Chapter Text
El día pintaba largo, tedioso y monótono para Marta. Reportes por revisar, análisis por hacer, conversaciones por teléfono, reuniones, juntas, cena de negocios por tener y de postre, el enfrentar el caos de su familia en casa. Pero aún así, de la forma menos característica en ella, la mente de Marta se rehusaba a apegarse al cronograma del día, mirando fijamente la primera hoja de la pila de papeles que le regresaba la mirada sobre su escritorio, pensaba con cierta fascinación en lo irónica que podía a llegar a ser la vida.
Ella, la Marta que no lograba entender cuál era el supuesto encanto de los besos largos y profundos, del roce de cuerpos desnudos, de la intimidad de dos pares de ojos desbocados de emociones y sensaciones encontrándose en medio para conectarse más allá de lo físico.
El contacto visual, las palabras, las reacciones corporales, todo eso le fastidiaban.
Al principio, cuando descubrió lo que llegó a denominar como su “falencia” en la noche de bodas, se había frustrado. El que su cuerpo y su propia mente no hubieran respondido como esperaba, fue para ella un fracaso, y con los años fue este quien le guió a la ruta de constante decepción que Jaime se vió forzado a transitar con ella. En medio de la derrota, las dudas le royeron la mente por años, preguntándose por qué no había en ella ese fuego, ese deseo que a todos parecía consumir.
¿Por qué en ella no lograba despertar?
Lo intentó y al no lograrlo, lo pretendió. Pero finalmente se resignó y lo aceptó cuando Jaime, ya también resignado, aceptó que tal vez ella, Marta De La Reina, la preciosa, inteligente mujer llena de confianza y valentía, había volcado tanto de sí en su trabajo, en construir su integridad, su propia valía, que había terminado por no tener más para dar en la intimidad.
Le prometió que eso no cambiaría lo que sentía por ella, su amor, su compromiso no disminuirían.
Y se marchó al mar.
Marta cerró los ojos y exhaló con fuerza, las esquinas de los papeles ondeaban intimidados, ella abrió los ojos y se fijó de nuevo en ellos agobiada con el recuerdo, con la vergüenza y la sensación tan familiar de no ser adecuada, de ser defectuosa, incapaz de algo que debería salirle con naturalidad, como cualquier persona que comparte su cuerpo con quien ama.
La Marta de esos días lloraba de frustración al no encontrar explicación y el sonido de aquel llanto a veces es capaz de arrastrarla momentáneamente a aquellos días.
Casi una persona diferente a la que se hallaba ahora frustrada por el motivo contrario.
Sintió nuevamente sus piernas impacientes abrirse y cerrarse por sí mismas y volvió a exhalar. Su falta de concentración no se debía exactamente a divagaciones del pasado.
Ese fuego, ese ardor, esa pasión desbordante que buscó tanto y se le escapó después de perseguir por años, ahora la asediaba a diario, no le perdonaba ni un minuto para poner la mente en su trabajo como se suponía que debería estar haciendo.
No, ahora era una sensación casi familiar, aunque nueva y sobre todo, difícil de controlar.
Cuando sospechaba de la tensión iniciando en los músculos del interior de sus piernas y de la forma en que poco a poco subía a sus caderas, sabía que debía hacer lo posible para distraer su mente con trabajo, si no lo hacía a tiempo, su respiración se haría más corta y la sangre le circularía con más ímpetu a ciertas partes de su cuerpo, dándole una pequeña sombra rosa en las mejillas y el cuello.
Y si definitivamente perdía la batalla, su mente se llenaría de imágenes claras y definidas de los recuerdos que guarda tan frescos, tan vastos de olores, sonidos, sabores y sensaciones precisas.
Desfilaría por sus ojos la imagen del rostro de Fina. La suavidad de sus labios. La intensidad de su voz cuando le susurra al oído una oración que podría condenarlas para siempre, terminando en un “doña Marta” que suele ser la causa de un temblor que recorre todo su cuerpo y que le llena las venas de una desesperación y de un tipo de hambre y deseo que sólo conoció con ella.
Fina, con la mirada oscurecida, encontrándose con la suya en el último segundo de razón antes de caer al abismo dentro de sí misma.
La forma de su falda abrazando su cuerpo mientras caminaba con determinación hacia la entrada de la tienda.
