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Cupid At Your Service!

Summary:

Para Jungwon, dios del amor, el registro celestial es sagrado e infalible. Por eso, cuando se topa con el expediente de Park Sunghoon y descubre que su página está completamente en blanco, sabe que algo anda muy mal. Sunghoon no tiene un hilo rojo: no está destinado a amar a nadie.

Sunghoon está demasiado ocupado entre la universidad y sus entrenamientos de hockey como para preocuparse por el destino. Así que cuando un divertido y muy estricto "estudiante de intercambio" aparece de la nada intentando analizar su vida, no puede evitar querer poner a prueba su paciencia. Lejos de generarle preocupación, encuentra la situación bastante entretenida... después de todo, ¿quién puede presumir de tener a Cupido a su servicio?

Notes:

Es mi primera vez publicando aquí, así que I'm kinda nervous. (?

Aún así, espero que disfruten de la lectura, tanto como yo de escribirla.

Pido disculpas si hay algún error de ortografía, lo revisaré más tarde y lo corregiré.

Chapter 1: Cupid At Your Service!

Chapter Text

El registro celestial no se equivocaba, jamás lo había hecho en los últimos dos milenios qué Jungwon llevaba ejerciendo su trabajo como Cupido de Corea del Sur.

 

Por eso, Jungwon llevaba exactamente dieciocho minutos contemplando la pulcra y perfectamente en blanco, página mil doscientos ocho en su libreta mística, parpadeando con absoluta incredulidad. Donde debería encontrarse un elaborado mapa de hilos rojos, conexiones de destino, amores de infancia, matrimonios de mediana edad, o al menos un par de amores trágicos, de esos que forjan al carácter humano, no había nada más que un vacío absoluto, una perturbadora página en blanco.

 

El sujeto en cuestión, era Park Sunghoon, 23 años. Sagitario, un metro ochenta de altura, tipo sanguíneo O +, estudiante de tercer año en medicina y jugador de mediocampo del equipo de hockey en su universidad.

 

Jungwon tomó la fotografía del expediente con el ceño fruncido, a simple vista se veía como un humano común y corriente, era atractivo según los estándares de belleza humanos, cejas pobladas, labios gruesos, puente de nariz alto, ojos y cabello oscuro que contrastaba perfectamente con su piel pálida. Nada que lo hiciera resaltar a simple vista, como la mayor anomalía burocrática en la historia del departamento de cupidos.

 

El rubio suspiró, frotándose el puente de la nariz con molestia. No había otra opción, si quería mantener su récord de eficiencia perfecto y evitar una reprimida de sus superiores, tendría que bajar a la Tierra y resolver el problema por cuenta propia.

 

—¿De verdad vas a ir a la Tierra por un humano defectuoso? —Cuestionó Riki, observando a Jungwon equiparse con arco y flechas. 

 

—No tiene un destino, Riki, debo revisar esto personalmente antes de que llegue a oídos de los altos mandos. 

 

Riki se encogió de hombros, restándole importancia a la situación. 

 

—Podrían resolverlo más rápido. 

 

Jungwon se quejó con molestia ante la respuesta del más inexperto. 

 

Riki había sido asignado como Cupido del país de Japón hace tan solo ciento cincuenta años, por lo que era todavía un novato, uno que cometía errores al unir los corazones de los mortales. Era inmaduro y le faltaba experiencia, pero desde que había asumido el puesto se había vuelto muy cercano a Jungwon y le había terminado tomando cariño al más joven. 

 

—No quiero ayuda de los superiores, nunca la he necesitado, puedo resolver esto por mi cuenta y mantener mi perfil impecable. Además, podría ganarme un ascenso. —Sonrió con orgullo y seguridad de quién sabe lo que hace. 

 

—Como digas, Won. Buena suerte con el humano. —Alcanzó a decir, cuando Jungwon atravesó el portal qué había abierto en su oficina para viajar al mundo terrenal y desaparecer del lugar dejando un rastro dorado. 

 

Riki infló sus mejillas, divertido por la situación, se estiró un poco en su silla antes de seguir con su trabajo. 

 

Jungwon apareció en un cubículo de baño de la universidad, abrió con tranquilidad la puerta y se miró brevemente en el espejo, organizando su cabello y corbata, para salir de ahí con pasos seguros dispuesto a encontrar a Park Sunghoon. 

 

Jungwon no quería imaginar la triste y solitaria realidad que debía estar viviendo el pobre humano sin un solo hilo de enlace, seguramente era un hombre desdichado e infeliz, una criatura que pasaba desapercibida entre tantas parejas y enamorados. 

 

O al menos eso estaba pensando hasta que cruzó por un pasillo y lo vio, no precisamente siendo miserable, ni mucho menos deprimido. 

 

Nada de eso. 

 

Él, Park Sunghoon, el humano sin conexión romántica en su destino, se encontraba acorralando a una chica en los casilleros mientras ambos se besaban de una manera demasiado íntima para estar en un lugar público. 

 

Jungwon se quedó estático en su lugar, sus labios se separaron en sorpresa, no poder creer en la escena que estaba presenciando delante suyo. 

 

¿Acaso había visto mal en su registro? 

 

Volvió a abrir su agenda y rápidamente encontró la página mil doscientos ocho. Revisando de esquina a esquina, una y otra vez. 

 

Blanco. 

 

No había nada. 

 

Parpadeando confundido, frunció el ceño y observó mejor a la chica, hasta que finalmente pudo divisar su nombre y página encima de su cabeza. 

 

Chae Minhee, página seiscientos cuarenta y seis. 

 

Revisó rápidamente el número en su agenda, encontrando dos hilos rosas y uno rojo en la página de la chica, por supuesto, ninguno de estos la conectaba con Park Sunghoon. 

 

Finalmente, después de que Jungwon tuviera que presenciar cómo las manos del humano bajaban y subían por la cintura de la chica, el más alto se alejó. Dando por terminado el beso y la chica se despidió de él entre sonrisas y guiños. 

 

Este abrió el casillero dónde tan solo segundos antes mantenía acorralada a Chae Minhee y con total despreocupación sacaba unos libros de este para guardarlos en su mochila. 

 

Jungwon tomó una bocanada de aire antes de encaminarse con pasos firmes y seguros hacía él. 

 

—¿Park Sunghoon? —Cuestionó una vez llegó a su lado. 

 

Sunghoon, que se encontraba cerrando su mochila, se quedó quieto por un segundo, lentamente giró la cabeza para mirar al chico qué acababa de interceptarlo en medio del pasillo. 

 

Con una mirada rápida, recorrió de pies a cabezas al rubio delante suyo. 

 

Definitivamente mi tipo. 

 

—El mismo. —Respondió cerrando el casillero y recostandose en este sin dejar de escanear al de menor estatura. 

 

—¿Estás saliendo con Chae Minhee? —Quiso indagar primero, antes de saltar a conclusiones apresuradas. 

 

El de cabello negro ladeo la cabeza elevando una ceja. 

 

—¿Por qué? ¿Eres su novio? 

 

Jungwon arrugó el entrecejo antes de negar. 

 

—No lo soy. 

 

—Tampoco yo. 

 

Su ceño se frunció un poco más. 

 

—¿Entonces por qué estaban besándose? 

 

—Si no eres su novio buscando discutir, ¿por qué te importa, eh? —Preguntó con tono de burla. 

 

—Mira, voy a ser completamente honesto contigo, porque no me gusta perder el tiempo. —Respondió Jungwon cruzándose de brazos sin relajar sus cejas fruncidas. —Soy Yang Jungwon, Cupido de primer rango, mi trabajo consiste en emparejar las almas de este país y estoy aquí porque tú tienes un gravísimo error de sistema, no tienes un hilo rojo asignado, así que vine a investigar qué está mal contigo. 

 

Jungwon se veía impecable. Ropa un tanto formal para la universidad, una postura rígida, casi autoritaria y una seriedad que rayaba en lo cómico para Sunghoon. 

 

El más alto parpadeó, procesó las palabras, y entonces una carcajada limpia y sonora escapó de sus labios, atrayendo la mirada de varios estudiantes que pasaban por allí. Sunghoon se cruzó de brazos también, contemplando a Jungwon con una diversión brillante en los ojos

 

—¿Cupido? —Repitió Sunghoon estirando la comisura de sus labios, formando una sonrisa que le recordó a Jungwon la forma en la que sonríen los demonios antes de cometer alguna fechoría. —Claro. Y yo soy el conejo de Pascua. Buen intento, bonito. He escuchado piropos extraños para llamar mi atención, pero admito que el tuyo ha sido el más raro de todos, aún así te doy puntos extra por creatividad. 

 

—No es un piropo, es un diagnóstico médico-celestial. —Replicó el rubio, visiblemente indignado por la falta de respeto a su profesión. —Estás defectuoso, no tienes un hilo rojo asignado, ni siquiera uno rosa. Vine a investigar que demonios pasa contigo. 

 

—¿Defectuoso? —Sunghoon soltó una risita baja, dando un paso hacia adelante, invadiendo sutilmente el espacio personal de Jungwon, de una manera que a cualquier otro mortal le habría cortado la respiración. —Escucha, “Cupido”. Si de verdad querías mi número, solo tenias que pedirlo como una persona normal. No necesitas inventarme un lore en mitología romana para tener una excusa de hablar conmigo. 

 

Jungwon apretó los puños, sintiendo por primera vez una extraña y molesta calidez subir por la parte trasera de su cuello.

 

—No quiero tu número. Quiero arreglar tu página en blanco y ayudarte a encontrar a tu persona destinada.

 

—Eso es una lástima. —Respondió Sunghoon, colgándose la mochila al hombro mientras pasaba por su lado, rozando deliberadamente su hombro con el de Jungwon. —No estoy buscando a un destinado por el momento, pero si cambias de opinión y quieres pasar el rato, búscame. Suerte con tus flechas, bonito. —Se dio la vuelta. Dejando solo a Jungwon, observando su espalda, mientras este se alejaba por el pasillo, caminando con una confianza insufrible de quien sabe que todos se giran a mirarlo. 

 

Sacó su libreta del bolsillo y apuntó con fuerza:

 

Día 1.

 

El sujeto, Park Sunghoon, dueño de la página mil doscientos ocho. Demuestra una alarmante resistencia a la autoridad celestial, niveles elevados de egocentrismo y una total incapacidad para tomarse el amor en serio. 

 

Será una investigación larga. 

 

El pasillo se vació lentamente, pero Jungwon permaneció en el mismo lugar con el bolígrafo y libreta en mano. La calidez en su nuca, no disminuía; parecía haberse instalado allí como un recordatorio físico de la audacia de aquel humano. “Bonito”... ¿Le había llamado bonito después de haberse presentado como uno de los dioses del amor? Definitivamente necesitaba una reestructuración completa en su código moral. 

 

(...) 

 

​La primera semana transcurrió y Jungwon se convirtió en la sombra más persistente de Sunghoon. Se sentaba tres puestos atrás en los salones de clase, en la última mesa de la cafetería qué casualmente estaba al lado de la mesa qué usaba Park Sunghoon, lo observaba desde las gradas durante los entrenamientos y partidos de hockey y se inscribía en sus mismas clases transversales solo para llenar páginas y páginas de su libreta con anotaciones analíticas.

 

Día 2.

 

El sujeto de investigación, posee una rutina considerada normal dentro de lo estándar para un estudiante universitario. Hoy ha pasado toda la mañana en entrenamiento de hockey, socializa mucho con quienes parecen ser sus amigos, el humano de la página quince mil once, Sim Jaeyun y el humano de la página dos mil cuatro, Park Jongseong. 

 

Aunque mantengo una distancia profesional, Park Sunghoon parece ser plenamente consciente de mi presencia, cada vez que realiza una anotación en la pista, voltea en mi dirección con una sonrisa de autosuficiencia. 

 

Se sugiere realizar un estudio respecto a su egocentrismo en un futuro. 

 

Día 3.

 

Monitoreo en el comedor del campus, el sujeto fue interceptado por dos personas distintas, quienes intentaron llamar su atención de forma romántica. Ambas humanas fueron rechazadas con una sonrisa ligera y desinteresada. 

 

Su expediente permanece en blanco. 

 

Día 4.

 

La investigación de hoy se lleva a cabo durante la noche, Park Sunghoon ha asistido a una fiesta, acompañado de sus amigos y el humano de la página veinticuatro mil seis, Kim Sunoo, quién es el hilo rojo del humano Park Jongseong. Aunque no se encuentran en una relación romántica actualmente. 

 

El sujeto de estudio no bebió en exceso, pero sí lo suficiente para volverse un tanto más risueño y terminar besando al humano de la página treinta y un mil setecientos cuatro, Lee Junghyeon. 

 

Día 5.

 

Park Sunghoon terminó el romance informal con Lee Junghyeon en el pasillo del edificio de medicina. La interacción duró menos de dos minutos. El sujeto se limitó a decir: “Lo de anoche no fue nada serio, no te lo tomes personal” con una frialdad pasmosa. No hay hilos rotos en ninguno de los dos involucrados, porque no había ningún hilo para romper desde el inicio.

 

Teorizó qué el sujeto sabotea sus propias relaciones por una pésima técnica de cortejo, o alguna condición física qué hace que sus parejas informales pierdan el interés. 

 

Según lo observado el día de ayer, su técnica de beso, podría estar mal. 

 

El marcador de la pista de hockey parpadeó, anunciando el final de la práctica, siendo las 6 pm. El sonido de las cuchillas de los patines deslizándose en la superficie helada y los suspiros de cansancio de los jugadores resonó por todo el complejo deportivo. 

 

Desde la parte más alta de las graderías, Jungwon permanecía sentado con una postura recta, con su libreta y bolígrafos apoyados sobre sus rodillas, sus ojos seguían cada movimiento del número siete del equipo. Sunghoon se quitó el casco, sacudiendo su cabello negro empapado en sudor y de inmediato volteó hacía las gradas, notando la silueta del rubio, elevó la comisura de sus labios en un saludo silencioso, pero arrogante. 

 

Jungwon no tuvo reacción alguna, se movió de forma mecánica, anotando en la agenda la breve interacción. 

 

Abajo, en los banquillo, Sim Jaeyun se desabrochó los guantes protectores y siguiendo la línea de visión de su amigo, encontró al chico de camisa abotonada hasta el cuello, corbata con nudo perfecto y blazer planchado, quién parecía estar siempre, sin excepción al lado de Sunghoon. 

 

—Sunghoon... —Murmuró Jaeyun, dándole un ligero golpe en la hombrera de protección. —¿Le hiciste algo al estudiante de intercambio? Puede ser idea mía, pero me da la impresión de que está siguiéndote a todas partes. 

 

Sunghoon tomó una botella de agua, dándole un largo trago antes de encogerse de hombros con indiferencia. 

 

—Déjalo. —Respondió restando importancia al asunto con un tono casual. —Seguramente sigue avergonzado por su intento de coquetearme, pero no te preocupes, no hace daño a nadie mirando.

 

La mano de Jungwon se congeló sobre el papel. Como Cupido, sus sentidos estaban agudizados al máximo, podía escuchar cada palabra, risa y susurro de cada uno de los humanos en ese lugar. Todo llegaba con perfecta claridad a sus oídos. 

 

¿Avergonzado? ¿Por qué lo estaría? Park Sunghoon lo trataba como si fuera parte de su club de fans (club del que, por cierto, había descubierto su existencia gracias a que con un poco de manipulación de recuerdos, le hizo creer a todos que era un estudiante de intercambio. Razón por la cuál le facilitó acercarse a otros humanos para obtener información). Jungwon rio para sus adentros, la audacia de ese humano para asumir que un Cupido era una especie de admirador secreto sin valentía para acercarse le resultaba intolerable. 

 

Estaba intentando hacer su trabajo, resolver la molesta anomalía y mantener el orden del amor y romance, no alimentando un club de fans de un deportista engreído. 

 

Cerró su libreta de golpe, poniéndose de pie con su ceño fruncido. Park Sunghoon necesitaba que alguien detuviera sus delirios sin sentido. 

 

Conforme la tarde comenzó a diluirse y las luces del campus comenzaron a encenderse el bullicio exterior dio paso al silencio de la biblioteca. Sunghoon caminó entre los pasillos del segundo piso con los ojos entornados, buscando una mesa vacía para organizar sus apuntes de anatomía para el examen qué tendría al día siguiente, tenía el tiempo contado para memorizar las ramificaciones de las arterias y el sistema circulatorio en su totalidad. 

 

Llevaba sólo media hora sumergido en sus notas, subrayando esquemas con un marcador fluorescente, cuando una sensación extrañamente familiar le recorrió la espalda. Era una vibración sutil, una pesadez en el ambiente que había aprendido a reconocer en el transcurso de unos cuantos días. 

 

Sintió esa mirada fija sobre él. 

 

No se movió de inmediato, mantuvo sus ojos fijos en su laptop, con la información que repasaba, pero una sonrisa de suficiencia comenzó a dibujarse en su rostro. Sabía exactamente de quién se trataba, dejó el marcador sobre la mesa con deliberada lentitud, se puso de pie, y fingiendo buscar otro libro, se adentró en silencio en el pasillo con estantes a sus espaldas. 

 

Al girar en la sección de manuales clínicos, lo encontró. 

