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— Senku, ¿estás seguro de esto? Todavía podemos detenernos—preguntó Byakuya desde el otro extremo de la cama, observando de reojo la espalda tensa del joven.
Senku inhaló profundamente antes de volverse hacia él.
—Es lo que quiero—. Se acercó y se sentó a su lado, apoyando la cabeza en el hombro del hombre mientras entrelazaba sus dedos con los de él. —Confío en ti… tanto como confío en la ciencia.
Byakuya sintió un nudo en el pecho. Aquella vulnerabilidad de Senku —a quien había criado, protegido y amado como a un hijo— le recordaba la culpa que lo corroía desde hacía años: el día que falló al no evitar que Ibara, un ex profesor, abusara de él cuando solo tenía cinco años.
Tras el trauma, Senku se había encerrado en sí mismo, rechazando hasta el más mínimo contacto. Una palmada en el hombro lo hacía estremecer, y Byakuya temió que jamás lograse sanar. Aunque la justicia actuó, la idea de que su hijo adoptivo viviera atrapado en el miedo lo perseguía… hasta que, años después, escuchó por casualidad cómo Senku exploraba su cuerpo en la intimidad de su habitación, aquel susurro de autonomía lo alivió: tal vez aún había esperanza.
Pero nada lo preparó para encontrarlo en su propia cama, usando su bata de laboratorio como fantasía, ni para las confesiones posteriores. Senku admitió que, durante años, creyó que el deseo y la intimidad eran territorios prohibidos para él.
—Cuando pienso en ti… el asco desaparece—había musitado, avergonzado pero firme. —Solo contigo.
Byakuya pasó semanas rumiando esas palabras. Senku iniciaba contactos sutiles: rozones al pasar, manos que se buscaban al servir el té… Gestos que podrían parecer inocentes, pero que ambos sabían que no lo eram
—¿Y si esto es parte de su cura? —se preguntó aquél hombre, conflictuado entre el rol de padre y la necesidad de no fallarle nuevamente, de estar ahí cuando lo necesitara y si Senku lo elegía a él para reclamar su cuerpo, ¿Era correcto negarse?
Al besarlo, lo hizo con lentitud, sabiendo que cada segundo importaba, Senku respondió con urgencia, como si temiera que el momento se esfumara y solo fuese una más de sus fantasías,Byakuya se detuvo al notar sus lágrimas.
—No quiero lastimarte— susurró, acariciando su mejilla.
—"Prefiero morir que hacerte daño"— repitió el joven, usando las mismas palabras que él le había dicho años atrás, una promesa convertida en bálsamo.
Al explorar su cuerpo, Byakuya lo hizo con adoración: labios en cicatrices de experimentos fallidos, preguntas constantes de "¿Estás bien?¿Ye gusta ésto? ¿No te incomoda?"Hasta que Senku, entre gemidos y jadeos, lo interrumpió:
—Basta de preguntas… te aseguro al diez mil millones porciento que estoy más que bien.
La risa de ambos alivió la tensión. Pero cuando llegó el momento crucial, Byakuya vaciló. Senku, con piernas temblorosas y mirada desafiante, lo jaló hacia sí:
—Confío en ti. Siempre—
Y esta vez, Byakuya decidió confiar también, el objeto de su adoración lo esperaba ansiosamente y ya no tenía la intención de evitarlo
