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Ecos

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continuación del fanfic: Reflejo.
fecha de creación: 02/09/2025

Chapter 1: Latitud Milo

Chapter Text

Dominica. O algún otro de esos puntos diminutos en el gran lienzo azul que los cartógrafos perezosos llaman "olvidado". En realidad, no estaba olvidado. Simplemente, a nadie le importaba lo suficiente como para dibujarlo bien. Lo que sí era memorable, para desgracia de cualquier alma desafortunada, eran los mosquitos. Millones de ellos. Pequeños vampiros alados con la persistencia de un cobrador de deudas y la puntería de un francotirador.

​El calor era de ese tipo que se te pegaba a la piel como una vieja historia que no puedes sacudirte. No el calor amable y sudoroso de un horno de panadería, sino el calor de una suegra con un resentimiento acumulado por décadas, envolviéndote en un abrazo pegajoso del que no había escape posible. Un calor que te hacía dudar de la existencia de cualquier dios benévolo.

​Y en el centro de esta oda al malestar, colgaba Kanon de Géminis.

​Un hombre de muchos títulos, la mayoría de ellos autoproclamados. Héroe redimido (la parte "redimido" siempre sonaba un poco a lavado de cara), ex villano (esto era más exacto, y mucho más divertido), pirata a medio tiempo (cuando la burocracia de los piratas le dejaba hueco). Pero en este preciso instante, su título más apropiado era "Trapo de Cocina Exprimido". Colgaba, de forma indigna, de la única palmera del tamaño justo para enredar a un hombre de su estatura, con un solo pie atrapado en una soga que, a juzgar por su nudo desastroso, había sido anudada por un mono o por él mismo, lo cual venía a ser casi lo mismo. Su sombrero de cuero, un vestigio de sus glorias marinas (o de sus desastres), se había volteado hacia el cielo, como si ofreciera una oración desesperada a una deidad que, a juzgar por las circunstancias de Kanon, probablemente se había tomado el día libre.

​—No puede ser— se quejo Kanon, aunque más que una queja, fue un gruñido profundo, ahogado por el flujo sanguíneo invertido.

Colgaba boca abajo, su melena, que antes había sido una declaración de desafío, y ahora estaba enredada entre las hojas de palma, como si la selva misma hubiera decidido, con una brusquedad verde y pegajosa, que era hora de un nuevo peinado.

​Su chaqueta de pirata, azul marino con unos bordes dorados que habían visto mejores días (y menos barro), ahora exhibía manchas que eran, con toda certeza, de fruta tropical aplastada. También había restos de pólvora, porque la vida de Kanon rara vez carecía de un buen sacudon. Y lo que él, con la fe de un ateo convertido, esperaba con todo su cosmos que fuera barro. Los pantalones ¡pobres diablos! estaban rasgados justo donde no se debe, revelando piel de manera poco apropiada. Y sus botas, las que una vez fueron negras y brillantes como el fondo de un pozo, ahora parecían haber participado en una batalla campal con un gallinero endemoniado

​—Esto no es dignidad. ¡Esto no es dignidad, maldita sea Milo, voy a dejar de buscarte! —masculló, con la voz ahogada por la posición y el ridículo, mientras intentaba zafarse con movimientos que solo lo enredaban más.

​—Lo mismo dijo ayer, Capitán —Solto una voz chirriante desde abajo, la de un camarada de cubierta. Era medio enano, con poco pelo y unos ojos saltones que le habían valido el poco inspirador apodo de "Estrellita de Mar". Lo cual era justo, considerando que no brillaba mucho y se pegaba a las rocas.

​—Ah... cierra la maldita boca —murmuró Kanon, sacudiéndose un poco más, como un pez fuera del agua, o un Caballero Dorado fuera de su elemento, lo cual era esencialmente lo mismo.

​Llevaba seis meses buscando al condenado escorpión. Seis malditos meses sin un rastro, ni una migaja de información. Había recorrido un rastro de desastres: Dominicana, ese purgatorio húmedo; el Caribe en general, un nido de piratas aún más incompetentes que él; Cádiz, España, donde casi lo confunden con un torero borracho; Tánger, Marruecos, donde la única pista fue un camello con un sombrero sospechosamente parecido al de Milo; Goa, India, donde terminó bailando en una boda sin saber cómo; Singapur, donde confundió un casino con un templo; y Manila, Filipinas, donde... bueno, es mejor no hablar de Manila. Ni un rastro, ni un maldito rastro. Y en todas, pero en todas las búsquedas, había terminado en problemas. Serios problemas.

​—Milo... Milo, ¿dónde estás?— susurró ahora, vencido, dejándose colgar como un saco de papas de una vid, y la dignidad hecha jirones.

​Justo en ese momento, una mujer de la aldea pasó caminando por el sendero. Llevaba una cesta de frutas en la cabeza y sus ojos, cansados por el sol y la vida, lo miraron con un absoluto desinterés. No había sorpresa, ni lástima, solo la mirada de alguien que había visto cosas peores por la mañana y antes del desayuno.

​—¿Turista?— preguntó la mujer, con una voz tan plana como el horizonte.

​—¡No, caballero dorado! — gritó Kanon, con la indignación brotando de su alma, incluso cabeza abajo. Pero la señora siguió caminando, sin inmutarse, como si fuera martes y los hombres colgados de palmeras fueran parte del paisaje. —¡No espere, no se vaya! ¡No se vaya!

El camarada de cubierta, se rasco la barbilla un momento. De todas las estupideces que vio en seis meses, sin duda esa; haber sido atrapado con la cuerda que el propio kanon de géminis puso como trampa, por si Milo pasaba por ahí, fue la peor.

—¡¿Qué me ves?!— Protesto Kanon. Y lanzó un bufido de resignación.

—Aguante capitán, ya voy— La voz chirriante de Estrellita de Mar se abrió paso a través del bochorno tropical, sonando como una flauta desafinada interpretando una marcha fúnebre para la dignidad de Kanon. Con una lógica que solo podría aplicar un borracho intentando resolver una ecuación compleja (y que probablemente acabaría con una respuesta que involucraría un hipopótamo y un sándwich de pepinillos), decidió trepar. No la palmera. Oh, no. La palmera era para la gente normal. Él iría por la ruta más directa. ¡A Kanon!

