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El dragón que ardía por dentro

Summary:

Levi es el jefe de Eren, siempre ha estado a cargo de mucha gente y vive repleto de responsabilidades. No tolera las demoras, los incumplimientos de plazo y mucho menos la incompetencia. Eren está pasando una mala racha, presionado por no tener donde vivir, la falta de dinero, el estres laboral y mucho más, es una granada a punto de estallar, Levi quita el seguro sin querer y el caos se desata. Los resultados podrían ser traumáticos para la mayoría, pero Levi encuentra una emoción que hace mucho no lograba sentir: éxtasis.

One shot/Se sugiere Ereri/Violencia/Estres/Humor retorcido

Notes:

Hola, hola, Luna de Acero reportándose.

Aquí traigo este one shot que escribí para un taller de fanfiction que hice el año pasado. Ustedes que opinan: ¿debería darle más gasolina o mejor que quede aquí y libre a su imaginación? Esperaré sus devoluciones en los reviews, je.

Disfruten, amados lunaceros.-

Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son Isayama Hajime, se los pedí prestados un ratito.

Advertencias: No suelo escribir en el universo canon, porque puedo, además al diablo con las personalidades canon, esto es puro OOC, y si no te gusta, perfecto, puedes pasar de largo. Se desarrolla en el universo moderno, no hay contenido R18 (a que los sorprendí, jaja), pero hay cosas retorcidas y raras que tienen que ver con cosas que le pasan a Levi dentro de los pantalones, ajá. Hay mención de violencia, golpes, mal trato infantil, así que si son sensibles con estos temas no se los recomiendo. Eso sería todo, nos vemos!

Work Text:

PRIMER ACTO

Eren llegó al departamento de Armin con la dignidad de una bolsa de consorcio baqueteada: arrastrada, húmeda y a punto de desarmarse. Golpeó la puerta del 5to A con los nudillos temblorosos mientras se limpiaba la nariz con la manga, detalle anti higiénico que después negaría hasta la muerte, y el cigarrillo que casi se le caía de los dedos. Estaba tan mal que hasta se había olvidado que su amigo aborrecía el olor a pucho.

Armin abrió, de solo verlo ya se imaginó lo sucedido y se hizo a un costado para dejarlo entrar.

—¿Otra pelea con Mika? —preguntó sin mirar, porque la escena ya le resultaba familiar.

—N-No… —Eren hizo un ruido extraño entre un sollozo y una risita histérica—. Esta vez… es peor, muchísimo peor.

Armin levantó la vista. Eren estaba rojo, despeinado, con los ojos vidriosos y respirando como si hubiese corrido desde Ushuaia.

—Bueno, vamos al balcón antes de que me fumes la cortina —dijo con resignación, porque si algo lo caracterizaba era la paciencia ejercida por agotamiento.

Eren entró y se desplomó en uno de los silloncitos de ratán, como si el mueble fuera la única cosa en el universo que era capaz de sostenerlo. Se agarró la cabeza con las manos, tironeándose del pelo, y las palabras empezaron a salir atropelladas:

—La cagué, man. La recagué. La archi mega cagué. No hay forma de que esto termine bien. Fue un impulso del orto, te juro que no pensé en nada, me salió de los huevos. No doy más, me va a dar un ACV del estrés. De todas las cosas que podían salir mal, esta es la peor.

—Eren —interrumpió Armin, con voz plana—. ¿Mataste a alguien?

Nunca se podía estar seguro con este chico.

—¡No! —largó ofendido—. Pero… ¿casi?

Armin parpadeó. Dos veces. Tres. Inspiró despacio y trató de encontrar la mejor manera de preguntar lo que no quería, pero no quedaba de otra.

—¿Qué?

Eren aspiró una bocanada rápida del cigarrillo, tosió, y prosiguió:

—El Dragón… el tirano… bueno, tan tirano no, pero vos viste como es —gesticulaba tanto que la ceniza cayó en su propio zapato.

