Work Text:
Podía haber sido un día como cualquier otro.
Los líderes de la Primera y la Tercera División estaban reunidos en el cuartel general de Ariake. Una reunión más para planificar estrategias, coordinar formaciones y evaluar la amenaza kaiju desde todos los frentes.
El reloj avanzaba con lentitud. El sol ya comenzaba a inclinarse hacia el oeste, bañando los ventanales del cuartel con tonos dorados.
Narumi Gen se encontraba sentado en uno de los lados de la mesa de la sala general de reuniones, tamborileaba los dedos contra la mesa mientras Hoshina, quien era su única compañía, repasaba el último informe con su acostumbrada concentración fría.
Desde hace varias semanas que no se veían, e incluso podía jurar que Hoshina estaba evitándolo a propósito, pero aún así, Narumi fingía no notarlo.
—Parece que no habrá kaijus esta noche. —comentó Narumi, rompiendo el silencio con voz despreocupada.
—Una bendición rara. —respondió Hoshina, sin levantar la vista.
Narumi lo miró de reojo. Había algo distinto en su voz. No era solo cansancio. Era… evasión. Nerviosismo oculto bajo capas de estoicismo.
—¿Todo bien, Soushiro?
Hoshina cerró la carpeta con un leve suspiro. Alzó la mirada solo por un segundo y dibujó una sonrisa que Narumi no creyó del todo.
—Estoy bien. Voy a descansar un rato.
—¿A tu habitación?
—No exactamente, pasaré primero a la cafetería por algo de beber. —dijo sin más, dando la vuelta por el pasillo izquierdo.
Narumi lo siguió con la mirada.
Sabía perfectamente a dónde iría después.
Le tomó un minuto exactamente para levantarse y dirigirse hacia su habitación, y aunque su corazón se agitó por la esperanza, una punzada de intuición le susurró que algo estaba mal.
Muy mal.
Hoshina se tomó bastante tiempo en la cafetería, bebiendo con despacio el café con leche que pidió, no atreviéndose a llegar a la habitación de su rival/amante y encararlo. Pero sabía que no podía hacerlo esperar más tiempo, por más que lo haya querido.
Avanzó por los corredores con paso contenido. La tensión en su pecho era como una cuerda demasiado tirante, al borde de romperse. Cada paso que daba hacia esa habitación le pesaba como si estuviera caminando contra el tiempo.
No deberías estar ahí. No hoy. Pero si no lo hacía ahora, no lo diría nunca.
Cuando apoyó la mano en el pomo de la puerta, sintió que el corazón le latía en la garganta. Apenas la empujó, una mano grande lo tomó con fuerza por el antebrazo y lo jaló hacia adentro.
La puerta se cerró de golpe a sus espaldas.
Tampoco pudo decir algo emitir o sonido alguno cuando los fuertes y poderosos brazos de Narumi lo rodearon por la cintura con sus labios sobre los suyos besándolo hasta dejarlo sin aliento.
Narumi lo envolvió en un abrazo urgente, desesperado, su cabeza rebotó ligeramente contra la puerta al cerrarse tras ellos causando que Hoshina soltara un quejido, que Narumi aprovechó para intensificar el beso introduciendo su lengua en su boca, besándolo como si hubieran pasado años desde la última vez. Como si el mundo se acabara esa noche y él solo quisiera grabarlo en su piel una vez más.
Hoshina tropezó hacia atrás y su espalda golpeó contra la madera con un leve quejido. Narumi aprovechó el momento para profundizar el beso, su lengua invadiendo su boca, su cuerpo arrastrándolo y empujándolo contra el sofá sin darle espacio a pensar al acomodarse sobre él.
—Por fin te tengo. —murmuró entre besos tomando entre sus manos su poderosa cintura.
—Hola a ti también. —respondió Hoshina mordiendo su labio inferior.
Narumi respondió con un fuerte gruñido concentrándose más en quitarles la ropa con demasiada fuerza al punto de casi romperla. Hoshina no pudo evitar arquear la espalda cuando Narumi rompió con fuerza su preciada camiseta, iba a reclamarle, pero al sentir su boca sobre su pecho comenzando a succionar su piel, todo pensamiento se esfumó.
Recordó el motivo del por qué estaba ahí.
—Gen… — lo llamó con voz baja, casi débil tratando de recuperar el control, siendo ignorado por completo.
—Todas estas semanas sin verte hicieron que te extrañara. —respondió él, sin frenar mientras llevaba sus manos hacia su ropa interior.
—Espera —volvió a intentar colocando sus manos sobre su pecho—. Espera, Gen. Necesito decirte algo.
—La charla va para después. —ignoró Narumi volviendo a unir sus labios.
Hoshina quiso ignorar cómo su cuerpo respondía a su toque, soltando un fuerte suspiro hizo a un lado la cabeza para que Narumi comenzara a besar su cuello. No pudo evitar llevar sus dedos a su cabello acomodando mejor al hombre sobre él entre sus piernas.
—Gen, enserio, distensión. —Hoshina empujó su pecho con suavidad, pero con firmeza.
Narumi, enceguecido por el deseo, lo ignoró, volviendo a tomar sus labios. Pero Hoshina ya no podía continuar con eso. No esta vez.
Al darse cuenta de que el contrario no tenía planos de detenerse, tomó entre sus fuertes piernas su cintura dándoles la vuelta consiguiendo quedar encima de Narumi a horcajadas sobre su regazo.
—Para, tengo que decirte algo importante. —pidió esta vez con la respiración acelerada y ambas manos sobre sus hombros para impedirle cualquier movimiento.
Narumi parpadeó, confundida. La excitación dio paso a la preocupación.
— ¿Qué pasa? —Narumi se enderezó sentándose aún con Hoshina sobre él al darse cuenta de su mirada seria.
Había estado tan emocionado de por fin tener a Hoshina todo para él que ignoró por completo las pedidas para que se detuviera.
—¿Estás bien? —cuestionó con un brazo rodeando su cintura y el otro con su mano tomando su mejilla—¿Te duele algo? ¿Te lastimé?
—Para nada, es otra cosa —Hoshina trataba de evitar su mirada, pero la mano de Narumi en su mentón se lo impedía, no teniendo otra opción que mirarlo fijamente a los ojos—. Tengo que decirte algo importante.
—Eso ya lo dijiste.
Hubo unos cuantos segundos de silencio hasta que por fin Hoshina pudo responder.
—Es solo que no sé cómo te lo vas a tomar. —mordió su labio inferior frunciendo el ceño para que su valentía no saliera por la ventana.
—¿Es bueno o malo? Porque debo confesarte que me estás poniendo nervioso con esa actitud tan rara que tien…
—Me voy a casar.
Listo. Lo dijo.
La sonrisa de Narumi se desvaneció por completo tras escucharlo, como si alguien hubiera apagado la luz desde dentro.
Hoshina sintió una punzada en el pecho al sentir cómo nuestros brazos lo soltaban con una lentitud casi dolorosa.
—¿Qué fue lo que dijiste?
—Por favor, no me hagas repetirlo…
—Dilo.
