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Kei tenía demasiadas cosas en la cabeza. Había descubierto que, al parecer, tenía novio. Y lo peor: no le disgustaba la idea. Solo que aún debía ordenar los hechos.
Todavía intentaba entender cómo había terminado en una relación con Kageyama Tobio, su compañero de equipo. No es que le incomodara—de hecho, le gustaba más de lo que estaba dispuesto a admitir—pero todo había sucedido tan rápido que aún no lo asimilaba del todo. Había muchas cosas que debían hablar: quiénes sabían que estaban juntos, desde cuándo y, por supuesto, cómo seguirían a partir de ahora. Pero en ese momento, pensar en eso era imposible.
Tobio estaba sentado a horcajadas sobre sus piernas, cubriéndole el rostro de besos. Sus dedos se enredaban en su cabello con una caricia distraída, mientras su aliento cálido le cosquilleaba la piel. Kei apenas podía concentrarse en otra cosa que no fuera el peso de su cuerpo sobre él o la intensidad del azul de sus ojos cada vez que se encontraban entre beso y beso.
Se moría por ir más lejos. Por recorrer su cintura con las manos sin que la tela de su ropa se interpusiera entre ellos, por deslizar los dedos por su espalda y memorizar cada centímetro de su piel. Se esforzaba por contenerse, aunque sabía que Tobio ya debía haberse dado cuenta del efecto que tenía sobre él. Si lo había notado, no dijo nada.
Y aunque Kei estaba dispuesto a averiguar hasta dónde llegarían, ninguno tuvo la oportunidad de hacerlo. Una risa repentina resonó en el patio, congelando el momento y obligándolos a separarse.
El calor le subió desde el cuello hasta las orejas, encendiendo su piel al instante. Tobio se apartó apenas, pero no se levantó de sus piernas. En cambio, frunció el ceño y dirigió la mirada hacia la persona detrás de ellos. Kei, por su parte, decidió ignorarla por completo en un intento desesperado de contener su vergüenza.
—Dijiste que no venías hoy.
La voz de Tobio sonaba demasiado tranquila para alguien en su posición, y el ligero puchero en sus labios era, sin duda, lo más adorable que Kei había visto en todo el día.
—¿Sorpresa? —respondió la recién llegada, sin rastro de arrepentimiento—. Traje la cena. No sabía que ibas a estar... ocupado.
Kei reconoció de inmediato la voz. Aunque solo la había visto un par de veces, era imposible olvidar el tono seguro de Miwa, que añadió con diversión:
—Así que era cierto. Estaba segura de que me mentías.
—Te dije que era cierto, idiota.
Tobio finalmente se levantó de sus piernas, y Kei no tuvo más opción que hacer lo mismo.
—Hola, Miwa —saludó, intentando sonar natural, aunque su vergüenza aún no se disipaba del todo.
—Hola, Kei. ¿Cenás con nosotros?
Miwa ya se alejaba hacia el interior de la casa cuando lo preguntó, y Tobio aprovechó la distracción para tomar su mano y tirar de él.
—La verdad, ya tendría que irme. Mi mamá no sabe que salí.
Y no mentía. Evitaba mirar el celular para no encontrarse con los posibles mensajes de su madre, pero hacía más de una hora que había salido solo para comprar helado y aún no había vuelto. Conociéndola, era capaz de llamar al 911.
—Bueno, pero la próxima te quedás a comer.
No sonó como una invitación. Sonó como una orden.
—Y a dormir —agregó Tobio en voz baja, lo suficientemente cerca como para que solo Kei lo escuchara.
El efecto fue inmediato. Su ya maltratado autocontrol recibió otro golpe.
Tobio lo acompañó hasta la puerta, pero no lo dejó irse sin antes robarle un último beso. O quizás varios. Kei ni siquiera pensó en protestar.
•••
Kei llegó a su casa sin helado y con una sola urgencia: darse una ducha. La caminata de vuelta había sido rápida —vivían cerca, después de todo—, pero a él le pareció eterna. Apenas cruzó la puerta, avisó a su mamá que estaba de vuelta y se encerró en el baño.