 

Jungwon estaba allí, de pie en las penumbras del pasillo mimetizado entre las sombras y estantes con libros. Al escuchar los pasos, el rubio reaccionó con rapidez y agilidad felina, cerró de golpe la agenda de gran volumen que siempre traía consigo y lo camufló sosteniendo un pesado libro justo en frente, adoptando una postura rígida y fingiendo concentración en su lectura. Sunghoon reconoció su habilidad para ocultar el hecho de que en efecto, lo estaba espiando. 

 

Caminó por el pasillo con las manos en los bolsillos de su chaqueta, acortando la distancia hasta detenerse a escasos pasos del más bajo, bloqueando sutilmente la salida. 

 

—¿No deberías estar estudiando también, bonito? Espiarme no te dará las respuestas al exámen de mañana. —Susurró Sunghoon con tono cargado de diversión, inclinando ligeramente la cabeza para buscar los ojos gatunos del rubio. 

 

Jungwon no se sobresaltó, mantuvo los brazos firmes alrededor del gran tomo qué cubría su pecho y sostuvo la mirada del pelinegro con seriedad digna de un oficial de primer grado. 

 

—No necesito estudiar para tu exámen, estoy en medio de una investigación formal mucho más importante para determinar la razón de tu página en blanco sobre el registro. —Respondió Jungwon, manteniendo su tono de voz lo suficientemente bajo para respetar el silencio de la biblioteca. 

 

Sunghoon contempló al rubio de arriba abajo. La seriedad con la que decía aquellas locuras sobre seres mitológicos le seguía pareciendo extraño, aunque también una forma original de llamar su atención y vaya que el truco le estaba funcionando bastante bien. 

 

Antes de poder responder aquello, sus ojos bajaron al libro que Jungwon sostenía con tanta firmeza contra su pecho, intentando ocultar su agenda. 

 

Sunghoon se rió bajo, ahogando un poco la risa con su mano para que la bibliotecaria no los corriera del lugar. 

 

—Cierto. Cupido, el de las alitas y las flechas. —Dijo con gracia, dando un paso más adelante, invadiendo sutilmente su espacio personal mientras señalaba el objeto con la barbilla. —Oye, genio místico... No dudo de tus poderes celestiales, pero si vas a usar un manual de neurocirugía como fachada para ocultar tu “investigación”, al menos deberías sostenerlo al derecho. 

 

Jungwon bajó la mirada instantáneamente. Para su absoluto horror y mortificación, el mortal tenía razón el título del libro tenía las palabras de cabeza. Había estado tan concentrado en ocultar su diario de anotaciones que no se había percatado del ridículo error. Un evidente tinte rojo comenzó a subirle por las mejillas, extendiéndose hasta la punta de sus orejas. 

 

Gesto que por supuesto no pasó desapercibido para Sunghoon, provocando que su sonrisa se extenderá aún más. 

 

—Eso... —Jungwon tragó saliva y apartó la mirada por un momento, antes de volver a retomar su papel con rigidez renovada. —Es una técnica de lectura inversa. Estimula las conexiones neuronales del hemisferio derecho. Un humano promedio no lo entendería. 

 

Sunghoon negó con la cabeza, con sus ojos brillando en diversión pura ante la ridícula excusa. Con cuidado, dió otro paso más cerca de Jungwon, acorralando finalmente al rubio contra el estante de madera. Apoyó una mano en el borde de la repisa justo al lado de los mechones dorados qué reflejaban la luz de la luna que se filtraba por una de las ventanas. 

 

El chico era un misterio fascinante. Sunghoon estaba acostumbrado a desdoblar a los demás con sólo una mirada, pero a pesar de haber logrado avergonzar a Jungwon, este todavía mantenía su resistencia intacta, haciendo el juego más magnético y adictivo para Sunghoon. Podía tolerar sus teorías conspirativas con tal de descifrar el motivo por el que aquellos ojos afilados se negaban a ceder ante él, y poder tener la excusa perfecta para mantenerlo así de cerca. 

 

—De acuerdo, Cupido. —Murmuró el más alto con un tono más coqueto. —Me encantaría seguir aquí contigo, pero a diferencia tuya, todavía necesito estudiar. Podemos vernos otro día si te apetece, o puedo buscarte más tarde, después de todo siempre estás a unos metros de distancia. 

 

Jungwon sintió que el aire se volvía peligrosamente más pesado por la cercanía del pelinegro. La ironía de la situación era casi dolorosa, él mismo había dado una excusa barata, haciendo parecer que de verdad estaba siguiendo al más alto, en lugar de recopilar información para su investigación. 

 

Soltó el aire qué había estado reteniendo sin darse cuenta y empujó con cuidado al humano para recuperar su espacio y compostura. 

 

—Ya te dije que no estoy interesado, te sigo por mi trabajo y nada más, estoy intentando ayudarte. 

 

Por su parte, Sunghoon soltó un suspiro acompañado de una pequeña sonrisa, completamente cautivado por el nivel de compromiso que Jungwon mantenía con su papel de deidad incomprendida. 

 

—Está bien, Cupido. Buena suerte con tu lectura inversa. —Dijo antes de alejarse completamente y volver a su mesa y continuar su sesión de estudio. 

 

Jungwon mordió el interior de su mejilla, inquieto por la extraña sensación que Park Sunghoon había dejado recorriendo su sistema nervioso. 

 

El resto de la noche transcurrió con calma. Jungwon, frustrado por su propio descuido con el libro y decidido a recuperar su dignidad profesional, no continuó observando a Sunghoon desde cerca. En su lugar, espero a que el pelinegro terminara su tiempo de estudio y abandonara la biblioteca casi a la hora del cierre, siguiéndolo a una distancia prudente, escondiéndose entre las sombras qué proyectaban los faroles en el campus. 

 

El camino al dormitorio se vio interrumpido, cuando pasaba por el jardín detrás del edificio de medicina, un área poco transcurrida y tenuemente iluminada a esa hora. 

 

Otro humano que caminaba por ahí, se había acercado. 

 

Con la agilidad propia de su naturaleza divina, Jungwon trepó a un roble frondoso cercano ocultándose entre las ramas y hojas. Abrió su libreta y empuñó el bolígrafo, preparado para realizar las últimas anotaciones del día. Agudizó la vista, para ver mejor de quién se trataba. 

 

Lee Heeseung, página cien mil quince. 

 

Observando como entablaban una conversación sumamente informal y por la forma en la que interactuaban, Jungwon supuso que ambos se conocían. 

 

A los pocos minutos la charla comenzó a tornarse sospechosamente más íntima. 

 

Lee Heeseung dió un paso al frente, cortando la distancia con Park Sunghoon, y con una soltura que delataba intenciones claras, rodeo el cuello del deportista con los brazos, inclinándose para besarlo.

 

Sunghoon reaccionó por instinto, tomándolo de la cintura, pero cuando sus labios estaban a milímetros de tocarse, una imagen mental lo frenó en seco: una mirada afilada, llena de desafío y resistencia, acompañada de un bonito rostro teñido de un tierno color rosa qué lo había dejado con ganas de más. Por primera vez en su vida Sunghoon sintió que la chispa casual no encendía. Rompiendo el momento, ladeo el rostro ligeramente, provocando que los labios del contrario rozaran su mejilla antes de separarse con una disculpa silenciosa. 

 

Para suerte de Sunghoon, el momento incómodo se ve interrumpido cuando el sonido de una alarma proveniente del celular en el bolsillo de Heeseung, rompió el silencio. El chico miró la pantalla con pánico, se separó de golpe excusándose sobre un reporte que debía enviar antes de medianoche, se disculpó y salió disparado en dirección opuesta. 

 

Sunghoon permaneció de pie por más tiempo del debido, despeinando un poco su cabello, sorprendido con su propia reacción.

 

Arriba en las ramas, Jungwon cerró el registro de un golpe en seco y definitivo. 

Debido a la distancia y las pobre iluminación de la zona, Cupido no había logrado distinguir el momento en que Sunghoon rechazó a Heeseung, en su lugar sus ojos captaron una interacción torpe, un contacto que se rompió casi al instante y a un humano huyendo con pánico en el rostro y una excusa barata. Dentro de su mente metódica y racional, las piezas del rompecabezas que había estado buscando, comenzaron a encajar de manera perfecta al igual que una fórmula matemática. 

 

Se separaron de inmediato debido a la pobre e ineficiente ejecución del beso. El sujeto es tan malo besando que sus parejas potenciales prefieren alejarse, antes de seguir con la interacción. 

 

Armado con lo que él consideraba un diagnóstico científico e irrefutable, además de la prueba definitiva para cerrar el expediente de la página en blanco, Jungwon se dematerializó del árbol en un destello dorado que se confundió con las luciérnagas de la noche. 

 

Tenía la respuesta y se la pasaría por la cara esa misma noche donde el engreído pelinegro no pudiera usar su encanto mortal para escapar. 

 

(...) 

 

El golpe de realidad llegó casi a medianoche, sin previo aviso. 

 

Sunghoon caminó por el pasillo de la residencia universitaria con los hombros relajados, ignorando por completo su nada habitual reacción con Heeseung. Tarareando en voz baja una canción que había escuchado a Jay cantar en los vestidores después del entrenamiento. Sacó el manojo de llaves del bolsillo de su chaqueta, quitó el seguro de la puerta con un giro rápido y se adentró en su habitación, empujandola con la espalda para cerrarla detrás de sí. 

 

Dejó las llaves sobre la pequeña mesita de madera que tenía justo en la entrada, escuchando el familiar tintineo del metal, colgó su mochila y estiró el brazo izquierdo a ciegas hasta encontrar el interruptor de la luz. 

 

La luz iluminó el cuarto por completo, y Sunghoon sintió como su corazón se detuvo y su alma dejó su cuerpo por un momento. Se llevó la mano al pecho por puro instinto, dando un paso involuntario hacia atrás hasta que su espalda chocó contra la madera de la puerta, maldiciendo en voz alta. 

 

—¡Mierda! —Exclamó con la respiración entrecortada. 

 

Sentado en la silla giratoria de su propio escritorio, con las piernas cruzadas y una total despreocupación, estaba Jungwon. El rubio tenía el libro que llevaba a todas partes totalmente abierto sobre la mesa, mientras jugaba con el resorte de su bolígrafo, presionándolo de forma pausada y metódica, exactamente al mismo ritmo del tic-tac del reloj de pared en la habitación. 

 

Sunghoon escaneó todo el lugar, con la mente trabajando a mil por hora, completamente confundido. Miró la ventana del tercer piso que estaba perfectamente cerrada y luego bajó la vista al cerrojo que él mismo acababa de abrir con su llave. Estaba seguro de que había dejado todo cerrado antes de irse a entrenar. El susto inicial dio paso a una profunda frustración y, aunque mantuvo su tono sarcástico para disimular que la situación no le afectaba, el desconcierto era evidente en su rostro. 

 

—¿Cómo demonios entraste? Puse el seguro antes de salir. —Exigió saber, cruzándose de brazos mientras avanzaba un paso al centro del cuarto. 

 

Jungwon no se inmutó. Dejó de presionar el resorte y levantó la vista, sosteniendo su mirada con la seriedad que lo caracterizaba. 

 

—Ya te lo dije, soy Cupido. Una cerradura no supone ningún obstáculo para mí. —Respondió con voz plana, casi aburrida, como si estuviera explicando el clima. 

 

Sunghoon soltó un suspiro pesado, pasándose una mano por el cabello. A estas alturas de la noche, cansado por el entrenamiento y estresado por el examen que debía presentar, además de estar genuinamente asustado por lo loco que resultaba ser la situación, decidió que ya había sido suficiente. 

 

—Vale, mira. No me importa si me sigues en mis clases extra, práctica de hockey, fiestas y hasta biblioteca. De hecho, me halaga el hecho de gustarte tanto y eres divertido, de verdad. —Soltó elevando una ceja con fastidio. —Pero que te metas en mi habitación ya está rozando lo ilegal ¿no te parece? Hay que terminar con el juego de rol. 

 

Decidido a terminar lo que sea que fuera esto. Sunghoon caminó a paso firme hacía el escritorio. Extendió la mano con la intención de tomar a Jungwon del brazo, levantarlo de la silla y sacarlo de su habitación de una vez por todas. 

 

Pero sus dedos nunca llegaron a tocar la tela del blazer del contrario. 

 

Justo cuando su mano estaba a centímetros de sujetarlo, una ráfaga de viento helado (que no provenía de ninguna ventana, pues todas estaban cerradas) sacudió las cortinas del cuarto. El aire pareció congelarse y el tic-tac del reloj se detuvo en seco. Antes de que Sunghoon pudiera parpadear, Jungwon habló a la par que un destello de luz dorada y cegadora brotó directamente de las manos de Jungwon. 

 

—¿De qué juego de rol hablas? Tu especie es demasiado escéptica. Tienen esa absurda manía de no creer en nada hasta verlo con sus propios ojos o tocarlo con sus manos, como si el universo entero tuviera que limitarse a lo que cabe en sus pequeños libros de texto. Siempre hay que recurrir a las demostraciones físicas ¿no es así? —Sonrió por primera vez de forma ladeada con orgullo en sus palabras. —Hagamos esto de nuevo. Mi nombre es Yang Jungwon, Cupido de primer grado, encargado de unir a todas las almas de este país a través de sus hilos del destino. 

 

Frente a él, Jungwon seguía sentado con la misma postura recta y elegante, pero ahora sostenía un arco con diseño celestial qué parecía estar forjado en oro puro y cristal tallado, flotando a su lado, permanecían suspendidas en el aire, una hilera de flechas con puntas traslúcidas (y apuntando peligrosamente en su dirección), con puntas destellantes y cargadas de energía en un vibrante color carmín, desafiando cualquier ley de física que Sunghoon hubiera aprendido antes. 

 

Jungwon lo miró fijamente, sus ojos brillando en un intenso dorado. 

 

—¿Sigue pareciéndote un juego de rol? —Preguntó con una voz, que está vez resonó con un eco sobrenatural en las paredes de la habitación. 

 

Sunghoon dio dos pasos hacia atrás, sin poder apartar los ojos del arma dorada qué flotaba en el aire, intentó buscar los hilos invisibles, los proyectores o cualquier explicación lógica que delatara el truco, pero su cerebro de médico simplemente colapsó, no había ciencia que explicara esto. 

 

Al observar el estado de parálisis en el que el pelinegro parecía haber quedado suspendido, una oleada de profunda satisfacción y soberbia recorrió el cuerpo de Jungwon. Movió los dedos con suavidad, en un gesto que pasó desapercibido por el humano y, en un parpadeo, el arco celestial y las amenazantes flechas se desvanecieron en el ambiente de la misma forma en que llegaron, devolviendo al cuarto su iluminación habitual y rompiendo el hechizo de tiempo, el tic-tac del reloj reanudó su marcha regular. 

 

Jungwon se recostó en el espaldar de la silla giratoria, intercambiando la posición de sus piernas, una sobre la otra. En su mente divina, comenzaba a saborear la victoria. Esperaba que el humano finalmente se doblegara ante él, que pidiera perdón de rodillas por las constantes faltas de respeto de los últimos días, o al menos verlo tartamudear nervioso y asustado, temiendo por su propia vida al comprender el calibre de la entidad con la que estaba tratando. 

 

Sin embargo, Sunghoon se mantuvo en silencio durante lo que parecieron los segundos más largos de la noche, asimilando la escena divina que acababa de presenciar. Sus ojos fijos en el espacio vacío donde flotaban las armas tan solo segundos atrás, delataban que su mente metódica seguía procesando el cortocircuito interno, pero conforme los engranajes terminaron de encajar, la expresión de terror en su rostro se disolvió. 

 

Para el absoluto shock de Jungwon, las comisuras de los labios de Sunghoon comenzaron a elevarse, reemplazando el miedo con una sonrisa descarada, lenta y cargada de arrogancia que se apoderó de sus facciones. El de cabellos oscuros recobró su postura con una naturalidad indignante, volviendo a guardar sus manos dentro de su chaqueta holgada. 

 

—Está bien. Eres Cupido. Todo el paquete completo, arco, flechas y magia. —Soltó con una voz que no temblaba en lo más mínimo. Dio un par de pasos hasta volver a acercarse e invadir su espacio en el escritorio sin una pizca del miedo que Jungwon había anhelado ver. —¿Pero me estás diciendo que una deidad como tú, con obligaciones tan serias e importantes decide pasar las veinticuatro horas del día metido en mi campus, investigándome y apareciendo en mi cuarto? 

 

Sunghoon se inclinó hacia adelante, apoyando ambas manos sobre la madera del escritorio, acortando peligrosamente la distancia, hasta que su rostro quedó a la altura de los adorables ojos de Jungwon. Su mirada brillaba en un magnetismo renovado. 

 

—Vaya suerte la mía, bonito. ¿Cuántos humanos en este lugar pueden presumir de traer al mismísimo dios del amor completamente loco por ellos? Porque, honestamente, pareces ir muy en serio conmigo. 

 

La mandíbula de Jungwon se tensó de inmediato y el bolígrafo que sostenía estuvo a punto de resbalar de sus dedos. Aquello era el colmo del descaro humano. ¡Había invocado armamento divino y el mortal seguía teniendo la audacia y terquedad de coquetearle en su propia cara! 

