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El día de la Cosecha llevaba ya cinco años sin ser un día especial para Sirius Orion Black. Ya no tachaba los días en el calendario, no pasaba la noche anterior temblando de nervios y miedo, ni celebraba al día siguiente el alivio de no haber sido elegido. Hace ya cinco años, su nombre salió de la urna.
El recuerdo era tan nítido como si lo llevara tatuado en la piel. Un rayo de sol suave acariciando su mejilla, ropa nueva recién planchada, su madre reprendiéndolo con firmeza por elegir ponerse la chaqueta de cuero sobre la camisa. Sentía el roce del cabello recién cortado en sus orejas, una nueva cicatriz y un olor extraño a laca de pelo. El ambiente sabía a despedida incluso antes de que hubiera escuchado su nombre, anticipándose.
«Un chico y una chica de cada Distrito, de entre doce y veintidós años, son elegidos cada año en la Cosecha. Estos tributos permanecerán bajo la custodia del Capitolio para después ser transferidos a una arena donde pelearán a muerte hasta que quede solo un vencedor. De ahora en adelante y para siempre este espectáculo será conocido como Los Juegos del Hambre.»
Eso era lo último que sonaba dentro de su cabeza antes de irse a dormir. En sueños, veía todo lo que había tenido que hacer para sobrevivir, cada vez más distorsionado, más sangriento, más fingido, más artificial, menos humano. Eso era lo que hacía el Capitolio, intentar convertirlos en atracciones, en maniquíes, que se olvidasen de lo que sintieron y sonriesen para su público.
«—¡Tenemos un vencedor! ¡Del Distrito 12, Sirius Black!»
El sonido del cañón que anunciaba la muerte de los tributos en la arena, permanecía retumbando en sus oídos hasta que daba un sorbo al café que James Potter, su mejor amigo con el que compartía hogar, le dejaba preparado antes de salir.
James había ganado sus Juegos no mucho antes que Sirius, y como único vencedor del Distrito 12 en ese momento, había sido su mentor. Sin él no habría sobrevivido en la arena, pero menos aún habría sobrevivido a lo que vino después. Su apoyo y pequeños detalles eran de las pocas cosas que le mantenían anclado a la realidad.
Y no parecía un día diferente. El café estaba sobre la mesa, su chaqueta de cuero colgada en el perchero, un caldo cocinándose a fuego lento en la cocina, la radio puesta como ruido de fondo: transcurría con normalidad.
Se suponía que en la Cosecha todo el mundo se vestía con sus mejores ropas y se arreglaban lo mejor posible por si acaso eran elegidos, para salir en televisión con buen aspecto, pero en el 12 casi nadie tenía buen aspecto.
La mayoría de personas se dedicaban a la minería del carbón y ese polvo negro se te incrusta hasta en el alma. Ninguno recibía un buen sueldo, por lo que la mayoría de hijos de mineros debían pedir lo que llaman Teselas, raciones de cereales y aceite, para poder sobrevivir al hambre. Irónicamente, se otorgaban a cambio de una participación más en las urnas de donde se extraen los nombres de los tributos para Los Juegos del Hambre.
Sirius nunca había tenido que pedir ni una sola Tesela. Su familia se extendía por algunos de los distritos más ricos y poseer esos contactos había asegurado a su madre ser la alcaldesa del doce. No gozaban de riquezas ni de una vida plena, pero sin duda tenían más recursos que otros. Sin embargo, nada de eso importa cuando la suerte no está de tu parte.
Antes de beberse el café le añadió un largo chorro de ron, y lo vació de un único trago; se colocó su chaqueta de cuero y salió a la calle. Era ya pasado mediodía, demasiado tarde para los preparativos del día de la Cosecha, pero confiaba en que James hubiera puesto una buena excusa como hacía cada año. En el Capitolio a nadie parecían importarle sus continuos retrasos porque tenían más tiempo que los demás y les encantaba desperdiciarlo.
