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Polvo de Estrellas

Summary:

Las memorias del Primer Hombre .

Se podría llamar una precuela del fanfic "Desiciones y Consecuencias"
Centrada en el perspectiva de Adam

Chapter 1: Memorial Celestial

Chapter Text

Habían pasado unas décadas desde que Adán murió, desde que llegó al cielo y se separó de Eva .

Este no era un lugar que muchos visitaran.

Estaba escondido en los confines del Cielo—más allá de las ciudades doradas donde los ganadores cantaban himnos eternos, más allá de los jardines perfectos donde los Querubines cuidaban flores que nunca marchitaban, más allá de donde la mayoría de los ángeles se aventuraban.

Aquí, el aire era diferente.
Más frío. Más quieto. Como si el propio Cielo contuviera la respiración en reverencia.

El cielo no era azul brillante ni dorado radiante.
Era negro aterciopelado.

Un vacío profundo e infinito, salpicado con miles—millones—de estrellas que brillaban con luz suave y constante. Algunas eran pequeñas como chispas distantes. Otras eran grandes como soles en miniatura, pulsando con colores que no tenían nombre en ningún idioma mortal.

Doradas. Plateadas. Carmesí. Azul glacial. Verde esmeralda.

Cada una diferente.
Cada una única.
Cada una... alguien.

El pasto bajo los pies de Adán no crujía como pasto normal. Brillaba levemente con luz propia—hebras plateadas entretejidas con doradas, creando un campo que parecía hecho de luz de luna tejida. Cuando caminaba, la luz se ondulaba suavemente bajo sus pasos, como si el campo mismo respondiera a su presencia.

No había sonido.

Ni viento. Ni pájaros. Ni voces distantes.
Solo silencio.

Un silencio cargado con el peso de millones de vidas recordadas, millones de sacrificios honrados.

Era como estar dentro de una catedral antigua.
Sagrada. Intocable. Eterna.

Adán caminó lentamente por el campo, sus pasos amortiguados por el pasto.

En sus manos sostenía un ramo de rosas.

Blancas. Perfectas.

(Nada moría realmente en el Cielo, pero estas flores... estas eran especiales. Las había cultivado él mismo.)

Se detuvo frente a una estrella en particular.

Pequeña comparada con las demás.

Pero brillante.

Pulsando con luz dorada cálida.

—Hola, viejo amigo —murmuró, arrodillándose.

Colocó las rosas suavemente en el pasto debajo de la estrella.

—Han pasado... ¿cuánto? ¿Siglos? Pierdo la cuenta.

Se sentó, cruzando las piernas, mirando hacia arriba.

—Sigues brillando tan fuerte como siempre.

La estrella pulsó—casi como si respondiera.

Adán sonrió tristemente.

Recordaba ese día.

Cuando su mascota—un lobo pequeño que Samael había creado especialmente para él—había muerto.

Adán había estado destrozado.

No entendía la muerte entonces.

No sabía qué significaba que algo dejara de existir.

Y Samael...

Samael lo había tomado de la mano con gentileza infinita.

Lo había llevado aquí.

A este lugar que Adán nunca había visto antes.

"No desaparece realmente," Samael había dicho, voz suave como luz de luna. "Mira."

Había extendido sus manos, y la esencia del lobo—pura energía dorada—había flotado entre sus palmas.

"La energía nunca muere. Solo cambia de forma."

Había sonreído—esa sonrisa brillante que hacía que todo pareciera posible:

"Y yo puedo darle nueva forma. Una que brille para siempre."

Había lanzado la energía hacia el cielo.

Y una nueva estrella había nacido.

Pequeña.

Dorada.

Pulsando con vida.

"Ahora," Samael había dicho, poniendo su mano en el hombro de Adán, "nunca estará realmente ido. Siempre estará allí. Brillando. Recordándote que existió. Que importó."

Adán había llorado.

Pero eran lágrimas de alivio.

De gratitud.

De comprensión.

Y desde entonces—

Cada vez que sentía el peso del tiempo, el peso de la pérdida—

Venía aquí.

A hablar con una estrella que una vez fue su amigo.

—Las cosas han cambiado mucho —Adán murmuró ahora, milenios después—. Sabes... Sam... Ese tipo ...él...

Se detuvo.

Porque incluso ahora, después de todo, era difícil decirlo.

—Cayó.

La palabra salió apenas como susurro.

— Fue desterrado... Y yo... yo lo odio por eso. Por tomar a Lilith. Por tentar a Eva. Por arruinar todo.

Hizo pausa:

—Nunca pensé que podría ser capaz de eso...

Su voz se quebró mínimamente:

—También lo extraño. Al ser que conocí. Al que me mostró este lugar. Al que me enseñó que la muerte no es el final.

Cerró los ojos:

—¿Eso me hace débil? ¿Extrañar a alguien que me traicionó?

La estrella pulsó suavemente.

Como si dijera: "No. Te hace humano."

Adán sonrió triste, se quedó un momento sentado junto a su viejo amigo, disfrutando de la quietud del lugar .

—Pensé que nadie visitaba este lugar.
Adán se congeló.