El fuerte tono que nos para pedírselo junto a su seria mirada que se iba oscureciendo poco a poco provocó que Hoshina, por primera vez en su vida, comenzara a sentirse nerviosa.
—Voy a casarme. —soltó una vez más bajando su mirada tras varios segundos de silencio.
Se desequilibró al sentir como Narumi lo levantaba de su regazo colocándose de pie para darle la espalda, cerrando los puños.
—¿Gen…? —Hoshina tragó saliva. Dudó. Una, dos, tres veces
—No digas nada. Solo responde… ¿en qué momento pasó?
—Mi padre, él… quiere hacer una alianza en el negocio familiar, hizo un trato con un tipo y me comprometió con su hija.
—¿Para cuándo?
—Tres semanas.
El silencio que siguió fue el más largo de su vida.
—¿Desde hace cuando que lo planearon?
Hoshina volvió a dudar en contestar, pero la tensión en el cuerpo de Narumi le exigía respuestas.
—Hace poco más de un mes. —tras esa confesión, lo siguiente que pasó, lo desequilibró por completo.
—Vete. —dijo Narumi al fin, abriendo la puerta.
—¿Qué?
—Quiero que te vayas —respondió fríamente—. No quiero verte ahora.
—¿Me estás echando?
—Estoy protegiéndome. No tengo la fuerza para verte y fingir que está bien.
—¿Es serio? No puedes hacerme esto, Gen…
-No. Tú no puedes hacerme esto, Soushiro —le interrumpió de forma pesada— ¿Qué creíste que iba a pasar en cuanto me lo dijeras? ¿Querías que saltara de la emoción? ¿Qué me alegrara por ti?
—No, pero…
—¿Entonces qué querías?
-¡Nariz! Yo solo… —tragó saliva— no podía seguir ocultándolo.
—Y pensaste que venir a acostarte conmigo antes de decirlo lo haría más fácil?
—¡No es así!
—¿Entonces cómo es?
—¡No lo sé! —explotó—. Yo... yo...
—Si no lo sabes entonces es mejor que te vayas, Soushiro. Habla en serio.
—Y qué, aquí terminaría todo? Sabes, si tan solo me pidieras que fuéramos oficialmente algo en lugar de solo ser una pareja sexual, tal vez esto no hubiera pasado.
—Es mi culpa entonces.
—No, es solo que…
Narumi lo miró. Su mirada era contenido fuego.
—Eres un idiota si en todo este tiempo no te diste cuenta de lo que realmente sentía.
—¿Qué? —Hoshina se quedó sin palabras— Gen…
—Vete ya, Soushito. Última vez que lo digo.
—Gen…
Miradas quebradas.
Una última mirada, un último suspiro, había tanto que decir… y sin embargo, no dijo nada. Hoshina terminó de vestirse colocándose encima de su chaqueta cerrándola para que cubriera su piel desnuda ocultando su camiseta rota en el suelo.
Y se fue.
Esa noche, dos corazones se rompieron sin hacer ruido.
• • •
Pasaron los días como si nada hubiera ocurrido.
Las juntas continuaban, las alertas se encendían y apagaban sin llegar a emergencia, los entrenamientos siguieron con el horario, implacables. Pero para Soushiro Hoshina, todo se había vuelto ligeramente más gris. Y para Narumi Gen, el mundo se tornó mudo, aunque su risa seguía escuchándose por los pasillos cuando era necesario.
No volvieron a coincidir a solas. Al menos, no de forma casual.
Otra ocasión en la que ambas divisiones se juntaron, mientras reunían en el comedor para almorzar, Hoshina evitaba entrar si sabía que Narumi estaba allí. Durante las prácticas de combate, si alguno entraba a observar, el otro se marchaba con disimulo.
Nadie preguntaba nada, pero más de uno notó la nueva distancia. Incluso Kikoru frunció el ceño más de lo casual cuando Narumi rechazó un almuerzo conjunto sin dar explicaciones. Kafka, aunque no decía una palabra, se tensaba cada vez que dejaba su bandeja sin probarla.
Una noche, Hoshina pasó casi una hora entera en la sala de armas, afinando sus cuchillas con una concentración exagerada y una precisión casi obsesiva. No eran los filos lo que necesitaba ajustar. Era su cabeza. Era su corazón.
Afuera llovía, y el agua en los ventanales parecía marcar el ritmo de la cuenta regresiva que lo consumía por dentro. Tenía los auriculares puestos, pero no había música; solo los usaba para no tener que escuchar preguntas.
En el mismo edificio, Narumi recorría el pasillo central con el reporte mensual bajo el brazo, era más para aparecer que por otra cosa.
Pero se detuvo frente a una de las ventanas al ver como la lluvia las empapaba. Apoyó la frente contra el vidrio frío y exhaló largo, sintiendo cómo su reflejo lo observaba con ojos apagados.
Lo había dicho en serio.
Le había dicho que se fuera. Y lo había hecho.
Se pasó una mano por el cabello, empujándolo hacia atrás, cerrando los ojos un instante.
—Tres semanas… —murmuró.
Quedaban solo nueve días. Y aún dolía como si hubiera sido ayer.
Hasegawa lo llamó a su oficina dos veces. La primera, él no fue. La segunda, fue solo para que lo mirara en silencio por casi un minuto entero. Luego, con la voz seca, dijo:
— ¿Tú estás bien? —preguntó sin rodeos, como solo Hasegawa podía hacerlo.
Gen levantó una ceja con ironía.
—Estoy igual que siempre.
-No. Estás funcionando como si fueras igual que siempre. Esto es distinto.
—¿Qué quieres que te diga?
—Nada. Solo… no lo rompas más. —sus palabras fueron suaves pero certeras—. Sea lo que sea, aún puedes decidir cómo termina esta historia.
Él no respondió. Solo bajó la vista al escritorio.
—No quiero que hagas una estupidez, Narumi. —continuó el alcalde al no recibir respuesta.
— ¿Te refieres a intentar hablar con él otra vez?
—Me refiero a dejar que esto te consuma. Nadie va a decirlo en voz alta, pero todos lo vemos.
—Entonces que todos miren a otro lado. —dijo con una sonrisa torcida.
Pero sus ojos no sonreían.
—Te encargo el papeleo del mes. —Fue lo único que atinó a decirle antes de darse cuenta de la vuelta y salir.
Hasegawa suspir, en otras circunstancias, le hubiera reclamado lo irresponsable que era —otra vez— como capitán. Pero se contuvo, no estaba seguro de qué más decirle, de igual forma, ignoraría lo que le dijera no importando qué tan fuerte sea.
• • •
Narumi dormía mal. O no dormía, mejor dicho.
Las noches se le hacían largas y vacías. Bebía más café del habitual, se quedaba solo en su oficina aparentando revisar expedientes viejos cuando en realidad jugaba con su consola en el regazo, finciendo que todo seguía igual.
A veces se reía más fuerte, contaba chistes más pesados, gritaba más en los entrenamientos. Nadie lo decía, pero todos lo notaban.
Una madrugada cualquiera, se detuvo frente al armario donde aún guardaba la camiseta rota de Soushiro.
La sacó.
La miró durante un largo rato.
La llevó hasta su rostro y aspiró lo que quedaba de su olor. Era un gesto patético, y lo sabía, pero no podía evitarlo.
