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Archive Warning:
Category:
Fandom:
Language:
Español
Series:
Part 1 of El ducado
Stats:
Published:
2026-06-12
Updated:
2026-06-12
Words:
1,315
Chapters:
1/?
Hits:
2

El ducado

Summary:

obra original, de duques en el norte

Notes:

obra original

Chapter 1: Capítulo 1: El Lobo del Norte

Chapter Text

Theodor, duque del norte, era conocido por ser frío, aterrador como un lobo salvaje. Fue a la guerra por tres años para recuperar tierras del emperador. Al regresar, fue condecorado y alabado por ganar la guerra que duró tres años. Estaba en la capital, en una reunión con el emperador y sus asesores.

—Felicidades, Theodor. Has regresado triunfante de la guerra —comentó el emperador, acercándose a él—. Eres mi mejor hombre. ¿Qué quieres de recompensa? —continuó.

Theodor lo miró con sus ojos plateados, inexpresivos y gélidos como los glaciares de sus dominios.

—Una esposa. Que se convierta en mi duquesa y me dé herederos.

El silencio que siguió a sus palabras fue absoluto. Los asesores del emperador intercambiaron miradas nerviosas, tosiendo discretamente para disimular su incomodidad. El "Lobo del Norte" pidiendo una esposa no era una petición cualquiera; era una sentencia para la infortunada familia que tuviera que entregar a su hija. Se decía que su castillo en las tierras heladas de Vaelor era una fortaleza de sombras y hielo, y que su corazón era aún más frío.

El emperador, sin embargo, soltó una carcajada resonante que rompió la tensión en la sala.

—¡Una esposa! —exclamó, dándole una palmada en el ancho y blindado hombro—. Una petición inesperada, viejo amigo, pero justa. Después de derramar tanta sangre por el imperio, es hora de que asegures tu linaje. Tienes a todas las doncellas de la alta nobleza a tu disposición. Mañana por la noche celebraremos un baile en tu honor. Podrás elegir a la mujer que desees de entre las familias más ilustres de la capital.

Theodor no sonrió. Su rostro, marcado por una fina cicatriz que cruzaba su mandíbula, permaneció impasible.

—No deseo un cortejo prolongado, Majestad. Elija usted. Alguien joven, sana y de buena cuna. No me importan sus riquezas ni su influencia política. Solo necesito que cumpla su deber.

El emperador asintió lentamente, frotándose la barbilla con interés.

—Si me dejas la elección a mí, me aseguraré de entregarte a la flor más hermosa y resistente de la corte. Alguien capaz de soportar el crudo invierno del norte... y a su feroz señor.

Me encontraba en la corte del palacio, mis pasos resonaban suavemente mientras caminaba junto con las damas de la nobleza. Mi pelo plateado, una herencia inusual en nuestra familia, ondeaba ligeramente a mi paso, capturando la luz de los candelabros. Mis ojos lilas, que a menudo se consideraban extraños, observaban a las demás damas, quienes empezaron a susurrar con una mezcla de emoción y temor.

—El Duque del Norte está aquí, regresó de la guerra —dijo una, su voz apenas un hilo.

—Victorioso como siempre —añadió otra, con un matiz de admiración.

—Pero es muy temible —comentó una más, encogiéndose ligeramente.

De repente, una de las damas regresó corriendo del salón principal, con el rostro pálido y los ojos muy abiertos.

—¡El Duque pidió de recompensa una duquesa! —exclamó, y todas nos quedamos en un silencio sepulcral. La noticia se extendió como un escalofrío por la sala, y el murmullo de antes se transformó en un silencio cargado de expectación y miedo.

En ese instante, varios señores caminaron apresuradamente para encontrarse con sus hijas. Mi padre, un hombre de mayor edad con el peso de los años y las preocupaciones en sus hombros, se puso a mi lado. Su mano se posó brevemente en mi espalda, un gesto de apoyo que sentí como una advertencia.

—Ven, Natality —dijo con voz grave—. Te presentarás ante el emperador y el Duque del Norte. Tu nombre fue dado en la lista junto con otras cuatro damas.

Fuimos a la sala del trono, ahí estaba el emperador y bajo una escalinata se encontraban cuatro damas más, me puse al lado de ellas.