De ahí en adelante, todo se vuelve una lucha con su propia impaciencia, su cuerpo demanda, busca y exige sin importarle razón o contexto, desobedece a su disposición, le ordena satisfacer sus deseos cuanto antes, de maneras que jamás pensó posibles.
La primera vez que estuvieron juntas, Marta temía tanto volver a repetir su historia de decepción y tedio con Jaime, que casi logra replicarla, pero Fina lo intuyó pronto y no lo permitió, necesitó de palabras suaves, pausas, tiempo y mucha compasión y afecto, aunque abrumada con tantas sensaciones y emociones nuevas, logró por fin conectar eso dentro de ella que nunca antes había logrado encender correctamente.
Lo mismo que se convirtió en algo tan fuerte e intenso que ahora no sabía cómo apaciguar.
Después de empezar a descubrir todo un mundo oculto de sensaciones, después de muchas noches enteras de desenfreno y de placeres que no podía ni alcanzar a sospechar que podría sentir, Marta simplemente seguía necesitando más. Cada vez, necesitaba más y más. Su propio cuerpo la volvía loca intentando contener tanto deseo, y a veces su mente se volvía tan borrosa, su sentido común desaparecía y se terminaba comportando de maneras que ella misma lograba imposibles en una mujer sensata, educada y con buenos modales, una mujer decente como ella pensó que era.
Como la noche en que esperó al cierre de la puerta detrás de su secretaria para levantar el teléfono y llamar a Fina.
Fina le había mostrado cómo hacer cosas que ella jamás consideró hasta ese momento, después de mostrarle a su cuerpo todo lo que era capaz de llegar a sentir, causado con el simple y delicado movimiento de su boca, le enseñó cómo usar la suya en ella.
La guió despacio, casi con la dulzura de una maestra le pidió que sacara más su lengua y la presionara sobre su labio inferior para lentamente posicionar sus caderas en el ángulo adecuado y luego presionar su clítoris duro y ardiente sobre la lengua expectante y temerosa de Marta.
La sensación, el sabor, el gemido acallado de Fina al mover sus caderas brevemente y los dedos temblorosos que se enredaron en su pelo y la animaron a mantenerse firme mientras Fina presionaba contra ella, todo ello se convirtió en fuertes corrientes de ardor que se almacenaron en su abdomen, esperando con impaciencia a ser liberadas. Fina intentaba moverse despacio, ir con gentileza y no presionar fuerte, pero Marta podía sentir como sus caderas temblaban conteniendo la necesidad que realmente sentía, sin saber qué hacer más que ofrecer su boca para ella, fue Marta quien aumentó la presión y siguió el movimiento de con su cabeza, instándole a acelerar el ritmo.
Los gemidos ahora desbordados de Fina la llenaron de confianza, Marta la tomó por las muñecas y la forzó más sobre ella, lo que causó que luego de apenas unas cuantas ondulaciones de sus caderas, Fina contrajera todo su cuerpo en un arco que sólo conectaba la parte trasera de su cabeza con la cama, sus brazos lucharon por liberarse de las manos de Marta pero esta se mantuvo firme, y Fina se deshizo en espasmos que se abrieron paso al ritmo de sus gemidos y terminaron sobre la lengua y labios de Marta, quien en ese momento se volvió irremediablemente adicta a esa sensación.
Así que era de esperar que esa tarde el trabajo que tanto le apasionó por años perdiera brillo, y esperara por horas a que su secretaria dejara por fin su despacho, porque sabía que ella sería la última en dejar la fábrica, y descolgó el teléfono para llamar a Fina, porque sabía que iría si la llamaba, si escuchaba el tono de su voz intuiría de inmediato su urgencia.
La recibió con un beso agresivo, presionó su cuerpo al suyo, le besó el cuello con una boca impaciente e inquieta y se puso de rodillas con una sumisión que deshizo cualquier duda o pausa en la mente de Fina y en su lugar, la puso perfectamente lista para lo que quería hacerle.
Cuando Marta recién se estaba familiarizando con el cuerpo de Fina, con sus puntos más sensibles y con las formas en las que le gustaba recibir placer, Fina evitaba moverse con mucha dureza contra ella, Marta lo notaba en sus caderas contenidas cuando arremetía contra su boca, y su respiración se aceleraba ahogandola de deseo mientras Marta se moría por darle todo lo que Fina no se atrevía a pedirle.
