
-¿Te obligó?
-¿Qué? ¡No! Digo, estaba en celo, pero… yo lo permití, yo ocasioné su celo, nos perdimos en él y… ahora estamos unidos de por vida. En serio, lo siento, Ochako.
Verlo llorar, tapando protectoramente su marca, mientras escuchaba claramente los pasos de un lado al otro, fuera, frente a su puerta, donde claramente el rubio esperaba ansioso pero respetando la conversación que tenían dentro, le hizo entender que en esa maldita ecuación ya no tenía cabida.
-Me lo hubieras dicho, Izuku… no soy tan egoísta como para no permitirte ser libre, pero esto, me lastimó y mucho.
-¡Lo siento mucho!
Izuku se lanzó a abrazarla mientras ambos lloraban libremente. Ochako sabe que por mucho que ame a su tonto esposo, él tiene una marca permanente que lo une a un alfa, la unión que está por encima de cualquier unión beta o ceremonia de su aldea. Según los mandatos de la Diosa de la luna, las uniones alfa y omega son sagradas e irrompibles.
Ya perdió a Izuku y no tiene manera de pelear para recuperarlo. Tampoco siente que quiera hacerlo. Sería injusto reclamarle el porqué no la respetó como su pareja o porqué no honró su matrimonio, cuando en un celo, ningún omega se puede controlar ante un alfa y más si son muy compatibles o destinados.
-¿Qué haremos ahora, Izuku? – El peliverde la soltó alejándose lentamente.
-N-no sé. Yo aún no he hablado con Katsuki, porque estaba esperando a hablar contigo primero.- Casi quiso reír, si tan solo no fuera tan doloroso perder a su esposo así.
-Sabes que no tiene sentido intentar mantenernos juntos ¿Verdad?
-Lo sé.
Ambos se observaron en silencio, cada uno pensando en lo que deben hacer.
-Me iré- Respondieron ambos. Izuku se sorprendió de escuchar a Ochako, había pensado en que cómo fue el quien falló en su matrimonio, él tendría que irse, no ella.
-¿Por qué?- Le preguntó. La pelicastaña suspiró pesadamente.
-Porque no quiero vivir en donde te perdí, tampoco soportaría recordarte a diario Izuku, no es que no te quiera, pero… no puedo.
-Pero, esta es tu casa también, lo correcto sería que yo me fuera.
-Sí, pero ya te dije, no quiero estar acá. Regresaré a casa con mis padres. Tú- Dijo enterrando su dedo índice en el pecho del pecoso. -Tendrás que explicar esto al jefe Toshinori, él decidirá si puedes seguir viviendo acá o si te tendrás que marchar con… tu alfa.
“Mi alfa” pensó rápidamente, que escucharlo de su boca, en lugar de hacerlo sentir mal, le hizo feliz.
-E-está bien, lo haré… Gracias Ochako y, lo siento mucho, de veras.
-Ya no lo digas, por favor. Solo, vete unas horas con el rubio, necesito empacar, descansar un poco… en un lugar que no sea tu nido, supongo.- Izuku sonrojado asintió en silencio.- Me iré por la tarde.
Izuku lloró dándole un último abrazo. Uraraka lloró también, pero decidida se soltó de sus brazos y se alejó para hacer sus maletas. Un pecoso con los ojos hinchados abrió la puerta al rubio que temblaba de frío afuera.
-Al fin, joder se me congeló el trasero acá afuera.
Izuku sonrió débilmente dejándolo entrar.
-Ya hablamos…
-¿Sí? ¿Le dijiste que te rellené como pavo de navidad y que posiblemente tendrás una camada entera mía?
-¡Kacchan!

 

Musutafu es una aldea unida, donde todos se apoyan mutuamente, pero también, como todo pueblo pequeño, todos saben los secretos de todos.
Así que, no fue algo inesperado cuando dos semanas después de su celo, cuando finalmente su vínculo con Katsuki se asentó, al llegar a la aldea, todos lo veían con intriga y susurraban a sus espaldas.
-Mierda, solo dime que los calle y lo haré.
-Basta, Kacchan, es… lo normal, supongo. Hace quince días que Ochako regresó a la casa de sus padres, todos lo saben ya.
-Sí, pero eso no les da el derecho de vernos como que fuéramos estrellas de circo. Míralos- Señaló a una pareja que se sonrojó al ser atrapados señalándolos primero. – Ni siquiera lo disimulan.
-Vamos, ya casi llegamos.
-Bien.