Tenía la mente nublada. Lo único que recordaba con claridad era a su lindo novio sobre sus piernas, recostado en su pecho, llenándolo de besos. Con esa imagen grabada en la cabeza, disfrutó de la ducha más larga y placentera que había tenido en mucho tiempo.
Cuando por fin regresó a su habitación, estaba listo para dormir. Ni siquiera tenía hambre. Se dejó caer en la cama justo cuando su celular vibró. Un mensaje de Tobio. Solo una foto. Intentó no imaginarse que podía ser mientras abría el mensaje.
Era una simple selfie. Tobio aparecía igual que él: recién salido de la ducha, con el cabello aún húmedo y sin molestarse en ponerse una remera. Pero había un detalle que lo hizo fruncir el ceño. El hijo de puta estaba comiendo su helado. Su helado. El que había olvidado en su casa. Y ahora no tenía nada para el bajón de sus madrugadas probando jueguitos nuevos.
Quiso enojarse, pero… era la foto más linda que tenía de Tobio. Y la única.
Su respuesta, fingiendo indignación, fue tan poco creíble como sus intentos de ignorar lo mucho que le gustaba.
Y ahora que no tenía ninguna distracción a la que aferrarse, se sorprendió de lo fácil que había sido todo.
Pero no le molestaba. Ni un poco.
Todo había comenzado en el campamento de entrenamiento en Tokio, después de una discusión que ni siquiera recordaba bien. Un beso impulsivo, sin expectativas. Con todo lo que vino después —su charla con Yamaguchi, su nueva perspectiva sobre el club, el torneo, la final contra Shiratorizawa y los nacionales—, aquel encuentro en las duchas quedó como un recuerdo lejano.
Como Tobio tampoco había intentado hablar del tema, Kei asumió que era mejor así. Que no volvería a pasar. Que había sido solo un beso raro que con el tiempo quedaría en el olvido.
Pero luego volvió a ocurrir.
Y pasó otra vez.
Ya no podía ignorar cómo la cara de su compañero se colaba en sus pensamientos con demasiada frecuencia, sobre todo en las noches, provocando sensaciones nuevas en su cuerpo. Ninguna otra cosa le despertaba ese calor insistente en el estómago. Y después de cada uno de sus encuentros, quería más.
Pero admitir que realmente le gustaba Tobio… eso era otra historia.
¿Era Kageyama Tobio el chico más lindo del club? Sí.
¿Del colegio? Probablemente.
¿Más lindo que cualquier jugador de vóley que había conocido hasta ahora? Tal vez no, pero nunca se había fijado demasiado en los demás como para asegurarlo.
Ese era su lado racional hablando. Claro que era lindo. Pero no podía quedarse solo con eso.
Kageyama Tobio era un idiota obsesionado con el vóley que apenas podía hablar de otra cosa. También era un estúpido que no lograba aprobar inglés básico.
Pero en la cancha era brillante. Había aprendido a ser buen compañero. Un muy buen amigo.
Tal vez… también podía ser un buen novio.
Después de todo, llevaba más tiempo que él siendo consciente de su relación y nunca lo había presionado. No intentó ir más rápido de lo que Kei estaba dispuesto. Solo esperó.
Todo lo contrario a él, que apenas lo invitó a su casa, solo pensó en que lo llevaría directo a su habitación.
Tobio tenía demasiada paciencia. Debía gustarle mucho para haber soportado tanto tiempo siendo un poco ignorado por su propio novio.
El problema no era Tobio.
El problema era él.
Y ya no podía seguir fingiendo que no lo veía.
Aun así, debía manejar las cosas con cuidado.
Quería conocerlo mejor, pasar más tiempo con él, hacer que las cosas entre ellos funcionaran. Eso, si lograba que su cuerpo reaccionara con normalidad cuando estuvieran solos.
No tenía idea de cómo había terminado en todo esto, pero tampoco quería salir de ahí.
Si Tobio estaba dispuesto a esperarlo, tal vez… él también podía intentarlo.
Mientras Kei intentaba procesarlo todo, Tobio tenía su propia versión de los hechos.
