Chapter Text
Alastor había tardado bastante en aceptar que aquel enano de aroma dulzón lo desquiciaba. Lucifer olía a manzanas frescas, jugosas, tan intensas que lo dejaban mareado. Cada vez que pasaba junto a él, algo dentro del locutor se removía, una mezcla de irritación y deseo le recorría la piel. Al principio se odiaban—o eso creían—dos orgullos chocando hasta el cansancio, hasta que las ofensas se convirtieron en juego, y el juego en una peligrosa costumbre.
Lucifer Morningstar, un omega de alta sociedad, pomposo, ruidoso, infantil y tan arrogante que brillaba en cualquier lugar donde entrara. Pero también era sensible, tan profundamente que una novela vieja o una historia de perritos lo hacía llorar sin remedio. Modelo, violinista prodigio y heredero del imperio Morningstar, estaba acostumbrado a los reflectores, al dinero y a la atención. No soportaba que nadie lo mirara por encima del hombro... Excepto Alastor. Él era el único capaz de mirarlo sobre él hombro y que no fuera tan brutalmente golpeado.
Alastor, por su parte, era un buen mozo de voz seductora, locutor de radio que se negaba rotundamente a pasarse a la televisión, pese a la insistencia de su eterno «Perseguidor» Vox Karmington, el rey de la tecnología. Vox lo deseaba en todos los sentidos, profesional y personal, pero Alastor lo rechazaba una y otra vez con su característico encanto venenoso.
El conflicto estalló cuando Vox se atrevió a insultar a Lucifer durante una gala. "Nepo baby sin gracia, una banca de semen"
Había dicho con esa sonrisa artificial suya. Lucifer no dudó ni un segundo. El golpe fue limpio, directo y el escándalo recorrió toda la prensa al amanecer. A Alastor le pareció glorioso. Desde entonces dejó de ver a Lucifer como un niño malcriado.
No era un secreto que Lucifer tenía compañía en su cama. Había probado tanto con alfas como con omegas, sin quedarse nunca con nadie. Buscaba algo más profundo, un amor que lo llenara aunque aún lo perseguía el vacío que le había dejado Lilith, su primer amor, la que lo rompió y lo dejó con un aborto y un corazón vacío.
Desde aquel día del escándalo, las ofensas entre Alastor y Lucifer empezaron a mutar.
«Enano de quinta, Cara de pato, Bambi, Idiota, Lu, Manzanita»
Sus apodos pasaron de veneno a caricia. Ya no se mostraban los dientes para morder, sino para sonreír y cuando Alastor empezó a ver la vulnerabilidad de Lucifer, la dulzura detrás del ego, se perdió.
La primera vez que se besaron fue en la cabina de grabación. Lucifer había ido a quejarse, lloriqueando por su padre horrible y sus viejos amigos rabos verdes, ancianos que se querían casar con él como si fuera un trofeo. Hablando de su cuerpo y lo que harían sin pudor alguno.
Alastor lo escuchó con una paciencia que no se reconocía, hasta que el rubio lo miró con esos ojos azules brillantes y simplemente lo besó. Fue un beso torpe, furioso, dulce. Lucifer huyó después, confundido. Tardo semanas para volver a hablarse sin que Lucifer huyera de Alastor pero fue en un celo adelantado del mismo rubio el que los empujó al borde. Alastor no lo tocó, se limitó a calmarlo con sus feromonas, a sostenerlo cuando temblaba. Sin tocarlo indebidamente.
Duraron meses distanciados hasta que Lucifer lo acepto y fue en el celo de Alastor que se dejaron llevar Durante tres días, el locutor perdió la cordura. Su autocontrol, su elegancia, todo se fue al infierno. Lucifer era un manjar prohibido, su piel blanca y suave, su espalda arqueándose bajo sus manos, sus labios temblando entre jadeos. Se volvió loco por ese olor, por ese sabor, por ese cuerpo que temblaba y lo llamaba. Al final, Lucifer terminó con las caderas adoloridas, el cuello lleno de marcas y un nuevo traje improvisado para cubrir las huellas del deseo antes de su concierto.
