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el lobo que encontró a su oveja

Summary:

max es una ovejita que vive en un pueblo lleno de híbridos de animales de granja, todos ahí tenían dos simples reglas. no entrar al bosque ni relacionarse con lobos.

cuando se entera que su abuelita está enferma, max rompe ambas.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Había una vez una ovejita en un pueblo lleno de híbridos de animales de granja, era la ovejita más hermosa que jamás se hubiera visto.

Su cabello, muy rizado y de un color casi blanco, le daba un toque angelical.

Y sus ojos, eran de un color azulado que se asemejaba al océano.

Su madre, enloquecida sobre los peligros del bosque, le había prohibido entrar. Mientras que su abuela, con intenciones de equiparlo por si algún día la visitaba, le había mandado a hacer una caperuza roja.

Y Max la usaba tanto, que todos en el pueblo lo llamaban caperucita roja.

.

A Max siempre le habían hablado sobre los peligros del bosque.

Desde su madre, que siempre le decía que se cuidara mucho de cualquier hombre que quisiera apartarlo de su lado, hasta cualquier habitante del pequeño pueblo de nunspeet.

Ese día en particular, mientras trabajaba en la cantina, un grupo de hombres borrachos comenzaron a advertirle.

"Osos, Max, debes de tener mucho cuidado con ellos. Son hombres grandes, fuertes y muy peludos"

A Max no le agradaban mucho los osos.

"¡No! ¡Dile que lo peor son los malditos alces y sus grandes cuernos que se insertan en tu piel!"

Bueno, definitivamente no quería quedar ensartado en un par de cuernos.

Otro hombre, esta vez un híbrido de caballo, negó con la cabeza mientras tomaba su cerveza.

"No le hagas caso a este imbécil, lo peor con lo que te puedes topar son los lobos"

El caballo, un hombre de tez bronceada, se puso serio mientras se reclinaba en la barra.

"Escucha bien, ovejita. Los lobos son las personas más manipuladoras que vas a conocer. No confíes en ellos porque nunca sabrás cuan sinceras son sus intenciones"

Max parpadeó, asintiendo lentamente. No estaba del todo seguro de si alguna vez vería a un lobo, pues eran de los híbridos más odiados en el lugar.

Nunca traían nada bueno.

Y eso Max lo sabía desde pequeño, cuando su madre le contó cómo su difunto padre fue víctima de una manada de lobos grises.

Un poco nostálgico por el recuerdo de su padre, se limitó a seguir sirviendo cerveza de barril a los diferentes pueblerinos y alguno que otro forajido.

Mientras usaba un paño blanco para quitar el exceso de agua de un vaso, escuchó un grito que llamó su atención.

—¡Tú, la tierna ovejita con falda marrón!

Max, extrañado, bajo la mirada a su vestimenta, dándose cuenta de que era a él a quién le estaban hablando.

Salió de detrás de la barra y caminó hacia el tipo con aspecto sombrío en la esquina de la cantina.

Tragó saliva al llegar, pues reconoció inmediatamente al sujeto.

Christian Horner, híbrido de cerdo, y la persona que quiso ofrecerle once monedas de oro a su madre para comprarlo.

El hombre, de ojos azules y barba canosa, estaba vestido con una camisa blanca debajo de un chaleco negro.

—Hola, Max— dijo con una sonrisa, que le causo mucha incomodidad.

Con una mueca, Max saludo por cortesía.

El beta alargó una mano, invitándolo junto a él —Acércate, ovejita. No muerdo, a menos que quieras.

El corazón de Max comenzó a latir con fuerza cuando una de las manos de Christian tomó la suya y lo jaló a su lado.

Max negó con fuerza cuando esa misma mano quiso colarse por debajo de su falda —Señor Horner, no por favor.

—Vamos, Max. Aún sigo sin saber por qué tu mamá se negó a venderte, pero aunque sea déjame tocar tu bonita retaguardia— el tono coqueto tenía a Max a punto de vomitar.

Trató de apartar el brazo peludo del hombre, pero era le era imposible, pues el cerdo tenía más fuerza.

Desesperado y sin saber qué hacer, rogó internamente por la ayuda de alguien. No quería que su pureza fuera tomada por tal sujeto.

Sus ojitos se cerraron cuando la mano tocó su muslo, tembló de miedo al sentirla subir cada vez más.

Pero antes de que llegar a su zona privada, alguien lo tomó de su cintura y lo hizo a un lado.

Parpadeó sorprendido, buscando a la persona que lo apartó del cerdo de Christian. Su mirada cayó sobre un hombre, grande y ancho que tenía presionado a Horner contra la pared.

No lo conocía del lugar, por lo que debía de ser un forajido.

Vagamente podía ver su rostro, pues una capucha ocultaba el resto de su cabeza. Su cuerpo estaba cubierto por un manto negro que dejaba a la vista sus brazos.

Morenos, de bíceps anchos y musculosos.

Max tragó saliva, acercándose para escuchar lo que su salvador le decía al beta.

—¿Te gusta tocar a las personas sin consentimiento?— la voz sonaba grave, pero con un toque de humor.

El hombre presionaba uno de sus brazos sobre la garganta de Christian, haciendo que el cerdo respirara entrecortadamente, intentando gruñir alguna respuesta.

Una risa ronca resonó en la cantina, helando a todos los presentes.

—Ya veo, eres un cerdo en todo el sentido de la palabra.

Con un empujón brusco, el hombre lo soltó. El híbrido de cerdo se tambaleó, rojo de vergüenza y furia.

Luego se giró hacia Max. Y a Max se le olvidó cómo respirar...

Porque los ojos de ese hombre brillaban en rojo.

La capucha ocultaba su cabello, y sus orejas. Max se preguntó qué animal podría ser.

El forajido dio un paso al frente, extendió la mano y con una delicadeza inesperada en alguien tan imponente, tomó la suya.

Su respiración se cortó cuando el hombre acercó los labios a sus nudillos, dejando un casto beso en ellos.

—Una ovejita como tú no debería de trabajar en un lugar tan deplorable como este— murmuró, dejando su mano y acercándose a su rostro.

De cerca, pudo ver pequeñas pecas que salpicaban el contorno de su nariz. Sus ojos, rojos y brillantes, lo analizaron de pies a cabeza.

—Podrías encontrarte con alguien peor que yo— susurró contra su oído, dejando una vaga caricia en su cintura.

Y tan repentino como llegó, se dio media vuelta y salió. Dejando la cantina, con los bordes de su capucha agitándose con el frío viento del invierno.

Ese hombre debía de ser un alfa. Eran los únicos capaces de enfrentarse así, sin miedo, a otros.

Por un instante, Max no supo si debía temblar de miedo... o de algo más.

Y por primera vez en su vida, su florecita vibró, sintiendo una una necesidad desconocida para él.

.

Unas horas más tarde, Max regresó a casa todavía con el corazón agitado por lo ocurrido en la cantina.

