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Español
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2026-01-04
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las promesas escritas en tu cuerpo

Summary:

Hay algo dulce en vivir bajo la amenaza de morir en cualquier momento: lo que parece imposible sucede con la desesperación de no haber un mañana.

Situado tras el asedio de Suchdol en KCD2.

Notes:

they love each other, Your Honor.

Work Text:

El asedio de Suchdol termina con el olor a sangre rancia enquistado en la nariz y pulsaciones de dolor en la muñeca, como si la tuviera en carne viva, por blandir la espada tanto tiempo. Aunque siente que está a punto de derrumbarse por llegar al límite del hambre y el esfuerzo físico, por primera vez en días, Hans siente alivio. Que su cuerpo ya no esté en ese incómodo silencio mientras guarda toda la energía, alargando los minutos de vida consumiéndose a sí mismo, y que sea capaz de enviar señales de otros dolores, significa que están a salvo. Su estómago ruge, al fin, como si con cada espadazo, con cada cuerpo que ha caído en el suelo, hubiese recuperado la energía suficiente para reclamar comida.

Godwin le habla, nota una mano que le golpea el hombro, pero Hans se siente como si todo transcurriese tras una puerta cerrada. No distingue palabras sino un murmullo apagado, nota una mano que va y viene, haciendo el ruido metálico contra la armadura lejano. No puede oír nada más que el rugido del estómago, no puede pensar en otra cosa que no sea que sigue vivo, por algún milagro, Dios le ha concedido un nuevo amanecer. Sería vergonzoso, lo maleducado que está siendo con Godwin, si Hans tuviera un ápice de energía sobrante para sentirla.

Zizka sonríe ante él. Es una sonrisa diabólica, de quien siempre se sale con la suya, y por un momento Hans cree que sigue tumbado en la cama, muriendo poco a poco de inanición, soñando con una muerte más digna. 

—Señor Hans. 

Se gira de golpe hacia la única voz que importa. Su corazón se acelera y está seguro de que todo Suchdol (o lo que queda de ella) puede oír el bombeo de su sangre y ver el calor en sus mejillas. Las líneas que dibujan el cuerpo de Henry son borrosas, no sabría decir si por la luz del sol, que vuelve a salir como testigo de la victoria, y que lo envuelve en un halo, se refleja por toda su armadura como un ángel enviado del cielo, o por la humedad de sus ojos, pero está aquí, Henry está aquí, el mismo que besó sus labios con la pasión desmedida de un hombre que va camino a la muerte y piensa llevarse consigo tu corazón. El mismo que, temblando de miedo y de ganas, después de sudar el uno en el otro y descubrir en su piel un camino que Hans jamás querría desandar, confesó contra su hombro desnudo que no temía el castigo de un Dios que le había regalado compartir camino con su señor. 

Si es un sueño, otra alucinación por el hambre, o es la penitencia divina por sus pecados, Hans le reza a Dios para que la alargue hasta el infinito, para que si tiene que vivir en la condena que sea en los brazos de Henry, que le rodean la cintura con fuerza. Que sea con el rostro enterrado en su cuello, con un sollozo patético atascado en la garganta, con el cosquilleo de pensar que podría depositarle un beso, recordarle la promesa escrita con saliva por todo el cuerpo. Es absolutamente inadecuado, muy por debajo de su título de señor, pero Henry tiembla contra su cuerpo y Hans, por fin, exhala todo el miedo acumulado en el fondo del estómago, donde solo quedan las brasas de la esperanza, lo único que le ha mantenido con vida en la batalla.

El abrazo dura segundos, supone, porque no cae un rayo que les parta en dos, y nadie a su alrededor les señala con el dedo y grita ¡sodomía! 

Ni siquiera Hanush parece darse cuenta, que lo arranca de los brazos de Henry y lo gira como si pesase una pluma para envolverlo en sus enormes brazos como un pulpo. Se ríe, y murmura algo que parece «lo has hecho bien, ¡lo has hecho bien, Hans!» Y el sol ya no es excusa, a Hans se le escapa un sonido a medio camino entre la risa y el llanto. 

Hanush se desprende de él con un par de palmaditas en la espalda y una sonrisa de satisfacción, y comenta algo que no alcanza a oír, alguna batallita boba de cómo han llegado hasta Suchdol desde Rattay, lo suficientemente inocua como para no recordar que la guerra acecha. Todos a su alrededor ríen, también, las risas de quienes ganan la batalla a costa de un pedacito de locura, pero solo hay una que se le graba a fuego en la memoria: la alegría de Henry es una sensación de libertad demoledora después del asedio, como el calor del sol tras una ventisca.

