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La vacuidad del Karma/ The Sūnyatā of Karma

Summary:

Cuando Akaza cae derrotado bajo el sol y la luna, él solo espera el olvido.
Sin embargo, en la quietud entre la vida y la muerte, regresan viejas voces: suaves, implacables, indulgentes.
Atormentado por lo que una vez significó la fuerza, se enfrenta al vacío que dejó el karma.

Al final, tal vez la batalla más verdadera no sea contra los débiles ni contra los fuertes, sino contra el yo que nunca pudo dejar de luchar, contra su yo débil, contra su yo del pasado.

O tal vez sea cierto lo que dicen, que el karma es una perra y siempre vuelve. El destino es realmente curioso, da oportunidades a las personas que menos las merecen y se olvida de las que más lo necesitan. Él ya cosechó todo el mal karma una vez y no le sirvió de nada, tal vez esta vez tenga que hacer algo completamente diferente para poder mirar a los ojos a las personas que una vez lo amaron.

Así que tal vez podría empezar a cambiar el pasado de cierta persona y ver si su plan puede cambiar el futuro.

Notes:

Estaba jugando Limbus Company y, al usar cierto EGO se me ocurrió el título para esta serie.

Y es que el Karma trata sobre la causa y el efecto, la cadena de acciones que nos llevan a cierto punto de la vida en la que no nos podemos liberar, como si de verdad fueran grilletes que nos indican lo que somos y a donde vamos, nos oprime o nos libera dependiendo de nuestras acciones pasadas.

El Sanyata en cambio representa el olvido, la vacuidad inherente en todas las cosas, la comprensión de que nada inherentemente es y por ende tampoco existe el bien, el mal o el yo en las acciones.

Es por ello que elegí juntarlos en el título esta historia, me gusta jugar con el papel del karma sobre todo alrededor de alguien como Akaza, quien da mucho valor a las cosas intangibles como la "justicia" o el "honor". La vacuidad del karma como algo que indique que ni siquiera el karma es una entidad absoluta porque al mismo tiempo el ser humano o sus acciones tampoco lo son.

Y, teniendo en cuenta ello, lo que intento expresar es que, es por esa misma razón que todo puede cambiar, y lo hará, incluyendo la naturaleza de seres supuestamente "inherentemente" malvados como los demonios.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Uno siembra lo que cosecha

Chapter Text

Lo último que recordaba era una brillante espada, blandida con tal fuerza, con tal pasión que parecía recrear el brillo del Sol. Era tan hermoso como tan aterrador. Sus ojos se agrandaban, sus venas se hinchaban, preparándose para el asalto, para la respuesta. Sus piernas se estremecían.

Pero nada sirvió, antes incluso de poder parpadear, su cabeza de desprendió de su cuerpo. ¿Podía descansar al fin? Una parte de él era lo único que quería lograr. Descanso, ya sea en el cielo o en el infierno, eso no le importaba, lo único que anhelaba era poder tumbarse, una cálida mano en su cabeza, y una aun más cálida voz que le recordase lo mucho que se esforzó.

Una voz que cada vez estaba más cerca, pero aún borrosa por las discordancias del pasado ya dejado atrás. Un pasado tenebroso que quiso dejar atrás, aunque eso significase abandonar todo por lo que luchó. Un pasado que le enfurecía.

¿A qué se referían con que pagase por la medicina de su padre? ¿Cómo lo haría siendo tan pequeño y viviendo en los guetos? ¿Cómo lo haría siendo tan cara la medicina?

¿A qué se referían cuando le pedían perdón? Ni que los enfermos estuvieran enfermos porque así lo quisieran. No se deberían preocupar por esas cosas, solo en recuperarse.

¿A qué se referían cuando le llamaban demonio? Él no fue quién envenenó un pozo de uso público porque era tan débil que no se atrevía a enfrentarse de cara con aquellos que le enfurecían.

No. Las voces del pasado en el pasado se deberían quedar, la debilidad del pasado, que todo le costó, no debería ser desenterrada. Lo único que importa es el ahora. El ahora para hacerse más fuerte. Más tenaz. Más resistente.

La humanidad es débil, y usa esa debilidad para atacar a aquellos incluso más débiles, si quieres ser alguien en esta vida, si quieres protegerte a ti y a aquellos que importan, lo único que puedes hacer es hacerte más fuerte, mucho, mucho más fuerte, lo suficientemente fuerte como para poder enfrentarte al mundo y ganar. El fuerte se lo lleva todo, y elige con quién compartirlo. Este mundo no tiene necesidad de débiles y por tanto, él no puede perder. Porque perder significaría admitir que no es fuerte, no es el más fuerte. Y eso nunca puede pasar, porque si no es fuerte, volverán a envenenar pozos, volverán a atraparle mientras intenta conseguir medicina, volverá a perder a todos por su culpa.

