Chapter Text
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¿Qué fácil pasa uno de ser ave de presa a presa?
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El olor a azufre de las llamadas siempre venía acompañado de un crujido telúrico; la respuesta inevitable de la tierra ante el fuego.
En el reflejo distorsionado de sus propios recuerdos, corría. El aire golpeaba sus mejillas, impregnado del vaho caliente de su propia energía.
Detrás de ella, la tierra se alzaba en crestas violentas, colapsando a sus espaldas como las fauces de un monstruo de piedra que intentaba devorarle los talones. Se giró en mitad de la maleza, con el cabello oscuro deshecho y el rostro encendido en llamas.
Convocó el fuego en sus puños, condensándolo hasta que la luz escarlata lamió sus antebrazos, y arremetió contra la silueta masiva que la acechaba en la penumbra del bosque.
Torhu.
Recordaba el impacto. El choque crudo de su fuego controla contra un escudo compacto de roca viva que estalló en mil pedazos. La satisfacción fiera que le inundó el pecho cuando rompió la defensa del cazador.
Se río de él, soberbia cargada de esa antipatía que usaba para ocultar su propio miedo.
¿Eso es todo lo que tienes, salvaje?, se mofaba, viendo cómo una ráfaga de calor puro alcanzaba el brazo expuesto del coloso, chamuscándole la ropa y marcándole la piel de negro carbón.
Pero el triunfo en los sueños dura un parpadeo. La silueta de Torhu reapareció a través del humo y sus llamas, esos ojos verdes, lechosos y carentes de vida parecieron fijarse directamente en su alma.
La estaba mirando.
Una mano gigante se materializó entre las cenizas, cerrándose alrededor de su garganta con la implacable fuerza de una montaña. El suelo quedó bajo sus pies y el tragó.
Capturada.
Izuka abrió los ojos de golpe, con un jadeo ahogado atrapado en la garganta. El corazón le galopaba contra las costillas con una fuerza ridícula, enviándole oleadas de calor residual a las extremidades.
Estuvo a punto de gritar, pero pronto comprendió que la opresión que sentía en las muñecas no era la mano de su cazador, sino el peso del hierro.
Izuka parpadeó, disipando los recuerdos de su captura de su mente.
El claro del bosque estaba sumido en silencio, arrullado únicamente por el siseo rítmico y reconfortante de una fogata bien construida. El fuego que ese salvaje había encendido antes de retirarse a su propio rincón. Su enorme cuerpo danzaba contra cada luz proyectada, envolviendolo en lo que parecía ser una tregua hecha por ese elemento para agradecer lo que hacía pero Izuka.
Ladeó la cabeza con lentitud, haciendo tintinear los eslabones de la cadena, y simplemente se quedó allí, tumbada sobre la tierra, mirando la inmensidad de las estrellas a través del dosel de los árboles hasta que el sueño volvió a reclamarla.
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El hierro le mordía las muñecas. Izuka había perdido la cuenta de cuántos días llevaban caminando a pie por las fronteras del Reino Tierra. Tal vez tres. Quizá cuatro. Quizá una eternidad. El cansancio convertía el tiempo en una masa uniforme de árboles que se repetían uno tras otro de manera interminable.
Para su buena suerte, fueron detenidos.
Y ahora, sentada sobre una roca cubierta de musgo, observó las grilletes que aprisionaban sus manos. Un segundo juego de argollas de hierro le rodeaba los tobillos, pesadas, molestas, obligándola a dar zancadas ridículamente cortas. Cada eslabón había sido diseñado específicamente para ella, una guerrera de la nación del fuego.
O como diría su hermano Azulón, el maldito fracaso de la Nación del Fuego.
Su mandíbula se tensó hasta dolerle. Todo era culpa de él, del usurpador su hermanito menor. El niño al que ella misma le había enseñado a sostener una espada. Él ocupaba el trono que le correspondía por derecho dinástico, y ella caminaba encadenada por los bosques como una delincuente.