Entonces lo vi. Theodor, el Duque del Norte. El Lobo. Sus ojos plateados, fríos como el hielo de sus tierras, me miraron, escudriñando cada detalle de mi ser. Sentí su mirada recorrer mi rostro, mi postura, y luego se clavaron en la fina cicatriz que se me veía apenas por el borde del hombro, un recuerdo de una caída de niña que nunca sanó del todo. Sutilmente, casi por inercia, levantó su mano hacia mi hombro, un movimiento lento y deliberado que me hizo contener la respiración.

—¡Su excelencia! —Se escuchó la voz de mi padre, cortante y firme, antes de que él pudiera tocarme. Un recordatorio claro de que tal gesto era inapropiado en público, una violación de la etiqueta.

El Duque miró a mi padre, su expresión inescrutable, pero un leve gesto en su ceja indicó que había entendido el mensaje. —Marqués —se dirigió a mi padre, su voz profunda y resonante—. Podremos hablar sobre acuerdos.

Mi padre me miró, una mezcla de resignación y esperanza en sus ojos, y luego asintió. El emperador, que había estado observando la escena con una sonrisa divertida, se echó a reír, un sonido que me pareció discordante en la tensa atmósfera.

Volví a mirar los ojos plateados del Duque. En ellos no solo veía fuego, guerra y sangre, sino también miedo y una extraña esperanza. Era como si buscara algo en mí, algo que no había encontrado en otros. Él cree que soy una buena esperanza para sus tierras, pensé, una extraña conclusión que me llegó de repente.

—¿Qué busca en mí, Duque? ¿Por qué yo y no otra? —le pregunté, mi voz firme a pesar del nudo en mi estómago. Mis palabras tenían una verdad que resonó en el aire, una certeza de que no me rompería fácilmente, como si él ya lo supiera.

Él me miró, sus ojos plateados, recorriéndome de arriba a abajo — eres la indicada. Solo dijo eso y volvió a la conversación con mi padre

Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, se formó en sus labios. —Entonces tenemos un acuerdo y voluntario en ambas partes —contesté, sellando mi destino con mis propias palabras.

Escuché el suspiro pesado de mi padre, la risa continua del emperador, los murmullos ajenos que se reanudaban con más fuerza. Pero en el Duque, solo vi esa pequeña sonrisa, una promesa o una amenaza, aún no lo sabía.

 

Llegamos a la mansión marquesina bajo el manto de la noche. Mi padre me acompañó hasta la puerta de mi habitación.

—Papá, ¿estarás bien solo? —le pregunté, la preocupación tiñendo mi voz.

Mi padre me miró con una sonrisa amorosa, una que rara vez mostraba. —He esperado este día, Natality. Que alguien te lleve y que valga la pena —me contestó, su mano acariciando mi mejilla.

—¿El Duque vale la pena? —inquirí, buscando una respuesta que me diera consuelo.

—En este momento no lo sé —admitió, sus ojos fijos en los míos—. Pero sé que lo que él busca es alguien fuera de lo habitual, y aquí no lo encontrarás. Eres diferente, Natality. Eres fuerte.

Me dio un beso en la frente, un gesto tierno que atesoraría. —Prepara tus cosas, no mucho. Es un viaje muy largo, pero lleva todo lo de invierno. En el norte no existe el verano, ni los días calurosos.

Al día siguiente, vi a mi padre por la ventana del carruaje una última vez, su figura solitaria en la entrada de la mansión. Me despedí de él con un gesto de la mano, un adiós silencioso. El carruaje avanzó, alejándome de la única vida que había conocido.

Me acomodé el vestido, sintiendo el peso de mi nuevo destino. —Cuánto tiempo haremos en llegar? —le pregunté al cochero, más para tener una conversación con alguien, de lo que fuera, que por verdadera curiosidad. Me miró, sus ojos se encontraron con los míos por un instante, y luego desvió la mirada.

—Duerma, señorita. Será un viaje largo. —Y con eso, el silencio volvió a reinar, solo roto por el traqueteo de las ruedas y el viento helado que se colaba por las rendijas. Mi viaje al norte, a la guarida del Lobo, había comenzado.

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