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When it comes to be my turn // 2️⃣.1️⃣❗

Summary:

La noche era espeluznante, estremecedora, fatídica y desesperanzadora, pero aún así, a Yoichi le gustaba observar el cielo nocturno. Y tal vez no llegase a comprenderlo del todo, pero Kudo realmente quería escuchar de su boca la razón del brillo en sus retinas y la paz en su rostro, que parecía esconder un gran significado y valor emocional para él.

Fic inspirado en la canción "My Love Mine All Mine" de Mitski.

Notes:

ESTA HISTORIA ES DE MI PROPIEDAD, PERO RESUBIDA DESDE MI PERFIL DE WATTPAD! (en la cuál tiene hecha una portada con una ilustración propia, por si quieren visitarla). Cualquier interacción es apreciada ^^

 

• Recomendación! Leer con fondo oscuro y escuchar la canción al final si se quiere.

Dedicado a mi profesora de Literatura, Silvia, tan sabia y buena como Yoichi ;)

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

❜❜𝑪𝒐𝒖𝒍𝒅 𝒚𝒐𝒖 𝒔𝒉𝒊𝒏𝒆 𝒊𝒕 𝒅𝒐𝒘𝒏 𝒉𝒆𝒓𝒆 𝒇𝒐𝒓 𝒉𝒊𝒎?❜❜

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La noche era funesta, las calles se teñían de oscuridad y había peligro al acecho en cada sombra. Cada cuadra, esquina y callejón era peligroso, incluso si había una considerable cantidad de personas alrededor. Salir fuera de casa era el equivalente a ponerse un blanco encima de la cabeza y pedir a gritos que alguien finalmente los matara, pero lamentablemente la gente tenía que conseguir suministros y sobrevivir en esas circunstancias. Cada noticia que pasaban por la televisión era peor que la anterior, nadie quería ser el próximo nombre en historias de civiles desaparecidos o asesinados. Tanto la gente ''normal'' y corriente lloraba angustiada porque los ''fenómenos'' los cazaran con su poder inhumano, y los ''fenómenos'' superdotados porque las personas comunes acabaran con ellos por miedo a su anormalidad, ambos bandos aterrorizados porque ese día fuera su último. El caos se adueñaba de la turbulenta sociedad ante el inexplicable origen de los superpoderes, mientras villanos malvados como el Rey Demonio iban aprovechando la situación y jugando con la desesperación y la miseria ajena, con el único propósito de adueñarse de todo y dejar detrás de sí un vacío infernal.

En esos tiempos de pavor en plena guerra civil, la noche era espeluznante, estremecedora, fatídica y desesperanzadora. Pero aún así, a Yoichi le gustaba observar el cielo nocturno.

Ya se había hecho un hábito encontrarlo así al entrar a su habitación: en una silla arrimada a la ventana, una taza con algún té o café caliente en sus manos y la mirada clavada hacia el oscuro afuera. Los ojos cansados pero con rasgos dulces observando la vista, murmurando para sí mismo con las dos manos sobre el recipiente cerámico en un sostén cuidadoso.

Kudo siempre ingresaba al cuarto con una manta doblada en brazos, se la colocaba sobre los hombros y le recordaba que no debía estar mucho tiempo allí, que aprovechara a descansar. Ya varias veces le había dicho que no lo hiciera, que era riesgoso que pusiera siquiera la punta del pie fuera de su base secreta para que vaya y asomara la cabeza por la ventana, pero el albino no parecía escucharlo o no le preocupaba, porque siempre lo miraba de reojo con una sonrisa y alegaba:

– Tranquilo, no tardo mucho...

Una mentira total, pues Yoichi podía estar ahí sentado por horas sin despegar los soñadores ojos de la ventana, ya lo había visto. Aunque realmente no entendía por qué, el panorama desde ahí no era exactamente el más agradable. No había mucha vegetación o vida a la vista, mucho menos en las tinieblas de la madrugada. Sólo los tristes y penumbrosos edificios de la ciudad a la distancia; le daba escalofríos pensar lo tranquila que se veía cuando en realidad todo se estaba derrumbando. Y pensar que ellos estaban ahí bajo techo, escondidos y a salvo, mientras todo lo terrible pasaba allí afuera justo enfrente suyo. Kudo no podría soportar esa vista ni por quince minutos.

– ¿No te cansas de esto? – le preguntó por fin luego de tantas noches, la curiosidad lo carcomía y realmente le causaba incredulidad y hasta inquietud cómo podía estar ahí lo que parecía la eternidad sin siquiera inmutarse. Se dio cuenta de su tono y carraspeó, corrigiéndose. – Quiero decir... te sientas aquí todas las noches, callado, y miras el paisaje. ¿No te aburre, no te pone mal?

Yoichi rió; como si pudiera aburrirse de aquello. – No miro el paisaje, sólo miro la luna.

Él ladeó la cabeza y entrecerró los ojos, dando un vistazo a su vez al exterior. Bien, lo reconocía, el pelirrojo no era una persona demasiado significativa, más bien concisa y estructurada, por lo que no veía atractivo ni sentido en actividades como esa. Mucho menos en tiempos de guerra. Y tal vez tenga una percepción poco emotiva, sí, pero lo único que se podía percibir en ese momento eran las edificaciones oscuras y el cielo cubierto de humo y nubes densas y opacas, nada más.

– ¿La luna? ¿Dónde?