Terminó metiéndola en una caja de cartón para dejarla en mensajería de inmediato, junto a una nota escrita a mano.
Le dolía hasta el alma, pero no podía seguir finciendo que estaba bien.
Al día siguiente, Soushiro recibió un paquete en su oficina.
Era una caja pequeña. Al abrirla, encontró dentro de su camiseta rota, cuidadosamente doblada. Encima, había una nota escrita con la letra rápida de Gen:
"No quise quedármela. Supuse que seguirás necesitando todo lo que aún te queda."
Soushiro la sostuvo entre los dedos durante largos minutos. Luego la volvió a guardar sin leerla una segunda vez.
Eso había sido un golpe muy bajo.
• • •
Pasaron los días.
El mundo siguió.
Ellos también. De su manera.
Pero cuando sus caminos se cruzaban en los pasillos cuando se reunían sus divisiones o tenían juntas con los altos mandos, aunque fuera solo por una fracción de segundo, había una mirada fugaz que decía más de lo que cualquiera de los dos estaba dispuesto a admitir:
“Te extraño.”
“Yo también.”
Pero ninguno lo decía.
• • •
Soushiro asistió a la cena como cada domingo.
El cocinero preparó un platillo tradicional. Su padre sirvió el vino. Todo parecía igual, salvo por el peso invisible que arrastraba.
— ¿Cómo va el compromiso? —preguntó su padre sin levantar la vista del plato.
Soushiro se atragantó levemente.
—Bien. —respondió secamente—. La familia de Ayumi parece interesada en adelantar la ceremonia.
—Excelente. —dijo su padre con una leve sonrisa satisfecha—. No todos los días se consigue una alianza con los Kimiko.
—No es una alianza. Es una boda.
—En nuestra familia no hay diferencia.
No pude evitar guardar silencio, no atreviéndose a verlo, ni mucho menos responderle.
Su hermano, Soichiro, ni siquiera había llegado, pero cuando apareció tarde, con la chaqueta mojada y el ceño fruncido, solo se acercó a su padre y se sentó.
—¿Ya pensaste en dejar tu puesto en fuerzas de defensa para ocuparte del negocio? —preguntó el padre mientras pasaba la botella.
—No voy a dejarlo. —dijo Soushiro sin mirarlo, pero sin titubear.
—No puedes ser soldado toda la vida.
—Y no pienso ser un título de tu empresa tampoco.
Soichiro soltó una carcajada seca.
—Así hablas en tu trabajo? ¿O solo te rebelas cuando se trata de la familia? —el tono tan filoso con el que le hablaba le hacía sentir un fuerte nudo en el estómago, aun así, no se contuvo.
— ¿Te molesta? —Soushiro alzó la vista—. Podrías agradecer que al menos nosotros sigamos sirviendo a este país.
Silencio era tan pesado que podía jurar que el mundo allá afuera se detuvo por un segundo.
—No comiences. —advirtió su padre en voz baja.
Pero el daño ya estaba hecho.
—Si tan solo mamá estuviera aquí… —murmuró casi sin querer.
—Pero no lo está —el mayor de los Hoshina le lanzó una mirada fulminante, interrumpiéndolo.
El silencio que siguió fue como una grieta que se abría entre ambos.
—Ella habría entendido. —Soushiro bajó la mirada—. No me habría obligado a… esto.
—¿A qué? —espetó su padre, firme como una sentencia— ¿A cumplir con tu deber, quieres decir?
—A sacrificar lo único que realmente quería —respondió sin pensarlo. Luego bajó la mirada, sintiendo que se estaba hundiendo más con cada palabra—. Si estuviera viva, ella no me habría dejado solo en esto, ni aunque el mundo se estuviera cayendo a pedazos.
El padre lo observaba más detenidamente, con solo una mirada, su figura imponía incluso en silencio.
—Tus deseos personales no están por encima del legado de esta familia, Soushiro. Lo sabes desde que eras niño. tu madre...
—¡No usa a mamá para justificar esto! —la voz de Soushiro tembló, pero no retrocedió—. Mamá quería que fuéramos felices. No que viviéramos para complacer decisiones que no tomamos.
Hoshina Hisanobu frunció el ceño, dispuesto a replicar, pero Soichiro habló por primera vez con calma inesperada:
—Ella no está. Pero si pudiera… probablemente estaría de acuerdo con Soushiro esta vez.
Ambos lo miraron. Hisanobu con incredulidad; Soushiro, como si no pudiera creer lo que acababa de oír.
—¿Qué estás diciendo, Soichiro? —preguntó el mayor, tajante.
—Estoy diciendo que talvez forzar esta alianza por tradición no traerá estabilidad —respondió con serenidad, sin alzar la voz—. Ni para la familia. Ni para él. Y tampoco para ti.
El silencio que siguió fue denso.
—Haz lo que creas mejor, padre. Pero si Soushiro decide no casarse, tal vez deberías reconsiderarlo. Ya lograste tu alianza política cuando me comprometiste a mí, ¿no es así? No veo la necesidad de repetir la jugada.
Como el alcalde, Soichiro fue el primero en ser comprometido. Nunca protestó, tal vez porque, en el fondo, jamás se atrevió a hacerlo. Se casó con la mujer que le impusieron, y su vida siguió adelante, tanto en lo personal como dentro de las Fuerzas de Defensa. Si eran felices o no, era algo que rara vez dejaban entrever.
Soushiro lo miró con los ojos muy abiertos. Quiso decir algo, pero no encontré palabras. Sus labios se entreabrieron, pero no dijo nada.
Por primera vez en mucho tiempo, su hermano mayor no le parecía un muro. Le parecía un escudo.
—A menos que ahora se trate de algo más, como asegurar un heredero. Aunque claro, si ese es el caso, al menos podrías decirlo de frente.
Hisanobu guardó silencio por un instante. No se inmutó, no cambió el gesto, ni se molestó en negar nada. Simplemente sostuvo la mirada de Soichiro con una frialdad que helaba el aire de la habitación.
Observaba a ambos hijos como si los evaluara, como si sopesara su utilidad y su obediencia.
—No todo puede decirse de frente, Soichiro. Hay cosas que simplemente se hacen. —Su tono fue seco, medido, como el filo de una hoja bien afilada—. Porque así deben hacerse.
Luego desvió la vista hacia Soushiro, impasible.
—Y este asunto no está abierto a discusión. El compromiso sigue en pie. No es tu felicidad lo que está en juego, es el futuro de los Hoshina —continuó libre de culpas— No tengo tiempo para sentimentalismos. El compromiso ya fue aceptado. La fecha ya fue anunciada.
—Pero yo…
—Tendrás que aprender a separar lo que quieres de lo que debes hacer —interrumpió con voz de hierro, sin necesidad de alzarla—. No estamos aquí para vivir como soñadores. Estamos para preservar el nombre que otros están muriendo construyendo.
Volvió a concentrarse en el plato con la comida a medio terminar.
—El trato sigue en pie. Sin excepciones.
No esperaba respuesta, siguió tomando del vino.
Soushiro quedó inmóvil. Soichiro no dijo nada más. No hacía falta.
