Work Text:
Podía vislumbrar tu hermosa sonrisa dirigida hacia mí, tus lindos ojos cerrados cuando lo hacías, el hermoso sonido que captaban mis oídos al oírte reír ¿Qué había pasado? Todo nuestro futuro se hizo pedazos frente a nuestros ojos, pensábamos mudarnos juntos y cuando ahorráramos lo suficientemente con nuestros trabajos de medio tiempo compraríamos una gran casa con jardín, adoptaríamos un golden retriever y viviríamos ahí hasta envejecer juntos, sí, éramos muy jóvenes cómo para planear todo nuestro futuro sabiendo lo incierto que puede ser, pero así éramos, ingenuos y soñadores, solo dos amantes en la euforia de su "eterno" amor, ignorantes de cruel realidad que se avecinaba.
Nunca fuimos perfectos, nunca fuimos el estereotipo perfecto, nunca fuimos lo que los demás esperaban de nosotros, y eso estaba bien, porque no nos importaba nada más que solo nosotros, tú y yo contra el mundo, siempre había sido así ¿Por qué debería cambiar? Cada vez que quería huir de todo, cuando sentía que simplemente ya no podía con toda esta mierda, iba hacia esa casi abandonada cafetería, que por más que los clientes eran unos idiotas, apenas había personal y su café era horrible, siempre podía recurrir hacia el, porque ahí estabas tú, esperando por mí con una dulce sonrisa plasmada en tu tierno rostro de niño, y aunque tu día haya ido de la mierda, que tu jefe te regañara por cosas que no eran tu culpa, por los miles de insultos qe recibías a diario por esos imbéciles que venían por su café de mierda, siempre estabas con una sonrisa cuando me veías llegar, y muchas veces equipado con un botiquín de primeros auxilios, siempre atento a los detalles y preocupándote por los demás. Siempre te decía que renunciaras a esa maldito cafetería, que no merecías que te trataran de esa manera, pero aunque te lo suplicara no lo harías, y lo entendía perfectamente, era el único lugar donde aceptaban dejar trabajar a menores; volviendo a pasar ahora por ese viejo local de café, todo se sentía vacío, y aunque antes ya lo era, tu presencia siempre fue suficiente para el lugar se sientiera lleno de calidez, como un hogar, eras mi hogar.
Nuestra relación nunca fue perfecta, pero estaba bien, porque con cada pequeña discusión aprendíamos más del otro, juntos, crecía nuestro amor. Un año luego pudimos graduarnos y nuestro próximo objetivo era la universidad, tú eras el más emocionado, y aunque no ibas a poder estudiar lo que te apasionaba, no lo viste como algo malo y al contrario, viste el arcoíris en la tormenta, y es una de las tantas cosas que amo de ti, porque yo no era capaz de hacerlo, no sin ti a mi lado, brillando radiantemente como el mismo sol.
Nuestro tiempo juntos se vio interrumpido una vez que entramos a la universidad, apenas nos veíamos a la hora del almuerzo, contando que luego ambos teníamos trabajos de medio tiempo, y esto me tenía algo preocupado, que tal vez, nuestros sentimientos puedan cambiar en este lapso de separación, así que decidí hacerte saber mis pensamientos sobre esto un fin de semana que eran los únicos 2 días que nos veíamos en la semana, me escuchaste y comprendiste mis sentimientos, tan amable como siempre; me dijiste que sentías lo mismo, pero como siempre, eras malo para sincerarte completamente sobre tus sentimientos. Unos días después acordamos mudarnos juntos, era algo que nos beneficiaba tanto a nuestra relación como a nuestra economía, así que así seguimos nuestros días, viviendo juntos, apoyándonos, como siempre lo hicimos.
Fue una noche estrellada, un día antes de nuestra graduación, cuando empezamos a imaginar y planear nuestro futuro sin consentimiento del destino, solo dejando nuestra imaginación volar y nuestros corazones flotando en la ilusión. Te veías tan bello ese día, a la luz de la luna, tu rostro fue iluminado, mientras estabas dormido, pude apreciar cada detalle de ti, recordando lo afortunado que era por tener a mi lado después de tanto.