El pequeño marinero, que era todo voluntad y cero sentido común (una combinación peligrosa en cualquier profesión, pero especialmente en la de "ayudante de pirata a medio tiempo"), comenzó a escalar por el mismísimo cuerpo del Caballero Dorado como si fuera el mástil de un barco en plena tormenta, solo que este mástil gemía y se negaba a cooperar. Kanon, aún colgando boca abajo, con la sangre acumulándose en su cerebro y su cosmos en huelga, apenas pudo protestar. Su cerebro estaba demasiado ocupado intentando calcular qué sería peor: la caída o la humillación de ser escalado por un enano.

​—¡Espera, no , esto ya es demasiado ridículo incluso para mí!— bramó Kanon, o lo intentó.

​—¡Olvídelo, es mi momento de brillar, Capitán!— jadeó el otro, aferrándose con una tenacidad digna de una lapa. Primero a la chaqueta (esa prenda ya condenada), luego a su cinturón, y finalmente, al mismo borde de la dignidad de Kanon, que en ese punto ya era un hilo precario.

​Un tirón más. Una patada involuntaria de Kanon, cuyo cerebro le gritaba "¡muévete, idiota!", sin especificar cómo. Un equilibrio que nunca había existido en primer lugar, ni para Kanon colgado, ni para Estrellita trepando. Y el nudo, oh, el glorioso nudo mal hecho, cedió. Lo hizo con un sonido leve, casi como un suspiro de la mismísima gravedad diciendo: "por fin".

​Entonces, sucedió.

​Ambos cuerpos, el del glorioso Caballero Dorado y el del infortunado ayudante, cayeron con la delicadeza de un piano de cola lanzado desde un campanario. El general, por una vez en su vida, tuvo la fortuna de aterrizar primero, amortiguando el impacto con la parte de su anatomía que más usaba para sentarse y, casualmente, para dar órdenes. Estrellita le siguió, rebotando como una pelota triste sobre su espalda. Si no fuera por el dolor agudo, Kanon podría haber admirado la trayectoria.

—Ah, maldita sea. Esto es humillante... — Susurro Kanon, pero no fue escuchado.

​–Lo es, Capitán. Yo creo que el navío, una vez más se equivocó de puerto. O de siglo. Lo cierto es que, aquí no está Milo— contesto Estrellita, con una verdad dolorosa y obvia que no hacía falta que nadie comentará en realidad.

​—¡Ya sé que aquí no está Milo!—-bramó Kanon, y su paciencia, al igual que su sombrero, peligrosamente volteado. Se dejó caer de nuevo sobre la tierra caliente, con la tragedia pintada en cara. Luego, dejó escapar un sonoro suspiro, que sonó como el último aliento de una aspiradora sobrecargada. Y en medio de su miseria, un pensamiento le asaltó. —¿Dónde está el resto?

​—Buscando a Milo, Capitán— contestó Estrellita de Mar, con la lógica de quien ha dedicado su vida a las tareas sencillas.

​Justo entonces, en la distancia, un grupo más de camaradas de cubierta apareció en escena. Venían a los tropezones, a los gritos y a los más variados insultos, arrastrando entre ellos a un pobre diablo encapuchado que no paraba de vociferar: "¡No soy Milo! ¡Yo no soy Milo!". Era un grito que llevaba la desesperación de alguien que había sido confundido con la persona equivocada demasiadas veces.

​—¿Qué están haciendo?— susurró Kanon, con una mezcla de horror y fascinación. Se dignó a levantar su trasero del suelo, se sacudió un poco la tierra, y caminó, adelantándose a lo que sabía que sería otro desastre.

​—¡Capitán, le trajimos a Milo!— dijo un camarada efusivo, que era alto, bastante flaco, con cabello largo y una mirada que sugería que había visto cosas que harían temblar a un alma normal. Kanon nunca supo su nombre real, pero lo apodaba "Aguja Vudú": flaco, puntiagudo y con ese aire de estar perpetuamente maldito.

​De aquí a la China (o al menos, Kanon lo sabía) era obvio que ese no era Milo. Así que, sin más vueltas ni florituras, le quitó la capucha al pobre infeliz. La capucha era una prenda que, en ese calor infernal, desafiaba toda lógica y termodinámica. Al quitársela, dejó al descubierto la cabeza del cautivo.

​—¡Yo no soy Milo! ¡Le juro que no soy Milo! — gritaba el jovencito, con su cabello azul brillante, sus ojos zafiros llenos de terror y una cicatriz pronunciada en el rostro que, de alguna manera, lo hacía parecer sospechosamente parecido a alguien a quien no era.

​El general (o sea, Kanon, aunque el término le quedaba un poco grande en ese momento) miró al cielo con un gesto de resignación auténtica. Se tomó tres segundos preciosos para inhalar y exhalar profundo, contando los segundos mientras el universo se reía de él.

​—Este no es Milo—. Finalmente, las palabras salieron de su boca, planas y definitivas.

​—¡Es lo que estoy diciendo!— gritó el joven, con una verdad aplastante que, por alguna razón, se escapaba de la mayoría de la tripulación.

​—¿Cómo que no, Capitán? ¡Tiene la cicatriz! — respondió Vudú, como si una cicatriz fuera el único criterio de identificación para una persona. (Lo cual, hay que admitirlo, simplificaba mucho las cosas para un pirata. O para un detective muy perezoso).

​—Ah, déjalo ya— murmuró el general marino, con un cansancio que iba más allá del cuerpo. Enseguida, tomó al joven del tapado largo y oscuro que traía (¡Con el calor! Era una maravilla cómo la gente elegía vestirse para la selva) y lo arrastró a cualquier dirección, dándole un empujón para que huyera. Y, por supuesto, así lo hizo.

​—¡Malditos locos!— gritó el jovencito, mientras huía a toda velocidad, probablemente hacia la primera civilización donde no se le confundiera con un desaparecido.

​—Bien. Andando. No tenemos nada que hacer aquí— dijo Kanon, sacudiéndose un poco el polvo y los restos de dignidad, antes de ponerse en marcha con su tripulación.

El calor seguía sin dar tregua, un abrazo sofocante que se sentía menos como el sol y más como si el mismísimo Hades hubiera decidido freírlos a fuego lento en aceite de coco. El grupo, ahora más una procesión de almas perdidas que una tripulación, avanzaba trabajosamente hacia la costa.

