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Desperté con un zumbido en los oídos y el sabor a sangre en la boca. El suelo bajo mis pies era frío, húmedo, como si el asfalto de este callejón hubiera absorbido años de lluvia y desesperación. No sabía dónde estaba, pero el hedor a basura y el eco de sirenas lejanas me dieron un muy mal augurio. —En donde —murmuré, aunque mi voz sonó extraña, apagada, como si no me perteneciera.
Me puse de pie, tambaleándome, y algo en mi bolsillo vibró. Saqué un celular que no reconocí. Era viejo, con una pantalla agrietada, pero antes de que pudiera procesarlo, sonó. Inconscientemente conteste la llama y procedí ha acercar a mi oído el aparato con manos temblorosas.
—Como dijo Gaster hace tiempo, nadie decide cómo llegará al mundo —dijo una voz distorsionada, como si hablara a través de un cristal roto—. Aun así, tienes una misión. Salva esta realidad y podrás ganar tu libertad.
La llamada se cortó. Miré la pantalla, pero no había número, solo un fondo negro que parecía tragarse la luz. —¿Qué demonios fue eso? —susurré, pero mi voz se quebró, atrapada en una garganta que no sentía mía. Me acerqué a un charco en el suelo, iluminado por un letrero de neón parpadeante. El reflejo me golpeó como un puñetazo. Pelo castaño, ojos vacíos, una figura andrógina que no era yo. Era Kris. El Kris de 'Deltarune'. Pero yo no era el.
Antes de que pudiera procesarlo, un estallido iluminó el cielo. Llamas naranjas danzaron sobre los tejados, y dos figuras saltaron entre las sombras. Nightwing, con su traje azul y negro, y Batgirl, moviéndose como si el aire fuera su aliado. Perseguían a alguien: Firefly, con sus alas encendidas y una risa que cortaba el aire. —¡No escapará esta vez! —gritó Nightwing, lanzando un bastón que chispeó al chocar contra el traje del villano.
Me quedé congelado. '¡Estoy en Ghotam!' Sabía quién era Batman, quiénes eran ellos. Sabía cómo funcionaba este mundo, o al menos lo que había leído en los cómics. Y sabía que no quería estar aquí. No quería ser parte de sus guerras, de sus locos, de sus reglas. Pero las llamas de Firefly se acercaban, y el calor me obligó a moverme.
Corrí. Mis piernas se sentían extrañas, como si no estuvieran del todo bajo mi control, pero se movían rápido, más rápido de lo que esperaba. Una explosión estalló a mi izquierda, y un chorro de fuego lamió el aire donde había estado un segundo antes. —¡Maldita sea! —grité, aunque mi voz apenas salió. Esquivé por instinto, girando entre escombros y saltando sobre un contenedor como si lo hubiera hecho toda mi vida. No entendía cómo, pero mi cuerpo parecía saberlo.
—¡Oye, tú! ¡Para! —gritó Batgirl desde un tejado. Sus ojos se clavaron en mí, y supe que me habían visto. Nightwing se detuvo un momento, mirando en mi dirección, pero Firefly lanzó otra ráfaga de llamas, y ambos volvieron a la persecución. No miré atrás. Corrí hasta que mis pulmones ardieron, hasta que el eco de las explosiones se desvaneció.
Me detuve en un callejón diferente, jadeando. La policía había llegado, con sus linternas barriendo los escombros. —¡Era un chico! ¡Lo vi correr por aquí! —dijo uno de ellos, un tipo fornido con un cigarro apagado en la boca. Me escondí detrás de unas cajas de cartón apiladas en una esquina, conteniendo la respiración. No tenía dinero, no tenía identificación, no tenía nada. Si me atrapaban, no sabría qué decir. ¿Quién era? ¿Kris? ¿Yo? Ni siquiera lo sabía.
Las horas pasaron, y la policía se fue. Sus voces se desvanecieron, remplazadas por un silencio que no era silencio. El aire en este lugar era pesado, como si alguien hubiera vertido plomo líquido en mis pulmones. Las paredes estaban cubiertas de un musgo negro que parecía moverse cuando no lo miraba directamente. Había algo escrito en una esquina, un círculo con líneas que irradiaban como venas. No sé por qué, pero verlo me hizo estremecer.
Me desplomé contra las cajas, y un dolor agudo me atravesó la mano derecha. Una quemadura, roja y pulsante, cortesía de Firefly. Mi cuerpo entero dolía, y mi estómago rugía como si no hubiera comido en días. —Esto es lo más bajo que he caído —murmuré, aunque las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta. Rebusqué en un bote de basura cercano, con las manos temblando. Encontré un pedazo de chocolate, aplastado y con un lado cubierto de mugre. Arrancé la parte sucia con mis manos y me tragué el resto, esperando no vomitar.
Entonces lo sentí. Un calor suave se extendió por mi mano. Miré, incrédulo. La quemadura estaba… desvaneciéndose. La piel se cerró como si nunca hubiera estado herida. —¿Qué demonios? —susurré, mirando el envoltorio vacío del chocolate. Era como en 'Deltarune', donde comer curaba. Pero esto no era un juego. Esto era real.
El viento trajo un susurro, como una voz que no alcanzaba a entender. Miré alrededor, pero solo vi sombras. Este lugar no era seguro. No podía quedarme aquí, no con esas cosas que acechaban en la oscuridad. Corrí hacia un edificio abandonado al final del callejón. Las ventanas estaban rotas, y la puerta colgaba de sus bisagras. Me colé dentro, buscando un rincón donde esconderme. Pero algo no estaba bien. Mi celular vibró en mi bolsillo, y un escalofrío me recorrió la espalda. No me atreví a mirarlo. No esa noche.
