Chapter Text
Capítulo 1: Dentro de ti
Era una bella tarde de primavera, de esas en las que el sol invita a salir a la calle y las alegres risas de los niños jugando inundan el ambiente. Pero para él, Lovino Vargas, el ambiente era frío, el sol no calentaba y las risas infantiles sólo eran un murmullo lejano que zumbaba en sus oídos.
Sentía que sus pies pesaban como el plomo, más desde que llegó al edificio y se metió en aquel desvencijado ascensor que lo conducía, ya sin remedio, a la sexta planta.
Lentamente salió al descansillo arrastrando una enorme maleta de viaje que manejaba con facilidad, estaba vacía. Caminó hacia el apartamento señalado con la letra B, aquel que durante los últimos años había sido su hogar. Ya no.
Contempló con temor y los ojos cargados de lágrimas la puerta que se hallaba frente a sí. Cabía la posibilidad de encontrarle al otro lado… No, debía descartar esa idea, él mismo se había asegurado de que no habría nadie en casa. Aun así la mano que conducía la llave a la cerradura temblaba.
Un silencio sepulcral recibió a Lovino. El joven dejó escapar un profundo suspiro. Aquello era lo que esperaba, pero no pudo evitar que una intensa sensación de vacío lo embargara al volver a entrar en el apartamento. Tenía tantos recuerdos, tantas risas, tantos momentos allí vividos… ahora todo pertenecía al pasado.
Maldición, no podía dejarse arrastrar por la nostalgia. Había tomado una decisión, ahora debía ser consecuente con lo que implicaba.
Fue a la habitación, donde se encontraban prácticamente todas las pertenencias que dejó atrás el día que se marchó. Por teléfono, al avisarle de que pasaría por allí en algún momento a por sus cosas, le había pedido que las guardara en cajas de modo que le resultara más fácil y rápido recoger y llevárselo todo. Pero no le había hecho caso: todo seguía exactamente en el mismo lugar en que lo dejó. ¡Maldita sea! Eso lo retrasaría sin duda.
Abrió la gigantesca maleta sobre la cama y fue echando su ropa dentro, con prisa pero tratando de ser lo más ordenado posible para que cupiera todo lo que tendría que transportar, que no era mucho realmente, pues se llevó la mayoría de sus pertenencias el día que se marchó.
De pronto, se topó con una de las camisas de él. Una que Lovino le regaló por su cumpleaños durante el primer año juntos, de color verde oliva claro, le quedaba tan bien sobre su piel morena… cualquier cosa, fuera del color que fuera, le quedaba bien, pero las camisas especialmente; quizás fuera por lo poco que solía vestirlas.
Movido por un impulso repentino, descolgó la prenda, estrechándola entre sus manos y se la llevó a la cara. Al aspirar el olor, pudo notar aquel aroma dulzón y fresco aún impregnado en la tela. Su aroma. Sin poder evitarlo, se vio sobrecogido por un profundo sentimiento de angustia y tristeza y las lágrimas brotaron de sus ojos sin control, mojando camisa que estrujaba entre sus manos.
¿Qué había hecho? ¿Cómo había sido capaz de estropearlo todo y tirarlo por la borda de esa forma? Cuanto más pensaba en ello, más desconsolado lloraba. Tanto que dejó caer su cuerpo sobre el colchón apretando la camisa contra su cara para ahogar los sollozos.
No le ayudó a parar el llanto descubrir un par de inanimados ojos negros que parecían mirarlo desde su antigua mesilla de noche. Era Pippo, su tortuga de peluche. Recordó su mirada ilusionada cuando él le dio el paquete que la contenía, lo desenvolvió y le contó que era su animal favorito. Alargó el brazo y se llevó el peluche al pecho para poder abrazarlo junto con la camisa, llorando con aún más desconsuelo.
Se permitió estar así durante un par de minutos.
Cuando por fin se calmó, metió la tortuguita en su maleta y se secó las lágrimas con la arrugada camisa que continuaba en sus manos. La miró un momento, no podía volver a colgarla en el armario así, sería mejor que la echara en el cesto de la ropa sucia del baño.
No llegó a levantarse de la cama: acababa de escuchar el sonido de la puerta principal que se abría y seguidamente se cerraba de un portazo. Se quedó congelado en el sitio. ¿Cómo era posible? ¿Por qué había vuelto tan temprano? ¿Acaso había salido del trabajo con una hora de antelación? Quizás se había dejado la cartera y había ido a buscarla… no tenía por qué entrar en la habitación; deseaba que no tuviera que entrar en la habitación; que no entrara…
Lo escuchó en el baño.
