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Language:
Español
Stats:
Published:
2026-02-16
Completed:
2026-06-29
Words:
187,620
Chapters:
16/16
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180
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286
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El canto de la sangre

Summary:

Cuando el destino decide jugar con las vidas de aquellos que eligió, estos solo pueden aceptar y tratar de sobrevivir a lo que les llega.

Siempre ha sido así.

sueños de una vida pasada, hermanos en ese tiempo y hermanos en este presente. La vida de aquellos involucrados no será igual a la historia conocida.

O bien Itoshi Rin descubre que tiene mas que solo a Sae como hermano mayor.

Y Choso ahora al parecer tiene dos hermanos a los que proteger.

Mientras la vida de Itadori va de mal, a bien a mal otra vez y peor a mal y luego a bien...no en ese orden pero al menos no esta solo.

Notes:

No piensen de más, esto es solo yo tratando de cumplir mis sueños de los mejores hermanos juntos.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: 1: Sangre que canta

Chapter Text

Choso no sabía cuándo empezaron los sueños.

Quizás siempre estuvieron ahí, enterrados bajo capas de maldición y sangre manipulada. Pero una noche, mientras meditaba en la oscuridad de su santuario, los recuerdos lo golpearon como un tsunami.

Un niño pequeño. Cabello oscuro, ojos enormes llenos de admiración. Manos diminutas aferrándose a su ropa.

—¡Nii-chan! ¡Mira lo que dibujé!

Risas. Calidez. Algo que no era sangre compartida por maldiciones, sino por algo más antiguo. Más humano.

Choso abrió los ojos bruscamente, su respiración agitada.

¿Había sido... humano? ¿Alguna vez?

Los fragmentos seguían llegando. Noches cuidando a un niño enfermo. Enseñándole a caminar. El peso ligero de un cuerpo pequeño durmiendo contra su hombro.

Y luego... nada.

Oscuridad.

Muerte, probablemente.

Pero el recuerdo del rostro de ese niño su niño, su hermanito, ardía con una claridad que ninguna de sus "memorias" actuales poseía.

—Rin,— susurró al vacío, y el nombre se sintió correcto en su lengua. —Te llamabas Rin.

Los recuerdos siguen llegando  a Choso como fragmentos de vidrio roto: una risa cristalina, manos pequeñas aferrándose a su ropa, ojos color azul turquesa mirándolo como si fuera el centro del universo.

—¡Nii-chan, mira lo que hice!

No sabe si fue hace cien años o mil. Solo sabe que una vez fue humano. Que tuvo un hermano menor con cabello oscuro y una sonrisa que podía iluminar habitaciones enteras. Que intento  protegerlo  hasta su último aliento.

Y que falló.

Ahora es otra cosa. Medio maldición, medio humano. Nueve hermanos que nunca conocieron la luz del día, encerrados en frascos, esperando nacer. Su existencia es una blasfemia hecha de sangre manipulada y experimentos prohibidos.

Pero la sangre recuerda.

Siempre recuerda.

0000

Él tiene diez años cuando Choso lo encuentra.

Un partido de fútbol en un parque público. Choso está en las sombra, siempre en las sombras, donde las maldiciones se sienten cómodas, cuando la sangre en sus venas comienza a cantar.

Es un tirón imposible de ignorar.

Como si cada célula de su cuerpo señalara en una dirección.

Hacia el niño de cabello negro verdoso que corre por el campo con una pelota, riendo.

Choso no respira. No puede. Porque ese rostro

Lo conoce.

Es diferente, sí. Los rasgos son más redondos, los ojos de un color distinto. Pero la esencia es la misma. Esa determinación feroz. Esa manera de fruncir el ceño cuando se concentra.

—¡Rin, pásala!

Rin.

El nombre se clava en el pecho de Choso como una estaca.

Su hermano. De otra vida. Renacido.

Y la sangre, oh, la sangre no miente.

Puede sentirlo incluso desde esta distancia. Rin lleva en sus venas la misma marca, la misma corrupción que Choso. Alguien experimentó con este niño. Alguien lo tocó de la misma manera obscena en que tocaron a Choso y sus hermanos.

Pero Rin no lo sabe.