—Ajá, tu jefe, ¿qué hiciste?

—Me presionó todo el día, Ar. TODO el putísimo día. Vos conocés lo que me pasa, estoy mal, ¿viste?, con lo del departamento y lo de Mi-, quiero decir, mi ex. Y que no encuentro nada, que no sé qué poronga está atrasada, y que los papeles del año del ñaupa donde carajos están, y que los busque en el subsuelo, en, en… —se quedó mirando un punto fijo a la nada y a los dos segundos volvió a retomar—, no están escaneadas esas carpetas, están en ese depósito del orto. Ahí me mandó el cajetudo y tuve que ir, o sea. Vuelvo, le digo que no están, y ya sentía que me latía un poco el ojo ¿no? Y el hijo de puta dragonudo dice que vamos a bajar y que si él los encuentra a los papeles me voy a tener que quedar a hacer otras extras, un viernes a las seis de la tarde, ¿entendés? Yo solo quería irme a la mierda de ahí a tirarme de un puente porque no sé donde mierda voy a ir a vivir. Entonces, fuimos…

—¿Qué hiciste, lo prendiste fuego? —Armin lo decía en serio. Era una posibilidad real con Eren.

—¡No! —Eren abrió los ojos a su máxima capacidad—. Yo, eh, lo agarré del cuello, lo, lo acogoté digamos.

Armin lo miró con una calma que solo se obtiene tras años de escuchar anécdotas salvajes, aunque esta se llevaba el podio número 1, al desterrar la del hámster en la olla (Eren pensó que estaba muriendo y lo quiso revivir).

—¿Del cuello?

—Y sí, del cuello, ¡no va a ser de la chota! Puta madre, lo le-levanté del piso, broh, así en el aire. Y, y lo estampé contra la pared. Le grité, ya no me acuerdo lo que dije, pero fue una tracalada de insultos. Creo que se escuchó afuera. No sé, no sé, hay cámaras por todos lados, Ar, si me denuncia me meten en cana —dicho lo cual volvió a llorar en silencio y prendió otro cigarro mientras atajaba las lágrimas con la puntita de la lengua.

Armin miró hacia arriba, pensando, procesando el cataclismo.

—Bueno, a ver, yo diría que, esto es un movimiento de carrera interesante.

Eren no se rio, lo que quería decir que estaba entrando en un pozo depresivo importante.

—Me van a echar, cómo mínimo y con causa, así que no voy a cobrar ni un mango. Me van a echar, el lunes. ¿Y dónde voy a ir? Mika me quiere denunciar si no me voy del departamento antes del diez de este mes. No tengo a dónde caerme muerto. Soy un desastre. No sé porqué hice eso, la embarré, encima si el dragón de mierda me mete una denuncia, chau, se junta con la de Mikasa y listo, delincuente completo.

—Bueno, mirale el lado positivo, broh, si vas a la cárcel ya tenés arreglado lo de la estadía, ¿no?

El rubio le ofreció una cerveza. Era su manera de decir te quiero, pero también necesito anestesiar mi sistema nervioso para lidiar con vos. Eren sollozó un poco, y Armin se levantó para ir a traer pañuelos de papel tissue.

—Tomá. Tranquilízate, ¿querés? No digas que no tenés donde caerte muerto, podés venir acá y quedarte uno o dos meses hasta que las cosas se tranquilicen, ya te lo había dicho.

—Nah, ¿qué voy a venir acá? Tu novio me odia, me va a terminar acuchillando, tch.

Eren tomó un trago largo. Lloró un poco más. Fumó otro cigarrillo. Y terminó derrumbándose entre palabras inconexas hasta que Armin, con su infinita diplomacia natural, lo mandó a bañarse porque “olés a una ansiedad importante, digamos”.

 

 

 

 

SEGUNDO ACTO

Ese mismo viernes, unas horas después del incidente, Levi llegó a su departamento. Cerró la puerta con la misma precisión con la que firmaría una sentencia judicial. Todo en él respiraba control.

