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El martilleo de mi corazón
El sol de Desembarco del Rey caía a plomo, convirtiendo la arena del torneo en oro fundido. El rugido de la multitud era un animal ensordecedor que recorría la ciudad de este a oeste, pero en el palco real, la Princesa Rhaenyra Targaryen permanecía ajena a la celebración. Estaba sentada junto a su padre, el Rey Viserys, el aburrimiento pesando sobre sus hombros. Había pasado horas viendo pasar a caballeros pomposos, cada uno más desesperado que el anterior por ganar su atención. Sus intentos de cortejo no eran más que un asalto olfativo, aromas empalagosos, ruidosos y desesperados por agradar, que solo conseguían irritar a la Omega en ella.
A su lado, Laena Velaryon, su fiel confidente, le susurraba comentarios mordaces que Rhaenyra apenas registraba. Se quedó perdida, observando a los mozos limpiar mecánicamente el estiércol de los caballos en la arena, cuando, de pronto, las trompetas rasgaron el aire. El heraldo anunció con pompa a los hijos de Lord Otto Hightower, la Mano del Rey.
Uno de ellos llevaba una pluma de avestruz ondeando en su yelmo. Pero la atención de Rhaenyra se desvió de inmediato hacia el segundo jinete. Aquel yelmo era distinto: estaba coronado por diminutas esmeraldas que captaban la luz del sol, creando un halo de fuego verde sobre la figura.
El imponente caballo castaño avanzaba con un paso rítmico y controlado. Su jinete vestía una armadura de torneo ligera, pulida y funcional, sin los adornos excesivos de los otros concursantes. Sobre su pecho, el manto verde esmeralda de la Casa Hightower descansaba con orgullo, y la imagen era una figura esbelta, contenida y letal . Las pisadas del caballo sobre la arena resonaron en la mente de la princesa como el tictac de un reloj fatal.
Y entonces, el viento cambió.
A pesar de la distancia del palco y el insoportable olor a sudor y metal que saturaba la arena, Rhaenyra lo sintió. Una oleada la golpeó directamente en el pecho. Era un aroma denso, pero no agresivo, seguro de sí mismo, como un ancla en una tormenta. Cedro aromático, el perfume de pergamino antiguo y un toque sutil, casi imperceptible, de fuego de herrería. El instinto de Omega de Rhaenyra, generalmente indiferente, dio un vuelco violento. Su corazón se desbocó en un galope sordo contra sus costillas, y sintió que sus pupilas se dilataban como una Luna llena en una noche de invierno. Aquello no era el olor de un pretendiente desesperado; era el olor de una protectora.
Aquel jinete guio a su montura con una gracia sobria hasta detenerse justo frente al palco real. Lord Otto Hightower, le observó desde su asiento con una fijeza gélida, una mezcla indescifrable de orgullo paterno y expectativa política.
El jinete levantó una mano enguantada y, con un movimiento fluido, se quitó el yelmo, sosteniéndolo bajo el brazo. Reveló así a una muchacha de figura pulcra, con el cabello castaño rojizo recogido, dejando al descubierto una mandíbula firme y una postura que gritaba autoridad y control absoluto. Sus rasgos eran juveniles, pero su fijeza y serenidad proyectaban una madurez que Rhaenyra no había visto en ninguno de los otros caballeros. La Hightower fijó la vista primero en el Rey Viserys, realizando una inclinación de cabeza perfecta, firme, la inclinación de un soldado respetuoso. Luego, sus ojos —esos ojos marrones, profundos y cargados de la fijeza inquebrantable de un Alfa— se desviaron hacia la derecha.
Hacia Rhaenyra.
La Princesa Rhaenyra se tensó en su asiento, sintiendo cómo un calor desvergonzado trepaba rápidamente por su cuello y orejas. Ella esperaba la típica mirada de cortejo: la sonrisa arrogante y los ojos depredadores de los Alfas que buscaban su mano con desesperación. Pero la muchacha solo le ofreció una sonrisa cortés, formal, casi respetuosa de su estatus como princesa. Y, sin embargo, esa simple cortesía estaba cargada de una intensidad que hizo que a Rhaenyra se le cortara la respiración por completo. No había poses, no había promesas vacías, solo fijeza y control.
Rhaenyra apretó con fuerza entre sus manos el pañuelo de seda que llevaba en el regazo —su favor para el torneo—. Por un segundo eterno, deseó con todas sus fuerzas que la hija del Lord Mano rompiera el protocolo, que tuviese la osadía de acercar su caballo al palco y le pidiera el pañuelo. Rhaenyra se lo habría lanzado sin dudar, marcándola ante todo el reino como su Alfa en la arena. Pero aquella joven, manteniendo un control férreo sobre sus instintos y el protocolo, simplemente volvió a ponerse el yelmo y espoleó su caballo, volviendo a la línea de salida.