Lo insultó durante toda la tarde, lo quiso matar incluso, pero Alastor solo sonreía, encantado, con esa sonrisa perlada que irritaba y fascinaba por igual. Lucifer lo golpeó en el pecho, apenas alcanzándole, Alastor solo ronroneó, riendo bajo. Alastor era un loco, un masoquista, según Husk, su socio, quien le aconsejaba internarse para recobrar la cordura. Pero él no quería nada de cordura.
Cuando alguien mencionó vulgarmente el trasero de Lucifer, Alastor estalló; el tipo terminó malherido.
La noche brillaba con un exceso casi obsceno. La alfombra roja se extendía bajo los flashes como una lengua de fuego, iluminada por las luces blancas que parecían adorar cada centímetro de piel y tela. El evento de la marca "Infernum" prometía ser el espectáculo del año y Lucifer con su porte imposible de ignorar era el rostro de la colección.
Caminaba entre las cámaras con una seguridad que quemaba. Su atuendo: Un conjunto translúcido de gasas negras y plata, apenas sostenido por delgados colgantes dorados que caían sobre su espalda desnuda. La tela se deslizaba como humo sobre su piel pálida, insinuando más de lo que cubría. Las joyas centelleaban en su clavícula y cada movimiento era una provocación calculada.
Alastor lo acompañaba a unos pasos, trajeado con precisión milimétrica. Un terno color borgoña oscuro con bordes satinados, camisa negra y gafas redondas que ocultaban la fiera que llevaba en los ojos. Su sonrisa, impecable y falsa, no lograba disfrazar la tensión que le crispaba la mandíbula.
Las cámaras captaban todo. El contraste entre ambos, el magnetismo entre el ángel de las transparencias y el demonio del porte inquebrantable.
—Morningstar, ¿Cómo te sientes al ser la nueva imagen de Rosie Lennox?—preguntó una reportera.
Lucifer sonrió con ese encanto peligroso que hacía olvidar la pregunta.
—Siento que es un honor—se giró para mostrar la espalda descubierta—. La provocación es un arte y yo me siento honrado de que la señorita Lennox me haya elegido, además, quien mejor para esto que yo
Los flashes estallaron. Alastor soltó un leve carraspeo, apenas audible.
Durante la pasarela, la atmósfera se transformó. Angel Dust, con su voz aterciopelada y su carisma de estrella, tomó el escenario. Poison comenzó a sonar entre luces violetas y rojas, mientras modelos desfilaban con prendas que oscilaban entre lo celestial y lo pecador. Gasas, cadenas, lentejuelas, cuero, alas y fuego artificial.
Lucifer fue la joya del desfile. Cada paso suyo era un desafío, un juego de miradas que electrizaba el aire. Alastor, desde el área de invitados VIP, lo observaba con una calma peligrosa, los dedos tamborileando sobre su copa. Escuchó los silbidos, los comentarios lascivos, las risas.
—Seguro se acostó con el productor
—Tiene la ayuda de papi que tan difícil puede ser para él, además, se acuesta con quién sea—. Gruñó otro mientras bebía su copa de vino.
—Con ese cuerpo es obvio que no salió gratis la pasarela—bufó otro mientras se cruzaba de brazos—, seguro estuvo con algunos del equipo
Alastor sonrió con un filo casi imperceptible.
«El que puede tener ese cuerpo soy yo, el único que va a estar entre esas piernas, soy yo» Pensó, mientras movía el vino de su copa.
Lucifer, en el escenario, guiñó un ojo en dirección a las cámaras pero su mirada se sostuvo solo en él. Era un fuego entre los dos, uno que nadie más veía.
La música cambió. Angel Dust anunció el cierre del desfile con su himno Addicted, acompañado de una coreografía sensual, luces de neón y un estallido de confeti carmesí. Los modelos se alinearon para la gran foto final. Lucifer, en el centro, se arqueó con una sonrisa peligrosa, mientras las luces lo bañaban como si fuera un dios moderno.