La sensación de esos labios en su mano seguía muy presente, haciéndolo sonrojar por el simple hecho de recordar al forajido.

Era grande y fuerte como pocos hombres en el pueblo.

Y con esos ojos que no podía sacar de su mente.

Negó con la cabeza, intentando apartar los pensamientos sobre ese hombre. Apenas cerró la puerta, se encontró con su madre, que lo esperaba de pie junto a la mesa de madera, el ceño fruncido y las manos inquietas sobre el delantal.

Max se acercó con preocupación —¿Qué pasa, mamá? —preguntó, alarmado al ver la angustia en su rostro.

Ella respiró hondo antes de hablar.

—Toto, el leñador, vino hace un rato... dice que tu abuela está enferma. Muy enferma— su voz tembló, llena de preocupación.

No, no su abuelita.

Un nudo se instaló en su estómago, negó y habló de inmediato.

—Entonces debemos ir a verla. Ya mismo.

Sophie negó, limpiándose las lágrimas —No puedo— dijo ella, cerrando los ojos un momento —Tengo partos pendientes en el pueblo, vidas que dependen de mí esta noche.

La vida de su madre como partera tenía contras, y una de ellas era lo atareada que pasaba.

Con un suspiro, Max tomó una decisión. Tendría que entrar al bosque.

—Entonces iré yo— dijo, colocando una mano en la mesa con firmeza.

Su madre abrió mucho los ojos, negando de inmediato.

—¡No! Sabes bien lo que dicen del bosque, es demasiado peligroso. Y si... si algún lobo... —se le quebró la voz, seguramente recordando a su padre.

El corazón de Max se arrugó, pensando en lo difícil que debía de ser para ella vivir de su recuerdo.

—Mamá, abuela me necesita. Nos necesita— dijo, acercándose y abrazando a su madre.

Ella dudó, apretándolo más, hasta que finalmente suspiró con derrota.

—De acuerdo...

Se separó con lentitud, posando una mano en su mejilla. Max le sonrió con ternura, besando su frente.

Su madre lo dejó ir, girándose hacia la cocina. Preparó un poco de pan fresco, un tarro de mantequilla, y un poco de mermelada de frutos rojos, acomodando todo en una canasta de mimbre.

Entre tanto, Max se dirigió a su pequeña habitación, buscando algo muy importante para su viaje.

Algo indispensable.

Removió la ropa de sus cajones, intentando encontrar su caperuza roja. Aquella que su abuela con tanto cariño le había mandado a hacer.

Regresó a la cocina, para encontrar a su madre mirándolo con una sonrisa melancólica.

—Ven aquí, mi niño— dijo ella, tomando la tela roja en sus manos y ayudándole a ponérsela.

La tela suave y ligera cayó sobre sus hombros,  dándole una nueva seguridad para su camino.

—Aquí tienes, Maxito. Ten mucho cuidado por favor— pidió su madre, entregándole la canasta y acariciando su mejilla.

Max sonrió y asintió ——Lo tendré, mamá. Prometo volver pronto.

Y así, con la cesta en la mano y la caperuza roja ondeando con el viento, la ovejita más tierna del pueblo emprendió su camino hacia el bosque.

.

El bosque era mucho más siniestro de lo que se veía por fuera. Los árboles, cubiertos por una fina capa de nieve, cerraban el cielo y le impedían ver la luz de la tarde que caía.

Por suerte, el invierno estaba llegando a su fin. Lo que significaba que la nieve en el suelo era menos densa que antes.

Apretó la cesta contra su pecho, repitiéndose mentalmente que no debía tener miedo, que todo era por su abuela... aunque cada crujido de la maleza le erizaba la piel.

Comenzó su camino con un poco de duda, pero con un objetivo en mente: Cuidar de su abuela.

Los primeros minutos fueron tensos, Max se detenía muchas veces, tomando su falda para evitar que se ensuciara. Y para ver bien el camino, no quería tropezar y caer contra la nieve.

Estaba por dar otro paso cuando una voz grave lo asustó.

—Qué curioso, no sabía que dejaran salir a esta ovejita tan tarde.

Max se giró de golpe, con sus rizos despeinados por el movimiento.

Apoyado en un árbol, estaba el alfa forastero de la cantina, el de la capucha. Relajado, como si siempre hubiera estado ahí.

—¿Qué haces aquí, ovejita?— preguntó con un tono burlón, dándose el lujo de examinarlo de pies a cabeza.

Lo miraba con una media sonrisa, que hizo que el vientre de Max se agitara. Pero esta vez no fue de miedo como con el cerdo, sí no que fue de emoción.

Se acercó al alfa con timidez, sosteniendo la canasta con ambas manos.

—Voy a visitar a mi abuela— dijo, bajando un poco la voz —Me han dicho que está enferma...

El desconocido se enderezó y dio un paso hacia él, tan imponente como antes, aunque con un tono juguetón en su voz.

—¿Y conoces el camino? No me gustaría que te perdieres entre tantos árboles— el ancho cuerpo se colocó frente a él.

Max suspiró, viendo esos ojos rojos como las brasas y perdiéndose en su intensidad.

—Es la primera vez que voy a visitarla— admitió con vergüenza, sintiendo sus mejillas teñirse de rojo.

—Conozco a la mayoría de las personas que viven acá. Si me dices el nombre, y si lo deseas, puedo guiarte— el hombre colocó una de sus manos en su cintura, acariciando con delicadeza.

La ovejita mordió su labio de nerviosismo, considerando seriamente aceptar la oferta. Después de todo, quería llegar lo antes posible donde su abuelita.

El alfa quizás vio su duda —No sería muy caballeroso de mi parte dejar que una ovejita tan bella como tú ande sola. Así que vamos

Listo. Ahora sí estaba sonrojado hasta las orejas

Max no protestó, porque de alguna forma se sentía más seguro con este desconocido acompañándolo.

Comenzaron a caminar juntos. Max llevaba la vista al frente, pero algunas veces, miraba de reojo al hombre a su lado. Y cada vez lo encontraba regresándole la mirada.

Dios, no sabía cómo comportarse alrededor de este hombre. Era muy diferente a todos los que lo habían querido cortejar. Más fuerte, más grueso, más dominante...

El silencio duró unos minutos, hasta que el alfa habló.

—¿Siempre usas esa caperuza?— preguntó, ladeando la cabeza.

Max asintió mientras jugueteaba con la canastilla —Algo así... Mi abuela me la mandó a hacer por si algún día venía a visitarla.

—Mmm. No es justo— negó el hombre, luciendo decepcionado —Con eso encima, muchos depredadores del bosque podrían encontrarte con facilidad.

La mano del forajido acarició el borde de su caperuza, apartándola de su rostro.

—Aparte de que cubre tus lindas orejitas y tus esponjosos rizos.

Max bajó la mirada, mordiendo su labio —No soy tan llamativo como crees.

—Oh, claro que lo eres. Y no lo digo solo por la capa— susurró el hombre, delineado el borde de sus labios.