*

Comen una hogaza de pan y un pequeño cuenco de estofado que probablemente sea de carne de rata, y aunque caen en el estómago vacío y encogido como una roca, a Hans le sabe a gloria. Musa les ha pedido que coman en pequeñas dosis durante unos días, hasta que el cuerpo se acostumbre a ingerir de nuevo, y Henry, leal, fiel compañero, se asegura de traerle la ración perfecta. No será deliberado, pero su pecho le roza el hombro al servirle el plato y le recorre un escalofrío desde la cabeza hasta la punta de los pies.

Henry se sienta a su lado en el comedor del castillo, ya sin armadura, pero con la espada de Radzig brillando orgullosa en su tahalí. Si Hans mueve un poco la pierna, podría rozar su pie con el suyo propio. Si Henry moviera la silla hacia él, estarían pegados por el costado. Se quedan quietos, sin embargo, a medio camino de tocarse.

Ahora que Hans tiene el estómago lleno, el miedo a morir se transforma en un terror distinto. Acostumbrado a conseguir lo que quiere con el chasquido de los dedos, la posibilidad de perder a Henry es inconcebible, inaceptable. Lo que en la desesperanza parecía la única decisión con sentido, ahora que tienen por delante toda una vida, y una boda que acecha su futuro, Hans no sabe si Henry querrá mantener su promesa sellada en besos, en el choque cadencioso de sus caderas. Se pregunta, en una oleada de pánico, si su nuevo miedo, ahora que morir de inanición no está en sus planes, será el castigo divino que les espera. Si se arrepentirá de lo que ha hecho, si no fue más que consuelo lo que buscó en Hans.

—Lo conseguiste —murmura el rubio. Le enorgullece. Sin importar lo que decida Henry sobre su futuro, Hans Capon siempre sentirá orgullo por haberlo conocido, por tenerlo como paje y, si se le permite, considerarlo como amigo. 

Henry se lleva un trozo de pan a la boca. Socarrón, se desparrama sobre la silla con la seguridad de un hombre de batalla y le devuelve una sonrisa que lleva la palabra problemas escrita, como aquel muchacho recién salido del pueblo que decidió que era buena idea pegarle un derechazo al señor de Pirkstein. A su alrededor, Godwin devora una manzana roja mientras habla en voz baja con Zizka y Katherine. Hay algo dulce en vivir bajo la amenaza de morir en cualquier momento: lo que parece imposible sucede con la desesperación de no haber un mañana. La mano de Katherine roza la de Zizka por la espalda en un gesto sutil que el guerrero devuelve con el mismo cuidado.

—¿Lo dudaba, mi señor?

Henry se interpone en su campo de visión. Lo pregunta en un murmullo apenas audible para el resto, y es esa intimidad la que lo desmonta. A Hans se le hace insoportable, la manera en la que Henry inclina su cuerpo hacia él, con una sonrisa bobalicona que le ilumina los ojos. Cómo se relame los labios, dejando un rastro húmedo y brillante por el que Hans vendería Rattay. La postura relajada, pero satisfecha; humilde, pero confiada, del guerrero que se ha ganado el descanso. La distancia es terrible, pero la idea de acercarse le aterroriza. Solo necesita mover la silla hacia el paje para pegar sus cuerpos, para sentir el calor de la forja y la dureza de sus músculos. Se pregunta, por un loco segundo, qué ocurriría si se lo ordenase. Si Henry obedecería con la vocación de un perro, más leal a su señor que a su Dios. Si acercaría la silla para que sus muslos se toquen, si se colaría bajo la mesa y se arrodillaría entre sus piernas para devorar a Hans.

El noble hunde el trozo de pan en el estofado. Henry, para su sorpresa, sigue los movimientos de sus dedos hasta sus labios. Si fuese una mujer, ya habría soltado alguna respuesta ingeniosa para la pregunta de su paje. Pero es un hombre, y es Henry, que puede no querer mantener su promesa, y están en público, y Hans navega entre las aguas de la ilusión y el miedo con un pequeño barco que se siente a punto de volcar.

—Por supuesto que no —susurra, sincero. Debería envidiarle por ser el guerrero que Hans jamás podrá alcanzar y, sin embargo, el muchacho que huyó de las llamas se ha convertido en el hombre que le ha desarmado en una batalla cuerpo a cuerpo, que le ha arrebatado el corazón con un corte limpio en el pecho. Es imposible sentir envidia cuando lo único que quiere Hans es que Henry se entierre para siempre donde pertenece, entre sus sábanas. Con más valentía de la que se necesita para ganar un asedio, añade:—. Lancelot nunca dudaría.

Henry se sorprende, primero, y por un segundo Hans está convencido de que ha cometido un grave error. Su paje, sin embargo, sonríe lentamente. Mira a su alrededor con disimulo, y, tras confirmar que nadie les observa, coloca una mano en su rodilla, por debajo de la mesa. Sus dedos se hunden en la carne, provocando un escalofrío. Es un toque sutil, de una delicadeza y una dulzura imposibles en las manos callosas de un herrero. Henry, sin embargo, y como es habitual, hace posible lo inimaginable:

—Y Galehaut nunca le fallaría a su señor.