Cuando la figura de la muchacha se alejó, Rhaenyra se quedó sin aliento, mirando la espalda de la Hightower con el pañuelo arrugado en las manos pálidas. Laena se inclinó hacia ella, con una sonrisa pícara y los ojos muy abiertos.
—Por los Siete, Rhaenyra... limpia esa cara. —Le susurró con dulzura, pero con una nota de advertencia—. Tu aroma a fresas dulces casi ahoga a tu padre. Si sigues mirando así a la hija de la Mano, vas a derretir el palco sobre el que estamos sentados.
Rhaenyra se sonrojó furiosamente, dándose cuenta de que sus propias feromonas de Omega acababan de traicionarla por completo ante su amiga. No había podido contenerlas. Sus oídos se agudizaron, captando de inmediato la voz de su padre, junto a la de Otto Hightower.
—¿Esa es Alicent? —Viserys preguntó, la impresión filtrándose en sus palabras—. Recuerdo que era tan solo una chiquilla la última vez que la vi.
—Eso fue hace una década, su Majestad —Otto respondió, con una sonrisa que se detuvo en sus labios, sin llegar a sus ojos gélidos—. Alicent se ha convertido en una formidable guerrera que desea ser reconocida.
Alicent.
«Así que ese es su nombre…» Pensó Rhaenyra, mientras el pañuelo de seda se arrugaba violentamente entre sus dedos.
—Eso lo veremos… —Viserys mostró una sonrisita ladina mientras bebía de su copa, su mirada volviéndose hacia el Lord Mano con una mezcla de curiosidad y cautela política. El torneo estaba a punto de volverse mucho más interesante.
El torneo avanzó con una violencia coreografiada, pero fue el enfrentamiento contra Jon Arryn el que paralizó al reino. El primo materno de Rhaenyra era un Alfa experimentado, un guerrero robusto que cargaba con la arrogancia de su casta, pero Alicent Hightower no se amedrentó en ningún momento. En el choque de lanzas, la Hightower demostró una fuerza brutal pero milimétricamente calculada; no buscaba la gloria vacía, sino la eficiencia letal de un soldado. Cuando el impacto derribó a Jon Arryn, haciéndolo morder el polvo de la arena, el rugido del público fue total, un estallido de asombro que sacudió los cimientos de Desembarco del Rey.
Desde el palco real, la Princesa Rhaenyra celebró en silencio. Sus dedos se enterraron con fuerza en la barandilla de madera, completamente cautivada. La visión de la Alfa, moviéndose con la bravura contenida de una bestia heráldica, le encendió la sangre.
Más tarde, mientras el sol de la tarde caía en un resplandor de oro viejo y el polvo de la arena comenzaba a asentarse como ceniza, el Torneo por el nacimiento del príncipe Baelon llegó a su fin. Alicent Hightower se alzó como la campeona indiscutible tras derribar al último contrincante con una facilidad pasmosa. El público rugió, los estandartes temblaron bajo el clamor popular y la tensión en el palco real se volvió tan densa y palpable como la seda de Lys.
Un heraldo, con manos temblorosas, le entregó a la campeona la corona de la Reina del Amor y la Belleza, una delicada pieza trenzada con rosas veraniegas y laureles frescos. Desde su asiento, Lord Otto Hightower observó la escena con una fijeza calculadora, midiendo el peso de los aplausos, esperando ver si su hija sabría utilizar ese momento para el beneficio político y el estatus de su Casa. A su lado, el Rey Viserys sonreía, complacido por un espectáculo que lo había mantenido al borde de la silla. Y Rhaenyra, con el corazón latiéndole desbocado en la garganta, volvió a apretar los dedos contra el borde del palco, sintiendo que el aire escaseaba.
Alicent no desmontó.
Con una calma imperturbable que rozaba la osadía, guió a su majestuoso caballo castaño directamente hacia el palco real, deteniéndose justo debajo del espacio reservado para la princesa. Con un movimiento pausado, se quitó el yelmo. Su rostro estaba bañado en sudor, con algunos mechones castaños pegados a la frente y las sienes. Su pecho subía y bajaba con pesadez por el esfuerzo físico, pero sus ojos marrones mantenían esa fijeza de Alfa que jamás titubeaba.
Con una elegancia marcial, la Hightower elevó la corona de flores en la punta de su lanza, extendiéndola en el aire hasta la altura del palco, ofreciéndosela directamente a ella.