– Hoy está algo tapada, pero ya se va a notar... Aunque esté rodeada de oscuridad siempre logra brillar.... – soltó un suspiro casi admirador, sin despegar su mirada. – ¿No es eso maravilloso?

Se quedó en silencio un momento, siguiendo su mirada verdosa hacia donde debía estar lo que se supone que estaba mirando. Unas muy leves partículas blanquecinas se filtraban por la bruma oscura del cielo, era dudoso que se lograra notar el satélite por completo esa noche. No entendía por qué esperarlo sin siquiera tener la certeza de que aparecería, pero Yoichi parecía dispuesto a hacerlo.

Era un hombre tan singular, siempre tan fascinado con lo poco convencional.

– Sí, lo es...

El otro alzó sus manos y bebió de su infusión escarlata, el calor que desprendía acariciando su pálido rostro mientras degustaba. Bajó la taza de vuelta a su regazo y murmuró algo por lo bajo, y Kudo notó por primera vez el pequeño gesto que hacía al sostenerla: dedos entrelazados se apretaban entre sí por encima de la cerámica. Muy parecido a como las personas juntan sus manos en las iglesias, se recuerda. Curioso.

Antes de que pudiera formular más pensamientos al respecto, el albino suelta una leve risa – Perdona, debe resultarte tonto que haga todo esto...

– Pues... Siéndote totalmente sincero, sí, un poco... – rascó el corto pelo salmón en su nuca, no puede mentirle. – ¿Hay alguna razón específica por la cual lo hagas? ¿O es sólo que te gusta mucho la luna y ya?

Yoichi también toca su pelo en nerviosismo, tomando algunos de sus largos mechones blancos para dejarlos detrás de su oreja, movimiento inútil pues volvieron a deslizarse a su posición original. – La razón es incluso más tonta, bastante vergonzosa la verdad... No quiero que pienses que soy más raro de lo que parezco...

El pelirrojo se siente algo ofendido por tal suposición, aunque puede entenderlo. Ha escuchado más de una vez a los miembros de la Resistencia comentar que tiene un aura bastante seria y a veces fría y juzgadora, que podría intimidar incluso a su peor enemigo cuando ponía su cara de concentración y determinación cuando debía trazar un plan, liderar una operación u ordenar a su tropa. Pero esa mirada nunca sería dirigida a Yoichi, cuya mirada se desvió de la ventana hacía sus ojos escarlata y sus facciones afiladas en busca de una muestra de estupefacción, o peor, desprecio. Por favor, él nunca pensaría aquello del hombre.

– No lo haré, lo prometo... – le asegura, hasta intenta inclinándose ligeramente hacia su figura para demostrarle físicamente que puede confiar en él.

– ¿Seguro? No quiero hacerte perder tu tiempo con mis cosas extrañas... Tampoco sabría muy bien cómo explicarlo, no creo que haya quien pueda entender esta admiración que tengo...

Sus buscadores ojos verde oliva parecían querer capturar los destellos del satélite que, aún borroneado con nubarrones, estaba ahí detrás a la espera de destaparse y alumbrar todo con su sutileza. Y tal vez no llegase a comprenderlo del todo, pero Kudo realmente quería escuchar de su boca la razón del brillo en sus retinas y la paz en su rostro, que parecía esconder un gran significado y valor emocional para él.

– Hazlo. – le propuso con seguridad. – Intenta explicarlo, y yo intentaré comprender. No pienso burlarme o nada por el estilo, si es eso lo que te preocupa.

El albino le sonrió suavemente, agradeciendo silenciosamente la intención de interpretar su sentimiento. Que el soldado, que siempre parecía tan impasible, quiera escucharlo desmenuzar el tema que siempre le pareció penoso, creó una pequeña calidez en su pecho que dejaba al calor irradiante de su taza como un cero a la izquierda.

Le ofreció que no siguiese parado y que tomara asiento a su lado, y mientras el pelirrojo se acomodaba en una segunda silla él tomó un poco de aire, bajando la mirada hasta el objeto en sus manos y trazándolo nerviosamente con sus yemas antes de comenzar con su relato contextual.

Cuando estaba atrapado en la prisión que le impuso su hermano, todo era horrible, por supuesto, pero las noches eran lo peor. A plena mañana, la luz solar se filtraba por debajo de la puerta de seguridad e incluso llegaba a penetrar las paredes de plomo de la estrecha habitación, pero cuando el sol bajaba todo quedaba en completa penumbra. Todo parecía oscuro, agobiante y desolador al principio; por obvias razones, no podía dormir ni un poco a menos que fuera de día. Ni las estremecedoras temperaturas bajas, ni la sensación de vacío en su estómago por el hambre, ni la sequedad de su garganta ni sus resfríos recurrentes evitaban que su mente se nublara con pensamientos terribles e insoportables de desesperación y soledad, sin poder evitar pensar y repensar en otra cosa que no fuera culpa.

Culpa por su hermano opresivo, a quien tal vez hubiera podido guiar por un buen camino y evitado todas sus catástrofes si se hubiera esforzado y preocupado más. Culpa y pena, por ser tan débil y no haber podido hacerle frente, por haberse doblegado ante la potestad que tenía sobre él. Culpa, pena, y sobre todo remordimiento, por haber terminado en tal situación en la que estaba apresado sin poder haber hecho absolutamente nada al respecto.