Lovino se puso en pie lentamente, aguantando la respiración. ¿Podría ser capaz de salir del apartamento sin que el otro se diera cuenta mientras estaba en el baño? Imposible. En el momento en el que arrastrase la enorme maleta el ruido lo alertaría. Y si huía dejando sus cosas atrás, finalmente sabría que había estado allí. Aunque quizás se marchase sin percatarse de su presencia allí hasta que descubriera la falta de las pertenencias de Lovino.
No tuvo suerte, la persona a la que con tanto ahínco pretendía evitar apareció en el marco de la puerta y se sorprendió bastante al verlo en la habitación.
―¡Lovino!
―A-Antonio…
El recién llegado sonrió, pero rápidamente su gesto se tornó sombrío cuando se dio cuenta de la enorme maleta que estaba sobre la cama.
―¿Qué…?
―Ya te dije que vendría a por el resto de mis cosas ―lo interrumpió Lovino fríamente, desviando la mirada al suelo.
―Ah… sí…
Lovino retomó la tarea que dejó aparcada por el llanto y, a pesar de que sus manos temblaban ligeramente, siguió recogiendo las pocas pertenencias que le quedaban en el apartamento. Se mordió el labio, tratando de distraerse para evitar levantar la cabeza. No podía mirar a Antonio, sabía que al hacerlo rompería a llorar de nuevo inevitablemente. Maldita sea, ¿por qué no se marchaba?
Antonio permanecía estático, aún apostado bajo el marco de la puerta y sin quitar la vista de encima del joven al que llamaba su novio hasta hacía varias semanas. Los ojos se le fueron llenando de lágrimas y, para evitar que se le escapara un sollozo, se llevó el puño a la boca y se mordió con fuerza el pulgar.
La fuerte respiración de ambos era lo único que rompía el silencio, un silencio tan pesado y asfixiante que Lovino se sintió incapaz de seguir soportando por más tiempo.
―¿Cómo es que has vuelto tan pronto del trabajo? ―se atrevió a preguntar, echando unas cuantas cosas más en la maleta, pero sin mirar a su ex novio.
―No me sentía demasiado bien y Roderich me mandó a casa.
A Lovino le resultó insólito que aquel estirado se hubiese apiadado de Antonio dejándolo marcharse del trabajo antes de tiempo.
―¡¿Acaso estás enfermo?! ―se preocupó, volviendo la vista por primera vez hacia su ex.
Antonio cerró los ojos un segundo y negó lentamente con la cabeza.
―Sólo estoy triste ―respondió con la voz tomada―. Aunque a veces se siente casi igual. Ya sabes, hay unos días que se llevan mejor que otros.
Las miradas de ambos se cruzaron. Los ojos verdes de Antonio se clavaron en los avellana de Lovino, que se percató de la enorme tristeza y desesperanza que trasmitían aquellos orbes esmeralda que, en otro tiempo, lucían brillantes y alegres. Incapaz de apartar la vista, notó una enorme presión en el estómago y un doloroso nudo aprisionando su garganta, ¿cómo podía sentirse aún peor de lo que ya se sentía?
―He intentado llamarte varias veces ―habló Antonio, rompiendo el momentáneo silencio que los envolvía―, pero nunca respondes al teléfono, ni tampoco a mis mensajes.
―Ya ―fue lo único que atinó a decir Lovino. Era una auténtica tortura ignorar los intentos de comunicación de Antonio, pues realmente deseaba responderle, hablar, arreglarlo todo, volver a estar bien… pero sabía que eso era imposible, la relación se había deteriorado demasiado como para arreglarla.
―¿Tantas ganas tienes de sacarme de tu vida?
―A-Antonio… sabes que… no es eso ―dijo Lovino con la voz tomada―. No me hagas esto…
El nudo que aprisionaba la garganta de Lovino se volvió aún más doloroso y, sin poder evitarlo, las lágrimas brotaron de sus anegados ojos y comenzaron a recorrer su rostro. Al verlo así, Antonio no pudo continuar conteniéndose, corrió a su lado y lo estrechó con fuerza entre sus brazos.
Lovino no se movió, no trató de apartarse ni huir, sólo se dejó envolver una vez más por aquellos brazos entre los que siempre se sintió seguro y amado. Recargó la cabeza sobre el hombro de Antonio mientras lloraba incontrolablemente y su cuerpo se estremecía por la tristeza y la angustia que lo asolaban.
