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Decídase Usted

Summary:

En 1821, la guerra de Independencia en México se acerca a su desenlace. En la hacienda de Mazatlán, dos enemigos irreconciliables —el realista Agustín de Iturbide y el insurgente Vicente Guerrero— se funden en un abrazo que la historia recordará como el Abrazo de Acatempan, símbolo del nacimiento de una nación. Pero aquel gesto de reconciliación tiene raíces más oscuras. Ocho años antes, en 1813, sus destinos se cruzaron en las Lomas de Santa María, donde una derrota militar sembró entre ellos un odio feroz, una obsesión que sólo podía saciarse con sangre.

Sangre que ambos juraron derramar hasta que la propia Nueva España clamó por paz. Obligados a enfrentar sus demonios, descubrieron que la solución a sus conflictos no estaba en la guerra, sino en un vínculo inesperado, revelador… y prohibido.

Chapter 1: Discordia

Chapter Text

Valladolid, Nueva España, 1813

 

    EL CURA JOSÉ MARÍA MORELOS Y PAVÓN había llevado hasta las puertas de su ciudad natal al horrible de su ejército, uno de los más grandes con casi seis mil hombres. Era bien conocido que el jefe insurgente no era alguien que luchara con una numerosa cantidad de hombres después de atestiguar la deficiente calidad de esa turba desorganizada que acompañó a su difunto maestro, Don Miguel Hidalgo en esa visita donde quedó encomendado a sublevar el sur de la Nueva España. A pesar de ello, su falta de integrantes era compensada con creces mediante su buena disciplina y ferocidad mostrada en el campo de batalla. Y sin embargo, aquella noche tan cercana al 24 de diciembre, parecía que la Divina Providencia les había sonreído, pues tenían información que la guarnición militar realista estaba conformada por solo 800 hombres. Era una victoria asegurada.

    Así lo pregonaba el general, por lo que sus subalternos y soldados también abrazaron la idea con confianza. Las fiestas previas ya habían comenzado en el campamento desde el día 23 cuando el generalísimo Morelos envió a su hombre de mayor confianza, don Mariano Matamoros a la carga contra aquellos gachupines, pues se habían burlado horas antes de su ofrecimiento por rendir la plaza y su comandante, Domingo Landázuri incluso lo retó a enfrentarlo para ver a quién favorece la fortuna bélica.

    — Pues muy bien, acepto esa invitación— respondió Morelos apenas su secretario Juan Nepomuceno Rosains le pasó el mensaje.

    Osados ​​​​y fieles, el resto de sus altos mandos se posicionaron, esperando la orden de ataque. Nicolás Bravo y Hermenegildo Galeana montaron enseguida sus corceles para seguir al cura Matamoros en su primer ataque. Aquel evento estaba destinado a ser tan grande, que en una rara ocasión, los más prestigiosos líderes que luchaban por la independencia de la América Septentrional en México se reunieron.

    Dos de ellos que no habían ido a la escaramuza de la caballería, ya que tenían la orden de guardar con sus tropas de infantería desde una de las lomas de Santa María, observaban complacidos como sus compañeros barrían a los españoles hasta tomar la garita del Zapote.

    — ¡Han entrado! ¡Señor Guerrero, lo han logrado!— gritó con emoción Juan del Carmen a su buen amigo cuando Matamoros entró en las primeras calles de Valladolid, quien tenía una sonrisa de oreja a oreja, aunque su mano apretaba en mango de su machete, ya que no perdía la esperanza de que el líder cambiara de opinión y los enviara a combatir.

    Las glorias se disfrutaban, pero ninguna era tan bien recibida como cuando se era parte del evento. Además, quedarse quieto no era sencillo para Vicente, quién estaba acostumbrado a tomar acción, ya acostumbrado a las armas y el candor de la contienda.

    — No pues esos soldaditos de plomo van a ser aplastados— opinó Vicente al ver al enemigo correr hacia sus trincheras—, que se den de santos que ésta sólo es una probadita de lo que vendrá mañana. Morelos pronto dio la orden a Matamoros para que volviera, pues la gran toma sería en Navidad, al día siguiente. Ese sería el gran regalo que el llamado  “Siervo de la Nación”  daría a la patria para su nueva campaña.

    — ¿Impaciente por bajar?— preguntó una voz cantarina a sus espaldas. 