 

Jungwon no retrocedió ni un milímetro. Sostuvo la mirada profunda proveniente de los iris oscuros de Sunghoon, aunque el color rosa amenazaba con traicionarlo de nuevo y teñir su rostro debido a la extrema cercanía. Enderezó la espalda con calma fingida y usando el extremo del bolígrafo, empujó suavemente la frente del pelinegro para obligarlo a separar sus rostros. 

 

—Baja de tu pedestal, Park Sunghoon. —Dijo recuperando su tono de voz corporativo. —No estoy enamorado de ti, ni me interesas de forma romántica en lo más mínimo. Estoy aquí debido a tu incompetencia afectiva. 

 

Sunghoon parpadeó, divertido por el rechazo pero intrigado por la última frase. Se enderezó, cruzándose de brazos sin borrar la sonrisa ladina. 

 

—¿Mi incompetencia? —Repitió con una ceja alzada. —Creo que te equivocaste de humano, bonito. Mi expediente en este campus dice todo lo contrario.

 

—Tu registro celestial está en blanco. —Interrumpió el rubio, dando un golpe seco sobre el libro abierto en el escritorio. —He monitoreado tus interacciones desde que llegué y todas terminan exactamente igual: nada absoluta. Ningún hilo se conecta a ti. Pero no te preocupes, hoy finalmente descubrí la razón del problema observándote en el jardín del bloque de medicina.

 

Sunghoon sintió un pequeño vuelco en el estómago al escuchar la mención del jardín. Su mente viajó rápido al momento donde rechazó a Heeseung y como su propio cerebro lo había traicionado haciéndolo pensar en... bueno, el chico que ahora mismo lo miraba con desdén desde su silla. 

 

—¿Ah, sí? —Sunghoon ladeó la cabeza, intentando mantener la fachada de seguridad. —¿Y cuál es tu gran conclusión, Cupido? 

 

Jungwon mostró una sonrisa de suficiencia. 

 

—Es un fallo en tu técnica. Eres un pésimo besador, Sunghoon. 

 

El silencio que se apoderó de la habitación fue sepulcral. La sonrisa de Sunghoon se congeló en su rostro y por primera vez en toda la noche, se quedó genuinamente sin palabras. Su ego, el cual había salido invicto, incluso ante la manifestación de armas mitológicas, acababa de recibir un golpe crítico. 

 

—¿Qué yo qué? —Consiguió articular con la voz ligeramente más aguda. 

 

—Lo que escuchaste. —Volvió a insistir Jungwon, poniéndose de pie de un salto, quedando cara a cara con el estudiante universitario. —Vi tu interacción en los casilleros, en la fiesta y la de hace un momento. Tu técnica es lo suficiente espantosa que todos los demás humanos con los que has interactuado se han ido con excusas vagas, como la de una entrega de reporte por vencer. Como nadie soporta tu torpeza, no se forma, ni establece ningún vínculo emocional para la creación de un hilo de destino y por lo tanto tu página continúa en blanco. Así que ahora debo descifrar como reparar tu desastrosa forma de besar, para poder cerrar tu caso e irme a casa y conseguir que me asciendan a Cupido de rango S como coordinador del continente. 

 

Sunghoon dejó caer sus brazos a sus costados, asimilando la sarta de conclusiones que el rubio acababa de soltar con tanta seguridad. Estaba estupefacto. Era Park Sunghoon, estudiante de medicina y deportista estrella que tenía a la mitad del campus detrás de él, jamás en su vida había recibido una queja en su historial romántico, y ahora resultaba estar siendo evaluado como “deficiente” por un oficial celestial qué basaba sus análisis en un montón de malentendidos. 

 

Una risa irónica, casi incrédula terminó escapando de los labios de Sunghoon. De un movimiento rápido, acortó la distancia que Jungwon había establecido al ponerse de pie, obligando al de menor estatura a inclinar sutilmente la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. 

 

—Lamento arruinar tus planes de ascenso corporativo, Cupido, pero tus habilidades de observación dejan mucho que desear. 

 

Jungwon arqueó una ceja, imperturbable ante la repentina cercanía física. 

 

—Los datos no mienten, los hechos hablan por sí solos. 

 

—¿Cuáles hechos? —Sunghoon soltó una sonrisa de medio lado, una que ya no era solo coqueta, sino desafiante, competitiva y cargada de tensión eléctrica. —Viste lo que quisiste ver. Lo de la fiesta fue sólo por diversión y lo del jardín... el reporte de Heeseung era real, pero el que detuvo el beso, fui yo. 

 

Jungwon entornó sus ojos dorados, emitiendo un sonido de escepticismo con la garganta. 

 

—Por supuesto que ibas a recorrer a una excusa clásica para proteger tu orgullo frágil. Mi diagnóstico es definitivo, Sunghoon. Eres un caso de negligencia técnica. 

 

Aquello fue la gota que derramó el vaso para Sunghoon. Acorraló a Jungwon contra el borde del escritorio, apoyando una mano al lado de su cadera. La distancia entre sus labios se redujo a un espacio tan ridículamente corto qué Jungwon pudo sentir el calor de la respiración del humano golpeando sobre su rostro. 

 

—¿Negligencia técnica, dices? —Desafío Sunghoon con la mirada fija en la boca del rubio. —Ya que eres un ser tan apegado a la evidencia empírica y a la investigación científica, deberías saber que ningún diagnóstico médico se da por válido sin una prueba real de laboratorio. No puedes cerrar el expediente basándote en suposiciones desde la distancia. 

 

Jungwon sintió como su pulso se aceleraba de forma imprevista, un fenómeno sumamente inusual para su naturaleza divina. Intentó mantener su fachada sería y estratégica de un corporativo, pero la proximidad del cuerpo de Sunghoon estaba volviendo el oxígeno de la habitación peligrosamente pesado de nuevo. 

 

—¿Qué estás sugiriendo, Park Sunghoon? —Preguntó, obligándose a mantener la voz firme. 

 

Sunghoon inclinó la cabeza un milímetro más, rozando casi de manera invisible la punta de su nariz con la de Jungwon, con una intensidad que hizo que el sonido del reloj pareciera detenerse por segunda vez esa noche. 

 

—Sugiero que compruebes tu teoría, Cupido de primer grado. —Susurró contra sus labios, con un tono hipnótico e imponente. —Comprueba por ti mismo si de verdad soy tan malo como dices. Claro, si te atreves a admitir que tu conclusión se equivoca. 

 

Jungwon sintió el calor de la piel de Sunghoon, la firmeza de su postura acorralándolo contra el escrito y por un microsegundo, sus ojos todavía dorados bajaron de forma involuntaria hacia los labios del pelinegro. Su sistema nervioso experimentó una descarga inédita de estática que amenazó con derretir con rapidez su rigidez profesional. 

 

Sin embargo, Jungwon era un cupido de primer rango por una razón. 

 

Reuniendo hasta el último gramo de su fuerza de voluntad divina. Jungwon apoyó la palma de su mano derecha sobre el pecho de Sunghoon. No lo empujó con brusquedad, sino que mantuvo una presión sobre el tejido de algodón de su camiseta negra, donde pudo sentir perfectamente el pulso errático y desbocado del atleta. 

 

Jungwon sostuvo la mirada desafiante del mortal, obligándose a hablar con voz gélida, pausada y libre de cualquier rastro de agitación humana. 

 

—Una deidad de mi rango no contamina sus propios sujetos de estudio. Va en contra del código de conducta celestial. —Declaró Jungwon, enarcando una ceja con suficiencia impecable. —No es ético que un investigador realice pruebas de campo de índole personal con el sujeto asignado. Comprometería la objetividad de mis conclusiones y resultados. El comité anularia mi progreso hacia el rango S. 

 

Sunghoon no se movió. Sintió la presión de la pequeña mano de Jungwon contra su pecho, actuando como una barrera física e intelectual que no se iba a romper fácilmente. Una chispa de pura incredulidad mezclada con una creciente obsesión brilló en sus iris oscuros. ¿De verdad le estaba negando un beso usando un manual de ética corporativa del más allá? 

 

—¿Ética? —Repitió en un susurro ronco, divirtiéndose ante la ridícula pero inquebrantable formalidad del ser mítico. 

 

—Ética profesional. —Reafirmó Jungwon, deslizando su cuerpo con agilidad gatuna hacia un costado para salir del rincón donde lo tenían prisionero, recuperando su espacio vital. —Mis métodos son estrictamente de observación. Así que no intentes resolver tu falta de experiencia conmigo. 

 

Tomó su pesada agenda del escritorio con un movimiento limpio, acomodó el cuello de su blazer planchado y miró a Sunghoon una última vez por encima del hombro, con sus ojos gatunos destellando con orgullo soberbio antes de dar un paso atrás. 

 

—Que tengas una excelente noche, Sunghoon. Nos vemos mañana para comenzar con tu entrenamiento. 

 

Y antes de que Sunghoon pudiera siquiera extender su mano para detenerlo, Jungwon se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos con un rastro de partículas doradas, dejando la habitación sumida en un absoluto silencio. 

 

Sunghoon se quedó estático junto al escritorio, mirando fijamente el espacio vacío donde Jungwon había estado hacía un segundo. Lentamente, bajó la vista a su propio pecho, donde todavía persistía la fantasmal sensación de la presión de la mano del rubio, y luego escuchó los latidos de su propio corazón. 

 

Una sonrisa lenta, ya no de arrogancia, sino de una absoluta y peligrosa fascinación, se dibujó en su rostro. Se pasó una mano por el rostro, soltando una risa baja. Aquel dios del amor lo estaba volviendo loco, y Sunghoon se prometió a sí mismo que iba a provocar a esa deidad hasta que rompiera todas y cada una de sus reglas éticas. 

 

(...) 

 

En el plano celestial, la central de destinos bullía con su natural calma, rota únicamente por el violento sonido de la fotocopiadora qué Jungwon estaba operando sin descanso. El Cupido apilaba fardos de hojas con gráficos anatómicos y vectores afectivos con una expresión de triunfo absoluto. 

 

—Es una simple cuestión de calibración, Nishimura. —Le presumió a Riki, quien estaba desparramado de forma indignante sobre el sofá de la zona de papelería de romance, masticando un chicle sabor nube rosa. —Ese humano, es el ser más arrogante, molesto y descarado con el que me he cruzado, pero gracias los frutos de mi investigación, ahora que sé que el problema raíz está en la espantosa forma que tiene para besar, al punto de alejar de inmediato a los otros humanos. Solo debo reeducarlo mecánicamente, conseguir que vincule un hilo a su destino y el rango S será mío. 

 

Riki alzó una ceja escuchando la emoción en la voz de su superior y mirando de reojo los complejos diagramas de “presión óptima en labios” qué salían de la máquina y soltó una risa floja. 

 

—Hyung, con todo respeto a tu lógica y experiencia como Cupido de primer grado... eso no tiene sentido. Si el tipo no supiera besar no le sería tan fácil enredarse con medio campus. Los humanos son tontos, pero no tanto. ¿Estás seguro de que no hay algo más? 

 

—¡No lo hay! —Sentenció Jungwon, renegado a aceptar otra teoría, después de todo había pasado casi una semana observando al humano. —Viste los informes. Todos huyen y se alejan y el único que intentó volver a acercarse, fue rechazado por él mismo, es consciente de su falta de experiencia, pero su orgullo le impide aceptarlo, así que aleja a otros antes de que puedan notarlo. 

 

—Como digas. —Riki se encogió de hombros, acomodándose más en el cómodo sofá. —Pero sigo creyendo que deberías pedir ayuda al comité de anomalías antes de que empeores las cosas. 

 

—¿Al comité? Jamás. Tengo todo bajo mi control. Te dije que no necesitaba su ayuda. —Aseguró dando un golpe decisivo al fajo de papeles para alinearlos. —Ya lo verás, cuando vuelva y la página de Park Sunghoon tenga una hermosa y perfecta conexión de hilo rojo. 

 

—Bueno, tómate tu tiempo en la tierra. —Riki sonrió con malicia. —He estado usando tu escritorio en tu ausencia. Es comodísimo y la iluminación es fantástica para mis siestas. 

 

Jungwon le rodó los ojos, tomó sus pesadas fotocopias y desapareció rumbo al plano terrenal. 

 

Mientras tanto en la universidad, el día de Sunghoon transcurrió con la extraña naturalidad que tenía su vida antes de que cierto rubio se entrometiera en su camino. Sin darle demasiadas vueltas, presentó su examen sin pestañear y mantuvo su postura de estudiante sobresaliente durante el resto de sus clases. Nadie en el campus habría notado que estaba irritado: era demasiado orgulloso como para permitir que un desliz en su temperamento le afectara. Sin embargo, muy adentro, una persistente molestia le picaba en el ego. 

 

El mocoso con cara de ángel se había pasado una semana asediándolo día y noche, y justo después de la confrontación de la noche anterior, ¿simplemente decidía no dar la cara? Era una provocación barata. Sunghoon se esforzaba por no pensar en ello, porque admitir que la ausencia del rubio le afectaba, significaba otorgarle una importancia que no estaba dispuesto a ceder. Estaba demasiado ocupado con sus estudios y el hockey como para tomarse en serio a Jungwon. Pero le gustaba el juego, aunque cambiaran las reglas sin previo aviso. 

 

El cambio se hizo más evidente durante la práctica durante la práctica de la tarde, cuando Jungwon siguió sin aparecer. Mientras se quitaba los guantes en los vestidores, Sunghoon decidió tantear terreno con Jaeyun de la forma más casual posible, manteniendo su tono ligero. 

 

—Oye, Jake. —Comenzó, guardando sus rodilleras en la maleta. —¿De casualidad no has visto al chico de intercambio por la pista? Ya sabes, el rubio bajito. 

 

Jake se detuvo, sosteniendo su termo de agua y lo miró con el ceño fruncido. 

 

—¿Qué chico de intercambio? 

 

Sunghoon arqueó una ceja, buscando cualquier rastro de broma en el rostro de su amigo, pero la expresión de Jaeyun no demostraba mentira. 

 

—El chico por el cuál me preguntaste ayer, dijiste que los has visto seguirme a todas partes. 

 

—Amigo, de verdad no tengo idea de quién estás hablando. —Insistió Jake, soltando una risa ligera mientras se colgaba su maleta en el hombro. 

 

Jongseong, que había permanecido en silencio, escuchando la conversación también rio. 

 

—¿Saliste de fiesta ayer y te flecharon? —Preguntó con burla. 

 

Sunghoon se limitó a sonreir de lado.

 

—Por supuesto que no. 

 

Se despidió con un gesto vago. No insistió. No valía la pena levantar sospechas. Salió del vestidor comprendiendo que Cupido podía jugar con la memoria de la gente, dejándolo aislado en su pequeño experimento. Sunghoon estaba ansioso por ver hasta dónde podían llevar las cosas. 

 

Al caer la noche, Sunghoon se encontraba nuevamente en la biblioteca de la universidad, sentado en una mesa redonda junto a tres estudiantes de su facultad para terminar un proyecto de investigación en grupo. Mantenía su postura atenta y colaborativa, aportando datos precisos al documento comparativo, hasta que la atmósfera del lugar cambió sutilmente. 

 

Una ráfaga de aire le eriza los vellos de la nuca y de inmediato siente esa intensa mirada clavada en su perfil. 

 

Una descarga instantánea de adrenalina y satisfacción recorrió su sistema. La ficha faltante en el tablero por fin se había presentado. Sunghoon sintió como su humor mejoraba drásticamente en un segundo, pero se encargó de que ningún músculo en su rostro delatara si entusiasmo por reanudar la partida. 

 

—Chicos, discúlpenme un momento. Voy a revisar una referencia en el ala de bioquímica. —Se excusó amablemente, regalándoles una sonrisa cortés antes de ponerse de pie. 

 

Caminó, adentrándose en el laberinto de estantes oscuros con seguridad renovada, mordiendo su labio inferior con anticipación. 

 

Y ahí estaba, de pie. Justo detrás de los mismos libros de ayer, estaba Jungwon, sosteniendo una cantidad ridícula y excesiva de fotocopias qué casi tapaban la mitad de su torso. 

 

Sunghoon se detuvo a un metro de él, ladrando la cabeza con su sonrisa descarada que prentendia tomar la iniciativa del encuentro. 

 

—Vaya, mi acosador místico favorito. —Comentó en un susurro pausado, arrastrando las palabras con una sutil ironía. —Me preguntaba cuando ibas a aparecerte hoy. 

 

Jungwon no tuvo ningún cambio en su expresión ante el tono coqueto. El Cupido dio un paso al frente con su habitual rigidez y le extendió el pesado fajo de hojas directamente contra el pecho. 

 

—Aquí tienes. —Anunció con tono autoritario. —He recopilado toda la teoría básica para iniciar formalmente con tu educación afectiva. Recomiendo que comiences leyendo el módulo uno hoy antes de dormir. 

 

A Sunghoon le causó una gracia infinita. Tomó las hojas y al echarle una mirada de reojo a la primera página bajo la tenue luz del pasillo, leyó los títulos absurdos sobre “Ángulos de inclinación sugeridos para la aproximación” y “Fuerza de presión ejercida en Pascales”. Había que reconocer el esfuerzo y dedicación que la deidad dedicaba a su trabajo. 

