Chapter Text
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Prólogo
La espera estaba matando a Clementine. AJ no decía nada. Y el silencio de AJ siempre significaba problemas.
El cuarto era pequeño. Demasiado silencioso. Ella caminaba en círculos, una y otra vez, como un animal enjaulado. Las suelas de sus botas crujían contra el suelo de madera y el sonido se volvía insoportable. Cada paso era un recordatorio de lo que venía.
Exilio.
Castigo.
O algo peor.
Apretó la mandíbula. No habían hecho nada malo. Marlon iba a matarla.
AJ solo había hecho lo que ella le enseñó: sobrevivir.
Siempre apuntar a la cabeza.
No dudar.
Y seguir vivo.
Y ahora iban a echarlos.
Clem se detuvo frente a la puerta. La miró como si pudiera abrirla con la mente. Nada. Se obligó a respirar.
AJ seguía sentado en el suelo, abrazando sus rodillas. No lloraba. No preguntaba. Solo esperaba. Y eso era lo que más dolía.
Finalmente, la puerta se abrió. Violet entró primero. Louis detrás. Lo supo antes de que hablaran. Violet tenía los hombros tensos y los puños cerrados.
Louis evitaba mirarlos.
Mala señal. Muy mala señal.
—La decisión está tomada —dijo Violet.
Su voz sonaba seca. Forzada.
—Deben irse. Ahora.
El silencio que siguió fue espeso.
AJ parpadeó.
No hubo una reacción inmediata. Solo sintió algo frío en el pecho. Como si ya lo supiera.
—Pero nosotros no votamos —dijo AJ al fin—. Yo voto por quedarnos.
La inocencia del niño cayó en la habitación como una piedra.
Louis cerró los ojos un segundo. Violet apartó la mirada. Clementine lo miró. Directo. Sin parpadear. Siempre evitaba mirarla cuando importaba.
Louis no sostuvo la mirada. Se quedó observando el suelo, como si de pronto le pareciera muy interesante.
—No funciona así —respondió Louis.
—Tienen unos minutos para tomar sus cosas —continuó Violet—. Luego los llevaremos a la carretera.
Carretera.
Ni siquiera “puerta”. Ni “salida”.
Carretera. Exilio definitivo.
Clementine soltó el aire lentamente por la nariz. Sentía algo oscuro creciendo dentro del pecho, pero lo contuvo. No iba a derrumbarse frente a ellos. No frente a AJ.
—AJ… —dijo Louis, finalmente—. ¿Aún tienes el arma?
Giró la cabeza hacia él. El ambiente se volvió denso. Sus ojos se endurecieron.
—¿Y a ti qué te importa? —no lo dijo en voz alta, pero estaba en sus ojos.
AJ se levantó despacio, fue hasta la mochila y sacó el revólver. El mismo con el que había matado a Marlon. Lo sostuvo contra su pecho.
Louis extendió la mano.
—Dámela.
AJ no se movió. Pero Clementine sí. Se colocó entre ambos. Ella no era alta.
Pero cuando quería, podía ser intimidante.
Louis lo sintió. Dio medio paso atrás antes de darse cuenta y volver a erguirse.
—No se la entregues —le dijo, sin apartar los ojos de Louis—. Es tuya. La necesitarás.
Un pesado silencio se instaló entre el pequeño grupo. Era tenso. Incómodo. El tipo de silencio que aparece justo antes de que alguien haga algo estúpido.
Louis apretó la mandíbula.
—Bien —murmuró—. Que el asesino conserve el arma homicida.
El impacto fue inmediato. AJ se encogió apenas.
Clem lo sintió. Algo dentro de ella se tensó como un cable a punto de romperse. Por un segundo, pensó en golpearlo. En hacerlo callar. Pero no valía la pena. Nada de esto lo valía.
Se giró, tomó la mochila y se la colgó al hombro. Todo lo que tenían cabía ahí. Siempre había sido así. Vivir ligero. Huir rápido. Sobrevivir. Eran solo algunas de las reglas básicas que se necesitaban en el exterior.
Antes de salir, miró a Violet. Pero Violet no la estaba mirando. Ella también apartó la vista.
—Vámonos, AJ.
Esta vez no miró atrás.
Cuando estuvieron listos, salieron de la habitación sin decir una palabra. No era necesario demostrar nada más.
Violet y Louis caminaron detrás de ellos. No era una simple escolta. Era vigilancia.
Al salir al patio del internado, todas las miradas se clavaron en ellos.
Nadie fingió normalidad. Nadie apartó la vista.
Había rabia.
Desprecio.
Miedo.
Clementine los sostuvo uno por uno. No iba a bajar la mirada. No demostraría que se habían equivocado.
Entre todos, Mitch destacaba. No apartaba los ojos de ella.
Su expresión era puro odio. Si hubiera tenido una excusa, la habría matado ahí mismo.
Desde la torre de vigilancia, Willy tensaba el arco. No apuntaba a los caminantes.
Apuntaba por si la chica hacía algo.
El mensaje era claro.
Mitch abrió el portón.
Ni una palabra.
Solo una última mirada cargada de rencor.
Clem le devolvió el gesto.
El sentimiento era mutuo.
Salieron.
El portón se cerró a sus espaldas con un golpe seco. Ninguno de ellos volvió a mirar la escuela.
Caminaron por el bosque en silencio. Solo se podía oír el viento agitar algunas ramas de los árboles.
Nadie hablaba. Nadie respiraba de más.
AJ caminaba cerca de Clem, con la mirada baja. Sus manos apretaban fuertemente las correas de la mochila.
—Clem… —murmuró al fin—. ¿Crees que encontremos otro auto?
La esperanza en su voz dolía.
Ella dudó apenas un segundo. Luego negó con suavidad.