Sólo tenía una pequeña ventana en una pared; una pequeña cavidad cuadrada de medio metro de diámetro que conectaba su triste celda con el poco exterior que se veía, y sin embargo era más que suficiente para el prisionero. Del otro lado, grandioso y etéreo se encontraba el astro plateado, bañando su fulgor por toda la ciudad y cayendo humildemente dentro de la pequeña habitación, como quien tira una moneda a la calle: algo de tan poco valor, pero vital para quien ya lo había perdido todo. Un pobre como Yoichi sólo podía aferrarse a ella, clavar las corroídas uñas y sujetarse con fuerza a esa entidad celestial que parecía manifestarse en su auxilio. Y a pesar de que estuviera a más de cien mil kilómetros de la Tierra, su compañía fue lo más cercano que tuvo como salvavidas, luz e ilusión en sus peores momentos. La única razón por la cual mantuvo la cabeza en alto, las manos juntas y no perdió la esperanza.

– Así que yo... desarrollé un hábito algo estúpido... – bajó un poco la voz ante la vergüenza, repiqueteando los dedos en la cerámica. – Le hablaba a la Luna, o más bien hablaba conmigo mismo... Pero decía mis penas en voz alta como si fuera a escucharme, como si fuera a tomar mis pedidos y hacerlos realidad si lo pedía lo suficiente. Entonces cada vez que podía le rezaba, pidiéndole que por favor, si había alguna posibilidad de liberarme de ese doloroso encierro, que me mande alguna ayuda, un salvador, lo que fuera...

Kudo tuvo que inhalar considerablemente audible ante las contenidas ganas de abrazar al albino a su lado. No era lo adecuado, lo sabía, pero escuchar las vivencias de su confinamiento inhumano (porque no era la primera vez) siempre le generaban rabiosos impulsos protectores que querían echar por tierra sus intentos de ser profesionalmente respetuoso. Esta vez, que había sido tan detallado y tocado un tema tan sensible y significativo para él, se sintió como una puñalada directa al pecho.

Lo que era aún más desolador era pensar que había llegado a tal punto de desesperación que había tenido que sujetarse a algo tan materialmente vago y distante como única fuente de salvación y libertad para no sucumbir ante la desgracia.

– ¿Y... alguna vez te contestó? – preguntó suavemente, sosteniendo la mirada; más bien de una forma retórica, pues obviamente la esfera rocosa no podía hablar y desde tanta distancia era poco probable que hubiese escuchado los lamentos de un hombre solitario. De todas formas, esperaba recibir alguna respuesta tonta pero tierna, algo como "Sí, su voz era como la de un ángel" o algo por el estilo, y no podría evitar la risa. En su cabeza sonaba algo propio de alguien tan ingenuo y creativo.

En cambio, Yoichi rió con divertida dulzura. – Me gusta creer que sí, porque después de tanto pedirle una salvación, algo que me agarrara y sacara de ese lugar tan sombrío y desesperanzador... un héroe vino a salvarme. – y alzó la vista para devolvérsela, sonriendo.

Si no fuese el tipo estable y de porte de hierro que era, Kudo estaba seguro de que se habría puesto a lagrimear. No tenía sentido cómo alguien tan puramente bueno y genuino pudo haber pasado por tanto.

Pero ya está a salvo, se recuerda. Gracias a él y a su tropa estaba sano y fuera de ese tormento infernal, y no permitiría que volviese a ocurrirle nunca nada por el estilo, ni muerto.

– Bueno, el héroe no bajó exactamente de la luna... – comentó humildemente con una leve risa, aún no se acostumbraba a que Yoichi lo llamara algo que no era. Él no era ningún salvador ni bienhechor, era un soldado cauto y calculador que hacía lo necesario para detener una guerra civil iniciada por un fenómeno sobrenatural mundial e inexplicable, incluso si implicaba eliminar a quienes se interpongan con su destino.

– Pero apareció tan brillante y luminoso como ella.

Y ahí estaba él, pegándole de lleno en el corazón al tratarlo como si fuera lo más divino en el mundo. Como si fuera su faro en la oscuridad, como si fuera su razón de estar ahí, vivo. O sea, técnicamente sí lo era pues él fue quien lideró el plan para entrar a la base de All For One, el Rey Demonio, y quien lo rescató de ahí. Pero la idea había sido entrar y saquear lo que sea que estuviera dentro de la celda, pues debía ser su más preciado tesoro. Nunca esperaró encontrarse con algo no material, con una persona, un hombre, mucho menos con alguien como Yoichi, encerrado en las garras de un monstruo.

No se sentía merecedor de un título tan noble como el héroe de su pobre alma desesperanzada. No cree que un simple y ordinario mortal como él sea capaz de brillar con la misma intensidad que los astros, como lo pintaba el albino.

– Eres demasiado poético... Me haces sentir como si fuera realmente importante.

Su sonrisa se hizo aún más suave, envuelta en el vapor que largaba su taza al acercarse a sus secos labios. Tomó un sorbo, saboreando. – Te lo dije, la luna significa mucho para mí.

Esa mirada verdosa le perforó las retinas y se metió en lo profundo de su ser, dejándolo hecho un desastre sin nombre. Sintió un ardor emerger desde el fondo de su pecho y desbordarse hasta su cara, y no pudo evitar una risa nerviosa. Ridículo lo que un gesto, un par de ojos y nueve palabras le provocaron.

No había que ser un genio para saber que Yoichi no hablaba de ningún satélite.

– No exageres, sólo resulté estar ahí en el momento justo, es todo.

– La Luna también estuvo ahí para mí en el momento justo, aunque no hizo nada más que existir en el cielo para ayudarme. No hizo más que seguir brillando como todas las noches, y eso fue suficiente para ayudarme a encontrar luz en la oscuridad.