​Kanon iba al frente, con su chaqueta a medio poner, más por costumbre que por utilidad, y el sombrero torcido sobre su cabeza. Era un sombrero que, a estas alturas, se había convertido en un símbolo de su voluntad: doblada, sí, quizás un poco maltrecha, pero todavía allí. Estrellita, lo seguía a trompicones, siendo una sombra andante de optimismo absurdo, mientras el resto de la tripulación murmuraba entre dientes, arrastrando los bultos.

​Al salir de entre la espesura, de golpe, lo vieron.

​Ahí, anclado en la bahía como un presagio de gloria (o de más problemas, dependiendo del día de Kanon), se alzaba El Géminis Errante. Imponente y majestuoso. Con sus velas aún dormidas, esperando al viento, como un viejo dragón que sueña con volar, mientras su casco besaba las aguas. No era un mero barco. Era un navío de guerra, de viaje y de exilio. Un barco que no respondía al capricho del mar o a la bravura del viento, sino al propio cosmos de su capitán. Una máquina pensante, si se quiere, aunque Kanon prefería no pensar demasiado...

​La madera no era madera común. No, señor. Era roble celestial, de ese que solo crece en los jardines de los dioses o en los mitos olvidados. Bruñido, según la leyenda, por el mismísimo fuego de Hefesto, y bendecido, probablemente con una ceremonia bastante aburrida, por el oro de Athena. Sus mástiles eran altos como torres de vigía, y sus velas, cuando finalmente se alzaban, no solo atrapaban el viento: contaban historias en cada pliegue. Hablaban de guerras libradas contra enemigos desconocidos, de rutas cruzadas bajo estrellas caprichosas, y, curiosamente, de amores perdidos que probablemente involucraban escorpiones.

​La figura de proa no era la típica sirena de pechos grandes ni una doncella con aspecto de estar a punto de marearse. Era una máscara doble, pintada con una exactitud tan aterradora que parecía viva. Una de las caras miraba al oriente, serena, luminosa, con la promesa del amanecer. La otra, hacia el occidente, oscura y burlona, con una sonrisa que conocía todos los secretos del anochecer. Era, por supuesto, exactamente como Kanon. Como su signo. Como su destino. Y como la mayoría de las personas con las que se cruzaba en su vida.

Y entre las cuerdas rígidas, los cañones sagrados que nunca se disparaban sin antes sentirse amenazados. Kanon volvió a respirar una bocanada de aire, no de humedad tropical, sino de propósito. Ya no era solo un pirata fracasado con una reputación dudosa. Ya no era solo un buscador de escorpiones huidizos que parecían tener un don para desaparecer en los momentos más inoportunos. Ahora, sobre esa cubierta, era de nuevo el Capitán del Géminis Errante.

​Y aunque su chaqueta estuviera sucia con vaya a saber qué, y su sombrero pareciera haber peleado una dura batalla contra una vaca furiosa, había algo en su andar que volvía a enderezarse. El navío, en su inmensa sabiduría de roble celestial, le hacía recordar quién era en verdad... o, al menos, quién había prometido ser en algún momento de su tumultuosa existencia.

​Kanon subió a bordo sin mirar atrás.
​Y mientras los marineros, con un fervor renovado por la promesa de aventura (o al menos de salir de esa isla), comenzaban a soltar amarras, Kanon murmuró:

​—¿Dónde, Milo? ¿Dónde ahora?

​Miró el horizonte, imaginando un lienzo en blanco para sus próximos desvaríos. ¿Y si no estaba en esta isla? pensó, con la idea rondando como un mosquito persistente. ¿Será en las ruinas de Caldea, donde se dice que los dioses aún susurran secretos? ¿O en ese puerto de noche eterna del que hablaba la bruja sin ojos, la que siempre tenía razón en las peores cosas?

​Milo era un recuerdo afilado en su mente. Y el general, un corazón testarudo que, para bien o para mal, aún no sabía rendirse. Lo cual, en un universo lleno de idiotas y mosquitos, era una cualidad tan rara como valiosa.

—¿Hacia dónde, Capitán?— La pregunta provino de una voz raspada como una lija vieja, propiedad de un camarada apodado "Muelle Oxidado". Tenía la columna encorvada como si cargara siglos de naufragios sobre el lomo, y nadie en la tripulación (ni siquiera él mismo, probablemente) sabía cómo seguía a bordo. Tal vez ni los dioses querían llevárselo aún, pensando que ya tenían suficientes problemas en el Olimpo.

​Kanon, de pie en la proa del Géminis Errante, con el sol dándole de lleno en la cara, cerró los ojos un instante. ¿Dónde?, se preguntó. ¿Dónde demonios estaría Milo? Esperaba que el navío, o su propio cosmos, o alguna fuerza misteriosa y caprichosa entre ambos, le enviara una señal. Y entonces, como si el propio barco lo hubiera oído, una brisa cargada de sal le cruzó la mejilla y el timón crujió con un sonido que era mitad queja, mitad aliento.

​El Géminis Errante se inclinó levemente, casi con una coquetería náutica, apuntando al oeste. Y finalmente, Kanon abrió los ojos mientras sus labios se curvaron con una media sonrisa, una expresión que en su rostro podía significar desde "Eureka" hasta "Estoy a punto de vomitar".

​—Belice—dijo Kanon, con la calma de quien no duda, incluso si todo el mar le estuviera rogando que dudara. Lo cierto es que la palabra sonó extrañamente definitiva.

​—¡Sí, Capitán!— rugió Muelle Oxidado, dando un golpe con su bastón contra la cubierta. Luego se volvió al resto de la tripulación.— ¡Ya oyeron al Capitán! ¡Belice nos espera!

​Y la cubierta cobró vida. No como una colmena, que es demasiado ordenada. Más bien como un avispero con ritmo, donde cada uno tenía una tarea y la cumplía con un entusiasmo que hasta rozaba la incompetencia.

​—¡¡Izad las velas!!— gritó uno, que tenía más pulmones que cerebro.