Y eso, simplemente, no puede pasar.

Con cada nuevo pensamiento, una célula de cuerpo, no, de su cabeza parecía regenerarse. La muerte se le acercaba, su dulce abrazo a un palmo de distancia. Pero no se podía permitir ese lujo, no ahora, no hasta que eliminara la debilidad de este mundo.

Aún así, esa brillante espada no parecía extinguirse, su reflejo palidecía con el tiempo, sí, el cansancio siempre fue el factor que ponía por encima a los demonios que a los humanos. Pero sus ojos seguían con el mismo tono, gentiles, arrogantes, exactamente los mismos que su sen–

PUM.

Un estruendo sacudió su cabeza apenas regenerada, haciendo que se ladeara peligrosamente hacia delante, desgarrando partes ya cubiertas. Y no tiene a nadie más que culpar que a sí mismo, distraerse en una batalla siempre es peligroso, hacerlo cuando te enfrentas no a uno sino a dos enemigos de alto rango es simplemente un deseo de muerte.

Si la espada de Tanjiro brillaba como el sol, la de Giyuu parecía reflejar su esplendor de una manera más elegante y grácil. La luna de su sol. Si Tanjiro lo manejaba con ardiente pasión, cegándolo con su luz. La espada de Giyuu pareciera crear un sutil mangata allá donde la dirigía. La luz de luna creando el sendero que las almas seguirían hasta el más allá.

Luna... Lo único que pudo ver en los cientos de años que vivió como demonio, el calor del sol le quemaba y, ahora ni la misma luna parecía estar de su lado. Aunque a veces se preguntó siquiera lo estuvo en algún momento. En su mente la luna siempre estuvo ligada a Kokushibo, un ente todopoderoso que, por mucho que lo intentase, no lo podía derrotar.

… Kokushibo, otra razón por la que hacerse más fuerte, lo prometió, tanto a él mismo como a la Luna Superior 1, entrenaría y lo mataría. No puede perder aquí. Ni si quiera por una luna más gentil y amable. Una luna protectora en vez de destructora, una luna... ¿Desde cuándo ha cambiado tanto sus pensamientos? ¿Por qué ahora cuando piensa en la luna, le duele tanto el corazón?

Ahh, esa molesta voz de nuevo. Esa luna que hace que su pecho pareciera estallar como fuegos artificiales en la noche estrellada. Tan solo...

Quizá debería hacer caso a esa amable y gentil voz de luna...

...

¿De verdad él podría luchar contra estos dos espadachines? ¿Qué derecho tenía él de hablar de debilidad cuándo no sentía ni su respiración fluctuar tras tanto tiempo peleando? Akaza siempre habla de injusticias, pero, ¿cómo sería justo aplastar sus esfuerzos cuando ni siquiera se acuerda de la última vez que sintió sus músculos retorcerse o su respiración fallar?

—Por favor, para, ya no hace falta que sigas.

Y esas fueron el golpe final que conllevó su derrota.

Las voces dejaron de ser borrosas, las imágenes dejaron de entrecortarse. Sus sentidos se pusieron de acuerdo para ver y oír bien a su pasado. Y esa debilidad oculta, explotó desde lo más profundo de su corazón hasta llegar a la superficie.

Lágrimas caían sin cesar mientras unos gentiles brazos acomodaban su cabizbaja cabeza en ellos gentilmente. Sintió unas manos más fuertes posadas en sus hombros, como si intentaran consolarle, protegerle, estabilizarle y finalmente una tenue fuerza en su cabeza, temblorosa, frágil, vieja pero resistente como ninguna otra jamás creada, unos dulces golpecitos en su parte más alta, antes de empezar a acariciarlo desde el centro hasta la parte baja.

Una, dos e incluso tres voces se encontraban ahí, calmándole, como si no fuera un demonio, como sino hubiera hecho un desastre tras otro, una tragedia tras otra, como si de verdad mereciera ser perdonado incluso si hubiera cientos y cientos de otras voces rogando por su tortura eterna.

—Ya no hace falta que sigas, te has esforzado, siempre lo has hecho, desde tu primer día hasta el último y no todos pueden decir lo mismo. —La voz que nunca pensó en volver a recordar, mucho menos escuchar hizo que todos sus pensamientos se pararan de golpe.