Para él, las cosas eran más simples. No se detenía a analizar cada situación fuera del contexto del vóley; nunca había sentido la necesidad de hacerlo. Cuando ocurrió el primer beso, después de una estúpida pelea, no se puso a pensar demasiado en lo que significaba. Estaba teniendo días frustrantes, con cosas nuevas sucediendo todo el tiempo, así que simplemente lo dejó pasar.
Pero no lo olvidó.
Recordaba perfectamente ese momento: lo impulsivo, lo repentino. Casi un accidente. Y, sin embargo, desde ese día, algo cambió entre ellos. Después llegó el torneo, los partidos, la final, el campamento de la selección juvenil, el nacional… No tuvo tiempo para detenerse a pensar en lo que sentía. Pero por más que intentara enfocarse en el vóley, había algo que no lograba apartar de su mente: ese fue su primer beso.
La segunda vez fue diferente.
Ese beso sí fue real. Ninguno se apartó de inmediato. No fue un impulso ni un error.
Esa noche, de camino a casa, Tobio se sintió confundido. No podía negar que le había gustado. Mucho. Pero… se trataba de Tsukishima. Y ahí estaba el problema. ¿De verdad quería estar con él? ¿Le gustaba?
Bueno. Tal vez sí.
Tsukishima no era feo. Para nada. Además, era inteligente. Lo opuesto a él, pensó Tobio con una mueca.
Esa idea empezó a ocupar cada vez más espacio en su cabeza. No quería que lo distrajera ni que afectara su rendimiento, así que, días después, cuando Tsukishima faltó al colegio, decidió hablarlo con las dos personas que consideraba sus amigos. Por supuesto, no sin antes obligarlos a jurar —en nombre de todo ser sagrado— que no le contarían a nadie.
Fue entonces cuando Hinata le reveló una gran "verdad": las personas que se besan son novios.
Y esa "sabiduría" provenía nada más y nada menos que de Atsumu Miya.
Yamaguchi, por su parte, se limitó a reírse de ellos durante al menos cinco minutos. Cuando por fin se recuperó, solo le aconsejó que tuviera paciencia con Tsukishima. "No lo presiones. Las cosas se resolverán solas."
Y eso fue exactamente lo que hizo Tobio.
Porque, si lo pensaba bien, le gustaba tener un novio.
Había visto a su hermana salir tanto con chicos como con chicas, y cada vez que traía a alguien a casa, siempre se veía feliz. Disfrutaba estar con su pareja. Tobio quería sentir lo mismo. Y si la persona con la que compartiría esa felicidad era Tsukishima Kei, no tenía problema con ello.
Así que esperó. Fue paciente.
Y ahora… ahora estaba muy feliz.
No solo porque había extrañado verlo durante las vacaciones, sino porque Tsukishima había aceptado ir a su casa. Si no hubiera sido por Miwa, tal vez no se habría ido tan pronto. La próxima vez no lo dejaría irse temprano. Se aseguraría de que el rubio quisiera quedarse más tiempo con él.
Incluso ahora estaban hablando por chat.
Cuando Tobio le envió el primer mensaje, no esperaba recibir más de una respuesta seca. Pero para su sorpresa, Tsukishima contestó. Más de una vez.
Y luego le envió una foto.
Estaba acostado en la cama, listo para dormir. Y curiosamente, aún no se había despedido.
Kei, después de darse cuenta de que realmente quería seguir hablando con Tobio, pensó que hacerle algunas preguntas por mensaje sería mucho más fácil para ambos.
Tsukishima Kei: Eu, ¿cuántas personas saben que estamos juntos?
Kageyama Tobio: Solo lo sabe Miwa.
Kei soltó un suspiro de alivio al leer la respuesta. Pero antes de que pudiera relajarse del todo, llegaron más mensajes.
Kageyama Tobio: Hinata y Yamaguchi.
Kageyama Tobio: Ennoshita y Yachi.
Kageyama Tobio: El resto del equipo.
Kageyama Tobio: Los Miya y, probablemente, también Kenma.