​—¡Desatrancad la amura de estribor! ¡Y asegurad la proa, que no quiero más cabezazos con las olas!— vociferó otro, un tipo flaco con cara de haber sido golpeado por el mástil en su juventud

​Las cuerdas chirriaron como almas en pena, las poleas giraron como locas. El velamen crujió y se hinchó como pulmones después de una larga apnea, capturando el viento y el destino. Un marinero trepó al palo mayor con la agilidad de quien le debe dinero a la muerte y sabe que el cobrador viene por él. Otro aseguró las defensas a babor mientras cantaba una canción que hablaba de un escorpión.

Rumor del mar y sal en la piel,

las velas al viento, la brújula infiel.

El Géminis ruge, su casco no miente,

vamos tras Milo, el ausente valiente.

¡Oh, Belice! Tierra de sombra y calor,

donde el ron arde y se esconde el amor.

Que tiemble la selva, que brame el coral,

¡allí va Kanon, buscando su mal!

Y así, ​el Géminis Errante cortaba el mar como si el océano le debiera un favor desde hacía siglos. Pero allá iba; rumbo a Belice, con su capitán en busca de un escorpión perdido, con una tripulación de apodos imposibles y una ética laboral muy flexible, un navío prestado por los dioses (y que tenía opiniones propias), y una historia que apenas empezaba a desplegar sus velas bajo el enorme cielo.

•••••••••••••••••••••••••••••••••••

La luz se rindió pronto en medio del
mar. Y el Géminis Errante continuaba su curso, sobre las olas rumbo a Belice. Esa era la primera de las once noches que aún les restaban para alcanzar su destino, un viaje de más de dos mil kilómetros náuticos. Y Kanon, en lo más hondo de su ser, anhelaba encontrar a ese escorpión de una buena vez. La búsqueda se había convertido en una obsesión, un nudo apretado en la garganta de su alma.

​Sin duda, lo que más sorprendía al general no era la inmensidad del océano ni la paciencia que exigía el viaje, sino la manera en que Milo podía desvanecerse. Era un misterio que pesaba en el aire salado. Sin un cosmos que palpitara, sin esa señal familiar que se extiende por el infinito universo, la tarea de encontrarlo se tornaba incomprensiblemente difícil. Había seguido a su corazón, ese órgano testarudo, desde que salió de Grecia hacía ya seis meses. Entonces, se preguntaba ¿por qué no podía encontrarlo? Era una pregunta sin eco en la inmensidad de la noche, una interrogante que se repetía sin cesar en los recovecos de su mente.

​¿Cómo era posible que un caballero de Athena abandonara su puesto con tal ligereza, sin siquiera la cortesía de una explicación? Peor aún, ¿Cómo se podía abandonar a los compañeros en un momento tan delicado, tan lleno de cicatrices, como lo fue la muerte de Camus y todo aquello que quedó después? Rumores, que se habían extendido por diferentes países, susurrando que el Santuario de Athena y sus alrededores no atravesaban su mejor momento. Aldeanos y soldados de puertos lejanos habían hablado de Atenas, de gente que reclamaba alimento y medicina, de un oro del Santuario que, al parecer, no servía para hacer negocios; o no como antes. Algunas malas lenguas, esas que siempre encuentran la forma de sembrar la duda, insinuaban que la mano derecha de Athena no era apta para tales menesteres, lo cual chocaba con el conocimiento de Kanon. Saga, al fin y al cabo, era astuto e inteligente, muy bueno negociando; un hombre que se movía entre las sombras del poder con una destreza casi inhumana.

Y esa urgencia tan fría... Que le oprimía la garganta y le exigía de alguna manera volver. Si, volver al santuario, y dar una mano, de la forma que fuera. Pero sobre todo, necesitaba entender porque el pueblo y la gente parecía pasar hambre. Esa era una inquietud que lo carcomía desde hacía varias noches.

Y entonces, el navío giro. No hubo una orden audible, ni la mano firme de un timonel que corrigieran el rumbo. El timón permanecía inmovil, sin embargo, el Géminis errante comenzó a describir una curva, lenta al principio, pero en una dirección inesperada. Después, otra curva más se unió a la primera, y luego una tercera. Pronto, se transformo en un carrusel que giraba sin cesar en un espiral constante sobre la nada misma.

La tripulación, que en ese momento apenas se atrevía a respirar, ya sabían la verdad. Así y todo, como se los veía, raros y chistosos, no eran estúpidos. Entendían que, el Géminis no respondía al capricho del viento, ni a las corrientes del océano; su quilla, su mismo esqueleto de roble celestial, sentía el vaivén y la indecisión del cosmos de su capitán. Y el cosmos de Kanon, en ese preciso instante, vacilaba en un titubeo casi doloroso.

¿Debía persistir en la búsqueda de Milo? ¿O debía volver al santuario para ayudar a su gente?

Las preguntas dentro de su cabeza, silenciosas pero persistentes, se cernía sobre él sin descanso. Fue entonces que Kanon cerró los ojos, con la esperanza de que la oscuridad le revelara el rumbo correcto, la respuesta definitiva a su dilema. Pero allí, en el enorme e impenetrable interior de su conciencia, no halló respuesta alguna. Solo encontró un mar infinito, que giraba y giraba sin cesar, arrastrándolo consigo en su espiral de dudas y arrepentimientos. La decisión, temía, estaba más allá de su voluntad, un destino que el barco mismo; un reflejo de su alma, ya había comenzado a trazar.

​—Capitán...— murmuró una voz. Era "Ojo de Bretaña", un vigía tuerto con más años de mar que de tierra firme, envuelto en una manta que exhalaba un aroma a tabaco viejo.

​—Ya lo sé... — susurro el geminiano. Con la mirada fija en el carrusel de estrellas en el cielo, como si en ellas pudiera encontrar la clave de su indecisión.

​—Tal vez deba dejar que El Géminis siga girando— dijo el camarada, con su voz áspera llena de sabiduría —Lleva muchas lunas sin descansar. — Y enseguida, un pensamiento, tan oscuro como las profundidades bajo la quilla, cruzó la mente de Ojo de Bretaña, y lo verbalizó —¿Y si acaso está muerto?

​El general, con una sonrisa que apenas era una mueca, negó con la cabeza y contesto —Ese desgraciado no está muerto. Si lo estuviera, yo lo sabría. Se esconde... se esconde muy bien. —Luego, su mirada viajo a la nada, en el punto donde el horizonte se unía con el cielo, buscando una respuesta. —Solo... solo necesito una señal. Una señal de que no estoy equivocado ahora. Porque definitivamente, también necesitamos volver al Santuario.