Excepto su cuello.

Se lo miró en el espejo del baño: cinco marcas. Nítidas. Simétricas. Como una obra de arte hecha con nervios rotos y desesperación humana. Pasó un dedo sobre una de las marcas. Sintió un pequeño latido y no en su pecho. Un calor inusual. Se quedó admirándolas más tiempo del necesario. El calor comenzó a esparcirse.

Se quitó la ropa, la dejó en el canasto y se metió al baño, cerró la puerta con suavidad, como si incluso el aire debiera pedirle permiso para moverse dentro de su casa. Como si alguien fuer a quejarse por hacer demasiado alboroto.

El departamento donde vivía era un culto a la simetría, superficies lisas, líneas rectas, colores fríos. Nada fuera de lugar. Nada que vibrara demasiado alto. Nada que recordara a un hogar con gente dentro. Solo él, la luz blanca y un orden casi quirúrgico.

Volvió a mirarse en el espejo. Su reflejo no decía nada, pero las marcas en el cuello hablaban por él: cinco huellas rojizas, ligeramente oscuras en las comisuras, perfectamente reconocibles como dedos. Eren tenía manos grandes. No lo había notado hasta hoy.

Levi pasó dos dedos sobre una de esas marcas y sintió una punzada sutil, un eco. No de dolor. Más bien de… presencia. Un recordatorio físico de que por un instante alguien lo había visto realmente. No como jefe, no como el Dragón, no como figura de autoridad sino como algo vivo.

Levi se permitió tocarse, porque eso era algo malo, no era digno de alguien como él, que mantenía todo en estricto orden. Pero ese calor, cerró los ojos y sus dedos fríos se cerraron en torno a su virilidad. Estaba duro, como hacía mucho no lograba estarlo, apretó los dientes. No duró nada, en segundos su semen estaba goteando en el lavamanos.

Tomó una ducha, limpió todo con su obsesión de siempre, luego se miró de nuevo al espejo, como si tuviera miedo de que las marcas hubiesen desaparecido. Se apartó del espejo con un suspiro diminuto, disciplinado, y caminó a su cocina, a prepararse un té negro con la misma rutina que cualquier día común.

Agua justo antes del hervor, dos minutos exactos de reposo, sin azúcar. Su mano no tembló. Pero sí se movió más rápido de lo habitual, como si una parte de él no quisiera esperar ni un segundo más para volver a tocar las marcas.

Apoyó la taza sobre la mesa blanca del comedor, que parecía más una mesa de laboratorio, y se quedó de pie, inmóvil, mientras el vapor ascendía. Ese vapor le recordó otras cosas. Otros años. Otros ardores.

Su madre siempre olía a desinfectante y a urgencia. Una jueza exhausta, de voz firme, gestos medidos y poco hogar en la mirada. Cuando él era niño, su casa tenía el mismo aire clínico que ahora tenía la suya. Y él, chiquito, ordenadito, demasiado quieto, pasaba desapercibido.

IN-VI-SI-BLE.

Hasta el día en que, con torpeza absolutamente premeditada, tiró al piso el adorno preferido de su madre: un jarrón que había pertenecido a su abuela. El sonido fue un estallido perfecto, casi musical. Levi lo recordaba mejor que su propio cumpleaños.

Su madre apareció en cuestión de segundos. No corriendo, no. Pero con una presencia tan contundente que por primera vez él sintió que todo el universo lo estaba mirando.

—¿Qué hiciste, Levi? —le había preguntado con esa voz que no tenía espacio para ternura.

Él no contestó. No por culpa, sino porque por primera vez no quería que el momento terminara. La cachetada llegó rápido. Un golpe certero. Corto. Preciso.

Y él había sentido algo parecido a un despertar: un zumbido interno, un calor inesperado, un latido que no coincidía con el dolor, sino con la fascinación de tenerla ahí, por fin, enteramente concentrada en él.