El silencio lo ocupó todo.
Soushiro tragó saliva y siguió comiendo sin ganas. Quiso estar en cualquier otro lugar. Quiso salir corriendo a la torre de Gen, tocar su puerta, y decirle que no importaba nada de eso.
Pero no lo hizo.
• • •
El clima en Ariake se volvió más frío conforme se acercaba el día señalado.
Ninguno de los dos hablaba del tema. Nadie se atrevía a preguntar.
Hoshina a veces se detenía frente a la puerta de la torre de Gen. Solo por un segundo. Solo para convencerse de no entrar.
Narumi a veces se asomaba a los entrenamientos de la Tercera División desde las cámaras. Solo para ver un momento más. Sin que él lo supiera.
La distancia era un muro invisible. Pero tan real como el concreto.
Hubo una noche en la que Hoshina soñó que lo abrazaba, que Narumi lo sostenía con fuerza y le dijo: “No lo hagas. Quédate”.
Se despertó con los ojos ardiendo y la garganta cerrada.
• • •
Era la noche número diecinueve desde que Soushiro había pronunciado aquellas palabras.
"Me voy a casar."
Y desde entonces, no se habían dirigido una sola palabra fuera del ámbito profesional.
Ni una.
No porque no quisieran, sino porque no sabían cómo.
Pero esa noche, el destino no les daría opción.
La alarma retumbó en todo el cuartel.
Nivel de amenaza: Kaiju de clase desconocida. Zona Roja. Sector industrial a 30 kilómetros del perímetro controlado.
Ambas divisiones fueron activadas.
Y por la complejidad del terreno, el comando decidió enviar a sus dos mejores soldados: Narumi Gen y Hoshina Soushiro. Juntos.
Al llegar, el caos ya reinaba. Fuego. Edificios colapsando. Gente atrapada.
Un kaiju de tamaño medio, pero de velocidad anormal, destrozaba estructuras con movimientos erráticos. No parecía tener lógica alguna. Parecía estar huyendo… o buscando algo.
—Hoshina, flanco izquierdo. Yo iré por el frente. Lo rodearemos. —ordenó Narumi con tono firme, sin mirarlo demasiado.
Soushiro asintió.
—Entendido.
Las órdenes fueron precisas. El trabajo, limpio. Ambos se movían como un solo cuerpo, como lo habían hecho incontables veces. La sincronía aún vivía en sus reflejos, aunque sus corazones estuvieran en ruinas.
Pero algo falló.
Al llegar al centro del área industrial, un segundo kaiju emergió del subsuelo. Más grande. Más rápido. Con múltiples extremidades. Una trampa. Una emboscada.
—¡Narumi, cuidado! —gritó Soushiro al instante, abalanzándose sobre él.
Ambos cayeron rodando entre el polvo y las láminas oxidadas. El impacto separó sus cuerpos por varios metros. Soushiro se levantó de inmediato con las espadas en mano. Gen también, aunque más lento.
—¡No es uno, hijo dos! ¡Kurusu, necesitamos refuerzos ya! —gritó Narumi por el comunicador.
La batalla comenzó.
Los ataques eran brutales. Las criaturas se giraban con una estrategia animal imposible de predecir. Uno embestía, el otro cortaba la retirada.
El capitán Narumi y el vice capitán Hoshina hacían lo imposible por mantener el equilibrio entre ofensiva y defensa, pero incluso ellos comenzaban a agotarse.
En un instante crítico, uno de los kaijus golpeó una estructura colapsada y la hizo caer sobre un grupo de civiles atrapados.
—¡Gen! —gritó Hoshina al verlo correr sin dudar hacia el lugar.
Narumi llegó justo a tiempo para levantar parte de la viga y permitir la salida de los civiles. Pero el esfuerzo le costó un segundo valioso.
El segundo kaiju, que se había mantenido agazapado, saltó desde lo alto como una sombra con garras.
Soushiro gritó.
—¡GEN, DETRÁS DE TI!
Pero fue tarde.
El golpe fue brutal.
El kaiju lo atravesó arrojándolo contra una pared de concreto. El impacto sonó como un trueno.
Narumi cayó al suelo, sin moverse.
-¡NO! —Soushiro corrió sin pensarlo, activando su armamento con furia ciega.
Los cortes se multiplicaron, más rápidos, más violentos, más personales.
No era combate, era ira.
Los kaijus retrocedieron, sorprendidos. Soushiro cortó una de sus cabezas con un movimiento limpio, girando sobre sí mismo y clavando los cuchillos en los puntos vitales de la criatura. El otro intentó escapar, pero no le dio tiempo de moverse cuando fue atravesado por el letal rayo que Mina Ashiro lanzó en cuanto llegó justo a tiempo con artillería pesada para terminar el trabajo.
Pero Soushiro no se giró.
—¡Gen! —cayó de rodillas a su lado, jadeando— ¡Gen, respóndeme!
Narumi sangraba por el abdomen y también por la sien, tenía el hombro dislocado y un hilillo de sangre en la comisura de los labios. Respiraba, pero apenas.
—Gen, mírame, por favor. Mírame… —susurró, tomándolo entre sus brazos.
Los refuerzos rodeaban la escena.
El equipo médico descendió del helicóptero.
Pero Soushiro no lo soltaba.
—¿Por qué hiciste eso? —susurró con la voz quebrada—. ¿Por qué sigues haciendo esto, incluso ahora?
Gen apenas abrió los ojos, apenas. Su voz fue un murmullo irreconocible.
—Porque te amo, idiota…
Soushiro contuvo el aliento.
—Te amo… aunque no quieras quedarte.
Su confesión fue como una bofetada en la cara.
Las sirenas se encendieron y lo subieron a la camilla.
Soushiro quedó helado, con las manos ensangrentadas y el pecho hecho pedazos.
No dijo nada cuando subieron a Gen al helicóptero.
Solo subió con él. Y por primera vez en mucho tiempo, tomó su mano sin miedo a que los vieran.
—No te atrevas a morirte. No ahora. No antes de que pueda decirte todo lo que no dije.
• • •
El sonido del monitor cardíaco era lo único constante en la habitación.
Una aguja se hundía en el dorso de la mano de Narumi, sujetada por una venda blanca con marcas de sangre seca. El vendaje grueso alrededor de su abdomen contrastaba con su piel pálida y sudorosa. Tenía un corte profundo en la ceja y hematomas por todo el torso. Dormía… o al menos eso parecía.
El cuarto olía a desinfectante, metal y soledad.
Entonces la puerta se abrió de golpe.
—¡Eres un maldito idiota! —gritó Hoshina, entrando como un torbellino, sin saludar, sin respirar, aún sucio por la batalla.
Narumi entreabrió los ojos y giró la cabeza con lentitud. Sus pupilas estaban turbias por los sedantes, pero su sonrisa apareció, débil, apenas una curva cansada.
—Hola a ti también.
—¡No me jodas! —espetó Hoshina, acercándose a zancadas y golpeándolo con el puño cerrado en el hombro no herido.
—Auch… —gruñó él con voz ronca—. Si querías asegurarte de que siga internado, buen trabajo.