Y con este último pensamiento, y una convicción que se asentó en lo más profundo de su ser, El Géminis tomó el control nuevamente y dejó de girar. Enseguida, su proa se orientó, con una lentitud. hacia Belice. Mientras él general miraba la barandilla de madera con los ojos suspendidos y pensando que, una vez más, tenía un rumbo, y que una decisión había sido tomada.

••••••••••••••••••••••••••••••••••••••

Santuario

Agosto, ese mes que lo abrasa todo, miraba con ojos crueles al Santuario en Atenas. El sol caía como plomo derretido, sin piedad, y las columnas del gran templo parecían exhalar el calor acumulado desde sus más hondas grietas. El aire pesado, estaba tan quieto que ni el zumbido incansable de las cigarras se atrevía a romper el silencio, un silencio que no era de paz, sino de inmovilidad, y de espera.

Está de más decir que era un verano hirviente. Y no precisamente el verano vibrante de la vida que estalla en colores. No lector. Era un verano reseco hasta la médula, como si el Santuario, en su antiguo esplendor, hubiese olvidado la misma esencia de florecer.

​Las huellas del hielo aún se aferraban a la tierra, como fantasmas de un frío que había mordido más profundo de lo usual. Algunas zonas bajas de Rodorio, permanecían deshabitadas, cubiertas por cristales opacos que se negaban a ceder al calor de agosto. Las cosechas se perdían en los campos, y los alimentos se contaban con la precaución de quien sabe que cada grano es un día de vida. El pueblo, mientras tanto callaba en un silencio colmado de resignación, pues, está era su nueva y amarga fe.

​​En el corazón del Templo de Aries, en un taller pequeño, escondido al final de un pasillo donde el aire era aún más pesado, Mu sudaba sobre una armadura agrietada. Tenía el torso desnudo, perlado por las gotas que se deslizaban descaradamente por su piel hasta perderse en el borde de su pantalón. Su cuerpo, un espectáculo de músculos rigidos bajo la luz tenue, era el de un artesano y un guerrero. Sus dedos expertos danzaban entre las partes doradas, alineando cosmos y metal a la perfección. El brillo de la Armadura de Leo, casi restaurada, palpitaba débilmente bajo la luz del mediodía, un corazón de oro que volvía a la vida.

​Fuera del taller, apenas saliendo del pasillo, se abría paso a la sala de descanso. En el centro, una alfombra blanca (un color que, con el tiempo y el polvo del Santuario, se había vuelto bastante sucio, pero era el preferido del carnero). Allí, sobre esa alfombra, Kiki estaba tirado boca abajo, con un libro tan grande como su propio torso. Mientras, su carita pequeña y redonda, de enormes ojos celestes, traía el ceño fruncido por la concentración de las palabras.

​—Y cuando el firmamento se quebró en tres, tres inviernos llegaron. Los Santos de Oro reunieron su cosmos, y fue entonces que nació la guardia del eclipse. ¿Usted conoce la historia, señor?

​Allí, Saga, apoderado del único sillón alejado de las ventanas, donde la brisa; si es que existía, llegaba con menos saña, se limitó a levantar la vista por un segundo. Su torso, duro y marcado por mil batallas, estaba completamente desnudo, debajo, cubierto solo por unos pantalones cortos. Y en su mano, sostenía una botella de cerveza helada con la reverencia con la que un sacerdote sostendría un cáliz sagrado. Pronto, su voz grave broto de sus labios con cansancio.

​—¿De dónde sacaste ese libro?

​—Pues...— Murmuro el niño. Pero no pudo completar la frase.

​Tres golpes medidos con una cadencia decidida, resonaron en la puerta de Aries, interrumpiendo al niño. Y logrando que Saga levantara una ceja en un gesto que podría significar tanto una sorpresa, como un mal presagio. Y el niño, con esa agilidad que desmentía el tamaño del libro, incorporó de golpe, directo a responder el llamado.

​La puerta se abrió rápido por las pequeñas manos ágiles. Y allí estaba Shaina, sin máscara, una visión inesperada bajo el sol despiadado. Envuelta en un vestido corto, de un floreado verde oliva que apenas contrastaba con la aridez del Santuario, su cabello, antes indomable, ahora pegado a la frente por el calor. Su vientre, firme y prominente, no dejaba lugar a dudas: hablaba de unos siete u ocho meses de dulce (o quizás no tan dulce) espera. La luz dorada del sol se reflejaba en sus ojos, que no habían perdido esa mirada felina y alerta, lista para cualquier embate.

​—Ah... qué calor hace afuera. Con permiso, niño—-dijo la joven, con la voz cansada, y entró con su pequeña maleta.

​La cara de la joven era, sin duda, alegre, casi desafiante en su descaro al entrar así. Mientras tanto, la cara atónita de Saga no hacía más que haber puesto los ojos en ese enorme vientre, completamente perdido en él, con la mano alzada, aún sosteniendo su cáliz sagrado helado como si fuera el único sostén en un mundo que se acababa de volcar. El niño lo miraba de igual forma, sus ojos redondos, llenos de un asombro tan puro como el cielo de un mediodía sin nubes.

​Mu salía desde el pasillo, acercándose a la escena. Lento, con una herramienta dorada en la mano similar a un martillo, y en la otra un objeto también dorado, pero más puntiagudo. Sus pasos se hicieron medidos, casi cautelosos, como si temiera lo que sus ojos estaban a punto de ver. Su ceño, fruncido a más no poder por la concentración de su trabajo, se arrugó aún más. Hasta que la vio.

​-—Lo siento —dijo Shaina, en un tono que mezclaba el pudor con la fatiga del camino. Su mirada verde, algo brillosa y también, por qué no, preocupada, se posó en Mu. —Dije que no iba a molestarte, ¿lo recuerdas, verdad? —No esperó respuesta, y continuó, con una desesperación que no pudo contener—Pues... verás, mi choza no es muy segura que digamos, y casi no tengo dinero —Hizo una pausa, más para pensar en las palabras que quería utilizar.

Mientras, se dejaba observar, aunque no era lo que deseaba. Pero no podía evitar la mirada penetrante y azul del geminiano semi desnudo, ni la del niño, que no paraba de acercar su rostro a su vientre enorme, con la curiosidad de quien descubre un nuevo continente. Mientras el carnero, se hundía en su mirada, y en sus propios pensamientos, que en ese instante estaban muy lejos de un futuro que de repente se había vuelto real.