    Vicente se giró medio sonriente, pues aquella voz le parecía familiar y no se equivocó, se trataba de don Guadalupe Victoria, un buen compañero de que lo había acompañado desde los armas negros días del sitio de Cuautla.

    Era un hombre delgado, aunque la vida militar le había dado algo de forma. De piernas largas, piel blanca, rostro alargado con ojos marrones que podían encenderse fácilmente con una furia centellante, cabello corto y ondulado de color castaño. Vestía un uniforme desgastado y con algunas modificaciones para evitar ser confundido con realista, pero como muchos oficiales de su bando, el sombrero de palma no podía faltar para lidiar con el sol suriano. Aunque caminaba de vez en cuando con una cojera en la pierna derecha, debido a una herida bala en sus primeros días.

    — No me negarás que es una lástima lo que nos estamos perdiendo— Vicente comentó al palmear la espalda de Juan, quien seguía vitoreando con entusiasmo a los relámpagos vencedores que regresaban en su cabalgata con el júbilo de sus compatriotas. No podía estar la moral más alta. Guadalupe frunció sus labios y asintió.

    — Admitiré que no me hubiera caído mal estar en primera fila.

    — Sí, como a mucho, pero ese arroz ya se cosió.

    —Y muy bien que lo hicieron los cabrones. Vicente soltó una carcajada y aún con el pecho hinchado por el orgullo de sus recientes victorias estrechó a su compañero, pues hace meses que no lo veía por las diferentes órdenes de servicio que tenía cada uno. Guadalupe lo recibió gustoso, palmeando su espalda con una sonrisa sincera que pocas veces se mostraba en ese solemne rostro suyo. Sentimental como era, al moreno casi le saltan un par de lágrimas de alegría.

    — ¿Cuándo llegaste?— preguntó con más suavidad al separarse.

   —Hace unas tres horas. Vicente asomaba, suponía que el recién encuentro se debía a que Guadalupe debía estar organizando a su propia unidad y tratando de encontrar un lugar entre ese vasto lugar de tiendas de campaña que habían cubierto aquella extensión verde.

   —Que gusto volver a verte— admitió Vicente y el duranguense avanzando con una pequeña risa al tomarlo por el brazo e inclinarse. 

    — Yo debería decir eso, después de que te perdieras allá por la sierra–sus ojos brillaron con una emoción cómplice al apretarlo—. ¡Y en hora buena, teniente coronel!

    El moreno se encogió de hombros, no acostumbrado a los elogios. Y francamente, no le parecía una gran faramulla el ascenso militar. Si bien estaba complacido de haber llevado sus tareas a buen orden, agradeciendo el reconocimiento del propio Morelos, nunca buscó hacer una carrera en las armas, pero ahí lo había llevado su moral.

   — Eso hace meses…

   — Y sin perder el tiempo, por fin te atraparon—y decían que aquel hombre sólo tenía un humor de perros. ¡Ja! Si pudiera rebatirlos, Vicente les recordaría que la mala sangre de Victoria junto con sus palabras espinosas sólo salían a la luz cuando la persona no era de su agrado— , ¿Dónde ha dejado a su señora esposa?

   —En Tixtla, con mis padres.

   Se había casado con su novia de años en marzo, pero apenas había tenido tiempo de estar con María Guadalupe.

   — ¡Hoy Valladolid está en manos enemigas, pero mañana, por la tarde comeremos en Valladolid!— la imponente voz del generalísimo Morelos exigió la atención de su ejército. Parado en unas rocas, el cura había congregado a todos apenas se reunión con Matamoros, Bravo y Galeana.

    Los gritos de regocijo, aplausos y redobles de los tambores dieron paso a una algarabía permitida que empezaron apenas las soldaderas repartieron las raciones del día, algunos incluso le dieron tragos furtivos a sus botellas de aguardiente y chinguirito para estar más sonrientes. Ningún exceso sería permitido con la batalla tan cerca, pero era una ocasión especial, se daban sus licencias.

    — ¿El ataque será al amanecer, general? 

   — En efecto, señor Guerrero, así que le sugiero que duerma muy bien, porque mañana tendremos un festín con tacos de charales, una cecina doradita y oh, las corundas y unos uchepos, no, ya verá, deliciosos— el cura casi parecía imaginario cada uno de los platillos servidos frente a él, pues se llevó una mano a su barriga— . Virgen santa, dígame, ¿Los ha probado, Guerrero?