Kei se quedó mirando la pantalla, incrédulo. ¿En qué momento todas esas personas se habían enterado antes que él? ¿Yamaguchi? No recordaba haberle dicho nada. "Mejor amigo, las bolas." Pero el resto… ¿Cuándo tuvo tiempo Tobio de contarles a los Miya o a Kenma? Y si Kenma lo sabía, entonces Kuroo también. Y si Kuroo se había enterado, era cuestión de tiempo para que toda Nekoma lo supiera. Y Fukurodani.
Todos, menos él.
Y nadie le había dicho nada.
¿O sí lo habían hecho y simplemente no se dio cuenta? Eso era aún peor.
De todas formas, ya era tarde para preocuparse por eso. Excepto por Yamaguchi. Su ex mejor amigo tenía muchas explicaciones que darle…
Entonces, otro mensaje llegó:
Kageyama Tobio: Perdón si no querías que se enterara nadie.
Kageyama Tobio: No te enojes, por favor.
Y eso, al parecer, fue suficiente para que la frustración de Kei se disipara. Se dio cuenta de que lo había dejado en visto y ahora se sentía mal por eso.
Tsukishima Kei: No me enojé.
En realidad, sí estaba enojado. No con Tobio. O tal vez solo un poco. Pero su molestia era más consigo mismo, por haber evitado la situación y terminar enredado en algo de lo que, paradójicamente, no quería salir.
Tsukishima Kei: ¿Desde cuándo sos tan amigo de los Miya?
Kageyama Tobio: Desde el campamento de la selección juvenil, supongo. Tampoco es que seamos mejores amigos ni nada.
Kageyama Tobio: ¿No te caen bien?
Kei quería responder que no, pero en realidad apenas los conocía. Aun así, la idea de que fueran amigos de su novio no le gustaba.
Tsukishima Kei: Sí, no es eso.
Tsukishima Kei: No sabía que se llevaban tan bien.
Kageyama Tobio: Son agradables.
Okay. Suficiente sobre los Miya por un día. Kei no tenía el menor interés en saber qué tan simpáticos eran.
Por suerte, Tobio cambió de tema.
Kageyama Tobio: Miwa se va todo el fin de semana.
Solo leer el mensaje le provocó un calor que subió por su estómago.
Tsukishima Kei: ¿Qué querés hacer?
Kageyama Tobio: Podés quedarte conmigo y el lunes vamos juntos al colegio, si querés.
Kageyama Tobio: Si no querés, está bien igual.
Obvio que quería ir. Su mente ya se había adelantado a la situación: un lindo pelinegro + casa sola era una ecuación a la que no pensaba decir que no… aunque tampoco quería parecer desesperado.
Tsukishima Kei: Voy a ver si puedo.
Kageyama Tobio: Miwa se va el sábado temprano, podés venir a la hora que quieras. Y si no querés quedarte, está bien.
Kageyama Tobio: Me gustaría que al menos vengas un rato.
Kageyama Tobio: Me gusta estar con vos.
Kei no estaba preparado para que Tobio fuera tan directo. Al menos no se lo había dicho en persona, porque si solo leerlo hacía que su corazón latiera con fuerza, ni se imaginaba cómo habría reaccionado de frente.
Ni siquiera se dio cuenta de que ya estaba escribiendo una respuesta.
Tsukishima Kei: Voy el sábado.
Kageyama Tobio: Creo que hoy voy a dormir feliz.
Kageyama Tobio: Buenas noches, Kei.
Con ese último mensaje, Tobio se despidió, pero Kei se quedó con la mente demasiado despierta como para dormir.
•••
El sábado, Kei se despertó temprano, algo poco común en un fin de semana. Pero, aunque intentara ignorarlo, los nervios lo mantenían inquieto. Hacía tres días que no veía a Kageyama, y las ganas de volver a estar con él lo tenían más ansioso de lo que quería admitir.
No habían acordado un horario, así que planeaba ir por la noche. Eso le daría tiempo de dormir una buena siesta después del mediodía… o al menos, ese era el plan.
Las últimas dos noches las había pasado pensando en qué harían. Quizás nada de lo que imaginaba sucedería, y solo terminarían el fin de semana entre besos y maratones de series. Pero tampoco podía ignorar la posibilidad de que, tal vez, fuera la primera vez de ambos.