No repitió la travesura —no hacía falta—. Bastó esa chispa para que su cerebro infantil aprendiera una ecuación peligrosa: la atención llega cuando algo se quiebra.

Desde entonces, todo vínculo cercano se volvió un rompecabezas. Probó relaciones normales: un par de novias, intentos tibios de afecto convencional. Pero siempre terminaba actuando como un niño ejemplar, asfixiado por la idea de ser “perfecto”. Y tarde o temprano, ellas se aburrían o él se vaciaba.

Nada se movía dentro de él.

Nada lo tocaba.

Nada lo despertaba.

Hasta aquella noche en ese bar de mala muerte, hacía años, cuando un tipo borracho se plantó frente a él, tambaleándose, gritándole cosas sin sentido. Aunque Levi no había sentido miedo. Había sentido algo más parecido a… electricidad. Como una estatua al que le empiezan a trepar pequeñas grietas.

El borracho no llegó a ponerle un dedo encima —el dueño y un empleado lo detuvieron a tiempo—, pero con ese instante bastó para que Levi reconociera la sensación: la misma chispa antigua. La misma atención intensa que le hacía el mundo más nítido. Como si por un segundo hubiera dejado de estar adormecido.

Esa noche entendió algo que nunca se animó a decir en voz alta: hay momentos que no se buscan, pero que lo buscan a uno. Y ahora, frente a su té negro, con el cuello marcado por Eren, la chispa volvía a arder.

No de forma violenta.

No de forma obvia.

De forma íntima, punzante, y clara.

Recordó el instante exacto en que Eren perdió el control, los ojos vidriosos de rabia, los dedos cerrándose alrededor de su cuello, el golpe de su espalda contra la pared. Recordó el sonido del aire escapando de sus pulmones. Su corazón había latido de una forma distinta. No por miedo. Bueno, no del todo. Algo en Eren, su desborde, su desesperación, su impulso bruto e imperfecto, había encajado de forma incómoda y precisa en el mismo hueco que llevaba años sin llenarse.

Levi bebió un sorbo de su té, todavía de pie, como si no pudiera permitirse la quietud total. No sonrió. Pero la expresión de su rostro se suavizó sutilmente, como quien encuentra una página perdida de un libro que creía incompleto. Lo más curioso, o lo más inevitable, era esto, no quería que fuera un evento de una sola vez.

Quería volver a sentir esa presencia, esa tensión, ese momento en que Eren, justo él, torpe, colapsado, frustrado, lo había mirado como si quisiera romperlo. Sintió que se hinchaba de nuevo, ja, eso era nuevo, nunca había sucedido dos veces seguidas.

Ahí, en medio de su casa perfectamente ordenada, tuvo un pensamiento muy sencillo, pero inmensamente revelador. Necesitaba volver a sentir “eso”.

 

 

TERCER ACTO

El lunes, Eren se presentó en la oficina dispuesto a entregar su renuncia emocional, su cabeza en bandeja y su alma en cuotas. Caminó por el pasillo como quien va al patíbulo. Se sentó frente a su computadora, titubeó antes de encenderla, casi en automático, porque era obvio que lo iban a llamar en cualquier momento a la oficina de RRHH donde de seguro ya estaría esperándolo la escribana, y que agradeciera que hasta el momento no se había presentado la policía. El monitor parpadeó, lento, como burlándose.

Había mensajes. Varios. Demasiados. Todos del dragón, o sea de Levi, su jefe.

Todos con el tono habitual de “deberías haber hecho esto hace tres días, Eren”.

“Revisá el archivo del Sector 9.”

“Tenés pendientes esto desde el jueves.”

“Completá el informe de ingresos antes de las 10.”

Ni una palabra sobre el intento de homicidio laboral.

Ni.

Una.

Sola.