—Para la Princesa Dragón —anunció la voz de Alicent. Era una voz firme, clara y resonante, proyectándose con tal fuerza que acalló los murmullos de la corte—. Que este triunfo sea el reflejo de la gloria que envuelve hoy a la Casa del Dragón bajo su futuro amparo y grandeza. Mi espada y mis victorias le pertenecen a la corona, princesa.
Las palabras fueron impecables. Una declaración perfecta de vasallaje y servicio absoluto que no dejaba espacio a la sospecha. El Rey Viserys, conmovido por la aparente devoción, aplaudió con orgullo, vitoreando la lealtad de la hija de su Mano. Otto asintió con una sutil inclinación de cabeza, conforme con el discurso, veía en ese gesto la estrategia perfecta para entrelazar el nombre de los Hightower con la cúpula del poder. Todos en la corte compraron el acto político.
Nadie sospechó nada. Excepto Rhaenyra.
Porque cuando la princesa se inclinó sobre la barandilla para tomar la corona de flores de la punta de la lanza, el mundo exterior simplemente desapareció. A esa distancia tan corta, el aroma de la Alfa la golpeó sin piedad: la madera de cedro y el pergamino antiguo ahora venían mezclados con la ceniza del esfuerzo físico y el calor puro de su cuerpo. Era un olor denso, abrumador y cargado de hormonas alfa que provocó que las piernas de Rhaenyra flaquearan sutilmente bajo sus pesadas faldas.
Alicent sostuvo la mirada de Rhaenyra un segundo más de lo estrictamente protocolario, desafiando las normas de la corte. No había la sumisión de un vasallo en esos ojos oscuros; había una fijeza hambrienta, depredadora y profundamente posesiva que hizo arder la piel de la Omega. La mandíbula de la Hightower se tensó y, justo antes de retirar la lanza, sus fosas nasales se dilataron sutilmente, capturando el aire con avidez. Estaba cazando. Estaba embriagándose con el aroma a fresas dulces y almíbar que Rhaenyra, completamente expuesta y traicionada por sus propios instintos, estaba desprendiendo sin poder evitarlo.
Fue un pacto silencioso, un reclamo que les caló hasta los huesos:
«Te corono ante el reino como mi princesa, pero mi Alfa, te está marcando como mía»
Alicent apretó las riendas de su caballo con una fuerza que blanqueó sus nudillos. En apenas un centenar de segundo, su Alfa interior había arrasado con toda su disciplina noble, reclamando el derecho sobre la Omega del dragón. Sin decir una palabra más, se retiró a galope corto, manteniendo la espalda rígida sobre la montura, aunque por dentro, su pecho seguía asediado y reclamado por el dulce perfume de la princesa.
-X-
La Fortaleza Roja estaba de fiesta, entregada a un frenesí de celebración. El Gran Salón apestaba a opulencia: una mezcla pesada de venado asado, vino especiado con canela y un asalto abrumador de feromonas. Los Alfas y Omegas de la alta nobleza se pavoneaban por el lugar, liberando destellos de sus aromas en un intento desesperado y ruidoso por llamar la atención o asegurar un matrimonio ventajoso.
La Princesa Rhaenyra permanecía sentada en la mesa real, ajena al cortejo general. Enormes trenzas plateadas enmarcaban su rostro, y sobre su cabello descansaba, intacta, la corona de rosas de verano y laureles que Alicent Hightower le había entregado en la arena. A su lado, Laena continuaba haciéndole burlas silenciosas con la mirada cada vez que un lord Alfa se acercaba al palco real intentando captar su atención; intentos inútiles que solo recibían desdén y miradas aburridas por parte de la primogénita.
Porque Rhaenyra solo tenía ojos para la mesa de la Mano.
Allí se encontraba Alicent, ya despojada de la pesada armadura de torneo y vistiendo un jubón de gala en un verde heráldico tan oscuro que rozaba el negro, un corte impecable que acentuaba su porte Alfa y la anchura de sus hombros. La joven castaña conversaba con los señores de la corte con una cortesía rígida, casi marcial. La mirada de la princesa, muy poco discreta, se enfocó en las manos de la Hightower. Observó sus dedos largos y fuertes, la forma en que contorneaban el borde tallado de una copa de plata, y un pensamiento peligrosamente osado cruzó su mente: ¿Cómo se sentirían esos mismos dedos rozando sus propios labios? Acariciándola con firmeza mientras ella abría la boca, rindiéndose al tacto cálido e imperioso de aquella Alfa.
Casi como si hubiera invadido su mente, la muchacha Hightower ladeó el rostro en su dirección. Rhaenyra desvió la vista con increíble rapidez, con el pulso acelerado, consciente de que los ojos marrones de la Alfa comenzaban a quemar su piel.