Antonio lo apretó contra sí, con la respiración agitada y dejando por fin que sus propios sentimientos se liberaran a través de unas silenciosas lágrimas que se perdieron entre el cabello de Lovino. Había extrañado tanto tenerlo cerca, su calor, su olor; su ausencia había resultado demasiado dolorosa. No quería perderlo.
―Lovi, por favor… sabes tan bien como yo que no quieres hacer esto ―dijo Antonio con una nota de desesperación en la voz―. Ninguno de los dos quiere esto. Por eso sé que podemos intentar solucionarlo, ¿no crees?
Antonio ni siquiera estaba seguro de que su ex pareja hubiese escuchado lo que acababa de decirle, pues no se había movido, continuaba con la cara pegada a su hombro, llorando desconsolado. Lo apartó ligeramente, dejando las manos sobre sus hombros, lo justo para que pudieran mirarse a los ojos.
La mirada de Lovino era un reflejo de la suya propia, cargada de tristeza, angustia y dolor. Ambos sentían lo mismo, ambos estaban sufriendo por la separación, porque el amor que los había unido continuaba ahí presente entre ellos. No era posible que no existiera una solución.
―Mi amor, podemos arreglarlo ―dijo Antonio, dando rienda al pequeño resquicio de esperanza que aún conservaba en su interior―. Podemos volver a estar bien.
Para decepción suya, Lovino negó ligeramente con la cabeza.
―Vamos, Lovi. Sé que no estábamos pasando por nuestro mejor momento juntos, pero ha sido sólo una crisis ―Antonio apretó el agarre sobre los hombros de Lovino. Su voz estaba cargada de emoción―. Nos queremos, podemos arreglarlo…
―No, Antonio ―consiguió decir Lovino entre sollozos―. No se puede arreglar.
―¡Claro que sí! ―insistió el de ojos verdes―. Sólo ha sido una maldita crisis de pareja, todo el mundo las tiene. Podemos arreglarlo y superarlo, Lovi. Volver a estar juntos, volver a estar bien…
―¡NO! ―gritó Lovino deshaciéndose de los brazos de Antonio con un movimiento brusco―. ¡No podemos, maldita sea! No ha sido una maldita crisis, joder, han sido meses de discusiones y peleas constantes, de echarnos mierdas a la cara el uno al otro, de pasar días en silencio sin ser capaces de mirarnos siquiera, de… de ―su discurso rompió en un sollozo ahogado y desgarrador―… No… No tiene remedio.
Realmente la decisión de Lovino de poner fin a la relación había sido lo más difícil que había hecho nunca. A pesar del gran amor que se profesaban, les iba mal y la situación, lejos de mejorar, empeoraba día tras día, por eso en aquel momento pensó que romper era lo más acertado.
No obstante, la idea de separarse de Antonio le resultaba aterradora en sí misma, aunque lo cierto era que había una cosa que lo aterraba aún más: que la situación llevara a que Antonio acabara odiándole y lo abandonara, un rechazo de tal magnitud por parte de aquél sería un golpe demasiado duro que se veía incapaz de soportar.
Lovino se apartó de Antonio y se limpió los restos de lágrimas de la cara restregándose el brazo por ella, no podía seguir llorando. Fue hacia su maleta y cerró la cremallera, ya había guardado en su interior todo lo que había ido a recoger. Era la hora de marcharse.
Bajó la maleta de la cama y la arrastró hasta la puerta del dormitorio. Antonio se puso delante de él, insistiendo en que podían arreglarlo, pidiéndole que recapacitara, pero nada parecía hacerlo cambiar de opinión. En un último intento desesperado, Antonio se tiró al suelo de rodillas y agarró la cintura de Lovino, impidiéndole salir al pasillo.
―Lovi, por favor, no me hagas esto ―le rogó, suplicante, con la cara surcada por ríos de lágrimas―. No me dejes, ¡te necesito!
Lovino se mordió el labio, no podía volver a llorar. Pero le dolía, le dolía muchísimo ver a Antonio mostrándose tan débil y vulnerable, como nunca jamás lo había visto. Quería que fuera feliz, igual que una vez lo fueron los dos juntos, pero para que lo consiguiera debía alejarse, salir de su vida; estaba seguro de ello.
