Work Text:
Le había llevado alrededor de dos meses conseguir un trabajo real, antes de eso, recuerda, atendía puestos ilegales de comercio. No más.
Después de ser ayudado por un amigo, pudo encontrar un buen empleo. Mentiría si dijera que no le parecían extraños ciertos detalles, pero estaba demasiado contento para pensar en ello.
El lugar era un lindo restaurante, bastante elegante para él. Tenía miedo de entrar, todo se veía tan caro, pensaba en números que no era capaz de pronunciar.
Al pasar a la oficina, un hombre mayor lo recibió con una gran sonrisa que, claro, fue devuelta. Le sorprendió lo rápido que fue contratado, la cantidad de halagos que recibió por parte del hombre y las miradas cálidas sobre él.
Agradeció poder empezar el trabajo en ese mismo momento, realmente necesitaba el dinero. No le habían dejado leer el contrato completo, se sintió un poco perdido al inicio.
Su primer cliente era un hombre que vestía un traje elegante, bien peinado y, a su parecer, bastante atractivo.
Tomaron un poco de café, era tan relajante que no se dió cuenta en qué momento cayó inconsciente.
…
Despertó, sonidos húmedos y el peso de algo sobre él fue lo primero que notó. Le tomó dos segundos aclarar su visión, se alarmó al ver a aquel desconocido rebotando en su intimidad. Intenta alejarse cuando el sonido de un disparo lo aturde, gotas de sangre mancharon su cara; alguien le había disparado a aquel chico, y aún así este seguía rebotando, lentamente. Lo miró a los ojos, notando sus lágrimas, vió sus labios moverse, hablar, pero no pudo escucharlo.
En un momento dado, algo golpeó al chico en la cabeza, tirándolo al suelo a su lado. Aprovechó para levantarse, solo siendo presionado de vuelta, quieto en su lugar por aquel hombre de traje, quien mantenía esa cálida sonrisa en su rostro y un arma en su mano.
El hombre le dictó una orden, una que se negó a cumplir, negó y negó hasta que recibió un golpe en el rostro y el arma apuntó a su cabeza. Obedeció, yendo hacia el chico.
Su mano temblaba mientras se obligaba a golpearlo, la sangre cubriendo su puño, salpicando su ropa. Le había roto la naríz y se hubiera detenido de no ser por el arma que seguía apuntando a su cabeza, la voz que le decía que continuara.
Los gritos en su cabeza lo aturdian, no supo en qué momento su víctima dejó de pelear. Podía ver su rostro en carne viva, o lo que quedaba de él. El arma fue apartada y con ello vino un tirón a su cabello. El hombre sobre él, con aquel traje tan elegante, impecable, le recitó palabras que le fueron imposible escuchar, seguido de un disparo en su hombro.
Gritó, sujetando la herida con fuerza, como si eso pudiera detener el dolor. Su sangre caía a montones, se tiró al suelo entre sollozos, rogando parar.
El hombre elegante se acercó, lo pateó ligeramente obligando a quedar boca arriba.
—¡POR FAVOR, DETÉN ESTO, DETENLO, YA NO QUIERO, NO MÁS-!
Suplica, el hombre sonríe ante ello y le dispara una vez más en el mismo lugar, la bala atravesando su mano. Su agonía parecía divertirle.
Tranquilamente se agachó a su altura, tomando su rostro con su mano enguantada. Su toque bajó hasta su pecho, siendo tocado sin pudor. No opuso resistencia, tenía miedo de volver a ser agredido. Su camisa fue retirada con una lentitud incómoda, no había notado que era lo único que llevaba puesto.
Fue colocado boca abajo de un tirón, escuchó el cinturón del hombre siendo desabrochado con paciencia. Sollozó cuando sintió una mano separar sus glúteos, dejando ver su ano. Cerró los ojos con fuerza, conteniendo un grito cuando el miembro del hombre se encajó en su interior con una estocada. Lágrimas espesas corrían por sus mejillas, sabía que si luchaba moriría.
Gritó entrecortado cuando las embestidas comenzaron, sin darle tiempo a soportarlo. Inconscientemente movió sus caderas hacia adelante tratando de alejarse, su lloriqueo resonaba en la habitación. El hombre lo tomó de la cintura, apretando, lastimando. Sangre salía de su entrada desgarrada, su rostro estaba rojo por el llanto.
Harto de escucharlo, guió su mano hasta su cuello, levantando su cuerpo por detrás de tal manera que se asfixiaba, tosía, ahogándose con su propio llanto, gritando piedad. El hombre volvió a disparar, parte de su oreja salió disparada lejos de su vista. Se retorció de dolor, un grito ahogado salió de su garganta.
Sentía el miembro del maldito revolverle los órganos por dentro, golpeando una y otra vez tan fuerte, su brazo caído por el disparo en su hombro, incapaz. Su mano lastimada apretando fuertemente la herida en su oreja, rogando que dejara de doler.
Las balas se habían acabado, por lo que dejó el arma a su lado. Ahora con sus dos manos libres sujetó al desgraciado por los brazos, pegando espalda contra pecho. Podía escuchar los gimoteos de su víctima, pero era lo de menos, solo daños colaterales.
Se molestó cuando la sangre manchó su elegante traje. Lo soltó y empujó contra el suelo bruscamente, escuchando un quejido del muchacho. Presionó su cabeza contra el suelo, tomando el arma de nueva cuenta, jaló su cabello obligándolo a verla, a ver como la guiaba a su trasero. Entendiendo de inmediato, y pensando que había balas en ella, se retorció tanto como pudo, desesperado, aterrado.
Movió su mano para arrastrarse lejos, o intentarlo.
Al sentir que lo sostenía por la cintura, lo pateó, pateó tan fuerte como el pánico le permitió. En recompensa, recibió un golpe en su espalda baja, que le hizo encogerse.
Se arrastró un poco más, el hombre, divertido, se puso de pie para dejarlo avanzar un poco. Miró con una sonrisa como el muchacho, llorando del miedo y dolor, dejaba un rastro de sangre a su paso.
—Dejando ese camino, por más lejos que fueras, te encontraría de inmediato.
Rió. Dando dos pasos, llegó hasta él, pisó su espalda deteniendo su avance. Sobre él, lo sostuvo fuertemente, tomó una de sus piernas levantándola en su hombro para introducir el arma en su interior.
Gritó de nuevo, esta vez más quebrado, más bajo. Su garganta dolía, sabía que no valía la pena, nadie lo escucharía de todos modos. Estaba destinado a esto.
Giró la cabeza para evitar verse a sí mismo siendo violado por un arma que posiblemente fuera a dispararse y matarlo. Lloró.
El arma salía y entraba de su interior con fuerza bruta, dolor y dolor, solo dolía, pero entonces ¿por qué estaba erecto?
Le dieron arcadas ante la idea de que pudiera disfrutar esto. Ni siquiera se había percatado de ello. Se sentía mal, asqueroso, como un pervertido por reaccionar así.
Desgarraba su interior, movía carne al rojo vivo en él. Cubrió su rostro, nunca dejó de llorar.
…
Lo levantó del brazo, arrastrándolo hasta la puerta abierta donde los esperaba el hombre mayor. Fue dejado en uno de los caros sofás de la sala. Fue reñido por manchar el sofá con su sangre, pero el dolor era ensordecedor.
El hombre de traje abandonó la sala después de dejar un fajo de billetes en manos del viejo.
—Será mejor que estés listo para el siguiente cliente. Una cara bonita como la tuya no se puede desperdiciar.
Se fue dejándolo solo.