Entonces, ocurrió. Un anciano empresario, embriagado de lujo y arrogancia, se acercó demasiado durante los saludos tras bastidores. Su mano osó rozar la piel intocable de su pareja.
En un parpadeo, lo tenía contra la pared, con una presión tan firme que el aire se heló a su alrededor.
—Quita tus sucias manos de él—susurró, su voz baja, helada, perfecta—¿No sabes lo que significa consentimiento?
El hombre tartamudeó algo, pero el brillo en los ojos del castaño bastó para hacerlo retroceder. Lucifer, a un paso, lo observaba. Sin esperar explicaciones, Alastor lo tomó por la muñeca y lo llevó lejos del bullicio, entre bastidores. Las luces y la música se diluían detrás. Solo quedaban los latidos y la respiración agitada.
Lucifer habló primero, su voz un susurro quebrado:
—Alastor...
—No—respondió él, acercándose con una calma que dolía—ese anciano iba de vulgar...
El ángel tragó saliva. La tensión entre ambos se hizo insoportable. Detrás del telón, el ruido del público celebraba a Angel Dust y su triunfo, pero para ellos el mundo se había reducido a una sola cosa: Una mirada que quemaba, una piel que temblaba por ser tocada.
Cuando el último acorde de la canción se extinguió, Lucifer ya estaba entre los brazos de Alastor, con la respiración hecha un suspiro rendido.
Al final de la noche, Lucifer lo arrastró hasta su departamento con una mezcla de urgencia y deseo palpable en cada movimiento. En cuanto quedaron a solas, el aire se volvió pesado, cargado de promesas y ganas contenidas. Alastor apoyó sus manos sobre la piel temblorosa y delicada de Lucifer, sintiendo las uñas del rubio arañar su espalda con fuerza, dejando marcas que ardían como brasas vivas. A cada rasguño, Alastor ronroneaba, entregándose a esa tormenta de sensaciones que lo volvía loco.
Los ojos azules de Lucifer se llenaron de lágrimas mientras su cuerpo se deshacía bajo el peso firme y dominador de Alastor. La respiración agitada, el miembro del alfa golpeaba ese punto sensible que lo hacía ver estrellas, aferrándose con una pierna enredada sobre el hombro de Alastor, guiando y hundiéndolo más adentro. El lubricante había manchado las sábanas, empapando al miembro de Alastor y aumentando la intensidad de la conexión carnal.
Los gemidos de Lucifer rompían el silencio, tan altos y profundos que Alastor sintió que se deshacía.
—A-alastor, ¡Ah! ¡Ah!—jadeaba Lucifer, dándole respuesta al fuego que se habían impuesto mutuamente.
—No puedo escucharte, querido—respondió Alastor con un beso profundo y posesivo sobre los labios temblorosos—. Tendrás que gritar más fuerte
El alfa apretó el miembro húmedo con una de sus manos y cuando Lucifer alcanzó su clímax, Alastor empujó aún con más fuerza, embistiendo con un ritmo salvaje y sin piedad. Mordiéndose el labio para no perder el control, sintió rozar un objeto extraño. El estúpido peluche de pato que Asmodeo, el irritante amigo de Lucifer, le había regalado, seguía allí, sujeto a sus manos temblorosas.
—Maldito peluche—gruñó Alastor, la ira aflorando tan intensa como sus ganas.
Con un impulso feroz, lanzó el peluche lejos, ganándose un resoplido ofendido y una mirada fulminante de Lucifer.
—¿Qu-qué? Oye... ¡Ah! Uhm...
—No quiero nada de otro hombre en nuestra cama—gruñó Alastor mientras le alzaba la barbilla de su pareja con un agarre firme—. No quiero que mi territorio tenga ni una mierda de otro en ella, menos cuando te estoy cogiendo
El omega gimió más alto, jadeando sin fuerzas, mientras arqueaba la espalda, entregándose por completo a ese tormento delicioso.