Nos habíamos graduado; tú, con honores. Estaba tan orgulloso por ti, te habías esforzado tanto aún si no era algo que amabas; nuestras vidas apenas comenzaban. Prontamente, conseguiste un empleo estable, mientras yo aún seguía en trabajos de medio tiempo, sabía que tenía que esforzarme si en verdad quería ser merecedor de los que el destino me otorgó. Fui a muchas entrevistas, y en la última lo había conseguido, estuviste tan feliz por mí que aquella sonrisa solo llenaba mi pecho de orgullo, por mí mismo; nuestro próximo objetivo era poder ahorrar lo suficiente y poder cumplir nuestros verdaderos sueños, nuestra pasión, la música, lo que, en un inicio, nos unió. Sin la música, jamás te hubiera conocido, un encuentro tan casual como un saludo, nos conocimos en una tienda de discos, rápidamente conectamos por chocar en la misma sección, por el mismo disco, algo irónico, sin embargo, a la vez mágico, cuando nuestros ojos chocaron, pude sentir como una chispa, algo en mí se había encendido, algo que nunca creí poder sentir. La música era algo tan significativo para ambos, que claro que no nos rendiríamos con nuestros sueños, daríamos todo de nosotros para alcanzarlos.
Nuestros trabajos iban bien, demasiado para ser cierto, nuestra relación iba viento en popa, y hace apenas unos días habías conseguido una beca para estudiar música en Seúl, claro que tenías que irte, pero estaba bien, porque yo iría contigo, a donde sea que fueras. Íbamos a rentar el apartamento y conseguir uno que quedara más cerca de la universidad, yo podía trabajar desde casa algunos días, de igual manera mi empresa no quedaba tan lejos de donde estudiarías, tal vez podría hasta recogerte si salieras muy tarde de tus clases. Me agradeciste millones de veces por el sacrificio que estaba haciendo por ti y tu sueño, pero eso jamás fue un sacrificio, lo hacía con todo el amor del mundo, era lo menos que podía hacer por el amor de mi vida y la persona que me salvó del abismo que era mi mente hace varios años, nada será lo suficiente para agradecerte que me hayas de vuelto las ganas de vivir, de realmente vivir, como si fuera mi último día aquí, como si lo fuera a tu lado.
Era tu cumpleaños número 26, íbamos a celebrarlo juntos, antes de que tuviéramos que irnos a Seúl, había comprado un ramo de flores coloridas que sé que te encantaban por su brillantes colores, pensaba llevarte a cenar y lugar ir a aquel hermoso lago azulejo donde se reflejaba la diosa luna, era nuestro lugar, donde siempre podíamos encontrarnos si no sabíamos donde estaba el otro, donde podíamos ir cuando estábamos perdidos y no sabíamos que hacer.
Habíamos acordado encontrarnos en aquella avenida, te vi al otro lado de la acera, inmediatamente sonreí en tu dirección, me devolviste la sonrisa, como siempre, encantadora y resplandeciente; pensaba cruzar, pero me hiciste una seña para que me detuviera, haciéndome saber que irías hacia mí. El semáforo dio en rojo y empezaste a caminar por la pista, era algo larga, pero era solo una observación mía, tu sonrisa jamás abandono tu rostro mientras cruzabas, no lo hizo incluso cuando un auto a toda velocidad se aproximaba hacia ti, y cuando intenté jalarte, se escuchó el impacto del auto contra tu frágil cuerpo, el shock se apoderó de mí, no podía creer lo que mis ojos presenciaban, no podía ser verdad, esto debía ser una pesadilla, y aún si lo fuera, te cogí delicadamente entre mis brazos, tomé tu dañado rostro entre mis manos temblorosas, y entonces me di cuenta que estaba llorando cuando una gota cayó en tu mejilla, simplemente no quería creer que después de tantos momentos juntos, tantos planes hechos, ahora el destino te arrebataba de mi lado, no quería, no podía.
—Beom...—llamaste mi nombre por lo bajo, solo pude dirigir mi mirada hacia él, con el miedo latente en mi mirada, pero tú, tu expresión calmada como siempre, con una ligera sonrisa, jamás había abandonado tu rostro, incluso si ahora estabas muriendo en mis brazos.
—Kai... Háblame Kai —Tenía que seguirme hablando solo así sabría que aún no lo he perdido, que él sigue conmigo.
—Te amo... —pronunció casi en un susurro, mientras sus párpados caían dolorosamente sobre sus bellos luceros que ahora parecían haber perdido su brillo de siempre.
—Kai, No me hagas esto ¡Por favor no! —grité, dolido, estallando en un llanto furioso, no dejaba de gritar el nombre de mi amado, como si pensara que de alguna manera eso lo haría regresar a la vida.