…
El encuentro ocurrió más tarde, cuando la música del gran salón subió de tono, volviéndose más densa, y los invitados comenzaron a circular en un vaivén de copas llenas y risas ebrias. Buscando un respiro del sofocante aire saturado de feromonas ajenas, Rhaenyra se alejó del bullicio y se adentró en la penumbra de una de las terrazas de piedra que daban al salón.
No pasó ni un minuto antes de que su instinto Omega reaccionara. El aire del exterior trajo consigo ese aroma inconfundible: madera de cedro, pergamino antiguo y la sutil ceniza de herrería.
El corazón de Rhaenyra dio un vuelco. Alicent se detuvo a su lado, sosteniendo una copa de vino con elegancia y fijando la vista en el horizonte de la ciudad flotando bajo las estrellas. Mantenía la distancia exacta que dictaba el protocolo, pero su sola presencia congelaba el entorno.
—La corona de rosas le sienta bien, princesa —dijo Alicent en un tono bajo y profundo, una vibración Alfa que resonó directo en el vientre de Rhaenyra—. Me alegra ver que mis esfuerzos en la arena no fueron en vano.
—Fue una victoria impresionante, mi lady —respondió Rhaenyra. Se esforzó por mantener la voz firme, altiva, la voz de una Targaryen que no se dejaba intimidar por nadie, aunque por dentro sus rodillas temblaran de pura anticipación—. Aunque admito que me sorprendió vuestro gesto. Mi hermano Baelon es el motivo de este día. Muchos hubieran esperado que le rindierais honores a la reina Aemma, o a alguna dama disponible para el matrimonio.
Alicent dio un sorbo sutil a su vino. Giró el rostro lentamente hacia Rhaenyra y, a la luz parpadeante de las antorchas, sus ojos de Alfa brillaron con una fijeza tan oscura y dominante que el instinto de Rhaenyra suplicó por ceder, por inclinar la cabeza y exponerle el cuello en señal de sumisión.
—El príncipe Baelon tendrá más torneos y sus propios caballeros, princesa —murmuró Alicent. Dio un paso casi imperceptible hacia ella, acortando la distancia justa para que su calor corporal, envolvente y denso, atrapara a Rhaenyra—. Pero hoy, la arena rugía por la sangre del dragón. Y en esta Fortaleza... no hay sangre más pura ni más deslumbrante que la vuestra. Coronar a otra hubiera sido una mentira.
Rhaenyra sintió el descaro y la posesión oculta tras la impecable fachada cortés. Lejos de retroceder, la princesa dio un paso al frente, desafiando el espacio personal de la Alfa y liberando, de manera deliberada, una ráfaga sutil de su aroma a fresas dulces y almíbar. Un anzuelo directo.
—Palabras muy audaces para alguien que, según escuché en los pasillos, busca vestir el manto blanco de la Guardia Real y hacer un voto de castidad eterna —provocó Rhaenyra con una sonrisa ladina y peligrosa, clavando sus ojos violetas directamente en los labios de la Hightower—. ¿Es que la gloriosa Alicent Hightower prefiere cuidar mis aposentos desde fuera... en lugar de aspirar a lo que cualquier Alfa del reino desearía obtener dentro de ellos?
El silencio que siguió fue atronador. La mandíbula de Alicent se tensó tanto que un músculo saltó con violencia en su mejilla. Su mirada cayó, pesada y hambrienta, durante un segundo eterno sobre los labios de la princesa. Sus dedos se apretaron contra la copa de plata con tal fuerza que Rhaenyra juró escuchar el metal quejarse.
Control. Disciplina. La fachada del soldado perfecto.
—Proteger vuestra puerta es el honor más alto al que aspiro, princesa —respondió Alicent. Su sonrisa ya no era la de una cortesana, era la mueca de un depredador enjaulado, custodiado detrás de un cristal templado, observando la libertad que tiene prohibida pero que desea con locura—. Porque un buen guardián sabe que los tesoros más valiosos... se cuidan de cerca. Muy de cerca. Que tengáis una buena noche, Rhaenyra.
Alicent realizó una reverencia perfecta y se retiró con paso firme, perdiéndose de inmediato entre la multitud del Gran Salón.
Dejó a Rhaenyra de piedra en la terraza, asimilando dos cosas que le cortaron el aliento: primero, que por primera vez la Alfa había dejado de lado los títulos para pronunciar su nombre de pila con una familiaridad posesiva. Y segundo, que el aroma a fresas de Rhaenyra la había golpeado con tanta fuerza que Alicent había tenido que huir antes de que su bendito y ensayado control se rompiera en mil pedazos frente a la Delicia del reino.
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