El solo pensarlo le revolvía el estómago. Una cosa era investigar sobre lo que debía saber para estar listo, y otra muy distinta era que realmente pasara.
La noche anterior, incapaz de dormir, había llamado a Yamaguchi… y se arrepintió apenas su amigo atendió el teléfono. Como era de esperarse, no perdió la oportunidad de burlarse, demasiado para el gusto de Kei, y solo se detuvo después de la quinta amenaza de que cortaría. Pero, pese a las burlas, hablar con él lo ayudó más de lo que pensaba.
No solo lo animó a seguir adelante con Tobio, sino que también le aseguró que siempre lo apoyaría, como lo había hecho desde que supo del primer beso. Claro que aún no lo perdonaba del todo por no habérselo contado antes, y probablemente tendría que soportar muchas quejas a modo de compensación.
Yamaguchi incluso le dijo que hacían linda pareja. Eso bastó para que su pecho se llenara de calidez.
Además, aunque Kei ya le había dicho a Tobio que iría a verlo, no había mencionado nada sobre quedarse a dormir. Fue Yamaguchi quien lo animó a hacerlo y, aunque no estaba del todo convencido, saber que su mejor amigo lo apoyaba se sentía bien.
Aun así, seguía dudando. Pasar la noche en casa de Tobio era un paso grande. Otra cosa era compartir un rato, donde la mayor parte del tiempo se la pasaban besándose. Pero estar juntos tanto tiempo… era diferente.
Pasó gran parte del día debatiéndolo, hasta que, cerca de las seis de la tarde, recibió un mensaje de su novio.
Kageyama Tobio: ¿Vas a venir?
Kei lo leyó varias veces antes de responder.
Salió de su habitación y encontró a su madre en el jardín, sumergida en un libro.
—Mamá, me voy a la casa de Kageyama.
—Bueno. —Ni siquiera levantó la vista de la página.
—Puede que me quede a dormir.
Eso sí logró captar su atención. Su madre lo miró con calma, analizándolo.
—¿Hay algo más que tenga que saber?
Kei desvió la mirada.
—No… todavía no estoy listo.
Ella le sonrió y, sin decir nada más, volvió a su libro.
—Cuídense.
Ese simple comentario hizo que Kei se sintiera aliviado. Se inclinó para darle un beso en la mejilla antes de salir casi corriendo a preparar sus cosas.
-
Cuando llegó a casa de Tobio y tocó el timbre, apenas pasaron unos segundos antes de que la puerta se abriera y dos brazos rodearan su cuello.
Un beso.
Pequeño, rápido, pero suficiente para dejarlo congelado en su lugar.
—Hola. —Tobio lo saludó sin alejarse demasiado.
Kei no estaba acostumbrado a tanta cercanía. Su cuerpo se tensó por reflejo, y Tobio, notando su reacción, se apartó con una expresión incómoda.
—Perdón. —Kei se apresuró a decir—. Todavía me estoy acostumbrando a… esto.
Tobio asintió, pero no volvió a mirarlo. Sus mejillas se tiñeron de un rosa tenue y, en ese instante, Kei sintió que toda su sangre abandonaba su cerebro.
El pelinegro cerró la puerta y caminó hasta el sofá. Kei lo siguió en silencio.
—Pensé que podíamos jugar al FIFA un rato. Miwa dijo que podíamos pedir pizza más tarde.
Tobio buscó los joysticks, pero dejó una distancia considerable entre ambos cuando se sentó. Kei sintió una punzada de culpa.
Sin pensar demasiado, se acercó y lo sujetó del brazo, obligándolo a mirarlo.
—No dije que no quiero que estés cerca. —Tobio lo observó con atención—. Pasa que me agarraste desprevenido antes, pero no quise decir que te alejaras.
Tobio pareció relajarse poco a poco. Kei dejó escapar un suspiro de alivio y tomó el control.
—¿Listo para perder?
—Sí, como si eso fuera a pasar.
Comenzaron a jugar tranquilos. Después de un rato, ambos estaban más relajados, riendo y molestándose como de costumbre. La breve incomodidad del principio quedó en el olvido.