Lo abracé contra mi pecho, mientras seguía sumergido llorando desgarradoramente en mi pena, y entonces fue cuando fui consciente de todas las personas que nos rodeaban, al parecer habían llamado a la ambulancia, pero solo apareció una vez que tu ya no estabas en este mundo, es por eso que siempre odié a los médicos, nunca cumplían bien su trabajo. No quería separarme ni un minuto de tu ahora cadáver, aún no podía asimilar, que tu vida había sido arrebatada frente a mis ojos, como no pude protegerte, como no fui yo el que cruzó esa maldita calle, no debí escucharte, pero lo hice, porque siempre había sido así, siempre habías sido mi luz, mi guía, y ahora ¿Cómo sabría por donde ir? ¿Cuál era mi siguiente paso? No había rumbo para mi miserable alma, no sin mi pequeño ángel.
El entierro fue breve pero de igual forma dolorosa, tu familia había asistido, aunque solo fueron tus hermanas, así estaba bien, no sé que hubiera hecho si hubiera siquiera visto a las hipócritas escorias de tus padres, no había nadie más que tuviera que venir, porque siempre fue así ¿no? Tú y yo, solo nosotros contra el mundo, siempre fue así.
No salí por días de nuestro apartamento, había quitado aquel estúpido aviso de "se renta" y solo me encerré en nuestra habitación, lamentándome cada miserable cosa en mi jodida vida de mierda, cada cosa que hice mal, cada error que cometí, y entonces aparecían tus recuerdos, donde estabas tú, diciéndome que lo estaba haciendo bien, que todo estaría bien mientras estuviéramos juntos; las cosas ya no estaban bien.
Tus hermanas trataron de convencerme de salir, pero fue en vano, fui terco y me negué, me negué a salir, a comer, a siquiera tomar a ducha, me sentía como en el inicio, como si todo lo que tú hiciste hubiera sido en vano, volví a cero, a ser nada, a sentirme nada.
Y me culpaba, porque esto no es algo que te gustaría ver en mí, no es algo de lo que te sentirías orgulloso de mí, tu alma me perseguiría si no te dejaba descansar en paz, pero estaba bien si así aún podía sentirte aquí conmigo.
Otro día era, pero tal vez ahora era algo diferente, me duché, desayuné algo y me vestí decentemente, escuché un poco de música mientras ordenaba el apartamento, almorcé algo ligero, y seguí ordenando hasta que fueron las 10 p.m, tomé una caja con algunas pertenencias y salí del apartamento, pero antes de irme, volví a colocar el letrero de "se renta".
Pedí un taxi hasta la avenida y luego seguí caminando, de un momento a otro, ya no pisaba cera si no césped, me acercaba a aquel claro, donde podía ver a la diosa luna reflejada, te escribo hasta aquí, porque ya tomé una decisión. Espero que recuerdes lo mucho que te amo aún estando al otro lado, porque yo jamás olvidaré lo que era sentirse amado por ti.
Con mucho amor de tu eterno amor, Beomgyu.
Dejó la caja a su lado, terminando de escribir aquella carta que iría para su amado Kai, la dobló perfectamente en cuatro y luego la besó, sacó un cuaderno viejo de la caja y guardó la carta en una página desconocida, cerró de golpe el cuaderno y lo volvió a poner en la caja, de esta misma sacó un marco de foto donde se veían a ellos, Beomgyu y Hueningkai, abrazados y sonriendo a la cámara, fue tomada el año que se conocieron, en el cumpleaños de Kai. El pelinegro acarició el marco empezando a soltar lágrimas, mientras una sonrisa triste se dibujaba en su rostro.
—Nunca dejaste de sonreír, incluso en tus últimos momentos... —habló viendo la foto, mirando aquella con añoranza y amor.
"éramos tan jóvenes para entender el peso del destino"
—No te preocupes, cariño, estaré bien, estaremos bien siempre y cuando estemos juntos ¿verdad? —de la caja había sacado un arma de fuego; en un inicio la había comprado para alguna emergencia, nunca pensó que llegara a estos extremos, porque en ese momento no estaba sin su amado.
—Siempre estaremos juntos, no importa qué —con una sonrisa a un en su rostro, que poco a poco se iba desmoronando, acercó el arma a su sien, el arma ya estaba cargada, solo necesitaba tirar el gatillo, solo un poco de valentía, y todo acabaría, pero el ya no tenía valentía, no sin Kai, sin él, no era nada.
En medio del silencioso claro, se escuchó el estruendo del disparo. Choi Beomgyu había muerto, y ahora estaba en camino de volver a ver a su amado, porque él siempre fue todo lo que quiso.