   —Alguno que otro platillo de los que menciono, ya hasta me está antojando, general— admitió sonriente, ya que con la comida en campaña que a veces era muy llena y otras nada, uno nunca rechazaba el plato completo.

   — ¡Excelente, eso es bueno! Más motivaciones—Morelos exclamó con júbilo. Era un hombre de carácter bonachón que siempre había logrado contagiar a quién lo rodeaba. No por nada desde sus tropas hasta sus oficiales lo admiraban con idolatría–, ¿Y usted, Gildo?

 Galeana se encogió de hombros con un gesto relajado—Pues yo no le rechazo un aporreadillo con un buen tepache, general.

   — ¡Ay, las bebidas, por supuesto!— Morelos juntó sus manos y las elevó al cielo, como si pidiera perdón por aquel error garrafal de no mencionarlas–. Les diré que lo más delicioso aquí, desde que era niño es…

    Y así el brillante Rayo del Sur pasó la tarde con su círculo de confianza hablado ensoñadamente de la próxima comida que tendrían para celebrar el día festivo del nacimiento del niño Jesús. Para Vicente era evidente que el héroe estaba feliz de volver a su hogar y ante la viveza con la que contaba cada recuerdo, sacándoles risas entre cada frase, se quedó embelesado hasta que el sol empezó a ocultarse.

    Al percatarse que esa noche no había luna, a Morelos se le ocurrió una idea para aprovechar esa negra antes del amanecer. Dio la orden a cada uno sus altos mandos de que verificaran que sus hombres, desde el rango de capitán hasta el de soldado raso se pintaran con carbón tanto la cara como los brazos pues la idea era camuflarse con la oscuridad.

    Sin tomar en saco roto la sugerencia de su general, Vicente se fue acostar temprano después de despedir a sus soldados. Pidiendo no ser molestado a menos de que la situación fuera de gravedad, ya que necesitaba descansar después de haber marchado desde la sede del congreso en Chilpancingo.

    Uno a uno lo siguió, sólo los vigilantes del campamento quedaron despiertos junto a la calidez de las fogatas. Las grandes llamas los protegían del frío que soplaba esa noche, al igual que daban señal del punto exacto en donde se encontraban.

     Hasta ese momento, el general Morelos no había tenido rival. Imparable desde Cuautla, gran triunfador en Oaxaca y perseverante hasta tomar Acapulco. Tal como marcaba su apodo, era el Rayo del Sur, no sólo por su rapidez de maniobra, sino porque era la mayor esperanza de la independencia. Había mantenido a la revolución viva desde los sombríos días en qué la sangre de Hidalgo junto a los generales Aldama, Allende y Jiménez regó la arena desértica con su fusilamiento en las tierras del norte.  Sin embargo, nada dura siempre.

    Invencible como lo creían sus enemigos, llegó a creerse Morelos por lo que el cura cantó por un triunfo que aún no había llegado a sus manos…  Su falta equivocación, fue confiarse y el error de sus tropas fue olvidar que no seguían a una leyenda, sino a un hombre de carne y hueso que puede cometer errores.

    Quienes tenían muy presente su mortalidad eran las tropas realistas, que por horas mantuvieron al Jesús en la boca, hasta que en la noche, entraron silenciosamente los refuerzos que habían solicitado al virrey Calleja. Al mando estaban el brigadier Ciriaco del Llano y el coronel Agustín de Iturbide, o como más se le conoció en los últimos años…  El Dragón de Hierro.

    Informados de la situación y la desventaja numérica, pronto compartieron la desesperación de sus compañeros residentes, pero a diferencia de Llano, quién era español, el coronel era criollo… uno nacido en esa misma ciudad. De modo que había vuelto a casa, para defender no sólo al rey, que pasaba a segundo plano cuando su familia y hogar estaban de por medio. Así que con un carácter templado y ese ingenio veraz que los había hecho volverse un contrincante temerario, Agustín pensó y pensó hasta que sus ojos se iluminaron con clarividencia.

    Tenía un plan… era arriesgado… Una locura, pero la alternativa era rendir la ciudad y él no estaba dispuesto a manchar su historial con una derrota.

    Vicente dormía plácidamente, apenas tocó la almohada el cansancio acumulado de días lo venció y entre sueños apareció de nueva aquella águila dorada que surcaba los cielos, paseando entre los ríos y valles hasta que llegaba a ese claro donde él estaba de pie. Aquel ejemplar era tan majestuoso como el que adornaba sus blasones blancos con celestes. Además que era enorme, su sombra lo cubría mientras redoblaba su vuelo alrededor de él hasta que regresaba su rumbo hacia el horizonte.