Le acarició la cara, limpiándole con el pulgar parte de las lágrimas que empapaban su mejilla, y se inclinó sobre él para besarlo en los labios. Antonio, que no esperaba un gesto así, se dejó llevar por el beso y liberó el agarre que tenía sobre su cintura.
Al separar sus labios, con sus bocas apenas a unos centímetros de distancia y los ojos clavados en los del otro, Lovino tomó aire para hablar, pero no consiguió articular palabra. En su lugar, le proporcionó una nueva caricia en el rostro mientras le dedicaba una fugaz y triste sonrisa.
Antonio se irguió un poco con la intención de volver a besar a Lovino, pero éste no se lo permitió y, con un movimiento rápido que dejó al otro descolocado, se apartó de él, agarró el asa de su enorme maleta y la arrastró mientras caminaba velozmente hacia el salón. Allí soltó su llave sobre la mesa y, con el corazón en un puño y aguantándose las ganas de romper a llorar de nuevo, a pesar de que su visión ya estaba borrosa por las lágrimas que inundaban sus ojos, salió del apartamento por última vez cerrando la puerta tras de sí.
Con un profundo sentimiento de angustia, el corazón latiéndole a toda velocidad, la sensación de que le faltaba el aire y la cara bañada por las lágrimas, Lovino se incorporó en la cama despertándose de aquel sueño.
Le costó ubicarse y recordar dónde se encontraba, porque aquel dormitorio en el que estaba acostado no era el suyo. De hecho, era la habitación de un hotel.
Se levantó de la cama algo mareado y se metió en el baño, necesitaba refrescarse. Cerró la puerta despacio, tratando de no hacer ruido, y abrió el grifo del agua fría del lavabo, dejándola correr lentamente mientras se la echaba en la cara varias veces. Miró su rostro reflejado en el espejo del baño, la angustia aún continuaba presente en sus facciones.
De nuevo ese sueño.
No, no era un sueño sino un recuerdo. Un recuerdo que lo atormentaba y que su cerebro le traía de vuelta cada cierto tiempo. Le echó una mirada enfadada a su propio reflejo, habían pasado años, ¿por qué no podía olvidarse de aquello?
Unos brazos rodearon su torso desde atrás. Lovino dio un respingo, sobresaltado por el repentino contacto. Un rostro de piel morena, ojos ambarinos y ligera barba le sonreía desde el espejo, con la cabeza apoyada sobre su hombro.
―Me he despertado y no te he encontrado junto a mí ―dijo mientras apretaba el abrazo y lo besaba en el cuello―. ¿Por qué estás levantado?
Lovino reclinó la cabeza hacia atrás, apoyándose sobre el torso del otro mientras se tranquilizaba ayudado por los suaves besos que continuaba dándole en el cuello.
―He… He tenido una pesadilla.
―Oh, vaya… ¿Tan horrible ha sido?
Lovino asintió.
―Era… demasiado real.
―Bueno, ya pasó ―lo tomó de la barbilla y le giró la cara para besarlo en la boca. Lovino se mostró un poco reticente al gesto, pero finalmente cedió al beso―. No pienses más en ello y vuelve a la cama, yo te ayudaré a dormir bien.
―Vale, ahora voy. Sólo dame un momento.
―No tardes.
Le dio un ligero apretón en el hombro, y regresó a la cama a esperarlo.
Lovino lo observó en silencio conforme salía, quedándose a solas en el baño.
Llevaba unos tres meses viéndose con Sadiq, aunque sus encuentros habían sido más bien esporádicos. Todavía se estaban conociendo, pero debía reconocer que su nuevo… ¿amante?, ¿interés amoroso? (por llamarlo de alguna manera) se estaba volcando con él: lo trataba con respeto y cariño, no le importaba que fuese temperamental ni su fuerte carácter (de hecho, parecía que le resultaba interesante), le concedía cualquier capricho que se le antojara y, por supuesto, lo pasaban muy bien juntos.
Sin embargo, faltaba algo.
No era una simple sensación, Lovino sabía exactamente lo que faltaba, pues había experimentado lo mismo en todas las relaciones que había tenido después de su ruptura con Antonio. Y es que, por mucho que se esforzara él o la otra persona, no conseguía desarrollar un sentimiento profundo que fuera más allá del cariño.
Contempló su reflejo, que le devolvía una mirada cargada de tristeza y frustración, y que le revelaba claramente la verdad.
En el fondo sabía que no llegaría a sentir amor por nadie más. A la única persona a la que amaría por siempre le había cerrado la puerta, la misma puerta que aparecía en sus sueños para recordárselo.