Corre y ríe y juega al fútbol como si fuera un niño normal.

Hay otro niño cerca. Mayor, tal vez trece o catorce. Cabello rojizo. Observa a Rin con una expresión seria pero cariñoso. Cuando el partido termina, le revuelve el cabello a Rin.

—Buen trabajo, Rin.

—¡Nii-chan! ¿Viste ese gol?

Choso aprieta los puños hasta que sus nudillos crujen.

Rin tiene un hermano. Uno que lo cuida, que está ahí.

Choso debería sentirse aliviado.

En cambio, algo oscuro y posesivo se retuerce en su estómago.

Pero otra parte esta extrañamente aliviada. Porque...

Rin no esta solo.

0000

Choso se convierte en una sombra.

Aprende todo sobre Rin Itoshi. 

Once años.

 Doce. 

Trece. 

Catorce.

Aprende que el hermano mayor se llama Sae. Que Rin lo idolatra de una manera que hace que algo dentro de Choso se estremezca con reconocimiento doloroso. "Así es como me mirabas tú, en otra vida."

Aprende que Rin es extraordinario con el balón. Que practica hasta que sus piernas tiemblan. Que persigue a Sae como si fuera el sol y Rin apenas un planeta en órbita.

Aprende que Rin es feliz.

Y Choso... observa.

Interviene solo cuando es necesario. Una maldición de grado 3 que acecha cerca de la escuela de Rin: eliminada.

Un grupo de adolescentes mayores que intenta asaltar a Rin en un callejón: se despiertan sin recordar nada, con migrañas que duran días.

Rin nunca lo ve.

Choso se dice a sí mismo que es mejor así. Que Rin tiene una vida normal. Un hermano normal.

Que no necesita a un monstruo acechando en su vida.

Pero la sangre sigue cantando.

Así que sigue protegiendo, cuidado.

Esperando.

Hasta que pasa...

0000

La noche en que todo cambia, nieva.

Choso está en un tejado cercano cuando ve a los hermanos Itoshi en la cancha cubierta de blanco. Puede sentir la tensión desde aquí. Algo está mal.

Sae habla. Rin escucha.

Y luego

El mundo de Rin se destruye.

Choso no puede escuchar las palabras exactas, pero ve el momento en que el corazón de Rin se hace pedazos. Ve la manera en que Sae se aleja, dejando a su hermano menor arrodillado en la nieve.

Ve cuando Rin se desploma.

Y algo dentro de Choso simplemente se rompe.

Cuatro años. Cuatro años observando, esperando, conteniendo el instinto de acercarse.

Se acabó.

Desciende del tejado. Camina hacia la cancha. La nieve cruje bajo sus pies.

Rin sigue en el suelo, abrazándose a sí mismo, temblando. No por el frío.

Choso se arrodilla junto a él.

—Levántate.

Rin alza la cabeza bruscamente. Ojos color azul turquesa (diferentes pero iguales) se encuentran con los suyos. Hay lágrimas congeladas en sus pestañas.

—¿Quién...?

Choso extiende una mano. Espera el rechazo, el miedo. Después de todo, debe verse exactamente como lo que es: algo antinatural. La marca de sangre atravesando su rostro, los ojos sin vida de algo que no es del todo humano.

Pero cuando su mano toca la de Rin

La sangre canta.

Rin jadea. Sus ojos se ensanchan.

—Tú—Su voz se quiebra. —Tú eres—

—Tu hermano,—dice Choso simplemente. —En esta vida y en la anterior.

No tiene sentido. Rin debería correr. Debería gritar.

En cambio, se aferra a la mano de Choso como si fuera lo único sólido en un mundo que se desmorona.

—No me dejes,— susurra Rin, y suena tan joven, tan roto.

Choso lo levanta. Rin no es un chico pequeño, todo extremidades largas y ángulos afilados. Pero en este momento, temblando en la nieve, podría tener cinco años.

—Nunca,— promete Choso, y algo antiguo y feroz arde en su pecho. —En esta vida, no fallaré.

Rin lo mira, realmente lo mira, y lo que sea que ve en el rostro de Choso hace que algo en su expresión se suavice.

—¿Sangre?— pregunta Rin, como si las palabras vinieran de algún lugar profundo que ni siquiera él entiende.

