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Megumi tiene un irritable dolor de cabeza que no lo deja en paz. Un martilleo constante que lo tortura como la existencia misma. Las lejanas voces de Kugisaki junto a los chillidos de Rindo Saki, se dispersan a los lejos como ecos bullicios y superfluos, y empeoran los síntomas.
Son tan malditamente molestas. Nunca se callan, se meten en discusiones por tonterías y Megumi no tiene el humor de soportarlos.
Yuki Kaito, un hechicero de Jujutsu de primer grado, compañero de Megumi, le choca el hombro con cuidado de no ser demasiado brusco, no quiere probar suerte con la irascibilidad habitual del joven Zenin. Megumi pone los ojos en blanco, el dolor de cabeza es mas insoportable que antes, un palpito penetrante y la rabia emerge como un dragón que echa fuego por la boca.
Están en las instalaciones de Jujutsu Tech, a la espera de una reunión con Kusakabe y MeiMei; gracias a la técnica del dominio simple, la mortandad de hechiceros se había reducido considerablemente, pero las maldiciones no escaseaban, nunca lo harían mientras los humanos tuvieran sentimientos negativos. Es una lucha imposible.
―Eh, Fushiguro, ¿no deberíamos detenerlas? –pregunta Kaito mientras da golpecitos a su barbilla con el dedo índice.
A pesar de que es común que Kugisaki se pelee con Saki, todavía no sabe qué hacer en estas situaciones y prefiere molestar a Megumi, en lugar de ignorarlo. Que malditamente molesto.
―Déjalas en paz ―responde Megumi, con una vena resaltando en la frente y la voz rasposa―. Hay animales cuyo ritual de apareamiento es agresivo.
Kaito abre los ojos ante la perplejidad de la violencia en las respuestas de Fushiguro. Luego, se echa a reír a carcajadas, drenando la temblorosa tensión en los hombros.
Para Megumi, esa risita es como escuchar el sonido de camillas en un hospital mientras estás ahí por una fractura. Es irritable. Aparta la mano de Kaito con un golpe áspero y se aleja de él.
Kaito está acostumbrado al mal humor subyacente en el joven hechicero, portador de las diez sombras. Una cara bonita, empañada por el ceño fruncido y su mal genio. Se limpia las escasas lágrimas que escaparon de sus ojos debido a la risa y se frota el estómago.
―Hey, Kugisaki –le grita, porque Kaito siempre encuentra una forma de ser más molesto–, Fushiguro cree que te gusta Saki, ¿es esa la razón por la que pelean tanto? ¿Las mujeres están tan obsesionadas con vivir un romance shojo que recurren a métodos extraños de "rituales de apareamiento o algo así"?
Kugisaki se calla de inmediato, un cierre mágico a la acalorada discusión que maneja junto a Saki. Sus ojos fruncidos, llameantes y asesinos, se posan en un Kaito sentado en el banco, lo escudriña un momento y le propina un golpe generoso en el estómago cuando aparta las manos. Kaito se queja por el dolor mientras la sonrisa de felicidad se desvanece sin dejar rastro. Fue un golpe fuerte, Kugisaki puede ser de baja estatura y flaca pero tiene una fuerza inconmensurable en los brazos.
―¡Por supuesto que no! ¿Quién se enamoraría de esta mujer tan aburrida y fea?
―¿Ah? ¿Y crees que eres mejor partido que yo? ―interviene Saki con más ferocidad que la de Kugisaki, las dos chicas son formidables, un peligro casi latente para la sociedad.
Una discusión se forma rápidamente entre ellas, los gritos regresan y con eso, el origen del dolor de cabeza de Megumi, quién no tarda en levantarse del banco donde está sentado, tratando de disfrutar de una espera menos tediosa. Simplemente se retira a los pasillos, con pasos sigilosos, escondiéndose entre las sombras, su especialidad. Aparentemente los tres mosqueteros no se dan cuenta de su ausencia, demasiado entretenidos en la escaramuza.
Megumi se detiene cuando los gritos no se oyen y, solo puede sentir el putrefacto olor natural de la escuela de hechicería; ya sea porqué los rastros de maldiciones quedan allí o es el recuerdo mismo de lo mucho que apesta este trabajo de mierda. El joven hechicero se recuesta en la pared, se frota la sien para intentar aliviar sus síntomas. Quizás debería beber un analgésico o algo que lo ayude a sentirse mejor, aunque teme que sus dolencias no sean enteramente físicas y una simple pastilla no sea de ayuda.
Cómo el dolor no mitiga y Kusakabe no aparece por la puerta, regañándolo por ser tan "grosero", saca el celular del bolsillo, no hay un solo mensaje en su buzón, ni en ninguna de las redes sociales pese a ser las diez de la mañana.
Itadori no ha escrito en todo el día. Ni una llamada, ni un sticker, ni una señal de vida.
Megumi sabe que está vivo, el día anterior, Todo subió un live donde los dos caminaban por las solitarias calles de Kyoto, donde se encuentran, a altas horas de la noche. Itadori se reía de las tonterías de Todo y su comportamiento de Idol. Se veía bien, feliz, casi... relajado, aunque su estadía en Kyoto se debía a que ahora es un hechicero de clase especial y, las misiones en solitario son su fuerte. Las maldiciones atacaban con mayor ferocidad estos días, y el personal escaseaba como siempre. Sin embargo, él estaba... bien.
Más que bien.
Más que bien sin Megumi a su lado.
Quizás sea exagerado o los miedos de abandono que lo carcomen por las noches susurrando al oído, pero han pasado tres meses desde la última vez que se vieron en persona y dos días desde que envió un mensaje o se reportó. Tal vez, Itadori se aburrió de cuidar de alguien que necesita tanto trabajo o que es tan amargado, aburrido y soso. Alguien que no encaja en su mundo.
Megumi no era un hechicero de grado especial y, posiblemente debido a su... incapacidad para alcanzar su potencial, cómo dijo Gojo Satoru, nunca lo sería. Estaba estancado en el primer grado. Aunque los grados estaban uno debajo del otro, la diferencia entre especial y primer grado era abismal.
Itadori brillaba como el sol más resplandeciente en un atardecer a orillas del océano, ¿por qué elegir una compañía tan poco grata como la de Megumi? Es probable que allá, en Kyoto, haya visto a una de esas mujeres altas, con un enorme trasero que había dicho que le encantaban y las cosas tomaron el carril natural; Itadori era un hombre guapo, atlético, amable y con mucha carisma, no es de extrañar que enganchara a más de una chica por ahí. Mujeres hermosas y adorables, no con problemas de abandono, no un inútil que no sabe sacarle el brillo a las diez sombras y no quién no puede domar a Mahoraga ni en veinte vidas.
Itadori nunca sería grosero para decirlo en voz alta, pero la gente puede cambiar de intereses, ¿verdad?
Y lo que parecía, es que Itadori ya no estaba interesado en Fushiguro Megumi. Ni siquiera parece recordar que alguna vez existió alguien con ese nombre. Había seguido adelante.
Megumi guarda el celular y cierra los ojos. Ahora mismo en lugar de enojarse, se siente devastado y terriblemente deficiente. El pecho le arde y se le hunde en un mar de sentimientos negativos, que forman un remolino por el que se ve obligado a caer, caer y caer.
La sensación de estar en un punto desequilibrado de una ruptura no dicha, de ser dejado atrás, sin previo aviso, sin consideración.
La espalda de su padre, dejándolo en esa casa destartalada, con los hombros desnudos en una fría tarde de invierno, pese a las súplicas de Megumi y un lloriqueo sincero. A su padre no le había importado.
A Itadori, aparentemente, tampoco.
Los pensamientos de Megumi se ven interrumpidos por el humo de la nicotina; arruga la nariz, disgustado por la sensación y el recuerdo de las podridas adicciones. Kusakabe aparece poco después, con un cigarrillo en la mano, botando humo cómo si se tratase de una chimenea.
–Fushiguro, no huyas de las reuniones. Tenemos asuntos muy importantes que atender.
Megumi se acomoda el largo cuello del uniforme y asiente. Así era la vida de un hechicero de Jujutsu, no importa si tu propio mundo se caía a pedazos, las maldiciones estaban allí y debían ser exorcizadas, aunque volvieran a nacer, una y otra vez, una y otra vez. Además de Tsumiki y el abandono, ellas eran la otra constante de su vida. Un ciclo sin fin.
La reunión con Kusakabe termina en lo mismo de siempre, hay una horda de maldiciones que azota a Tokio. Kusakabe lamenta la escasez de grados especiales y cómo Gojo no puede hacer el trabajo él solo.
Kugisaki y Saki se quejan de todo el trabajo que les encargó Kusakabe, y Kaito de las chicas mientras Megumi los sigue desde atrás, ignorando su presencia con una maraña de humo negruzco pululando encima de la cabeza.
–Hey, Fushiguro, te veo afligido –suelta Saki, cuando se aburre de molestar a Nobara.
–Fuera de aquí –lo corta Megumi con el ceño fruncido.
Conoce a la hechicera de primer grado desde hace un tiempo, cuando Kusakabe quiso unir equipos de primer grado para intentar imitar a un grado especial. Él estaba obsesionado con ellos y con la eficiencia.
Saki hace un puchero mientras aparta un mechón de cabello rubio hacia un lado.
–Fushi, no seas así, ¿sí? Somos amigos, déjame invitarte un trago para aliviar tus males.
–No quiero una mierda.
–¿Por qué no? –Saki le rodea los hombros con el brazo, encadenandolo.
Kaito se mueve ansioso, de qué Megumi explote y hiera a la chica.
Megumi pone los ojos en blanco e intenta apartarla con brusquedad, pero Saki también lo conoce y se adelanta a sus acciones. La chica es obstinada cuando tiene algo en mente y, la bebida alcohólica es uno de los placeres que disfruta; tomará cualquier excusa para hacerlo. Megumi es la excusa para está noche.