La ovejita dejó de respirar en ese momento. Era lo más cerca que jamás había estado de un hombre así.

—¿Cuál es tu nombre?— Max relamió sus labios, rozando levemente la piel del hombre.

Él alfa sonrió, bajando su mano.

—Muchos me llaman Checo— respondió con calma.

Se inclinó hacia Max, tan cerca que casi rozó su oído —Pero a ti, ovejita, a ti te dejaré llamarme mi amor.

Max se sonrojó de inmediato, tropezando con una raíz y casi perdiendo el equilibrio.

Pero antes de que pudiese estamparse contra la nieve, el alfa lo sostuvo por la cintura con facilidad, riéndose bajo la capucha.

—¿Y tú, ovejita?— preguntó Checo con una sonrisa descarada, muy cerca de su rostro.

—Ma-ax— tartamudeó, nervioso bajo esa mirada rojiza.

—Me gusta, pero ten cuidado, no quiero que te lastimes antes de llegar con tu abuelita.

Max sonrió tímidamente, derritiéndose en el agarre de esas grandes manos.

.

El resto del camino se hizo corto entre esas pequeñas provocaciones. Y finalmente, Checo se detuvo.

—Debo desviarme por aquí— anunció, señalando un sendero oculto entre arbustos —Si sigues derecho, llegarás a la cabaña de tu abuela.

Bueno, hasta acá llegó todo.

Max asintió, aunque no pudo ocultar un ligero puchero de decepción.

—Gracias, Checo.

—A tus órdenes, mi amor— el alfa inclinó apenas la cabeza y, con esa sonrisa coqueta, desapareció entre las sombras del bosque.

Respirando hondo, Max reanudó el camino unos minutos hasta que se detuvo de nuevo.

Esta vez, debido a que encontró algunas hojas medicinales y tuvo que llevárselas con él. Un poco manzanilla silvestre, recordando que su abuela solía preparar té con ellas para calmar los nervios y aliviar la fiebre. Las acomodó en la cesta, orgulloso de su idea.

El sol ya caía cuando, por fin, divisó la cabaña entre los árboles.

La emoción de haber llegado se desvaneció en cuanto notó la puerta entreabierta, golpeando suavemente con el viento.

—¿Abuela?— llamó con voz temblorosa, dando un paso hacia el interior.

El aire dentro se sentía denso, frío, como si la puerta hubiese estado abierta por un buen rato.

Max se quedó quieto en el umbral, la cesta entre las manos, sintiendo que algo no cuadraba.

—¿Abuela? —llamó de nuevo, avanzando hasta la mesa de madera y depositando la canastilla sobre ella.

Nadie respondió. Todo estaba demasiado quieto.

Tragó saliva y se esforzó para continuar. Sus pasos hicieron crujir la madera bajo sus pies cuando comenzó a revisar.

Pasó por la rústica cocina, por las duras sillas de madera tallas por su difunto abuelo, incluso abrió la alacena, esperando encontrar alguna pista que le indicara dónde estaba su abuela.

Pero no había nada. Nada salvo ese silencio que lo acompañaba a cada paso.

Finalmente, llegó a la puerta del dormitorio. Su mano tembló sobre el pomo antes de girarlo.

—¿Abuelita, estás aquí?

Empujó la puerta lentamente, y la luz artificial dada por las lámparas de aceite, llenó el espacio.

En la cama, bajo las mantas, yacía una figura recostada. Al principio, Max creyó que ese bulto era su abuela que descansaba en las blancas sábanas.

Pero en cuanto se acercó más, se dio cuenta que la persona en esa cama no era su abuela. Eran un par de ojos rojos y una sonrisa coqueta.

Checo.

Reclinado con comodidad entre las sábanas, la capucha caída, dejando al descubierto un perfilado rostro. Su mandíbula cubierta por una ligera barba y lo más importante, un par de orejas puntiagudas que hacían juego con su cabello castaño.

Max retrocedió un paso, con el pecho agitado. Su respiración se aceleró al comprender la verdad.

Todo este tiempo estuvo conviviendo con un lobo. Y peor aún, se sentía atraído por él.

.

Max aún seguía parado frente a la cama en la que debería de estar su abuela.

Su caperuza roja aún sobre sus hombros tensos.

Checo lo observaba desde la cama, reclinado con una calma que ciertamente lo desesperó. Su sonrisa ladeada parecía disfrutar del desconcierto de la ovejita.

—¿Qué hiciste con ella?— preguntó en un murmullo, presa de los nervios.

El lobo arqueó la ceja, divertido con su pregunta.

—¿Que qué hice con ella?— repitió en tono burlón —Max, me ofende profundamente que pienses que podría hacerle algo malo a esa dulce anciana.

Algo en él le creía con los ojos cerrados al que era un extraño.

—Entonces, ¿Qué haces en su cama?— preguntó, muy confundido con la situación.

Checo se acomodó sobre un codo, inclinando la cabeza con picardía. El movimiento hizo que la sábana que cubría su torso, bajara.

Lo que dejó su pecho a la vista. Sus pectorales tonificados y su abdomen marcado, con vello en pecho que lo hacía lucir muy apetecible.

Muy varonil.

—Digamos que tu dulce abuela y yo intercambiamos lugares por esta noche— Checo soltó con una risa.

Mostrando su escultural cuerpo, siguió hablando —Pero no te preocupes, ella está en buenas manos y en camino a tu casa en la aldea. Así que... ¿Por qué no vienes y averiguas cuán malo puede ser un lobo?

Tanto Max y su omega chillaron. Sabía que no debería caer en ese tipo de tentaciones, pero mierda si no quería dejar que este hombre lo tocara.

Y si lo pensaba con la cabeza fría, su abuelita ya debería de estar en casa con su mamá. Ella la podría cuidar mejor de lo que Max habría hecho.

Bueno, tal vez se podría dejar llevar un poquito...

El silencio se hizo largo hasta que Max avanzó otro paso, apoyando una de sus rodillas en el colchón.

—T-tus ojos, qué grandes son— tartamudeó Max.

—Son para verte mejor— respondió el lobo, levantándose y reclinándose contra la cabecera. 

Max bajó la cabeza, evitando el contacto visual, pero en su lugar se encontró con las grandes y bronceadas manos del lobo.

—Tus manos, qué fuertes son.

—Para sostenerte mejor— respondió con descaro.

Finalmente frente al lobo, pudo notar algo muy raro. Un bulto que sobresalía de las blancas sábanas.

—Y tu polla... qué grande es— exclamó sorprendido, pues el contorno realmente era ancho.

Checo rio suavemente, antes de relamerse los labios —Es para cogerte mejor— y con una sonrisa de depredador, se abalanzó hacia él.

.

Max gimió cuando cayó de espaldas sobre la cama.

Cerró los ojos ante el placer de ser sometido por el lobo. Su corazón latió desbocado al sentir la pesada respiración del depredador contra su cuello.

—Hueles a miedo... ¿me tienes miedo, ovejita?— preguntó divertido, Max se sonrojó.