Tal vez si Azulón no hubiera utilizado sus relámpagos en su contra, no hubiera llegado tan herida a ese bosque. Si no hubiera estado completamente exhausta después de que las llamas azules le lamieran los talones… y el maldito destino no hubiera decidido cruzarla con el infame “bandido ciego”, no estaría en esas condiciones.
Ya antes lo había enfrentado, y había podido salir victoriosa, pero esa ocasión, fue completamente diferente.
Un aroma cálido y especiado llegó hasta su nariz. Izuka levantó la cabeza con brusquedad, y vio a Torhu avanzar hacia ella sosteniendo un plato de madera. Caminaba descalzo. Siempre descalzo. Aquel detalle seguía resultándole absurdo a su mente. Las raíces, las piedras y la maleza parecían incapaces de incomodarlo. Pisaba como si el bosque entero fuera de su casa.
—¿Descansaste, princesita? —preguntó él con una sonrisa, deteniéndose a dos pasos—. Espero que las comodidades reales sean de tu agrado.
Izuka levantó sus ojos dorados, inyectados en rabia, para clavarlos en el rostro de su captor.
—Estoy sentada sobre musgo.
—Musgo de primera —replicó él burlándose. — ¿Tienes hambre?
Aquello la irrito más. —Cuando recupere mi libertad voy a reducirte lentamente en cenizas. Tardarás en horas en morir, maldito campesino.
La sonrisa de Torhu se ensanchó levemente hacia un lado, descarada.
—Tomaré eso como un sí
Y se sentó en el suelo frente a ella, como si estuvieran compartiendo una fogata entre amigos. Como si ella no fuera su prisionera, y él no estaría esperando cobrar una fortuna por entregarla.
Aquello era humillante.
Izuka presionó los puños, haciendo tintinear el hierro, pero el cazador simplemente acomodó el plato entre sus piernas cruzadas y tomó la cuchara.
—Abre la boca —ordenó él de forma casual, levantando la cucharada de guiso caliente.
—Prefiero tragar tierra y morir —escupió ella, tensando la espalda. Su voz sonó ronca, y hostil. Siempre a la defensiva.
—Lo de tragar tierra ya te lo cumpli.
Entonces la hizo exhalar humo, lo que provocó que Torhu sonriera con sus dientes blancos y alineados.
—Eres una total reina del drama. A ver, te doy tres segundos antes de que me lo coma todo yo. Uno... dos...
—No quiero. Todo lo que preparas sabe fango.
—Entendido, más para mí.
Sin el menor rastro de insistencia, Torhu se llevó el bocado a la boca y empezó a masticar, saboreando con un ruido exagerado que pareció retumbar en el silencio del claro.
Izuka lo observó con asco, pero su propio estómago traicionero rugió con un crujido violento.
Torhu detuvo la cuchara a mitad de camino, inclinando la cabeza sin levantar la vista lechosa de sus ojos desenfocados. La comisura de sus labios se curvó.
—Suenas un poco hambrienta, princesa.
—Cállate —siseó ella, sintiendo que las mejillas rojas de pura humillación—. Te odio.
-Perder.
—¿Qué crees que va a pasar con todos ustedes, bola de campesinos, cuando mi querido hermanito ya no tenga a quien torturar? Terminará de conquistar todo esté reino, y estoy seguro de que Azulón terminará contigo primero. Un maestro tierra capaz de controlar el metal... todo un trofeo.
—Si, si —Torhu volvió a llenar la cuchara, soplándole un poco antes de extender el brazo en línea recta—. Abre. No tengo todo el día para tus rabietas.
Izuka abrió la boca de golpe. Torhu se acercó a la cuchara y, de alguna manera misteriosa, acertó directamente entre sus labios. Sin rozarle los dientes, ni equivocarse de dirección.
Ella tragó el alimento caliente, frunciendo el ceño mientras lo masticaba. Torhu repitió el movimiento, una y otra vez. Con una precisión que desafiaba cualquier lógica para un hombre que supuestamente no podía verla.