Unas cuantas casas más y pronto llegaron a la casa del jefe. Izuku estaba nervioso, hace dos años había ido a pedirle permiso para casarse con Ochako y hoy va de la mano del alfa que lo marcó, presentándose como un omega.
Katsuki liberó feromonas tranquilizantes y tomó fuerte su mano. Es un alfa fuerte, por lo que está seguro de poder defender a su pareja de cualquier alfa. Sin esperar más, Izuku se tragó sus temores y nervios y tocó la puerta con firmeza. Unos pasos se escucharon del otro lado justo antes de que Toshori abriera la puerta.
-¡Joven Midoriya! Y…
-Katsuki Bakugo.- El rubio extendió la mano para estrechar la del alfa mayor, con total confianza. Izuku observó boquiabierta cómo ambos alfas se saludaron cortezmente.
-Pasen, pasen.
Cuando los tres se sentaron en los sofás rústicos en la sala del jefe, Toshinori comenzó la incómoda charla.
-Sabes, no creí que la unión que oficié hace dos años terminaría tan pronto.- Izuku asintió con la cabeza, acercándose un poco más a su alfa en búsqueda de consuelo.
-Lo siento.
-No, no es conmigo que debes disculparte, la familia Uraraka está molesta, incluso pidieron tu expulsión por engañar a Ochako.
-Ella también lo…
-No, ella no está de acuerdo con la solicitud de sus padres.
Un peso cayó de sus hombros, sabe que le hizo mucho daño, pero la idea de que su ahora “Exesposa” pidiera también el exilio para él, sería demasiado dolorosa. Katsuki apretó su mano discretamente, en silencio observando el intercambio entre su omega y el jefe de su aldea.
-Sin embargo, accedieron a que después de una disculpa formal para limpiar el honor de su hija, quedes libre de vivir en donde quieras. Yo estuve de acuerdo, Izuku, hijo, eres parte de nuestra aldea. Además, Chiyo no debió guardar tu secreto, sabe que debió decirme, todo se habría manejado de otra forma.
Katsuki sintió la mirada del jefe sobre él, pero no estaba dispuesto a arrepentirse o avergonzarse de la forma en que encontró a Izuku, desde el momento en que su aroma lo hizo sentir abrigado y atraído, su alfa decidió que sería su pareja, y ya consciente, al convivir con él, sabe que no podrá vivir sin él. Además, es un orgulloso guerrero de su aldea.
-Di lo que tengas que decir, anciano.
Izuku sintió el corazón en la garganta al escuchar la voz molesta de su alfa, sin embargo, la risa fuerte y estridente de Toshinori lo sorprendió.
-Vaya, me gustan tus agallas, alfa forastero. Bien, quiero saber qué quieres de nuestro Izuku, si bien ha vivido como un beta, hoy es uno de nuestros valiosos omegas, así que debo asegurarme de que esté en buenas manos.
-No hay nada de qué preocuparse, soy el alfa más fuerte de mi aldea, soy más que capaz de protegerlo a él y a nuestros cachorros.
-¡¿Cachorros?!- Tanto Toshinori como Izuku respondieron alarmados. El rubio observó con diversión el rostro sorprendido de su omega.
-Dios, Zuzu, ¿sabes siquiera cuántos nudos te hice durante tu celo? Además, tu aroma lleva varios días destilando una dulce fragancia a miel y leche. Creí que ya lo sabías.
Toshinori miró a otro lado, ignorando la primera parte de la declaración del joven alfa; tosiendo discretamente en su mano para disimular la risa que le provocó lo hilarante de la imagen que tenía enfrente.
Izuku llevó sus manos hasta su vientre, con la boca abriéndose y cerrándose como un pez fuera del agua.
-Bien, creo que Chiyo podrá revisarte y darte una confirmación, joven Midoriya.
-Bakugo, ahora lleva mi apellido.- La sonrisa petulante en el rostro del alfa rubio, le hizo saber que no había manera de cambiar nada en su declaración.
-Correcto, Bakugo… ¿eres de la aldea Bakugo del norte?
-Sí, mi madre es la actual jefa, Mitsuki Bakugo.- Izuku dejó de ver su vientre para observar a su alfa, ese nombre se le hacía conocido, quizás hace años, lo escuchó de su difunta madre.
-Comprendo, joven Bakugo. Dime, ¿han decidido si vivirán en Musutafu o te llevarás a Izuku a tu aldea?- Resignado Toshinori, esperó por la respuesta, ya que, según las leyes de la Diosa de la luna no puede separar a una pareja alfa-omega, y si el joven alfa decide que lo llevará a su aldea, no tiene más remedio que darles su bendición.