Poco a poco esas amables consideraciones se fueron olvidando, era bastante claro lo mucho que Marta disfrutaba, a veces se le escapaban sonidos, a veces se escapaba una de sus manos y caía entre sus piernas para encontrar un poco de alivio. Fina lentamente se iba dejando llevar y consumir por ella, temblando por la intensidad de sus movimientos, tensando todo su cuerpo con cada arremetida y abriendo su boca con gritos mudos.
A Marta le gustaba tanto esa sensación que la empezó a exigir cada vez más.
Esa fue la razón por la que esa noche en su despacho, la cabeza de Marta terminó atrapada entre la pared sólida a sus espaldas y las caderas de Fina presionando contra su boca, llenándola de fluidos que desbordaban por su fina barbilla, con los ojos desenfocados en busca del rostro de Fina para expresarle con esa mirada lo mucho que le encantaba, lo perdidamente entregada a ella que estaba y lo que daría por quedarse allí, en ese momento por más tiempo. Y Fina al ver esa mirada sintió la presión imperdonable en su abdomen y sollozó, las manos abiertas en la pared hasta que, con un rebote de sus caderas, arqueó su espalda con fuerza y llenó la lengua de Marta de sus espasmos, que le dijeron exactamente cuán intenso y profundo era su placer.
La presión en el abdomen de Marta se volvió casi dolorosa, se sentía llegar al límite con solo ver a Fina alejándose de ella con piernas temblorosas para sentarse en su silla, respirando copiosamente, con pequeñas gotas de sudor bajando por su cuello y enmarcando su rostro.
El recuerdo fresco y palpitante de lo que había sentido aún quemaba en sus labios y de sólo teorizar lo que pudo haber logrado que Fina sintiera le quitaba la razón, su vientre se contraía con envidia, incapaz de pensar, su mano se fue por sí misma a los pliegues de su falda, haciendo la tela a un lado con poca pulcritud para aventurarse entre sus piernas, encontrándose húmeda, inflamada y sensible.
Fina con la mirada oscurecida por completo, incapaz de respirar o parpadear, sintió ardor en las comisuras de sus ojos y lágrimas dilatando los bordes, no podía apartar la vista, su boca seca, entreabierta y su respiración acelerándose como minutos antes, no movió un sólo músculo de su cuerpo hasta que vió a Marta girando su cabeza a un lado, manteniendo su delicadeza aún mientras presionaba su espalda contra la pared con la fuerza de cada contracción, exhalando gemidos contenidos con cada ola de placer que se deshacía dentro de ella.
Marta intentó en más ocasiones de las que se atrevería a confesar, cumplir con firmeza su propia política de mantener ese tipo de recuerdos alejados durante sus horas laborales. Su trabajo era demasiado importante, su posición era un pilar en el funcionamiento de la fábrica y sabía que muchas cosas cojearían sin ella, pero esa determinación flaqueó más de una vez. A veces los recuerdos simplemente llegaban por sí mismos, su cuerpo los recordaba antes que su mente y cuando se daba cuenta, ya los podía ver y sentir con cruda definición. Sucesiones de flashbacks que no era capaz de controlar y la poseían antes de que ella pudiera siquiera pensar en espantarlos.
Es extraño que alguna vez haya pensado que no era una persona muy pasional, cuando ha sido ella misma quien ha instigado la mayoría de las situaciones más obscenas e injustificables.
Marta las ha buscado, las ha premeditado y también las ha llevado a cabo hasta su total complexión.
Como la noche tormentosa en la casa grande, en la que Fina se había quedado a dormir con la intención de cuidar de su padre que había tenido una recaída, y Marta se la había encontrado en su cocina, preparándose un té en la madrugada.
Algo en la forma en que su camisón blanco caía alrededor de sus amplias y voluptuosas caderas, en la mirada de falsa inocencia de Fina que se negaba a despedirse después de una corta conversación, o tal vez en sus labios entreabiertos y expectantes, la llevaron a besarla con una suavidad y lentitud enfermiza.
Marta actuó como actuaría cualquiera que se encontrara frente a sus ojos la materialización de todas sus fantasías, guiada por un instinto ciego y torpe que pretendía dejar morir en un beso furtivo, pero al percibir el gemido suave y bajo de Fina vibrando contra sus labios, no pudo contener todo lo que vino después.