—Nunca vuelvas a hacer eso. —Hoshina hablaba con los dientes apretados, el rostro descompuesto—. No por algo tan estúpido.
Narumi parpadeó, confundido.
— ¿Salvar una ciudad entera entra en tu lista de estupideces?
—¡Estabas al límite! Ya no podías mantenerte en pie. Yo vi cómo ese maldito kaiju te atravesó el abdomen como si nada. ¡Pudiste morir!
Narumi hizo una mueca, no por la herida, sino por algo más profundo. Algo que empezaba a comprender en la forma en que el hombre a quien amaba lo miraba.
—Pero no morí. Estoy aquí. De una pieza… más o menos.
Hoshina bajó la mirada. Las manos le temblaban. No era furia. Era miedo. Angustia.
—Escucha Gen, yo… —respiró fuertemente tratando de que su voz no se escuchara quebrara— Hoy casi te pierdo, y sentí que mi alma se quebraba. Cuando te vi caer… —dijo con voz temblorosa— sentí que se me detenía el corazón. Que te perdía.
—No es la primera vez que me hieren así. Sabes cómo es esto.
—No, no lo entiendes. —negó con la cabeza, dando un paso atrás como si intentara poner espacio entre lo que sentía y lo que estaba a punto de decir—. Esta vez fue diferente.
Narumi lo observó en silencio.
—Soushiro escúchame.
—No, tú escúchame. Yo… te amo, Gen. —confesó de pronto, y sus palabras colgandoon del aire como una cuerda que lo ataba todo—. …al que quiero es a ti. No he sido justo, lo sé y te he lastimado, y… Te quiero desde hace mucho tiempo. No supe cómo darme cuenta. No supe cómo admitirlo. Me aferré a las expectativas de mi familia, al deber, al “lo que debe hacerse” y te arrinconé a ti en la parte de mi vida que nunca mostró.
Sus ojos estaban rojos, y aun así, no parpadeaba.
—No quiero casarme. Pero tampoco quería engañar a mi padre. Pensé que podría… separarte de mí, poco a poco. Y que lo aceptaría. Que con el tiempo, te olvidaría.
—Soushiro… —susurró Narumi.
—Pero cuando te vi tirado en el suelo, desangrándote, con el traje rasgado, y la mirada perdida… —cerró los ojos con fuerza, ignorando sus palabras mientras continuaba hablando, porque si no hablaba ahora, sentía que en cualquier momento lo perdería para siempre— Creí que te había perdido. Y fue en ese momento en el que me di cuenta de que te amo. De que siempre lo he hecho. Y si me caso, te perderé para siempre. No solo como amante, sino como persona. Como parte de mi vida.
Narumi respiró hondo. Una punzada recorrió su abdomen, pero no era por la herida. Era por lo que había querido escuchar durante tanto tiempo… pero que ahora llegaba demasiado tarde.
—Shiro… —llamó con cariño— te vas a casar en tres días.
—A no ser que me des una razón que me haga no hacerlo.
El silencio lo cubrió todo como una manta pesada.
—¿Qué…? —balbuceó, desconcertado.
—Gen… —se acercó, con las manos temblorosas—. Solo una razón. Una. Dime algo. Dime que me quieres, que me necesitas, que no me deje arrastrar por esa vida que no elegí.
Narumi lo miró. Sus ojos estaban apagados, como cenizas tras un incendio.
—Con ella tendrás un futuro seguro. El respeto de tu familia. No tendrás que esconderte.
—Pero no te tendré a ti.
El corazón de Narumi se encogió. Apretó los dientes, y sin embargo, no dijo nada. No tía.
—Gen… por favor. Dime que me queda —la voz de Soushiro era un susurro, como una súplica desnuda—. Puedo hacer que se cancele todo, si tan solo me dices un motivo para hacerlo… —sus ojos brillaban por las lágrimas contenidas. —Dime, Gen… ¿debo cancelar la boda?
Pero Narumi cerró los ojos. Se obligó a no hablar. Porque el miedo lo devoraba. El miedo a amar demasiado, a perder de nuevo, a que incluso si lo elegía ahora, mañana volvería a abandonarlo.
—Vas a casarte. —dijo finalmente.
El silencio no dejó espacio para el consuelo, solo para lo inevitable.
Soushiro quedó inmóvil. Lo miró con incredulidad, con decepción… y dolor.
—Ya veo —dijo tras un momento, tragando saliva para que el nudo en su garganta no se rompiera—. Entonces… adiós.
Gen no respondió. Solo giró el rostro hacia la ventana.
Soushiro se acercó a la puerta. La abrió. Pero antes de salir, murmuró:
—Gracias por seguir vivo.
Y salió, dejando el olor a desinfectante, al silencio… ya un corazón quebrado que se negaba a sanar.
• • •
El famoso día de su boda por fin había llegado.
La habitación que le habían preparado en la mansión familiar era demasiado grande, demasiado silenciosa.
Soushiro se encontró de pie frente al espejo, vistiendo por primera vez el hakama ceremonial de su familia, uno blanco con detalles bordados en hilos de plata. El haori colgaba aún del perchero, esperando completar el atuendo que lo consagraría como esposo, como heredero, como símbolo de la continuación del linaje Hoshina.
Pero él no se sentía nada de eso.
Su reflejo era impecable. El cabello recogido, el rostro perfectamente afeitado, la postura recta. El hijo ejemplar.
Y sin embargo… no se reconocía.
La puerta se abrió con suavidad, y entró su hermano mayor, Soichiro, con expresión impasible.
—Te ves bien. —dijo, más por cortesía que por otra cosa.
—Gracias. —respondió Soushiro sin mirarlo.
Soichiro se quedó observándolo unos segundos desde el marco de la puerta.
—¿Tienes dudas?
Soushiro presionó las manos frente a él.
—Tú no las tuviste cuando te casaste?
-No. —respondió secamente—. O bueno, no es como si hubiera tenido tiempo para tenerlas. Porque no se trataba de amor, sino de deber. Y eso lo entendí desde joven. Tal vez tú también deberías.
Un silencio denso se instaló entre ellos, como si las palabras hubieran huido.
—¿Amas a tu esposa, Soichiro? —preguntó con cuidado después de un rato sin decir nada. Necesitaba saberlo, saber si con el tiempo se podría enamorar de la suya.
—Con el tiempo aprendes a hacerlo, Soushiro —contestó el mayor sin atisbo de emoción—. O por lo menos a respetarla y darle su lugar.
Soushiro giró lentamente para enfrentarlo.
—¿Y eso te hace feliz?
—La felicidad es un lujo, no un propósito. Al menos para nosotros.
Un silencio helado cayó entre ellos. Soushiro no supo qué decir, era evidente que había aceptado a resignarse. Por un momento sintió pena por él, porque tal vez en su momento tuvo a alguien a quien le tuvo que romper el corazón por cumplir con su deber.
Su hermano mayor notó su semblante melancólico, pero se abstuvo de decir algo, simplemente terminó de ayudarle a arreglarse, luego Soichiro se marchó, cerrando la puerta detrás de sí.
Soushiro se dejó caer en una silla baja frente al espejo, hundiendo el rostro entre las manos. Respiraba con dificultad. Las palabras de Narumi seguían repitiéndose en su cabeza. O peor aún: las que no dijo.