—Sangre,— confirma Choso.

Y así, bajo la nieve que cae y con el mundo de Rin en ruinas, dos hermanos de dos vidas se encuentran.

Rin pierde a Sae.

Pero gana a Choso.

Y Choso, que ha esperado cuatro años en las sombras, finalmente puede cumplir la promesa que hizo en una vida pasada:

Proteger a su hermano menor. Cueste lo que cueste.

Aunque sea un poco raro. Aunque sea medio monstruo.

Aunque el mundo entero tenga que arder.

Porque es lo que un hermano mayor hace.

0000

-

-

Rin tiene cinco años la primera vez que sueña con el Japón antiguo.

No entiende lo que ve, calles de tierra, edificios de madera, personas con ropas extrañas, pero reconoce la sensación. Calidez. Seguridad. Y una presencia constante a su lado.

"Nii-chan."

La palabra sale de sus labios en el sueño como si la hubiera dicho mil veces. Una figura se inclina hacia él, pero su rostro está borroso, como si mirara a través de agua turbia. Manos grandes y callosas revuelven su cabello.

"Te protegeré. Siempre."

Rin se despierta sintiéndose completo de una manera que no puede explicar y Sae está en el futón de al lado, durmiendo todavía.

"Oh," piensa Rin con la lógica simple de un niño. "Era Sae."

Tiene sentido. Sae lo cuida. Sae lo protege. Sae es su niichan.

Los sueños deben ser de Sae.

No se lo menciona a nadie.

A los siete años, Rin ya sabe que sus sueños no son normales.

Los otros niños no sueñan con vidas que nunca vivieron. No se despiertan con el sabor de comida que nunca han probado en la lengua. No tienen recuerdos de festivales bajo la luz de linternas de papel, de manos entrelazadas mientras caminan por calles que ya no existen.

Y definitivamente no sienten esta conexión inexplicable con alguien cuyo rostro nunca pueden ver.

—¿Estás bien, Rin?—pregunta su madre una mañana, después de que Rin se queda mirando el desayuno con expresión distante. —Estabas hablando en sueños otra vez.

—Estoy bien,—miente Rin rápidamente.

Escucha a su madre hablar con una vecina sobre el hijo de alguien que "ve cosas" y necesita ir a terapia. La manera en que lo dice, como si fuera algo vergonzoso, problemático, hace que Rin cierre la boca sobre las palabras que casi dice.

Sus compañeros de clase ya lo miran raro. "Rin-kun es intenso," escucha a una maestra decir. "Demasiado serio para su edad."

Rin ya es suficientemente raro. El niño que se toma los juegos de manera diferente al resto, el que salta de lugares altos como si no sintiera dolor. El niño que solo sonríe genuinamente cuando habla con Sae.

No necesita darles otra razón para hacerles  pensar que es un bicho raro.

Así que guarda los sueños como un tesoro secreto. Una caja de música que solo él puede abrir.

Los sueños se convierten en su secreto feliz. Algo solo para él.

A los diez años, Rin está seguro de dos cosas:

Uno: Ama a Sae más que a nada en el mundo.

Dos: En otra vida, tuvo otro hermano que lo amó de la misma manera.

No tiene pruebas. No tiene explicación lógica. Pero cuando sueña (y sueña casi todas las noches ahora) la conexión es tan real que duele.

La figura borrosa camina con él a través de mercados antiguos. Lo protege de peligros que Rin no puede nombrar. Le habla con una voz profunda que Rin siente más que escucha.

"Eres mi hermano más importante."

Y Rin, en el sueño, responde: "Lo sé, nii-chan. Tu también."

Se despierta y mira el techo de su habitación, con Sae roncando suavemente en la cama de al lado, y piensa: "Tuve suerte. Tener un hermano increíble en dos vidas."

Porque debe ser Sae, ¿verdad?

El hermano que lo entrena. Que lo empuja a ser mejor. Que es frío con todos excepto con Rin, quien ve destellos de calidez que nadie más recibe.

Tiene que ser Sae.

0000

A los trece años, Rin empieza a dudar.