El beso perdió su suavidad para hacerse más rápido y hambriento, las manos de Marta sostenían su rostro cuidadosamente guiandola con los movimientos de su boca, y cuando Fina sujetó su espalda para presionarla más a ella, las manos de Marta descendieron sobre su camisón, palpando las perfecta y armónicas formas que componían el cuerpo de Fina. Al tomar sus pechos, suaves y amplios, atrapó sus pezones entre sus dedos y Fina no pudo evitar el pequeño jadeo, producto del corrientazo que descendió por su espalda y se almacenó entre sus piernas.
Marta se sintió desfallecer, sus piernas temblaron y temió por un sólido segundo que fuera a caer al suelo inútilmente, pero en cambio, sintió su cuerpo llenándose de impaciencia, giró el cuerpo de Fina para presionarse contra ella, sintió sus glúteos firmes y amplios rebotar en su entrepierna y se desesperó, recorrió con su mano la delicada curva de su cadera para presionar entre sus piernas, donde la encontró húmeda y lista para ella, tan lista que no hubo más que sonidos de aprobación cuando Marta introdujo despacio dos de sus largos dedos, encajando su clítoris a la palma de su mano.
Fina tiró la cabeza para atrás, exhalando copiosamente, tratando de contener sus sonidos pero sintiendo lo rápido que se escapaba su sentido común al sentir los labios de Marta llenando de besos su cuello y presionando el borde de sus dientes en su piel, con un desenfreno lento y sofocante, causante de que los sonidos se hicieran más fuertes y Marta tuviera que presionar su mano izquierda sobre su boca para contenerlos.
Con los ojos rodados dentro de sus párpados, y las caderas buscando la presión de esos dedos en el punto que la lograba deshacer, las manos aferradas al cuerpo firme y esbelto que la mantenía anclada a su espalda, exhaló copiosamente y se tensionó con las contracciones largas e intensas de su orgasmo.
Marta, tan racional siempre, tan lógica y cuantitativa, descubrió que Fina suele tener entre ocho y diez contracciones con cada orgasmo.
Apretó su bolígrafo con fuerza al recordarlo, los detalles precisos siempre eran su mayor fuente de descontrol; los deliciosos sonidos que hace Fina durante las primeras contracciones, siempre las más intensas y profundas. Cuando debe contener sus sonidos, emite un “hmm” lleno de emoción con cada pulso y sus manos aprietan lo que sea que encuentran, pero cuando se siente libre de expresar su placer, gime con fuerza, a veces repite su nombre, otras veces modula un “ay!” adorable que suena casi como si se estuviera quejando de dolor, aunque sea todo lo contrario.
Y luego cuando comienza a menguar, suele abrir los ojos y exhalar fuerte con cada contracción, y mirarla mientras muerde sus labios, disfrutando de cómo se vuelven más espaciados y débiles sus espasmos hasta que se detienen por completo.
Marta también descubrió que Fina suele tener más contracciones y suelen ser más violentas cuando se siente especialmente excitada al correrse.
Mordiendo su labio inferior para después humedecerlo con la punta de su lengua, Marta hizo los papeles a un lado, ya no tenía caso intentar recuperar nada de su capacidad mental para algo que no fuera Fina, su mente no hacía más que reproducir las cosas que habían hecho juntas y nadie podría juzgarle por no querer salir de ese trance.
Recordó un día especial de esa semana que pasaron juntas en Illescas, después de que Fina le enseñara uno de los secretos del amor entre mujeres, algo que en un principio no logró comprender; cómo juntar sus sexos para que se acariciaran mutuamente. Fina guió sus caderas con delicadeza hasta encontrar el ángulo exacto, y se movió despacio sobre ella, asegurando un contacto prolongado y directo, con la creciente excitación Marta comenzó a seguir el ondeamiento de Fina, y ensimismada con el cuerpo precioso que se movía sobre ella, por el rostro de placer y por la visible excitación que se multiplicaba con cada roce, convirtiendo a la angelical Fina en la visión exacta de una diosa sexual que con sólo el movimiento de sus caderas logró que el cuerpo de Marta convulsionara con un orgasmo que la embistió antes de que ella misma tomara consciencia de ello.
Marta no quiso hacer otra cosa por el resto de días que compartieron juntas en el hotelito.