Que se hubiera referido previamente a él como al satélite, y que ahora diga eso con tanta convicción era simplemente... demasiado confuso e intenso para su pobre ser. ¿Estaba hablando literalmente o era otra metáfora? Fuera así o no, no cree merecer semejante comparación. ¿Cómo podía su mera presencia en el plano terrenal afectar tanto la vida de este humilde hombre como éste lo planteaba? Para Kudo no tenía sentido.

– Bueno, pero yo hice algo tangible, ¿no? Yo te saqué de ese lugar. – casi que balbuceó, y quiso golpearse mentalmente. Qué le costaba aceptar un sólo cumplido, por más abrumadoramente dulce que fuera.

– Entonces no digas que "resultaste estar ahí en el momento justo..." – el otro sólo sonrió divertido antes de tomar otro sorbo. – No te desacredites, héroe modesto.

Respondió con una leve risa, algo de vergüenza tiñendo su usual rostro estoico y tranquilo ante el apodo que le dio. Está bien, tenía razón, estaba siendo injusto consigo mismo. ¿Pero cómo podía aceptar sus palabras tan fácilmente, cuando le hablaba tan lindo, lo miraba con esos gentiles ojos y los labios curvados hacia arriba de esa forma tan afectuosa que no merecía? Nunca había sido bueno recibiendo elogios, y viniendo estos del albino casi que le hacían sentir como un tonto inexperto.

Ninguno de los dos se percató hasta que sus perfiles se iluminaron: las nubes negras que enmarcaban el paisaje lúgubre por fin se habían disipado lo suficiente para destapar al tan esperado astro, que se presentaba en su magnífica plenitud redonda. El fulgor atravesó la densa oscuridad y cubrió los edificios desde lo alto, tiñéndolo todo con su delicada pero potente aura perlada. Sinceramente, al pelirrojo nunca le había dado ninguna seguridad su presencia en el cielo nocturno; más bien sentía que era un mísero intento de causar una idea de protección con su luz, pero nunca era la necesaria para revelar los peligros mortíferos que acechaban en las sombras. Siempre sentía una necesidad de que hubiera más color y claridad en esos tiempos turbulentos, sobre todo en las horas vulnerables posteriores al ocaso, y la luna nunca era suficiente para serenarse.

Se volteó y estaba por comentarle su opinión al respecto a Yoichi, cuando se encontró con su rostro: Ni el satélite delante suyo ni el mismísimo sol podrían haber brillado tanto como sus dos orbes verdes al momento de observar la vista nocturna despejada, su expresión casi estupefacta iluminándose al instante. Apenas la esfera se mostró por completo, se mandó un buen y rápido trago de su infusión y la terminó al instante, sin importarle siquiera la repentina sensación ardiente en su garganta. Colocó cautelosamente la taza vacía entre su regazo y rápidamente alzó la vista de vuelta hacia la ventana, sus facciones débiles pero emocionadas y sus cabellos níveos resplandeciendo junto a la luz perlada haciéndolo ver casi sublime.

Entonces juntó sus manos al frente, entrelazó sus dedos, se besó los nudillos y agachó la cabeza contra ellos, comenzando a murmurar para sí mismo.

Esa posición devota casi hace que el corazón de Kudo se descoloque de su lugar. Ver a la gente rezando siempre le había parecido algo tan puramente ingenuo que le daba escalofríos, sobre todo si se trataba de personas implorando en medio de tal disturbio social. Él respetaba totalmente los pensamientos y opiniones ajenas, pero como alguien no creyente, pedir con tanta fuerza a algo invisible le daba hasta pena por quienes sí creían y se mantenían fuertes gracias a sus convicciones. Sinceramente nunca se imaginó ni esperó que el albino pudiera llegar a hacer tales votos sagrados, mucho menos inventar su propia religión personal en torno al satélite terrestre y no seguir las convencionales y/o más populares.

Pero algo de ese momento, luego de días y semanas de estrés y agobio por lo que pasaba afuera, se sentía tan... extrañamente cálido y tranquilizador. Como si el mundo se detuviera un segundo ante la cabeza gacha de Yoichi y no existieran más preocupaciones alrededor de su ser. Se limitó a verlo en silencio con una suave sonrisa inconsciente, sin querer interrumpir sus posibles pedidos entre esos murmullos suaves. Aunque usualmente se le hicieran algo incómodos los silencios largos entre ambos, era relajante poder compartir un momento con tanto valor para Yoichi así, sin necesidad de decir nada y sólo observar y disfrutar de la compañía serena.

De todas formas y aunque respetase el momento, su curiosidad pudo consigo mismo, haciendo que se inclinase ligeramente hacia él para oír algo de lo que decía para sí, para saber qué tanto rezaba y pedía a su astro plateado.