“Vas a casarte.”
“Con ella tendrás estabilidad”.
“No tendrás que esconderte”.
Y la que más dolía: el silencio que vino después.
«¿Qué más quieres?» pensó. «Te di todo para que me detuvieras. Pero no lo hiciste.»
Se puso de pie lentamente y tomó el haori. El tejido era pesado. Casi como una cadena. Se lo colocó encima con movimientos mecánicos.
Se miró una vez más, la imagen era perfecta.
Excepto por los ojos.
• • •
La ceremonia se celebraba en un santuario tradicional, rodeado de jardines secos y pinos centenarios. Las grullas blancas bordadas en las telas que decoraban el altar simbolizaban prosperidad y longevidad. Irónicamente, el ambiente no podía ser más frío.
Ni siquiera sabía por qué estaba allí.
Narumi Gen estaba sentada en la última fila, vestido con un traje negro, la corbata mal anudada y los nudillos blancos por lo fuerte que apretaba los puños sobre sus piernas.
Cada segundo era un cuchillo. Apretaba la mandíbula mientras sus ojos recorrían cada rincón, sin mirar realmente nada.
Es la boda de Hoshina Soushiro, y justamente su cuerpo había decidido recuperarse con éxito para ese día. Se sintió traicionado de sí mismo.
Y él estaba invitado. No por voluntad del novio, ni propia, sino porque todos quienes forman parte de las fuerzas de defensa habían sido convocados como parte de las relaciones públicas del evento. Una "unión estratégica" lo llamaban. Los altos mandos sabían exactamente lo que hacían.
Incluso la tercera división había asistido, todos vestidos elegantes y espectacularmente a lo que sería la boda más importante del año.
Notó que Mina Ashiro tenía un semblante más serio en comparación de su división, como si supiera lo que luchaba por mantener oculto. Hasegawa quien estaba sentado detrás de él, tenía el mismo semblante que ella, no necesitaba voltearse para saberlo, era bastante obvio.
El salón tradicional en el que sería la ceremonia estaba perfectamente decorado con arreglos florales, banderines blancos colgando en líneas rectas sobre las columnas, y faroles de papel que iluminaban suavemente el lugar. La combinación entre el rojo de las flores, el blanco de las telas y el dorado de los grabados dejaba en claro que se trataba de una boda de élite.
Y sin embargo, en medio de todo ese lujo, todo le parecía opresivo. El nudo en su garganta se apretaba más con cada segundo.
—¿Estás bien? —preguntó Kikoru, que apareció junto a él, vestida con un kimono negro elegante. Lo miré con preocupación.
-Si. —mintió sin mirarla.
¿Estás seguro de que quieres estar aquí?
-No. —respondió sin parpadear.
No dio tiempo para que le respondiera cuando la música empezó a sonar indicando que era hora de iniciar.
Soushiro entró desde el lado izquierdo del santuario, con pasos controlados. Llevaba el haori blanco con orgullo, el cabello perfectamente peinado hacia atrás. Su rostro era hermoso, tenía la puerta de un samurái… pero su expresión era un mar en calma antes de una tormenta.
Contuvo la respiración al verlo. Era hermoso. Terriblemente hermoso.
«Este debería haber sido nuestro momento», pensó.
No podía dejar de verlo. Su respiración se volvió más rápida, sus dedos temblaron sobre sus rodillas. Cada paso de Soushiro lo sintió como una cuenta regresiva.
El oficiante se colocó al frente del altar y anunció con voz clara:
—La ceremonia va a dar inicio.
La música continuó y todos los presentes se pusieron de pie para recibir a la novia.
Al fondo del pasillo apareció ella. Kimiko Ayumi, la prometida, acompañada de su madre. Vestía un shiromuku blanco impecable y un obi igualmente blanco, con un ramo de rosas rojas y peonías entre las manos. El maquillaje pálido y el peinado tradicional le daban una apariencia delicada, como de porcelana.
Narumi la observó, era hermosa, sí, pero notó algo que la mayoría no vio: sus labios estaban curvados en una sonrisa… pero sus ojos brillaban de lágrimas contenidas.
Ella tampoco quería casarse.
Igual que Soushiro.
—Se ve muy hermosa. —escuchó a alguien comentar detrás de suyo.
—Estoy muy feliz.
Sí claro.
Todos estaban tan concentrados en admirar la belleza de los novios, que no se dieron cuenta de las miradas rotas en sus rostros.
Sintió náuseas. «Esto no es real. No debería estar pasando. »
Cuando llegó frente a Soushiro, le sostuvo la mirada. No había odio. No había amor. Solo resignación.
Y eso fue peor.
Los novios se colocaron frente al altar, uno al lado del otro. Todos se sentaron.
Narumi Gen apenas podía respirar.
—Hoshina Soushiro y Kimiko Ayumi, estamos hoy aquí para unirlos en santo matrimonio. Familiares y amigos han sido testigos de su compromiso, y hoy celebramos el vínculo que los unirá por el resto de sus vidas.
Soushiro mantenía los labios apretados. No miraba a nadie. Solo al altar.
Las palabras del oficiante se desvanecieron para Narumi. Sentía su corazón latir cada vez más rápido, intentó parpadear al sentir sus ojos llenarse de lágrimas, pero todo lo que podía oír era el sonido de su corazón latiendo con fuerza. Y todo lo que podía ver era el perfil de Soushiro, rígido, tenso, con los ojos apagados.
Se imaginó cómo habría sido su boda. Una en la que Soushiro pudiera sonreír de verdad. Una en la que él mismo lo tomara de la mano con orgullo frente al mundo.
Pero eso era imposible… ¿no?
—Ayumi —continuó el oficiante—, ¿aceptas a Hoshina Soushiro como tu esposo, para amarlo, respetarlo, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe?
Ayumi bajó la mirada. Por un momento, parecía que iba a decir algo diferente.
—Lo siento… —susurró solo para que Soushiro lo escuchara mientras sus ojos se llenaban de lágrimas—. Acepto. —añadió en voz alta.
Narumi sintió una punzada. Le dolió más la disculpa que la aceptación.
Luego, fue el turno de Soushiro.
—Soushiro, ¿aceptas a Kimiko Ayumi como tu esposa, para amarla, respetarla, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe?
Soushiro tragó saliva. Dudó.
Sus ojos recorrieron los rostros de la multitud, buscando esos ojos por última vez… y se detuvieron. Encontraron a Narumi, sentado al fondo, con el rostro tenso y los ojos enrojecidos. Narumi sintió una presión en su pecho en cuanto sus ojos se posaron en él.
Una mirada de despedida. Lo miró como quien mira un recuerdo que duele. Narumi bajó la cabeza, no podía sostener esa mirada.
Suspirando, Soushiro regresó su mirada hacia al oficiante, luego a la novia con quien unía sus manos, tragó saliva fuertemente tomando aire antes de por fin hablar.
—Acepto. —dijo al fin.
Fue como un disparo.
Narumi cerró los ojos. El mundo se volvió frío.
“Ya está. Lo perdí.”