Con dificultad para hablar, negó con la cabeza, y Checo rió entre dientes.

—Mmm. Si no tienes miedo, entonces supongo que podría ayudarte a ponerte cómodo— sus manos recorrieron la curva de su cintura, jugando los cordones que sostenían su corsé.

Max tragó saliva con dificultad y echó la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos.

El hombre tenía un aspecto salvaje. Sus ojos rojos brillando, sus colmillos visibles siendo acariciados por una lengua que parecía más grande de lo normal...

Su madre decía que los lobos eran animales horribles, pero Max pensaba que estaba lejos de tener razón.

—Esta caperuza te da un aspecto angelical, me gusta— gruñó, frotando la tela entre sus dedos con garras —Ahora quítatela.

Temblando, Max levantó las manos para obedecer.

Llevó sus dedos temblorosos a los cordones rojos, aflojándolos. Su caperuza cayó a la cama, dejándolo vestido con su corsé y blusa blanca.

El lobo, que se había colocado encima suyo, suspiró y negó con la cabeza —Olvidaba que a los animales del pueblo les gusta vestir tantas capas de ropa.

Checo tomó los cordones de su corsé y los rompió, quitando la prenda de su cuerpo y arrojándola fuera de la cama. Su camisa blanca y falda café recibieron el mismo trato, los retazos de tela cayeron a los lados.

Max jadeó, sorprendido por lo salvaje que había sido, e intentó cubrirse con las manos.

—Aquí estás. Tan bonito como esperaba...— el lobo relamió sus labios, mirando fijamente su cuerpo apenas cubierto por su ropa interior.

Al notarlo, el lobo simplemente la cortó, usando su garra.

El omega chilló al verse expuesto en la fría habitación. Sin embargo, el alfa no le dio tregua.

Sus manos comenzaron a explorar de nuevo, rodeando su cintura y apartando las suyas con impaciencia.

Max se dejó, pues cada caricia le calentaba la sangre y le aceleraba el corazón.

Con el cuerpo más entusiasmado que antes, su coño empezó a humedecerse entre sus piernas.

—¡Espera!— susurró Max, usando ambas manos para ocultar su florecita, tratando de que el lobo no notara la humedad.

—No— negó Checo, acariciando sus muslos antes de separarlos y arrodillarse entre ellos.

Con el movimiento, la sábana que cubría el regazo del lobo por fin cayó.

—Oh...— murmuró bajito Max, incorporándose ligeramente para contemplarlo.

Lo más sorprendente eran dos par de anillos que perforaban sus pezones, y que brillaban bajo la luz de las velas. Tenía músculos que nunca había visto, y cada uno estaba decorado con cicatrices irregulares o tatuajes extraños. Pero su torso no era tan interesante como lo que colgaba entre sus piernas musculosas.

Su pene era largo y grueso, y no se parecía en nada a lo que las mujeres el pueblo comentaban. La cabeza era de un color rojo cereza, seguida de un tronco rodeado de venas. Y debajo, dos pesadas bolas peludas.

—Mi ovejita está excitada— gruñó Checo, tomando su pene con una mano —Puedo olerte, cariño. Es más, pude olerte desde que te aparté del cerdo asqueroso— lentamente, el lobo comenzó a acariciarse.

Max, eligiendo ignorar su vergüenza, decidió hablar de lo obvio.

—¡No va a caber!— exclamó, y Checo rió.

El omega retrocedió un poco, Checo soltó su erección para alcanzarlo.

—No cabe— repitió él, mientras Checo se acercaba a su rostro.

Sus ojos no se podían desviar de esa cosa, parecía tan grande como su antebrazo, y él ni siquiera había tenido sus dedos dentro.

El lobo lo tomó de su barbilla, con su pulgar acariciando su mejilla sonrojada —Verás que sí, cabrá toda. Y si no, siempre podemos jugar de otra manera.

Max apoyó las manos en los pectorales frente a él, solo para tocar las cicatrices y los tatuajes.

—¿Jugar?— preguntó, y tímidamente rozó los anillos con los dedos.

El contacto hizo al lobo sisear de placer, y a él le gustó el sonido.

—Sí, tengo muchas ganas de hacerte gritar de placer, ovejita— Checo besó su frente, haciéndolo sonrojar aún más —Y si no puedes con mi polla, haré que te corras con mi lengua y en mis dedos.

Checo colocó una mano en su espalda y lo apretó contra su pecho, mientras que los dedos de su otra mano bajaron a su entrepierna.

—¿Alguna vez has hecho eso antes?— preguntó, y la lujuria era evidente en su voz —¿Alguna vez has dejado que algún híbrido te toque aquí?

—¡Claro que no!— jadeó Max, indignado, con las manos sobre las sábanas.

El lobo acariciaba sus labios exteriores con suavidad, y eso lo humedecía aún más.

—Y-yo soy una buena ovejita de casa...— se interrumpió a sí mismo con un gemido cuando el lobo frotó su coño las yemas de los dedos —S-siempre fui buena— tartamudeó, mientras Checo separaba sus pliegues para jugar con sus labios interiores.

—¿Te gusta?— preguntó Checo, frotando distraídamente el contorno de su entrada —Qué mojada, ovejita.

Gimiendo con fuerza, Max se apartó de su pecho y lo miró a los ojos —Bésame— pidió, con pequeñas lágrimas en los ojos debido al placer.

El lobo obedeció, besándolo profundamente mientras la punta de su dedo lo penetraba. Completamente contra su voluntad, las caderas del omega se movieron, intentando que el dedo llegara más profundo.

Los colmillos rozaron sus labios, haciendo a Max jadear en la boca del otro hombre.

—Vamos, recuéstate— ordenó Checo, apartándose de su boca.

Max asintió, acostándose con la ayuda del alfa.

—Qué hermosa ovejita y qué cabrón con suerte soy...— las palabras lo hicieron querer ocultar su rostro con sus manos, pero el dedo penetrando su interior y la mirada cargada de deseo en esos ojos rojos, lo hicieron levantar tímidamente sus caderas para dejarlo entrar.

—Qué travieso, sabía que te iba a gustar— Checo sonrió, y comenzó a mover con firmeza el dedo en su interior, colocando la palma de su mano contra un punto que lo hizo cerrar los ojos.

Max se retorció en la sábanas, haciendo a Checo gruñir al ver su estado. El estiramiento se había sentido bien por sí solo. Ahora, añadiendo la fricción, su cuerpo se sentía aún más caliente, como si el fuego de las lámparas se extendiera en su interior.

—Checo...— jadeó, saboreando el nombre del lobo en su boca.

Un segundo dedo rozó su entrada —Relájate— murmuró el lobo, y Max gimió débilmente al recibirlo.

—Estás tan apretada, ovejita. Y tan desesperado...

Otro grito escapó de Max cuando la yema del pulgar le frotó el clítoris.

—Mira tu pequeño clítoris, se retorcía por mí. ¿Tanto te gusta este lobo, Max?