-No, aún no. Además, en su estado no es seguro el viaje para Zuku, son al menos cuatro semanas de camino y no arriesgaré a mi familia.
El alfa mayor asintió con la cabeza solemnemente, satisfecho con la determinación del rubio.
-Perfecto, entonces, solo me queda darles mi bendición. Izuku, ve con Chiyo y ya sabes qué hacer con la familia Uraraka.
-Sí, gracias jefe Toshinori.
Después de una despedida y un fuerte abrazo de parte del alfa mayor, la pareja salió y recorrió las calles nevadas de la aldea. Izuku tomó de la mano a su alfa para enseñarle el camino hacia la casa de la anciana curandera.
-Ella es la mejor, sabes, asistió el parto de mi madre.- El rubio escuchaba atentamente el parloteo de su omega, igual que el primer día en el que después de superar el celo juntos, por fin pudieron conocerse como personas y no solo como alfa y omega. La aldea de Musutafu no es muy diferente de la suya, lo único es que según le ha contado su pecoso es que son extremadamente pacíficos y que desde siempre los alfas son los que cazan, mientras betas y omegas se dedican a las demás labores.
“No estaría tan mal” piensa mientras el omega toca la puerta de la curandera y la saluda. Podría vivir en ese lugar, sin sangre y ataques a otras aldeas, disfrutar de la vida sencilla al lado de su omega y sus cachorros.
-Sí, estás en cinta, Izuku, aún no te puedo asegurar si solo es uno o varios cachorros. Ven a visitarme en cada luna llena, al menos en unas cuatro o cinco lunas podremos saber cuántos son.

Los Montes Urales nunca han sido un lugar donde la vida sea tan fácil, el clima inclemente y la topografía hacen que cada aldeano deba saber lo necesario para sobrevivir. Por ello. el trabajo duro siempre es parte de sus rutinas diarias. Para Izuku siempre fue limpiar, alimentar a sus animales, prepararse para los duros inviernos y trabajar para tener las telas y ropas listas para la venta en primavera y verano; incluso cuando vivía con su madre, antes de casarse y de que ella falleciera, esas han sido sus labores.
Así que nunca creyó que tendría días en los que podría descansar unas horas demás en su nido cada mañana, comer deliciosa comida preparada por su pareja sin tener que mover un dedo ni tener la dicha de que su rebaño siga estando bien cuidado sin tener que esforzarse.
Todo es algo totalmente nuevo para él.
Ver a Katsuki realizar todas sus labores con una sonrisa de absoluta suficiencia en su rostro, le hace sentir el omega más mimado de Musutafu y eso aún le parece irreal.
No puede negar que saber que tendrán gemelos es una razón válida para descansar demás cada día, pero las horas libres le dejan espacio para pensar en todo lo que surgió de su tonta decisión de guardar en secreto que es un omega:
Ochako nunca volvió a ser su confidente o amiga, sus palabras fueron certeras y totalmente válidas; “Lo que se ha roto no puede simplemente pegarse y hacer de cuenta que no se dañó. No puedo verte feliz con él y los cachorros que soñé tener contigo…” no pudo debatir nada, mucho menos exigirle seguir en su vida, ni siquiera como un conocido.
Esa noche en que se presentó a emitir una disculpa formal y pública a la familia de su exesposa fue una de las más difíciles de su vida.
Los insultos y reclamos de sus ex suegros, el golpe que casi llegó a su mejilla, pero que su alfa más que enojado detuvo, los gritos y el llanto que culminaron con esa última charla con Ochako.
Toda la aldea viéndolo de mala manera y juzgándolo por mentir y engañar a la pobre beta pelicastaña, para luego ir y entregarse a un alfa forastero. Fueron meses complicados, sobre todo cuando, sumándose a su tormentosa vida, llegaron las náuseas matutinas y los calambres en su vientre, que Chiyo explicó que eran totalmente normales en ese primer trimestre de embarazo.
No habría podido superarlo si Katsuki no hubiera estado a su lado, plantando cara a cada momento amargo, asegurándose después de tenerlo bien mimado y cuidado en su nido, rodeado de sus feromonas perfectamente combinadas. Un aroma protector y lleno de amor que aleja cada molestia y que adora sentir cada mañana al despertar enredado con su esposo.
Ahora, mientras sus bebés patean y se mueven, protegidos en su vientre cada vez más prominente, viendo a través de la ventana a su alfa correr tras su travieso carnero, Mighty; siente que al fin todo se ha calmado.