Eren quedó congelado, el cerebro tratando de reiniciarse sin éxito. ¿Sería una trampa? De pronto sintió escalofríos a su espalda. Levi había pasado por detrás, sin mirarlo.

Se puso a hacer las cosas, con las manos frías, la sien llena de perlitas de sudor, cagado en las patas, seguro que en cualquier momento lo iban a echar.

Las doce del mediodía, nada. Mirko se acercó a su puesto y le contó que el finde había estado en un recital de no sabía qué, estaba tan nervioso que no podía entender lo que le decía el otro y solo asentía como un robot.

—Ah, cierto, el dragón te busca, me dijo que te avise hace como diez minutos, perdón, colgué, ja ja. Andá antes que te venga a buscar.

El dragón. Ese apodo le quedaba como anillo al dedo, en una juntada de compañeros donde el alcohol los había ablandado un poco había sido él el que había iniciado el uso. “El jefe es como un dragón, cada vez que abre la boca es para quemarte”. Todos le habían festejado el chiste y luego fue de boca en boca y ya era habitual la referencia.

Eren miró de reojo por la puerta hacia el interior. Levi le sostuvo la mirada, estaba serio, no parecía enojado, pero tampoco contento, o sea, como era habitualmente.

—Buenos días —le dijo, como si lo del viernes no hubiese existido.

Eren emitió un sonido similar al de un gatito electrocutado y con el poco coraje reunido entró, sentía un nudo en la garganta, ¿y ahora qué? ¿Pedir clemencia?

El Dragón siguió de largo, imperturbable. Estaba oficialmente en el completo desasosiego.

Pero sabía, en un lugar privado y cuidadosamente clausurado de su mente, que dentro de él algo no estaba donde lo había dejado el viernes.

Eren le lanzó una mirada rápida, tensa, como si esperara ver odio, juicio o el preámbulo de un despido. Pero lo que encontró fue: Normalidad. Un lunes horriblemente normal. Tragó saliva.

Levi, en cambio, lo observó de reojo muy sutilmente mientras caminaba hacia la máquina de café en cápsulas que tenía en su despacho, como quien evalúa un objeto nuevo que todavía no quiere tocar para no destruir el empaque.

Su oficina era una cápsula de orden: papeles alineados, lapiceras en su vaso metálico, un pequeño bonsái que llevaba cinco años sin crecer ni un centímetro. Tal vez por respeto. Levi cerró la puerta y luego apoyó las manos sobre el escritorio.

Su mente volvió al viernes. A la pared fría del subsuelo. Al instante exacto en que los dedos de Eren se cerraron alrededor de su cuello.

A esa sensación casi… hipnótica de ser el centro absoluto de la desesperación de otro ser humano. No por crueldad. No por venganza, sino una reacción completamente despojada de toda diplomacia. Un hombre con el instinto explotando sin control.

Un calor extraño se acumulaba bajo el esternón. El subordinado tragó saliva.

—Son las doce, Eren —dijo sin quitarle los ojos de encima y dejando pausas calculadas, notando la vena del cuello de su empleado tensa por el momento. Que aburrido, volvía a tener el control.

—¿S-sí?

—Y no tengo el informe de las diez. ¿Qué medidas se supone que deba tomar? A ver, decime, ¿vos qué harías en mi lugar?

Ajustó su corbata.

—Se-señor Ackerman… —empezó, y ya la voz le temblaba— yo, yo quería, eh, hablar, o sea, más bien dis-disculpar-me por, por lo de lo del viernes.

Levi lo observó en silencio un rato, llevó una mano a su cuello y con el índice deslizó la semipolera, que se había visto en la obligación de ponerse debajo de la impecable camisa celeste, para mostrar un trozo de su blanca piel donde aún quedaban vestigios de la casi ahorcada. Eren abrió los ojos y comenzó a hiperventilar. Con tranquilidad, Levi sacó una bolsa de papel y se la encajó en la boca.