​—No quiero tener a la niña sola, allí afuera —Termino por decir Shaina, con total sinceridad.

​—¿Es una niña?— preguntó Mu. Aunque ya había oído, pero simplemente entre la conmoción, la pregunta fue más para escucharse a su mismo.

​—Así es— dijo Shaina, mirando su barriga con un afecto que suavizaba su rostro, y después, alzó la vista nuevamente hacia Mu y continuo —Tú, ¿tienes un lugar para nosotras?

​—Lo tiene, querida— dijo Saga, con una voz que había recuperado su temple, dejando la botella de cerveza en el suelo, a un costado del sillón, como si el cáliz sagrado hubiera cumplido su función. —¿Verdad, Mu?

​—Claro... —susurró Mu, apenas un hilo de voz. Y no porque no quisiera decir que sí, sino por el asombro. Por vivir estos seis meses en un sueño donde, si bien había pensado en el bebé, la idea de que ese niño fuera parte de ellos tres, no había sido más que una abstracción. Luego continuo—Siéntate, por favor. Yo... —Se miró a sí mismo, sudado y a torso descubierto. —Iré a darme un baño y regreso.

​—Sí. Adelante— Shaina asintió con una leve sonrisa. Pero por dentro, gritando victoria al no ser rechazada.

Lo que siguió después fue la amazona, dirigiéndose, en una decisión inesperada hacia el sillón donde se dejaria caer lentamente. El que ya estaba vacío, por supuesto, ya que él geminiano lo había abandonado con una velocidad que solo se veía en hombres enfrentándose a una inminente revelación, o a un fuego incontrolable. Era un caballero, después de todo, y la etiqueta mandaba a ceder el asiento a una dama en apuros (o en avanzado estado de gestación).

​El niño, que un momento antes estaba parado frente al vientre de la mujer con una fijación casi hipnótica, ahora la seguía con los ojos bien abiertos. Observó cómo Shaina tomaba asiento en el sillón con un suspiro de alivio que resonó dentro de la sala Entonces, con la gravedad de un pequeño erudito que acaba de descubrir un nuevo campo de estudio, la siguió y se sentó en el suelo, directamente frente a ella, solo para seguir mirando, estupefacto, la nueva vida que se escondía allí dentro.

​Vaya a saber qué intrincados pensamientos pasaban por la cabeza del niño. Su boca estaba entreabierta, en un pequeño pozo de asombro y quizás el preludio de una pregunta muy larga. Pero de su sabia garganta, a pesar de los escasos nueve o diez años que cargaba sobre su pequeña espalda, no salía una sola palabra. Era un silencio tan profundo que podría haberse oído el giro del planeta.

​—Ya... niño. Me estás poniendo nerviosa —murmuró Shaina, acariciando su vientre con una mano. Sus ojos, sin embargo, estaban clavados en Kiki, con mezcla de diversión y la incómoda sensación de ser un espécimen de estudio.

​—Vaya... —dijo Kiki, y se irguió un poco, negó levemente con la cabeza, como quien acaba de comprender una compleja ecuación, y añadió—: Esta vez mi maestro, sí se pasó.

​—¡¿Qué?!—exclamo Shaina, con el asombro primero, más que una pregunta.

​—Oye, niño —soltó Saga. Nadie supo cuándo había desaparecido, pero regresaba ahora con un vaso de agua fría para Shaina —¿Por qué no te pones a leer? Quizás en la biblioteca de Shion haya un libro sobre los extraños comportamientos de los adultos.

​—Oh, no, señor— contesto Kiki, con la seriedad de un veterano de mil batallas de siesta y negó con rotundidad. —Definitivamente esto es más importante. ¿Cómo cree usted que voy a pegar ojo con la niña llorando? ¿Y qué hay de mis siestas? Esto no puede ser cierto. Mi rutina es muy importante para el equilibrio de mi cosmos, o algo así...

​—Ahora es cuándo se te hace tarde para la siesta— soltó Saga, con ese tono de autoridad que no admite un no como respuesta. — Ve, y deja descansar a Shaina. Y después deja ese libro en la biblioteca de Shion. No queremos más revelaciones sobre "guardias del eclipse" o "bebés que arruinan siestas" antes de tiempo.

​El niño rezongo, claro que lo hizo. Revoleó los ojos con una teatralidad que habría hecho ruborizarse a un actor shakespeariano, bufó con el aire de un toro en miniatura, frunció el ceño con una intensidad que predecía futuras arrugas. Y para finalizar, se levantó con pesadez, y se fue murmurando cosas que solamente él podía escuchar y entender, seguramente lamentos sobre el fin de una era y la tiranía de los recién nacidos. Los pequeños pasos se perdieron en el pasillo, y poco después se escuchó la puerta de la habitación cerrarse con un sonido estruendoso, que probablemente para el niño, significaba que marcaba el final de una era y el comienzo de otro.

​—Gracias... —susurró Shaina, ahora reclinada en el sillón que Saga le había concedido y se permitió un suspiro, uno de esos que no liberan aire, sino la tensión acumulada.

Saga, por su parte, seguía de pie junto a ella, sosteniendo el vaso de agua fría. Y Había recuperado la voz, sí, pero no la compostura habitual que lo caracterizaba.

​—Descuida— respondió Saga, extendiendo el vaso de agua. Shaina lo aceptó enseguida, y Saga agrego. —Es un niño curioso.

​—Sí, y estoy invadiendo su espacio. Soy consciente de eso— contesto la mujer y dio un sorbo largo a ese vaso de agua helada, un contraste total en su interior contra el sofoco de afuera.

​Mientras tanto, Saga la observaba con los ojos fijos, y la estudiaba... Claro que sí. Primero el rostro de la amazona, luego, un deslizamiento de ojos fugas hacia el vientre abultado. Sin expresión, a excepción de sus labios, ligeramente estirados en una mueca que no llegaba a ser ni una miserable sonrisa. Y eso fue todo, una mirada rápida, pues, no deseaba incomodar a la amazona más de lo que ya se la veía. El cosmos dentro de ese vientre se sentía enorme, y con una presencia poderosa con la genética lemuriana a flor de piel.