El invierno sigue siendo difícil, trayendo consigo vientos feroces y metros de nieve que se deben apalear para descubrir los caminos y senderos de su terreno. El agua sigue siendo complicada de extraer del pozo, cuando éste se congela. Sus ovejas requieren mucho alimento y cuidados para no perecer ante el inclemente clima. Sin embargo, Katsuki ha asumido todo sin quejarse, incluso puede decir que lo hace parecer sencillo. Así que sí, todo es mejor ahora.
Incluso, por lo últimos chismes que se dicen en el pueblo, Ochako está siendo cortejada por una alfa rubia que llegó hace tan solo dos meses a Musutafu. Irónico, pero le alegra saber que ella puede darse otra oportunidad de amar y ser amada.
-¡Zuzu, mira!- La voz de su esposo le hizo salir a ver desde la puerta. Katsuki sonríe victorioso, al fin capturó y enlazó a su carnero, quien sin más remedio lo sigue obedientemente hacia su granero.
-¡Qué bien, Kacchan! ¡Mighty, pórtate bien por favor!- Un resoplido satisfecho y un balido se escucharon al mismo tiempo haciéndolo reír al ver al rubio y su carnero viéndose fijamente.
Los tonos rojizos del cielo anuncian que la noche se acerca. Dando por terminado su día, Katsuki ingresó a la cabaña para atizar el fuego y calentarse junto a la chimenea.
-Ven, Kacchan, siente- El omega lo llamó desde el sillón, curioso el rubio se acercó, Izuku tomó su mano y la colocó sobre su propio vientre.
-Los bebés están felices de tenerte en casa.
En sus veintidós años de vida, Katsuki nunca creyó que admitiría que su vida es perfecta, estando en su cabaña cálida, sentado al lado de su amado esposo y tocando su vientre abultado donde sus dos pequeños inquietos patean a su madre suavemente.
-Serán unos mocosos muy inquietos.
-¡Kacchan! No les digas mocosos, serán nuestros lindos cachorritos.
-Solo si se parecen a ti, Zuzu.
Los besos suaves y caricias hacen que el frío del invierno, que ya casi se termina, se quede fuera. Ajenos al aullar del viento y las luces del norte que hacen brillar el cielo, se deslizan en su nido, donde Katsuki satisfecho acaricia a su omega. Besos y roces suaves hacen que todo sea más íntimo, lejos de aquel frenesí que los hizo unirse durante el primer celo que compartieron.
-Te amo, Izuku.- Las palabras salieron tan fácilmente de sus labios, viendo a su omega con sus suaves rizos esmeralda desperdigados como un halo alrededor de su bello rostro. Hipnotizado por el dulce y maternal aroma de sus feromonas.
-Y-yo, también te amo Kacchan.- Los labios de su lindo esposo le hacen cerrar los ojos y entregarse totalmente a amarlo.
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Sí, Katsuki Bakugo también tiene secretos, pero puede asegurar dos cosas:
Uno, es el alfa más afortunado y ama sinceramente a Izuku; vaya que terminar con un hogar y un omega tan hermoso a su lado, esperando a sus pequeños cachorros, fue un premio maravilloso que no esperó obtener cuando decidió hacer su repentino escape de su aldea. Quizás nunca le diga a su esposo que él es el próximo jefe de su pueblo, pero que a pesar de su carácter, nunca lo deseó por las batallas sin fin que enfrentaría toda su vida y que por ello salió en ese viaje que lo alejó tres años de su pueblo; lo considera un secreto que no le hace daño a nadie, después de todo, solo irá para presentar a su familia ante sus padres, en dos o tres años, si surge la oportunidad, claro.
Dos, tiene un secreto que quizás sí debe decirle a su esposo, pues su loca hermana, Toga Bakugo, quien supuestamente fue enviada por sus padres para traerlo de regreso a su aldea, es la alfa que todos los días intenta ganarse el corazón de su ex esposa, loco ¿no? Pero bueno, ya habrá tiempo para confesarlo. Por ahora, que su esposo feliz reciba todas sus caricias y suaves embestidas es todo lo que le importa.
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Unos meses después, durante la primavera, la cabaña de los Bakugo se llenó del suave aroma a cachorros, el llanto sincronizado de sus dos bebés y la alegría de ser una familia.
FIN

Notes:

Este humilde trabajo es mi regalo de navidad atrasado, espero que el 2026 sea un gran año para todos.