Chapter Text
Jude ya conocía a Edson. Se enfrentaron por primera vez cuando el mexicano aún estaba en el Ajax y Jude jugaba para el Dortmund.
Desde ese primer encuentro en la cancha, el inglés tuvo más que claro lo que pensaba del mexicano: era corriente, vulgar y agresivo. Y es que incluso en un deporte lleno de alfas territoriales y potencialmente agresivos, poco y nada tenían que ver con la forma en que Álvarez se comportaba. 90 minutos fueron suficientes para que fuera llamado pendejo, idiota y pinche puto, los mismos que sirvieron para que estuviera seguro de que bajo ningún motivo iba a ser de su agrado, aunque por más que lo odiara no iba a negar que jugaba bien.
Para su desgracia no fue esa la única vez que se enfrentaron. Hubo una sucesión de partidos que para su profunda desgracia lo hicieron aprender léxico mexicano y descubrir que el miedo a las tarjetas y las expulsiones no existían para ese mexicano de 1.88.
El desagrado parecía ser mutuo, pues las peleas entre ambos cuando sus equipos se enfrentaban se habían vuelto parte de los mismos. Aunque para ser sincero, era bastante divertido escuchar como empezaba hablando en inglés solo para cambiar al español cuando insultaba. Jude se burlaba de eso, y luego era necesario medio equipo para quitarle de encima al mexicano y que este no terminara expulsado.
A Edson le cagaba Jude Bellingham. El pinche escuincle puñetas le parecía la persona más mamona e infumable que había tenido la desgracia de conocer. Jugaba bien, pero era un pendejote que solo con verlo lo hacía enojar. Desde el primer partido que disputaron supo que le cagaba. 90 minutos fueron suficientes para que lo mandara a la verga derechito y sin escalas sin dudar, porque él no iba a permitir que le dijeran nada ni le jugaran puerco. En un deporte tan lleno de alfas vergueritos y territoriales, alguien como él tenía que serlo aún más.
No se enfrentaron demasiadas veces, pero cada vez que se toparon en el terreno de juego saltaban chispas. Hubo un día en el que su acostumbrada tarjeta amarilla casi se convierte en roja; ya esperaba la consagrada burla porque cambiaba de idioma a media discusión, lo que no esperaba es que alguien fuera a enseñarle la palabra naco a un inglés mamón. Fue una completa sorpresa para él escuchar un “maldito naco” salir de la boca de Bellingham después de que le dijera pinche puto.
—¿A quién le dices naco, hijo de tu puta madre?
—You. You’re the most vulgar and rude person I’ve ever had the misfortune to meet. You’re a naco.
Y aunque la pelea la empezaron ellos, ambos equipos terminaron siendo parte de la trifulca en la que las tarjetas amarillas llovieron por montón.
Ese fue su último encuentro. Hasta que llegó el mundial.
Cuando Jude supo que el equipo al que se enfrentarían en octavos era México, que jugaban en su casa y con un apoyo que no recibían desde hace mucho, pudo intuir que sería una batalla campal en la que los mexicanos lo dejarían todo por pasar a cuartos. No dudaba de su selección, pero lo que tenía como ejemplo de lo que les esperaba en la cancha, era Edson.
Los días previos al partido de octavos Bellingham los pasó recapitulando las veces en que se habían enfrentado, y aunque se hacía creer que era para tener una mejor perspectiva de la forma en que juagaba, sus pensamientos poco a poco pasaban de jugadas y debilidades técnicas a la cara de odio que ponía el mexicano cuando discutía con cualquiera que se pusiera en su camino. El pensamiento pasó de ser plenamente consiente a volverse intrusivo, el recuerdo de Edson disputando un balón, gritándole a alguien o simplemente existiendo se quedó rumiando en su mente.
Para Edson las cosas eran bastante similares. Un día lo había pensado y desde entonces Jude se quedó en su mente como ruido de fondo. Estudiaron el juego de cada uno de sus adversarios, y cuando llegó el turno de Bellingham, su mirada se demoró de más en los rasgos del joven alfa. No dejaba de tener el ceño fruncido, especialmente al recordar ese encuentro en el que lo llamó naco.