Izuka terminó tragando más por instinto de supervivencia que por voluntad propia, pero la duda le escocía en la garganta tanto como el guiso.
—No lo entiendo —soltó ella de golpe, aprovechando cuando él también comía.
—Hay muchas cosas que no entiendes, princesa.
— ¿De verdad eres ciego? —le espetó, clavándole una mirada severa, incapaz de disimular la desconfianza.
Torhu soltó una carcajada, un sonido grave que sacudió sus hombros anchos.
—Vaya.
—¿De qué te ríes? —lo retó ella, echándose hacia adelante tanto como las cadenas se lo permitieron.
—Esa fue una pregunta sorprendentemente educada para venir de ti —se burló él, dejando el plato a un lado sobre la roca—. Vas mejorando. Hasta me llamas campesino en lugar de bestia salvaje.
—Respóndeme —exigió Izuka, con los dientes apretados.
La sonrisa de lado de Torhu se ensanchó, enigmática, pero cerró los labios y se limitó a recoger el plato vacío. No respondió. Y aquella evasiva la irrito todavía más.
En su mente, el silencio de él se sentía como una burla directa a su autoridad.
Frustrada, Izuka se vio obligada a observarlo en silencio mientras él limpiaba los utensilios en el estanque que estaba a pocos pasos de distancia.
Torhu no parecía un campesino, ni un bandido común. Su ropa estaba gastada, cubierta de polvo de camino y manchada de barro seco, pero debajo de todo eso había algo más. Las facciones de su rostro eran simétricas, incluso cualquiera podría pensar que era atractivo. Sus dientes eran blancos y no estaban rotos ni manchados. Su piel, aunque tostada por las jornadas bajo el sol, era pálida en las zonas protegidas por el cuello de la camisa. Incluso sus manos, grandes y llenas de venas, no tenían cicatrices como debería tenerlas alguien acostumbrado a trabajar en los campos.
Algo en él no encajaba.
Torhu se detuvo y se irguió. —Deja de mirarme —soltó, sin girar la cabeza.
Izuka se sobresaltó. —No te estaba mirando —mintió, elevando la voz de forma defensiva.
—Claro.
—Estaba... calculando la distancia para romperte el cuello.
—Y yo soy un tejón topo —Torhu soltó una carcajada.
Era insoportable. Absolutamente insoportable. Y, sin embargo…
—Muévete. Ya perdimos suficiente luz.
Ella gruñó un insulto, arrastrando los pies mientras se ponía en marcha. Torhu soltó una última sonrisa descarada a su espalda.
Los días continuaron. La rutina forzada cada vez era más asfixiante. Caminaban, descansaban, discutían y volvían a caminar. Pero Torhu jamás cambió su ritmo. Él cocinaba, le conseguía agua limpia, le permitía asearse garantizándole una privacidad absoluta que él mismo defendía manteniéndose a distancia. Jamás la había tratado con crueldad, ni se había aprovechado de que estaba desarmada y cautiva.
Aquello la confusión y la enfurecía más de lo que quería admitir. Porque, en el fondo de sus pensamientos, significaba que aquel maldito salvaje la estaba tratando con más respeto del que jamás había recibido de Azulon.
Y todo eso era tan desagradable, tan demoledora para su orgullo, que intentó aplastarla bajo capas de mal humor.
—Muévete, princesa. Vas arrastrando los pies —la voz firme de Torhu llegó desde adelante.
Izuka puso los ojos en blanco, apretando el paso con rabia. —Camina tú.
—Eso estaba haciendo antes de que empezaras a avanzar a paso de tortuga.
—Voy lo más rápido que puedo —le espetó ella, clavándole una mirada asesina a su nuca—. Mis piernas no son tan largas como las tuyas.
—Tus piernas son perfectas, pero no sabes distribuir el peso. Vas tiesa. Relaja los hombros.
—¡No me digas cómo caminar! —gritó ella, perdiendo los estribos por completo—. ¡Soy la princesa de la Nación del Fuego, yo...!