 

—Qué eficiente resultaste. —Se burló Sunghoon, dando un paso al frente, disfrutando como los hombros del más bajo se tensaban. —Dime una cosa, profesor... ¿Debería poner en práctica toda esta teoría que imprimiste directamente contigo para comprobar si este manual realmente funciona? 

 

Jungwon dio un paso atrás de inmediato, entrecerrando sus ojos ahora oscuros con indignación. 

 

—Por supuesto que no. Ya te lo advertí, no contamino mis muestras de estudio. Practicarás con los sujetos de control qué yo asigne llegado el momento de la prueba de campo. 

 

Sunghoon soltó una risa ronca, baja y adoptó una postura de pura suficiencia astuta. Se apoyó con soltura contra el estante contiguo, cruzándose de brazos mientras lo miraba desde arriba con una media sonrisa. Tenía curiosidad por la última parte, pero decidió dejarlo pasar por el momento. 

 

—Bien, juguemos bajo tus términos por ahora. Pero antes de ir a estudiar tus gráficos, sácame de una duda técnica, Cupido. ¿Por qué nadie en este campus parece recordar tu existencia hoy? Hablé con Jake y Jay hace unas horas y juraron por su vida no conocerte, cuando ayer Jake estaba preocupado por haberme ganado un stalker. 

 

Jungwon suavizó su postura rígida, soltando un suspiro por lo obvia que resultaba la respuesta. 

 

—Es una ilusión perceptual básica, Sunghoon. Para operar en el plano mortal, introduje una alteración psíquica colectiva tanto en los estudiantes como en los profesores. Mis poderes hacen que sus cerebros procesen mi presencia como la de un estudiante de intercambio ordinario, por eso a nadie le resulta extraño verme cuando estoy por aquí. Pero si me voy al plano celestial, la ilusión se desactiva. El recuerdo artificial simplemente se desvanece en sus mentes porque sus mentes borran los datos innecesarios. En resumen, si no estoy, el mundo entero me olvida como si nunca hubiera existido. 

 

Sunghoon escuchó la explicación con atención médica, y aunque mantuvo su fachada imperturbable, las palabras de Jungwon provocaron un frágil y frío eco de desconcierto en su interior. Se dio cuenta de que Cupido tenía un poder absurdamente injusto en este juego de poder. Podía irrumpir en su vida, poner su mundo de cabeza, calumniar su orgullo y, si las cosas se salían de control, simplemente podía borrarse del mapa y dejarlo a él como un demente frente a todos quienes no recordaban nada. Estaba jugando con alguien que podía abandonar la partida cuando quisiera. 

 

Sin embargo, Sunghoon jamás admitiría en voz alta que esa falta de control sobre la situación le incomodaba, su ego se negaba a darle la victoria al rubio mostrándose intimidado. 

 

Así que, en lugar de engancharse en la lógica de sus poderes, optó por su mejor mecanismo de defensa: ironía ligera mezclada con coquetería descarada. 

 

Inclinó el cuerpo hacia adelante, rompiendo la distancia de manera deliberada hasta quedar a escasos centímetros del cabello rubio de Cupido. Obligando a este a sostenerle la mirada fija en la penumbra del estante. Una sonrisa ladina y perezosa volvió a instalarse en sus labios. 

 

—Así que nadie te recuerda. —Comentó con tono de voz arrastrado. —Que lástima que todos olviden tu bonito rostro, Cupido. 

 

Jungwon parpadeó, tomándolo completamente por sorpresa. Sus ojos se agrandaron un milímetro y los hombros se le tensaron bajo la camisa de manga larga blanca al notar la cercanía del humano. Esperaba una respuesta analítica, tal vez un berrinche por la diferencia de poder entre ambos, pero no al pelinegro soltando un comentario tan fuera de lugar.

 

—Mi rostro no entra en discusión en este programa. —Replicó, obligándose a recuperar su tono plano. —Concéntrate en el material que te entregué.

 

Sunghoon disfrutó enormemente de haber roto la compostura divina de Jungwon aunque fuera por un segundo. Dio un paso atrás, adoptando una postura relajada pero complacida. 

 

—Entendido, profesor, estudiaré ángulos esta noche. —Concedió con soberbia, dándole una última mirada de arriba abajo, antes de darse vuelta. —¿Cuándo será esa prueba de campo que mencionas? Muero de ansias por demostrarte lo bien que puedo manejar mis labios con o sin todos estos módulos. —Rio divertido, para acto seguido emprender su viaje de vuelta con las personas que había dejado, pensando en alguna excusa con sentido para la repentina aparición excesiva de fotocopias.

 

Sunghoon logró sobrevivir a la última media hora en la biblioteca, terminando el trabajo y cuando le cuestionaron la absurda cantidad de hojas, dio una respuesta vaga sobre un problema de impresión. 

 

Una vez terminado el proyecto, se despidió de sus compañeros y emprendió el camino a los dormitorios. 

 

En medio de los pasillos oscuros y semi vacíos, Jungwon volvió a aparecer de la nada con su ya conocida libreta en mano. Sin preámbulos comenzó a leer en voz alta el plan de estudios qué llevarían a cabo. 

 

—El programa de reeducación afectiva consta de cuatro fases estructuradas. Pase toda la tarde organizándolas de forma estructurada y a detalle. —Anunció el rubio caminando a su lado con la vista fija en las páginas. —Etapa uno: Módulos y teoría general del romance estándar. Etapa dos: Consejos óptimos para el establecimiento de relaciones interpersonales. Etapa tres: El arte del beso y la gestión de la intimidad física. Y, finalmente, la etapa cuatro: La prueba de campo. No se permitirá el avance a las etapas consecutivas si no se aprueban las evaluaciones teóricas previas. —Le entregó un nuevo folleto con el plan de estudio que acababa de recitar. 

 

Sunghoon caminaba despacio, prolongando el trayecto a propósito. Se guardó la hoja en el bolsillo trasero de su pantalón, divirtiéndose enormemente con la maravillosa locura de escuchar aquel desglose tan absurdamente metódico de la boca del mismísimo dios del amor, quien ahora se había convertido en su tutor personal. Al llegar a su habitación, encendió la luz y la rutina de las tutorías nocturnas, comenzó formalmente. 

 

Las clases sobre teoría del amor se convirtieron rápidamente en la parte favorita del día de Sunghoon. 

 

Todas las noches, Jungwon materializaba una pequeña pizarra acrílica flotante en medio del cuarto y con un marcador negro y rosa, dibujaba vectores, diagramas de flujo y gráficos de barras qué median los niveles de “eficiencia del romance estándar”. Sunghoon se limitaba a observar los encabezados de las hojas que correspondían a la lección de esa noche:

 

Etapa 3: El arte del beso y la gestión de la intimidad física. 

 - Módulo 1: Dinámica de aproximación facial. 

 - Ángulo de inclinación sugerido para el eje cervical: 45° (evita choques nasales). 

 - Presión ejercida en los labios: No mayor a 2 pascales. 

 

Nota obligatoria: Controle el ritmo respiratorio. El jadeo excesivo denota ansiedad mortal. 

 

Sunghoon tuvo que morderse el labio inferior para no soltar una carcajada en la comodidad de su cama ante la absoluta falta de romance de aquellas descripciones y la resaltada nota en rosa. 

 

—Como puedes ver en este vector de aproximación. —Explicaba Jungwon, golpeando contra la pizarra el marcador rosa que comenzaba a quedarse sin tinta debido al uso constante durante las últimas semanas debido a su frecuente uso. —Tu tendencia a inclinar la cabeza hacia la izquierda reduce la captación de oxígeno de tu pareja en un diez por ciento. Es un error amateur, que cometes de forma inconsciente. ¿Estás prestando atención? 

 

Sunghoon estaba sentado en el borde del colchón, con el módulo tres sobre su mano izquierda, sin apartar un segundo la mirada de Jungwon, completamente hipnotizado. No le importaba en lo más mínimo los porcentajes ni gráficos, solo le interesaba ver cómo los mechones rubios de Jungwon se movían cuando se alteraba, o como sus ojos gatunos brillaban con intensidad cuando se tomaba tan en serio sus disparatadas teorías celestiales. 

 

—Por supuesto, profesor. —Respondió Sunghoon con tono arrastrado y una sonrisa ladina, disfrutando de ver al encantador Cupido tomarse con seriedad el rol de maestro. —Entendido, inclinación a la derecha para optimizar el oxígeno. Tomo nota. 

 

Jungwon lo miró con ojos entrecerrados, sospechando que el mortal se burlaba de su autoridad divina, e hizo desaparecer el tablero de un chasquido dorado. 

 

—Ya tuvimos suficiente suficiente teoría por hoy. —Se cruzó de brazos con firmeza.

 

Sunghoon soltó una risa baja y se dejó caer un poco más hacia atrás sobre el colchón, apoyándose en sus codos sin romper el contacto visual. Ladeo la cabeza, adoptando esa postura perezosa, pero cautivadora que descolocaba a Jungwon por fracciones de segundo. 

 

—¿Tan rápido, profesor? —Se quejó, arrastrando las palabras con falsa decepción. —Pero si apenas íbamos entrando a la mejor parte. —Dijo leyendo el documento. —“La gestión de la intimidad física” suena como algo que requiere mucha... práctica personalizada. ¿Seguro que no quieres darme un adelanto? 

 

Jungwon endureció su postura de inmediato, apretando los labios para contener la molestia que el tono coqueto le generaba. Decidió ignorar deliberadamente la provocación aclarándose la garganta mientras abría su libreta para hacer un par de anotaciones rápidas. 

 

—No es necesario. Tus evaluaciones conceptuales de las dos etapas anteriores fueron aprobadas con un margen aceptable. —Declaró con brevedad, casi cortante. —Has demostrado entender la teoría de las relaciones interpersonales básicas. Por ende, dado que el entrenamiento teórico está próximo a finalizar, considero pertinente explicarte en qué consiste la etapa cuatro. 

 

Sunghoon arqueó una ceja, enderezándose un poco. El juego parecía haber cambiado de ritmo. 

 

—Te escucho, Cupido. 

 

—Voy a realizar un estudio de campo exhaustivo en tu entorno. —Explicó. —Analizaré Las estadísticas y perfiles de todos los humanos en el campus y seleccionaré al espécimen que presente el mayor nivel de compatibilidad afectiva contigo. Una vez tengamos al sujeto idóneo, deberás abordarlo y poner en práctica todo lo que has aprendido en el proceso, incluido las inclinaciones y fuerza a ejercer vistas hoy. Yo estaré presente para monitorear el experimento y evaluar los resultados en tiempo real. 

 

Una sensación extraña, fría y sumamente incómoda le apretó el estómago a Sunghoon, transformándose de inmediato en una punzada a su orgullo. 

 

¿Le importaba tan poco a Cupido? Se había pasado semanas enteras metido en su habitación, analizando sus expresiones, resistiéndose a sus encantos, y ahora hablaba de enviarlo a besarse con cualquier desconocido con la misma frialdad con la que se hace un trámite de oficina. 

 

Sin embargo, Sunghoon jamás le daría el gusto de saber que sus palabras habían causado mella. Mostrar el más mínimo rastro de molestia o reclamo sin sentido habría significado dar el brazo a torcer, admitir que Jungwon le iba ganando en esa guerra de resistencia que ambos libraban en silencio. Así que, en lugar de alterarse. Sunghoon enterró esa pequeña irritación bajo su capa más gruesa de presunción y le regaló una sonrisa con parsimonia imperturbable. 

 

—Vaya. Que eficiente y desprendido resultaste. —Murmuró sarcásticamente, mirándolo con suficiencia implacable. —Me parece perfecto, juguemos bajo tus condiciones. Tómate el tiempo que necesites para buscar a tu segundo conejillo de indias ideal. Estaré esperando para demostrarte lo bien que me desempeño en cuánto a besar se refiere. 

 

Jungwon sostuvo la mirada fija, aunque el agarre a su marcador rosa favorito se volvió un poco más rígido ante la soberbia del ser humano. 

 

—Eso lo decidiré yo, Park Sunghoon. 

 

Tras un destello dorado, la habitación quedó en silencio, el Cupido se marchó. 

 

(...) 

 

Planear una prueba de control con el espécimen adecuado requería de una rigurosa recopilación de datos, para fortuna de Sunghoon, Jungwon se lo tomó con extrema calma. Así, los días se convirtieron en más semanas y la presencia del ser místico se transformó en una constante silenciosa, pero activa en la vida del universitario. Pasaban juntos más tiempo del que cualquiera de los dos había planeado inicialmente.

 

Ya fuera en las mañanas, cuando Sunghoon se sentaba a desayunar en las mesas exteriores del campus mientras repasaba sus apuntes de bioquímica. Jungwon se sentaba en la silla frente a él, con los brazos cruzados, evaluando con ojo crítico a los estudiantes que se paseaban por ahí para medir su compatibilidad con el pelinegro.

 

Una tarde, durante clase. Una chica se acercó con timidez pero con intenciones obvias para ambos de tener una excusa para acercarse más a Sunghoon, pidiendo prestado un bolígrafo. Sunghoon, mentalizado en mantener su actitud de confianza excesiva ante los ojos de su tutor, ni siquiera tuvo que esforzarse. Le entregó el bolígrafo y le dedicó una de sus sonrisas de cortesía más encantadora, mirándola fijamente. El efecto fue de inmediato: la chica se puso completamente roja, balbuceó un agradecimiento y se retiró a toda prisa, hecha un manojo de nervios.

 

En cuanto la estudiante se retiró, Jungwon le clavó una mirada dorada y fulminante.

 

—Estás alterando el estado emocional de otras personas de manera innecesaria, Sunghoon. —Lo reprendió en un susurro severo. —Tu sonrisa activó demasiadas microexpresiones qué generan falsas expectativas de emparejamiento biológico y terminas interviniendo en el flujo de hilos de los demás. Así que, modera tus neurotransmisores, es parte de las reglas de etiqueta moral que repasamos en la etapa dos. 

 

Sunghoon ni siquiera se inmutó. Le dio un sorbo al café que había comprado más temprano, apoyó los codos sobre la mesa. Fue entonces cuando dejó caer esa expresión perezosa de cazador y lo miró de una manera completamente distinta; sus ojos se entrecerraron con una fijeza pesada y sugestiva, y sus labios se curvaron en una línea sutil, lenta y descaradamente íntima. Completamente opuesta a la dada a la chica, una sonrisa cargada de un magnetismo tan denso y privado que pareció reducir el ruido exterior. 

 

—No puedo evitarlo, profesor. —Respondió en el mismo tono bajo y arrastrado de siempre, disfrutando sumamente de ver la molestia en los ojos gatunos del rubio. —Solo fue una sonrisa de cortesía. Mis sonrisas cuando tengo algo hermoso en frente son mucho mejor que esa. 

 

Jungwon rodó los ojos, haciendo un furioso tachón en su libreta para ocultar cómo sus defensas flaqueaban ante un halago tan mundano. Obligándose a mantener su barrera profesional. 

 

Habían terminado por construir una ligera dinámica de estira y afloja que se trasladaba también a sus jornadas de estudio nocturno. Hubo una noche en particular en la que Jungwon terminó adueñándose por completo de la cama de Sunghoon en la residencia, sentado de piernas cruzadas y rodeado de un desastre de papeleo y reportes misticos. Tenía el ceño fruncido mientras intentaba calcular con precisión los niveles de compatibilidad en todas las áreas posibles para el pelinegro. Sunghoon, por su parte, estaba sentado en su escritorio, intentando concentrarse en terminar un denso reporte de laboratorio, pero le resultaba casi imposible ignorar al rubio, a quien escuchaba murmurar entre dientes quejas sobre "cálculos imprecisos" y "humanos con demasiadas faltas morales como para ser considerados candidatos viables".

 

​Sunghoon lo miraba de reojo, sumamente entretenido con la molestia de la deidad, hasta que el parloteo bajito empezó a distraerlo de verdad. Buscando una manera disimulada de hacer que se callara para poder avanzar, Sunghoon hurgó en el cajón de su escritorio, tomó un paquete de gomitas ácidas y se lo lanzó directo a la cama.

 

​El empaque aterrizó sobre el montón de hojas. Jungwon frunció el ceño, confundido, y levantó la vista hacia el universitario con un enorme signo de interrogación reflejado en su expresión gatuna. Tomó el paquete entre sus manos y, al examinar el colorido envoltorio, miró a Sunghoon con un deje de indignación. 

 

—No necesito esto, Sunghoon. Al ser un Cupido no tengo la necesidad biológica de consumir alimentos como los humanos. —Le recordó. —Además en mi mundo tenemos nuestros propios dulces celestiales. 

 

Sunghoon no se giró por completo, sólo apoyó el mentón en su mano, mirándolo con una media sonrisa. 

 

—Deberías probarlas, profesor. Masticar mejora la concentración, te va a destrabar el cerebro con ese montón de cálculos. —Respondió simplemente, regresando la vista a su reporte. 

 

Todavía con desconfianza evidente, Jungwon guardó silencio y observó el empaque un par de segundos. Al final, la curiosidad pudo más que su orgullo divino. Abrió la bolsa con cuidado, tomó una de las gomitas de colores y se la llevó a la boca. 