–Estás de mal humor y eso... se arregla de dos formas: follando o bebiendo.
Megumi le golpea el brazo con fuerza. El sonrojo de la vergüenza le tiñe las pálidas mejillas.
Saki se ríe a carcajadas, divertida y soñadora. Ama los viernes, porque los viernes son de fiesta y ni siquiera un ogro podría arruinar eso.
–No voy a ningún lugar de mierda.
Termina yendo.
Termina en un bar de mierda, con olor a cigarrillo y sudor. Saki conoce a los meseros, quiénes la atienden gustosos, les consiguen la mejor mesa en una esquina del local con una vista espectacular a la ciudad a través de los costosos ventanales que sirven como paredes. Es un lujo el bar, pero Saki tiene el dinero para costearlo.
Qué tontería gastar tanto dinero en alcohol, piensa Megumi. Que ya quiere irse de regreso a casa. Mantiene el ceño fruncido todo el tiempo, y rechaza todas las bebidas que sirven los meseros.
La estadía en el bar no duró mucho, tal vez, Megumi con su mal humor pudo desviar las acciones del destino y, Saki bebió más de la cuenta, se emborrachó y vomitó encima del vestido de diseñador que carga Kugisaki. Quién no dudó ni un segundo en armar una discusión para reclamar por el vestido arruinado. Los meseros, con pesar, no tuvieron de otra más que echarlos del establecimiento, solo porque molestaron a los demás clientes; de igual forma, se disculparon de rodillas con Saki, pidiéndole que regresara. Así terminaron las aventuras de su peculiar grupo.
Una mierda.
La nube de humo encima de la cabeza de Fushiguro se transforma en una nebulosa sombría, oscura y abrumadora. El camino de regreso a casa es el viaje más incómodo que existe; se detienen cada cuantos metros para que Saki moleste y Megumi casi asesina con la mirada a todos los integrantes.
Kaito ignora las leyes de la lógica, y lleva a Fushiguro primero a casa, aunque viva más lejos que los demás. Se limpia el sudor de la frente y da gracias a los dioses en el cielo, cuando la espalda del portador de las diez sombras desaparece en la puerta de entrada del edificio.
Megumi sube las escaleras arrastrando los pies, escalón por escalón, la pesadez siendo una carga que arrastra. El departamento que renta, ni siquiera es grande, apenas tiene una cocina, una habitación individual, un baño y una "sala de estar", que solo tiene un televisor, un sofá y una mesa pequeña con lámpara. Es un departamento ideal para jóvenes adultos y solteros, decía el cartel en Internet; el precio era lo mejor.
Megumi no enciende las luces y pasa directamente a su habitación, se echa en la cama tamaño matrimonial. Ni siquiera su nido seguro, a escondidas de las luces del sol, donde nadie puede encontrarlo, mejora la pesadez de los músculos, ni la agobiante sensación en el pecho.
Era más de la medianoche y su teléfono celular sigue sin un mensaje. Tres días, eran entonces. Tres días sin una señal, sin un mensaje.
¿Se supone que esto es una ruptura?
Esta es la primera vez que Megumi sale con alguien y, no hay que mentir, sus habilidades sociales son deficientes, así que no sabe exactamente en qué punto se encuentra.
¿Era esa la normal para terminar hoy en día? ¿Dejar a alguien sin decir una sola palabra? ¿Debería... mandarle un mensaje y preguntar?
No.
Megumi, de ninguna manera le enviará un mensaje. Había sido el último en enviar algo y ni siquiera un visto recibió. Su mensaje debe seguir en el buzón de Itadori, con una notificación y no hay una respuesta.
Megumi busca a tientas en el último cajón de la mesa de noche y saca una sudadera roja. Itadori le había dejado una antes de irse, para que "no lo olvidara", con la promesa de que regresaría antes de que el "olor se disipe", pero lo cierto, es que con tres meses, el olor fue reemplazado por el de la suciedad y el guardado, que no es el olor natural que emana el atlético cuerpo de Itadori.
Hacer esto, no debería, no es moralmente correcto y, ahogar las penas con el recuerdo de quién las creó. Pero ahí iba, un hombre que se toca la llaga en lugar de dejarla sanar, un hombre tonto, que espera el regreso de quienes lo dejan atrás. Megumi cierne la sudadera contra sus fosas nasales, el olor del sándalo, dulce y amaderado apenas se diferencia del olor a suciedad. Los ojos se cristalizan con finas lágrimas que se arremolinan.
Esto es lo que tiene, un recuerdo lejano de Itadori, de una presencia cálida, amable y diaria. El olor de los recuerdos agradables, divertidos y felices, ahora mismo se disuelven en ese pozo de desechos tóxicos que es Megumi. Es el recuerdo del olvido, de quedarse a orillas del camino preguntando, ¿que habías hecho mal? ¿Por qué Itadori lo dejaría sin decir una sola palabra? ¿Ni siquiera... merecía un adiós? ¿Una excusa adornada?
Megumi es consciente de que no merece a alguien como Itadori, su relación no es más que un aprovechamiento de su parte, de robarle sonrisas carismáticas, miradas amorosas y el tiempo prestado. Sabe que sería dejado algún día, como habían hecho los demás, como hizo su padre.
Megumi hunde más la sudadera en la nariz, tratando de robarse los últimos vestigios, el último trozo del olor a sándalo. Lo peor es que lo consigue, el vívido olor, como si el mismísimo Itadori Yuuji estuviera presente, siendo el origen de la fuente y emanando el calor hirviendo. Megumi cierra los ojos, para concentrarse mejor. Lo visualiza, la forma característica del cuerpo de Itadori, los robustos músculos que cubren todo su cuerpo, la curvatura de su sonrisa, los largos dedos que lo tocan sin inhibiciones por los costados, frotando y bajando... y bajando...
Y...
Oh...
Genial.
Megumi descubre otro mal sobre sí mismo.
No solo está triste y desconsolado porque su novio aparentemente lo ha dejado sin avisar sobre la ruptura, sino que también, está cachondo.
Lo peor que puede sucederle a una perra como él, es estar triste y cachondo al mismo tiempo.
Es el pináculo del colmo de los colmos.
Que tontería.
Pero Megumi, como todo Zenin-Fushiguro que no aprende, huele de nuevo, se aferra desesperadamente a ese olor. La imagen de Itadori sigue en su mente, bajando y bajando la mano... lo toca como hizo incontables veces en el pasado, un toque suave, una tortura lenta. El cosquilleo del deseo quema en su vientre.
Sí.
Estaba cachondo.
Cachondo y muy, muy triste.
Es horrible.
Megumi se levanta de la cama, dejando la sudadera atrás, se dirige al baño y se echa agua fría en el rostro. Masturbarse en la soledad de un departamento, no es la mejor opción de todas, él lo sabe. Es como hundirse por completo en la miseria en la que está o retrasar el momento, por ahora, prefiere hundirse en el barco, en el agujero negro que amenaza con absorberlo. Que las enredaderas espinosas lo sigan lastimando.
El agua fría le entumece el rostro a esta hora de la madrugada. Los dedos se ponen rígidos. Megumi levanta la cabeza, se echa un vistazo en el inmenso espejo del diminuto baño; se da cuenta de una vena en su frente, saltona y marcada, tiene los labios agrietados, su mirada del color del musgo, más pálida de lo habitual, alicaída y apagada.
Se ve lamentable. Se siente lamentable.
Itadori le había dicho que se sentiría solo sin él, pero es Megumi quien se siente solo sin él, en estas paredes que no son diferentes a una cárcel y que cada vez se achican más y más, encerrándolo y consumiendolo.
Estaba solo sin él, sin el calor de su sonrisa ni de su cuerpo. Un despojo humano.
El teléfono suena con la canción de "Island in the sun" que rellena las pequeñas paredes del departamento. Es una llamada entrante.
A Megumi se le corta la respiración, su cuerpo se pone en modo alerta. Se obliga a sí mismo a no correr y saltar sobre él.
No necesariamente tiene que ser Itadori. No quiere pasar por la decepción de que el nombre sea el de Nobara, diciendo que irá a buscar una compresa fría para la resaca.
La canción sigue sonando, y Megumi se aclara la garganta, da pasos lentos de regreso a la habitación. Cada paso, es un calambre en la zona baja del estómago.
¿Y si era Itadori?, no puede evitar preguntarse. Pero, ¿y si no lo fuera?
Consigue el teléfono en medio de la cama, lo sujeta con dedos temblorosos y baja la mirada malditamente lento. El corazón le da un vuelco al leer el nombre guardado. Es Itadori.
La esperanza ruge como un león que tiene una buena presa y es tan patético sentirse así, tan emocionado cuando la sequía había sido larga y la espera tan tumultuosa.
Megumi espera que suene un poco antes de contestar con toda la indiferencia que encuentra: "¿si?", dice.
Aunque no puede verlo, sabe que Itadori esboza una sonrisa radiante que deja a la vista una pila de dientes casi perfectos y colmillos afilados. Que las arrugas alrededor de los ojos se forman, iluminando su rostro ante una genuina sinceridad.
No te emociones, se repite. No había escrito en tres días.
Esta podría ser la ruptura.
Megumi quiere colgar.
No.
No está seguro de querer escucharlo.
―Hola, Meg, ¿cómo estás? ―la voz de Itadori está algo jadeante, como si estuviera corriendo.
Tan solo escucharlo, le genera cosquillas en el oído a Megumi y la comisura de su labio tiembla, deseosa de curvarse hacia arriba.
Pero no.
No.
―Hey, Itadori ―responde sin más.
El nerviosismo le hace doler el estómago.
