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FINALES DE 2010
El invierno había llegado temprano a Luoyang.
El cielo, oscuro y nublado, hacía que diera la sensación de no haber amanecido del todo, aunque ya eran las ocho de la mañana. El aire frío se colaba por los marcos mal sellados de las ventanas del aula 2-B, donde el traqueteo de los calefactores apenas lograba calentar el ambiente.
Wang Yibo se sentaba, como siempre, en la última fila, junto al cristal empañado. A veces dibujaba con el dedo pequeñas figuras en la humedad, pero no duraban mucho. Como todo.
A su derecha se sentaba Chen Yu, que hablaba hasta por los codos, y delante, medio girado en la silla, estaba Gao Ming, que siempre llevaba el pelo alborotado.
—¿Hiciste los deberes de ciencias? —susurró Chen Yu sin mirarlo directamente.
Yibo asintió y deslizó su cuaderno unos centímetros hacia él. No dijo nada. No era que no quisiera hablar; simplemente a veces no sabía qué decir.
—Gracias —murmuró el otro.
No eran amigos de esos que se contaban secretos en el recreo, pero se sentaban juntos cada día, se pasaban apuntes y, a veces, compartían algunos dulces.
La voz del profesor de matemáticas resonaba en la sala como una lluvia fina: constante, gris, olvidable.
—Si dividimos tres cuartos por un medio, ¿qué obtenemos?
Nadie habló al instante. Yibo miró su cuaderno, fingiendo estar absorto en él, aunque ya había resuelto ese problema mentalmente. Lo había hecho antes incluso de que el maestro lo terminara de plantear.
—Wang Yibo —dijo el hombre de pronto—. Ven al frente.
Se quedó inmóvil por un segundo, como si su cuerpo no le obedeciera. Podía hacerlo, claro que sí. Sabía la solución, pero no era eso lo que le asustaba. Lo que temía era cruzar esas treinta filas de ojos que parecían afilarse con cada paso, el susurro inevitable, las risitas contenidas, algún comentario al pasar.
Se levantó al fin, sin decir palabra. Caminó al frente sintiendo el peso de cada mirada. Tomó la tiza, dibujó el procedimiento con letra desordenada y regresó a su asiento.
—Correcto —dijo el profesor.
Chen Yu le dio un pequeño golpecito en el codo, casi imperceptible.
—Siempre sabes las respuestas.
Yibo se encogió de hombros. Miró por la ventana. Afuera, una bandada de pájaros cruzaba el cielo gris formando una línea torcida.
Cuando llegó la hora del recreo, los tres salieron del aula con las mochilas colgadas al hombro.
—¿Vienes al patio? —preguntó Gao Ming.
—Luego —respondió Yibo.
A veces bajaba cinco minutos, lo justo para no desaparecer del todo. Pero aquel día tenía otra cosa en mente.
No estaba prohibido subir a la azotea, solo era un lugar que nadie solía frecuentar en invierno. Demasiado viento. Demasiado frío. Pero allí, él se sentía libre, pues era el único lugar donde podía practicar sin sentirse observado.
Subió las escaleras traseras y empujó la puerta oxidada. El aire golpeó su cara con fuerza. Se sentó en el borde bajo del muro y abrió su fiambrera. Arroz blanco, verduras salteadas, un trozo de huevo. Comía despacio, mirando la ciudad que se extendía más allá del edificio. Desde allí, todo parecía más pequeño, más manejable. Terminó, guardó todo y, solo entonces, sacó el móvil, se colocó los auriculares y dejó que la música tomase el control.
El primer golpe de ritmo le atravesó el pecho como una chispa.
Un, dos, tres, giro. Brazos arriba. Stop.
Repitió la secuencia. Luego otra vez. El suelo de cemento estaba frío bajo las suelas de sus deportivas, pero pronto dejó de notarlo. Su cuerpo entendía la música mejor que las palabras y, por un momento, se olvidó del aula, de las miradas, del profesor, de todos. Allí, solo con el cielo gris sobre su cabeza, era dueño de su mundo.
—¿Qué haces, bailarina? —aquella voz, cargada de burla, lo cortó en seco.
Se giró.
Tres chicos. De su clase. O quizás de una superior. No los conocía bien, pero uno de ellos —el más alto, con una bufanda roja mal enrollada al cuello— lo señalaba riendo.
—¿Éste no es el que se sienta al fondo? El que nunca habla. Mira cómo se mueve.
—Parecía como si le estuvieran dando descargas —rio otro, imitando sus movimientos de forma exagerada.
Yibo se quitó los auriculares sin decir nada. La música seguía sonando, amortiguada. La vergüenza, el frío y el miedo se mezclaban como una ola dentro de su pecho.