Era bastante curioso como ese insulto regresaba de manera tan insistente a su mente cuando, para ser franco, lo habían insultado de maneras peores a lo largo de su carrera y de su vida.
—Chance fue porque te lo dijo él— dijo Lainez al otro lado de la línea —te encabronó un chingo que te lo dijera un inglés. Y no te culpo, me hubiera pasado lo mismo a mí.
Había llamado al omega después de dedicarle demasiado tiempo a no saber de donde venía tanto enojo sobre algo que ni siquiera lo ameritaba. Hubiera deseado que él estuviera convocado, porque entre todos sus compañeros era con el único que compartía un vínculo que el resto no entendería, y que estaba ahí desde que estaban en fuerzas básicas del América. Puede que Jorge fuera ahora uno de sus amigos más cercanos, pero no era igual, el vínculo con el omega que ahora jugaba en Tigres seguía siendo sagrado.
—Pinche puto. Mañana le voy a meter un vergazo para ver si así lo dejo de estar piense y piense.
—¿Piense y piense lo de que te dijo naco o a Bellingham? — preguntó Diego, y a juzgar por su tono, estaba conteniendo la risa.
—Chinga tu madre.
—Clásico. A huevo te tenía que salir lo pinche nacote, wey— dijo Diego, riendo, citando un diálogo de Y tu mamá también.
—Pues este pinche naco te va a partir toda tu madre— respondió Edson, permitiéndose una sonrisa. —Pero ya, en serio. Solo a ti te dejo decirme naco, y nada más porque te bajé como cuatro clases sociales cuando estábamos en el Ame.
—Porque me descorchaste, di—dijo Diego.
—Debutamos juntos, por eso tienes privilegios.
Diego había sido su primera vez y él la de Diego. Lo que había tenido con el omega fue bonito, hasta cierto punto incluso fue inocente. Luego lo descubrieron en el club y se encargaron de separarlos.
Políticas internas, habían dicho. Él pensaba que era discriminación.
—Debuta a ese pendejo, para que ya te pueda decir naco.
Diego sonaba bastante divertido diciendo esas cosas, Edson solo se estaba enojando más. No respondió en seguida, se quedó viendo su reflejo en el espejo de la habitación, con la playera que usaba para dormir aún en la mano. Lo consideró por treinta segundos, y aunque llegó a la conclusión de que no, le emputó el que lo había considerado.
—Es alfa, wey.
—¿Y que tiene? Tú me dijiste que te enseñaron a comer de todo.
Y pues sí. Desde que se fue a Europa había ido agregando nombres a la lista que Diego inauguró, en la que figuraban alfas y omegas por igual. Pero por ese pinche inglés estirado solo sentía odio.
—Ya te voy a colgar, estas diciendo puras mamadas, gatita.
Desde que Diego se fue a Tigres, la había empezado a decir así y a Lainez le cagaba.
—O que la… bueno. Descansa wey, pase lo que pase mañana ten presente que eres un chingón. Dalo todo, menos el culo.
Eso sí lo hizo soltar una carcajada.
—Te mando mensaje mañana. Te cuidas.
—Tú igual, y ya no le des tantas vueltas a lo del inglés.
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El pinche partido fue una mierda. El tan viejo y dolorosamente conocido “jugamos como nunca y perdimos como siempre” se llevó el “¿Y si sí?” que había hecho soñar a todo el país. La tristeza se les notaba a todos, profundamente contrastante con la felicidad de los ingleses. Edson más que nadie se sentía un completo fracasado, un inútil que no había podido hacer nada por el equipo del que era capitán.
Contestó una entrevista. Ni se acordaba de lo que había dicho, solo quería desaparecer de las cámaras y regresar a la concentración para esconderse debajo de una pila enorme de mantas. Francamente lo inquietaba pensar que los aficionados que habían ido a verlos afuera del CAR para celebrar sus triunfos ahora se reunieran para abuchearlos, pero ni siquiera esa inquietud hacía que se le fueran las ganas de largarse del estadio de una vez por todas.