Max comenzó a sollozar, por mucho que lo intentara, no podía resistirse a frotarse contra esa mano —¡No pares!

—Vamos, mi amor, dame el primero de muchos— gruñó el lobo, como una orden.

Y entonces la tensión en el cuerpo del omega estalló.

Gimiendo de placer, Max se retorció contra esa mano perfecta y maravillosa. Aferrándose a las sábanas con todas sus fuerzas, agradeció entre gemidos mientras bajaba de su orgasmo.

—Gracias, fue maravilloso, me encantó, por favor, hazlo más, por favor...

El lobo lo besó de nuevo, manteniendo los dedos dentro de él pero sin dejar de acariciar su espalda.

—¿Hace cuánto no tienes un orgasmo?— preguntó el lobo, con un deje de diversión. Max sintió el pesado miembro de Checo apoyado contra su muslo.

La tibieza de la piel le hicieron agua la boca.

—Sé que tengo talento, ovejita, pero sonabas como si nunca hubieses tenido uno.

Max sintió el sonrojo bajar hasta su cuello, el lobo lo miraba atentamente.

—Te lo dije— murmuró, cerrando los ojos al sentir las caricias subir hasta sus rizos desordenados.

¿Acaso todos los lobos eran así? ¿Por qué la gente en el pueblo les tenía tanto miedo entonces?

Checo parpadeó y ladeó su cabeza —Eres virgen— dijo, retirando los dedos en su interior. Max gimió decepcionado.

—¡Pues claro que sí!— replicó Max, siendo obvio. Al notar que Checo seguía serio, preguntó —¿Eso te molesta?

El lobo negó con la cabeza después de unos segundos —Nunca antes había tenido a un virgen— admitió, subiendo su mano hasta sus pechos.

Max soltó una pequeña risita nerviosa acompañada de un jadeo cuando el lobo tomo uno de sus pezones y lo hizo rodar entre sus dedos.

—¿Entonces nadie te ha tocado estos?

La ovejita negó solemne —Ni siquiera he jugado conmigo mismo.

Checo detuvo sus movimientos —¿Ese fue tu primer orgasmo?— preguntó, con sus ojos brillando de excitación.

—Sí, lo fue— admitió Max.

—¿Quieres otro?— el lobo sonrió juguetón.

Y sin esperar respuesta, Checo lo acostó de nuevo sobre las mantas, empujando sus piernas hasta su pecho.

Max chilló ante la vergüenza de tener expuesta su florecita.

Pero antes de que pudiera morirse de la pena, Checo besó la parte interna de sus muslos. Max se aferró a las sábanas, comprendiendo lo que el alfa quería hacer.

—Tú sólo encárgate de gemir, ¿entiendes, ovejita?— la punta de su lengua rozó su entrada, y todo su cuerpo se estremeció.

—¡Hazlo otra vez!— jadeó —¡Por favor, por favor!

El hombre entre sus piernas rió con voz grave, pero obedeció. Otorgó a su florecita más caricias con su lengua, ligeras como plumas, tan suaves que lo dejaron al borde de las lágrimas.

—Di mi nombre, Max— dijo, entre suaves toques —Quiero que recuerdes con quién estás.

—¡Checo! ¡Checo por favor!— el lobo le separó los labios de nuevo, dejando al descubierto su clítoris. Max chilló ante la siguiente lamida hambrienta.

Y fue entonces que Max recordó lo que pensó hace un rato cuando vio la lengua del lobo. Pues al ser más grande, abarcaba su entrada y su clítoris.

Sintió más placer cuando Checo hundió la lengua más abajo, jugueteando con su entrada.

Al sentir la punta introduciéndose, Max llevó sus manos al cabello oscuro del lobo, tomando los mechones entre sus dedos.

—Checo... quiero complacerte también— para Max no era justo que él ya se hubiese corrido y el lobo aun no.

—¿Ah sí?— preguntó, subiendo su mirada. Max asintió, y Checo dejó un besito en su clítoris antes de subir.

El alfa sus piernas y se colocó sobre él. Bronceados músculos, cabello oscuro y orejas erguidas.

—Sí, quiero darte placer y...— Max se detuvo al sentir que Checo separaba más sus muslos, hasta presionarlos contra la cama.

Max intentó cerrar sus piernas, pero lo único que logró fue que el agarre del lobo se hiciera más fuerte.

Al verlo forcejear, Checo sonrió con diversión  y frotó su pulgar sobre su clítoris hasta que él jadeó.

—Déjame mirarte. Eso me complacerá mucho— murmuró, sin dejar de acariciarlo.

Las caderas de Max se movieron sobre la cama, intentando conseguir más fricción.

Checo bajó la mirada a su pecho expuesto —Tus tetas son muy lindas— dijo, regresando su mirada y sonriendo.

—¡Checo!— gimió Max, sin pensar.

El lobo disminuyó sus caricias, hasta el punto de convertirlas en una provocación —Es la verdad, ovejita. Son muy bonitas.

Max, con intenciones de callarlo, se acercó a su rostro para besarlo. Gimió en la boca del lobo y apoyó sus manos en los pectorales.

Ahí encontró el par de anillos que decoraban los pezones, y quiso tocarlos, porque Checo había hecho un sonido interesante antes y quería oírlo de nuevo.

—¿Te gustan?— preguntó el lobo, casi deteniendo sus caricias —Deberías de tirar un poco de ellos.

—¿No dolerá?— preguntó preocupado Max.

Checo se rió, pero negó con la cabeza —Te diré si me duele— por su tono, no parecía alarmado —Pero se siente bien. Me gusta. Me hace correrme más fuerte. Y...

El lobo le dio una caricia lenta y deliberada en el clítoris, haciéndolo estremecer —Te daré otro orgasmo si lo haces.

Respirando hondo, Max tiró suavemente de los piercings. Checo gimió de placer y se inclinó para besarlo de nuevo. Esta vez, sacó la punta de la lengua para acariciar la comisura de sus labios.

Max gimió, y cuando tiró de los anillos de nuevo, la respiración de Checo se entrecortó. Su lengua regresó para recorrer sus labios antes de sumergirse en ellos.

Su lengua se encontró con la del lobo, experta y más grande. Envalentonado por sus sonidos de placer, siguió jugueteando con sus piercings.

Checo tomó sus muslos con más fuerza y lo arrastró hasta casi llegar a su regazo. Con las piernas abiertas alrededor de su cintura, su clítoris estaba expuesto e indefenso. La pesada polla alfa yacía contra la hendidura de su trasero, haciéndolo más consciente de su longitud y grosor.

—¿Lo ves?— dijo él, apartándose y oyéndose sin aliento —No duele. Solo hace que mi polla se ponga más dura... sigue así.

—Bésame— pidió el omega. Checo obedeció y cuando introdujo la punta de su lengua, Max la tomó entre sus labios y empezó a chupar.