*

Las paredes de Suchdol tienen oídos y ojos, y Hanush quiere a Hans a su lado todo el día, preparándolo para incansables encuentros con otros nobles, ahora que la monarquía se ve amenazada y, por tanto, también sus títulos. Cada mención de su futura boda se siente como una condena, así que Hans evita hablar del tema a toda costa, y solo muestra el mínimo interés para no ganarse una reprimenda. Hanush le habla de Jitka, pero, sobre todo, de su padre, de lo importante que es caerle en gracia. «Eso significa que nada de tonterías», le dice. Como si Hans no hubiera sobrevivido al poder del Dedo de Dios en primera persona, como si no sintiera la piel endeble y fina tras casi un mes de hambruna, como si no sintiese la muñeca rota cada vez que levanta la espada, o lanza una flecha, o la mueve en dirección contraria. La advertencia de su tío es tan insultante, tan humillante, que Hans ni siquiera sabe qué responderle, ni dónde buscar refugio para su vergüenza, porque Radzig aprovecha para pasar tiempo con Henry, así que durante las dos semanas que tardan él y Hanush en marcharse de Suchdol, Hans apenas habla con él. Casi no lo ve, de hecho, coincide con él en alguna comida, pero Hanush tiene el ojo puesto encima y no consigue escabullirse un rato.

Su paje tampoco parece pensar demasiado en Hans, de todas maneras. Siempre que se encuentran en la misma estancia le saluda sonriente, pero no se acerca, se mantiene tenso y distante mientras habla con Godwin, o con Katherine, y evita mirar a Hans demasiado.

Las dudas crecen con la distancia, así que el noble, aunque deja la puerta de su habitación abierta todas las noches, no se atreve a salir de la suya para buscar a Henry. Ni siquiera para fingir que van a los baños, o a la taberna más cercana, como si cualquiera pudiera ver la verdadera intención se sus escapadas reflejada en sus ojos si se despista. Así que Hans se queda quieto en la cama, a la espera de que Henry de Skalitz, que ya no parece temerle a nada tras enfrentarse a un ejército y salvar, posiblemente, toda Bohemia, aparezca por la puerta y le salve a él, los condene a ambos al infierno. Espera, con una fe casi febril, que se hunda la cama con su peso, que se tumbe sobre él hasta que cada milímetro de sus cuerpos estén pegados, notar el aliento sobre sus labios, la pequeña sonrisa al embestir con la cadera, que Hans pueda sentir lo duro que está. Suspira, cada noche, y cierra los ojos, imaginando que la mano suave, porcelánica, que lo envuelve no es la suya sino una callosa y áspera, forjada a fuego.

*

Ocurre, por supuesto, la primera noche en La taberna del Diablo, como no podía ser de otra manera, ni en otro lugar, lejos del recordatorio constante del futuro.

Comparten habitación de nuevo y cuando Henry cierra la puerta tras de sí, a Hans, que se agacha para cambiarse a una ropa más cómoda, se le eriza la piel. Han bebido demasiado por intentar seguirle el ritmo a Janosh, pero está seguro de que las mariposas en el estómago y la neblina en su cabeza es más la tensión del ambiente que el alcohol. Lo ha notado desde que ha anunciado que se iba a dormir y Henry, perro fiel, le ha seguido. Hans insistió: «Puedes quedarte, si quieres», pero su paje se levantó de la mesa de un salto. «No», y Hans no supo interpretar su mirada. 

Mientras suben las escaleras, el contraste entre su silencio y el jolgorio de la taberna pone en evidencia la distancia que los separa, el muro infranqueable que hay entre ambos. Hans quiere girarse y preguntarle por qué te has marchado de la fiesta, pero, para lo que importa, siempre será un cobarde. Se plantea pedirle jugar, cuando ve los dados sobre las mesas, porque la idea de compartir habitación se le antoja terrorífica, porque quizá se canse lo suficiente como para llegar a la cama y dormir, en vez de quedarse tumbado mirando el techo, pensando en lo cerca y lo lejos que está Henry, en lo fácil y terriblemente difícil que sería levantarse y despertarlo con un beso en los labios, quitarse los zaragüelles y sentarse a horcajadas sobre su cintura, piel con piel, embestir hasta que el roce caliente le deshaga el miedo, le reescriba las promesas.

Henry se queda quieto en la puerta en absoluto silencio, y Hans se esfuerza en mantener la mirada fija en su baúl, en la camisa entre sus manos, en moverse con naturalidad bajo la mirada de Henry, que pesa sobre sus hombros como una sentencia. No sabe de qué se le acusa, y no quiere saberlo. Le gustaría decirle algo ingenioso, pero tiene la lengua pastosa y el corazón confuso, dividido entre seguir el camino que quiere y el divino.