 

El cambio en su expresión fue instantáneo. Sus ojos se abrieron de par en par por la sorpresa cuando el sabor intensamente dulce y ácido al mismo tiempo estalló en su lengua, una experiencia sensorial opuesta a la perfección plana de los alimentos celestiales. Sunghoon, que no había dejado de vigilarlo por el reflejo de la pantalla de su laptop, soltó una risa baja, complacido al ver cómo el mal humor de Cupido se disolvía por completo mientras masticaba la segunda gomita de la noche. 

 

Situaciones como esas, comenzaron a acumularse en cada rincón de la rutina de Sunghoon. Un par de días después, durante el entrenamiento del equipo de hockey, bajo el azote de una tarde gris y tormentosa. ​Sunghoon se encontraba sentado en la banca del equipo junto a la pista de hielo, con el uniforme puesto y recuperando el aliento mientras se pasaba una toalla por el cuello sudado. Sin embargo, su atención no estaba en la pista, sino a unos metros de distancia, en la parte alta de las frías graderías vacías, a excepción, claro, de la presencia de Jungwon. 

 

Al parecer, al ser divino, el rudo clima terrenal no le estaba asentando nada bien. La combinación de la tormenta exterior y el ambiente congelado de la pista de hockey tenían al pobre Cupido sufriendo las consecuencias de la biología humana. Había dejado atrás sus pulcros trajes formales de dos piezas y sus camisas perfectamente planchadas. Esa tarde, Jungwon estaba abrigado hasta el cuello de una forma que Sunghoon solo pudo clasificar como ridículamente adorable. 

 

Sunghoon sintió un vuelco extraño en el pecho al mirarlo. 

 

Llevaba un enorme suéter de lana color crema que le quedaba notablemente grande, haciendo que sus manos apenas se asomaran por los puños para sostener su libreta y bolígrafo, una bufanda gruesa café que le cubría la mitad de las mejillas, y un gorro tejido que le aplastaba sus rebeldes mechones dorados, dejando a la vista únicamente sus enormes ojos felinos. Parecía una pequeña y esponjosa bolita de algodón intentando mantener la dignidad mientras temblaba sutilmente. A Sunghoon se le ablandó el corazón de una manera tan repentina que tuvo que desviar la mirada un segundo para aclararse la garganta, sintiéndose extrañamente desarmado por la faceta tan dócil de este. 

 

—Parece que por fin alguien logró domarte, Park Sunghoon. —Dijo Jaeyun sentándose a su lado y sacándolo de sus pensamientos mientras seguía la línea de su mirada en dirección a las gradas con una sonrisa burlona. Jay se unió a ellos un segundo después, apoyándose en su palo de hockey. —El chico te trae en la palma de su mano, se la pasan pegados en todo momento. 

 

Jay soltó una carcajada limpia, acomodándose el casco hacia atrás para disfrutar del momento. 

 

—Nunca creí estar vivo para presenciar algo así de tu parte. —Se mofó Jongseong. 

 

Sunghoon recuperó su compostura de inmediato. Dejó caer la toalla sobre sus hombros y miró a sus amigos con una sonrisa de suficiencia arrogante, elevando una ceja con tranquilidad, aunque por dentro sus ojos seguían fijos en el rubio. 

 

—Por favor, están leyendo la situación al revés. —Respondió arrastrando sus palabras con entretenimiento. —Él es quien no puede apartar los ojos de mí ni por un segundo. 

 

Jay y Jake intercambiaron una mirada incrédula, conteniendo sus risas ante la flagrante mentira de su amigo. Era evidente para cualquiera que Sunghoon estaba intentando salvar su sagrado orgullo, ocultando que la existencia de ese pequeño rubio en las gradas le descolocaba mucho más de lo que admitiría en voz alta. 

 

—Lo que te deje dormir por las noches, campeón. —Lo empujó en juego, Jake. Poniéndose de pie de nuevo. —Cómo sea, este fin de semana hay una fiesta en el patio común de residencias. Irá casi todo el mundo, deberías ir con tu “pequeña sombra”, a ver si así se calientan un poco entre los dos. —Dicho eso, huyó casi corriendo, antes de que Sunghoon pudiera replicar algo en contra de lo que acababa de decir. 

 

Jay lo siguió entre risas. 

 

Sunghoon volvió a quedar solo en la banca, se puso de pie con lentitud y preparándose para golpear a Jake con su palo de hockey, pero antes volvió a mirar hacia arriba. Jungwon, que claramente había escuchado toda la conversación gracias a sus sentidos de deidad, lo miraba fijamente, desde el fondo de su bufanda, arrugando la nariz con indignación antes de anotar con furia definitiva, que Jaeyun no era para nada compatible con el pelinegro.

 

Sunghoon no pudo contener que una sonrisa genuina y suave se le escapara de los labios antes de volver al hielo.

 

El regreso de la pista fue un calvario de agua y humedad. Aunque Jungwon poseía la facultad divina de disolver su materia y aparecer al instante en la calidez de la residencia, se obligó a caminar al lado del mortal. Su excusa oficial, anotada en su mente, era la necesidad estricta de monitorear cualquier interacción espontánea que Sunghoon pudiera tener con otros estudiantes en el camino bajo la tormenta. 

 

Así que ahí estaban, compartiendo un espacio ridículamente reducido bajo el paraguas de Sunghoon. Este caminaba despacio, gozando en silencio al notar como el hombro derecho del Cupido, chocaba contra suyo constantemente debido al espacio. Jungwon por su parte, seguía encogió dentro de su enorme suéter, con la bufanda goteando un poco y la nariz roja por el frío terrenal, sosteniendo su agenda de registro con un empeño casi heroico para que no se mojara. 

 

Al llegar a la habitación, el ambiente cambió. El calor del radiador los recibió de golpe. Sunghoon se despojó de su chaqueta y se encerró en el baño para una ducha rápida, en cuanto salió con una muda de ropa más cómoda y el cabello seco, sin perder el tiempo, se sentó frente al escritorio para terminar una pesada entrega sobre inmunología celular que vencía el día siguiente. 

 

Jungwon permaneció en silencio, materializando su pizarra para revisar y comparar los esquemas con sus apuntes del día en búsqueda de la potencial alma gemela de Sunghoon. Aunque su atención se desviaba constantemente al perfil concentrado de Sunghoon. Verlo trabajar bajo la luz tenue de la lámpara, con el cabello ligeramente desordenado por el uso del secador y el ceño fruncido mientras tecleaba, generaba un ruido persistente en su sistema métrico. 

 

A las dos de la madrugada, tras enviar el último archivo. Sunghoon soltó un quejido arrastrado. Apagó la computadora y se dejó caer sobre espaldas en su cama. Quedó tendido mirando al techo con los ojos entrecerrados por el sueño y cansancio que había acumulado esa semana. 

 

Jungwon, que se encontraba de pie junto al borde del colchón, lo miró desde arriba y golpeó suavemente el borde de madera de la cama con su rodilla. 

 

—El agotamiento físico reduce tu simetría facial y tu atractivo promedio en un doce por ciento. Deberías dormir. —Le ordenó en tono de voz simple. 

 

Sunghoon soltó una risa baja, apenas un murmullo perezoso que vibró en la habitación silenciosa. En lugar de obedecer, estiró un brazo con lentitud, y antes de que Jungwon pudiera predecir el movimiento, atrapó con suavidad su muñeca. 

 

La piel del ser humano se sentía extrañamente cálida en comparación con el frío que recordaba de la pista de hielo. Jungwon se tensó al instante, conteniendo el aliento, pero esta vez, al notar la genuina vulnerabilidad nocturna del mortal y el peso real de su cansancio, no tiró de inmediato para zafarse. Se quedó estático, sintiendo los dedos de Sunghoon acariciando con delicadeza el dorso de su mano. 

 

​En cualquier otro momento, el orgullo de Sunghoon le habría impedido buscar un contacto tan directo y desarmado, pero con el cerebro embotado por la inmunología, la barrera que tanto se esmeraba en sostener simplemente se había desmoronado. Además, en el fondo de su mente adormecida, actuaba un sutil instinto de dominio perezoso. Sabía que en cuanto se durmiera, Jungwon se iría como todas las noches, como si realmente no hubiera nada que lo anclara en ese plano. Así que el agarre en su muñeca funcionaba como una forma silenciosa y posesiva de decirle que esa noche no sería de esa manera. 

 

—¿Qué estás haciendo? —Cuestionó con el ceño ligeramente fruncido. 

 

—Nada... —Repondió el de cabellos oscuros con una media sonrisa, mientras cerraba los ojos. 

 

Bajando la mirada hacia las sábanas, Jungwon volvió a llamarlo con un tono inusualmente bajo. 

 

—Sunghoon. —Llamó con suavidad. 

 

—¿Mmh? —Respondió apenas audible el contrario. 

 

Despojado de su jerga técnica habitual, continuó. 

 

—Más allá del evidente problema de calibración en tus labios... ¿por qué actúas de forma tan despreocupada con las relaciones amorosas? ¿Por qué te empeñas en no atarte a nadie? En tu expediente dice que tus padres siguen juntos y en efecto son su correspondiente hilo rojo así que no es por reflejo de un divorcio. ¿Fue alguna experiencia pasada? ¿Un trauma o rechazo afectivo en tu adolescencia? Quizá si entendemos mejor la raíz del bloqueo puedo encontrar más rápido a alguien. 

 

Sunghoon soltó una risa ronca, sin abrir los ojos mientras disfrutaba del tacto en la muñeca de Cupido. En un movimiento rápido, certero y completamente inesperado, tiró de él hacia abajo con la fuerza justa para desestabilizarlo. 

 

Jungwon soltó un pequeño jadeo de sorpresa cuando la gravedad terrenal lo reclamó de golpe, cayendo de espaldas sobre el colchón, justo al lado del más alto. Antes de que pudiera rodar para intentar escapar, Sunghoon pasó un brazo pesado y posesivo sobre su cintura, atrapándolo contra su costado con firmeza y enterrando el rostro el en hueco de su cuello, justo donde la lana del suéter lo rodeaba. 

 

—No hay ningún trauma en mi historia, Jungwon. Murmuró, todavía sin abrir los ojos, arrastrando las palabras con una pereza y torpeza peligrosamente encantadora. —No tengo nada en contra del amor como tu cabecita llena de manuales y estructuras cree. Es solo que, con el poco tiempo que me deja la carrera y los entrenamientos, lo más práctico para mí, terminan siendo los encuentros casuales. Además... nunca he sentido esa chispa de conexión con nadie. Así que no tiene sentido empezar una relación de esa manera. 

 

Jungwon se quedó completamente congelado, con la espalda pegada al pecho del humano y el corazón latiéndole a una velocidad sin sentido que desafiaba cualquier lógica celestial. Pero su mente se había quedado estancada repitiendo en bucle esas dos sílabas. 

 

Jungwon

 

Escuchar al humano pronunciar su nombre real por primera vez, despojado de cinismo y con esa tesitura tan íntima, ronca y baja debido al sueño, resultó ser algo peligrosamente melódico. Una vibración que caló hondo en su naturaleza divina. Quiso replicar, pero se detuvo al escuchar como la respiración de Sunghoon se volvía profunda, pausada y rítmica contra su cuello. Se había quedado dormido, abrazándolo como si fuera una almohada. 

 

Fue ahí cuando el sistema operativo de Jungwon sufrió un cortocircuito absoluto. Solo y en la penumbra de la habitación, atrapado por el agarre de un humano inconsciente, el dios del amor se puso rojo por completo, sintiendo un calor abrasador. 

 

Era una verdadera pena para Sunghoon, porque había logrado encender una alarma de incendios masiva en el pecho de su Cupido, y estaba demasiado dormido como para disfrutar del espectáculo de su victoria. 

 

Esa noche, Jungwon no pudo dormir, en cambio se quedó en vela, contando los latidos de Sunghoon contra su espalda. 

 

Cuando la luz de la mañana comienza a calarse por la habitación hasta llegar sobre el Cupido todavía con los ojos abiertos, ahora con sus rostros frente a frente, pues en un momento de la noche, se cansó de la otra posición y de sentir los latidos y respiración del otro tan cerca, decidió darse vuelta, para criticar y enumerar en silencio en una lista mental, todos los defectos de este. 

 

Al ver que Sunghoon comienza a moverse, aprovecha para intentar zafarse rápido y recuperar su compostura antes de que el mortal pueda entender la situación. Pero, Sunghoon, con sus reflejos de atleta intactos, incluso estando medio dormido. No le permite irse. Lo retiene contra sí, mirándolo con los ojos entrecerrados y esa sonrisa ladina qué siempre termina por aparecer en los momentos menos oportunos. 

 

—Buenos días, Cupido. No sabía que quedarse a dormir también formaba parte del módulo de gestión de la intimidad física... ¿Me vas a poner puntos extra por esto? 

 

La voz ronca y mañanera tan peligrosamente cerca lo hizo temblar. El agarre de Sunghoon en su cintura no era débil, al contrario, se sentía firme, cálido y exasperadamente seguro.

 

—Suéltame, Park Sunghoon. —Demandó, intentando que su voz sonara con la rigidez de un inspector celestial, aunque, el tono le salió un poco más agudo de lo que pretendía. —Esto no es ninguna evaluación. Sólo fue un monitoreo de observación de ciclo completo y tu retención física solo está retrasando el análisis de datos.

 

Sunghoon soltó una risa baja, un sonido sordo qué hizo a Jungwon volver a activar sus alarmas. En lugar de soltarlo, el pelinegro se tomó el atrevimiento de arrastrar la mano un poco más arriba por la espalda de Jungwon, acariciando la lana del suéter crema con una parsimonia insufrible.

 

—Observación de ciclo completo, ¿eh? —Sunghoon entrecerró los ojos, mirándolo con una profundidad que devoraba la poca distancia que los separaba. —Qué dedicado eres, Cupido. Podrías haber monitoreado mis funciones desde el techo o desde tu plano luminoso, pero decidiste pasar frío en mi colchón. ¿O es que es más eficiente si me evaluas así de cerca?

 

​El Cupido sintió un calor intenso subirle por el cuello. La audacia del mortal estaba rompiendo todas las métricas de su manual. Consciente de que si se quedaba un segundo más bajo esa mirada de cazador terminaría por cometer una infracción divina irreparable, Jungwon no esperó a que Sunghoon relajara el agarre. ​Usando un último destello de su voluntad profesional, invocó su energía. Un fulgor dorado y repentino cegó la habitación por una fracción de segundo, y el peso en los brazos de Sunghoon desapareció de golpe.

 

​El colchón quedó vacío. Sunghoon parpadeó, acostumbrando sus ojos a la luz de la mañana, y se incorporó sobre sus codos, mirando el espacio vacío a su lado. El aroma al shampoo que parecía usar Jungwon con notas de algodón de azúcar, todavía flotaba en el aire y sobre la almohada donde había estado la cabeza del rubio, descansaba una pulcra hoja de papel membretada con letras doradas.

 

​Sunghoon la tomó con una sonrisa de pura autosuficiencia, estirándose en la cama mientras leía la caligrafía perfecta de Jungwon:

 

NOTIFICACIÓN DE EVALUACIÓN DE CAMPO INMEDIATA.

 

- Sujeto de prueba: Park Sunghoon.

- Lugar: Fiesta universitaria en las residencias (noche actual).

- Objetivo: Ejecución práctica de la etapa cuatro (Prueba de campo con espécimen seleccionado de alta compatibilidad).

 

Nota: La puntualidad es obligatoria.

 

Sunghoon dejó caer la hoja sobre su pecho y soltó una carcajada limpia y descarada, mirando al techo.

 

​—Huyendo como un cobarde, Cupido... —Murmuró para sí mismo, pasándose una mano por el cabello de excelente humor. —Veamos qué tan buena es tu famosa selección.

 

(...) 

 

​El destello dorado lo depositó de golpe en el pasillo principal del Ministerio Afectivo, pero la pulcritud y el silencio sepulcral del plano celestial no lograron calmar el incendio que Jungwon traía en el pecho.

 

​Caminó a pasos agigantados, con la libreta de registro apretada contra el suéter de lana. El gran Cupido de primer grado, famoso por su impecable postura y su caminar flotante, iba tropezando torpemente con cada esquina de mármol. Al doblar hacia el ala de archivadores, su hombro golpeó un carrito de expedientes de almas gemelas, haciendo que un par de carpetas salieran volando. Ni siquiera se detuvo a recogerlas; solo murmuró una disculpa apresurada y continuó su marcha, con las orejas encendidas en un tono carmín que rivalizaba con los detalles en rojo que cubrían el lugar. 

 

​Cuando por fin empujó la puerta de su pulcra oficina vidriada, entró como un torbellino, buscando el aislamiento de su cubículo para intentar recalibrar su sistema operativo. Sin embargo, la paz no lo estaba esperando.

 

​Sentado en su costosa silla ergonómica de cuero blanco, con las largas piernas apoyadas descaradamente sobre el escritorio de cristal, estaba Riki. El Cupido de tercer rango sostenía un tazón de cereales flotantes con chispas de luz astral, masticando con una lentitud exasperante mientras observaba en Un holograma a los humanos que debía enlazar esta semana, esperando el momento perfecto.

 

​Al escuchar el azote de la puerta, Riki bajó lentamente el tazón y clavó sus agudos ojos oscuros en su superior.