—Por desgracia, no te podemos llevar donde nosotros, pero estoy seguro que, cuanto los cielos te den tu segunda oportunidad, volveremos a encontrarnos, porque no importa si tengo que esperar dos, tres o cinco vidas, mi dojo, mis enseñanzas y mi cariño siempre estarán a tu disposición como hijo mío que eres, aunque no haya sangre de por medio.—Hay muchas cosas en las que Akaza pudo maldecir a los cielos, al karma o al destino, pero si hubo algo, por muy pequeño que sea, de lo que siempre pudo estar orgulloso, alegre, es que no tuvo uno, sino dos maravillosos padres que siempre velaron y cuidaron de él de todas las formas que pudieron.

—Así que por favor, para, no sigas haciendo daño a los demás, no te sigas haciendo daño. —Y por último, la tercera pero más insistente de las voces, gentil, como la luz de luna que veía en la espada de Giyuu, determinada como la luz solar de la espada de Tanjiro y... Real. Real como la vida misma, real como si las ilusiones que le habían nublado su mente con el nombre de "Muzan Kibutsuji" se hubieran disipado al fin.

Y entonces lloró, lloró de nuevo porque al fin podría quitarse de encima toda esa presión, ansiedad y sed de sangre. Lloró porque pudo ver a aquellas personas de las que sabía que no tenía derecho alguno a ver, a tocar o a siquiera observar desde la lejanía y entonces supo que su momento había llegado y partió sin ningún tipo de pudor.

Si tarde o temprano iba a acabar perdiendo contra alguien, le alegraba que sus ejecutores no fueran funcionarios del estado que le atraparon robando, ni débiles de mente y espíritu que usaran técnicas cobardes como el veneno u otros demonios sin gota de humanidad en su cuerpo como Kokushibo o Souma, sino los mejores espadachines que jamás llegó a presenciar en su larga vida. Personas de carne y hueso, con sus debilidades y fortalezas, pero siempre a base de esfuerzo y dedicación.

Mientras era guiado por las únicas personas que llegó a amar en su larga y triste vida, se permitió mirar hacia atrás de nuevo, fijándose, esta vez de verdad, en los rasgos de los héroes que le salvaron de más siglos de sufrimiento y ansiedad y, sonriendo, se dijo:

"Ojalá que en nuestra próxima vida, sea capaz de daros las gracias por todo lo que hicisteis por mi y por la humanidad. Quizá entonces, podríamos conocernos de verdad, entrenar juntos y superar los estragos de la vida apoyándonos mútuamente"

Tras ello, simplemente marchó, cada paso, una célula de su cuerpo desapareciendo en un castillo infinito, atrapado en el mismo lugar del que no pudo salir por siglos sin el permiso de su dueño.

 

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Akaza volvió a levantarse, frustrado, no importaba cuanto se negase, parecía que siempre se volvería a levantar, miró a su alrededor, buscando a sus rivales, quizá si les permitía cortar su cabeza tantas veces como fuera necesario, al final sus poderes acabarían desapareciendo.

Pero en vez una luna y un sol en forma de espadas, lo que le dio la bienvenida eran seis lunas en el firmamento, una más arriba que la otra. De estas lunas, sólo dos parecían seguir brillando, las dos más altas en el escalón.

Una grande e intimidante, otra blanca como la nieve con pequeñas manchas moradas, pero ambas aún brillantes, expectantes.

Aún así, no tuvo mucho tiempo de observar las estrellas, dado que un lloriqueo llamó su atención. En mitad del descampado, bañado por la luz de las lunas se encontraba un bebé, quien parecía estar en peligro. Distintas alimañas se encontraban esparcidas por el lugar, la gran mayoría muertas, pero no todas. El silencio de la noche únicamente roto por el sollozar del niño, quien solo podía rogar por ayuda con sus gemidos.

De nuevo, las palabras de Tanjiro volvieron a su mente, "todos hemos sido débiles, cuando éramos bebés necesitábamos de la ayuda de nuestra familia para poder sobrevivir y tú no fuiste distinto", y, como si de una epifanía se tratase, llegó a comprender a lo que se refería. Es posible que Akaza no haya sido la persona más bondadosa del mundo, si la más amable, pero tampoco se quedaría de brazos cruzados mientras dejaba a un niño, recién nacido, ser devorado. Un lobo y un zorro, esos dos animales parecían ser los únicos que se atrevían a acercarse al niño, todo lo demás, serpientes, buhos, osos o coyotes se encontraban sin vida esparcidos por el suelo. Pero eso a Akaza no le importó, ya tendría tiempo de pensar en lo que había pasado más tarde, de un salto se interpuso entre la presa y los depredadores, quienes le gruñeron sacando los dientes.