Incluso ahora, Tobio tenía los pies sobre el regazo de Kei.
—No podés ser tan malo en esto. —Se burló Tobio después de que Kei perdiera otra partida.
—Esto no es lo mío. Me quedo con el LoL.
—Entonces, enséñame a jugar eso.
Kei lo miró con seriedad.
—No. Y te lo digo por tu bien.
Tobio frunció el ceño y un puchero se formó en sus labios.
—No me mires así. —Kei intentó cubrirle la cara con la mano, pero Tobio se apartó.
—¿Por qué no?
—Porque sos muy lindo y no es justo.
El puchero desapareció, dando paso a una sonrisa que hizo que Kei se removiera en su lugar.
Antes de que pudiera reaccionar, Tobio tomó su mano y se subió a horcajadas sobre él.
—¿Nadie va a interrumpirnos hoy?
Tobio negó con la cabeza, aún sonriendo.
—Pero, para estar más seguros, podemos ir a mi habitación.
No esperó una respuesta. Se puso de pie, entrelazó sus dedos con los de Kei y lo guió hasta su cuarto.
Era la primera vez de Kei en la habitación de Tobio, y lo cierto era que no le sorprendió la austeridad del espacio. Sin embargo, no tuvo mucho tiempo para fijarse en los detalles. En cuanto la puerta se cerró, Tobio lo tomó de la nuca y capturó sus labios con un beso firme. Kei no tardó en rodearle la cintura con ambas manos, atrayéndolo lo más cerca posible.
Retrocedió con cuidado hasta que la parte trasera de sus piernas chocó contra la cama, y entonces se dejó caer, arrastrando consigo a Tobio.
Sus caricias no tenían prisa. Ambos sabían que disponían de todo el tiempo del mundo ahora. Kei deslizó las manos por su espalda, sintiendo el calor de su piel a través de la tela, y con un leve impulso lo hizo girar sobre el colchón, hasta quedar sobre él. Se acomodó a cada lado de sus caderas, apoyando las rodillas en la cama. Tobio lo miró con la cabeza ladeada, su respiración entrecortada. Sus labios ya estaban hinchados, y el rubor en sus mejillas parecía extenderse hasta las orejas.
Esa imagen fue suficiente para que Kei se sintiera mareado. Se quitó los lentes y los dejó sobre el escritorio junto a la cama.
—¿Tenés idea de lo que estamos haciendo ahora? —preguntó, más para sí mismo que para Tobio.
El pelinegro negó con la cabeza, mordiéndose el labio inferior. Kei suspiró y desvió la mirada.
—Solo para estar seguro… Yo también soy tu primera experiencia?
Tobio se tensó de inmediato después de mencionar eso. Sus ojos se entrecerraron, y el color en su rostro se intensificó.
—Obvio que sos el primero.
Kei se dio cuenta demasiado tarde de que su tono había sido más brusco de lo que pretendía. Se inclinó sobre él y lo besó con suavidad, acariciándole la mejilla con el pulgar.
—Si tenés alguna duda, podemos hablar primero —aseguró, esta vez con más calma—. No tenemos que hacer nada.
Tobio negó con la cabeza.
—No tengo dudas sobre estar con vos —murmuró. Sus ojos lo sostuvieron con firmeza, incluso con el leve temblor de sus labios—. Pero a veces no puedo evitar sentirme un poco inseguro.
Kei lo besó de nuevo antes de incorporarse sobre sus piernas.
—Si hay alguien que debería sentirse inseguro, ese soy yo. —Una sonrisa ladeada apareció en sus labios—. Vos sos demasiado lindo como para dudar.
Tobio lo fulminó con la mirada y, sin previo aviso, tiró de su remera, atrayéndolo para besarlo de nuevo. Fue un beso lento, una caricia suave que Kei lamentó cuando terminó.
—Tenés que hablarme, ¿sí? Si algo te gusta o no, decímelo.
Tobio asintió, desviando la vista hacia el cajón de su escritorio.
—Miwa me obligó a comprar lubricante y preservativos.