Los sueños se vuelven más vívidos. Más específicos. Y la figura (su nii-chan de otra vida) hace cosas que Sae nunca haría.

Es sobreprotector de una manera casi enfermiza. Elimina amenazas antes de que Rin las vea. Se interpone entre Rin y cualquier cosa que pudiera lastimarlo, incluso cosas pequeñas.

Sae no es así. Sae es duro. Sae cree en forjar fortaleza a través del desafío.

Y hay otra cosa.

A veces, en los sueños, Rin ve sangre. Manchando las manos de su hermano. Goteando de heridas que deberían ser mortales pero que su hermano ignora.

"No importa," dice la figura borrosa. "Mientras tú estés a salvo."

Rin se despierta con el corazón acelerado, confundido.

Pero no dice nada. Todavía no dice nada.

Es su secreto. Su calidez. Su certeza de que, en algún lugar más allá de esta vida, alguien lo amó tan ferozmente que atravesó la muerte misma.

Tiene catorce años.

Y por primera vez conoce el dolor real.

La traición.

—Eres tibio, Rin.

Las palabras de Sae lo destrozan. Cada promesa que compartieron, cada sueño que construyeron juntos cenizas.

Rin cae de rodillas en la nieve. No puede respirar. El frío no es nada comparado con el hielo que se extiende por su pecho.

¿Por qué?

Ha dado todo. Ha sacrificado todo. Ha perseguido a Sae hasta el fin del mundo.

¿Y para qué?

Para esto. Para ser abandonado como un juguete roto.

Cierra los ojos porque no puede soportar ver a Sae alejarse

Sae se aleja, dejando a Rin arrodillado en la cancha como si fuera basura.

Y Rin entiende con una claridad brutal:

"El hermano de mis sueños nunca fue Sae"

Porque ese hermano, el que no podía ver, nunca lo abandonaría. Nunca lo llamaría tibio. Nunca destruiría sus sueños solo para ver cómo Rin se rompe.

Ese hermano moriría antes de dejarlo.

"Ya murió una vez," susurra algo en el fondo de la mente de Rin. "Y volvió a buscarte de todas formas."

Rin tiembla, y no es por el frío.

Entonces escucha pasos en la nieve.

Levanta la cabeza.

Y el rostro que ha estado borroso durante catorce años se vuelve totalmente claro.

Cabello oscuro atado. Marca de sangre atravesando su nariz y mejillas. Ojos que han visto demasiado, que llevan el peso de cosas que ningún humano debería conocer.

Pero Rin lo conoce.

Lo conoce en el lugar profundo donde viven los sueños y los recuerdos de vidas no vividas.

—Levántate,— dice el desconocido que no es un desconocido.

Su voz

Es la voz de los sueños. Profunda. Segura. Inquebrantable.

Rin intenta hablar pero no puede. Las lágrimas congeladas se pegan a sus pestañas.

El desconocido extiende una mano.

Rin la toma.

Y en el momento en que su piel se toca

La sangre canta.

Es como si cada célula en el cuerpo de Rin reconociera a este hombre. Como si su ADN mismo gritara: ¡HERMANO! ¡HERMANO! ¡HERMANO!

Los recuerdos de los sueños estallan con una claridad aterradora. Mercados antiguos. Festivales. Manos entrelazadas. Peligros enfrentados. Protección incondicional.

"Te protegeré. Siempre."

Y algo más algo oscuro y visceral que nunca estuvo en los sueños pero que Rin sabe es verdad:

Este hombre no es del todo humano.

Este hombre ha matado por él.

Este hombre lo haría otra vez sin dudarlo.

—Tú— La voz de Rin se quiebra. —Tú eres—

—Tu hermano,— dice el hombre, Choso, su mente susurra el nombre que nunca aprendió pero siempre supo—. En esta vida y en la anterior.

Rin debería tener preguntas. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué significa esto? ¿Vidas pasadas? ¿Sangre compartida?

No tiene sentido.

Y también...

Tiene todo el sentido del mundo.

Rin se aferra a la mano de Choso como si fuera lo único real en un universo que acaba de revelar que los sueños pueden sangrar en la realidad.

—No me dejes,— susurra, y no le importa sonar desesperado. No le importa sonar roto.

Sae lo dejó.