Quiere gritar, hacerle tantas preguntas. No se atreve a exteriorizar ninguna.
–¿Te desperté? Es muy tarde... –Hay una pausa, un jadeo mucho más sonoro se escucha a través de la línea telefónica.
Megumi se pregunta qué diablos está haciendo. ¿Estaba en el gimnasio? ¿O... en una misión?
A Megumi se le olvida responder, porque, ¿qué puede decir? ¿Estaba en una fiesta por qué me siento cómo la mierda debido a qué no has llamado en absoluto y supongo que estamos terminando, hermano?
Itadori se ríe y llena el espacio en blanco de la falta de voz. Otros jadeos más cortos escapan de sus labios.
―Oye, Meg... sé que es repentino pero te echo mucho de menos –murmura tan malditamente suave que el corazón de Megumi se derrite en un instante como un trozo de mantequilla en una sartén.
Megumi enrosca los dedos alrededor del teléfono celular que carga en la mano. Aprieta los ojos, y escucha los pálpitos de su corazón sonar en la oreja. Un cosquilleo traidor se instala en sus entrañas.
También lo había echado de menos. Dios, lo echa demasiado de menos, todos los días, a todas horas, está desesperado por un poco de su presencia, como un hambriento que ha estado en abstinencia. Bueno, ha estado en abstinencia durante tres meses.
―No llamaste en tres días ―las palabras se escapan de la boca de Megumi, y tan pronto como sale se arrepiente. Suena desesperado, como si hubiera contado las horas (lo hizo).
Afortunadamente, la respuesta de Itadori llega pronto, un sonido extraño que Megumi no puede descifrar.
―Sí, lo sé –se escucha avergonzado y casi culpable–, lo siento mucho... Estuve ocupado haciendo algo muy importante.
Megumi se muerde el labio inferior. La esperanza es una maleza difícil de cortar y fácil de expandirse. Lo envuelve de pies a cabeza. Itadori no se había olvidado de él. Se estaba disculpando. Un tierno beso en una herida subyacente y abierta.
Pero, no había llamado, en tres días, tres días enteros. ¿Qué podría ser eso tan importante como para olvidar llamar en tres días?
¿El... consuelo antes de la ruptura formal?
Megumi no quiere eso.
―Te prometo que pronto lo sabrás ―agrega Itadori, una pequeña promesa de un después, de un futuro lejano en el que permanecer juntos.
Megumi no quiere ilusionarse. Diablos que no. Dios santo sabe que es verdad. Sin embargo, su corazón florece bajo las cálidas llamas de una hoguera después de una noche de lluvia torrencial.
Es tan jodido que basten unas pocas palabras de Itadori para que se convierta en un creyente.
La pausa que sigue es más larga que la anterior, la seguridad de que la llamada no se cortó se traza gracias a las exhalaciones profundas que escapan de Itadori.
―Hey, Meg, ¿estás en tu casa? –pregunta Itadori, su voz es tan rápida que Megumi apenas puede entenderlo.
―Sí, ¿por qué?
Itadori suelta una risita aliviada junto a la exhalación exasperada. El corazón de Megumi late más acelerado a cada segundo.
―Abre la puerta que estoy afuera.
Megumi se queda de pie, justo al lado de la cama. Su cuerpo permanece rígido y los pensamientos se cortan del fluido apresurado que atravesaba.
¿Qué?
¿Qué?
¿Qué?
¿Itadori estaba afuera de su casa?
―¿Meg? ―el silencio es tan largo que Itadori vuelve a preguntar, con un temblor perceptible en el casi gemido en que lo llama.
El cerebro de Megumi se incendia.
¿Itadori estaba aquí? ¿Había venido a verlo?
―¿Estás aquí?
―Sí –balbucea Itadori, un poco nervioso.
―¿Aquí en Tokio?
―Sí.
―¿En mi departamento?
―Sí.
Megumi abre los ojos, aleja el celular y lo estudia por todos lados, el pensamiento lógico es conseguir la mentira o el indicio de qué se quedó dormido en los sofás del bar. No consigue nada. Su cuerpo se mueve robóticamente hacia la puerta; con los dedos temblorosos y el corazón en la boca, la abre...
Y sí, ahí esta, Itadori Yuuji, al otro lado de la puerta con una sonrisa tímida que se acentúa gracias a la cicatriz que tiene a un lado de la boca. El marrón de sus ojos, brillan bajo una nueva luz natural al conectar con Megumi. Antes de que pueda procesarlo, los fornidos brazos de Itadori lo envuelven en un abrazo muy apretado que le corta el aire hacia los pulmones. Puede sentir cada macizo músculo del atlético cuerpo de su novio.
―Hola, Meg. Finalmente nos vemos ―susurra en el oído del hechicero de las diez sombras y una ráfaga de escalofríos le recorren la columna vertebral.
Sus cuerpos se aprietan, uno contra el otro, con una desesperación desbordante y un anhelo atronador.
Megumi cierra los ojos y se hunde en el hueco del cuello. Aspira y el sándalo lo inunda como un poderoso maremoto; no es un vestigio tenue, potenciado por recuerdos pasados, es la vívida fuente, aunada al calor corporal y a la presión ansiosa.
Está aquí.
Itadori estaba aquí.
En su casa.
Junto con él.
La sensación es cómo volver a casa luego de estar deambulando como un cadáver. Se siente bien estar así, luego de una larga espera, de una larga ausencia, de una abstinencia forzada. Es una gota de agua para un sediento agonizante.
–Te eché tanto de menos –murmura Itadori, tan feliz, tan devoto, tan... abnegado.
El abrazo se prolonga por el segundo que dura la eternidad. Las luces del pasillo parpadean gracias a los autos que transitan en la calle a altas velocidades y el viento hace resonar la ventana que tiene una falla de montura.
Itadori se aparta con resistencia, apenas a escasos centímetros. Megumi puede sentir su respiración irregular.
―¿Cómo has estado, Meg? ―Es solo entonces, que se da cuenta de la apariencia de Megumi; unos pantalones negros de vestir y una inmaculada camisa blanca―. ¿Saliste?
No es el look más hermoso del mundo, pero difiere de las habituales mudas de ropa holgadas que Megumi suele usar. Ropa "formal" que utiliza para fiestas, reuniones o eventos de la institución de hechicería.
Megumi traga saliva con dificultad. Todavía no lo puede creer, tener a Itadori aquí enfrente, hablándole cómo si nada hubiera ocurrido. Es irreal, a falta de mejores palabras. Se aclara la garganta.
―Con... Kugisaki, Saki y Kaito. Fuimos a un bar –responde, trata de mantener la conversación fluida a pesar de lo extraño que se siente.
―¿Los nuevos lo están haciendo bien, eh? Tokio parece manejarse mejor sin mi presencia –bromea Itadori y suelta una risita que se entrecorta. Parece nervioso.
Incluso si Tokio se "maneja mejor" sin Itadori, Fushiguro no lo hace.
Megumi se quiere reír del chiste, simplemente no puede. Se mantiene parado en el mismo lugar, con los ojos bien abiertos. Es difícil explicar con palabras cómo se siente en este momento. La esperanza echó raíces profundas en cuestión de minutos y, por la forma en que Itadori lo mira, podría decir que no hay ningún problema. No obstante, su inquieta mente lo hace deambular por los costados y preguntarse, ¿realmente estaba todo bien? ¿Él realmente había regresado?
―Tienes razón ―agrega Itadori cuando la falta de palabras de Fushiguro se prolonga hasta la incomodidad, están parados al lado de la puerta de entrada, mirándose y nada más―. No deberíamos hablar del trabajo ahora mismo. Uh, ¿puedo pasar?
Megumi asiente después de unos segundos, se echa a un lado e Itadori entra con pasos cautelosos. Puede sentir el olor a sándalo impregnarse en cada rincón del departamento, mezclándose con la lavanda. Ese solía ser el olor característico antes, cuando Itadori lo visitaba cinco días a la semana y se quedaba a altas horas de la noche, se despedían entre besos cortos y susurros.
Mientras caminan hacia la pequeña sala de estar, Megumi le echa un vistazo rápido; Itadori luce exactamente igual a cuando se fue, mide un metro ochenta y cinco, había crecido un montón desde los veranos pasados cuando se conocieron. Su cuerpo es un roca sólida gracias a los exhaustivos entrenamientos. Viste las mismas sudaderas rojas que tanto le gustan, y jeans desgastados. Es, Itadori, tal como lo recuerda.
Toman asiento en el sofá, dejando el espacio en el medio. Se miran entre sí; Megumi detalla las viejas cicatrices que Itadori ganó en el incidente de Shibuya. Con el tiempo, se han ido suavizando y para algunos jóvenes hechiceros, marcó un atractivo feroz. Era un hombre sobreviviente a Sukuna y también quién le quitó la vida. Itadori era una leyenda, ahora mismo.
Itadori, por su parte, pasea los ojos a través de la figura de Megumi, empieza con los pies vestidos con elegantes zapatos de color negro que Gojo-sensei le regaló en su cumpleaños pasado, pasa por las piernas, con el pantalón que se ciñe a la forma de ellas, termina en la camisa, planchada y sin una mancha. Cuando llega a los ojos verdes esmeraldas, Itadori tose y desvía la mirada hacia un lado mientras la manzana de Adán sube y baja con fuerza.
–¿Te... maquillaste?
Itadori regresa la mirada hacia Megumi, quién agacha la cabeza y cubre su hombro derecho con la palma de la mano.
–Fue Saki... es un poco de... base, no lo sé. Dijo que era para "cubrir imperfecciones".
Puede sentir la intensa mirada de Yuuji quemándole la nuca. Unos ojos avellanas que lo atraviesan y lo escudriñan. El cosquilleo de antes regresa y Megumi no está seguro de poder soportar tantas emociones en una noche.