Su voz apenas fue audible, y su cara rápidamente se tiñó de rojo. Kei sintió cómo la suya también ardía, pero aun así no pudo evitar reírse. Se recostó a su lado, mientras Tobio se cubría el rostro con ambas manos.
—¿Por qué te reís? —murmuró entre los dedos.
—Nada. Solo estoy procesando que Miwa pensó en esto antes que nosotros.
Tobio bufó, apartando las manos de su cara. Kei aprovechó la oportunidad para inclinarse sobre él y besar la comisura de sus labios. Luego descendió por su mandíbula, dejando un rastro de besos que se volvieron más atrevidos cuando alcanzó su cuello.
Tobio ladeó la cabeza, dándole más acceso. Kei no dudó en chupar con delicadeza su piel, dejando una ligera marca rojiza. El ritmo de la respiración de Tobio cambió. Un estremecimiento recorrió su cuerpo cuando los labios de Kei rozaron su clavícula.
De repente, sintió los dedos de Tobio enredándose en su cabello, sujetándolo en su lugar por más tiempo.
Las manos de Tobio se deslizaron por su espalda, colándose bajo su remera con urgencia. La tela ahora les estorbaba. Kei se incorporó solo lo necesario para quitársela, y Tobio no tardó en hacer lo mismo con la suya. Apenas tuvo oportunidad, Kei lo empujó de nuevo sobre el colchón y recorrió su cuello con besos hasta llegar a su clavícula.
Era adictivo. Su piel, su calor, la forma en que se tensaba cada vez que sus labios rozaban un punto sensible.
Pero lo que más lo enloquecía eran los pequeños jadeos que escapaban de su boca.
Sin darse cuenta, había descendido hasta la parte baja de su abdomen. Se permitió saborear un poco más su piel antes de que Tobio se incorporara de repente y, con un suave empujón, lo obligara a sentarse.
Antes de que pudiera preguntar qué pasaba, Tobio se subió a horcajadas sobre él.
Tobio volvió a besarlo, enredando los dedos en su cabello. Tiró de él con suavidad, obligándolo a echar la cabeza hacia atrás. Kei se dejó llevar por la sensación, hasta que un fuerte tirón en su ropa interior lo hizo volver a la realidad.
La calidez del cuerpo de Tobio sobre el suyo lo tenía al borde. Si no pensaba en otra cosa rápido, todo acabaría antes de empezar.
Deslizó las manos por su espalda hasta sus caderas, buscando una señal de protesta. No la hubo. Al contrario, Tobio se movió más cerca, y cuando sus entrepiernas hicieron fricción, el aire abandonó sus pulmones en un suspiro.
El pelinegro se alejó lo suficiente para mirarlo. Su respiración era pesada, sus labios estaban hinchados, su flequillo, desordenado. El azul de sus ojos era tan oscuro que parecía negro.
Apenas dudó un momento antes de rodear su cuello y besarlo con ansias.
Kei lo sujetó con más fuerza, guiando sus movimientos hasta que ambos quedaron sin aliento. No tardaron en perder el control, atrapados en el roce cada vez más frenético.
Y, cuando se dieron cuenta, ya era demasiado tarde.
Los dos se quedaron inmóviles, respirando con dificultad, los rostros enrojecidos. Kei tomó el rostro de Tobio entre sus manos y lo besó.
—Pará, estoy todo sucio —murmuró Tobio con un puchero.
—Yo también —respondió Kei, riendo contra sus labios.
Tobio bufó, pero no se alejó.
—¿Podemos continuar después de bañarnos?
Aún tenía la cara ardiendo, pero en ningún momento intentó alejarse.
—Espero que sí. Apenas estábamos empezando —susurró Kei.
Solo entonces se levantaron de la cama y fueron a la ducha.
Su noche apenas comenzaba.
Y el resto del fin de semana lo pasaron descubriendo cada rincón del cuerpo del otro, entre besos, suspiros, risas, restos de pizza fría y siestas desprogramadas.
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Suerte para la parejita no haber estado presente cuando Miwa llegó el lunes por la mañana y encontró manchas de su corrector de maquillaje más caro en el baño.
El grito de indignación resonó en toda la casa.