    Solía ​​verla marchar hasta que sus alas desaparecían, pero esta vez, algo cambió.

    Un pequeño colibrí de plumaje esmeralda y orejas azules  emergió de los campos de maíz. Era un ave diminuta si la comparaba con la imponente águila real, pero su tamaño era compensado con su velocidad, ya que Vicente intentó atraparlo, aunque sus manos terminaban vacías. De pronto, la avecilla se alejó y como una flecha, fue zumbando hasta el águila, cruzándose en su camino, por lo que el águila se desvió, provocando que se estrellara contra un árbol.

    Vicente despertó con jadeo ahogado, cerró los ojos e intentó volver a dormir para descubrir si el águila había caído o no, una creciente angustia se formó en su pecho cuando el inconfundible sonido de un disparo lo hizo incorporarse en su tienda. Sus ojos se abrieron con desconcierto y luego con horror al escuchar más detonaciones, gritos y… caballos.

   — ¡Nos atacan! —alguien gritó en la oscuridad.

   — ¡Las chaquetas están aquí! ¡Gachupines!

    — ¡Ataquen!

    Eran uno de los tanto vociferios que se desataron como si alguien hubiera abierto la caja de Pandora. Vicente se vistió en un santiamén, apurado sujetándose las botas y apenas echándose encima la casaca antes de ajustarse el cinto con el machete y la pistola de chispa. Maldijo no tener a la mano la bayoneta, pero al menos tomó su bolso de documentos que procuraba tener a la mano todo el tiempo, pues ahí llevaba partes de guerra y cartas importantes.

   — ¡Señor Guerrero! ¡Despierte!— escuchó la voz apurada de Juan y pudo ver la sombra de su fiel amigo proyectada en la carpa.

   — Aquí estoy— dijo al emerger con machete en mano— , ¿Dónde está el resto? ¡Hay que informar al general Morelos!

    El pánico lo inundó al pensar que podrían ya haberlos capturado o algo peor.

   — ¡Y a Galeana!

    — ¡A todos!

    Se echaron a correr entre el caos de penumbras que se había vuelto las Lomas de Santa María. La mayoría de las fogatas habían sido apagadas, las lámparas de aceite estaban rotas a sus pies o iban de un lado a otro en manos de alguien, por lo que la visión era escasa. Andaban a ciegas sin saber a quién estaban por atacar, pues muchos se lanzaban contra ellos a la brava.

    La única conjetura que tenía Vicente es que el ejército de refuerzo de Calleja los estaba atacando, pero por más que buscaba, no veía a ningún dragón con uniforme azul. ¡Todos iban de paisanos!. Peor aún, los suyos.

    Un escalofrío lo recorrió cuando pisó un cuerpo, notando que era uno de sus pintos, las manchas blancas en la piel morena lo delataban. Y así como él, decenas iban cayendo, sembrando el campo con su sangre. Los tiros seguían en el aire, Juan y él intentaban esquivarlos para luego devolverlos, pero era difícil, pues sumado a la campal desatada, se había desatado un incendio.

    Nubes gruesas de humo cubrían los cegaban antes de que el humo se estragos en su garganta.

    — ¡Fíjate ahí!— señaló Vicente a un aparente insurgente, más iba en caballo y no llevaba machete sino sable mientras perseguía a otros compañeros, repartiendo cortes con una saña bárbara, pero sin detenerse.

    Parecía que sus sospechas eran peores de lo que creía.

    Aunque no gustaba tanto de usar pistolas de chispa, esta vez no se molestó en pensarlo dos veces antes de sacarla y esperar a que pasara por su lado, disparándole de lleno en el pecho. El impacto lo hizo caer del caballo con un quejido hasta volverse un borboteo.

   — ¡Pero señor, son los nuestros, no tiene uniforme!— Juan protestó alarmado a su lado, pero Vicente pasó a su lado con una expresión severa en su rostro, girando con el pie el cuerpo para inspeccionar.

   — ¿Hijo de los nuestros y nos disparan, Juan?

   — ¡Ay, virgen santa!— Juan tragó saliva cuando Vicente rebuscó entre la ropa de recién acabado que también tenía la cara pintada de carbón, hasta que dio con su objetivo y desfajó el uniforme azul debajo de la camisa de manta. Su ceño se frunció con enojo—. Hijos de la chingada, pocos hombres.

