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No entendían realmente el problema de todo.
Sí, habían olvidado recoger un poco la ropa sucia, pero era solo eso. No era una razón suficiente para que ambos estuvieran enfadados.
Tsumiki se salvó, ella ya no vivía en casa, pues se había mudado a la residencia de la universidad.
¡Pero ellos seguían atrapados ahí! En tercer y segundo año de la escuela. Siendo alumnos de sus padres.
Y lo malo de ser sus hijos y alumnos era que lo que pasaba en casa, se resolvía en los entrenamientos.
Suguru fue el primero en entrar, en lo que cabe, fue más suave de lo que esperaban.
Pero Satoru no se contuvo como él.
El entrenamiento se había extendido más de lo previsto, Mimiko ya estaba en el suelo, sin poder moverse por el cansancio mientras Nanako y Megumi luchaban por tratar de dar, al menos, un golpe en Satoru.
—¿No está siendo Gojo-sensei muy... Estricto? —preguntó Itadori desde las gradas.
Nobara asintio, acomodando el parche en su ojo.
—Lo está siendo. Ni siquiera nos permitió entrar al entrenamiento, solo quiere golpearlos.
—¿Qué hicieron?
—Mimiko dijo que Gojo-sensei solo estaba exagerando.
Itadori asintió.
—¿Por eso Geto-sensei le puso a Megumi un examen que a nosotros no?
—Sí.
—¡Vamos! —Satoru les gritó cuando derribó a Megumi y Nanako— se supone que son fuertes, ¿No? Levántense. Ya.
Los tres soltaron un quejido al unisono.
Megumi trataba de limpiar el sudor de su cara, Nanako ya estaba recostada boca arriba con los ojos cerrados y Mimiko ni siquiera hizo otra cosa más que volver a quejarse.
La base de la experiencia les decía que se quedarán quietos, como si no hubieran escuchado. Usualmente funcionaba para que Satoru dejara de verlos fijamente.
Pero no está vez. No.
Suguru abrió la puerta del gimnasio, sonriendo al ver a los niños tirados en el piso, antes de ver a Satoru, acercándose a él y susurrando algo en su oído.
—Y ahora se coquetean frente a nosotros, genial.
—Ya es suficiente, cariño —Suguru dijo en una voz más alta, acariciando la cadera de Satoru.
Realmente no parecía una orden, ni siquiera una petición.
Era una burla y ellos lo sabían.
—Si los agitas, no sobrevivirán a la misión que acabo de hacer que les den.
Itadori y Nobara se miraron, antes de escabullirse por la puerta de emergencia.
Ya habían hecho más de veinte misiones esa semana, ¡Y ni siquiera era viernes! No iban a tener otra.
Satoru sonrió, inclinándose para besar la mejilla de Suguru.
—Tienes razón —dijo con el rastro de una sonrisa en sus labios— solo quería ver que tanto podían soportar.
Las gemelas y Megumi suspiraron un poco, dándose por vencidos finalmente.
Suguru los miro, señalando las mochilas.
—Vayan a sus cosas, hoy yo los acompaño a la misión.
Los tres adolescentes no pudieron moverse, es más, ni siquiera se levantaron de su lugar en el suelo.
—¿En serio van a hacer esto por lo de la ropa? —preguntó Megumi, levantando la cabeza.
—Sí —dijo Satoru, asintiendo.
—Era el plan. Completamente —añadió Suguru.
Las gemelas rodaron los ojos, sacándole un jadeó a Satoru.
—Y ahora son así de groseros, Suguru, ¿Qué hicimos mal con ellos?
—No tengo idea. Los criamos bien.
Nanako levantó una ceja.
—No digo que no esté agradecida, pero ustedes solo nos adoptaron. Cuando eso paso ya teníamos la edad suficiente para que fuera más fácil. Mimi y yo teníamos nueve, Megumi siente, ¡Tsumiki once!
Megumi asintió. No quería parecer desagradecido, pero sí estaba de acuerdo.
—Teníamos la edad suficiente. Sí.
Mimiko asintió, casi muy satisfecha.
—¿Lo ven? A esa edad uno ya sabe comer solo, bañarse, hacer la tarea. No debió ser difícil cuidarnos.
Suguru y Satoru no respondían, los miraban con las cejas alzadas y los brazos cruzados.
—Fue fácil —añadió Nanako, al fin levantándose de su lugar— de eso estoy segura. No sé porque lo cuentan como si fuera lo más difícil del mundo.
—Sí, no creo que haya sido un sacrificio enorme como lo llaman —añadió su gemela.
Megumi también asintió, de acuerdo con sus hermanas.
Cuando dejaron de hablar, los adultos al fin hablaron.
—¿Perdón? —preguntó Suguru, en voz baja, casi peligrosa.
Satoru se había quitado las gafas, sus ojos resplandeciendo con advertencia.
—¿Dicen que fue fácil? ¡Suguru acababa de matar a toda una aldea!
Suguru giró la cabeza hacia él, respirando hondo.
—Muchas gracias por el recuerdo, cariño.
—De nada —dijo Satoru, antes de disculparse con la mirada— a lo que quiero llegar es que no éramos maduros, ¡Yo ni siquiera sabía cocinar!
—Nos dábamos cuenta —dijeron los tres al mismo tiempo.
—No le hablen así —advirtió Suguru— ni siquiera éramos responsables. No éramos los padres que necesitaban y aún así dimos lo mejor que nos fue posible.
Nanako alzó la barbilla con desafío, aunque sus mejillas estaban teñidas de rojo.
—Aún así, lo sostengo. No debió ser difícil.
Suguru negó con la cabeza.