“Sigue, mi amor.” Le había pedido Fina con esa voz llena de devoción, viendo como Marta con su cuerpo sobre ella, se movía con especial firmeza, las manos sosteniendo la parte interna de los muslos de Fina para mantenerla en su lugar, mientras esparcía con sus caderas la humedad de ambas y el sonido que llenaba la habitación, delataba todo lo que estaba sucediendo aún cuando sus bocas hacían lo posible por no hacerlo.
“No puedo más, Fina” confesó Marta con una voz tensa y temblorosa, mientras sus caderas aumentaban su ritmo. La sensación la había inflamado al punto de sentirse extremadamente sensible a la presión de Fina contra ella, y la humedad le estaba haciendo perder la razón.
“Sí, sí, hazlo.” Le pidió Fina, bajando la mirada para ver el punto en que estaban unidas, y exhalando con fuerza por la nariz para no tensionarse en medio del orgasmo de Marta y perderse de ello.
Así que aguantó, aguantó y la observó tanto como quiso, el rostro contraído de placer, la boca abierta y los ojos casi completamente negros por sus pupilas dilatadas tragándose el azúl profundo de sus ojos y su propio deseo nublandole la vista, la sintió presionarse completamente contra ella antes de emitir un sonido que la dejó saber que había pasado el límite y sintió sus espasmos golpeando rítmicamente su clítoris.
Fina sintió cómo estaba por romperse esa misma tensión dentro ella, cómo se contenía para que sus manos no se sujetaran al cuello de Marta, y cómo intentaba relajar conscientemente sus músculos para intentar huír del vacío que ya empezaba a abrirse dentro de ella y que Marta con el arremeter errático de sus caderas no hacía otra cosa que agrandar.
Soportó tanto como pudo, y pensó que lo había logrado cuando Marta empezaba por retirar sus caderas, pero al ver la humedad tan abundante que las conectaba y el color rojizo intenso en la piel sensible de Marta, fue todo lo que bastó para que cayera sin ningún tipo de aviso. La primer contracción fue contra nada antes de que Marta entendiera qué estaba pasando, y retomara el contacto inmediatamente, controlando la sucesión de las ondas de placer que se esparcían dentro del cuerpo tensionado de Fina y se maravilló al notar lo prolongadas y fuertes que eran.
Los límites de su placer, de su excitación y de todo lo que era capaz de sentir con Fina, se expandían después de cada encuentro.
El sólo recordarlo causaba que sintiera cómo la humedad entre sus piernas alcanzara la colcha de piel de su silla y sus caderas se movieron ansiosas, buscando algún roce, alguna presión para aliviar un poco ese intenso calor. La fricción entre sus piernas al cerrarlas le causó un leve ardor y se hizo consciente nuevamente de esos pequeños obsequios que deja Fina sobre su piel para que la recuerde cuando sabe que no se podrán ver en varios días.
Marta remangó su falda, hasta que las vió. Marcas de succiones y de dientes adornaban el interior de sus piernas, y ella las recorrió con la punta de sus dedos recordando los ojos oscuros de Fina en los suyos mientras su boca se abría, marcándola como suya.
Si cerraba los ojos, Marta podría incluso inmersionar tanto su mente en el recuerdo que podría jurar que volvía a sentirla. Fina con sus labios preciosos abriéndose sobre la delicada piel de sus piernas, clavando sus dientes, haciéndola contraer su cuerpo pero no con suficiente fuerza como para apartarla, porque aunque doliera un poco, no era eso lo que quería, a Marta le gustaba sentirla.
Fina decía que ya le había enseñado lo que sabía, que Marta había desarrollado sus propias habilidades y secretos con su boca, pero eso a Marta le parecía que no era del todo verdad, algo tendría que haberse guardado, porque Fina posee un don particular para hacerle perder la razón por completo cada vez que usa su boca en ella.
Tiene una manera especial en la que presiona su lengua abierta y la desliza desde su entrada hasta su clítoris que inmediatamente enciende algo en su abdomen, su cuerpo entero se prepara para su orgasmo con ese preludio, y era fácil para Fina lanzarla a él sin utilizar nada más que sus labios y su lengua.