Pero este hermano (el que murió por él una vez, el que lo ha estado buscando a través del tiempo)

Este hermano dice: —Nunca. En esta vida, no fallaré.

Y Rin le cree.

0000

Choso lo levanta de la nieve. Rin tiembla, pero no de miedo.

De alivio.

De reconocimiento.

De algo más profundo que las palabras.

—¿Sangre?— pregunta Rin, sin saber de dónde vienen las palabras. Solo sabe que son correctas. Que esta conexión es literal. Que alguien los manipuló a ambos, los convirtió en algo más que humano.

—Sangre,— confirma Choso.

Y en ese momento, Rin entiende:

No importa que Choso sea extraño. Que sea medio monstruo. Que tenga ojos que han visto la muerte y manos manchadas con cosas que Rin no puede imaginar.

No importa que esta situación sea imposible, antinatural, algo sacado de una pesadilla.

Porque durante catorce años, Rin soñó con un hermano que lo amaba incondicionalmente.

Y ahora ese hermano está aquí.

Real. Sólido. Inquebrantable.

Rin no pregunta cómo. No pregunta por qué.

Simplemente acepta.

Toma la mano del hermano que lo encontró a través de la vida y la muerte.

Y no planea soltarla.

Nunca.

00000

En esta vida, alguien tocó su sangre. Experimentos que no recuerda. Manipulación que dejó una marca que solo otro como él puede reconocer.

En otra vida, compartió sangre con este hombre de una manera diferente.

En ambas vidas eran  hermanos.

Rin no suelta la mano de Choso.

No hace preguntas sobre cómo o por qué. No pregunta si esto es real o si finalmente se ha vuelto loco.

Acepta.

De la misma manera que aceptó los sueños. De la misma manera que su sangre canta reconocimiento.

Este es su niichan.

El que estuvo en sus sueños toda su vida. El que lo encontró incluso cuando las vidas se interpusieron. El que promete nunca irse.

Sae se fue.

Pero Choso está aquí.

Y Rin, roto, traicionado, con el corazón hecho pedazos, se aferra a esta nueva verdad imposible como si fuera lo único que lo mantiene cuerdo.

Tiene un hermano.

No Sae.

Choso.

Y no planea soltarlo.

No cuando Choso claramente no planea soltarlo tampoco.

La nieve sigue cayendo. El mundo de Rin sigue en ruinas.

Pero la mano de Choso es sólida en la suya.

Y los sueños, esos sueños secretos que nunca mencionó, finalmente tienen sentido.

El Niichan de los sueños nunca fue Sae.

Niichan siempre fue Choso.

Esperando. Protegiendo.

Incluso a través de la muerte.

0000

—¿A dónde vamos?— pregunta Rin mientras Choso lo guía lejos de la cancha nevada.

Choso no lleva a Rin a la casa Itoshi.

Sería una crueldad, regresar al lugar donde Sae probablemente aún esté desempacando, o peor, donde sus padres harían preguntas que ninguno de los dos puede responder.

En cambio, guía a Rin a través de calles silenciosas cubiertas de nieve hasta un edificio discreto en un barrio que la gente tiende a evitar sin saber por qué. (Hay una maldición de grado 4 en el callejón que Choso permite que permanezca allí y mantiene alejados a los curiosos).

El apartamento es espartano pero limpio. Una habitación principal con un futón enrollado en la esquina. Una pequeña cocina. Nada en las paredes. Nada personal.

Un lugar para descansar, no para vivir.

Hasta ahora.

Rin se sienta en el suelo, todavía temblando. No ha dicho una palabra desde que dejaron la cancha. Sus ojos, esos ojos color azul turquesa que son diferentes pero iguales, siguen siguiendo a Choso por la habitación.

Como si tuviera miedo de que Choso desaparezca.

—Tienes hambre,—dice Choso. No es una pregunta. Puede sentirlo a través de la conexión de sangre, el vacío en el estómago de Rin, la manera en que su cuerpo tiembla por más que solo frío emocional.

Rin parpadea. —Yo... no sé.

—Necesitas comer.

Choso no tiene comida aquí. No come mucho, su cuerpo es mitad maldición, sus necesidades son... diferentes. Pero Rin es humano. Rin necesita sustento.