– "𝘓𝘶𝘯𝘢, 𝘦𝘴𝘧𝘦𝘳𝘢 𝘥𝘦 𝘭𝘶𝘻 𝘦𝘯 𝘭𝘰 𝘢𝘭𝘵𝘰, 𝘱𝘳𝘦𝘴𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴 𝘺 𝘥𝘦𝘴𝘱𝘶é𝘴 𝘥𝘦 𝘮í, 𝘣𝘳𝘪𝘭𝘭𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘩𝘢𝘤í𝘢 𝘮í. 𝘓𝘶𝘯𝘢, 𝘥𝘪𝘮𝘦 𝘱𝘰𝘳 𝘧𝘢𝘷𝘰𝘳 𝘴𝘪 𝘱𝘶𝘦𝘥𝘰 𝘦𝘯𝘵𝘳𝘦𝘨𝘢𝘳𝘭𝘰 𝘺 𝘥𝘦𝘫𝘢𝘳𝘭𝘰 𝘦𝘯 𝘵𝘶𝘴 𝘮𝘢𝘯𝘰𝘴, 𝘢𝘴í 𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘴𝘦𝘢 𝘮𝘪 𝘵𝘶𝘳𝘯𝘰 𝘱𝘰𝘥𝘳á 𝘣𝘳𝘪𝘭𝘭𝘢𝘳 𝘤𝘰𝘯𝘵𝘪𝘨𝘰..."

No sonaba a las oraciones comunes de cualquier libro religioso, probablemente ni siquiera lo fueran y sólo fueran sus pensamientos echados al aire en susurros devotos, pero sonaban tan profundos y poéticos... Era tan lindo como estremecedor, casi le hizo olvidar que estaban atravesando épocas muy turbulentas y que el mundo exterior existía fuera de esas cuatro paredes. No pudo evitar hacerse preguntas: ¿por qué estaría pidiendo que cuidaran algo por él? ¿Qué cosa? ¿Cuando sea su turno? ¿Qué significaba todo eso?

–"𝘔𝘦 𝘮𝘰𝘴𝘵𝘳𝘢𝘳𝘰𝘯 𝘭𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘪 𝘤𝘰𝘳𝘢𝘻ó𝘯 𝘷𝘢𝘭𝘦, 𝘢𝘴í 𝘲𝘶𝘦 𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘴𝘦𝘢 𝘮𝘪 𝘵𝘶𝘳𝘯𝘰 𝘥𝘦 𝘪𝘳𝘮𝘦, ¿𝘱𝘶𝘦𝘥𝘦𝘴 𝘩𝘢𝘤𝘦𝘳 𝘲𝘶𝘦 𝘣𝘳𝘪𝘭𝘭𝘦 𝘱𝘰𝘳 𝘮í...?"

Cuando escuchó la palabra irse, algo dentro del pelirrojo se sacudió ligeramente. Lo que había dicho Yoichi con su voz tan suave y sus ojos cerrados podría sonar dulce e incluso inocente... si no fuera por el posible significado que esa frase tuviese.

– ¿Cuando te vayas...? – murmuró sin poder evitarlo, haciendo que el otro alzara su cabeza un momento para mirarlo.

– Ah, perdona, debo estar hablando muy alto... – Yoichi sonrió levemente y lo observó con esa dulzura calma que lo caracterizaba, cosa que esta vez no estaba haciendo efecto en el pobre Kudo.

– No no, está bien. Yo sólo... me preguntaba... ¿Qué significó eso? ¿Planeas irte...?

Los miles de escenarios que imaginó en segundos en los que Yoichi se iba o escapaba de su base militar, con tal de "protegerlos" a él y a su tropa, se esfumaron en un instante al verlo negar. – No no no, no es eso. Me refería más bien a... la muerte, en general. No digo que moriré pronto, pero con mi hermano allá afuera cualquier cosa podría pasar. Así que sólo pedía por... algo, luego de mi muerte.

La explicación no fue demasiado tranquilizadora, sinceramente. Le aliviaba que al menos no estuviera pensando en la arriesgada decisión de irse de allí con tal de que todos estén a salvo, de que All For One no los aniquile a todos por interponerse entre la búsqueda de su hermano y él. Pero escucharlo decir que quería algo luego de su muerte, como anticipando que vendría... generó un extraño sentimiento amargo dentro suyo que no pudo descifrar.

– Es... algo feo pensar así, no deberías... Aunque tu hermano esté afuera buscándote y cualquier cosa pueda pasar, no deberías ser tan... fatídico...

El otro volvió a negar, sonriendo un poco más en compasión. – Sé que suena pesimista, pero por más positivo que me guste ser, soy más realista en esto... Es más como... si pidiera un favor para cuando ya no esté, que no tiene porqué ser temprano, pero nunca está demás prevenir que lamentar. De todas formas, hasta que no suceda, seguiré disfrutando mi vida y lo que tiene para ofrecerme. No te preocupes.

Puso una leve mueca antes de soltar un suspiro. Bueno, al menos no pensaba en cosas tan negativas sino más allá de ellas. Demasiado más allá, si tenía que ser honesto. Lo que el albino tenía realmente apenas podía llamarse vida, mucho menos disfrutable. Estaban en un constante estado de alerta y supervivencia, teniendo que ser cautelosos y precavidos para absolutamente todo: salir e ingresar al cuartel base lo más discretamente posible, vigilar que nadie los esté vigilando a ellos, monitorear cámaras externas e internas constantemente, revisar los perímetros y las afueras, mirar los alrededores a cada momento en busca de actividad sospechosa, prever todo tipo de ataques y ofensas por si llegaban a necesitarlo, no dejar rastro en cada paso o movimiento que hicieran, y la lista continuaba estresantemente larga. Cada acción o huella en falso podía ser fatal, tanto que Yoichi debía permanecer allí en el resguardo de su base por el bien de su seguridad, cosa que al mismo Kudo nunca le había parecido bien pues fue como trasladarlo de un encierro a otro, pero el hombre no discutía nada y aceptaba todo con una sonrisa comprensiva. Toda su vida había sido y venía siendo una miseria, y sin embargo, el mínimo refugio y necesidades básicas que podían brindarle parecían serlo todo para el pobre Yoichi.