Cuando se quita la camisa, Henry hace el primer sonido: un respingo que resuena por toda la habitación.

Antes de poder reaccionar a nada, los labios de Henry están pegados a los suyos. Insistentes, resecos. Perfectos. Sus manos enguantadas se cuelan por su cintura desnuda, y ahora es Hans quien jadea contra su boca, el contraste frío del cuero contra su piel. Henry aprovecha para separarse un segundo, apenas unos escasos milímetros, le susurra «Mi señor» y Hans se estremece en sus brazos, le rodea el cuello con los suyos. 

Todo rastro de duda que pudiera tener se desvanece en ese preciso instante, cuando el paje lleva una de sus manos a su pelo y le atrae hacia sí con facilidad, enreda sus lenguas con fervor, febril como un perro rabioso. Henry mueve las caderas contra las suyas y no le deja respirar. Es un beso húmedo, largo, salvaje. Le devora como el hambriento un manjar, rápido y visceral y salvaje, y Hans no puede hacer otra cosa que pelear por estar a la altura, por superarlo, por demostrar quién es el señor aquí. Una de sus manos le recorre la espalda, le aprieta una nalga con fuerza, le pega más a él. Cuando Henry gime contra su boca, Hans sonríe, y se separa. A juzgar por lo que nota contra su propia cintura, tiene tantas ganas como él de encontrarse de nuevo bajo las sábanas. Frenéticos, se siguen el ritmo el uno al otro como instrumentos siguen una partitura. Se tocan por todas partes, el cuero de los guantes de Henry dejan un rastro frío por su espalda ardiente, y no es hasta que su espalda choca contra la pared que Hans se da cuenta de lo que quiere Henry: el noble enreda las piernas en su cintura y deja que sea él quien cargue con todo su peso.

La naturaleza del hombre es cruel, y cuando se ven obligados a separarse para respirar, Henry hunde la cabeza en su cuello, deposita un camino de besos hasta su oreja, le lame el lóbulo y lo mordisquea con suavidad.

—Os he echado de menos, mi señor —le confiesa en un susurro al oído. Sus cuerpos tiemblan casi al unísono, Henry embiste de nuevo. El roce de sus miembros a través de la tela envía una oleada de placer a Hans. Deja caer la cabeza sobre la pared, exponiendo la carne tierna a la brutalidad del guerrero, que se aferra a su yugular como el vampiro a la sangre, que besa y lame y chupa hasta dejar marcas en el nacimiento de su cuello que Hans quiere que no se borren jamás—. Temía ser el único —le revela entre beso y beso, entre jadeo y jadeo, entre embestida y embestida. Hans se nota duro y húmedo y a punto de estallar, cada vez que el miembro de Henry fricciona con el suyo. Incluso a través de la tela siente la rigidez, la busca estrechando el espacio entre ellos con las piernas, hasta que no queda una sola parte de su cuerpo que no esté pegada a Henry— Temía…

—No eres el único, no eres el único —gimotea Hans, apenas un hilillo de voz. Con la mano enredada en el pelo largo y descuidado, obliga a Henry a levantar la cabeza para verle bien. Tiene la mirada nublada de deseo, las mejillas rojas por el alcohol y el anhelo, los labios hinchados y rojizos, empapados de sudor y saliva. Es la imagen vívida de la fruta prohibida, de la tentación más exquisita, de la tortura perfecta. Hans pega su frente con la suya, sin dejar de mover las caderas contra las de Henry—. Eres mi futuro, Henry. Tú, tú, tú. Me da igua-

No acaba la frase. La lengua de Henry se enreda con la suya violentamente, y lo que antes eran embestidas a las que podía seguir el ritmo, se vuelven de pronto en choques feroces que le roban toda posibilidad de habla, toda posibilidad de pensar en otra cosa que no sea el contraste de la suavidad de sus calzones y la dureza de Henry, el frío donde están empapados ambos y el fuego en su piel. El guerrero le aplasta más contra la pared, y Hans está seguro de que va a perder el juicio, de que se va a volver loco, de que necesita tocarlo de verdad por todas partes, sin ropa de por medio, necesita tenerlo dentro una vez más, por favor, por favor, por favor, Henry, mi Henry. 

—Lo haré, mi señor —le promete en un jadeo entrecortado por el esfuerzo—. Tenemos —Le besa en el puente de la nariz. Deposita otro en cada una de sus mejillas, y Hans cree que va a explotar, que no puede caber en el pecho tanto sentimiento— todo el tiempo —El aliento cálido sobre sus labios, una mezcla de alcohol y sudor y el olor característico de Henry, el perfume con el que se bañaría todos los días de su vida— del mundo.

Imparable, imbatible, un caballero invencible, Henry arremete contra sus caderas y les hace estallar.