–¿Oh? Pero se te ve bien. Te ves guapo, ya sabes, eh, bonito... cómo un chico muy bonito –balbucea Itadori mientras se ríe y mueve las manos.
Las mejillas de Megumi se tiñen de un ligero tono carmesí, que resalta más que bien con los pálidos colores de su piel. Para su mala suerte, las luces de la lámpara brillan con intensidad, por lo que queda al descubierto.
–Tu pelo, lo ¿peinaste?... ¿Fue Saki también?
Megumi sube las manos a su cabello, debe lucir más desordenado y alborotado de lo habitual y no está seguro de verse bien.
–Fue Kugisaki. Quería probar algo nuevo.
Itadori asiente, los ojos suben y bajan, del cabello a la diminuta abertura en el cuello de la camisa blanca de botones.
–Te... queda bien. Bien, me gusta este nuevo estilo. Es más... bonito. Te ves más bonito. Muy bonito.
Megumi levanta la cabeza, hace contacto visual con Itadori, cuyos ojos parecen haber alcanzado un toque más oscuro, una bruma que los esconde.
A Megumi le arde la piel, ante el intenso deseo de ser tocado en lugar de ser solo visto. La despersonalización y la irrealidad de la escena sigue allí. Ni él ni Itadori parecen acoplarse o actuar naturalmente. El sentimiento flota en medio de ellos, como partículas de polvo, pero también, escondido como una segunda piel, lo hace la necesidad de querer tocarlo. Acortar los escasos centímetros que lo separan y tocar la línea de la mandíbula con la yema del dedo.
Itadori estaba aquí, y no sabía para qué. ¿Podrían regresar al punto inicial?
Megumi estaba preocupado por entender cuáles eran las cartas en su relación, ¿qué había pasado en esos tres días, que no había escrito? Pero también estaba cachondo y... él entusiasmo en la mirada hace que las raíces de la esperanza caben profundo, un pozo petrolero.
Itadori se rasca la barbilla y tira del cuello de la sudadera, están en pleno verano, las temperaturas son bastante altas estos días. No rehuye del contacto visual pero lo corta cada ciertos segundos mientras inhala por la nariz.
―¿Ya... cenaste?
Era más de la medianoche, la pregunta era... tonta. Itadori lo sabe, por qué una mancha roja cubre gran parte de sus orejas y mejillas.
Megumi se rasca la mejilla y desordena mucho más el cabello de erizo con el que fue bendecido o maldecido. Todo depende.
―Sí, comí con los demás... ¿Y tú?
―Ya comí... comí antes de venir... con Todo, jajaja. Hay un restaurante... bueno por aquí cerca.
Cuando Itadori se sienta, lo hace con las piernas abiertas, y aquí mismo no es una excepción, se extiende tanto como puede, como si quisiera ser grande, abarcar más. La rodilla queda en un punto colgante con la de Megumi, la tela del pantalón incluso roza, algo muy breve, leve, apenas una caricia.
–Estabas con Todo.
–Sí, me acompañó de regreso a Tokio porque tenemos algunos asuntos que resolver. Fuimos a comer y... te llamé porque estaba cerca de aquí.
Todo también se había convertido en un hechicero de grado especial a pesar de haber perdido la mano. El vibraslap había sido un excelente sustituto.
Megumi inclina la cabeza, las largas y tupidas pestañas revolotean y viste la ferocidad de su mirada. Itadori comienza a mover la pierna, y el roce se da, muy suave, muy ínfimo, muy efímero.
El vientre bajo de Megumi quema, se acalambra y estalla. El contacto amenaza allí, la necesidad de tocar y tocar lo agobia y le seca la garganta. Necesita agua o algo que lo ayude a no caer por la espiral. Siente tanto, en cada parte, en cada centímetro.
―¿Quieres algo de beber? ―ofrece Megumi, con la voz algo ronca, parecido a un gemido entrecortado.
A este paso, necesita irse a una habitación abierta y respirar aire fresco o la misma putrefacción natural que emanan las maldiciones para sentirse mejor. Quiere correr, quiere interrogar a Itadori sobre la ausencia y las salidas con Todo, quiere brincarle encima y montarlo tan duro que no se pueda levantar en una semana.
Joder.
Megumi se pone de pie, la resequedad de la garganta es mucha y la piel pica, por todos lados. En cada rincón.
―A-Algo de té, estaría bien.
Fushiguro asiente a la velocidad de la luz, da largas zancadas hasta llegar a la pequeña cocina. Llena el hervidor eléctrico de agua y lo enciende. El chillido de la máquina los acompaña durante el largo juego de miradas que vienen y van, de la sala de estar a la cocina, igual de lentas y transitorias como el cambio de las estaciones. El verde de una hoja de pino contra el marrón del tronco. La energía latente entre ellos emigra igual que las aves en invierno, pinta sus alas con mensajes implícitos de sus propios sentimientos. El sonido estruendoso del hervidor, rompe el momento, para avisar que el agua ya está hirviendo. Megumi toma una bocanada de aire y sirve el agua en la taza. Saca de la caja un té de limón que es el favorito de Itadori y lo fusiona con el agua, brindándole un color amarillento y el característico olor ácido que se esparce por las diminutas dimensiones del departamento.
Megumi regresa a la sala de estar con la taza y un plato debajo para no quemarse. Itadori esboza una sonrisa mientras intercambian la taza, los dedos largos sufren de un roce suave de las yemas de los dedos contra la pálida piel de Megumi. Apenas es un toque, un accidente, algo sin intención y sin embargo, la zona escuece como si fuego ardiente lo hubiera alcanzado. Luego, cuando Megumi se aparta, hay otro roce simple en la zona de las muñecas. El hechicero de primer grado casi gime, solo por eso. Algo tan sencillo, le dispara el corazón a un ritmo desbocado.
Itadori le da un sorbo a su té, apenas un humedecimiento de labios. Su atención se centra de regreso en Megumi, siempre en Megumi.
La ida a buscar el té había empeorado los síntomas. Megumi siente como las plantas de los pies y el cuero cabelludo cosquillean a un punto irreconocible.
Necesita...
Tanto...
Que lo toquen.
Sentir esa febril piel contra la suya.
Pero en lugar de hacer eso, se aclara la garganta por quién sabe cuanta vez en la noche.
―¿Cómo estuvo la misión?
Itadori abre los ojos, sorprendido de que la conversación vaya por ese rumbo. Deja la taza de té humeante en la mesita al lado de la lámpara que sigue iluminando el espacio cerrado. Sus piernas se abren de nuevo, de par en par y sus rodillas se tocan, por encima de la tela gruesa. Megumi casi gime de nuevo, a no ser porqué se muerde la lengua con fuerza, casi siente el sabor metálico de la sangre.
Joder.
Él...
Itadori...
¿Cuál era la razón de su ausencia? ¿Realmente iban a terminar?
―Complicada –responde Itadori metódico–. Las amenazas de grado especial parecen ser cada vez más constantes, así que... hay mucho trabajo.
Mucho trabajo.
Sí hay más trabajo significa que esta visita es temporal e Itadori debe irse pronto y no se sabe por cuánto tiempo. Tres meses había sido mucho y Megumi estaba al borde del colapso en ese sofá, muriéndose por las dudas que lo acechan en las sombras.
―¿Kusakabe no ha encontrado una solución?
Itadori se mueve en el sofá, acerca su cuerpo al de Megumi y el roce entre sus piernas es más pronunciado, ya no se trata solo de la rodilla. Es una parte generosa del muslo. Megumi se muerde el labio inferior. Los calambres en su estómago lo van a matar.
Necesita... necesita... necesita tanto.
―Estamos viendo con... con... con Todo si conseguimos una solución más duradera. –La mano de Itadori cae en el espacio que los separa, y evita que puedan tocarse hombro con hombro. La distancia es cada vez más inexistente.
―¿De qué solución hablan? ―Megumi se inclina un poco, su rostro se acerca peligrosamente a Itadori, quién traga grueso―. Tienes un cabello suelto. ―Megumi le enseña el mechón que estaba colgado de la sudadera roja.
Con el toque, no hay nada entre ellos, más que la estática que se levanta. Y sin embargo, Itadori jadea, su pecho sube y baja.
―Sí, eh, gracias. Gracias.
El cabello queda en la palma de Megumi, del tono rosa exótico.
―No respondiste –dice Fushiguro, no puede soportar los ligeros temblores que da su cuerpo. Las grietas del autocontrol se desvanecen como la arena entre los dedos.
Itadori alza una de las cejas y ladea la cabeza.
―¿Sobre... qué?
―Sobre la solución que pensaste con Todo.
Los ojos de Itadori bajan hasta los labios de Megumi, y lame los suyos, vistiéndolos de un brillo suave y provocativo. Un rojo intenso. El color natural de la necesidad.
Y...
Y Megumi, Megumi simplemente abre la boca y...
―Meg... por favor, yo... –suplica con un gemido estrangulado, un patetismo casi inherente en cada sílaba.
Megumi no necesita que le digan exactamente que es lo que quiere, simplemente salta hacia el regazo de Itadori. El abrasador contacto, pasar de cero a mil en menos de un segundo, de no tener un gramo de Itadori a sentirlo todo, le arrebata un grito desesperado que nace desde lo profundo de las entrañas. Un alarido nauseabundo, de un agonizante cuya pena no mejora.
Itadori lo besa, fuerte y frenético. Labios ansiosos que no buscan un ritmo, solo satisfacer la insana necesidad. Las brasas en ascuas de la excitación vuelan chispas incandescentes. Se besan como nunca antes se habían besado y, el historial era largo y pesado. Tres años de noviazgo, noches enteras de besos hasta el amanecer.