—Tienes demasiados regalos...—masculló entre dientes, mordiendo el labio inferior.
Lucifer no pudo evitar una sonrisa torcida y burlona.
—¿Quieres que te recuerde todo lo que tengo guardado de Mammon y Bee?—le advirtió con voz áspera.
Lucifer soltó una risa jadeante que se convirtió en un ronroneo, girándose para mirarlo profundamente.
—Luci...—gruñó, mordiendo su cuello—, vas a hacer que me enoje de verdad, querido
—Tal vez eso es justo lo que quiero, Bambi—murmuró, su mirada invitando a ir más lejos.
El alfa lo volteó suavemente y entró en él con un empuje firme y decidido, sus manos apretando con fuerza esas caderas que guiaban el ritmo de un juego salvaje. El trasero de Lucifer era el centro de su atención, cada nalgada era un recordatorio duro y placentero de su dominio.
Lucifer ronroneó, dándole un pequeño beso atrevido y la respiración se volvió un caos cuando Alastor lo hundió más y más, enterrándose en ese calor húmedo. Finalmente, Alastor se corrió dentro, llenándolo por completo. Acarició el miembro aún erecto y húmedo de Lucifer, apurando el ritmo con caricias que desbordaban la frontera entre el deseo y la locura. El rubio explotó en un clímax eléctrico, gritando el nombre de Alastor con cada estremecimiento, mientras ambos se hundían en la satisfacción rabiosa e intensa. Ambos jadeantes y sudorosos se desplomaron.
Alastor lo abrazó y mientras sus labios buscaban los de Lucifer, bajó besos ardientes por la nuca, justo en la marca que había dejado su pasión. El alfa no se contuvo, lo colmó de besos y caricias suaves, recorriendo sus hombros con la ternura de quien sabe cuánto ama cuidar a su pareja. Lucifer ronroneaba bajo sus cuidados, encantado por cada mimo que recibía después del sexo.
Alastor bajó hasta su cuello y con un gemido apenas contenido, lo chupó con hambre. Las manos de Lucifer se aferraron con fuerza al estómago de su amante, llevándolo más cerca.
—Eres demasiado lindo, enano—. Le murmuró Alastor, besando su mejilla con devoción.
—Lo sé—respondió Lucifer, dándose la vuelta para picar suavemente su nariz—pero tú eres un misterio, raro y tierno—le lanzó un beso coqueto antes de hacer un pequeño puchero molesto—. ¿Era necesario lanzar mi peluche así de lejos?
Alastor rió con cinismo, sus ojos brillando con picardía.
—Tú me provocaste. Prometo regresarlo—sonrió divertido—. Pero por ahora déjalo donde pertenece
Lucifer solo rodó los ojos, divertido y agotado a la vez. Minutos después, disfrutaban su intimidad navegando sin prisa hasta que la ducha los envolvió, el agua acariciándolos mientras sus gemidos se mezclaban con el sonido del agua. Lucifer chilló suavemente cuando Alastor lo tomó con firmeza, sus cuerpos deslizándose con un placer lento y exquisito, el sabor de sus fluidos mezclándose entre sus piernas, alargando el momento hasta el último suspiro.
Una vez limpios, Alastor se encargó de todo, besando la frente de Lucifer con ternura y gruñendo al ver el estúpido peluche de Asmodeo dormido entre ellos.
Apretó a su pareja contra sí, relajándose mientras inhalaba ese aroma tan suyo, tan delicioso y tranquilizador.
«Maldición, enano...»
...
Lucifer había terminado su presentación de violín entre una ovación cálida y prolongada. Su concierto privado que un amigo de su padre le había pedido había sido preparado durante meses, entre crisis, ataques de pánico y noches donde Alastor lo obligaba a respirar, a parar y no destruirse a sí mismo. Aún sentía en el cuerpo el eco de aquella noche en la pasarela, cuando la tensión entre ambos estalló en un momento de pasión que todavía lo hacía temblar si lo recordaba demasiado.