– ¿Disfrutas de estar aquí? ¿Realmente... estás bien con lo que tienes? – soltó la pregunta sin pensarlo, como para no arrepentirse y escuchar la respuesta que debía oír. Porque si el albino realmente no estaba teniendo la estadía que merecía, por más que le duela era su deber saberlo y asegurarse de cubrir sus inquietudes en lo posible.

Él lo miró con su sonrisa calma y templada, apartando un poco la mirada hacia el cielo negro mientras acariciaba sus dedos por la taza vacía en su regazo. – Pues... Tengo un techo, una habitación, agua y alimento, un paisaje hermoso y buena compañía... ¿Qué más puedo pedir? Es todo lo que puedo tener y todo lo que necesito...

Parecía que ni el hecho de que viniera de tan desgraciado pasado podía contrarrestar lo alegremente dulce que sonaba, realmente se escuchaba como si le bastara tener lo mínimo a duras penas. Yoichi, siempre tan modesto y humilde, quien se merece el mundo entero aunque no pueda tenerlo y no le importe carecerlo, aceptando lo que le ofrezcan con generosidad. ¿En serio ese hombre era hermano mellizo del mayor tirano egocéntrico de la historia? ¿Qué tan estúpido y cruel podía ser el universo?

– Claro, claro, pero... No puedo evitar preguntarme... ¿No hay nada más que anheles? ¿Nada más que quieras?

– ¿Aparte del fin de la guerra? No, creo que nada... – respondió luego de un momento, pero se quedó pensando con una mano en su mentón. – Tal vez... Salud y una vida plena y próspera para ti y tus colegas, eso es lo que más quiero. Yo ya fui salvado, no puedo pedir nada más.

Kudo no pudo evitar una suave risa, entre incrédulo y enternecido. Ni tenía que intentar probarlo más, Yoichi era sin dudas la persona más pura y bien intencionada que alguna vez conoció. Tanto que pensaba más en el bienestar de los demás que en el suyo, tal vez demasiado para su propio bien.

– ¿Y qué hay de ti? ¿No quieres algo para ti también? – volvió a preguntarle algo insistente, ojos verdes oliva y rojos escarlata conectando nuevamente. Él sólo curvó sus labios suavemente, gentil y paciente ante sus preguntas.

– Tampoco es que pueda darme el lujo de desear algo para mí. Mi hermano, altanero y poderoso, quiere adueñarse del mundo, entonces yo no puedo poseer nada. Ni siquiera desde que éramos niños tuve algo realmente mío, todo era de él y para él. En un mundo donde lo quiere acaparar todo no puedo aferrarme a lo material, sólo a... estas pequeñas cosas simples pero propias, como la sensación de una bebida en mi boca, el olor de la ropa recién lavada, el sonido lejano de tus soldados al caminar por los pasillos, la sensación de la brisa en mi rostro, las historias que leo, los relatos de batalla que me cuentan, las noches que me siento aquí a rezarle a la Luna, o incluso una charla de madrugada como éstas...

El pelirrojo casi que enmudeció, viéndolo con el asombro y admiración de quien escucha a un poeta recitar su obra. Porque así sonaba Yoichi, una persona llena de sentimientos y emociones artísticamente bellas, que encontraba valor en cosas tan minúsculas del día a día y lo expresaba con tanto cariño que parecía irreal.

– Entonces... ¿Es por eso que adoras tanto la luna? ¿Porque es algo que All For One... digo... tu hermano no puede quitarte?

– Exacto. – el otro sonrió más al notar la cara pensativa que tenía, como si su cerebro lo estuviera procesando. – Es algo que, por más que sea el hombre más poderoso del mundo, no puede tener. Es algo que no puede ser suyo, y es suficiente para que pueda ser mío, pues nada en este mundo me pertenece excepto las cosas que amo.

Y algo hizo click en su cabeza, finalmente entendiendo. Todo podía ser tomado, consumido y destrozado por el monstruoso All For One. Todo podía ser arruinado, extinguido y eliminado, cualquiera podía morir el día de mañana, cualquier edificio podía ser derrumbado o cualquier ciudad podía ser arrasada, cualquier cosa podía caer bajo su dominio. Pero ni el prepotente de su hermano podría jamás quitarle a Yoichi lo que su satélite significaba para él, el valor e importancia que este tuvo en sus peores momentos. Porque no había sido sólo una fuerza superior a la que sujetarse ante la desesperación, la Luna había sido la primera y única posesión del hombre en el mundo tan egoísta que quería crear su hermano. Un sentimiento tan simple pero fuerte como ese amor sobre las cosas sencillas no puede ser simplemente robado, es algo totalmente personal para quien lo genera, algo que se conserva en la corteza y se guarda eternamente en el alma, y es algo que nadie podía quitarle ni con todos los poderes del mundo.