Fina empezaba siempre despacio, dándole besos pequeños que se sienten como la más suave y agonizante de las caricias, y después de que comienza a convertirse en crueldad y nota cómo Marta no soporta más la escasa presión, captura su clítoris entre sus labios y lo golpea adentro con su lengua. El contacto directo y repentino casi siempre hace que Marta se intente alejar, pero Fina no suele dejarla, la mantiene presionada a ella hasta que esta pasa el umbral de sensibilidad y resulta siendo ella con sus propias caderas la que empieza a pedir más.
Es ahí cuando es fácil hacerla llegar de cualquier manera, Marta se vuelve tan sensible y receptiva que cualquier cosa es suficiente, si le mete la lengua y presiona con ella el borde de su entrada, se corre apretándola y presionándose contra su cara para hacerla entrar más, el clítoris duro golpeando su labio superior mientras se contrae. O si deja su lengua presionada sobre la parte expuesta sin capuchón de su clítoris, Marta apenas tiene que mover sus caderas para sentir el orgasmo impactarle.
O si Fina tiene ganas de ser mala, con los mismos besos suaves, ha sido capaz de convertir esas pulsaciones de necesidad en profundos y rápidos espasmos.
Pero hay algo que hace Fina que con solo pensarlo, Marta no puede evitar resoplar y sentarse en el borde de la silla para con su mano, buscar la apertura de su falda,y dar con su entrepierna mojada, sensible y vergonzosamente lista para lo que quisiese hacerle.
Es cuando Fina presiona dos dedos dentro de ella, los mete hasta la segunda falange y luego encuentra un punto que Fina había descubierto de una forma tan mágica que Marta sospechaba que ella misma lo había creado. Al hacerlo, la presión en su abdomen toma una rigidez inmediata y sin moverse más que para jugar con la presión, pone sus labios en su extraordinariamente sensible clítoris y succiona.
El calor y la excitación la atravesaron como un rayo y sus dedos presionaron urgentemente ese mismo clítoris que ella casi podía ver con perfecta claridad ahora mismo siendo envuelto por los labios más preciosos que ha visto.
Su otra mano agarra el borde de la silla, las venas marcándose en sus brazos con la fuerza ejercida, y sus ojos se entornándose, hundiéndose de nuevo en el recuerdo, el recuerdo de Fina con sus labios firmes moviéndose ligeramente de arriba a abajo para jugar con la presión dentro de su boca.
El cuerpo de Marta siendo capaz de recordar exactamente la sensación que anhelaba, la castigaba con el fantasma y el eco de lo que sentía en ese momento, la necesidad se contraía dentro de ella dolorosamente cuando sus dedos palidecían en replicar el placer que suele sentir en esos momentos, intenso y constante como para que inmediatamente sospeche de lo pronto que iba a colapsar, y Fina, tan receptiva y observadora, siempre lo sabía también.
A Marta le gustaba Fina así. Decidida, confiada, firme con sus acciones y sus pensamientos, y a veces… Un poco cruel y descarada, haciendo uso de su poder como la única persona en el mundo capaz de doblegar a Marta de la Reina. Esos pensamientos suelen ser los que la impulsan a retirar su boca y aplicar la misma succión a un lado de su sexo, dejando una marca púrpura a su paso. Marta suele rogar sólo al final, primero opta por buscarla de nuevo con sus caderas, aún sometidas a los dedos que presionaban dentro de ella, queriendo volver a tener los labios de Fina, quien sólo sonreía satisfecha.
El recuerdo de esa sonrisa la forzó a aumentar la presión de sus dedos sobre la tela de su ropa interior y cuando no fue suficiente, aún sabiendo que no iba a serlo sin importar lo que hiciera porque la sensación que buscaba sólo se la podría dar Fina, aún así necesitaba más. Marta movió la tela de su ropa interior de seda rosa hacia un lado y presionó directamente sobre su humedad, exhalando con fuerza al sentir cómo la forma en que se apretaba no era más que una materialización de lo mucho que necesitaba volver a tener a Fina.
Introdujo dos largos dedos dentro de sí misma y acomodó su pulgar para que encontrara su clítoris con cada ingreso, su garganta se tensionó, intentando expulsar un sonido que contuvo con un repentino pánico, afuera estaba su secretaria, en 20 minutos tendría una reunión en la sala de juntas, aún tenía que revisar unos informes, y maldita sea… Ni siquiera sabía si la puerta tenía seguro pero ahí estaba ella, penetrándose con sus propios dedos y recordando todas formas en las que su mujer suele tomarla.