También recordaba la insistencia de Alastor por marcarlo con su olor. A veces lo sentía incluso en el pensamiento ese aroma cálido a naranja y canela que lo envolvía y lo seguía como un fantasma dulce. Lucifer jamás lo admitiría abiertamente, pero no le molestaba. Lo irritaba lo mucho que le gustaba.
Sin embargo, ahí estaba Mimzy. Con su voz cristalina, su risa ligera y ese descaro coqueto que siempre rondaba a Alastor. Ella había hecho varios duetos con él al piano y Lucifer la toleraba en dosis pequeñas. Muy pequeñas. Verla allí en el bar que ellos frecuentaban, riendo demasiado cerca del moreno, con una copa de vino entre los dedos elegantes, fue suficiente para que Lucifer emitiera un gruñido bajo, casi felino.
—Mira quién vino a saludar, Al—canturreó Mimzy, guiñándole un ojo al omega.
Alastor no necesitó girarse, el ambiente entero le avisó que Lucifer estaba allí. Varias miradas curiosas se posaron en él. Lucifer, impecable y altivo, sonrió con la cortesía que usaba cuando quería ocultar un mal humor peligroso.
Un hombre silbó apreciándolo. Lucifer rodó los ojos con una exasperación que hizo arder algo en Alastor.
El moreno dejó de tocar el piano de inmediato. Se levantó con una elegancia amenazante y se acercó al tipo, que era un poco más alto. Lo tomó del hombro con suavidad.
—Señor—comenzó con voz tranquila y mortal—agradecería que evitara hacer semejantes sonidos en mi presencia. No es cortés dirigirse así a alguien que apenas conoce y...—alisó su chaleco, acercándose al oído del hombre—menos si es mi pareja. Tienes suerte de que no te haya partido la cara. Pero no habrá una segunda vez porque la próxima, si vuelves a mirarlo así o haces ese ruido, te voy a arrancar los ojos y la lengua. ¿Entendido?
Sonrió. Una sonrisa tan fría que heló al desafortunado, que solo logró asentir torpemente.
Alastor regresó a Lucifer como si nada, tomó su mano y la besó. Luego sus labios.
—Creí que estabas ensayando
Lucifer hizo un puchero ofendido.
—Te dije que sería mi concierto privado, idiota
Alastor alzó una ceja y miró a la multitud, literalmente preguntando con la mirada ¿Me dejan a solas?. El grupo se dispersó de inmediato.
—Pero ya veo por qué no fuiste—continuó Lucifer, afilando las palabras—. Estabas aquí, metido con ella
Alastor lo rodeó por la cintura, tomándolo del rostro con calma casi peligrosa.
—Querido...—besó sus labios con suavidad tentadora—, tú me pediste que no fuera. ¿Lo olvidaste?—lo abrazó más fuerte—. Mimzy solo es una buena amiga
Lucifer se zafó como un gato irritado y bufó. Sí, buena amiga... Seguro. Caminó hacia la barra y pidió una bebida. Alastor se sentó a su lado, pidiendo un coñac, sin dejar de mirarlo con intensidad.
Lo giró del mentón y lo besó de nuevo. Lucifer seguía en silencio, pero esa mirada terca, esa manera de ignorarlo deliberadamente, eran peor que un grito.
—Vamos, enanito—Alastor sonrió con descaro—, no frunzas tanto el ceño. Te vas a arrugar y parecerás mayor que yo. Y sabes que solo te deseo a ti
—Eres pésimo para arreglar las cosas—respondió Lucifer, empujándolo mientras tomaba su bebida recién servida.
Alastor suspiró, apoyando la cabeza en su mano mientras le observaba beber.
—Si tienes sonrisas para otros, pero no para mí, manzanita...—tomó un mechón de su cabello y jugó con él—, entonces sí me voy a poner celoso yo
Sacó un cigarro, lo encendió con su mechero y dio una larga calada. Lucifer no quiso mirarlo, pero su oreja sí reaccionó cuando Alastor volvió a acercarse.
