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Había pasado mucho tiempo desde que la idea se asentó en su cabeza, fue después de su primera muerte en la que obtuvo la habilidad “Rey de no matar”. Recuerda como su cuerpo estaba impoluto, sin ninguna marca de lo que había ocurrido durante su muerte ni de los horrores que se marcaron en él antes de eso, mucho antes.
El pensamiento lo azotó de nuevo, con más fuerza. Quizás se deba al aislamiento. Quizás se debía a las historias que presenciaba. Quizás fuera por ver cómo se volvía cada vez más pequeño. Quizás fuera por la tristeza que se había arrastrado lentamente, acercándose de a poco hasta finalmente arroparlo. Quizás… quizás…
Era increíble como las marcas de tantos años de maltratos, desprecio, miedo y dolor se iban como si nada.
Las heridas tras pelear en el Arca se habían ido, abandonándolo con cada historia que se escurría entre sus dedos para alimentar el universo y otorgarle nuevas oportunidades a quién consideraba su entrañable compañero.
Los cortes, las quemaduras y las fisuras ganadas como recordatorio del terrible camino que había transitado junto a sus amigos no habían dejado rastro alguno en su antiguo (nuevo y deshilachado) cuerpo.
No pudo evitar recordar las marcas más antiguas.
Recuerda el dolor de los golpes de su padre, las cortadas de los trozos de cristal de las botellas que estallaban contra las paredes precipitándose a todas partes. Se habían ido pero dejaron el recordatorio de la carencia de un padre.
Recuerda los moretones de las palizas dadas por sus tíos ante los errores más mundanos. Se habían esfumado pero dejaron grabados el vacío de la falta de amor.
El silencio de su madre no había dejado marcas físicas pero había permitido que las agresiones llegaran hasta él, así como después hicieron sus palabras entintadas en libros que se vendían apenas tocaban los estantes de las librerías. No quedaba marca pero si el silencioso consentimiento de violencia y el dolor de la traición que dejaba un regusto amargo en su boca.
Lo peor es que no podía culparla realmente.
Recuerda vivida mente cada paliza dada por sus compañeros, las quemaduras de agua caliente en su espalda, las pisadas que arremetían contra su pequeño cuerpo, la sensación de algún hueso rompiéndose que luego sanó mal bajo el manto de la negligencia. Tampoco había rastro de ellas en su cuerpo desde hace mucho pero el conocimiento del acuerdo tácito que permitía y prolongaba su sufrimiento era algo que no podía olvidar, no cuando todos en su vida parecían llegar a la inmediata conclusión de que nada en él valía la pena ser salvado.
Recordaba (muy a su pesar) las manos voraces de sus victimarios que se abalanzaban hacia su cuerpo, magullándolo y destrozándolo por dentro. No quedaba ni un mísero rasguño, pero el asco y el tormento jamás lo abandonarían; incrementados por verse obligado a permitir que su amiga y fiel espada tuviera que someterse a un horror como el suyo. El asco hacía sí mismo no hacía más que crecer ¡Oh! ¿Cuántas veces sus acciones lo habían atormentado incluso en sus sueños? Sin valor para pedir el perdón que no merecía, en especial cuando recuerda muy bien el ardor en su piel maltratada por tallar una y otra y otra vez.
Heewon no merecía lo mismo.
Debió encontrar otra forma.
Es solo culpa suya.
Todavía recordaba cada línea que dibujaba en sus piernas y brazos tratando de… ni siquiera sabe que intentaba, pero parecía un doloroso consuelo en ese momento; como sí él tuviera el control de decidir cuándo y cómo recibiría el daño. Nada de eso quedaba, salvo el inmenso vacío, uno que lo había acompañado toda su vida.
Recuerda bien el atardecer, aún puede sentir los rayos de sol que se filtraban en el crepúsculo hasta dar contra su piel. Recuerda la ligereza de la brisa mientras se sumía en el vacío. Recuerda como sus huesos se rompían y como la vida se le escapaba lentamente de su cuerpo desarmado. Nada de eso quedó, solo el breve sentimiento de consuelo que lo arropó antes de ser arrebatado al despertar en una camilla de hospital y sustituido por la certeza de que no había forma de escapar de su infierno eterno.
Estaba condenado a sufrir desde el día en que nació.
Su cuerpo, que había muerto y resurgido tantas veces, no poseía rastro de ninguno de sus tormentos nocturnos.
Y así como en su primera muerte, Dokja deseó que su mente también hubiese muerto y resurgido como un lienzo en blanco.
Tal vez si hubiera muerto por completo, habría podido permitirse vivir.