   —No, Juan, los brutos fuimos nosotros. ¡Nos acaban de ver la cara, carajo!

    Y él no era el único enfurecido.

   — ¡Abajo!— Vicente le gritó al escuchar los cascos de caballos cerca. 

    Juan se tiró al suelo acertadamente, pues una ráfaga de balas cruzó por arriba de sus cabezas cuando esa fila de adalides pasó a su lado. Y sin embargo, ellos eran el mal menor… Porque los mismos insurgentes se estaban matando entre ellos.

   —¡Son realistas disfrazados, se han disfrazado!—Vicente gritó con coraje al golpear la tierra. Se puso de pie con ayuda de Juan antes de buscar a donde iba el enemigo, descubriendo que iba colina abajo.

   —Vuelven a la ciudad después de dejar este desmadre.

    Si la sangre era capaz de hervir, la de Vicente estaba a punto de hacer explotar su cuerpo. No estaba dispuesto a dejar que esos canales se fueran de rosas. Puede que ya no los alcanzara, pero al menos haría que explotaran en mil pedazos con los cañones.

    —Juan, ve y avisa al resto—sancionó corriendo en la misma dirección que el enemigo, su compañero lo siguió un par de pasos con desconcierto.

   —Ni hablar, ¿Y  uste ?

   Vicente se giró hecho una furia y rugió su orden—¡Ahora!

    El moreno no se permitió mirar el conflicto en el rostro de su amigo. No solía tener rebatimientos cuando daba órdenes, mucho menos de él, pero puestos en aquella posición donde los aliados no se distinguían y cualquiera podía ser un verdugo sin quererlo, ameritaba nuevas inquietudes.

    De camino a la artillería, combatió un par de veces, pero justo cuando ya veía el bronce inconfundible, alguien lo tomó por el brazo violentamente. Dejó caer el machete, pero sacó el puñal, muy dispuesto a clavarlo en el vientre de su atacante, de no ser porque este ya conocía su viejo movimiento.

   —¡Perate, que soy yo! ¡Soy yo!— la voz endurecida detuvo su mano izquierda y la presionada el tiempo suficiente para que Vicente lo mirara a la cara, pero con las sombras era difícil—. ¡Victoria!

    Vicente sintió un enorme alivio, su cuerpo alejó la tensión de sus músculos. Sólo entonces Guadalupe lo soltó.

    —Y Nicolás— preguntó al ver que sólo iba con tres hombres a sus espaldas mientras el resto seguía en desbandada por el monte o disparando a rajatabla.

    El duranguense lo miró desconcertado—¡Pensé que estaba contigo!

   —Me carga el diablo, ¿Cómo iba a estar conmigo?

   —¡Carajo! ¡Pues se fue temprano!

    El moreno negoció, no era como si durmieran juntos. Además que Bravo se había quedado con su brigada de Coscomatepec en las faldas de las lomas.

    —Dios santo…—masculló al recoger su acero olvidado y Guadalupe debió distinguir el pavor en su voz, pues de inmediato lo soltó, pero se acercó aún más, pues una explosión generó nuevamente maldiciones al aire, por lo que apenas se escuchaba lo que el otro decía.

   —Tú no crees que…¡Vicente, vuelve acá!

    Vicente no lo dejó terminar, corrió lo más rápido que sus piernas podían, porque si no, a Nicolás se lo iba a llevar la misma calaca sin que el pobre se enterara y ya habían perdido a muchos los últimos dos años como para ampliar esa lista.

    Nada errado estaba al pensar que los chaquetas azules no iban a desaprovechar su oportunidad, pues ya habían prendido fuego. A cada hombre que encontraba le preguntaba por la tienda de Nicolás, la mayoría lo ignoró o incluso uno quiso dispararle, pero Vicente lo golpeó en la espinilla antes.

    Sólo uno de ellos lo reconoció y le dijo donde habían puesto la tienda, pero al llegar contempló que la mitad estaba incendiada. Aún con el humo picando sus pulmones, Vicente no dudó en atravesar esa cortina de humo… Sólo para encontrarla vacía.

    Nicolás ya se había ido.

   —¡Coronel Iturbide, las puertas se han abierto!— escuchó muy cerca, Vicente tosió y se alejó para intentar vislumbrar a quién le hablaban, cuando notó a esas sombras montadas.