Esa voz—

Su corazón dio un vuelco violento, y por un latido—un momento cruel e imposible—creyó ver a él.

La misma altura. El mismo cabello rubio dorado. La misma presencia que llenaba el espacio sin esfuerzo.

Samael.

Pero entonces enfocó, y la ilusión se rompió.

Los ojos—azules como cielo de verano, no carmesí.

La postura—más rígida, más controlada, como soldado en vigilia eterna.
Las alas—seis pares perfectos y pristinos, sin rastro de destrucción.

No era Samael.
Era Michael.
El gemelo mayor.
El Comandante de las Huestes Celestiales.

Y lucía... exhausto. Como si hubiera cargado el peso de mil guerras y no hubiera dormido desde entonces.

En sus manos sostenía un ramo de lirios blancos, sus pétalos perfectos pero con bordes levemente marchitos—como si hubieran sido sostenidos demasiado tiempo, demasiado fuerte.

—Su Alteza —Adán dijo rápidamente, poniéndose de pie y inclinándose formalmente.

Detrás de Michael, otra figura emergió de las sombras.

Azrael.
El Ángel de la Muerte.
Sus túnicas oscuras se fundían con el cielo negro, haciéndolo parecer parte del vacío mismo. Pero sus ojos—plateados como luz de luna—brillaban con gentileza antigua.

En sus manos sostenía rosas negras, las únicas flores que crecían en sus propios jardines—jardines donde la vida y la muerte se entrelazaban en ciclos eternos.

Azrael sonrió suavemente, inclinando su cabeza:

—No es necesaria tanta formalidad, Adán. Este es un lugar de recuerdo. De honestidad.

Gesticuló vagamente hacia el campo de estrellas:

—Las máscaras no tienen poder aquí.

Michael asintió silenciosamente en reconocimiento, caminando hacia adelante.

Pasó junto a Adán sin mirarlo directamente.

Se detuvo frente a una constelación particular—siete estrellas arregladas en patrón que parecía casi... protector.

 

Michael se arrodilló lentamente, como si cada movimiento le costara. Sus manos—normalmente firmes, controladas—temblaban levemente mientras colocaba los lirios.

—Hermanos —murmuró, voz tan baja que Adán apenas la escucho.

Azrael se unió a él, colocando las rosas negras junto a los lirios.

Ambos se quedaron allí en silencio por largo momento. Con semblantes solemnes y llenos de algo que Adán no pudo distinguir...
Sin embargo le recordó mucho a el.
Tenía la misma expresión cuando lo trajo aquí la primera vez .

Finalmente, Azrael se volvió hacia Adán, inclinando su cabeza levemente:

—¿Cómo conoces este lugar, pequeño Adán?

Adán parpadeó, sorprendido por la pregunta:

—Sam... El me lo mostró. Hace mucho tiempo.

Michael se tensó visiblemente.

Su mandíbula se apretó.

Pero no dijo nada.

Azrael, en cambio, rio—suave, melancólico:

—Por supuesto que lo hizo.

Miró hacia la pequeña estrella dorada donde Adán había dejado sus rosas:

—¿Tu mascota?

Adán asintió:

—Murió cuando yo era... joven. Nuevo. No entendía qué significaba la muerte.

Hizo pausa:

—Me trajo aquí. Me mostró que... que no desaparece realmente. Que la energía solo cambia de forma.

Miró hacia Michael, algo en su pecho apretándose:

—Me dio consuelo cuando más lo necesitaba.

Michael cerró los ojos brevemente, algo doloroso cruzando su expresión.

Adán reunió coraje y preguntó lo que había querido saber durante siglos:

—¿Qué es este lugar exactamente? Sam... él nunca me explicó completamente.

Se detuvo antes de decir el nombre completo. Algo en su garganta se cerró.

Michael y Azrael intercambiaron una mirada—breve, cargada de algo que Adán no pudo descifrar.

Finalmente, Azrael habló, su voz tomando calidad de narrador antiguo:

—Algunos humanos creen que cuando mueren, se convierten en polvo de estrellas.

Gesticuló hacia el campo brillante:

—Y eso no es del todo mentira.

Caminó lentamente entre las estrellas, su túnica oscura arrastrándose por el pasto luminoso sin hacer ruido:

—Cuando la esencia de un alma se dispersa—cuando ya no puede mantener forma—no se convierte en nada.

Hizo pausa, mirando hacia arriba con reverencia:

—En cambio, vuelve a la Creación. Se convierte en energía que fluye por el cosmos. Parte del tejido fundamental de la realidad.

Se detuvo frente a una estrella particularmente grande y brillante—carmesí profundo con vetas doradas:

—Pero a veces... a veces esa energía puede ser moldeada. Dada forma. Convertida en algo hermoso.

Miró hacia Adán:

—Eso es lo que él hizo con tu amigo. Tomó su esencia y la transformó en estrella. Para que brillara eternamente. Para que nunca fuera olvidado.

La expresión de Michael se ensombreció, algo antiguo y doloroso cruzando su rostro.