El ardor de la piel de Megumi se vuelve más insoportable, más insostenible. Quiere arrancarse la ropa y sentirlo piel contra piel, porque incluso, este toque errático, no es suficiente para saciar la sed. No es un oasis en medio del desierto.
Las manos de Itadori se pasean por su cuerpo, angustiado y desordenado, toca en todos los lugares y en ninguno al mismo tiempo, sube por la espalda, se detiene en la cadera y vuelve a subir. No sabe donde poner las manos.
Megumi se acerca más y más. Quiere hundirse, fusionarse, volverse uno con Itadori. Sentirlo en lo más profundo de su ser. El escozor de la piel no hace más que acrecentar mientras más se toca. El hambre que se dispara mientras más se come.
Las manos de Itadori finalmente encuentran el camino hasta su trasero, apoderándose de sus glúteos con una posesividad casi animal. Las manos son lo suficientemente grandes como para abarcarlo casi por completo. Los toca y lo magulla como a dos bollos. Megumi gime de nuevo, fuerte e inevitable. La vergüenza lo cubre de nuevo. Odia cuando se pone tan ruidoso que no puede evitar contenerse.
Sin embargo, el sentimiento no parece ser mutuo, Itadori gruñe contra sus labios, igual a un animal encerrado que quiere liberarse. Sin previo aviso, se levanta del sofá, cargando a Megumi con una facilidad lastimera, una muñeca de trapo que no pesa más que unos escasos gramos.
Megumi se sobresalta, el sentimiento de ingravidez lo invade junto con él miedo natural de caerse. Se aferra a la nuca de Itadori con todas las fuerzas que tiene.
La excelente condición atlética de Itadori le permite llegar a la habitación, patea la puerta y se hace añicos con un ruido escandaloso. Megumi quiere preguntar qué sucede, pero antes de siquiera procesarlo, un dolor ardoroso aparece en la espalda. Itadori lo había lanzado contra el colchón haciendo rebotar las almohadas. Es casi instintivo y animal, la forma en que Itadori se mueve, un tigre que acecha a su presa, listo para devorarla por dentro y por fuera, trozo por trozo, centímetro por centímetro.
Y también hay primitivo en la forma en que el cuerpo de Megumi reacciona ante el estímulo, una oleada de excitación que le quema los sesos. Fue gracias a Itadori que se dio cuenta de este gusto particular; ser tratado como una ramita cuya fortaleza no se rompe con facilidad, le gusta brusco, ser magullado, inmovilizado, sometido, un instinto casi morboso.
Antes de que el ardor se desvanezca, Itadori se ciñe encima colocando gran parte del peso encima de Megumi y lo traga por completo; días, horas, minutos de distancia desbordados allí, en un apetito inconmensurable.
Megumi se aferra a los cortos cabellos rosados de la nuca, dejándose adorar debidamente. Una parte de sí mismo, que ocupa un porcentaje considerable, se siente poderoso y vulnerable cuando esto sucede. La sola idea de que Itadori, en cualquier momento, podría hacer lo que quisiera con él, obligarlo a someterse, a no poder negarse a ninguna petición, porque solo basta con aplicar un poco de fuerza bruta y no hay poder en este mundo, ni siquiera el indómito Mahoraga, que pueda salvarlo de las manos de Itadori. Y la idea, lo seduce de todas las maneras enfermizas. Estar así, bajo el peso de Itadori, dándoselo todo, siendo no más que un ente dedicado a arrancarle gritos de intenso placer.
Itadori se muele contra el cuerpo de Megumi, los jeans se frotan contra los pantalones de vestir, la fricción que se crea es deliciosa pero no lo suficiente de lo que busca. Un hambriento después de una larga abstinencia no estaría satisfecho solo con un trozo de pan, el hambre sigue allí, intacta, apenas una pincelada que no soluciona el problema real.
–Itadori –lo llama en un gemido suplicante y necesitado.
E Itadori, que ya lo conoce tan bien, frota las caderas con más fuerzamarcanso un ritmo brutal que solo él podría ofrecerle.
–Te ves muy bien esta noche, Meg. Te ves bonito. –Itadori le lame la lechosa piel del cuello, le frota la punta de la nariz, olfateándolo como un perro.
La ropa de Megumi no es nada del otro mundo. Kugisaki dijo que parecía un oficinista cansado de la vida, desesperado por la jubilación o por la muerte, más la segunda que la primera. Pero Itadori, Itadori era un bicho raro, ¿no? Él encontraba una belleza exótica en verlo vestido así, lejos de los uniformes de la escuela, las ropas holgadas o los pijamas.
–Muy bonito. ¿Esperabas seducir a alguien está noche? –Las manos de Itadori lo sujetan posesivamente en la cintura, los dedos se apropian de la suave piel y lo magulla, lo aprieta y lo frota, dedos rápidos y ávidos.
Megumi gimotea desde lo profundo de la garganta. Los dedos de Itadori son bruscos y su piel es sensible, los moretones se forman en un santiamén. Círculos púrpuras que resultan dolorosos al tacto y tardan días en borrarse.
–No –dice Megumi, con la garganta seca por el deseo. Cuando Itadori se comporta así, con un deje de posesividad inherente en sus entrañas, la chispa de la excitación se dispara más allá de todo raciocinio.
No debería, es enfermizo y moralmente cuestionable. Primitivo que la sensación de posesividad, de ser devorado por alguien y consumido como brasas ardientes, lo seduzca tanto.
–¿Seguro? –Itadori le golpea la cadera, un golpe fuerte y sonoro.
El dolor palpita donde la mano golpeó. El cuerpo de Megumi se contrae mientras se queja, una ráfaga de placer que se expande por la columna vertebral. Su polla, ya tan dura como una roca, lloriquea en la jaula que son sus pantalones, deseosa de una atención más personalizada.
–S–Sí.
Itadori entorna los ojos avellanas, cubiertos por la neblina, los labios se aprietan, al parecer, no cree una sola palabra que sale de la boca de Megumi. De pronto, se detiene de golpe, la fricción se ausenta y Megumi se queja por la falta. Todavía necesita mucho.
Itadori lleva las manos a la cintura de Megumi y con un solo tirón, desgarra los costosos pantalones de vestir. Con ayuda de desmantelar, se deshace de los cortes no tan limpios y el pantalón queda reducido a nada, solo retazos inservibles. El hechicero de primer grado cierra las piernas, sintiéndose desnudo, una doncella cuya pureza fue enajenada. Recibe un golpe suave con la rodilla, que lo obliga a mantener las piernas abiertas. Debajo de los pantalones, lleva puesta las medias con estribos que le calzan en la cintura, ciñéndose a su cuerpo. Son las medias que usan todos los hechiceros de Jujutsu debajo del uniforme.
Los ojos avellanas de Itadori se tiñen de un tono rojo, pequeñas chispas.
–¿Llevaste esto? –le pregunta mientras pasa los dedos en los muslos de Megumi, que es bastante flaco para su altura. El toque carece de la delicadeza innata de su personalidad amable.
–Quería... verme bien –responde Megumi, en un jadeo entrecortado, coloca las manos en su frente, un intento lastimero de ocultarse.
–¿Para quién? –Itadori puntualiza todos las palabras, sílaba por sílaba y toca la curvatura de la cintura, con la yema del dedo, amenaza con romperlo. Tiene la fuerza suficiente para acabar con lo que sea.
–P-Para mí... Para mí. Quería verme bien.
Itadori chasquea la lengua con aparente disgusto. Baja las manos, mientras frota y pellizca la piel de los muslos definidos. Los músculos forjados a base de ejercicio en los entrenamientos. Las medias resaltan el atractivo de Megumi, aunque esa no sea la finalidad. Se ciñen a su piel, resaltando los atributos y lo hacen provocativo. Un dulcecito para devorar muy lentamente. Un postre de cinco estrellas para ser degustado muy lentamente.
–Meg, está mal decir mentiras. Los mentirosos no reciben lo que merecen.
Megumi grita, no entiende exactamente a qué se debe la razón. Se oculta detrás de las palmas de las manos, con la vergüenza pintándolo en cada esquina.
Itadori le besa las piernas y lo muerde por encima de la tela, a pesar de ello, marcas de dientes quedan impresas en la piel aterciopelada. Fabrica un camino de descenso a los pies. El hechicero de grado especial, le sujeta ambos pies por los tobillos, flacos igual que su cuerpo, sus callosas manos, se frotan con en la zona, un vaivén lento parecido a un masaje.
–Entonces, ¿para quién querías verte bien?
–N-Nadie. No es para nadie.
Itadori le da otro golpe, en el muslo. Lo mira, con los ojos oscuros ardiendo en un deseo aún más sombrío, se lame los labios con deleite y después, pasa la punta de la lengua por el dedo pulgar del pie de Megumi. Este, sin dudarlo forcejea, tratando de librarse del agarre.
–Itadori, está sucio –le recrimina.
Se dio un baño antes de ir a la fiesta, pero en esos minutos, seguro que había sudado incluso si solo estuvo sentado con el ceño fruncido mientras bebía un cóctel y rechazaba toda presencia humana con una mirada fulminante.
Las manos de Itadori lo sujeta con más fuerza alrededor de los tobillos, para que se quede quieto, y continúa, pasa la lengua en medio del dedo índice y pulgar, lento y rápido. Su mano disponible, traza líneas circulares alrededor del tobillo a un ritmo pausado, mientras alterna en lamer y chupar los dedos.
Megumi nunca pensó que los pies pudieran ser una zona agradable para esto, pero hay un extraño calambre en su estómago, y un cosquilleo vibrante que se transmite en violentas oleadas. Intenta en varias oportunidades tirar de los pies, alejarse, una presa asustada que huye de su depredador. No tiene la fuerza necesaria, su cazador es más astuto, más fuerte, más veloz.