Abandonó la mirada del perfil del albino para girar la cabeza hacia la luz plateada bañando a ambos. Parecía que el satélite no sólo quería brindarle amparo y contención a quien rezaba sino también al pobre soldado sentado a su lado, quien estaba teniendo algunos pensamientos profundos. Le hubiera gustado entenderlo más temprano, haber podido apreciar su vida mientras pudo como lo hacía Yoichi. Le hubiera gustado atesorar sus momentos antes de que todo el caos se desatara, antes de que la sociedad se torciera y estallara en el pánico de lo desconocido, antes de enlistarse y autoproclamarse líder e imagen de quien arreglaría todo (de lo cual no se arrepiente para nada, porque alguien debía hacerlo). Pero a veces, sólo a veces, se pregunta cómo sería todo si simplemente nada hubiera pasado: si las habilidades meta no hubieran transformado al ya inestable ser humano para cargarle en la espalda superpoderes que no merecían y hacer detonar aún más la discriminación, el miedo, el odio y los problemas mundiales. ¿Qué hubiera sido de su familia, amigos y cualquier vínculo que tenía fuera de lo profesional, a quienes ya no tiene posibilidad de ver jamás? ¿Qué hubiera sido de él, de sus compañeros y tropa, y qué papel tendrían ahora en la sociedad en vez de justicieros en las sombras? ¿Qué hubiera sido de Yoichi, a quien nunca hubiera conocido bajo esas circunstancias, a quien nunca hubiera conocido, ni salvado, ni le hubiera devuelto el brillo humano a los ojos porque sus destinos nunca se habrían cruzado? Su vida nunca hubiera tomado el rumbo que tomó, pero tantas cosas se habrían evitado como otras tantas ni siquiera habrían sucedido, y eso generaba un amargo conflicto en su estómago que lo hacía sentir un mísero egoísta.

Pero lo que más, más hubiera amado sería haber comprendido a Yoichi esa madrugada, esa noche que éste le compartió su más íntimo secreto y lo escuchó susurrar sus oraciones bellas e inentendibles dirigidas a la Luna. No se animó en el momento a preguntarle a qué se refería exactamente con "entregarle algo en sus manos y hacer que brille por él", no tuvo el valor de saciar sus dudas porque estaba tan fascinado por su filosofía, su postura, su mirada encandilada, su sonrisa y su ser que hacían temblar su mundo que no pensó que tenía un significado tan profundo, tan importante, que sólo eran pedidos inocentes en tiempos desesperados. Justo como pensó que el hecho de que admirara tanto a su astro no tenía ningún porqué. Qué equivocado estaba, qué ingenuo había sido y qué idiota se siente aún pues no puede creer que había bajado la guardia de tal manera sólo por tratarse de Yoichi.

Cuando se cumplieron exactamente dos meses desde que lo habían rescatado de su infernal hermano, éste mismo fue a recuperar lo que reclamaba como suyo. Los descubrió, encontró la base secreta de la Resistencia y salió a cazarlos, emboscándolos en medio de sus rutas subterráneas de escape. Cumpliendo su papel de líder a la perfección aún entre el pánico, Kudo había coordinado la caótica huida dado instrucciones rápidas a cada miembro, empacado lo necesario y arrastrado a Yoichi de la mano, corriendo con todas sus fuerzas junto a su tropa, pero no fue suficiente. Cegado por la rabia, All For One erró el disparo de su poder que iba originalmente dirigido a él y terminó matando a su propio hermano, destrozándolo vivo y deshaciendo su existencia como si se hubiera esfumado en el aire frente a los atónitos ojos del pelirrojo. Ni siquiera tuvo tiempo de procesar lo que pasó, de pararse a dudar si lo que acababa de ocurrir había sido real, de limpiarse la sangre ajena que había salpicado su cara y uniforme, ni de llorar, gritar o de acabar con el tirano en venganza, ni de nada. La mirada del villano lo encaró igual de impactado mas se veía espeluznantemente vacío, impulso suficiente que levantarse y escapar junto a todos los demás, el shock, la impotencia y una angustia irreconocible desbordando su acelerado corazón e impulsándolo a correr en automático sin mirar atrás.

Llegar al refugio de emergencia fue un infierno: todos sus colegas ansiosos y aterrados, algunos heridos, otros en medio de la vida y la muerte y otros faltantes que ni siquiera lo habían logrado. Toda esa tropa restante esperaba su consuelo y dependía de él en ese momento, de su líder calculador y estructurado que siempre sabía mantenerse bajo presión, siempre tenía un plan y sabía qué hacer a continuación. Y sin embargo, las palabras no le salieron como eran debidas, no calló a todos con su aura imponente como siempre hacía, no pudo enfocar los ojos fieros para que todos se quedarán quietos en su lugar, no encontró potencia en su voz para ordenarlos ni la fuerza necesaria para lidiar con el caos externo e interno que tenía delante. Simplemente se giró sobre sus pasos y, para sorpresa de los que lo vieron entre tanto desorden, se encerró de un portazo en su oficina personal, sin poder soportar el torbellino de voces angustiadas y todo lo que estaba pasando.

Tuvieron que hacerle revisiones y análisis por su propio bien, pues él había sido quien más cerca estuvo del ataque asesino del villano y podría haber salido afectado por este. Luego de extracciones de sangre, radiografías y muchos análisis para asegurare de que no le hayan quedado secuelas, su segundo al mando y asistente en las operaciones, Bruce, fue quien finalmente le reveló lo que Yoichi había querido decir en su momento con sus ruegos a la luna:

Su habilidad meta; lo que quería "entregar" era su poder, uno oculto y secreto que tenía guardado en lo profundo de su débil cuerpo y que pareció ser tan insignificante como para no haber sido notado por el maleante All For One. Uno propio y con el que nació, como él y todos los desgraciados humanos prodigio, y parece ser que dicho poder de alguna forma estaba ahora dentro del propio Kudo. Quien "debía hacerlo brillar por él cuando no estuviera, cuando tuviera que irse". Ahora su propia y poderosa habilidad meta y la pequeña y casi imperceptible del hombre de cabellos níveos convivían juntos en su ser, como dos llamas ardientes e irregulares en su espíritu que más que brindarle calidez lo estaban quemando vivo, estaban abrasando sus entrañas e incinerando lo poco que le quedaba de prudencia.