Pero cuando habló, su voz salió sorprendentemente suave—casi quebrada:

—En aquel entonces... muchos de nuestros hermanos murieron.

Adán parpadeó:
—¿Aquel entonces?

Michael cerró los ojos brevemente, como si las palabras le costaran:

—La guerra con Roo. Antes de que la Creación fuera completada. Antes de que tú—antes de que la humanidad—fuera siquiera planeada.

Su voz tomó peso antiguo:
—Luchamos contra la Raíz de Todo Mal. Contra el caos primordial que existía antes del orden.

Hizo pausa, mirando hacia la constelación de siete estrellas:
—Y ganamos. Pero el costo..
.
Gesticuló hacia el campo inmenso:
—Muchos cayeron.

Azrael continuó, voz gentil pero cargada de melancolía:
—No solo a manos de Roo, pequeño Adán. Sino también a las nuestras.

Adán sintió algo frío deslizarse por su columna.

—¿Qué quieres decir?

Michael abrió los ojos, y había dolor antiguo en ellos—dolor que nunca había sanado:
—Una vez que alguien es infectado por Roo completamente... una vez que la corrupción se extiende más allá de cierto punto...

Su mandíbula se apretó:
—La única manera de salvarlos es darles el descanso eterno. Devolverlos al cosmos antes de que sean consumidos completamente.

Su voz se quebró mínimamente:
—Es misericordia. La única misericordia que podemos ofrecer.

Azrael puso una mano suave en el hombro de Michael—un gesto de consuelo antiguo, repetido mil veces a lo largo de milenios.

Luego miró hacia Adán:
—Y Sam... Samael—

La forma en que dijo el nombre era como pronunciar el nombre de alguien muerto.
Reverente. Doloroso. Final.

—Samael se ofreció voluntario para transformarlos.

Miró hacia el campo de estrellas con expresión de reverencia:
—Usó su energía—su propia esencia—para convertir a nuestros hermanos caídos en estrellas. Para que iluminaran nuestro camino. Para que sus muertes no fueran en vano.

Su sonrisa era triste, casi rota:
—Para que nunca fueran olvidados.

Silencio.
Absoluto.
Devastador.

Adán miró alrededor del campo con nuevos ojos.

Miles de estrellas.
Millones.
Cada una...
Cada una era alguien.

Alguien que había luchado.
Alguien que había sido infectado.
Alguien que había tenido que ser liberado.

Y Samael—
Samael—

No Lucifer. No el traidor. No el que le robó a Lilith y tentó a Eva.
Samael.
Su amigo.

El que le había mostrado este lugar cuando tenía miedo. El que había convertido a su mascota en estrella para que no llorara solo. El que había usado parte de su propia esencia—su propia vida—para honrar a los caídos.

—No sabía —Adán susurró, voz apenas audible—. No sabía que esto era... un cementerio.

Michael asintió silenciosamente:
—Pocos lo saben. Este lugar es... sagrado. Privado.

Miró hacia Adán, y algo en su expresión se suavizó mínimamente:

—Samael te trajo aquí porque confiaba en ti. Porque quería que entendieras que la muerte no es el final.

Hizo pausa, mirando hacia la pequeña estrella dorada de Adán:
—Y porque... porque era así. Gentil. Compasivo. Incapaz de ver sufrir a alguien sin intentar ayudar.

Su voz se quebró mínimamente al final, y rápidamente miró hacia otro lado.

Azrael cerró los ojos, asintiendo:
—Era hermoso, ¿no es así? En aquel entonces.

No era pregunta.
Era declaración.
Pasado. Definitivo. Muerto.
Adán sintió algo apretarse dolorosamente en su pecho.

Porque tenían razón.
Samael era hermoso. Era gentil. Era su mejor amigo.

Pasado.
Todo pasado.

Porque Samael murió cuando cayó.

Los tres se quedaron en silencio.

Tres seres unidos por la misma pérdida.
El mismo recuerdo.
La misma persona que ya no existía.
Finalmente, Michael habló, voz apenas audible:

—Cada año vengo aquí. En el aniversario de la guerra.

Miró hacia las siete estrellas:
—Para recordar lo que costó. Para honrar a quienes perdimos.

Hizo pausa, y algo en su expresión se rompió mínimamente:
—Y para recordar que él... que Samael...

No pudo continuar.

Azrael terminó por él, voz suave:

—Que Samael dio parte de sí mismo para asegurar que fueran recordados. Que brillaran. Que importaran.

Miró hacia Adán:
—Por eso este lugar es sagrado. No solo por quienes están aquí.
Hizo pausa:
—Sino por quien los puso aquí.
Silencio.

Adán miró hacia su pequeña estrella dorada—la que Samael había creado para consolar a un humano asustado que no entendía la muerte.

Y sintió lágrimas arder en sus ojos.
Porque Samael había sido real.
Samael había sido bueno.
Samael había sido su amigo.
Pero Samael estaba muerto.

Y lo que quedaba—

Lo que quedaba era solo Lucifer.
Un extraño con la cara de su mejor amigo.

Y Adán no sabía qué dolía más:
Que Samael hubiera caído.
O que nunca volvería.