Sale. 

Regresa veinte minutos después con bolsas de una tienda de conveniencia: onigiri, sopa instantánea caliente, té.

Encuentra a Rin exactamente donde lo dejó, sentado en el mismo lugar, mirando sus manos.

—Come,— ordena Choso suavemente, colocando la comida frente a él.

Rin obedece mecánicamente, llevándose el onigiri a la boca. Mastica. Traga.

Después del tercer bocado, algo en su postura se relaja. El calor de la comida, la sensación de algo normal y tangible lo ancla.

Termina todo. Cada grano de arroz. Cada gota de sopa.

Choso observa con satisfacción silenciosa.

"Bien. Mi hermano está alimentado."

Es Rin quien habla primero.

—Los sueños,— dice abruptamente, con la voz ronca. —Siempre tuve sueños. Desde que tengo memoria.

Choso se queda inmóvil.

—Japón antiguo,— continúa Rin, mirando sus manos. —Calles que no conozco. Comida que nunca he probado. Y tú. Siempre tú. Nunca podía ver tu rostro, pero sabía... sabía que eras mi hermano. Pensé— Se le quiebra la voz. —Pensé que eras Sae. Que los sueños eran sobre Sae y yo en otra vida.

Se ríe, pero es un sonido amargo y roto.

—Qué estúpido, ¿verdad? Resulta que el hermano que siempre me protegió en los sueños era otro. El real. Mientras que Sae-

—No es estúpido,—interrumpe Choso, y hay algo feroz en su voz que hace que Rin lo mire. —Me recordabas. A través de la vida y la muerte, me recordabas.

Se arrodilla frente a Rin, sosteniéndole la mirada.

—Rin. Mi hermano pequeño. Me recordabas.

Y oh

La expresión en el rostro de Choso es casi devastadora en su intensidad. Sus ojos, generalmente tan vacíos y muertos, están vivos con algo brillante y posesivo y desesperadamente feliz.

—Eso me hace el hermano mayor más afortunado que jamás haya existido.

Rin siente que algo en su pecho se aprieta.

—Niichan,— susurra, y esta vez la palabra no es de un sueño. Es real. Aquí. Ahora.

Choso sonríe. Es una expresión extraña en su rostro marcado, casi antinatural. Como si sus músculos no estuvieran acostumbrados al movimiento.

Pero es genuina.

—Sí,— dice simplemente. —Niichan.

0000

Luego de unos momentos Choso habla.

—Necesitas saber qué soy,—dice Choso después de un momento. —Qué es este mundo en el que ahora estás involucrado.

Rin se endereza, su atención absolutamente enfocada. Ese enfoque intenso que usa en el fútbol, ahora dirigido completamente a Choso.

Y Choso le cuenta todo.

Sobre las maldiciones, espíritus nacidos de emociones humanas negativas, invisibles para la mayoría, letales para todos. Sobre los hechiceros de jujutsu que las combaten. Sobre Kenjaku, el ser antiguo que lo creó a él y a sus hermanos, experimentos de sangre y maldición mezcladas.

Sobre sus nueve hermanos menores, los Cuadros de Muerte Pintados, aún no nacidos, esperando en algún lugar.

—Mi objetivo es encontrarlos,— dice Choso. —Liberarlos. Protegerlos. Es lo único que importa.

Se detiene.

—Era lo único que importaba. Hasta esta noche.

Mira a Rin directamente.

—Ahora también te tengo a ti.

Rin procesa todo esto en silencio. Su rostro muestra concentración, no miedo. No rechazo.

—Las maldiciones,— dice finalmente. —¿Son peligrosas?

—Extremadamente.

—¿Y tú las combates? ¿Las exorcizas?

—Cuando es necesario. Mi prioridad es proteger a mis hermanos. Pero sí, he matado incontables maldiciones.

Choso espera la retracción. El horror. El miedo.

En cambio, Rin frunce el ceño.

—¿Estás a salvo?

Choso parpadea.

—¿Qué?

—Ese mundo suena peligroso, niichan. Mucho más que cualquier cosa en el mundo normal.— Los ojos de Rin son intensos, preocupados. —¿Estás a salvo? ¿Te lastiman estas maldiciones?

