Chapter Text
。じゃんか 。
Zanka Nijiku amaba seguir su rutina habitual de tumbarse a leer un par de capítulos antes de dormir, pero esa noche no podía seguirla. Había regresado esa misma mañana de una misión bastante larga y estaba muy cansado, los ojos se le cerraban por sí solos mientras se lavaba los dientes o cepillaba el pelo. Pero eso no era lo peor, lo peor estaba en su cuerpo.
Se sentó en el borde de la cama, quitándose la parte superior del pijama, luego la camiseta interior, descubriendo su pecho. Hizo una mueca de dolor al palpar los vendajes que le había colocado Tomme —del equipo de soporte. La Giver curandera, Eishia, se había tomado unos días libres y no podían recurrir a sus poderes para atender a los heridos. Así que Zanka tuvo que resignarse y aguantar con la herida unos días más.
Se dejó caer en la cama, admirando el techo de la habitación, recordando la agradable sensación de la batalla contra las bestias polutas, aunque el resultado hubiera sido él acabar herido. Daba igual. Ya se había tomado unas pastillas para el dolor y aún así, notaba la herida palpitar bajo la presión de las gasas.
Zanka se pasó la mano por la frente, cubierta de una fina capa de sudor. Se estaba mareando. Necesitaba algo de frío urgentemente y no se sentía muy bien para caminar hasta el baño. Se sentó en el borde del colchón y calculó los pasos hasta la ventana, se veía capaz de llegar sin caerse en el intento.
—Mierda… —maldijo en voz alta al darse cuenta de que se había dejado la gargantilla-pulsera en el escritorio, en la otra punta de la habitación.
Descartaba pedir ayuda a Enjin o a Riyo, aunque eso sería lo último que hiciese en vida, porque controlar el orgullo era una asignatura pendiente que tenía Zanka desde hacía mucho tiempo atrás. Así que se jodió pero bien, restándole importancia. Nadie se iba a morir por dar un par de pasos hasta la ventana, nadie se iba a morir por marearse un poco…
Así que ahí fue, con sus pocas ganas de vivir, sujetándose el costado, midiendo cada paso para no excederse —por si se tambaleaba, al menos tener una pared para apoyarse o algo blando sobre lo que caer—, llegando a la ansiada ventana abierta. Zanka asomó la cabeza por ella buscando el frío de la noche. Corría una pequeña brisa, que lo despeinó un poco.
Soltó un suspiro, apoyó los codos en el marco de la ventana y disfrutó de la baja temperatura. Pasados unos minutos, bajó la mirada al patio exterior, donde las farolas iluminaban los terrenos cercanos a la base de los Limpiadores. Un gato rebuscaba en la basura de la puerta. Una planta rodadora pasaba empujada por la brisa. Y Jabber lo saludaba meneando la mano alegremente con sus garras activadas, desde el suelo. Zanka lo saludó con un gesto también.
—Hooooliiii —dijo Jabber con un medio susurro.
—¿¡Espera, qué!? —gritó Zanka al darse cuenta de lo que acababa de pasar.
Para cuando regresó la mirada a esa posición, no había ni rastro de Jabber por ningún lado. Oh, el mareo le estaba jugando malas pasadas. Pero no, ojalá fuera eso…
Clack, clack, clack.
El ruido de algo clavándose en la piedra se hizo más que evidente. El corazón de Zanka dio un vuelco cuando se le ocurrió asomarse justo debajo de la ventana, y contempló con horror como Jabber estaba escalando por la fachada de ladrillo usando a Mankiller para ello. Zanka intentó dar un paso atrás pero el mareo regresó y tropezó torpemente. Pero su trasero nunca tocó el suelo, no. Ojalá lo hubiera hecho.
Jabber era rápido, demasiado rápido, pues ni supo cuándo se había colado ya en su habitación por la dichosa ventana abierta y lo había sostenido entre sus brazos antes de caer. Zanka abrió los ojos completamente al notar esas garras sobre su piel desnuda, un mal movimiento y le habrían provocado otra herida.
—Cuidado, Zan-zan. Si no llego a venir, te hubieras hecho pupa… —murmuró Jabber a su espalda.
Zanka sintió que todo el cuerpo se le tensaba bajo sus manos. Iba a intentar defenderse, pero no podía. No tenía fuerzas, no podía pelear. Varamor estaba al otro lado de la habitación, junto a su pulsera. Estaba solo, bien jodido. Así que cerró los ojos, esperando a que Jabber acabase con él de una vez por todas. Pero el saqueador solo lo tomó en brazos y lo cargó hasta la cama, dejándolo sobre el colchón con un cuidado que parecía imposible en él.
Jabber agarró las sábanas que descansaban hechas un revoltijo a los pies de la cama, y tapó a Zanka hasta casi el cuello, luego le acomodó la almohada para que estuviese cómodo. Todo ello con las garras ya desactivadas y una sonrisa de lado a lado. Era extraño, porque aunque esa expresión no era particularmente inquietante, verlo tan calmado sí que incomodaba a Zanka.