​Probablemente, pensó Saga, de un alto linaje de lemurianos. Oh, sí, la biblioteca privada de Atenea, ese santuario de conocimiento al que nadie más que la diosa misma tenía acceso, y que custodiaba los secretos más herméticos sobre la tierra, le había proporcionado a Saga un conocimiento profundo sobre ellos. Tal vez, ni el propio Mu sabía de ello con tal detalle. Lo cierto era que los lemurianos tenían linajes diferentes, con nombres tan difíciles que apenas podían ser pronunciados, y el de Mu era el último que quedaba en la tierra: Casa Kelaīd - Thaum (Los Artífices del Vacío). Artesano, guerrero y sanador; esta última habilidad, practicada solo unas pocas veces, como cuando había aprendido a manejar el laboratorio de medicina para preparar una cura para Camus. Pero Mu, aún no acababa de descubrirse del todo. Aunque lo haría, sí, sin duda lo haría.

​—Tendrá que compartir el espacio— dijo Saga, al fin, después de un momento de profunda reflexión. —Y así que, ¿una niña?

​—Sí— respondió Shaina, un poco incómoda por los ojos azules que la miraban con intensidad, y por esa pequeña sonrisa, esa mueca en los labios del geminiano que no sabía deducir. Además, se formó un silencio incómodo para ella, aunque no para Saga, quien todavía la observaba sin apartar los ojos. Finalmente, Shaina añadió, casi desesperada —Oye, no pretendo meterme entre ustedes dos. Solo quiero...

​—Lo sé— interrumpió el geminiano, con suavidad, pero como siempre, con autoridad — A mí no me debes explicaciones— Respiró profundo, ablandando la mirada, y continuó, con una calma que tranquilizó a la amazona: — Así que relájate. Estoy a tu disposición. Solo dime qué necesitas y lo tendrás.

​—Gracias... — susurró Shaina. Luego, apartó la mirada de Saga. Pues, se sintió incapaz de sostenerla por la magnitud de aquella hospitalidad, una que jamás le había sido ofrecida, ni siquiera en los recovecos de su imaginación, cuando tomó la decisión de acudir al carnero en busca de ayuda.

​Por supuesto, Saga, con esa perspicacia que lo caracterizaba, notó el astibo de pena que se posó en el rostro de la amazona. Y como aún se encontraba sin camiseta, aprovechó el momento para decir: — Iré a vestirme. Mu llegará enseguida. Tú, siéntete cómoda y, si el niño aparece de nuevo... lo espantas como a un perrito.

​—Bien— respondió la mujer, asintiendo con una leve sonrisa.

​Poco después, el geminiano se perdió en el pasillo, dirigiéndose directamente a la habitación que compartía con Mu, ya fuera por costumbre, o por la conveniencia que el tiempo les permitía. Abrió la puerta, y sus ojos localizaron rápidamente al carnero, ya vestido, petrificado frente a la ventana, con la mirada perdida en el exterior. Una vez dentro, Saga cerró la puerta, y esperó de frente unos segundos. Esperaba, claro, que Mu se volteara, que al menos pronunciara alguna palabra. Pero también sabía que una cierta conmoción había permeado todo lo sucedido, un evento que aún resonaba dentro de su cabeza.

​—Ey... — susurró Saga, por lo bajo.

​Mu, con los ojos aún puestos en el exterior, y sus manos descansando a los costados de su cuerpo, murmuró: —Yo, no lo vi venir— Y entonces se volteó, buscando directamente los ojos de Saga —No vi venir eso.

​—¿Eso? Mu. Es una niña. Todo está bien— respondió Saga, y apenas esbozó una sonrisa, más para relajar al carnero que por diversión.

​—Lo sé. Pero... yo no pensé que vendría aquí— hizo una pausa, pues, estaba tenso de la cabeza a los pies, y se estaba sintiendo horrible, entre la culpa y el desconcierto. —No me malinterpretes, yo iba a responder por la niña. Pero en mi cabeza solo éramos nosotros tres. Tú, Kiki y yo. Y ahora...

​—Una niña — respondió Saga completamente convencido y asintiendo con lentitud. Después, avanzó hasta Mu con la intención de hacerle sentir que no solo. Porque, de hecho, no lo estaba. Cuando aceptó aquella carga frente a Shion, seis meses atrás, la aceptó de verdad, sabiendo lo que pasaría y esperando, de alguna forma, que sucediera. Puso las manos sobre los hombros del carnero y añadió: — Todo estará bien. Estoy contigo, para ti. Ahora, debes enfrentar eso y hacerle ver a esa mujer que estás disponible para sus necesidades. Porque tú y yo sabemos que la niña no se hizo sola— y permitió que una leve sonrisa divertida se asomara en sus labios.

​—Ay, por favor— murmuró el carnero, con una nota de molestia en su voz, aunque sin verdadera irritación. — Ya lo sé. Y también sé que de alguna forma lo estaba haciendo para cumplir con mi maestro— Suspiró — solo que, pensé que pasaría así. Y...—. Pensó un segundo, solo uno, una pequeña pausa en el torbellino de sus emociones. —Tampoco quiero que la niña esté allí afuera. Es mía, y es mejor que esté rodeada de caballeros dorados, antes que de aprendices, entre ellos, asesinos y degenerados.

​—Así se habla, Aries—. respondió Saga. Y ahora su mano alzó el mentón de Mu, con la intención de buscar una conexión íntima. Sus miradas se cruzaron, y Saga se perdio en esos ojos verde agua. Y sin más vueltas, lo besó. Porque lo quería, porque le urgía y lo necesitaba. Así, sintió cómo el carnero correspondía enseguida al contacto devolviéndole un beso profundo, con algo de lengua, delicioso e intenso, pero corto. Al separarse, Saga añadió: — Ve con ella, hazle compañía. Yo me vestiré y los dejaré solos. Además, tengo cosas que hacer.

​—De acuerdo— Mu asintió.

​Con este último asentimiento, Saga liberó al carnero, permitiendo que este volviera a respirar profundo, mirara hacia la salida de la habitación, y caminara hacia afuera con Shaina. Luego, cuando la figura de Mu desapareció y estuvo a solas, Saga también respiró. Pero no de alivio, sino por aceptación, pues no importaba la carga que Mu llevara, él estaba enamorado, y mientras ese amor no lo lastimara, no había motivos para alejarse. Pero tampoco quería alejarse; no había pensado en eso hasta ahora. Admitía que Mu y Kiki completaban una pieza que le había faltado desde que tenía memoria, en lo más profundo de su ser.