Algo cálido y casi doloroso florece en el pecho de Choso.

Oh.

"Oh, mi hermano pequeño.

Mi dulce hermano pequeño está preocupado por mí."

—Soy fuerte, Rin,— dice Choso, y su voz es más suave de lo que ha sido en décadas. —Muy fuerte. Las maldiciones que podrían lastimarme seriamente son raras.

—¿Pero existen?

—...Sí.

Rin se muerde el labio, claramente insatisfecho con esa respuesta.

—Entonces tendré que asegurarme de que seas más fuerte,— dice finalmente, con esa determinación feroz que Choso reconoce de sus sueños, de su vida pasada. —No puedo perderte otra vez, niichan.

Otra vez.

Rin recuerda morir. O recuerda a Choso morir. O ambos.

Y Choso piensa: "Tengo al mejor hermano menor del universo entero."

Pero había algo que debía hablar.

—También te hicieron algo a ti,— dice Choso, cambiando de tema antes de que la emoción lo abrume. —La sangre que compartimos, no es natural. Alguien te experimentó, igual que a mí.

Rin frunce el ceño. —¿Experimentaron conmigo?

La mandíbula de Choso se tensa. —Sí. Alguien experimentó contigo. Puedo sentirlo en tu sangre. Pero eres humano, Rin. Completamente humano. No puedes ver maldiciones. No puedes usar técnicas de hechicería.

—Aún,— murmura Rin, recordando esa palabra específica de cuando Choso se lo mencionó antes.

—Aún, concede Choso.

Rin procesa esto. Debería estar furioso. Violado. Alguien lo tocó, lo cambió sin su permiso cuando era ¿qué, un bebé? ¿Antes de nacer?

—Eres humano,— dice Choso rápidamente, porque necesita que Rin lo sepa. —Completamente humano. No puedes ver maldiciones. No puedes sentirlas.

—¿Pero?

Choso duda.

—Cuando te toqué esta noche. Cuando nuestra sangre... cantó. Sentí algo.

Extiende su mano. Rin la toma sin dudarlo.

Choso cierra los ojos, concentrándose en la conexión. La sangre que fluye en las venas de Rin, tan similar a la suya pero fundamentalmente diferente. Marcada. Alterada.

—No puedes ser tocado por ellas,— dice finalmente, abriendo los ojos. —Las maldiciones. Es como... como si tuvieras una barrera. Inmunidad.

Rin lo mira fijamente. —¿Qué significa eso?

—Significa que eres humano normal en todos los aspectos, no puedes verlas, no puedes sentirlas, no puedes interactuar con ese mundo de ninguna manera.— Choso aprieta la mano de Rin. —Pero también significa que no pueden lastimarte. Podrían estar paradas a tu lado y no podrían tocarte. Es... extraordinario. Extraño. Nunca he visto algo así.

—¿Es por lo que me hicieron? ¿Quienquiera que experimentó conmigo?

—Probablemente. Aunque no sé qué intentaban lograr.— Choso frunce el ceño. —Tendré que investigar. Ver si Kenjaku tiene registros—

—Niichan.

Choso se detiene.

Rin lo está mirando con una expresión seria, casi adulta.

—No me importa quién me hizo qué o por qué. Solo me importa que ahora te tengo. Que estás aquí. Que eres real.

Aprieta la mano de Choso.

—Todo lo demás... lo descubriremos juntos, ¿verdad?

Y Choso, que ha estado solo durante tanto tiempo, que cargó el peso de proteger a hermanos que aún no han nacido, que vivió en las sombras cazando fragmentos de un pasado que apenas recuerda

Choso, por primera vez en esta vida, siente que tiene un hogar.

—Sí,— dice, y suena como un juramento. —Juntos.

 

 

—Hay algo más,— dice Choso después de un momento. Se ve... incómodo. Como si estuviera a punto de decir algo que ni siquiera él entiende completamente.

—¿Qué?

—Cuando te toqué. Cuando sostuve tu mano por primera vez.— Choso mira sus propias manos como si pudieran darle respuestas. —Sentí algo extraño en tu energía maldita. Bueno, en la falta de ella.

—No te sigo.