—Solo estoy practicando.
—¿Practicando para qué? ¿Para el circo?
Yibo no respondió.
—¿Vas a llorar, bailarina? —preguntó el de la bufanda, avanzando hacia él.
—Dejadme en paz —murmuró.
—¿Qué? No te oímos.
Intentó pasar entre ellos, pero uno se movió para bloquearle el camino.
—¿Ya te marchas? Venga, vamos, enséñanos otro paso.
Yibo lo empujó, no fuerte, pero sí con determinación.
—Aparta.
Hubo un instante de tensión. Uno de ellos se rio con sorna, pero no lo tocaron. Por alguna razón, lo dejaron pasar. Tal vez porque no se esperaban que reaccionara así. Tal vez porque alguien estaba subiendo por las escaleras y no querían meterse en líos.
Cuando llegó al baño, Yibo se encerró en uno de los cubículos. Se sentó en la tapa del inodoro, la música aun vibrando suave contra su pecho. No lloró. Pero tampoco volvió a la azotea durante unos días.
—Podéis decir lo que queráis —dijo, a nadie en particular—, pero no me voy a rendir. Cada vez que me caiga, me volveré a levantar.
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Esa noche, la casa estaba en silencio cuando entró.
El olor a sopa caliente aún flotaba en el aire, aunque la cocina estaba vacía. Sus padres no solían estar durante las noches. A veces llegaban muy tarde, cuando él ya dormía. Otras, simplemente no llegaban. Yibo dejó los zapatos junto a la puerta, encendió la luz de la cocina y encontró la nota de siempre sobre la mesa:
La comida está en la nevera. Calienta arroz. No te acuestes tarde y lávate los dientes.
Te quiere, mamá.
No era una casa triste. Solo era una casa ocupada por adultos cansados y demasiado atareados.
El bol de sopa humeante frente a él no hablaba. El arroz tampoco. Comió en silencio, los pies colgando de la silla, con la televisión encendida de fondo solo para no sentirse tan solo. Después lavó los platos y se fue a su habitación.
El ambiente allí era frío. Cerró la puerta, se puso el pijama y, antes de meterse en la cama, encendió su lámpara de noche. La luz tenue que parecía recrear una noche estrellada iluminó la habitación con suavidad.
No podía dormir sin ella.
Le daba miedo la oscuridad. Le asustaban los ruidos de la casa vacía: el chasquido del calentador, el viento contra las ventanas, el zumbido del refrigerador que a veces sonaba como si alguien respirara.
Mañana tengo educación física, pensó. Y el lunes el examen de ciencias.
Cerró los ojos. Abrió los ojos. La luz seguía ahí.
—Mamá, ¿vas a volver tarde otra vez? —murmuró en la oscuridad.
No hubo respuesta.
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Un par de noches después, cuando ya parecía que todo seguiría igual, se encontró a sus padres en casa. Era raro. Yibo incluso se sorprendió al ver a su madre en bata y a su padre hojeando el periódico con las gafas a punto de caérsele por la nariz.
Todo fueron movimientos rutinarios, hasta que Yibo habló.
—Mamá, papá… quiero presentarme a un concurso.
Su madre alzó la vista.
—¿Qué concurso?
—Uno de baile. Lo vi en internet. Van a hacer audiciones en Zhengzhou el mes que viene.
Su padre bajó el periódico, frunciendo el ceño.
—¿Baile? ¿Eso no era sólo un hobby?
—No para mí —respondió él, sin vacilar.
La frase flotó en el aire como un copo de nieve, sin saber dónde caer. Su madre dejó el bolígrafo. Yibo sentía el corazón en la garganta, pero no apartó la mirada.
—He estado practicando. Todos los días. Y he mejorado. Puedo hacerlo bien si me dais una oportunidad.
Ella lo miró largo rato y luego intercambió una mirada con su esposo. Nadie habló durante unos segundos.
—¿Estás seguro? —preguntó finalmente su madre.
Él asintió.
—Quiero intentarlo. Solo una vez.
Su padre suspiró y después lo observó con fijeza, como si lo estuviera evaluando.
—Entonces prepárate como si fuera la cosa más importante del mundo. Porque si vas… no es para hacer el ridículo.
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Esa noche, en su habitación, Yibo se colocó frente al espejo. El reproductor comenzó a sonar. Un ritmo pegadizo, rápido. El mismo que había practicado cientos de veces. Pero ahora no era un ensayo más. Era el comienzo de algo.
En el colegio nadie lo veía realmente. Pero algún día lo harían.
Y, para entonces, él ya estaría bailando en otro lugar. Bajo la luz encendida… de un enorme escenario.