El pulgar de Checo se detuvo y las caderas se sacudieron contra su trasero. Emocionado, Max chupó con más insistencia. Cada pocos segundos, tiraba de sus anillos, esperando en silencio que el lobo volviera a sacudir las caderas.

—Joder...— Checo interrumpió el beso para incorporarse. Respirando con dificultad, empezó a acariciarle el clítoris, esta vez más rápido —Lo admito, ovejita, no me lo esperaba.

—Me gusta besar, lo intenté con algunas personas— admitió Max, con una pequeña sonrisa.

Checo se tomó un momento para cerrar los ojos y respirar hondo.

—Así que tu boca tiene más experiencia que tu coño— su pulgar continuó acariciando su clítoris, las caricias se intensificaban cada vez que él acariciaba sus pezones —Bien... Enseñarte a chupármela será más fácil de lo que pensaba.

—¿Voy a hacer eso por ti ahora?—preguntó esperanzado Max.

Las caricias disminuyeron —Quizás... o quizás nos quedemos así toda la noche.

La ovejita parpadeó —¿Así cómo?— ​​preguntó, y Checo respondió acariciando sus pliegues con tanta suavidad que Max se retorció, arqueando la espalda contra las mantas.

Recordó vagamente que le había prometido un orgasmo. Pero no le había dicho necesariamente cuándo lo tendría...

—Provocarte— dijo, reanudando sus caricias y haciéndolo gemir —Jugar con tu dulce coñito hasta que esté chorreando. Hasta que esté tan sensible que ya no puedas soportar mis dedos, o hasta que te desmayes del placer. Supongo que lo que ocurra primero.

—¡No!— sus muslos seguían separados, y sentía que otro orgasmo se avecinaba. La atención en su coño lo hacía chorrear sobre la polla que presionaba sus nalgas —Déjame tocarte para que me puedas follar.

Checo tomó su rostro, besándolo con lentitud.

—Aprecio tu entusiasmo, pero es tu primera vez y quiero que disfrutes, así que acuéstate y déjame consentirte— al separarse, tomó sus muñecas con una de sus manos y las colocó sobre su cabeza —Y mantén las manos donde las puse.

Eso había sonado como una orden, y Max obedeció.

—Necesito hacerte sentir bien, Checo— gimió, mientras Checo pasaba la punta de sus dedos sobre sus pechos.

El lobo se acercó a su piel y soltó una risita antes de sentir su lengua deslizarse por su pezón izquierdo. Suave al principio, pero cada vez con más fuerza.

Ambos pechos recibieron atención cuando el pulgar que había estado jugando con su clítoris encontró el otro pezón.

—¿Cómo lo sientes, ovejita?— preguntó, sin levantar la cabeza. Sus labios ahora estaban sobre su pezón derecho.

—B-bien, me gusta— murmuró, respirando entrecortadamente.

Checo asintió, regresando a su trabajo de besar y succionar sus pezones. Los gemidos ahora eran más fuertes, de vez en cuando Max chillaba su nombre mientras el lobo usaba la punta de su lengua para juguetear con la areola.

De repente, la boca del alfa descendió por su abdomen, dejando pequeños besos que erizaron su piel.

—Ahora voy a meterte la lengua, y tú me dirás cuánto te gusta gimiendo mi nombre— Checo habló mientras seguía separando sus piernas.

—Luego por fin podrás tomar mi polla... y mi nudo— sonrió antes de bajar y besar sus labios.

.

A Max le costaba mantener las manos sobre la cabeza mientras Checo lo lamía hasta penetrarlo. Pero cada vez que suplicaba moverlas, el lobo se apartaba y susurraba "No, ovejita, relájate..."

Así que Max se quedó quieto, con las manos abriéndose y cerrándose con cada embestida de la lengua. Había un punto detrás de su clítoris que lo hacía jadear su nombre cada vez que la larga lengua lo recorría, un punto que desconocía su existencia antes de esta noche.

El deseo de tener algo más grueso en su interior era nuevo, quizás desatado por el gran miembro del lobo. Max, con la esperanza de mantener el control de sus sentidos, envolvió sus piernas alrededor de su cabeza. Eso ocasionó un gruñido de satisfacción de Checo y un suave beso en la cara interna del muslo.

—Eso es, ovejita. Frótate, te sentirás mejor— murmuró Checo, besando su clítoris.

Max asintió y lo hizo. Y definitivamente se sentía mejor. Pero había un detalle, extrañaba la atención en sus pezones. Porque ahora estaban duros y sensibles debido al frío que se colaba en la habitación.

Le rogó al lobo que jugara con ellos, pero él lo rechazó con una risa.

—Más tarde, mi amor.

Cuando Checo succionó su clítoris, su determinación se quebró y Max se soltó de su agarre para tomar su pecho, apretándolo y acariciándolo. El calor, el placer y la tensión volvieron a crecer entre sus caderas, pero el lobo se apartó de repente.

—Ovejita, qué traviesa, te dije que mantuvieras las manos sobre la cabeza— regañó, negando con la cabeza.

—Por favor, Checo, se sentía tan bien— suplicó, queriendo correrse.

—Vuelve a colocarlas. Y no las muevas— ordenó el lobo, y con un puchero exagerado, Max lo hizo .

Su larga lengua reanudó la tortura. Largos y lentos movimientos de arriba abajo sobre sus pliegues, girando de vez en cuando la punta alrededor de su clítoris.

Al ver que lo seguía obedeciendo, Checo lo chupaba suavemente, lo que siempre lo hacía jadear y gemir. Cada vez que Max sentía la tentación de volver a mover las manos, recordaba lo bien que se sentía obedecerlo.

Mantenía sus manos quietas y hacía que sus caderas se sacudieran. No tenía ni idea de cuánto tiempo pasó antes de que el lobo consiguiera llevarlo a otro orgasmo.

Pero como la primera vez, Max se quedó temblando, con los ojos llenos de sueños, jadeando su nombre.

.

Checo se apartó, luciendo muy satisfecho consigo mismo.

Max respiró con calma, intentando recuperar el aliento. Hasta que recordó lo que llevaba queriendo durante un buen rato.

—¿Me dejarás tocarte?— preguntó, acariciando las esponjosas orejas del lobo.

—Mmm. ¿Dónde quieres tocarme? Necesitas ser más específico— murmuró divertido, inclinando su cabeza hacia las caricias.

El omega resopló, sintiendo sus mejillas arder cuando habló —Tu polla, quiero tocar tu polla.

Checo, con una brillante sonrisa, se arrodilló entre sus piernas.

—¿Esta polla?— provocó, mientras rodeaba la base con una mano.

Max se quedó mirando el miembro duro, hipnotizado por su tamaño mientras Checo se acariciaba lentamente, deteniéndose para frotar el glande con el pulgar antes de que volviera a bajar.

—¿Quieres tocarla, ovejita?— la mano libre de Checo atrapó de repente una de las suyas y la guió entre sus piernas.

—¡Oh!— murmuró sorprendido Max, cuando Checo le mostró en silencio cómo sujetar su pene. Estaba aún más caliente que el resto de él, y la textura era como satén bajo sus dedos.