—Vamos, no estés tan enojado—murmuró casi contra su piel—. Te prometo hacerte pancakes con formas estúpidas de pato mañana... Lu
La calada siguiente fue más lenta. Su voz bajó un tono.
—O puedo hacerte otra cosa, si prefieres
Alastor siguió intentando suavizar el mal humor de su pareja. Le hablaba con voz baja, le tocaba la muñeca, el hombro, el cabello cualquier excusa para hacerlo reaccionar. Pero Lucifer no le daba ni un milímetro. No una mirada, no una sonrisa. Solo silencio y amabilidad con todo mundo menos él.
—Gracias—Lucifer le agradeció al bartender cuando le ofreció un vaso de agua a un lado de su bebida—. Eres muy atento
El tipo sonrió, demasiado amplio para el gusto de Alastor.
Perfecto, pensó el moreno con un gruñido interno. «Lucifer está siendo amable con él. Conmigo no. Maravilloso».
Alastor estaba perdiendo la paciencia, y lo peor era que Lucifer lo sabía. Veía esos hombros tensados, veía la forma en que entrecerraba los ojos como un depredador molesto y aun así seguía ignorándolo.
Alastor volvió a llevarse el cigarro a los labios. Dio una calada lenta, intentando controlar el impulso de tomar a Lucifer del cuello y besarlo hasta que dejara de enfurruñarse.
Pero Lucifer le tomó el cigarro entre los dedos sin avisar, tan natural como si fuera suyo.
Alastor lo vio hacerlo con una mezcla de sorpresa y deseo.
Lucifer lo llevó a su propia boca, inhaló despacio, dejando que el humo le rodeara los labios rosados. Sus pestañas bajaron, sus ojos azules subieron hacia el moreno con descaro y luego, con la misma calma provocadora, volvió a colocar el cigarro entre los labios de Alastor.
El gesto fue íntimo. Posesivo. Insultantemente sexy.
Alastor sintió que algo caliente y oscuro le subía por el pecho. Sus dientes se apretaron alrededor del cigarro.
Alguien se acercó a Lucifer. Un invitado ebrio con la mala suerte de no haber visto la amenaza que Alastor estaba incluso sentado.
—¿Puedo invitarte una bebida, guapo?—preguntó, inclinándose ligeramente.
Alastor ni siquiera giró la cabeza. Gruñó. Un sonido profundo, vibrante, que hizo retroceder al tipo al instante.
Lucifer sonrió de lado.
—Eres el hombre más celoso que he conocido
Alastor entrecerró los ojos, sacándose el cigarro de la boca.
—¿Conoces más?—preguntó con una calma que no engañaba a nadie.
Lucifer abrió la boca para responder pero Alastor ya lo tenía del mentón. Lo giró con firmeza, sin brusquedad pero lo besó.
Un beso lento, posesivo, caliente. De esos que dejan sin aire y sin opción a discutir.
Cuando se separó apenas un segundo, su respiración estaba contra los labios de Lucifer.
—Sí, soy celoso—admitió, casi gruñendo—. Demasiado
—También odio—continuó, su voz bajando peligrosamente— que te miren como si tuvieran derecho a tocarte. Odio que te hablen como si yo no existiera. Odio que te silben. Odio que te busquen. Odio que no te respeten.
Sus dedos se deslizaron por la nuca de Lucifer, suaves pero firmes.
—Eres demasiado guapo, demasiado lindo y demasiado adorable...—lo jaló un poco más cerca—quiero todas esas facetas solo para mí
Lucifer se quedó inmóvil unos segundos. Sus mejillas ligeramente rojas por el beso, su respiración alterada. Alastor sonrió de forma lenta, peligrosa. Sabía que había logrado romper esa muralla de silencio.
—¿Sigues enojado conmigo?—susurró cerca de su oído, con esa voz que sabía que hacía temblar al violinista.
Lucifer lo miró fijamente, ceñudo, pero sus ojos ya no estaban fríos. Estaban ardiendo.