—Rin, no puedes ver maldiciones. No puedes sentirlas. Eso es normal para la mayoría de los humanos.— Choso hace una pausa. —Pero creo... creo que las maldiciones tampoco pueden tocarte.

Silencio.

—¿Qué?— dice Rin finalmente.

—Es solo una teoría. Tendría que probarlo para estar seguro. Pero cuando toqué tu piel, sentí— Choso busca las palabras. —una resistencia. Como si tu cuerpo rechazara activamente la energía maldita. No de manera violenta. Solo... no puede adherirse a ti. No puede afectarte.

—¿Inmunidad?— pregunta Rin lentamente.

—Quizás. Parcial, al menos.— Choso lo mira intensamente. —Los experimentos que te hicieron... quienquiera que fuera, te convirtió en algo que las maldiciones no pueden tocar fácilmente. Como si fueras repelente a ellas.

Rin procesa esto. —Entonces, ¿estoy a salvo? ¿De ese mundo?

—Más seguro que la mayoría,— admite Choso. —Pero no invulnerable. Los hechiceros siguen siendo humanos. Pueden lastimarte. Y no sé si tu inmunidad se extiende a técnicas de hechicería. Solo a maldiciones en sí.

—Interesante,— murmura Rin.

Y lo es. Alguien lo manipuló. Lo convirtió en algo extraño. Pero en lugar de darle poder, le dieron... ¿protección? ¿Invisibilidad para ese mundo oscuro?

Es casi irónico. Rin, que ha pasado su vida volviéndose más fuerte, más peligroso en el campo de fútbol, resulta que en el mundo sobrenatural, su mayor fortaleza es no poder ser tocado.

—No importa,— dice Rin finalmente. —Todo eso, las maldiciones, los experimentos, lo que sea que me hicieron—no cambia nada."

—¿No?

—No.—Rin mira a Choso directamente a los ojos. —Lo único que importa es esto: ¿Nos mantendremos juntos?

—Siempre— responde Choso sin dudarlo.

—¿Me protegerás?

—Con mi vida.

—Entonces está bien.— Rin se encoge de hombros. —Puedo vivir sin ver maldiciones. Tengo fútbol. Y ahora te tengo a ti.

Dice esto con tanta simplicidad. Tanta aceptación.

Como si descubrir que existe un mundo sobrenatural, que fue experimentado desde nacimiento, que su hermano es medio monstruo—

Como si nada de eso importara tanto como el hecho de que finalmente,
finalmente, el hermano de sus sueños es real.

Choso lo mira con una expresión que Rin no puede descifrar completamente.

Devoción. Posesividad. Ternura feroz.

—Rin,—dice Choso suavemente. —Prométeme algo.

—¿Qué?

—Si alguna vez estás en peligro, de maldiciones, de hechiceros, de cualquier cosa, llámame. No importa dónde esté. No importa qué esté haciendo. Llámame y estaré ahí.

—Lo prometo,—;dice Rin. Luego, más tentativamente: —¿Tú también me prometes algo?

—Cualquier cosa.

—No mueras.— La voz de Rin se rompe ligeramente. —Ya moriste una vez por mí, ¿verdad? En esa otra vida. No lo hagas de nuevo. No me dejes así.

Choso alcanza a Rin y, por primera vez, lo abraza.

Es un abrazo torpe. Choso claramente no está acostumbrado a este tipo de afecto físico. Pero sus brazos son fuertes y su agarre es inquebrantable.

—Lo intentaré,— susurra Choso contra el cabello de Rin. —Por ti, lo intentaré.

No es una promesa absoluta. No puede serlo, no con la vida peligrosa que Choso lleva.

Pero es suficiente.

Rin se queda dormido esa noche envuelto en la manta que huele vagamente a incienso y algo metálico que podría ser sangre.

Choso se sienta a su lado toda la noche, vigilante, protector.

Y cuando Rin sueña, por primera vez en catorce años, puede ver el rostro de su hermano claramente.

Sonríe en sueños.

En algún lugar, en la casa Itoshi, la habitación que Sae y Rin una vez compartieron  permanece vacía.

Pero Rin ya no está solo.

Nunca volverá a estarlo
.
.
.