—¿Qué te crees que estás haciendo? —soltó Zanka, estupefacto, subiendo las sábanas hasta su cuello. Tenía frío.
El saqueador se inclinó sobre su cabeza, intentando que las rastas no cayesen en su cara, y le plantó un pequeño beso en la frente.
—Darte las buenas noches, ¿quieres que te lea un cuento o algo? —dijo Jabber, como si fuese lo más evidente del mundo.
El Giver moreno se sentó al borde de la cama, terminando de acomodar las sábanas sobre Zanka, quien se escondía bajo ellas como si fuesen a defenderle de un posible apuñalamiento de su enemigo.
—Me refiero. Qué coño haces en la base de los Limpiadores. ¿Cómo te has colado?
—Por la ventana, si me acabas de ver.
Zanka soltó un suspiro, esperó un segundo a cargar su paciencia y siguió hablando.
—¿Me vas a matar?
—No, qué bobadas dices Zan-zan, solo he venido a…
—Que no me llames así, rarito.
Jabber hizo una mueca, como si el comentario le hubiese afectado —en realidad no. Se encogió de hombros y luego se rascó la nuca, desviando la mirada hasta la ventana, como si el tema le diera vergüenza.
—Vine a …pedirte perdón. Creo que me pasé un poco en nuestra última pelea.
—Ah, ¿tú crees? —soltó Zanka, alzando las cejas.
¿Ese tío iba en serio o solo se estaba haciendo el gilipollas? Ambas opciones eran perfectamente factibles.
—En mi defensa diré que me lo estaba pasando demasiado bien y me dejé llevar —dijo Jabber, jugando con sus dedos algo nervioso, sin mirar a Zanka aún—. Y Cutney me ha dicho que a los amigos no se les apuñala, y creo que tiene razón.
¿Amigos? Lo que le faltaba por oír…
—Te iba a traer unas galletas, pero Cutney me dijo también que a los amigos no se les da comida envenenada. Qué tontería.
Zanka sintió que un escalofrío recorría su espalda. Menos mal que Jabber había escuchado a la Giver de la alcantarilla. Pero ya había tenido suficiente, sólo quería descansar y con Jabber ahí era imposible. Era tan fácil como gritar, pedir ayuda, la habitación de Enjin era contigua a la suya, pero había cierta voz en su cabecita que le empujaba a seguir escuchando a Jabber. Poniendo en riesgo su salud mental, claro.
—Sí, bueno. Gracias por tu preocupación —respondió Zanka, incorporándose apoyado en el cabecero de la cama. Las sábanas cayeron hasta su cadera y Jabber se fijó en su cuerpo. Bueno, más bien en los vendajes.
—¿Estás herido, Zan-zan? ¿Quién ha sido el cabrón que te ha puesto la mano encima? —su actitud amable cambió de un segundo a otro.
Pobre del que se pusiera por delante.
—Una bestia poluta un poco difícil de matar… —explicó sin mucho ánimo, conteniendo una mueca de dolor mal disimulada según se acomodaba en la cama.
—¿Te duele mucho?
—No —mintió.
—Conmigo no hace falta que te hagas el fuerte —Jabber le había guiñado un ojo.
—Joder, sí. Me duele mucho.
—Y no puedes dormir…
—Lo iba a intentar antes de tu «visita».
Jabber se encogió de hombros mientras sus ojos se iluminaban de un tono rosado, sus anillos se transformaban en largas garras y una siniestra sonrisa asomaba en las comisuras de sus labios.
—Habérmelo dicho antes. Puedo ayudarte con eso.
—¿Qué? —preguntó un asustado Zanka, levantando las manos pidiendo calma según Jabber se había incorporado y acercaba esas cuchillas a su cuerpo—. Ni de coña, aleja eso de mí.
—Venga, solo es un pinchacito. Te prometo que luego te sentirás mejor. ¡Vas a dormir como un bebé!
—¡Qué no! ¡Aléjate de…! —gritó de forma inutil pero Jabber ya había tomado su brazo y un hilito de sangre bajó por su piel según le inyectaba la droga.
Un parpadeo, dos. Zanka ya había caído sobre la cama de nuevo. Jabber guardó a Mankiller otra vez, y acomodó al chico en la cama. Luego le peinó un mechón de cabello con cierta ternura y volvió a dejar un beso sobre su frente.
La gargantilla de su cuello vibró, era el momento de marcharse. Se levantó de la cama y saltó hasta el borde de la ventana, no sin antes mirar de nuevo atrás, al rostro dormido y tranquilo de Zanka. De verdad esperaba que tuviese dulces sueños, y ojalá que fuesen con él. Que fuese mutuo. Pero eso era mucho pedir… Ni los amigos ni los amantes se intentan matar.
Y saltó de nuevo al exterior del edificio, finalizando así su breve visita nocturna al limpiador dueño de sus pensamientos.
。じゃんか 。