Aquí terminaba todo. Ya no más momentos donde compartían el calor del otro para ver películas, para acompañarse al ir de compras, no más besos ni caricias. Ya no más. Se terminó. El amor de su vida estaba destinado a casarse con alguien más, tenía que aceptarlo, pero… ¿es lo que en verdad quiere?
—Si alguien tiene algo que objetar sobre este matrimonio, que hable ahora o calle para siempre.
La habitación quedó sumida en un profundo silencio.
Soushiro no volvió a mirar al público. Ya había renunciado.
—Como no hay oposición —continuó el oficiante— entonces con el poder que me fue otorgado, yo los declaro, marido y…
Justo antes de que pudiera continuar, Narumi se puso de pie.
Kikoru lo miró de inmediato.
—¿Qué estás haciendo? —susurró siendo ignorada completamente.
Era ahora nunca, no podía soportarlo más.
—Te amo.
Todos voltean al responsable de esas palabras con una exclamación.
Narumi Gen estaba en medio del salón con los ojos enrojecidos por las lágrimas contenidas, temblando.
Narumi Gen interrumpía una boda, algo que jamás en su vida creyó que haría.
—Soushiro… —continuó con valentía— Te amo. Siempre te he amado. Y sé que no soy el tipo de persona que debería interrumpir una ceremonia como esta, lo sé. Pero tú tampoco eres el tipo de persona que debería casarse por obligación. Esto no es justo para ti. Ni para ella. Ni para nadie. Esto no es lo que imaginabas que sería, ni yo tampoco, pero necesitas escucharme.
Ignoró la mirada amenazante de los padres de la novia, y del padre de los Hoshina. No le importaba, solo quería hablar ahora.
El padre de Soushiro se puso de pie, furioso.
—¡¿Qué es este escándalo, capitán?!
Narumi lo ignoró.
—No soy bueno con las palabras. Pero tú… tú haces que mi mundo tenga sentido. Me enseñaste a amar, a esperar, a luchar. Te amo, incluso cuando me haces enojar, incluso cuando te alejas. Sé que tú también me amas.
El oficiante miraba, perplejo.
—Porque yo nunca dejé de hacerlo, incluso cuando me ignoras, incluso cuando te alejas, incluso cuando no dices lo que sientes. Me amas como yo te amo a ti. Y si estoy equivocado, si ya no queda nada… dime ahora, y me iré.
Soushiro seguía inmóvil. Su rostro estaba pálido.
Ayumi bajó la vista, en silencio.
—Si todavía hay algo en ti que me quiera… por favor. Dilo. —dio un paso al frente— O ven conmigo. Pero no te cases con alguien que no te ama. No te encadenes a una vida vacía.
El silencio seguía apoderándose de la habitación.
Un murmullo comenzó a crecer entre los asistentes. El padre de los Hoshina se puso aún más furioso al notar como su hijo parecía considerarlo.
—¡Esto es una grosería! ¡Un insulto a nuestra familia!
Pero Soushiro no lo escuchaba. Solo veía a Gen.
Y entonces, sin pensarlo más, soltó las manos de Ayumi, dio la vuelta y caminó con decisión hacia él. Cada paso retumbaba en su pecho.
Narumi se quedó quieto. Hasta que la mano de Soushiro tomó la suya.
—No estás equivocado. —susurró.
La multitud enmudeció.
Tomó firmemente su otra mano frente a todos.
—Te elijo a ti.
—¡Soushiro! —gritó su padre— Si te atreves a hacerlo, olvídate de todo lo que planeamos. ¡Estás manchando el apellido Hoshina!
Soushiro volteó a verlo por encima del hombro.
—Nunca quise tu legado, padre. Nunca quise esto. Te respeto como mi familia, pero… yo elijo mi felicidad. Elijo al capitán Narumi Gen.
El hombre gruñó, mientras la madre de Ayumi apenas podía contener las lágrimas. Soichiro a un costadp simplemente los observaba, sin saber qué hacer o decir exactamente, su esposa a su lado lo sostenía por el brazo.
Ayumi levantó la vista, dio un paso al frente y los miró.
—Gracias… por no condenarnos a los dos. —dijo con una sonrisa débil.
Soushiro asintió. Y sin más, ambos hombres se giraron hacia la salida.
Estaban a punto de huir juntos, pero fueron interrumpidos nuevamente por la gruesa voz de su padre.
—¡Soushiro!
Se detuvieron. Ambos se giraron. Su padre se acercaba con el rostro rojo de ira y la mirada dura como una lanza.
—Romperás el legado que te pertenece. ¡La vergüenza será total!
Soushiro no se movió. Pero su mano apretó la de Gen con más fuerza.
—No me importa, porque nunca quise ser un símbolo de obediencia ciega. Ni Ayumi ni yo deseábamos este matrimonio. Solo fuimos peones para tu ambición.
—¡Soushiro!
—Mírame bien —se señaló— ¡Este soy yo! No el que tú criaste para arrodillarse. Elijo a Gen. Elijo la vida que quiero, no la que tú decidiste por mí.
Gen se giró, encarando también al padre.
—Señor Hoshina… si su éxito depende de sacrificar la felicidad de su hijo, entonces le deseo muy poco éxito.
—Soushiro…
—Padre, Gen me hace feliz, ¿es difícil de entender?
—Pero…
—Elijo mi felicidad, padre, elijo el amor, elijo a Gen.
Un silencio espeso cayó sobre el jardín. Solo el sonido de las cigarras se atrevía a colarse entre ellos. Parecía que quería volver a renegar, pero la mano de su hijo mayor lo detuvo.
—Deja que se vaya, padre. —dijo Soichiro con voz suave, Soushiro no supo describir qué tipo de expresión había en su rostro.
Hisanobu lo observó, distinguió una mirada de resignación en su hijo mayor, una que le parecía decir “desquítate conmigo”, una que quería asumir la responsabilidad. Lo que causó que sintiera una punzada en el pecho.
—Esto es una abominación. —dijo entonces el padre de Ayumi, acercándose también con rostro pálido—. ¡Si se cancela la boda, nuestro trato se rompe!
—Entonces que se rompa. —respondió su padre, más cansado que molesto, sin apartar la mirada de su hijo. —Ya escuchaste a mi hijo. —luego se dirigió a los invitados— Lo lamento amigos, pero no habrá boda. Gracias por venir, pueden irse.
Y por primera vez en años, el hombre se giró y se marchó. Sin más.
Soushiro se quedó mirando su espalda por unos segundos. Luego a Soichiro, que simplemente asintió con la cabeza, y eso fue todo lo que necesitaba.
Volvió a ver a Gen.
—Ya está. ¿Nos vamos?
—¿A dónde?
—A donde sea, mientras estés tú. —respondió, y sin pensarlo más, tomó su rostro con ambas manos y lo besó frente a todos con todo lo que llevaba guardado.
Gen lo besó como si no hubiera mañana, como si por fin se permitiera desear sin culpa. Gen lo sostuvo por la cintura, le devolvió el beso con igual intensidad, y por un momento, todo desapareció: la iglesia, los gritos, los deberes familiares. Solo estaban ellos dos.
Al separarse, un hilo de saliva aún los unía antes de romperse.