Itadori va bajando de los tobillos en presiones más fervorosas y vertiginosas, frota los talones con los nudillos en círculos casi perfectos en un vaivén sincronizado. La lengua rebusca el dedo del medio, mancillando con la punta y chupando.
Megumi se cubre los ojos con el hueco del brazo, avergonzado por sentirse satisfecho con un toque tan raro. El placer resplandeciente que brota en el vientre.
La yema de los dedos de Itadori se frota hacia los costados de los talones, ejerce una presión mayor y va subiendo por la planta, al llegar a la cima, empieza de nuevo y besa la zona, un mordisco suave, otro toque por aquí y allá y el cuerpo de Megumi se retuerce, de un lado a otro, con las llamas del placer obsceno reuniéndose en la pelvis. Basta un toque más duro y una lamida pronunciada, para que Megumi el placer estalle con la semilla derramándose dentro de las medias con estribos. Un grito ahogado que le raspa la garganta.
Los espasmos del orgasmo lo llevan a un puente finito de relajación. Su mente queda en blanco, en ese plano existencial tan álgido y fuera de este mundo. Regresa al sentir las manos de Itadori paseándose por las piernas mientras el aliento choca contra las medias con una sonrisa baja.
–¿Te viniste solo con eso? –pregunta, un poco bastante orgulloso de sí mismo.
–Cállate –masculla Megumi, y aprieta el brazo contra la nariz.
Es tan vergonzoso haberse venido solo con eso.
Itadori le aparta las manos de la cara, deleitándose con el rostro post-orgásmico de Megumi. Las mejillas sonrosadas y el cabello más alborotado, arruinando cualquier trabajo que Kugisaki haya hecho.
–Eso es lo qué querías esta noche, ¿no? Al vestirte así, yo solo te di lo que querías.
–No... no es lo que quiero.
La vergüenza sigue allí. Otro deseo oscuro a esa bendita lista. ¿Qué otras cosas va a descubrir Megumi de sí mismo?
Itadori lo besa de nuevo, en el mentón y las mejillas, besos que están lejos de ser castos y tiernos, un reclamo poderoso y dominante.
–Meg, yo te conozco lo suficiente para saber lo que quieres.
Megumi se mueve en el colchón, haciendo una huida en vano. Quiere apartarse para esconder el puro sentimiento de humillación, de ser expuesto como una vil prostituta para que los demás lo apedreen, pero Itadori es físicamente más fuerte, un tanque indestructible y una fortaleza con la que no puede ganar. Y lo peor, es que pese a que el orgasmo no abandona su cuerpo, la oleada de excitación lo golpea de nuevo con tan solo escucharlo hablar.
Maldita sea.
Itadori se deshace de las medias, otro rasgón sin cuidado. Las medias y los bóxer de Megumi están arruinados, el semen espeso se apega a la tela tanto como a la piel circundante.
–Te viniste mucho –tararea Yuuji y huele la tela impregnada con la semilla–. ¿Estabas tan reprimido?
Yuuji lame la tela manchada, le pasa la lengua como si estuviera limpiando la arruinada tela. La vista es tan sucia e insoportable. Era un bicho raro.
–Tiene buen sabor, ¿mmm?
Megumi hunde los dedos en el pelo y suspira. Esto es cada vez más extraño y la vergüenza no hace más que fabricar un nuevo escalón del que no puede escapar.
–Itadori –susurra con la voz ronca, debido a los estruendosos gemidos que ha soltado. Le duele la garganta, que está muy maltratada.
Itadori lame hasta sentirse saciado o quizás aburrido de prestarle más atención a unas medias que al hechicero que yace en la cama.
–Dudo mucho que estés satisfecho solo con eso, ¿verdad? Pareces muy reprimido.
Itadori le rompe la camisa, desgarrando los botones. La suave piel blanquecina de su torso con viejas cicatrices de batallas pasadas queda a la vista. Itadori ataca los rosados pezones que sobresalen, feroz y ansioso. Los demilita con la lengua y los tira con los dientes. El cuerpo de Megumi se encuentra hipersensible por el orgasmo. Una línea al rojo vivo. Entierra los dedos en el cabello rosado de Itadori y jala algunos mechones mientras bota algunos gritos descoordinados.
Con la otra mano, Itadori baja dejando un camino rojizo y amoratado por donde se dirige. Se posiciona en medio de las piernas abiertas del hechicero de primer grado y tantea el terreno, juguetea con el borde de la entrada, un toque tímido, una tortura lenta de entrar o no.
Itadori baja la mano, tanteando el terreno, juguetea con el borde de la entrada, una tortura lenta, de entrar o no. Megumi le entierra las uñas en la espalda, da arañazos y suplica:
–Por favor, por favor.
Itadori se ríe, soplando aire caliente contra la piel rojiza de los pezones.
–Eres muy codicioso, Meg. ¿Por eso estás buscando a otros hombres? ¿Por eso te vestiste bien?
Megumi solloza, arquea el cuerpo y busca más. Sí, es muy codicioso, ya tuvo un orgasmo y busca el segundo como un loco.
–N-No, no busco a... otros hombres.
El contacto contra su entrada es frío y resbaladizo. Se pregunta en qué momento encontró el lubricante. La intromisión es brusca y sin aviso, un dedo travieso que se abre paso en las apretadas paredes. Entra y sale, entra y sale, la resistencia frena el paso.
–Siempre estás tan apretado –sisea el hechicero de grado especial–. Tan bonito.
El dedo lo abre, se desliza con mayor facilidad. Rápidamente se le agrega otro, formando el asqueroso sonido del chapoteo.
–Meg, no puedes dejar que nadie más te vea así. Te voy a enseñar que no puedes irte con otros hombres. Ningún otro hombre que no sea yo, te puede tocar –murmura Itadori, lamiendose los labios, los vestigios de semen que quedaron de su travesura anterior.
Tan solo escucharlo, logra que la polla de Megumi se sacuda violentamente, un espasmo involuntario. En pocos minutos, pese a tener un orgasmo a la carga, está duro de nuevo con el líquido preseminal goteando de la punta.
Itadori también lo toca ahí, envuelve la palma alrededor del falo erecto y lo acaricia, de arriba a abajo y en círculos, alternándose. Hunde más profundo los dedos en el agujero, y el deslizamiento es más fácil, se abre paso a través de embestidas que aumentan de velocidad.
–¿Ves? Apenas te toco y ya estás rogando por más.
La mano se detiene debajo del glande, prestando atención a la zona, frotando y moviéndose de arriba a abajo. Al mismo tiempo, los dedos tocan un punto muy dulce, mucho más profundo. Megumi se retuerce, los muslos tiemblan en violentas ráfagas y echa la cabeza hacia atrás, atrapado en un mar de sensaciones múltiples.
–I-Itadori –gimotea con los remanentes de voz que le queda–... y-yo...
Yuuji le encierra la hendidura del glande y los dedos atacan implacablemente ese punto. Entran y salen, rápidos y duros, el chapoteo que se forma retumba en los oídos de Megumi pese a sus propios chillidos agonizantes.
La boca de Itadori le muerde el pezón, un tirón suave y otro más fuerte, un tirón precioso y el cuerpo de Megumi se arquea de nuevo. Se desparrama en el abdomen y la sudadera de Yuuji, fuerte y desordenado, con un grito mucho más profundo. Es mucho, aunque sea el segundo orgasmo de la noche. La cabeza le cae de soslayo, con la respiración agitada y el cuerpo pesado. Eso había sido intenso.
La segunda bajada a la tierra, donde puede ser consciente de su alrededor tarda más tiempo que antes. Su cuerpo está pegajoso y los músculos le arden, acalambrados y magullados debido al maltrato que recibió en cuestión de minutos.
Joder.
Eso había sido mucho.
Megumi agacha la mirada. Itadori continúa en medio de sus piernas, le sonríe curvando la comisura del labio hacia un lado, le acaricia la cara con la yema del dedo, apenas un roce muy suave, un toque solemne y hasta macabro. La pura satisfacción de tener el control, de deshacer al hechicero a nada más que esto, alguien que no puede sostenerse ni con ayuda de los codos.
–Oh, Meg, eres tan bonito. No puedes irte con nadie más, ¿lo sabes? ¿No? No sabes las cosas que te haría si lo hicieras.
Megumi tiene dos orgasmos seguidos (y maravillosos) encima. Su cuerpo está exhausto, cómo si hubiera recibido una paliza de alguna poderosa maldición, sin embargo, su cabeza divaga sobre las posibilidades de lo que puede suceder si él se portara mal. Imagina la forma en que Itadori lo tocaría, las palabras posesivas que le susurraría al oído y...
Megumi se odia a sí mismo por ser tan...
Nunca tiene suficiente de Itadori Yuuji. Siempre quiere más. Es su maná, lo hace sentir extasiado pero lamentablemente nunca satisfecho. El hambre nunca disminuye, la sed se acentúa y los sentimientos que tiene por él echan raíces muy sólidas e irrompibles.
Nunca podría tener suficiente de esto.
–¿Qué pasa? ¿Te sientes cansado? –Itadori le besa la comisura del labio–. Todavía no hemos terminado.
Megumi lo siente, la dureza de Yuuji frotándose contra el muslo. Él ha recibido un trato extraordinario, mientras que Yuuji no tiene nada.
–I-Itadori –murmura y no reconoce su propia voz, demasiado ronca, apenas audible–... es... mucho... no puedo.
–Sí puedes, esto es lo que buscabas. Una polla que te llenara, ¿no? Es justo lo que querías, Meg.
Cuando Itadori le pasa las manos por los muslos para abrirlo, Megumi solloza y lloriquea, el tacto tan simple duele mucho, duele tanto. Las lágrimas salen de sus ojos y caen por las rojizas mejillas cayendo en las arruinadas sábanas manchadas con fluidos corporales.