   —¡Rápido, salgamos de aquí! ¡El trabajo está hecho!

    Así resolvía que uno de ellos era un oficial realista y probablemente él era quien había dirigido ese rápido ataque, una furia renovada lo atrapó, sacó el machete de su funda muy decidido a cobrarse al menos una vida más. Corrió por una vereda que bien sabía, lo sacaría un poco más abajo y podría atacarlos por sorpresa.

    Lanzó su puñal a uno de ellos desde un terreno más elevado, dándole en la pierna al acompañante que emitía un alarido de dolor. El caballo se alebrestó, pero logró mantener el control con las riendas y salió corriendo más aprisa. Escuchando al siguiente cerca, Vicente salió y se quedó parado en medio del camino, muy dispuesto a rajar al corcel de cabo a rabo para luego verse cara a cara con ese tal Iturbide. 

    Los planos de Agustín no fueron tan diferentes al ver esa silueta emergiendo de la penumbra, tomó la pistola de chispa y apuntó mientras taloneaba a su caballo en las costillas para acelerar su cabalgata. Vicente pudo vislumbrar esas pequeñas chispas en la oscuridad, aún así no se apartó, seguro de que podría evitar esa bala a tiempo, no sin antes derribarlo. Apenas se pueden ver, pero el moreno puede sentir una fría decisión en sus ocelos de color claro, al menos  el sentimiento de acabar con el otro era mutuo .

    El cañón del Dragón de Hierro es el primero en escupir fuego, pero antes de que el insurgente pudiera disparar, alguien se abalanza sobre él, tirándolo al otro lado del camino, segundos antes de que el propio caballo le pasara encima.

    Agustín los ve desaparecer en la terracería y por un momento piensa girar para perseguirlos, pero sería perderse la oportunidad de observar los frutos de su treta, lo cuál sería una lástima.

   —¿Qué demonios hacías?— le preguntó Nicolás con irritación al ponerse de pie con la ropa empolvada.

   —¡Matándolo al miserable!, ¡Ese desgraciado fue el que seguramente comenzó esto!— exclamó Vicente encolerizado al tomar sus armas, intentando buscar al jinete, pero sólo quedaba una nube de polvo.

    Nicolás lo detuvo al tomarlo por el brazo y tirar con fuerza, cosa nada fácil.

   —Déjalo ya a la chingada, ¡Vámonos!—apremió con urgencia, pues con el corazón aplastado, él mismo reconocía que salir de ahí era su único objetivo.

    Vicente se soltó bruscamente y negoció.

   —¡Has perdido la cabeza, no abandonemos este lugar!— acusó antes de sobresaltarse por un disparo a sus espaldas. Vicente sintió que el tiempo se les iba de las manos, debía haber algo que hacer para evitar que todo se perdiera—. Hay que... reorganizar a los hombres o.. encontrar un punto alto y…

   —No digas sandeces ahora, ¡Aquí ya no hay nada que hacer, Vicente!

   —¡Lo hay!

   —¡Mira a tu alrededor!—Nicolás se abrió de brazos con el rostro desfigurado por la pena, no lo había visto tan abatido desde los días en que perdió a su padre, don Leonardo—. ¡Incluso el generalísimo se fue!

    Eso lo detuvo en seco al guerrillero de Tixtla.

    —¿Morelos se ha ido?—preguntó incrédulo.

    Sí él se iba, eso significaba que todos los oficiales debían de haberse retirado ya, pero, ¿Qué pasaría con sus soldados? Ellos seguían destrozándose ahí afuera.

    Nicolás bajó la cabeza—Esto ya se perdió… ¡Larguémonos antes de que nos maten!

    Como si el mismo universo quisiera reforzar sus palabras, los primeros rayos del sol se asomaron en la lejanía. El amanecer había llegado y con ello, el verdadero enemigo se preparaba para atacar mientras los insurgentes estaban por contemplar el cuadro completo de su sangrienta y nefasta Navidad que los americanos recordarían como el día en que Agustín de Iturbide derrotó a Morelos.

    Y Vicente Guerrero marcaría esa noche como el momento en que conoció el odio. Había tenido derrotas antes, pero ninguna que hiciera que los mismos hermanos se volvieran unos contra otros.

   Que mi muerte no llegue antes que la tuya —juró ya a caballo antes de abandonar Valladolid con el alma tan dolida como amargada, pues parecía que la mala suerte los seguiría para condenar su cruzada por la libertad.