—Teníamos su edad. Megumi, ¿Te imaginas cuidar de un niño a esta edad? Seguramente no, ahora imagina cuatro. Yo ni siquiera había terminado de aceptar mis responsabilidades como hechicero y de pronto, tuve que alimentar, educar y protegerlos a ustedes tres y a Tsumiki. No fue fácil.
Satoru asintió, muy decidido.
—Ni siquiera podía entender en su totalidad la capacidad de mis poderes cuando ya tenía que cambiar pañales.
—Ninguno usaba pañal.
—¡Es una expresión!
El silencio se extendió por unos segundos, antes de que Satoru negara con la cabeza, poniéndose una vez más sus gafas.
—Ya vámonos, deben enfrentar su misión y no voy a dejar que Suguru los ayude.
^_________^
La misión era en una escuela, maldición con categoría de primer grado.
Dejaron que los adolescentes entrarán solos, una maldición del arsenal de Suguru fue con ellos, solo para supervisar. No para ayudar.
—¿Puedes creer la estupidez que dijeron? —Satoru le susurró, aún ofendido— todas las noches sin dormir, tener que darle razones a los altos mandos para que no nos quitarán a los niños, pero sin poder hacer misiones…
—Las enfermedades repentinas —añadió Suguru— ¿Recuerdas cuando se enfermaron de viruela y luego nosotros también?
—Fue de las peores cosas que viví. La comezón era insoportable y teníamos que cuidarlos aún así.
Satoru desactivó sus seis ojos, frotando su frente.
—Y aún así son unos malagradecidos, ¿Qué hicimos mal?
—Seguramente todo —aceptó Suguru, abrazando a Satoru con ligereza— teníamos dieciocho.
Tenían un cosquilleo en la espalda, pero no sé giraron, no hasta que los adolescentes se asomaron por la ventana.
—¡Maldición!
—¿Y ahora nos insultan? Vaya hijos criamos.
—¡Geto-sama! ¡Detrás de usted!
Nanako teletransporto a sus hermanos junto a ella para estar a su lado, pero fue demasiado tarde.
La maldición, un tipo de serpiente con cabeza en ambos lados de su cuerpo, tomando de manera desprevenida a ambos, encajando sus dientes en los brazos de ambos.
Los adolescentes perdieron la respiración por unos segundos, pero los adultos solo extendieron la mano, sacándose la maldición con poco interés.
—Increíble que una maldición deba atacarme para que mis hijos se preocupen por mí.
—¿Verdad? —Suguru le preguntó, aventando a la maldición y luego convirtiéndola en nada más que una bola.
—Oigan —dijo Megumi, acercándose.
—¿Te vas a disculpar?
—¿Están bien? —preguntó Megumi, observando como comenzaban a sudar.
—Claro que no —Satoru dijo, limpiando su frente con su antebrazo— mis hijos piensan que fuimos inútiles en su crianza.
—No pensamos eso —Megumi le respondió— solo dijimos que no había sido tan difícil.
—Es lo mismo.
Satoru volvió a activar su infinito, evitando que Megumi la tocará antes de que Suguru abrazara su estómago, quejándose.
—¿Geto-sensei? —preguntaron las gemelas, corriendo a su lado.
Satoru sostuvo su cabeza, quejándose de la misma forma.
Los adolescentes no sabían que hacer, sabían que era por la maldición, pero no como revertir sus efectos.
Ambos adultos se sostuvieron del contrario, pero poco sirvió cuando comenzaron a tambalearse, hasta que cayeron el piso, sin lograr ser sujetados por los otros tres.
Hubo un silencio tan profundo que les dió miedo.
Corrieron a su lado, observando a los dos adultos en el piso, quienes se retorcían en su lugar.
—¡Sensei! —gritaron los tres, tratando de hacerlos despertar.
Mimiko se inclinó hacia Satoru, agitando su cuerpo por sus hombros.
—¡Sensei! ¡Despierte!
Megumi, con el ceño fruncido por la preocupación, agarro a Nanako de la manga.
—Llevalos con Shoko-san.
—No están heridos, no sangran, ni siquiera tienen cortes, ni siquiera se golpearon en la cabeza al caer —murmuró Nanako con preocupación, acercándose a ambos antes de girar su celular para que enfocará a los tres.
Mimiko se levantó, corriendo al lado de Megumi, de regreso a la escuela de hechicería.
^_________^
Shoko salió del consultorio, observando a los tres adolescentes en la sala de espera.
—¡Shoko-san! —dijo Megumi— ¿Qué le pasó?
La castaña frunció los labios.
—Mejor observando ustedes.
Los tres entraron a dónde descansaban sus padres, pero no estaban.
Dónde debían estar los dos hombres adultos, ahora se encontraban dos cuerpos mucho más pequeños.
Reconocían a Satoru, con el cabello más corto, pero igual de rebelde, con una bata de hospital del área de pediatría, parecía un niño de siete años, aferrándose a la almohada mientras seguía dormido.
No había ningún rastro del cabello largo que Suguru solía tener, ahora solo había un corte más pequeño, con un pequeño mechoncito en su frente, durmiendo tranquilamente del lado contrario a la cama, con sus piernas en la almohada.
Los tres adolescentes abrieron la boca, listos para hablar, pero nada salió.
—No puede ser —dijo Mimiko, llevando una mano a su boca.
Nanako soltó su teléfono, abriendo la boca para responder, pero de nuevo, nada.
Megumi, sin embargo, hablo en voz baja, aunque con voz forzada.
—Va a ser el infierno —susurró.
Si Shoko-san no podía solucionarlo, nada lo haría.
El silencio los abrazo, casi dolorosamente, roto solo cuando el albino abrió los ojos, estirándose en su cama y mirando a los, ahora "adultos", fijamente.
—¿Qué con esa cara? Raritos.