Max se arrodilló, apoyó una de sus manos en el hombre de Checo. El alfa besó sus rizos aflojó la presión sobre su mano, dejándolo explorar.

—¿Te gusta, mi amor?— preguntó Checo, suspirando ante su toque.

—Sí, especialmente esto— dijo, cerrando sus dedos alrededor de la punta.

Al principio, sus movimientos eran torpes, pero se concentró en el glande y las venas que recorrían el tronco. Checo jadeaba y gruñía cada vez que él apretaba más su polla.

Max sabía que esto no era suficiente para que se corriera, pero el lobo parecía más que feliz de dejarlo practicar.

Unas cuantas caricias después, la punta goteaba líquido preseminal constantemente.

La ovejita se sorprendió, y siguiendo su deseo de llevárselo a la boca, se inclinó sobre sus manos hasta quedar frente al miembro.

Checo acarició sus rizos —Ya que te ofreciste, quiero tu boca— gruñó, tomando un mechón de sus cabellos —Mantén la boca abierta y la mandíbula relajada. Mueve la lengua para que te acostumbres al sabor y, si quieres, puedes practicar la succión. Pero yo controlaré tus movimientos. ¿Puedes hacer todo eso por mí, ovejita?

Max asintió, sin apartar la vista del pene ni de las brillantes gotas que salían por la punta.

Sin perder tiempo, el lobo lo arrastró hacia su regazo. Max abrió la boca cuando él le ofreció la cabeza de su polla.

La cabeza de su pene se deslizó en su boca y Max gimió de placer. Sabía a sal y a sudor, y sintió la tibieza de la piel contra sus labios.

El lobo soltó un jadeo que se convirtió en una risa —Claro que te gusta. ¿Quieres complacerme, ovejita?

Max asintió y murmuró una respuesta, sin sacarse el miembro de la boca. Checo lo acercó aún más, metiendo más de su longitud en su boca.

El omega gimió lastimeramente, desesperado, mientras su cabeza subía y bajaba por la polla. Tal como le había pedido, intentó saborear con cada pasada.

A veces, cuando lo dejaba quedarse en la punta, giraba la lengua como él lo hacía sobre su clítoris y pezones. A juzgar por el segundo gemido que se ganó, Checo lo había disfrutado.

El pene en su boca se contraía y Max lo tomó en su mano, masturbándolo lo mejor que pudo.

El habla de Checo se había convertido en gruñidos y jadeos, y, de vez en cuando, en su nombre. A Max le gustaba cuando lo pronunciaba como si fuera una maldición.

Checo empujaba su cabeza cada vez más rápido a medida que se acercaba, y Max intentaba seguirle el ritmo con la mano.

Entre embestidas, se le ocurrió una idea, y forzó la polla hasta su garganta. Checo gimió con más fuerza, pero intentó separarlo.

Max aguantó lo más que pudo hasta que una ráfaga de caliente y espeso semen cayó en su boca.

Lo tragó gustoso mientras pensaba en tenerlo dentro.

—¿Te gustó?— preguntó inocente, lamiendo sus labios.

El lobo se sentó en la cama, apoyándose en la cabecera, y en un movimiento rápido, lo tomó de la cintura para sentarlo a horcajadas.

—Tanto así que no creo que pueda esperar más— susurró Checo con voz ronca, llevando una de sus manos a su polla para guiarla hacia su coño.

—Entonces métela— gimió Max, frotándose contra su regazo —Por favor, Checo, por fav— la punta de la polla del lobo se enganchó al borde de su coño, interrumpiéndolo.

Lentamente, el glande comenzó a entrar en él.

Max jadeó, llevando sus manos para agarrar su pecho. Sus muslos temblaron mientras lo tomaba por primera vez. No era como tomar sus dedos.

Era una carne tibia, más dura y erecta. Su coño tuvo que estirarse más para tomarlo también, y eso hizo que su cuerpo se retorciera.

El tamaño del glande mientras pasaba hizo que sus ojos se pusieran en blanco, la sensación más allá de las palabras. "oh, oh, eso se siente... " Sus caderas se movieron con incertidumbre, como si su cuerpo no pudiera decidir si follar hacia abajo o retirarse.

—Tranquila, ovejita. Despacio...— susurró Checo, con sus manos acariciando sus caderas para tranquilizarlo.

Los ojos rojos del lobo estaban fijos en su rostro mientras lo conducía más profundamente sobre su enorme polla.

Todo su cuerpo estaba caliente y tembloroso, su clítoris palpitaba y lo hacía apretarse desesperadamente a su alrededor. El deseo de pedirle al lobo que la follara era fuerte.

Pero su cabeza no parecía hablarle a su cuerpo en ese momento. En cambio, estaba atrapada, suspendida sobre su cintura. Checo lo miraba fijamente, con los labios entreabiertos, mientras la veía retorcerse.

Mientras Max luchaba por controlar la respiración, sus pechos se sacudieron y rebotaron ligeramente, y los buscó a tientas sin pensar.

Checo gimió al verlo —Ovejita... Dime si te gusta. Por favor, ¿quieres seguir?

—¡Sí, por favor!— jadeó, apretando los ojos.

Checo gimió y alzó las caderas. Max casi gritó y echó la cabeza hacia atrás mientras se pellizcaba los pezones.

—Me estás apretando tan bien, ovejita— el lobo presionó más y más profundo, y Max no sabía cómo podía estar tan lleno sin que le doliera.

Pero simplemente sentía calor, uno tan intenso y maravilloso que lo recorría mientras lo penetraba hasta el fondo.

—Me encanta cuando me dices así— admitió, apretando el increíble pene en su interior.

El lobo tomó su cintura, levantándolo para ayudarlo —Sigue tocándote, me encanta.

Max, en medio de su bruma, dijo que le gustaba eso. El cómo Checo no tenía reparos en tomarlo y moverlo como un muñeco.

—¿Te gusta ser mi muñeco? ¿Ser el bonito juguete para mi polla?— los ojos rojos brillaban ante las palabras.

La ovejita asintió, gimiendo su nombre.

—Voy a hacerte rebotar en mi polla, y haré que tus bonitas tetas también tiemblen para mí— con fuerza, lo embistió profundamente.

Max sollozó de placer, consiguiendo que Checo lo elogiara en voz baja.

—Claro que te encanta, eres todo un tesorito. ¿Cómo tuve tanta suerte contigo?— Checo comenzó a hacerlo rebotar más rápido.

Una de las manos de Max seguía apretando sus pezones, pero la otra bajó a su clítoris y empezó a frotarlo.

Checo lo seguía moviendo sobre su polla, claramente disfrutando del espectáculo. Cuando frotaba con mucha fuerza, su coño se apretaba aún más, y eso le hacía gemir de placer.

—Eso es, Max. Rebota para mí.