Quería hablar con Diego y decirle que más que nunca tenía ganas de acomodarle a Bellingham un vergazo después de los dos pinches goles. Al menos había podido comportarse y no empezar una pelea con el inglés, que incluso había tenido la decencia humana de consolar a Morita.
Aunque claro, eso pasó frente a las cámaras, porque apenas llegaron a un lugar en el que no los estaban filmando, la voz del inglés resonó en el pasillo.
— In the end, the best one won.
—¿Qué quieres, pendejo? —preguntó, girándose a encararlo —Ya ganaste, ten tres pesos de finura.
Jude estaba siendo impulsivo, lo sabía muy bien. Se estaba dejando llevar por los pensamientos que llevaban rondando su mente desde la semana pasada, e incluso estaba actuando desde las discusiones de años atrás y las que él mismo se había inventado. No sabía lo que le deparaba el futuro a ninguno de los dos, pero una parte de él -la que lo motivaba a actuar de esta manera- pensaba que nunca más volverían a cruzarse, no al menos en el campo de juego.
Había algo en ese pensamiento que le permitió simplemente seguir su camino en dirección al vestuario, sino que lo hizo hablar y jactarse de la derrota de los mexicanos. Era extraño, porque casi podía asegurar que lo que realmente quería era no irse sin ser él quien tuviera la última palabra frente a Álvarez. Aunque claro, siendo que no eran amigos, la forma más fácil de llegar a ello había sido iniciar una pelea.
—Yo siempre fui mejor que tú— dijo, haciendo uso del fluido español que había adquirido en sus años jugando en Real Madrid.
Jude recortó la distancia con un par de pasos, Edson terminó de hacerlo, parándose muy cerca de él, lo suficiente como para hacer uso del escaso par de centímetros que lo hacía más alto.
—Bajale de huevos. Sigues en mi casa y todavía te puedo partir la madre.
Bellingham no previó lo que desataría empujando a Edson. Ni siquiera había sido realmente fuerte y mucho había tenido que ver que el mexicano se resbalara con el propio piso; pero fuese lo que fuera había estado a punto de caer.
Esa acción había terminado con 25 alfas mexicanos lanzándose sobre él; y eso, a su vez, terminó con los otros 25 ingleses uniéndose a la discusión que había pasado de lo verbal a los empujones. Luego alguien le pegó a alguien, no supieron hasta después que había sido Morita soltándole un puñetazo a Harry Kane, pero todo se volvió un desmadre. De pronto había 52 hombres peleándose a golpes… aunque en realidad eran 50, porque Ochoa alcanzó a salvarle la vida a Mora y sacarlo de la trifulca antes de que algún inglés se lo madreara.
En sí todo el argüende no duró ni cinco minutos, pero fue tan multitudinario que todo se llenó de guardias de seguridad y directivos de la FIFA.
—Ustedes dos, entren en esa oficina y esperen ahí— dijo uno de los hombres importantes, señalando a Jude y Edson.
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Jude sabía en que momento quedó sin camisa, porque había cambiado su jersey con el jugador más joven de la selección mexicana. Lo que no sabía era en qué momento lo había perdido Edson, pues ahora estaba ahí, de pie en ese lugar y con los brazos cruzados sobre su pecho desnudo.
—¿Qué le pasó a tu jersey? —preguntó, aunque realmente no esperaba una respuesta.
—Rashford lo rompió.
—¿Marcus?
Le pareció extraño, puesto que el chico solía ser muy tranquilo.
—Sí. Me jaló y se rompió cuando Jiménez me quiso quitar.
El silencio volvió a hacerse en la habitación.
Edson estaba conteniéndose para no partirle su madre a Bellingham tal como se merecía. Esperaba que la federación creyera su versión de las cosas y tomaran en cuenta al resto de sus compañeros como testigos. Aunque francamente lo dudaba, pues desde hace tiempo querían deshacerse de él y ya habían catalogado su relación con sus compañeros como poco confiable.