​Jungwon se quedó estático a mitad de la habitación, respirando de forma entrecortada, con el gorro de lana de lado y el rostro completamente colorado, luciendo como cualquier cosa menos como una deidad autoritaria.

 

​Riki tragó el bocado, tragando también una sonrisa burlona que amenazaba con escapársele. Bajó las piernas del escritorio con parsimonia, apoyó los codos sobre el cristal y ladeó la cabeza, analizando el desastre divino que tenía enfrente.

 

​—Vaya, hyung... —Comenzó Riki, con una diversión irritante. —Para ser alguien que bajó a la Tierra a realizar una "auditoría de rutina", pareces una muestra de control contaminada por algún pecado mundano. ¿Por qué estás tan rojo? ¿Se cayó el sistema del hilo rojo o es que Park Sunghoon te saboteó los planes?

 

​Jungwon soltó un bufido indignado, caminando a zancadas hacia el perchero para colgar la bufanda con manos temblorosas. Entonces, como si la tela de repente le quemara la piel, se sujetó el dobladillo del suéter crema con desespero y se lo quitó de un tirón violento, desordenando aún más su cabello rubio. Lo lanzó lo más lejos posible contra un rincón de la organizada oficina, mirándolo como si fuera un artefacto peligroso. Iba a tirarlo directamente a la basura más tarde.

 

​Ese maldito humano había tenido el descaro de dejar impregnado su perfume en la lana tras el encierro de la noche anterior. Un aroma penetrante a almizcle, ámbar y notas amaderadas limpias que se rehusaba a abandonar sus fosas nasales, recordándole a cada segundo la insoportable cercanía de sus cuerpos.

 

​—No hay ninguna anomalía en el sistema, Nishimura. —Declaró Jungwon, intentando usar su tono más estricto, aunque la voz le traicionó con un ligero quiebre. — El espécimen es... altamente problemático. Su resistencia afectiva ha requerido un monitoreo de ciclo completo y un gasto innecesario de energía. Solo necesito archivar los resultados para la fiesta de esta noche.

 

​Riki soltó una carcajada limpia y rasgada, dejando el tazón de lado y cruzándose de brazos en la silla. Conocer a Jungwon por siglos le daba la ventaja de leerlo como un libro abierto: el plan analítico de su hyung no solo no estaba funcionando, sino que el mortal lo había arrastrado por completo a su propio juego de push & pull. 

 

​—Si así lo llaman ahora. —Se mofó Riki, arqueando una ceja con malicia. —Sigue convenciéndote de eso, hyung. Pero te lo advertí desde el primer día: jugar con humanos orgullosos es peligroso. El manual no sirve de nada cuando te atrapan justo donde quieren. 

 

El patio en común de las residencias era un hervidero caótico bajo las luces de colores colgadas entre los árboles. La música con bajos retumbantes, el olor a alcohol y el bullicio de cientos de estudiantes reunidos generando un ambiente denso que a Jungwon le resultaba repulsivo desde su estatus como deidad. 

 

Para esa noche, impulsado por el frío residual pero sobre todo por la desesperación de recuperar el control, Jungwon había regresado a su "armadura" formal. Llevaba una elegante y pulcra gabardina negra de corte cruzado, firmemente abotonada y ajustada a la cintura con un cinturón a juego que estilizaba su figura. El cuello de la prenda enmarcaba a la perfección un suéter de cuello de tortuga blanco impecable que cubría su garganta por completo. Era el atuendo perfecto para un Cupido profesional: sobrio, distante y completamente cerrado, un escudo diseñado específicamente para no dejar expuesto ni un solo centímetro de su piel y, de paso, bloquear cualquier intento olfativo de que el almizcle del humano se le colara de nuevo en el sistema.

 

​Sin embargo, sus barreras metodológicas se tambalearon en cuanto vio aparecer a Park Sunghoon entre la multitud. 

 

​El mortal exudaba una confianza pesada e inevitablemente atrayente para cualquiera. Vestía una chaqueta de cuero negro con un acabado brillante, casi vinílico, que captaba los destellos de las luces de la fiesta con cada uno de sus movimientos. La llevaba semiabierta sobre una playera negra lisa de cuello ligeramente amplio, exponiendo la base de su cuello y la línea limpia de su clavícula de una forma exasperantemente atractiva. Su cabello oscuro, peinado con algunos mechones húmedos cayendo de forma casual sobre su frente, completaba esa vibra peligrosa de atleta que sabe perfectamente el efecto que causa en los demás.

 

​En cuanto Sunghoon localizó la pulcra silueta de Jungwon destacando entre el desorden universitario, esa sonrisa autosuficiente no tardó en aparecer en sus labios.

 

​—Vaya, profesor. —Provocó Sunghoon, deteniéndose a solo unos pasos de él y recorriendo con la mirada la abrigada gabardina del rubio. —Te ves muy formal para una fiesta universitaria. ¿Todavía tienes frío? Puedo intentar calentarte de nuevo esta noche si quieres. 

 

​Jungwon tragó saliva discretamente, evitando el contacto visual y apretando su libreta contra el pecho.

 

​—El espécimen objetivo está a las doce en punto, junto a la mesa de bebidas. —Anunció Jungwon con voz monótona, ignorando olímpicamente la provocación aunque sentía que el cuello de tortuga de repente le apretaba más de la cuenta. —Kim Minji, página setenta mil novecientos tres. Estudiante de segundo año de psicología. Compatibilidad afectiva calculada: noventa punto cuatro por ciento. Procede a ejecutar la aproximación de la etapa cuatro, Park Sunghoon. Voy a estar monitoreando todo desde aquí, activando el temporizador cuando empiece la interacción para ver cuanto tiempo tarda en alejarse de ti.

 

​Sunghoon no se movió de inmediato. En lugar de dar media vuelta hacia el objetivo seleccionado, dio un paso más hacia el Cupido, reduciendo la distancia hasta que la densa fragancia a almizcle de su perfume volvió a burlar las defensas de Jungwon. La sonrisa de suficiencia de Sunghoon se desvaneció, reemplazada por una expresión seria e intensa.

 

​Extendió una mano con una lentitud casi deliberada, rompiendo cualquier distancia profesional, y rozó con la yema de sus dedos la frente de Jungwon. Se detuvo a juguetear un segundo con un mechón rebelde de su cabello, acomodándolo detrás de su oreja con suavidad. Admirando el bonito tono rubio que poseía el dios, tan suave y esponjoso. El contraste de sus dedos cálidos contra la piel helada del rubio solo hizo que su mirada se volviera más pesada.

 

—¿Estás seguro de que esta es la solución? —Preguntó en voz baja, con tono pausado, aunque Jungwon lo escuchó claramente por encima de la música. 

 

Jungwon parpadeó, conteniendo el aliento ante la inesperada caricia, con el dedo índice apoyado con fuerza sobre el metal frío del cronómetro celestial. Fiel a su razonamiento analítico, su cerebro proceso la pregunta de forma literal. Creyendo con total convicción, que el humano estaba cuestionando y dudando de la efectividad de las estadísticas de compatibilidad con la humana de la página setenta mil novecientos tres. Por lo que no se dio cuenta del verdadero trasfondo de la pregunta o de la intención del roce de los dedos de Sunghoon con su cabello. 

 

—Por supuesto. La compatibilidad con el espécimen dictado tiene apenas un cero punto ocho por ciento de margen de error. Solo debes seguir las instrucciones de lo aprendido en las tutorías y ejecutar el protocolo. Camina. —Replicó, forzando a su voz a mantener cadencia robótica y profesional, aunque el corazón le dio un vuelco imperceptible. 

 

La mano de Sunghoon cayó de su rostro, soltando una exhalación corta. En una mezcla de frustración y asombro ante la absoluta ceguera del Cupido. Una sonrisa fría, desprovista de cualquier rastro de humor, volvió a dibujarse en sus labios. 

 

—Bien. Si estás tan seguro de tus cálculos perfectos, Cupido... —Soltó, dando un paso atrás mientras sus ojos lo miraban con seriedad. —Veamos que tan bien soluciona esto las cosas. Mira con atención, no quiero que te pierdas ni un solo segundo de tu experimento, profesor. 

 

Dando media vuelta, Sunghoon se alejó con la mandíbula tensa y las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta de cuero, caminando a pasos firmes hasta donde Jungwon le había indicado. Dejando al rubio solo entre la multitud, convencido de que había defendido con éxito su lógica, aunque el dedo le temblaba incontrolablemente sobre el botón del cronómetro. 

 

Para el jugador de hockey y del campus, desplegar su encanto y carisma, no requería de mayor esfuerzo. Jungwon se quedó observando desde la distancia resguardado detrás de un pilar del pasillo exterior, como Sunghoon abordaba a la chica gesticulando con una naturalidad envidiable. Debido al volumen de la música, Sunghoon tuvo que inclinarse para hablarle directamente al oído. Jungwon vió como los dígitos del cronómetro avanzaban: 00:36... 01:45... 02:10... 

 

Mentalmente, Jungwon comenzó a registrar infracciones. 

 

Inclinación del eje cervical no regulada. Proximidad invasiva. Estímulo auditivo excesivo... pero la realidad era que el estómago se le estaba revolviendo de forma espantosa. Ver a la chica tocar tímidamente el brazo de Sunghoon y ver al pelinegro clavarle esa mirada fija de depredador que él conocía tan bien, encendió una llama ardiente en el pecho del Cupido. Las risas coquetas de ambos comenzaron a martillarle los oídos con la misma fuerza que los bajos de la música. 

 

​Entonces, llegó el clímax de la prueba.

 

​Sunghoon, perfectamente consciente de la mirada dorada y fulminante que lo vigilaba desde la penumbra, decidió llevar la situación hasta las últimas consecuencias solo para probar el límite del rubio. Deslizó una mano por la cintura de Minji con una suavidad ensayada y se inclinó, pero en el último milímetro de distancia, tomó una decisión deliberada.

 

​En lugar de seguir la estructura técnica del último módulo visto, Sunghoon alteró por completo el ángulo de su cabeza y la presión que ejerció en el beso. Ladeó el rostro en la dirección opuesta a la que dictaba el manual y la besó exactamente al contrario de como instruían las rígidas instrucciones de Jungwon. Fue un beso profundo, cargado de una intensidad mundana y experta, pero completamente vacío del afecto genuino. No había alma en ese contacto, ni una sola chispa de emoción por parte del pelinegro. 

 

Era una demostración meramente física, un acto calculado con el único propósito de probar lo equivocado que estaba Jungwon y desatar el caos en el Cupido que lo observaba. 

 

​Jungwon contuvo el aliento. El cronómetro marcaba 06:32.

​Durante todo el contacto, Sunghoon mantuvo los ojos abiertos. Clavó su mirada oscura de reojo, directamente en la silueta abrigada de Jungwon, sosteniéndole el contacto visual con una expresión fría, descarada y desafiante que le gritaba en silencio: “Mira de lo que te estás perdiendo por tu culpa”.

 

​El rubio se quedó sin aire, sintiendo un vuelco violento en el estómago ante el descaro del mortal. Esperó ver el destello del hilo rojo manifestarse entre los dedos de Sunghoon, esperó la confirmación de su éxito profesional... pero no pasó absolutamente nada. El espacio entre los dos humanos permaneció gélido, vacío de cualquier magia celestial.

 

​En su lugar, lo que Jungwon vio, lo terminó de desquiciar: tras separarse, la chica, Kim Minji. No se retiró confundida ni el efecto se disipó. Al contrario, Minji quedó completamente hipnotizada, con las mejillas encendidas, una sonrisa boba en los labios y buscando acortar la distancia de nuevo, evidentemente encantada, desarmada y dispuesta a más tras haber experimentado un beso que desafiaba toda la teoría de laboratorio.

 

​El tiempo seguía corriendo, pero la sujeta de prueba no mostraba intenciones de alejarse de Sunghoon. ​Un crujido seco y agudo resonó entre los dedos de Jungwon. 

 

​Cegado por una oleada de emociones tóxicas, amargas y posesivas que jamás había experimentado en su larga existencia, el Cupido apretó el puño con tanta fuerza que la carcasa de titanio celestial del cronómetro cedió, fracturándose en pedazos y apagando los números dorados para siempre.

 

​No es posible que yo sea tan débil, se repitió a sí mismo en un eco desesperado, mientras su orgullo divino se retorcía de pura impotencia. Soy Cupido. No puedo estar cayendo en su estúpido juego.

 

Pero el tiempo seguía corriendo y era evidente que Minji no se sentía para nada disgustada. ​Incapaz de seguir soportando la visión de Sunghoon con otra persona, y renegando internamente de que su plan había fracasado, Jungwon dio media vuelta con el orgullo herido y los ojos centelleando en un dorado peligroso. Huyó de la fiesta, desvaneciéndose en un destello antes de que Sunghoon pudiera burlarse de su victoria. 

 

(...) 

 

Sunghoon no perdió ni un segundo. En cuanto vio el rastro de partículas doradas dispersarse entre la multitud. Miró a Minji que ya se estaba inclinando para un segundo beso, y dio un paso atrás con frialdad y una falsa mirada de lástima, que contrastaba con la mirada cálida que había usado antes.

 

—Lo siento, acabo de recordar que tengo una entrega urgente para el lunes a primera hora. Debo irme. —Se disculpó con una reverencia corta y una voz desprovista de cualquier encanto.

 

Antes de que la chica pudiera procesar el rechazo, Sunghoon ya caminaba a pasos rápidos hacia su residencia. Subió las escaleras de dos en dos, con el corazón acelerado debido a la adrenalina. Sabía que había demostrado su punto, el problema no era él, le había demostrado al dios del amor que sabía besar lo suficientemente bien, como para dejar a un humano en estado de levitación. Solo quedaba que Jungwon admitiera que sus normas éticas y gráficos no tenían ningún sentido.

 

Sin embargo, cuando empujó la puerta de su habitación, la escena que lo recibió congeló sus palabras en la garganta.

 

El cuarto era un caos visual. Jungwon no estaba sentado con su habitual postura recta de inspector. Estaba de pie frente a su pizarra acrílica flotante, la cual estaba saturada de líneas, porcentajes cruzados y formulas químicas que titilaban en una luz dorada errática. La gabardina que traía antes puesta, estaba tirada sobre el escritorio, las mangas de su suéter de cuello de tortuga remangadas hasta los codos con brusquedad y el cabello rubio desordenado de tanto pasarse las manos por la cabeza.

 

Con un borrador en la mano izquierda y un nuevo marcador rosa vibrante en la derecha, Jungwon borraba una sección entera con fuerza desmedida, haciendo crujir el acrílico, solo para volver a trazar una gráfica idéntica segundos después.

 

​—Incompatibilidad por distorsión ambiental... no, los decibelios no alteran el tejido conectivo del destino. —Murmuraba Jungwon para sí mismo, con la voz rápida, alterada y un tono peligrosamente agudo. —El ángulo de inclinación y de presión ejercida sobre los labios no fue la sugerida, pero aún así no pareció molestarle a la humana... ¿Por qué el nodo no se activó? ¿Por qué la muestra no generó el estímulo? Debe ser un error en el algoritmo de la base de datos celestial. —Rio de forma frenética. —¡Si, eso debe ser!

 

Sunghoon se quedó estático junto a la puerta cerrada detrás de él, con las manos en los bolsillos de su chaqueta negra, observando la escena con el ceño ligeramente fruncido. La satisfacción arrogante con la que venía de la fiesta, se transformó en una profunda confusión. Nunca, en los dos meses que llevaban conviviendo, había visto al Cupido perder el control de esa manera, ni siquiera la vez que medio en broma (medio no) le había mordido un cachete durante un almuerzo, excusándose de haberlo confundido con un flan. El dios imperturbable de las etapas morales parecía un científico desquiciado al borde del colapso nervioso.

 

—¿Cupido? —Llamó Sunghoon con cautela. 

 

Jungwon no se dio vuelta, en cuanto escuchó la llegada de Sunghoon, hizo un tachón violento sobre un gráfico de compatibilidad, rompiendo la punta de su marcador rosa con un chasquido seco. Cuando por fin giró el rostro hacia él, Sunghoon contuvo el aliento.

 

Los ojos felinos de Jungwon brillaban en un ardiente y furioso color dorado, sus mejillas ardían en un carmín vibrante Y su respiración estaba alterada, subiendo y bajando con fuerza bajo la tela de su suéter. Cupido estaba completamente desbordado por emociones mundanas que su propio sistema rechazaba como loco.

 

—¿Por qué estás aquí? —Espetó, apuntando en su dirección con el marcador roto, con una voz temblorosa de pura rabia contenida. —Tu interacción de campo no ha concluido. El espécimen seguía mostrando un noventa y dos por ciento de receptividad tras el estímulo de labios. Deberías estar allá abajo, consolidando el hilo. ¡Vuelve abajo y repite el proceso! 

 

Sunghoon permaneció sin moverse, soltó una risa que sonó más como un bufido, amargo y seco. Se pasó una mano con molestia por su cabello oscuro con brusquedad, desordenándolo en un gesto que delataba una profunda e inusual frustración.

 

—No voy a volver a bajar para repetir ninguna prueba. —Sentenció el más alto, dando un paso firme hacia el centro de la habitación. —Tienes que aceptar que tu experimento falló. Creo que dejé más que claro que el problema no era mi forma de besar. Así que repetirlo no cambiará las cosas, porque no sentí absolutamente nada, ni una chispa, ni conexión, nada.