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​El viaje desde la India había sido largo y, sobre todo, silencioso. Aioria caminaba al frente, mientras subía las escaleras del Templo de Aries. Podía sentir el familiar latido de su cosmos, el pulso del Santuario, una música antigua que lo llamaba de vuelta. Pero detrás de él, Shaka era una sombra.
Ya no era el caballero más cercano a los dioses, el hombre cuya presencia podía doblegar voluntades. Era, por el contrario, un simple humano. Un hombre cuyo cosmos se había desvanecido, robado por el niño de hielo del que no quería hablar y a quien, a veces, le parecía seguir viendo en las esquinas de cualquier parte.

​En la India, Aioria había intentado, con todas sus fuerzas, ayudarlo a recuperarse. Había buscado rincones sagrados, maestros de meditación, templos de los más antiguos. Pero cada intento era en vano. Seis meses después, la cosa seguía igual.

La relación de ambos había tocado un fondo del que Aioria se negaba a aceptar. Había intentado contenerlo, hablarle, alentarlo, cualquier cosa. Pero Shaka se había vuelto un extraño, y ya ni siquiera le permitía que lo tocara. Las palabras eran escasas, y sus ojos, que antes reflejaban el universo, ahora eran ventanas cerradas. Aioria recordaba las noches en la India, en las que Shaka se sentaba solo, con la mirada perdida en el vacío, y se negaba a que lo abrazara, como si la cercanía de otro le fuera insoportable.

​—Ya estamos cerca— dijo Aioria, suave, mucho más de lo que pretendía... Casi como una súplica, pues, a Shaka había que buscarle la vuelta hasta en la forma de hablarle.

​Ni un suspiro escapó de los labios del hindú. Simplemente siguió caminando, como si el destino fuera una carga que solo él podía llevar.

​El último tramo del camino se sintió más largo que todo el viaje. Y es que, el León parecía ir más rápido y firme, comparado con la lentitud de Shaka.

Finalmente, cuando llegaron al templo de virgo, ambos se detuvieron en el umbral. ​El león dejó escapar un suspiro agotado antes de entrar, mientras Shaka solo observaba la oscuridad delante de la entrada, con el ceño fruncido y la boca algo curvada hacia abajo. Claros signos de una molestia que se había vuelto su único estado de ánimo.

Fue Aioria quien dio los primeros pasos hacia las discretas escaleras que llevaban a la zona de descanso del templo. Subieron, claro. Aioria abrió la puerta de la morada, un gesto que en otras circunstancias habría sido reverencial. Ahora era casi un acto de profanación, dentro de un santuario que había perdido su propósito. Al margen de eso, todo estaba intacto. El joven Shun se había encargado de dejar todo en orden, listo para la llegada del dueño de dicho templo.

​Lo primero que hizo el león fue dejar las maletas a un lado de la puerta. Después se quitó la molesta camiseta negra que traía pegada al cuerpo por el sudor. Luego, se volvió hacia Shaka, detrás e intentó buscarle los ojos. Pero Shaka mantuvo su cabeza gacha.

​—Es bueno estar de vuelta— dijo Aioria, en murmullo que pronto se perdió en la sala.

​Y el comentario pasó desapercibido para el indio, quien ni siquiera respondio. Pues, no era bueno estar de vuelta. Para el hombre que había perdido su poder, el Templo de Virgo era ahora un recordatorio constante de lo que había perdido, de quién había dejado de ser.

Eso provocaba en Aioria una puntada directo al alma. Quiso abrazarlo, pero el otro se alejaría. Quiso hablar, pero el hombre se refugiaría en su silencio. El Caballero de Leo solo podía observar, impotente, cómo el hombre que una vez fue su luz, se convertía en una sombra.

​El Templo de Virgo, un lugar de meditación y paz, era ahora el escenario de un dolor insoportable, de una distancia que ninguna cantidad de espacio físico podía medir. Y él; Aioria, solo podía esperar, con la desesperación de un amante, que algún día, la luz de Shaka volviera a brillar. Y que él, el Caballero de Leo, estuviera allí para presenciarlo. ​Así que, volvió a respirar profundo, se aclaró un poco la voz y dijo:

—¿Quieres que...?

​Nunca pudo completar la frase, porque Shaka tiró al suelo la maleta que traía en la mano, y con su blanca túnica se dirigió directo a la habitación. La puerta se abrió, el virgo entró, y el clic de esta le marcó la distancia al león. Un sonido simple, pero que resonó en el vacío con un golpe certero dentro de ese hombre.

Y se quedó allí, con los ojos fijos en la puerta cerrada. Con las palabras que tenía preparadas, y las que se quedaron atascadas en su garganta, y sabía que, por lo que restaba del día, estaría completamente solo.

​—Shaka...— susurró, apenas para sí mismo. Últimamente, se encontraba hablando solo más a menudo, porque ya no era escuchado.

​Los ojos se le aguaron un poco, pero siempre se negaba a convertir aquello en lágrimas, mientras la mandíbula se le endurecía. Cada silencio, cada actitud, cada gesto, por mínimo que fuera en el rostro de Shaka, se había convertido en un abismo cada vez más profundo entre ellos.

​A veces, Aioria sentía que incluso el amor se le había escapado al hindu, como un pez escurridizo que se desliza entre los dedos. Y eso lo destrozaba profundamente. En los últimos años, no había hecho más que vivir por él y para él. Y ahora, se encontraba reducido a ser alguien que simplemente estaba ahí, esperando a que Shaka, en algún momento, se dignara siquiera a mirarlo.

Continuara...

Buenos días, buenas tardes, y buenas noches.

Hoy doy comienzo a esta nueva historia, pero a la vez ya conocida también, porque será una continuación de "Reflejo"

Espero poder llenar las expectativas de quienes la lean. Este capitulo es un poco corto para mi gusto, pero creo que tiene lo justo como para arrancar, mostrando un poco de lo que paso 6 meses después.

Al principio, la idea era empezar este capitulo en el santuario, pero quise empezar con Kanon y su búsqueda.

Gracias a todos los que se toman el tiempo de leer. Abrazos.