No pudo contestar ni ayudar a Bruce cuando éste empezó a hacer preguntas, teorías y búsquedas sobre cómo carajos se supone que Yoichi le había entregado su poder. La poca información que se tenía aún de las habilidades meta era aún muy compleja, pues como aún no se terminaba de entender cómo el gen humano había mutado para dar lugar a lo sobrenatural, tampoco se explicaban sus reglas o leyes biológicas. Pero había algo en lo que todos, si les preguntasen, responderían igual: no podían compartirse o darse. La mente de Kudo iba a mil por hora, tan ida de la realidad buscando en cada rincón de su memoria alguna señal, algún momento específico o indicio en el que hubiera sentido el cambio, pues la transferencia de un maldito superpoder no podía haber sido inadvertida, mucho menos si se la había dado el albino. Él era el Líder de la Resistencia contra la tiranía del autodenominado Rey Demonio, maldita sea, no podía habérsele escapado un detalle así de importante. ¿Lo peor de todo? Yoichi lo había expresado, implícitamente, pero lo había dicho en voz alta y murmurada, y él lo había oído con total ignorancia e inconsciencia. No sabe desde cuándo lo había dispuesto, pero parecía como si el albino hubiera tomado la gran decisión hacía un buen rato a juzgar por cómo le había rogado a su diosa plateada para que heredara su poder y pudiera guiarlo cuando ya no pudiese acompañarlo más en el plano terrenal.

Esa misma noche que lo perdió, la noche en que el hombre al que salvó, guió y juró cuidar y proteger con su propia vida perdió la suya, Kudo se perdió a sí mismo. El hombre con quien compartió los únicos dos meses de vivencia de calidad que tuvo en toda su desdichada vida, con el que tuvo momentos a solas en los que dejaba caer su coraza de soldado impasible e impenetrable y sólo se dejaba ser otro simple ciudadano lleno de incertidumbre y preocupaciones. A quien buscaba con la mirada, en quien encontraba paz y calidez al ver sus ojos color oliva, sus sorprendentemente sedosos cabellos blancos a la altura del hombro y su sonrisa, su sonrisa siempre tan gentil, honesta, pura, brillante. A quien podría escuchar hablar de esa forma profunda y hermosa que sólo él tenía por horas y sin cansarse, y quien siempre le sacaría una genuina sonrisa con sus suaves risillas y mejillas coloradas por la vergüenza. Ese ser humano con alma tan bella, tan imperfectamente perfecto, tan maldito por compartir sangre con el villano infernal que trajo perdición al mundo inestable, con quien el universo había sido demasiado injusto y no merecía absolutamente nada de lo que le había pasado. Ese maravilloso ser humano que le causó tantas emociones inefables como potentes, ya no estaba.

Esa noche, Kudo pasó de largo a cada miembro de su organización que se cruzó apenas dio el toque de queda, adentrándose a su oficina central como un huracán y descargando sus sentimientos confusos y encontrados en los inocentes muebles de la habitación. Pateó sillas, derrumbó mesas, rompió varios jarrones y estatuillas decorativas, usó su poder para reventar a la velocidad de un jet sus libros y archivos contra la pared que luego también fue a maltratar físicamente. Maldijo a todo lo que cruzara su tormentosa mente, gritó barbaries como un desquiciado y derramó lágrimas de ira como si fuera un animal salvaje, desesperado por escapar de ahí, de sí mismo y de la cruda realidad que debía afrontar ahora que le había arrebatado a su par.

No sabe si fue la incoherencia del momento, la frustración y emoción contenida o el hecho de que ahora tenía literalmente una parte de Yoichi en su interior, el hombre con el que tuvo lo más parecido a un amor en su vida, o qué. No lo sabe realmente, pero algo hizo que, en un intento por calmarse, respirara audiblemente hondo y tomara un asiento de los que había lanzado por el suelo desastroso, levantándolo y acomodándose frente a la ventana. Se dejó caer sentado con un suspiro pesado, frotándose los acuosos ojos rojos junto con su frustrado rostro antes de alzar la vista y buscar algún rastro de luz de la Luna entre los nubarrones oscuros.

Notes:

KUDOICHI MI IMPERIO ROMANO

Es que son?!!$&"!!?%?#""?#%?#?&!?$#%?! Creo q me obsesioné-

Descubrir su ship fue cmo una revelación, una MUY DOLOROSA pero muy bella. Es de los pocos ships de BNHA que tranquilamente podría ser canon y nadie tendría ningún problema (hasta tendría sentido y resolvería muchas dudas), HORIKOSHI POR FAVOR NO TE PIDO NADA MÁS-

Siempre imaginé ''My Love Mine All Mine'' como si el que cantaba le rezara a la luna, así q lo combiné con Yoichi y nació esta idea. Sin embargo no esperaba que fuera a terminar siendo TAN LARGA- Rompí mi propio record muchachos 😋🙏🎉

Les aseguro q este no va a ser ni por asomo el único fic q haga de estos. Mi creatividad me sorprende hasta a mí a veces JDKSJDKJ

En fin, espero les haya gustado leer tanto como yo disfruté escribir a esta hermosa pareja, q la Luna los ampare :p