 

Jungwon sintió que el mundo se le venía abajo. Dio un paso al frente, todavía con su rostro al rojo vivo y el dorado firme de su mirada se astilló en un pánico ciego.

 

—¡Eso es estadísticamente imposible! —Reclamó el Cupido, apretando los puños con tanta fuerza que los nudillos le dolieron. —¡Los porcentajes eran correctos! Revise toda la base de datos de esta estúpida universidad y evalúe los perfiles de todos los mortales hasta encontrar al más adecuado. Si el nodo no se activó, es únicamente porque arruinaste la muestra a propósito. ¡La besaste exactamente al revés de como lo instruían las guías! ¡Te acercaste de más antes del tiempo establecido, no respetaste la presión, ni los ángulos! ¡Lo hiciste todo mal! Solo para demostrar tu ridículo punto y llevarme la contraria.

 

Por primera vez en sus más de dos mil años de existencia inmortal, Jungwon se sentía completamente impotente ante un simple ser humano.

 

No era una crisis mística, era humillación pura de haber permitido que un mortal arrogante hackeara su sistema operativo. Se odiaba por haberse permitido caer en la provocación de Park Sunghoon, odiaba que su historial impecable y su tasa de éxito perfecta se estuvieran yendo a la basura por un expediente sin resolver. Pero lo que más lo desquiciaba, lo que hacía que su lógica divina se retorciera de dolor, era que mientras le gritaba al humano, su propio corazón no dejaba de latir a un ritmo frenético e irracional, encendido por una oleada de celos tan tóxicos y mundanos que lo hacían desear con desesperación que ese maldito hilo, aunque fuera el rosa, apareciera de una buena vez entre Sunghoon y la chica, no para unirlos por amor, sino para poder cerrar el caso, huir de esa habitación y largarse de la Tierra antes de que el caos de sus propias emociones lo terminara de consumir. Necesitaba que el sistema funcionara para salvarse de sí mismo.

 

—¡Es tu culpa! —Le recriminó, con la voz quebrándosele por el coraje. —Eres un humano egoísta, arrogante y caprichoso que solo se preocupa por su reputación. Te importó más demostrar que podías besar sin mis reglas que arreglar tu propia vida afectiva. ¡Saboteaste la compatibilidad y el registro sigue en blanco!

 

Sunghoon apretó los dientes, soltando un bufido. Distante a querer justificarse o calmar las aguas, la terquedad del ser estrictamente lógico terminó de dinamitar su propia paciencia. Dio zancadas violentas, acortando la distancia con una velocidad que tomó a Jungwon por sorpresa, el rubio intentó retroceder, pero su espalda chocó inmediatamente con el borde de la pizarra suspendida en medio de la habitación.

 

Sin llegar a ponerle una sola mano encima todavía. Sunghoon estiró los brazos y plantó ambas palmas contra el tablero, justo a los costados de la cabeza de Jungwon. El acrílico vibró por el impacto. Al encerrarlo de esa manera, obligó a Cupido a quedar atrapado bajo su sombra, cortándole cualquier ruta de escape y reduciendo el universo a ellos dos. El penetrante aroma a perfume y cuero de su chaqueta inundó el espacio restante, asfixiando las pocas defensas que le quedaban a la deidad.

 

—¿Sigues creyendo que el único motivo por el que no tengo el dichoso hilo es porque soy un egoísta? —Inquirió, no gritó, su voz bajó a un tono denso e incrédulo, inclinándose lo suficiente para que sus respiraciones se mezclaran mientras clavaba sus ojos oscuros en los iris dorados del más bajo. —¿De verdad tu software está tan averiado como para no darse cuenta? Puedes revisar mil perfiles más si quieres, aquí y en el resto del mundo. Puedes bajarme a esa fiesta de nuevo y obligarme a besar a todo el campus si se te antoja, pero los dos sabemos que nada va a funcionar. ¿Por qué no admites que estás viendo mal la fórmula?

 

La dolorosa oleada de celos, mezclada con humillación, la confusión del algoritmo y la abrumadora cercanía de Sunghoon provocaron que los ojos de Jungwon se inundaran por completo. Una lágrima rebelde, cargada de pura frustración e impotencia por estar perdiendo el control de su propia ciencia, se resbaló por su mejilla.

 

​​Sunghoon contuvo el aliento al ver el quiebre de la deidad, pero lejos de ablandarse, el desespero por romper la armadura del rubio lo dominó. Ladeó el rostro con descaro y, en un movimiento sumamente íntimo y provocador, pasó la punta de su lengua por la mejilla de Jungwon, atrapando el rastro húmedo de la lágrima directamente de su piel.

 

​Jungwon se quedó completamente petrificado, abriendo los ojos de par en par ante la descarga eléctrica de ese contacto caliente. El aire se le atoró en la garganta, pero antes de que pudiera procesar la audacia o emitir la más mínima queja, la mano de Sunghoon abandonó el acrílico.

 

​Con una lentitud deliberada, el pelinegro le sujetó el rostro. Su pulgar ascendió por la mejilla aún con rastros de humedad, delineando el pómulo sonrojado, mientras el resto de sus dedos se colaban entre las hebras rubias para acariciar con suavidad el contorno de su oreja. Jungwon, con el sistema operativo totalmente colapsado y las orejas hirviendo, le sostuvo la mirada, inyectada en un claro y desesperado aviso de: Ni se te ocurra.

 

​Sunghoon ignoró olímpicamente la advertencia divina. Una sonrisa ladina y peligrosamente oscura se dibujó en sus labios, acortando la distancia hasta que sus bocas casi rozaron.

 

—Voy a cambiar al sujeto de prueba, Jungwon. —Susurró contra sus labios, con una voz ronca que vibró directo en el pecho. —Probaré la fórmula directamente con el examinador.

 

Y sin darle un solo milisegundo para recalcular. Sunghoon terminó de romper la distancia y capturó sus labios. 

 

​No fue un beso suave, ni reverente. Fue una colisión salvaje de dos orgullos heridos que intentaban imponer su punto de vista sobre el otro a la fuerza. Sunghoon lo atacó con un desespero hambriento, una mezcla de la frustración contenida durante meses y los sentimientos que ninguno de los dos se atrevía a poner en palabras. Rompiendo cualquier rastro de los módulos de tutoría, Sunghoon repitió la dosis de la fiesta pero multiplicada por mil. Profundizó el contacto con una ferocidad mundana y experta, devorando los labios del Cupido, obligándolo a abrir la boca y demostrándole de la manera más cruda e intensa exactamente de lo que se había estado perdiendo por intentar forzar al destino a través de una pizarra.

 

​A Jungwon se le aflojaron las rodillas en un segundo. El impacto de la destreza de Sunghoon fue tan devastador que tuvo que aferrarse con dedos temblorosos a la chaqueta de cuero del humano para no colapsar en el suelo. El beso lo dejó completamente sin aire, jadeante, con las piernas temblando y la cabeza totalmente frita, mientras el desespero del pelinegro le llenaba el pecho de una calidez humana abrasadora que lo dejó deseando más de lo que jamás admitiría.

 

​Cuando Sunghoon finalmente se separó unos milímetros, manteniendo el roce de labios con los de la deidad, notó el estado deplorable de la dignidad del rubio. Una sonrisa ladina, cargada de una autosuficiencia descarada, se dibujó en su rostro al ver las pestañas húmedas y la respiración rota de Jungwon.

 

—Controla el ritmo respiratorio, Jungwon. El jadeo excesivo denota ansiedad mortal. —Se burló con tono ronco, disfrutando del desastre que había provocado. 

 

El shock y repentina elevación del libido se evaporaron en un segundo, siendo reemplazados instantáneamente por una nueva y ardiente descarga de furia pura ante la burla. ¡El descaro de ese infeliz no tenía límites! Había usando su propia nota en su contra. Además, usar su nombre en una situación como esta era jugar sucio. 

 

—¡Cállate! Dios, no tienes idea de cuándo debes mantener la boca cerrada, ¿verdad? —Cuestionó, recuperando el aire a la fuerza y empujándolo por los hombros con suficiente fuerza para hacerlo retroceder un paso. —¡Eso es porque usaste tu lengua! Es una reacción natural por tu falta de higiene... ¡No es ansiedad!

 

—Entonces la culpa es ahora de mi lengua. —Soltó Sunghoon en una risa incrédula, pero desprovista de cualquier pizca de humor. Se pasó una mano por el rostro, visiblemente exasperado, sintiendo la ridícula frustración de estar discutiendo con un crío pequeño en medio de un berrinche en lugar de una deidad inmortal. —¿Qué sigue? ¿Vas a culpar al volumen de la música? ¿Vas a decir que la humedad del clima alteró los parámetros, o vas a inventar que el eje de la Tierra se movió dos grados con tal de no admitir que un simple beso te dejó sin aliento? —Su tono abandonó la burla para volverse más serio. —¿O es que tanto te jode aceptar que lo único que pudiste hacer cuando te besé fue aferrarte a mí?

 

Esa última frase fue el golpe de gracia. El recordatorio crudo de sus propios dedos aferrados a esa chaqueta de cuero destruyó el último vestigio de la dignidad de Jungwon.

 

​El cortocircuito fue total. Pero en lugar de retroceder, la humillación mutó en un arrebato de furia ciega y desesperada.

 

—¡Cállate! —Bramó, dando pasos violentos hacia él. Sus ojos dorados se inundaron por completo, pero esta vez las lágrimas no eran de frustración contenida; rodaron por sus mejillas en un llanto roto, pesado, nacido del dolor absoluto de sentirse completamente expuesto. —¡Cállate, cállate, cállate!

 

Jungwon avanzó directo hacia Sunghoon, con los puños temblando, impulsado por la necesidad visceral de acallar esa boca arrogante.

 

Sunghoon, que esperaba otra réplica ácida o un empujón soberbio, se quedó congelado. La risa irónica se borró de su rostro al ver a la deidad avanzar hacia él, con el rostro empapado en ese llanto tan desgarrador y real que le dio un golpe seco en el estómago. No era el llanto rabioso de hace un momento, esto era un quiebre emocional. Un frío súbito le recorrió el pecho al darse cuenta de que su estúpido juego de provocaciones había cruzado una línea irreversible. Él no quería esto, no quería destruirlo así. 

 

—Jungwon, espera... —Retrocedió un paso atrás por primera vez de manera voluntaria, con la voz perdiendo toda su firmeza, reemplazada por una genuina y creciente preocupación. 

 

Pero ya era tarde. En la mente de Jungwon, las alarmas de advertencia en su sistema no solo estaban sonando, estaban colapsando su sistema entero. 

 

Cada lágrima que quemaba sus mejillas era una prueba irrefutable de su propia degradación. Un Cupido no lloraba. Un inspector del destino no se descalibraba por el roce de unos labios mortales, ni pasaba la noche en vela con el pulso acelerado por recordar la calidez de un cuerpo ajeno y la respiración pausada en su cuello en una cama que ni siquiera era suya. Sunghoon tenía razón, y eso era lo más aterrador de todo: no habían gráficos, ni pizarras o notas, tampoco alteración en la rotación de la Tierra que pudiera ocultar que un humano lo estaba desarmando por completo. 

 

El pánico se instaló en su pecho como un parásito helado. Si continuaba otro segundo más cerca de Park Sunghoon, se iba a disolver, iba a perder su inmortalidad, su propósito, su lugar en el Ministerio Afectivo, su anhelado rango S. Dejar que Sunghoon ganara este juego de poder, no significaba perder solo su orgullo, significaba la muerte de su propia esencia espiritual, el exilio absoluto en un mundo humano que no comprendía. 

 

La mente cuadriculada de Jungwon, acorralada y desesperada, encontró una única y violenta solución de emergencia: debía levantar un muro. Tenía que forzar al destino y unir a Sunghoon con Minji, esta vez no para salvar al expediente, sino para salvarse a sí mismo. Minji solo tenía hilos rosas en su página, así que podía crear un hilo rojo y sellar sus destinos con una flecha física, el lazo sería irrevocable, solo necesitaba pensar en una excusa para el Ministerio, pero ya se le ocurriría algo. Lo importante ahora, era que Sunghoon quedara atado a otra alma para siempre y así poder cerrar el caso, volvería al plano celestial, libre del pelinegro y de sí mismo. 

 

Tenía que arrancarse el problema de raíz antes de que Sunghoon terminara de destruirlo. 

 

El ambiente de la habitación, colapsó. La temperatura cayó en picada, congelando el aire qué respiraban, y una presión mística, pesada y sofocante, aplastó el lugar haciendo que las luces parpadearan violentamente. Sunghoon sintió un escalofrío instintivo que lo obligó a retroceder otro paso. 

 

En la mano derecha de Jungwon, el aire comenzó a agrietarse. Un destello de luz roja y dorada, cargado de una energía eléctrica y peligrosa, se materializara en su palma con un zumbido agudo hasta solidificarse en una flecha mística, pulida y letal. El brillo divino iluminaba las lágrimas que seguían corriendo descontroladamente por sus mejillas. 

 

Jungwon la alzó, apuntando directamente al corazón de Sunghoon. Sus manos temblaban violentamente por el peso de la flecha, de su llanto y sus propias emociones, pero la mirada dorada detrás de las lágrimas era destructiva. 

 

—Quieres tus propias reglas, ¿verdad? Tener el control. —Siseó Jungwon con la voz quebrada, pero arrastrando una frialdad mística que hizo erizar los vellos del humano. —Quieres jugar a que eres inmune al destino. Bien, se acabó el juego, pero lo lamento. Te vas a unir a Kim Minji hoy mismo. Voy a amarrar tu hilo al de ella a la fuerza, y me importa un demonio si tienes que pasar el resto de tu vida en una mentira. Vas a cumplir con tu maldito registro, y tú y yo no volveremos a vernos las caras nunca más. 

 

El silencio que siguió a la amenaza de Jungwon, fue denso, roto únicamente por el zumbido eléctrico de la flecha qué apuntaba directo a su pecho. Sunghoon miró la punta brillante del arma y el aire congelado le quemó los pulmones, pero la culpa de haber estirado tanto la cuerda le impedía retroceder. Él lo había empujado al borde del abismo. 

 

Dio un paso al frente, ignorando por completo el peligro. Cuando habló, su voz ya no tenía rastro de la suficiencia con la que siempre se mostraba. Sonó temblorosa, áspera, real.

 

—Jungwon... lo siento. Fui un jodido imbécil y tienes derecho a maldecirme cuantas veces quieras. —Soltó, y las palabras salieron atropelladas porque el corazón le golpeaba las costillas con una fuerza salvaje. —Quería provocarte y ganar el juego, pero no quería hacerte llorar, no quería que termináramos así. Baja eso, por favor. 

 

Jungwon sollozó, un sonido desgarrador que hizo que la flecha mágica temblara en el aire, rozando la chaqueta de cuero del pelinegro. 

 

—¡No voy a bajarla! —Exclamó Cupido con las lágrimas nublándole la vista. —Cumple con tu maldito registro y déjame en paz, Sunghoon... eso es lo que el destino espera. 

 

—Me importa una mierda el destino, Jungwon. —Lo interrumpió, dando otro paso al frente hasta que la punta de la flecha se clavó levemente en su ropa, justo sobre su corazón. No le importó. —No quiero atarme a Minji. No quiero pasar el resto de mi vida mirando a otra persona y fingiendo que estoy ahí, cuando mi cabeza se encargará de recordarme cada momento junto a ti. No quiero atarme a nadie si no eres tú. 

 

La declaración rebotó como un eco entre las cuatro paredes del cuarto congelado en el espacio-tiempo. Sunghoon dio un suspiro tembloroso. Su orgullo que siempre usaba para mantener su estatus de rompecorazones, se desintegró por completo en el suelo. Se dejó expuesto ante el Cupido, apostando todo a una sola carta. 

 

—No sé cómo hacer esto, ¿bien? Jamás en mi vida le he dicho esto a nadie, ni siquiera sé cómo se supone que se siente. —Confesó en un susurro desesperado, suplicante, lleno de honestidad que dolía. —Estoy muerto de miedo, Jungwon. Estoy aterrado porque te metiste en mi rutina y ahora no sé como vivir sin ti en ella. Siento que me vas a desechar, que vas a cruzar la puerta y dejar todo como si fuera un simple caso más sin mayor relevancia para ti. Olvida tu registro por un momento y escucha... 

 

Guardó silencio un segundo y se pasó una mano temblorosa por el rostro, arrastrando el cabello con frustración, como si intentara arrancar la última pizca de compostura que le quedaba. Cuando volvió a mirarlo, con los hombros caídos y desprovisto de su postura impecable qué siempre usaba para imponerse, rindiéndose por completo. No quería ganar: solo quería que Jungwon no se fuera. 