Le había quedado más que claro que no lo querían ahí cuando Aguirre y Marquez habían tenido que justificar de la forma más minuciosa posible que su convocatoria era genuina y que provenía únicamente de su talento, pero aun así los habían hecho elegir entre llevarlo a él o a Diego. Y a su parecer, eso era una pinche mamada.
Jude estaba completamente seguro de que serían descalificados y su carrera iba a terminarse. Había sido imprudente y un idiota, eso seguro los perjudicaría de forma irremediable. El esfuerzo de sus compañeros se iría a la mierda solo porque él no pudo quedarse callado.
Supuso que los inhibidores exclusivos para deportistas que debían usar antes de cualquier partido o entrenamiento estaban dejando de hacer efecto, pues podía oler un aroma muy suave a chocolate y canela. Las notas del aroma lo dejaban saber que se trataba de un omega. Supuso que se trataba de alguno de los hombres de la FIFA.
El olor comenzó a hacerse más presente a cada infernal minuto que permanecían ahí encerrados juntos. De igual forma, a cada momento la imponente presencia de Edson empezaba a flaquear.
Jude cayó en cuenta entonces que no estaba percibiendo el aroma de Edson, aunque el efecto de sus propios inhibidores también debía estar pasando. Extrañado, lo observó de reojo.
Aún tenía los brazos fuertemente cruzados sobre el pecho, un par de marcas sobre estos…y un parche pegado cerca de su ombligo.
Él sabía muy bien lo que era, pues vio a Erling usar el mismo artilugio durante su tiempo juntos como pareja. El omega noruego había dicho en más de una ocasión que eran lo mejor que podía usar para no quedarse embarazado, y que poco le importaba si alguien más lo veía, pues nunca había ocultado al mundo que era un omega.
Pero era imposible, no podía ser que el mexicano a su lado tuviera pegado en el abdomen un parche anticonceptivo. No, simplemente era imposible, pues si en verdad lo era, entonces no había estado peleando con un alfa, sino con un omega.
Edson notó la mirada de Bellingham sobre su cuerpo. La sensación lo puso aún más incómodo de lo que ya se sentía con sus inhibidores perdiendo efecto y pudiendo percibir el aburrido aroma amaderado del inglés. Quería ignorarlo y poner todo de sí para no golpearlo, pero casi pudo asegurar qué era lo que estaba viendo.
—¿Qué? — preguntó de manera osca.
—Eres…— comenzó Jude, sin pisca alguna de confianza en su voz —¿eres tú quien huele a chocolate?
—Sí— respondió. Llenando una simple afirmación de tanto veneno como le era posible.
—No es verdad.
Bellingham negó dando un paso a un lado, alejándose de Edson.
—¿Qué verga gano yo diciéndote una mentira?
Esta clase de cosas era por las que no había dicho nada nunca y no pensaba hacerlo. Neta era el peor momento para que alguien se enterara de el asunto.
—Pero… tu olor no se siente como el de un alfa.
Edson giró a verlo. En su cara se reflejaba tal odio que casi hace retroceder a Jude.
—Que te valga verga.
—Eres un alfa.
—Que te valga verga— repitió. Y sus brazos ya no se cruzaban sobre su pecho, ahora estaban a sus costados con las manos echas puño.
—Tienes que ser un alfa.
—Neta Bellingham, callate el pinche hocico si no quieres que te lo rompa— dijo. Apretando tanto los puños que podía sentir sus uñas cortas enterrarse en sus palmas.
—Si te vez así no puedes no ser alfa.
Edson estalló.
—Pues no. Putisima madre, no. ¿Contento? No soy alfa. Y tú más que nadie debería saberlo si pasaste tanto tiempo con un pinche omega vikingo de dos metros.
—Eres…
—Soy omega. Ya ¿Feliz? Soy omega y por tu puta culpa la federación ya tiene una excusa para mandarme a la verga.