Un tirón violento interrumpió su rabieta. Izuka no vio la raíz nudosa que sobresalía del suelo. El grillete de su tobillo se atoró y la inercia la mandó directo a tragar tierra. El impacto directo le arrancó una mueca de dolor agudo y un jadeo de pura frustración.
Maldita fuera de su suerte. Maldito Azulón. Maldito “bandido ciego”.
Se quedó ahí, con las manos encadenadas enterradas en la tierra, respirando agitada, negándose a levantarse para no llorar.
Antes de que pudiera siquiera intentar apoyar un pie, una mano enorme se cerró con una firmeza implacable alrededor de su antebrazo.
Torhu la levantó. No la ayudó a incorporarse de manera caballerosa; la jaló hacia arriba con un solo movimiento limpio, vertical y descomunal. Como si Izuka no pesara absolutamente nada. En una fracción de segundo, la princesa volvió a estar de pie, con el pecho subiendo y bajando y los ojos desorbitados.
Izuka parpadeó, completamente descolocada. El contacto de la palma de él en su piel le había dejado una sensación fría. Torhu era alto, de hombros anchos, eso lo sabía desde el primer día, pero por primera vez en mitad de su aislamiento, se preguntó cuántas de esa fuerza física había estado ocultando.
Estaba a milímetros de él. Podía oler el aroma rústico, a sudor y bosque que desprendía su torso.
Ya antes habían peleado cuerpo a cuerpo, pero y si en verdad…
—¿Qué? —preguntó Torhu, inclinando sutilmente la cabeza hacia abajo. Sus ojos verdes apuntaban a la nada, pero su mandíbula estaba tensa.
—Nada —soltó ella de golpe, dando un paso atrás para romper la distancia.
—Mentira. Tu pulso se aceleró.
—No estaba pensando en nada —Izuka desvió la mirada con las mejillas encendidas—. ¡Déjame en paz!
—Otra mentira. Eres muy mala mentirosa.
—Y tú eres insoportable.
—Un gracias habría estado bien.
Izuka apretó los dientes, sintiendo que el calor le subía por el cuello. —Cuando recupere mi fuego... te juro que...
—Sí, sí. Muerte, destrucción, cenizas ardientes. El fin de los tiempos. Ya escuché esa parte de tu discurso —la interrumpió él con un suspiro aburrido, dándole la espalda para reanudar la marcha.
—Voy a hacer que te arrepientas de todo esto —escupió ella.
Torhu se detuvo en seco. Giró el rostro a los medios, y una sonrisa lenta y peligrosa apareció en sus delgados labios.
—Eso sería bastante complicado.
—¿Por qué? ¿No crees que pueda acabar contigo? Ya antes…
—No —susurró él, y su voz bajó, volviéndose un trueno ronco que le erizó los vellos del cuello—. Porque acabar contigo es mi jodido trabajo.
Ella la dejó perpleja, tanto que se quedó quieta en ese mismo punto.
Entonces, él se río. —Bueno, técnicamente entregarte viva es mi trabajo. Matarte sería un pésimo negocio.
Eso la enfureció, estuvo a punto de gritar, y deseo haber heredado las habilidades de su difunto tío para escupir fuego por la boca y borrarle esa estúpida sonrisa arrogante de los labios.
Pero todo fue detenido cuando una gota fría y pesada cayó exactamente sobre la punta de su nariz. Luego otra en su frente. Y otra más.
El bosque pareció enmudecer en un segundo. Las copas de los árboles se agitaron con un siseo violento cuando el viento del norte barrió el claro, oscureciendo el cielo bajo una capa de nubes de tormenta densas.
Torhu levantó ligeramente la cabeza hacia el cielo. La sonrisa arrogante desapareció de sus labios por primera vez. Su mandíbula se cuadró, y sus pies descalzos se aferraron a la tierra con una tensión repentina.
—Problemas —murmuró él.
Un trueno colosal sacudió los cimientos del bosque, haciendo vibrar la roca bajo sus pies, y la lluvia torrencial comenzó a caer como una cortina de hierro.
CONTINUARÁ…