Dio un rodeo, intentando retrasar lo máximo posible el ver las caras de esos dos chicos que probablemente morirían en menos de dos meses. El primer año intentó acercarse a ellos, hacer su tiempo en el Capitolio memorable, que sintiesen que estaban en buenas manos, que tenían en quien confiar, pero eso hizo que se encariñase y verlos morir fue algo de lo que le costó recuperarse. Desde entonces se disfraza a sí mismo de una figura seria y fría, de autoridad para los tributos, y aunque hace lo que puede por ellos, intenta a toda costa no involucrarse sentimentalmente.
Pasó frente a su antigua casa, tan imponente y grande que destacaba entre todas las demás, pero ni siquiera así se había librado del tinte grisáceo del polvo de carbón que le daba un aspecto un tanto escalofriante. Allí, pudo saludar al gato negro que su hermano pequeño tenía de mascota. Era tan huraño y escurridizo como él, pero Sirius pensaba, o al menos quería pensar, que en el fondo y pese a todo, ambos le tenían guardado un cariño especial.
No había nadie dentro, así que se coló por la ventana de la habitación de su hermano y tomó una libreta forrada en cuero negro de la mesita de noche. La primera página, en perfecta cursiva, rezaba «Regulus Arcturus Black», .
Deslizó las hojas entre sus dedos y se detuvo en una al azar con la intención de leerlo, pensando que sería alguna de las poesías deprimentes que tanto disfrutaba de escribir su hermano, pero se detuvo cuando en el primer renglón leyó «Querido Diario:». Era una invasión demasiado grande a su privacidad.
Ese había sido su dormitorio hasta que se fue de casa. Aún se podían ver las estrellas que había dibujado en una esquina, pese a los claros intentos de borrarlas, y las líneas que iban haciendo en el marco de la puerta para señalar su altura según crecía.
Había otro tipo de marcas: arañazos, manchas, desconchones, golpes en la madera. Esas despertaban unos recuerdos en los que intentaba no pensar para no ensuciar una época de la que sí puede rescatar varios momentos felices. Sus padres siempre habían sido muy autoritarios, pero se trataba de convencer a sí mismo de que simplemente no supieron cómo hacerlo mejor.
Agarró la pluma que descansaba sobre su escritorio y se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. Se robaban objetos sin mucha importancia el uno al otro. Era un pequeño juego que habían mantenido el último año para intentar retomar el contacto perdido y darle un toque divertido la tan monótona vida de vencedor.
Más que monótona, podríamos considerarla cíclica. Durante medio año era mentor de tributos y entretenimiento para el Capitolio, la otra mitad se la pasaba intentando olvidar a los fallecidos y recuperando su rutina. Siempre que estaba a punto de lograrlo volvía a ser el día de la Cosecha.
Se alejó y dejó a sus pies decidir el rumbo. Caminó al lado de la valla que separaba la ciudad del bosque en el consiguió sus mejores recuerdos cuando se escapaba de la escuela con sus amigos y fingían que su vida iba e iría siempre bien. Se detuvo, como cada vez, frente al hueco por el que se arrastraban para esquivar el alambre, no podía evitarlo. Con la mirada activa buscaba entre los árboles y arbustos, esperando a alguien que nunca llegaba.
A lo lejos podía ver el árbol bajo el que se despidieron ese mismo día hacía cinco años con la promesa de volver a verse. Esas palabras habían quedado selladas con la talla de sus iniciales en la madera del tronco. Ahora estaban rodeadas por un corazón, algo que Sirius suponía que había hecho cuando ganó los Juegos, para darle una sorpresa a su regreso.