–Meg, te va a gustar –murmura Itadori y le besa las lágrimas, las limpia con la lengua y la humedad empeora la sensación de estar roto.
Es mucho para su cuerpo.
Mucho para él.
Itadori se alinea en medio de las piernas con la cabeza rozando la entrada. Ni siquiera sabe en qué momento se deshizo de la ropa.
La falta de contacto había sido una perra mezquina, haciendo cada toque más intenso, más sensible, más prominente, ahora mismo, cada toque es doloroso, pero en otro sentido. La piel sufre un calvario ante cada toque, la presión, el beso, la excitación. Es un punto intermedio entre querer más y esconderse; es el placer que exige un trozo adicional y el raciocinio que le recuerda sus propios límites físicos.
Itadori entra, sin un condón de por medio, a pelo, piel contra piel, el deslizamiento se produce muy fácil, tan abierto y dispuesto, tomando una polla muy bien.
Megumi se encoge en el colchón, hipa con desgana, las lágrimas siguen saliendo. La polla de Itadori es tan grande que le raspa las paredes y lo llena hasta el borde. Lo siente en las entrañas y en la garganta, amenazando con atravesarlo.
–Estás apretado –confiesa Itadori con los dientes apretados–. Siempre te sientes tan bien.
El cuerpo de Megumi no tiene una gota de energía, ni para reírse, ni para quejarse. Se mueve hacia arriba tratando de sacar un poco, está tan lleno que es insoportable. Sin embargo, el ligero deslizamiento, aunque sea solo un centímetro, lo siente tan vívidamente; la sobreestimulación le da un torbellino de corrientes eléctricas por la columna vertebral. Incluso podría jurar que es capaz de delinear la forma de Itadori dentro de él.
Duele.
Itadori se mueve, a un ritmo lento y pausado, que a pesar de ser tan suave, Megumi puede sentirlo intensamente. Cada gramo de su adolorido cuerpo, reacciona y siente a Itadori, tan profundamente. Otro sollozo ronco se le escapa de la garganta, es más un balbuceo ininteligible que cualquier otra cosa.
–Eres tan bonito, Meg. Muy, muy bonito. Con un culito tan hambriento de polla. Me recibes tan maravillosamente bien, estás hecho para esto.
La velocidad aumenta, un ritmo más implacable, en consonancia con los dedos de antes. Megumi gimotea y cae de lado en el colchón. Otros tartamudeos cortados se mezclan con el sonido de la carne chocando contra la carne.
Itadori le sostiene la pierna, lo mantiene bien abierto y embiste sin piedad, adentro y hacia afuera, deja solo la punta y arremete con fuerza. Le sujeta la mano al hechicero de primer grado y la posiciona encima de su propio vientre, le hunde los dedos en la carne.
Megumi sisea ante la sensación, su propio cuerpo está caliente como un horno y ni siquiera la generosa capa de sudor puede hacer algo por él.
–¿Puedes sentirlo? –le pregunta Yuuji, mientras mantiene su ritmo–. ¿Puedes sentir como me muevo dentro de ti?
Megumi está lo suficientemente aturdido y borracho como para no discernir si realmente puede ver un bulto ahí, aunque ligero, de la polla de Itadori reorganizando las entrañas.
La diferencia de masa muscular es notoria entre ellos, los veinte kilos de diferencia se hacen más pesados.
–¿Lo sientes? –insiste Itadori, mientras esboza una sonrisa lobuna–. ¿Lo sientes?
Megumi asiente débilmente, no tiene voz, su cuerpo está lánguido contra el colchón, perdió toda la fuerza. Pero su polla hace algo imposible, está semi erecta, sufriendo algunos espasmos cuando Itadori se entierra en lo profundo de su ser.
–Aquí –repite Itadori, y pasea la mano de Megumi por su propio vientre, quién puede sentir los músculos rígidos, aunque le es difícil concentrarse cuando su cuerpo se tambalea al ritmo de las embestidas–. Aquí te voy a dejar embarazado. Vas a tener a todos nuestros bebés... te vas a ver más bonito... redondo... Meg, voy a dejarte embarazado ahora mismo, ningún otro hombre te va a volver a tocar, nunca más, ¿lo entiendes? Vas a ser todo mío.
Itadori lo penetra en el mismo punto como si apuntara a un verdadero cérvix para lograr su cometido, dejarlo jodidamente embarazado, arruinado para otro hombre y Megumi solo puede gemir con los retazos de voz que le queda.
La llamarada del deseo no se apaga; la idea lo seduce como la tentación a un pecador. Él, jodidamente arruinado para otro, con el estómago abultado y los pectorales hinchados. Solo perteneciendo a un solo hombre que exige su atención, todo el objeto de sus deseos.
A Megumi le gusta la idea.
Quedarse en casa, llevando a los hijos y siendo follado contra la cama mientras le reclaman por haberse vestido inapropiadamente, por provocar la mirada de deseo en alguien más. Un golpe en el trasero, una cachetada, un toque brusco, un ritmo implacable, un castigo.
Dios.
Le encanta.
Tan solo pensarlo, lo emociona, su polla se sacude y se yergue de nuevo, duro por tercera vez en la noche.
–Vas a tener a todos mis hijos. –Las manos de Itadori le cubren toda la extensión del estómago, las manos son grandes y el cuerpo de Megumi flaco.
Megumi baja la mirada, con los ojos ardiendo por todo lo que ha pasado en segundos. Ve las manos de Itadori, pero también se ve a sí mismo, abierto de par en par, y esa polla que se pierde hacia dentro, y vuelve a salir. Entra y sale. Una y otra vez.
Está encadenado, no literalmente, pero no hay mucho por hacer. Sólo dejarse follar según los deseos del propio Yuuji. Los muslos le tiemblan y se echa hacia atrás.
Itadori maniobra a Megumi en el colchón dejándolo boca arriba, le rodea la garganta con una mano y presiona. A Megumi se le corta la respiración de inmediato. La sensación lo hace retorcerse, desesperado por volver a tener oxígeno. La presión se mantiene firme y las embestidas rigurosas.
El pene de Megumi se contrae y los alaridos quedan atorados en lo profundo de su garganta. Su mente se desvanece en una neblina sombría. De su polla no brota nada, ni una sola gota de eyaculación.
Itadori se viene casi al mismo tiempo, con un grito agrietado. Se desploma unos cuantos segundos sobre el cuerpo exhausto de Megumi, quién siente el chorro caliente depositarse en su interior, tragando hasta la última gota.
Las respiraciones irregulares empañan la cómoda habitación.
Por largos minutos, se mantienen así, yaciendo uno encima del otro. Cuando Itadori sale de su interior, puede sentir como el semen gotea hacia afuera y hacia afuera, se escapa por las maltratadas e hinchadas paredes. Megumi cierra las piernas, no quiere que se escape.
Itadori se percata de las intenciones, y como la persona amable que es, hunde los dedos en el agujero de Megumi, regresando todo lo que puede del espeso semen que sigue cayendo por obra de la gravedad. Megumi sisea, la zona está al rojo vivo, había sido maltratado más allá de lo inimaginable. Su cuerpo pesa toneladas, como si un elefante le hubiera caído encima y lo molió hasta fracturarle todos los huesos.
Itadori se acomoda a su lado y le besa las mejillas con ternura, rápidamente Megumi siente un calor agradable correr por su torrente sanguíneo. La bruma borrosa de su mente se hace más densa. Sabe lo que es, ha pasado por la sensación más veces de las que puede contar; es la técnica inversa curando sus heridas.
Megumi piensa que es una lástima que los moretones, chupones, arañazos y heridas vayan a desaparecer tan pronto. Pero Itadori se siente mejor cada vez que lo cura luego de una ronda intensa. No se quedará tranquilo a sabiendas que Megumi está herido y él puede usar la técnica inversa en los demás.
Sin embargo, Megumi es un bicho muy raro que disfruta de fetiches que avergonzaría al clasista, machista y misógino clan Zenin, y también lo avergüenzan a él mismo. Itadori lo había aceptado así, complaciendo ese lado morboso, siendo brusco, actuando como un loco posesivo que lo somete a su voluntad y nada más que a ella. Lo mínimo que podía hacer por él, era dejarlo curar sus heridas, por mucho que sea una lástima que las marcas se desvanezcan tan rápido.
–¿Estás bien?
Megumi asiente, igual de borracho que antes, le pesan los párpados, pero consigue la fuerza para acurrucarse contra el sudoroso cuerpo de Itadori, olfatea el sándalo, mezclado con el sudor y el semen. Megumi vuelve a sentirse pleno, casi infinito en esa cama destartalada y chirriante.
El silencio adorna la habitación solo con el ligero chapoteo de Itadori haciendo un juego en vano de introducir el semen de regreso, perdiendo una batalla lógica. La respiración de Megumi se regula y las heridas dejan de doler a medida que la técnica inversa hace de las suyas.
–¿Fue divertida la fiesta?
Megumi niega con la cabeza, cansado como para responder con palabras.
Itadori deposita un beso en la punta de la nariz, baja por la comisura, es muy suave, todo lo contrario a como lo trató hace un rato.
–Pensé que te llevabas bien con Kaito y Saki.
Megumi gime ronco, el dedo de Itadori fue más lejos de lo que debería. Inmediatamente le ofrece una disculpa.
–Sí, pero... no quería estar en ese lugar.
"Quería estar contigo", se guarda y espera, que si un día es lo suficientemente valiente, podrá decirlo en voz alta. Hoy no es ese día.
Itadori sonríe de soslayo. Otro beso casto en el mentón, la pura adoración que se cuela a través de un gesto tan simple.
El sexo y las perversiones son divertidas, un placer bochornoso y circular, adictivo y satisfactorio. Estar aquí, relajados, cuerpo con cuerpo, mientras se mantienen cerca del otro, es igual de reconfortante.