—No lo creo. Tuvimos suerte con el último.
AJ bajó la mirada.
—Entonces caminaremos… —murmuró—. Se me van a romper los zapatos otra vez.
Tragó saliva. Pero se obligó a mantener el tono firme.
—Aguantarán. Y si no, encontraremos otros.
—Nos van a sangrar los pies otra vez.
—Los vendaremos —respondió—. Como antes.
Le revolvió el cabello con suavidad.
—No dejaré que te pase nada.
—No es tan terrible —intervino Louis desde atrás.
Se detuvo apenas un segundo. Y lo miró por encima del hombro. La hostilidad fue suficiente para que él dudara. Louis se calló.
—Quiero decir… —murmuró—. Ya lo han superado antes.
Violet le lanzó una mirada fría. Louis guardó silencio. Clem volvió la vista al frente. No valía la pena gastar saliva en él.
Miró su mano. El tatuaje de Jane seguía ahí.
Ocho años. Demasiadas pérdidas.
—Llegamos —anunció Violet.
El bosque se abría hacia una vieja carretera.
Vacía. Silenciosa. Infinita.
—Pueden seguir por ahí —dijo— Eviten el norte. Hay caminantes.
Se hizo un silencio incómodo entre ellos.
—¿Quieren decir algo antes de irse? —preguntó al fin.
Louis se encogió de hombros. —Ya dije suficiente.
Clementine guardo silencio.
AJ miró a Violet.
—Gracias por intentar que nos quedáramos.
La chica cerró los ojos un instante.
—Lo siento. De verdad.
Ella solo pudo suspirar. —No es tu culpa.
Violet negó.
—Debí hacer más.
—Nosotros lo arruinamos —dijo Clementine—. Lo sé.
AJ la miró, sorprendido. Ella casi nunca admitía eso. Violet dio un paso atrás.
—La mitad del grupo cree que son peligrosos. Más que Marlon. No puedo obligarlos a aceptarlos.
Se dio la vuelta.
—Lo siento.
Empezó a caminar de regreso sin mirar atrás.
Louis se quedó unos segundos más. Observándolos.
—¿Aún tienes el arma? —preguntó a AJ.
Clem se tensó al instante. Su mano rozó el cuchillo. Si intentaba quitársela…
AJ sacó el revólver con cautela. —La tengo.
Louis asintió.
—Solo… ten cuidado. No es un juguete.
AJ frunció el ceño. —Lo sé.
Louis dudó un segundo. Luego se giró y caminó tras Violet. Los dejó solos.
El bosque volvió a quedar en silencio.
—Andando —murmuró.
Caminaron.
El sol comenzaba a caer. El aire se volvía más frío.
—Esta por anochecer.
—¿Cómo sabes que anochecerá pronto? —preguntó AJ.
—Lo siento —respondió ella—. En la piel.
AJ la miró con curiosidad. —¿Cómo un presentimiento?
—Algo así.
Siguieron avanzando.
—Clem… —murmuró el niño al rato—. ¿Vamos a estar bien?
Ella lo miró. Su expresión era pura preocupación. —Sí —respondió, firme—. Siempre lo estamos.
Intentó sonreír. Pero solo pudo mostrar algo similar a una mueca.
El bosque estaba demasiado silencioso. Un crujido la alertó. Clementine levantó la mano.
—Escóndete.
Ambos se agacharon tras unos troncos caídos. Ella asomó apenas la cabeza.
Era Abel.
Escopeta recortada en mano. Y una sonrisa desagradable.
—Salgan —dijo con calma—. Los vi entrar.
Mierda.
AJ se tensó.
—Es él… —susurró—. El de la estación.
—Quédate aquí —ordenó ella.
Desenfundó el cuchillo. Respiró hondo. Y se movió.
Se deslizó entre los árboles hasta quedar detrás de Abel. Un movimiento rápido. Silencioso.
Atacó.
Intentó arrebatarle el arma, pero él la tenía asegurada. Por lo que lo golpeó en su rodilla. Y Abel cayó. La escopeta rodó lejos. Y Clem levantó el cuchillo.
—Déjanos en paz.
Abel sonrió. —Pequeña zorra.
El frío metal le tocó la nuca. Otra arma. Se quedó quieta. A penas respiraba.
—Suelta el cuchillo —ordenó una voz femenina.
Lo dejó caer.
Abel se levantó, tomó la escopeta y, sin aviso, la golpeó en el estómago. El aire abandonó sus pulmones. Luego otro golpe. La cabeza le zumbó.
Una bota presionó su cuello contra el suelo. Y AJ apareció con el arma.
—¡No!
Abel apuntó directo a la chica. El niño bajó el revólver. —Eso pensé —murmuró el hombre.
—Abel.
La voz femenina sonó firme. Autoritaria.
El hombre apartó el arma apenas. Luego golpeó a AJ en la cabeza. El niño cayó.
—¡No lo toques! —rugió Clementine.
Intentó levantarse. Pero la presión sobre su cuello aumentó.
—Buscamos a un chico —dijo la mujer—. Lidera una escuela.
Ella apretó los dientes. —Está muerto.
Silencio.
La mujer maldijo.
—Aún sirve —dijo Abel—. Podemos usarla.
La presión sobre el hombro de AJ aumentó. El niño gritó.
—¡No! —jadeó Clementine—. Por favor…
De una patada la dejó boca arriba.
La mujer dudó. La miró. De verdad la miró. Se le hacía muy familiar. Hasta que la reconoció.
—…Clementine?
Todo se quedó en silencio. Una quietud implacable se sintió a alrededor.
—¿Lilly? —susurró —¿Eres tú? —La mujer bajó el arma lentamente. —Pensé que habías muerto.
—Casi.
El reconocimiento cambió todo. Pero no mejoró nada.