 

​—He pasado cada segundo de mi tiempo libre contigo durante todo este tiempo, incluso cuando salía muerto de los entrenamientos de hockey o de las clases. En ningún momento lo sentí como una obligación; al contrario, contaba las horas para verte de nuevo los días que volvías a tu mundo para organizar tus reportes. Me aguanté los dichosos módulos que siguen sin tener sentido para mí, solo porque parecías ser feliz explicándome, solo para tener una excusa de que te quedaras unas horas más cada noche. Si anoche te retuve fue porque realmente no quería que te fueras, solo quería quedarme más tiempo contigo... y no sabes lo jodidamente feliz que me sentí hoy al despertar y ver que no te habías ido a mitad de la noche. —Sonrió, con la voz comenzando a temblarle. —Empecé a almorzar contigo todos los días, a buscarte entre la gente y a esperar que me clavaras la mirada en la biblioteca, deseando que notaras mi presencia para que fueras a entregarme más fotocopias. A sentarme a tu lado en clase solo por el gusto de tenerte al lado. Llené mi cajón de la cocina de gomitas sólo porque vi lo mucho que te gustaron la primera vez que las probaste. Adapté toda mi rutina a ti, Jungwon. Estoy completamente perdido, y si me dices que todo esto no significó nada para ti, preferiría que uses esa flecha para borrar todos mis recuerdos y hacerme olvidar todo desde el día que nos conocimos, igual que como los demás te olvidan cada vez que no estás. —Presionó su pecho contra la punta de la flecha. —Pero si lo que quieres es condenarme a vivir una mentira porque tienes tanto miedo como yo de aceptar que te gusto tanto como tú a mí... entonces adelante. 

 

​A Jungwon se le cortó la respiración. Cada una de las cosas mencionadas por el pelinegro le golpeó el pecho con más fuerza que cualquier castigo celestial. No eran solo palabras; era la confirmación de que sus dos meses de convivencia no habían sido un juego de poder unilateral. Sunghoon se había desarmado primero. Había cambiado su vida, había memorizado sus rutinas y estaba parado ahí, con el pecho contra un arma letal, pidiéndole que le borrara la memoria antes que obligarlo a vivir sin él.

 

​Esa era la devoción mística de la que hablaban los libros sagrados. El amor humano, crudo y de entrega completa del ser, destruyendo las leyes de la lógica.

 

Y en medio del colapso, una oleada de alivio tan abrumadora como inesperada le inundó el pecho, apaciguando el pánico que lo asfixiaba. No era el único. No era el único que había terminado irremediablemente enamorado, ni el único que se la pasaba intentando escapar de un limbo de emociones humanas que ni los manuales celestiales sabían explicar. Ya no tenía que cargar a solas con la humillación de haberse descalibrado por un mortal; ese mismo humano orgulloso, terco e imposible, que durante semanas pareció no tomarse nada en serio, acababa de arrodillar su propio ego para confesarle que estaba igual de perdido que él. 

 

​El impacto de la realidad lo dejó sin defensas. Miró la punta de la flecha mágica, que seguía presionada contra la chaqueta de Sunghoon, justo sobre su corazón desbocado. La luz carmín y dorada del arma parpadeó violentamente, reflejando la duda catastrófica en el alma de Cupido, hasta que empezó a perder intensidad, disolviéndose en el aire como polvo de estrellas.

 

Las manos de Jungwon cayeron a los costados, débiles. Pero antes de que las últimas chispas místicas tocaran el suelo, una energía completamente distinta, cálida, brillante y pura, nació del centro de sus pechos.

 

​Jungwon bajó la mirada, con los ojos dorados abriéndose por la sorpresa. Desde el corazón de Sunghoon, un filamento de luz dorada comenzó a materializarse, extendiéndose con delicadeza por su brazo hasta enredarse con firmeza en su dedo meñique. Al mismo tiempo, el otro extremo del hilo cruzó la distancia y se enlazó en el meñique del propio Jungwon, latiendo al compás de sus pulsos acelerados. No era rosa, tampoco un hilo rojo forzado; era un lazo áureo, divino, inquebrantable y lo más importante, sincero. 

 

​A unos metros, sobre el suelo revuelto, su registro celestial cobró vida de repente. Las hojas comenzaron a pasarse a toda velocidad por sí solas, produciendo un leve crujido que rompió el silencio de la habitación, borrando los datos anteriores en un parpadeo de tinta mística. El libro se detuvo en seco en la página mil doscientos ocho. Ante la mirada atónita de la deidad, el hilo dorado se estiró desde sus manos y comenzó a coserse con suavidad sobre el papel, perforando el margen y uniendo de forma irrevocable el destino de Park Sunghoon directamente con su propio nombre. El caso estaba cerrado, pero de una manera que Jungwon jamás había previsto. 

 

​Sabía perfectamente qué era. Había escuchado acerca de los lazos áureos en sus días de Cupido novato, descritos en los manuales más antiguos como la máxima manifestación de un vínculo inquebrantable. Sin embargo, con el paso de los siglos, la evolución de los humanos y la llegada de una era plagada de amores efímeros y conexiones casuales, los hilos dorados se habían vuelto tan mitológicos que el propio Ministerio Afectivo terminó clasificándolos como una anomalía extinta. Jamás había presenciado uno. Para su generación, eran poco más que una leyenda burocrática del pasado, una teoría hermosa pero impracticable.

 

​Y ahora, el único cabo suelto de esa leyenda se estaba tejiendo en su propio meñique.

 

​Ya no quedaban muros que levantar. El llanto que antes era de puro pánico se transformó en un hipido silencioso, exhausto. Sunghoon acababa de arrastrar su orgullo por el suelo para sostenerlo, el universo entero se había puesto de su lado, y Jungwon ya no tenía fuerzas para seguir sosteniendo su mentira.

 

​—Eres un idiota... —Susurró Jungwon con la voz rota, dando un paso vacilante hacia él. —Un completo idiota. ¿Cómo puedes pedirme que te haga olvidar, cuando yo voy a tener que pasar una eternidad recordándote para siempre?

 

El silencio volvió a calmarse entre ellos, pero ya no era un silencio denso ni amenazante. Sunghoon se quedó completamente inmóvil, con el pecho subiendo y bajando con fuerza. Sus ojos se pasearon por el rastro de chispas que el arma había dejado al disolverse y luego miraron de reojo el libro de registros en el suelo, cuyas páginas habían dejado de agitarse mágicamente. No tenía la menor idea de lo que acababa de pasar. No podía ver el filamento dorado que ahora mismo unía con firmeza su dedo meñique al de Cupido, ni entendía el significado místico detrás de todo. Estaba completamente a ciegas, con el corazón en la garganta, esperando saber si sus recuerdos serían borrados o si su declaración había servido de algo. ​

 

No tuvo que esperar mucho.

 

​Jungwon acortó los últimos centímetros de distancia con un movimiento rápido, casi en un salto, y se estrelló contra su pecho. Sus brazos se enroscaron alrededor del cuello de Sunghoon con una fuerza que el pelinegro no creía que ese cuerpo tan pequeño poseyera, escondiendo el rostro en el hueco de su hombro mientras los sollozos continuaban sacudiéndole los hombros.

 

​Sunghoon parpadeó, descolocado. La rigidez de sus músculos tardó un segundo en ceder ante la confusión, pero en cuanto sintió la calidez del cuerpo de Jungwon presionada contra el suyo y la humedad de sus lágrimas empapando su ropa, una oleada de puro alivio lo recorrió de pies a cabeza. No entendía el truco de magia que acababa de presenciar, pero entendía esto. Entendía el contacto físico, el peso de Jungwon entre sus brazos y la rendición de este.

 

Lentamente, Sunghoon le devolvió el abrazo. Sus brazos rodearon la cintura de Cupido con fuerza, atrayéndolo todavía más hacia sí, mientras una de sus manos subía instintivamente a la nuca del rubio, hundiéndose en sus cabellos para acunarlo contra él. Cerró los ojos, dejando salir todo el aire que había estado reteniendo, saboreando el estímulo de tenerlo ahí.

 

​Jungwon, todavía escondido en su hombro y con los ojos apretados, dejó salir un suspiro tembloroso. El alivio era tanto que se atrevió a mostrarse vulnerable delante del humano. 

 

​—Tú también me gustas... —Murmuró Jungwon suavecito, con la voz ahogada contra la chaqueta de cuero, tan bajito que pareció un secreto dictado al viento.

 

​Sunghoon, que tenía el oído pegado a sus labios, lo escuchó perfectamente. Cada palabra. Una descarga de pura electricidad le recorrió la espina dorsal, pero su orgullo instintivo y provocador que llevaba en la sangre fue más fuerte que su propio romanticismo. 

 

​Con suavidad, Sunghoon aflojó el agarre lo suficiente como para obligar a Jungwon a separarse apenas unos centímetros. Le acunó las mejillas con las manos, mirándolo con una expresión de fingida confusión, estirando los labios en una línea inocente que no se creía ni él mismo.

 

​—¿Qué? —Preguntó Sunghoon, ladeando un poco la cabeza. — Lo siento, Jungwon, no te escuché. ¿Podrías repetirlo?

 

​Jungwon se congeló. Abrió los ojos de par en par, todavía húmedos por las lágrimas, y en un segundo el llanto trágico se transformó en una indignación gatuna absoluta. Frunció el ceño, arrugando la nariz con ese berrinche tan suyo, y le dio un golpeito frustrado con el puño en el pecho.

 

​—¡Eres un idiota insoportable, Park Sunghoon! —Reprochó en un hilo de voz enojada, con las mejillas encendiéndose en un rosa precioso. —¡Sé que me escuchaste perfectamente! No me hagas repetirlo... es vergonzoso. 

 

​—Ya, está bien, te escuché perfectamente. —Admitió Sunghoon, y su mirada se volvió tan densa, privada y cargada de una ternura desarmante que Jungwon se quedó sin aliento. 

 

El rubio desvió la mirada un segundo, sintiendo el calor de la humillación de la sinceridad humana bajarle por el cuello, pero tras un breve titubeo, volvió a mirar a los ojos de Sunghoon con una cautela casi conmovedora. 

 

—Tu también me gustas... mucho. —Admitió por fin, aunque más seguro, tragó saliva con dificultad, jugando con sus manos detrás del cuello del pelinegro. —Tenía miedo porque pensé que era el único sintiéndose de esta manera. Los cupidos vigilamos el orden del amor, pero a ninguno de nosotros nos entrenan para sentirlo también. —El silencio se volvió sobrecogedoramente honesto. —Tienes razón en lo que dijiste. Amenazarte de unirte a la fuerza con Minji, sólo fue una excusa para escapar de lo que sentía; pensé que al emparejarte con alguien más, esto iba a desaparecer y sería lo mejor para los dos... Lo siento. Yo tampoco quiero un destino donde tú no estés, Sunghoon. 

 

Su ceño se frunció por un momento, cobrando una actitud de reproche al recordar repentinamente la petición del mortal. Le dio un leve tirón al borde inferior de la chaqueta del más alto, obligándolo a inclinar su cabeza hacia abajo. 

 

—Así que no te atrevas a pedirme de nuevo que te borre la memoria. No busques la salida fácil cuando eres el causante de que mi corazón esté tan alterado. Así que ahora tienes que asumir tu responsabilidad y hacerte cargo de esto. 

 

​El corazón de Sunghoon dio un vuelco al escuchar la declaración de Jungwon, golpeando su pecho como loco, un eco desbocado qué vibraba justo donde el cuerpo del rubio seguía presionando contra el suyo. Sus labios se curvaron en una sonrisa llena de una ternura tan genuina que le iluminó la mirada. Sus manos se posaron con firmeza mansa sobre las mejillas coloradas de Cupido, acariciando sus pómulos con los pulgares mientras sentía con total devoción. 

 

—Acepto toda la responsabilidad, Jungwon. —Susurró mucho más cerca de sus labios. —Me haré cargo de todo lo que quieras. 

 

Terminando de cerrar el último rastro de espacio que quedaba entre ellos, Sunghoon se inclinó y volvió a unir sus labios. 

 

Esta vez, no hubo demandas. Fue un beso completamente opuesto al que habían compartido minutos atrás; aquel primer encuentro había sido un choque salvaje de egos, un desafío cargado de fricción, dientes y una necesidad desesperada por someter al otro. Este, en cambio, fue un refugio. Ya no había orgullos peleando por el control, solo había un ritmo lento, pausado y profundamente lleno de sentimiento.

 

​Jungwon soltó un suspiro trémulo contra su boca, relajando los hombros mientras se dejaba guiar. Subió sus manos desde el borde de la chaqueta hasta la nuca de Sunghoon, enredando los dedos en sus cabellos oscuros para sostenerse, entregándose por completo a la calidez de sus labios. Sunghoon lo estrechó contra sí, deslizando un brazo alrededor de su cintura para pegarlo más a su pecho, transformando el roce en una promesa silenciosa.

 

​Se besaron con una entrega tan pura que el hilo dorado entre sus meñiques, invisible para el humano pero latiendo con fuerza, pareció brillar un poco más, sellando el pacto silencioso de dos almas que habían decidido amarse. Era un instante suspendido en el aire, despojado de mentiras; el refugio perfecto donde el dios del amor finalmente entendía su propio propósito, y donde el humano orgulloso encontraba su única certeza. 

 

Lástima que su tranquilidad no duró tanto como habrían deseado. 

 

Justo cuando Sunghoon delineaba el labio inferior de Jungwon con un último roce, lento, un sonoro ¡POP! resonó en la esquina de la habitación, acompañado por una pequeña nube de chispas plateadas. 

 

—¡Sorpresa! Oh... Mierda. —La voz de Riki resonó por el cuarto, cortándose de golpe. —Uh, siento muchísimo interrumpir la sesión de... lo que sea que estén haciendo, no quiero saber. De verdad, mi error. 

 

Jungwon se separó de Sunghoon de un salto, cómo si lo hubiera picado una corriente eléctrica. En un segundo, la deidad digna y solemne a la que Riki estaba acostumbrado a ver desapareció, dándole paso a un chico con las mejillas y orejas encendidas en un rojo tan vivo que parecía que iba a evaporarse de la pura vergüenza. Que un Cupido de rango inferior (y encima tuviera que ser Riki) lo viera con el cabello revuelto, los labios hinchados y abrazado a un mortal era la segunda peor crisis institucional de su carrera. 

 

—¡N-Nishimura! —Exclamó nervioso. Intentando en vano arreglarse el cuello de tortuga del suéter con manos torpes. —¿Qué haces aquí? ¡Se supone que debes materializarte de forma discreta y tocar las puertas! 

 

Sunghoon, por su parte, no se inmutó. Solo parpadeó un par de veces, mirando al recién llegado con una tranquilidad casi cómica. A estas alturas, después de haber tenido a su Cupido viviendo en su habitación, saliendo de repente de su clóset y flotando por su techo, que un adolescente de un rubio más cenizo que el de Jungwon apareciera de la nada es su cuarto ya no le parecía un motivo para llamar a la policía. Se limitó a recostarse en la pared a su lado con una sonrisa ladeada. 

 

—Vengo de parte de los altos mandos del Ministerio de Afecto y del Comité de Anomalías Románticas. —Explicó Riki, ignorando olímpicamente el berrinche de su superior y sacando un pergamino flotante con aire importante. —Quise venir a darte la noticia personalmente, hyung. El registro se actualizó hace cinco minutos y todos en el Ministerio están como locos ¡Te ascendieron oficialmente a Rango S! 

 

Jungwon se quedó sin aliento, olvidando la vergüenza al instante. 

 

—¿Rango S? ¡¿De verdad?!—Preguntó abriendo los ojos de par en par. 

 

—Forjar un hilo áureo real en pleno siglo XXI es una maldita locura. El jefe supremo casi se desmaya de la emoción. —Riki soltó una risita, entregándole el pergamino. —Así que, por tu arduo e intensivo trabajo durante dos milenios, te ofrecen unos meses de vacaciones obligatorias. Quieren que te relajes antes de que regreses a tomar tu nuevo mando oficial como Cupido Principal del continente asiático. 

 

Riki miró de reojo al pelinegro, guiñándole un ojo con complicidad. 

 

—Y bueno, también te dan el tiempo libre para que disfrutes de tu nuevo novio. Felicidades por otro caso exitoso, Cupido Principal. No les quito más tiempo, tortolitos. ¡Disfruten! 

 

Antes de que Jungwon pudiera procesar el apodo de “novio” o reclamarle a Riki por insolente, este hizo un saludo militar de dos dedos y desapareció en otro ¡POP!, dejando el cuarto en silencio una vez más. 

 

Sunghoon soltó una risa baja, girándose para ver a Jungwon, quien seguía estático en medio de la habitación, asimilando que ahora era el jefe de Asia. El pelinegro se acercó por detrás, hasta rodear su cintura con sus brazos de nuevo, apoyando la barbilla en su hombro. 

 

—Felicidades por el ascenso, Cupido. —Lo animó con tono suave, dejando un beso corto en su mejilla. —Aunque debo admitir que no entendí la mitad de la conversación y el supuesto hilo áureo del que hablaba tu amigo. 

 

Jungwon se relajó lentamente contra su pecho, sintiendo el calor del cuerpo de Sunghoon espantar los últimos rastros de sus nervios celestiales. Bajó la mirada hacia sus propias manos, observando cómo el filamento de oro seguía amarrado con firmeza a sus meñiques brillando con luz perpetua imposible de romper. 

 

Se giró entre los brazos de Sunghoon, rodeándole el cuello con una sonrisa 

 

—No te preocupes. —Murmuró volviendo a enterrar su cara en el espacio entre el hombro y cuello de su ahora alma gemela con ternura infinita. —Tenemos tiempo de sobra para que te lo cuente.