Pero de poco les sirvió, de un puñetazo mandó volando al zorro, quien pareció dañarse la columna vertebral contra uno de los pilares, se intentó levantar de nuevo, pero, tras un momento, dejó de moverse. El lobo en cambio pareció moverse hacia su compañero, obligándole a moverse, pero tras los aullidos de dolor, le dejó reposando, hasta que cerró los ojos para no volverles a abrir, poco después el pilar contra el que había chocado perdió la poca estabilidad que tenía, derrumbándose también y enterrando al animal. Akaza se hubiera sentido mal de no ser porque ya, tras tantos años se ha insensibilizado del dolor ajeno. Aún así no pudo sino sentir un atisbo de tristeza al ver como el lobo intentaba despertar a su último compañero vivo en todo el campo.

Cuando al fin bajó su mirada para ver al bebé acunado en su brazo, no pudo evitar que el asco se reflejara en su cara. Él sabía que desde la antigüedad era común el abandonar a niños deformes o enfermos, pero aún así le parecía algo cruel. Los humanos no son tan distintos de los demonios. La cara del bebé estaba deformada, no mucho, pero se le podía ver los ojos mucho más hinchados y sobresaliendo de sus cuencas. La piel arrugada como si hubiera recién nacido y ni un solo pelo en su cabeza. Su piel estaba amarillenta y pálida, como si nunca le hubiera tocado la luz del sol y sus berrinches perforaban el oído de Akaza, o por lo menos ese era el caso hasta que se dio cuenta que había callado. Ya no lloraba, parecía que estaba... ¿sonriendo? El lobo hacía un rato que había abandonado a su compañero y rodeaba a ambos, esperando la ocasión para atacar, pero volvió a parar en seco cuando escuchó ese sonido similar a una risa gutural proveniente del infante, la tensión se respiraba en el ambiente, el lobo parecía agotado, tembloroso, el viento mecía su pelaje, acariciándole pacíficamente, tranquilizándole. Sus ojos parecían irse cerrando al mismo tiempo que los del bebé se abrían y, en el exacto momento en el que se cerraron, el último de los pilares cesó ante el peso, llevando consigo todo el templo que sujetaba y al pobre lobo que debajo descansaba.

Al mismo tiempo el sol parecía asomarse por el horizonte. El bebé pareció incomodarse por un momento, Akaza también sintió un escalofrío, pero nada de eso importaba porque, en el momento en el que Akaza miró al bebé de nuevo, la respiración que no sabía que seguía teniendo se entrecortó, hipnotizado por esos brillantes y oscuros ojos rojizos. El bebé volvió hacer un sonido similar a la risa, parecía incluso mirar con inocencia todo a su alrededor, posando su vista unos segundos de más en el templo ahora destruido y, las lunas en el firmamento en cambio se desmoronaron, no dejaron paso al sol, no, simplemente... Desaparecieron. Pero eso no pareció importarle en lo más mínimo al menor, quien ahora hambriento parecía extender la mano hacia una hermosa flor azul que brotaba donde los primeros rayos de sol se posaban.

Y cuando pensó que no podría pasar nada más extraño, esos incómodos ojos hinchados se volvieron hacia él y quemaba, quemaba tanto como si estuviera expuesto a mil soles, quemaba tanto que no comprendía como no había muerto aún, ¿este es el infierno? ¿su castigo por todo el karma que cosechó? No lo sabía pero solo quería que parara ya, que le dejaran en paz, solo quería olvidar y ser olvidado, solo quería desaparecer.

Truenos se empiezan a escuchar y rayos surgen de los cielos para caer en los campos de arroz, "eso significa buena cosecha", se dijo a si mismo intentando calmar el dolor de cabeza y mareos. Pero nada parecía funcionar, su vista se nublaba y una gran fatiga hacía que sus extremidades temblaran, temeroso de hacer caer al niño se arrodillo para dejarle en el suelo, hasta que se dio cuenta de que no notaba peso alguno en sus brazos, lo que si notaba era el mundo girando y girando, sus ojos parecían estar a punto de estallar y su cabeza siendo apuñalada por invisibles estacas, un sinfín de malestares que se repartían la tortura hasta que el refrescante contacto del agua hizo que volviera en sí.