—Calmate, respirá ahí dentro —lo miró con la concentración de un cirujano examinando un órgano raro—. ¿Qué fue lo que pasó el viernes que merece que te pongas así?

Eren se congeló, cuando pudo respirar medianamente bien, estuvo boqueando un rato hasta poder decir algo. La tensión era una barra de manteca en la que ambos estaban incrustados.

—Yo… bueno… yo… —se tocó el pecho, buscó palabras en el aire— yo co-cometí un error. Un, un accidente. Me desbordé. Fue imperdonable, lo sé, ya reflexioné un montón. Y entiendo que, que me tengas que despedir. Así que, mal que me pese, vengo a decirte que lo acepto. No quiero problemas, así que no sé si se puede, eh, eh, ¿llegar a un acuerdo? ¿Por favor?

Levi parpadeó, lento. Luego agarró la taza con el moka que había preparado la máquina recién y apoyó la taza en su escritorio.

—¿Despedirte? —preguntó, como si Eren hubiera dicho que pensaba mudarse a Marte.

—¿Sí? —susurró el otro—. O sea, por… eh —hizo la mímica con las manos como si agarrara algo en el aire.

Levi lo consideró un momento. No iba a fingir olvido, tampoco convenía minimizar el evento, mucho menos iba a dramatizar.

—Ah, “eso”. Bueno, ya hablamos del pendiente del Sector 9, creo que fue el primer email que te mandé hoy. Está atrasado. ¿En qué parte de ese trabajo vas?

Eren parpadeó. No supo qué responder. Levi lo miraba con calma, pero era una calma tan precisa, tan afilada, que sintió una enorme presión y el corazón comenzó a latirle con rapidez. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué se suponía que dijera? La confusión lo abrazó con fuerza.

El empleado hizo un sonido casi inaudible, mezcla de confusión y desamparo.

—Je-jefe… ¿de verdad no vamos a hablar de …?

—Del Sector 9, Eren, focus, ¿puede ser? También necesito que hablemos del informe y de los atrasos, especialmente.

Eren abrió y cerró la boca varias veces, inútil. Levi suspiró, hastiado y cruzó sus brazos sobre el pecho, sin dejar de taladrarlo con esa mirada de arpía que a veces tenía, le dijo con severidad:

—Lo del viernes no va a mejorar ni empeorar tu trabajo —soltó con una naturalidad escalofriante—. Pero lo de los atrasos, eso sí que puede afectarte. Así que, yo que vos, volvería a mi escritorio y terminaría lo antes posible, ¿quedó claro?

Eren salió tambaleando. Había entrado con miedo a ser despedido. Y ahora se iba con miedo a que no lo hubieran despedido. Las dos cosas eran igual de inquietantes. No, la segunda era peor, ¿o sí? ¿O no?

Cuando Eren desapareció por la puerta, Levi bajó la mirada a la taza de café aún intacta, la acercó a sus labios y sorbió un trago. Sentía su pulso interno más rápido de lo normal, la tensión de su miembro dentro de sus pantalones hinchándose de gusto, pero se controló, como siempre.

Los dedos de Eren habían dejado un camino entre carmesí y marrón, más las que ahora sentía, no eran visibles. Eran otras. Profundas. Persistentes. Que ardían.

Y sí… quería que se repitiera. Aunque no de forma caótica, ni TAN espontánea, algo un poco más organizado. Definitivamente quería volver a sentir esa tensión pura, esa energía cruda que había visto en Eren, ese cosquilleo delicioso por debajo del ombligo. Esa honestidad tan desesperada que solo ocurre cuando alguien pierde los estribos. Necesitaba volver a ser el centro de su atención, y también su fuerza, por supuesto.

Volvió a ajustar su corbata, mientras sus pensamientos comenzaban a recrear el próximo ahorcamiento. Se permitió un bocado de audacia, absolutamente imprudente y deliciosamente tentador.

—Quizás esta vez… no tengamos que esperar tanto.