Max, para sostenerse de algo, colocó su mano libre en el amplio pecho del lobo y sus dedos se engancharon en los anillos de sus pezones. Checo respiró hondo, complacido.

Siguió con su ritmo por unos minutos, y cada vez que la roma cabeza del pene rozaba un punto en su interior, sus pechos temblaban. Lo que captó la mirada del lobo.

—¿Te gusta mirarme?— preguntó Max, mordiendo su labio.

Checo asintió, sin dejar de verlo —Si. Eres lo más erótico que he visto en mi vida— gruñó, luego apartó su mano.

Antes de que Max pudiera hacer un puchero, su pulgar rozó su clítoris tembloroso, cubriéndolo por completo.

—¡Checo!— grito Max, sus caderas se sacudieron con entusiasmo ante su tacto.

Intento rebotar más rápido para conseguir más fricción.

El lobo, haciendo uso de su fuerza, acomodo sus pies en el colchón para embestirlo duro.

Max gimió, con una de sus manos aferrándose a sus pecho y la otra en su boca, intentando acallar sus gemidos.

—Mierda, ovejita, te sientes incluso mejor de lo que pensaba— le dijo, observando el espectáculo que estaba ofreciendo.

Cada caricia en su clítoris lo acercaba más, el placer era tan intenso que casi dolía. 

—Vamos, mi amor. Córrete para mí mientras yo te hago un nudo— susurró en su oído, subiendo una mano para acariciar una teta que rebotaba.

El pulgar en su clítoris lo froto con más fuerza, forzándolo a llegar al clímax.

Finalmente, el placer llego a su punto máximo y se rompió. Max se retorció violentamente en el regazo del alfa, gritando con una mezcla de alivio y placer.

Algo de lo que gritaba sonaba como el nombre de Checo, pero la mayoría eran sonidos mudos. Su mente estaba en blanco y sus caderas seguían moviéndose por su cuenta.

Checo por otro lado, siguió embistiéndolo por otro minuto más. Donde finalmente gruñó y apretó con fuerza su pecho. La polla del lobo se derramo en su interior, bañándolo de semen alfa.

Y por último, la base del miembro se hinchó contra el borde de su vagina. Si antes se sentía lleno, ahora era el doble. Checo lo había anudado.

Max y su omega chillaron de gusto mientras se dejaba caer sobre el cuerpo del otro hombre. Enterró su rostro en el cuello de Checo y lo abrazo por los hombros.

—Mi ovejita tan hermosa, dando todo un espectáculo y aguantando mi nudo como un campeón— el alfa susurraba bonitas palabras mientras acariciaba su espalda y su cabello.

Con su cuerpo rogándole por descanso, y en los brazos de un apuesto lobo, Max se permitió dormir.

.

Max parpadeó cuando la luz le pegó directo en el rostro. Al abrir los ojos, lo primero que notó fue que no estaba en su cama, mucho menos en su casa.

Un gran y cálido cuerpo estaba detrás suyo.

Checo.

El omega suspiró de gusto al sentir todavía el miembro en su interior, ahora flácido.

"Un ratito más" pensó.

Hasta que recordó que era de día. Y que para ese momento, su abuela ya debería de estar con su madre. Seguramente preocupadas por él.

Mierda.

—Checo, Checo— llamó, apartando una de las manos que sostenía su cintura.

El lobo gruñó en su oído, restregando sus caderas.

—Buenos días, ovejita.

Max jadeó, intentando evitar excitarse, pues necesitaba regresar al pueblo.

—Tenemos que irnos, mi familia debe de estar muy preocupada por mí.

Checo soltó un sonido molesto, pero terminó separándose.

—Te llevaré hasta la entrada, pero sabes que soy la persona que menos quieren ver cerca.

Soltando una risita, Max se giró. Y su respiración se entrecortó al ver la imagen frente a él.

El alfa se había puesto de pie, y los rayos del sol chocaban con su cuerpo. Sus pectorales perforados brillaban, su fuerte abdomen subía y bajaba al compás de la respiración. Y su polla estaba a medio camino de endurecerse.

Max mordió su labio, deseándola en su boca justo como ayer.

—No, no. No me mires así, ovejita— negó, acercándose hasta acariciar sus labios con su pulgar —Porque no saldremos de aquí hasta el próximo invierno.

El omega soltó una risita y se levantó de la cama. Entonces reparó en su ropa hecha jirones.

—¿Y ahora qué me pondré?— murmuró preocupado, mirando al lobo a su lado.

—Tu caperuza sigue intacta— Checo se encogió de hombros, dándole una solución.

—Bueno...— suspiró Max, agachándose para recoger lo que quedaba.

Lo que no esperaba era sentir un azote en su nalga derecha.

—¡Hey!— gritó, enderezándose y viendo al lobo reírse sin dejar de ver su trasero.

Abochornado, Max salió de la habitación para poder ponerse la caperuza.

.

El invierno estaba llegando a su fin, pero aún hacía mucho viento. Apenas salieron de la casa de su abuela, Max tembló de frío.

Y Checo lo había tomado en brazos, llevándolo por todo el camino.

Max suspiró de gusto, abrazando al lobo con más fuerza.

—¿Te volveré a ver?— preguntó tímido, apoyando su mejilla contra el cuello calientito del lobo.

Checo le acarició el trasero, firme donde lo sostenía —Por supuesto, buscaré cómo atraerte al bosque. No te escaparás de mí, ovejita...

—Es curioso, ¿sabes?— dijo Max, negando —Mi madre siempre me dijo que me mantuviera alejado de los lobos porque uno de ellos mató a mi padre... y yo terminé perdiendo mi virginidad contigo.

El alfa se detuvo en seco.

Max levantó la cabeza, sorprendido por la reacción.

Checo lo miró fijamente, con el rostro más serio que le había visto —¿Cómo se llamaba tu padre?

Tragando saliva, Max respondió en un susurro —Jos Verstappen.

Un silencio se creó entre ambos. El omega intentó leer la expresión de Checo, que desvió la mirada hacia el suelo.

—¿Lo conociste? —se atrevió a preguntar.

Checo parpadeó, como saliendo de un trance, y volvió a sonreír como siempre.

—No. Pero debo de agradecer por haber hecho un hijo tan hermoso.

Max se sonrojó de inmediato, escondiendo su rostro de nuevo.

—¿Ahora te la llevas de tímido? Si ayer estabas suplicando por chupar mi polla... — bromeó Checo, apretando una de sus nalgas.

—¡Checo!— jadeó indignado, dándole un manotazo en el hombro —Mejor sigue caminando, lobito.

El lobo rió con fuerza, apretándolo contra su pecho —Como lo ordene mi ovejita.

Y Max se dejó llevar, respirando profundo.

Porque ahí, envuelto en sus brazos, Max pensó que quizá, por primera vez, no tenía que temerle al lobo. Podía quedarse ahí, donde lo habían encontrado.

 

Notes:

la merda verdad es que me imaginé a checo como le lobo del gato con botas, y no me arrepiento de absolutamente nada.
gracias por leer!

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