–Meg, tienes que aprender a divertirte.
–Eso no es diversión. Es una tontería.
Itadori se ríe en voz baja, el movimiento de los dedos continúa, tan lentamente.
–Tienes que aprender a relajarte. Tomar un descanso de vez en cuando. Por lo que has dicho, Kaito y Saki se oyen como buenas personas.
Por este momento, todo se siente normal, caer en viejos hábitos ha sido fácil a pesar de la ausencia y la angustia. Megumi se siente bien aquí, con los firmes músculos de Itadori chocando contra los suyos. Pero piensa en lo que Yuuji dijo antes, a pesar de la somnolencia que siente. Itadori se irá pronto, como hechicero de grado especial tiene más cosas por hacer, un mundo que salvar, maldiciones que exorcizar.
Y no había escrito en tres días.
Ya no se siente tan pleno.
Los dedos de Itadori se detienen y la sonrisa se desmorona.
–¿Qué te pasó? ¿Por qué de repente te pones triste?
Megumi esconde el rostro contra los pectorales de Yuuji.
–No, no es nada.
Itadori le hunde la mano libre por el cabello, le acaricia el cuero cabelludo, suave y tenue.
–Sí lo es, cuéntame, ¿qué te pasó?
Megumi resopla contra la piel de Itadori. La angustia se cuela de nuevo en su pecho, hundiendolo.
Por más bueno que haya sido el momento de antes, la zona gris en la que están ahora mismo le molesta.
¿Qué sería de él cuando Itadori tuviera que regresar a sus responsabilidades como hechicero de Jujutsu? ¿Seguiría sin escribir un mísero mensaje? ¿Y Megumi sería capaz de soportar algo así?
–¿Meg?
Megumi toma una bocanada de aire que le hace arder los pulmones.
–No... llamaste en tres días.
El cuerpo de Itadori se tensa. El hechicero de primer grado puede sentirlo gracias a la cercanía de sus cuerpos. La caricia en el cuero cabelludo se vuelve más lenta.
–Lo sé –murmura apenado y con los labios apretados–. Me disculpo profundamente por eso. Mencioné antes que estuve ocupado y, no quería que esto saliera aquí en esta situación, pero... Todo está pensando en iniciar una investigación para erradicar la energía maldita con los apuntes que quedaron de la señorita Yuki. Él piensa que con mis conocimientos sobre el alma, podríamos llegar a algo y... a una solución más duradera, donde ya no existan las maldiciones.
Es lo que mencionó en la entrada y no terminaron porque la necesidad superó cualquier pensamiento lógico o maldiciones que acabar.
Por supuesto, la estadía de Itadori era temporal, tiempo prestado. La idea hace que el aire se vuelve pesado para respirar.
Si se viene una ruptura no quiere escuchar, prefiere la ausencia antes que escucharlo. Sí, mil veces prefiere que haga lo mismo que su padre y se vaya sin decir una sola palabra.
–Te vas... de nuevo.
Itadori se aleja de Megumi y la sensación de soledad lo carcome; Yuuji no se ha ido y se siente tan solo. Itadori le toma la mano y le besa el dorso con una ternura que se desborda por los costados, siempre mirándolo a los ojos. El marrón se vuelve claro y brillante.
–Sí, me iré pronto pero no solo... no si tú quieres.
Los ojos de Megumi se abren.
–¿A qué te refieres?
Itadori se ríe, nervioso.
–Estuve buscando una zona cómoda en Kyoto para vivir... y sé que tuve que preguntar primero antes de hacer algo o decidir por mi mismo pero... ¿te gustaría venir a vivir conmigo? Los dos juntos en Kyoto. Tú eres mucho más inteligente que yo y, podrías ayudar con la investigación, solo si quieres, claro. También podrías quedarte en casa sin hacer nada y estaría perfecto. Tampoco tienes que venir a Kyoto sino quieres... yo solo... –Megumi le tapa los labios con el dedo índice y Yuuji se calla de inmediato, obediente como un perro.
–Itadori, estás hablando mucho.
–Lo siento, cuando me pongo nervioso siempre me voy por las ramas y...
–Lo estás haciendo de nuevo.
–Lo siento, Meg. Lo siento.
Megumi lo observa a través de las tupidas pestañas. El corazón le late vertiginosamente por motivos distintos a los anteriores. Su mente se enciende de nuevo y miles de pensamientos operan para enseñarle posibilidades.
–¿No llamaste en tres días porque estabas buscando una casa para que vivamos juntos?
Las mejillas de Itadori se tiñen de un tono carmesí.
–Sé que tuve que preguntar primero pero... Todo me enseñó los departamentos y... pensé que era un lugar bonito, que te podría gustar y no tuve que tomar la decisión yo solo sobre esto pero Meg, eran muy bonitos y la idea de que vivamos juntos me hizo más estúpido de lo que ya soy. No tienes que irte conmigo sino quieres y solo después de que lo renté me di cuenta de lo estúpido que fue hacerlo sin preguntar y yo no te llamé en tres días porque estaba ocupado buscando el dinero y luego pensé en que querías dejarme por hacer algo sin preguntarte, pero regresé a Tokio y ya no pude soportar no venir a verte... y yo... –Megumi le cubre la boca con ambas manos, cortando la verborrea.
–Itadori, mejor cállate.
Yuuji asiente.
La angustia es reemplazada por la ferocidad de la felicidad, estrambótica y abrumadora.
Itadori no había llamado en tres días porque estaba buscando un departamento para que vivan juntos. Juntos en Kyoto. Sin distancia que dificulta las visitas.
Llegar a casa después del trabajo y acurrucarse juntos frente al televisor cubiertos por una manta. Comer en la mesa la comida que prepararon. Lavar la ropa y tenderla bajo el sol naciente. Suena maravilloso.
–Itadori, si me quiero ir contigo. –Megumi deja escapar una risita soñadora.
La acción agarra desprevenido a Itadori, quién abre los ojos, muy estupefacto. Sin embargo, rápidamente tira del cuerpo de Megumi contra el suyo y lo besa casto y afectuoso.
La luz de la luna entra a raudales por la ventana, haciéndoles compañía e iluminando la habitación.
El beso aumenta la velocidad, las manos se vuelven a buscar y un gemido escapa de la boca de Megumi. Los ojos de Itadori brillan cómo si hubiera visto algo novedoso.
–Meg, tenemos que limpiarte.
–Sí.
–Déjame ayudarte. –Itadori se desliza, cae con naturalidad en medio de las piernas de Fushiguro. Ya no quedan rastros de los moretones, ni los arañazos–. La limpieza es importante. No dejaré ni una gota.
Megumi está a punto de preguntar que hará antes de que Itadori le pase la lengua por el perineo. El contraste de temperatura entre el semen caliente que todavía se escapa y la lengua envía vientos de corrientes eléctricas.
–Ni una gota.
Y pasa la lengua, de nuevo, con la esperanza de hacer su promesa realidad.
Megumi espera que sea cierto.
La vida de un hechicero de Jujutsu es agitada, cansada y tremendamente aburrida. Es un ciclo infinito de exorcizar maldiciones mortales. Las maldiciones no toman descansos y los hechiceros sólo pueden tomarse uno o dos, depende de qué tan caprichosas sean. Así que, pese a haber sido viernes, el domingo es un día de trabajo porque Kusakabe necesita al equipo para hacerse cargo de un caso urgente. Una maldición que amenaza un hospital muy viejo.
Kugisaki llega al sitio, maldiciendo en idiomas diferentes a Kusakabe por ser tan imbécil de hacerla trabajar un domingo en el que pudo ir al centro comercial. Saki también se queja, aunque por razones diferentes, la resaca y el malestar de la noche de bar todavía no la abandonan. Kaito lee la información en la tablet.
Megumi llega de último, algo inédito desde que se formó el equipo. El humo negruzco encima de la cabeza ha desaparecido, incluso, está el fantasma de una sonrisa en la comisura del labio derecho, las gruesas líneas de la frente se han alisado a sólo ser un recuerdo muy vago del pasado.
Kugisaki lo mira boquiabierta y lo señala con el dedo:
–A ti, ¿qué bicho te picó? ¡¿Cómo puedes estar tan feliz de venir a trabajar un domingo?! ¡¿Fushiguro, no tienes amigos o cosas por hacer?!
Megumi se encoge de hombros e invoca a Gyokuken, que no tarda en formarse de la sombra más oscura. El shikigami está en su mejor forma, reluciente y con un poderío tremendo.
Kaito levanta la mirada de la tablet, se le seca la boca, sorprendido de encontrar a Fushiguro con el mejor humor que ha visto desde que lo conoció; casi un aura resplandeciente y angelical.
–Parece que tuvo una buena noche –comenta Saki, con los ojos entornados.
Kugisaki baja el dedo y rueda los ojos de tan solo escuchar la voz de Saki.
–Lo que yo no pude tener por tu maldita culpa –comenta Nobara, con la mecha de la discusión viniendo de nuevo.
–¿Mi culpa? –Saki se señala a sí misma en el pecho.
–Yo no fui la que bebió hasta quedar inconsciente, y vomitó encima de mi vestido. Arruinaste la noche y el maldito fin de semana. ¿No te enseñan a regularte o una mierda así?
–¡Tu fuiste la que me dio esa bebida!
–¡Porque tú la pediste!
–¡Tenías que controlarte si sabes como soy! –se defiende Saki.
Kaito se ríe a carcajadas ante la típica escena que se efectúa ante sus ojos, al menos, un acto normal en el día de hoy a diferencia de la tranquilidad espeluznante de Fushiguro.
Fushiguro se mantiene en su carril, estudiando la zona y buscando la maldición con Gyokuken a su lado. Ajeno al caos que se efectúa a sus espaldas y realmente no le importa.