Sintió la presión aumentar dentro de ella, al sentirse deliciosamente incorrecta, bochornosa e indecente.
Fina la había vuelto así. Por su cuenta ni siquiera acostumbraba a tocarse, mucho menos a tener ese tipo de pensamientos en un lugar expuesto, pero desde que empezó a tener intimidad con Fina, sentía que había llegado a un tipo de adolescencia tardía, sentía las hormonas asfixiándola con su propio descontrol, y no se sacaba de la cabeza todos los recuerdos de sus encuentros pasados, las sensaciones que ha experimentado por primera vez, la intensidad del placer tan fuerte y tan insospechado, el deleite de su propia carne al sentirse poseída por una mujer que cada día adoraba más. Todo ello la había convertido en esto. En una mujer irreconocible para sí misma, alguien que ya no tiene cabida para más deseo carnal dentro de sí misma y necesita sacarlo constantemente.
En esa mente que antes no había otra cosa más que trabajo, negocio, fábrica y estrategias de mercado ahora estaba lleno de cosas totalmente distintas; las diez contracciones de Fina y aquellas excepciones en que son más de diez, la sensación de estas contra su lengua, a sus sonidos contenidos y los abiertos y expresivos, a la voz de Fina pidiéndole “Más despacio mi amor.” cuando siente que va a acabar demasiado rápido, a la tensión en su cuello, el arco de su espalda, a las manos que a Marta le gusta agarrar porque sabe que aumenta la presión en ella, a las sacudidas despreocupadas de sus caderas contra su boca, cuando arremete con confianza y se deleita en la oscuridad invadiendo el azúl de sus ojos. O simplemente cuando sonríe de esa forma tan maliciosa que logra encender el cuerpo de Marta de golpe y la empuja de lleno a la posición en que se encontraba en su despacho.
Con sus piernas tensionadas, los dedos de los pies encogidos dentro de su tacón, mientras su mano se mueve despacio pero con fuerza entre sus piernas, tratando de mantener su respiración lo menos ruidosa posible mientras siente su orgasmo a pocos movimientos de distancia.
Allí es cuando recuerda más que nunca a Fina. Su rostro, sus ojos, sus labios, su cuello, el mismo que adora presionar con sus labios abiertos y el filo de sus dientes, su olor y el hermoso tono que toma su voz cuando está excitada, dándole un bajo único y precioso que tiene el poder de deshacer inmediatamente a Marta. Y es que Fina tiene el control completo de su cuerpo, ella lo controla siempre aún cuando no está presente, aún sin hacer nada, es ella quien la pone así y quien le hace despertar de un interior desconocido suyo, las pasiones más locas y absurdas.
Fina es lo único que queda en su mente antes de que se nuble y se pierda por los segundos en
que su cuerpo atraviesa el umbral a la pequeña muerte, mordiendo su mano empuñada para no hacer ningún ruido mientras la otra libera una a una las contracciones que salen a expandirse por todo su cuerpo, arqueándolo en la silla con su fuerza, su placer rebotando una y otra vez en cada pulsación de sus venas.
Sólo cuando la tensión se debilitó y sintió cómo poco a poco sus contracciones disminuyeron, se dejó cae en su silla, exhausta, el sudor cosquilleando la piel bajo su traje, y su mano cubierta de su humedad, se quedó allí en esa posición por varios segundos, disfrutando de la liberación de endorfinas que inundaba su cerebro.
Antes de retirar bruscamente su mano de su sitio entre las piernas y entrar en un pánico espontáneo al escuchar la manija de su puerta girarse para abrirse.
El pánico se convirtió, con todo su mismo impulso, en una chispa de calor en su vientre cuando vió a Fina ingresando a su despacho, con la confianza y la tranquilidad de alguien que no parece estar visitando a su jefa, y supo que por suerte, su secretaria no estaba.
Al mirarla, los ojos de la menor se oscurecieron por completo. Marta no supo si había algo en el aire que la incriminó, o si su propio rostro o algo en su mirada la delataba, o tal vez sería el que esté tan inusualmente relajada en su silla, pero Fina reconoció algo en ella inmediatamente, lo supo o lo supuso, pero algo pasó por su mente con la suficiente presencia para que el tono de su voz bajara de esa manera singular que Marta conocía tan bien.
“Doña Marta.”