El murmullo escandalizado del templo quedó atrás sin notar las miradas de sus conocidos que estaban felices por ellos de por fin estar juntos.
Soushiro no soltó la mano de Gen ni por un segundo mientras atravesaban los jardines exteriores, el sol empezando a caer sobre los pinos como una bendición silenciosa. La seda blanca de su haori ondeaba al correr, pero ya no era símbolo de obediencia: era una bandera de fuga, de ruptura, de elección. De libertad.
—No puedo creer que lo hicieras. —dijo Soushiro, aún sin aliento—. Que vinieras. Que dijeras eso.
—¿Y tú crees que me iba a quedar sentado viéndote casarte con otra persona? —respondió Gen, sin voltear a verlo, con una sonrisa salvaje en los labios— Aun no sé cómo es que tuve el valor, simplemente me negaba a dejarte ir.
Soushiro frenó de golpe, haciendo que Gen casi se tropezara. Lo miró fijamente.
—¿Y si no te hubiera elegido?
Gen se detuvo también.
—Te habría esperado afuera. O habría irrumpido en la recepción. O te habría secuestrado de camino al hotel. No sé. Pero no iba a dejar que te fueras sin pelear.
Soushiro rió. Una risa real, rota por la adrenalina.
—Estás loco.
—Por ti, completamente. —dijo Gen.
Soushiro simplemente sonrió, con una sonrisa que era tan pura como pocas veces Gen la había visto.
Volvió a besarlo, breve esta vez, en medio del jardín de grava y faroles apagados, bajo los cerezos que aún no florecían, como si el invierno estuviera esperando a que ellos escaparan para dar paso a la primavera.
Rieron, se empujaron como adolescentes, se besaron una vez más antes de subir al auto que rentó Gen, arrancó como si huyeran del fin del mundo.
Y en parte, lo hacían. La prensa ya estaba comenzando a movilizarse, y las cámaras de seguridad del recinto habían captado todo. Pero eso ya no les importaba. Por primera vez en mucho tiempo, no les importaba lo que el mundo dijera.
El motor rugió en cuanto subieron.
—¿Y ahora qué? —preguntó Soushiro al terminar de abrocharse el cinturón de seguridad.
—Ahora huimos… por un rato. —respondió Narumi—. Tengo una cabaña cerca de un lago. Nadie nos encontrará allí, al menos no pronto.
—¿Y después?
Gen no respondió de inmediato. Solo colocó su mano sobre la de él, entrelazando sus dedos.
—Después… veremos. Pero esta vez, lo decidiremos juntos.
Soushiro lo volteó a ver, y en un rápido movimiento tomó nuevamente por el rostro a Gen y le plantó un beso que de inmediato fue correspondido con intensidad. La adrenalina estaba en todo.
—Vámonos.
Sonriendo, Gen volvió a besarlo una vez más, arrancando de inmediato en cuanto los dos se aseguraron de estar listos, conduciendo lejos, huyendo, pero esta vez con su felicidad a su lado.
El amor no siempre llega a tiempo.
Pero cuando lo hace, debe tener el valor de quedarse.
• • •
Una semana después.
Una cabaña a orillas de un hermoso lago, de madera oscura, con ventanas abiertas al bosque y una vista directa al agua. Era pequeña, antigua, acogedora. Perfecta.
El amanecer en la cabaña era silencioso. El lago reflejaba los colores suaves del cielo, y la brisa matinal acariciaba las cortinas delgadas de lino que colgaban en las ventanas abiertas.
Narumi dormía con una pierna fuera del futón, el cabello desordenado y una línea de baba escapando de su comisura. Soushiro lo miraba desde la cocina improvisada mientras servía dos tazas de café.
—Despierta. —susurró con una sonrisa—. O te haré firmar tu sentencia si no te levantas: arroz quemado otra vez.
Gen gruñó.
—No firmo sin abogado.
Soushiro rió dejando la taza en su mesita y se sentó a su lado, acariciando su cabello con los dedos.
—¿Sabes? No sé cómo no te rendiste conmigo.
—¿Rendirme? —Gen abrió un ojo y se incorporó lentamente—. Por un tipo que duerme con las rodillas pegadas al pecho y ronca mucho… imposible.
Soushiro lo golpeó suavemente con la almohada.
—Idiota.
—Contigo nada más.
Se quedaron en silencio unos segundos. Solo el sonido del viento y el canto de los pájaros llenaban la cabaña.
—Nunca imaginé que terminaríamos así. —murmuró después de un rato.
Gen se reincorporó para abrazarlo dejando caer su cabeza sobre su hombro.
—¿Así cómo? —sus brazos rodearon su cintura.
—Yo cocinando arroz pegado mientras bebo café con tu ropa puesta. —señaló su camiseta.
Gen lo miró con cariño y apoyó la frente contra la suya.
—Podría ser peor —susurró—. Podrías estar casado con una mujer a la que no amas, fingiendo que no existo.
Soushiro cerró los ojos y suspiró. Luego, bajó la vista y murmuró:
—Le escribí a Ayumi. Yo respondí. Dice que viajó a Osaka con su madre, y que no me guarda rencor. Dice que espera poder elegir por sí mismo algún día también.
Gen acarició su cabello con ternura en un intento de consuelo.
—¿Y tu familia?
—Le escribió a Soichiro. Me dijo que lograron apaciguar a la prensa, pero a mi padre no lo he buscado… y él tampoco ha intentado contactarme.
Gen presionado los labios, la culpa apareció como una mancha.
—Lo siento.
-No. —negó Soushiro de inmediato al notar su semblante, tomó del rostro suavemente—. No quiero que lo sientas. Elijo esto. Te elijo a ti.
Lo besó delicadamente para intentar que esa culpa se esfumara, logrado después de un buen rato. Se quedaron en silencio unos segundos. Luego, Soushiro buscó su mirada.
—¿Qué sigue? —preguntó Soushiro, más calmado—. ¿Nos esconderemos para siempre?
-No. Pero nos damos este tiempo —respondió Gen con suavidad, abrazándolo más fuerte—. Unas semanas. Y luego nos enfrentamos a lo que venga. Juntos.
—¿Y si no nos aceptamos?
—Entonces hacemos nuestro propio mundo. —Gen entrelazó sus dedos con los suyos—. Con arroz quemado, películas tontas y un futón compartido.
Soushiro río, con los ojos brillando.
—Te amo, Gen Narumi.
—Dímelo otra vez.
—Te amo. —rodeó su cuello con sus brazos.
—Otra vez.
—Te amo —volvió a decir dejando varios besos por su rostro—. Incluso con tus idioteces, tu terquedad y tus camisetas rotas. Te amo incluso cuando me sacas de quicio. Incluso cuando tienes razón, me ama incluso cuando yo me callé. Y eso basta.
Gen lo besó con delicadeza. Fue un beso sin urgencia, sin miedo, sin despedidas, lento, suave, como si fuera la primera vez que se permitía sentirlo con paz.
El tipo de beso que solo se da cuando uno ya no necesita huir.
Y al fondo, el sol terminaba de salir. El mundo seguía girando. Pero para ellos, al fin había comenzado de nuevo.