La nostalgia le invadió. Recordó aquel invierno tan frío, la primera vez que vio la nieve. Paseaban por la orilla del lago cuando tropezó cayendo al agua. Sus manos le ayudaron a levantarse sujetándolo con firmeza «Tranquilo, te tengo». Le abrazó hasta una cabaña, cubriéndolo con su abrigo, no le importó mojarse. Improvisaron una chimenea y colgaron su ropa. Se acurrucaron, tan cerca que escuchaba con la misma fuerza su corazón que la tormenta que comenzaba afuera. Nunca llegaron a ser nada, pero lo eran todo al mismo tiempo y era tan mágico.
Año tras año, por mucho que esperase, por mucho que se quedase observando aquel árbol, la promesa se resquebrajaba y la idea de que hubiera huido al bosque parecía más y más real en su mente. Le destrozó su ausencia, le odió durante meses por haberle abandonado. Sin embargo, ahora que conocía los castigos que el Capitolio era capaz de imponer y la dureza de los accidentes en la mina, deseaba con todas sus fuerzas que de verdad hubiera huido y que fuera feliz, aunque fuese sin estar a su lado.
Añoraba su antigua vida. Esas horas en el bosque, jugar a ser animales que corrían en libertad, disfrazarse con hojas que intentaban imitar los vestidos extravagantes del Capitolio, molestar al minero más cascarrabias que pudieran encontrar con un poco de pólvora robada. Añoraba las risas.
Les encantaba gastar bromas, que iban desde tirar petardos hasta pintarrajear una pared, pero eran inofensivos y la mayoría les apreciaba por la alegría que traían consigo mientras corrían, escapando de la víctima de su burla diaria.
«—¡Corre Peter! ¡Vas a quedarte atrás!» Se escuchaba, seguido de las carcajadas de los otros tres. No iba en serio, nunca le dejarían atrás, eran un equipo.
El grupo era conocido como Los Merodeadores. El nombre había nacido como un insulto que les dedicaban las personas a las que molestaban, pero no tardaron en apropiarse de ello y quitarle la connotación negativa a golpe de carcajada y orgullo.
«—¡Damas y caballeros! Con todos ustedes… ¡Los Merodeadores!» Anunciaban bromeando antes de hacer explotar una caja llena de petardos, fuegos artificiales y otros explosivos.
En las fiestas del Capitolio abundaban los fuegos artificiales. Volaban alto, eran grandes, brillantes y ruidosos, los asistentes los miraban boquiabiertos y aplaudían. Habría parecido que querían competir con las estrellas de no ser porque toda la luz artificial impedía que se viesen desde allí. Quizá por eso no entendían la belleza de las pequeñas y tímidas chispas naranjas de los que ellos utilizaban.
En el doce solo contaban con un par de horas de electricidad al día, y ni siquiera cada día. Esto tenía sus desventajas, como la falta de comunicación con otros distritos o la falta de luz en los hogares. Sin embargo, algo sobre haber sido nombrado tras dos cuerpos celestes, había logrado que se apasionase por mirar al fascinante cielo nocturno. En sus peores días, hablarle a la noche era una de las pocas cosas que conseguía calmarle.
Este hábito empezó siendo tan solo un niño, cuando descubrió que era capaz de trepar al tejado de su casa para escapar de algún castigo, pero se volvió aún más frecuente a partir de su primera visita al Capitolio, porque allí donde no le protegían las estrellas, tenía que pedirle a la luna que le escuchara.
Como si el universo se mofase de él, el chico con nombre de estrella, que encontraba refugio en un astro que solo era capaz de reflejar la luz. ¿Pero la luz de quién? Pensaba que la suya hacía mucho que se había apagado.
Estuvo en su ensoñación más tiempo del que debía porque pudo escuchar las primeras notas del himno nacional con el que comenzaba la ceremonia, rebotando por las callejuelas. Se apuró hacia la plaza, sus botas hacían salpicar los charcos que se formaban en la calzada mal asfaltada, ahogando el ruido de su respiración entrecortada. Al mismo tiempo, se secaba las lágrimas que empezaban a asomar y se obligaba a preparar una sonrisa para las cámaras.
