Chapter Text
Edward no era especialmente fan de las granjas de humanos.
Por supuesto, comprendía que eran un mal necesario. Especialmente él, como vampiro, no tenía derecho a negar las ventajas, a veces incluso la necesidad, de tener un humano a mano. Es solo que sentía que hoy en día se podría, al menos hasta cierto punto, sustituir a las granjas por alternativas más prácticas.
-¡Salud! - Alice exclamó, sujetando una de dichas alternativas entre sus dedos.
Edward le devolvió el brindis, y ambos vaciaron la poción cian en sus gargantas. El cariñosamente apodado mejunje era sin duda un gran invento de la vida moderna, y a él le debían agradecer poder convivir junto con tantas personas a las que su cerebro de depredador insistía en etiquetar como presa. Y, en este caso, les permitía a ambos entrar en un espacio con cientos de indefensos humanos de forma segura. O, al menos, más segura.
Su hermana bajó del carruaje de un grácil salto, su vestido de encaje lavanda bombeado alegremente con su animado caminar.
-Estás muy contenta. - Casi le recriminó Edward.
-Y tú no lo bastante. – Le devolvió ella. - ¿No es esta compra para ti, al fin y al cabo?
-Una compra del todo innecesaria. Una me sirve de sobra.
-Bueno, todos en la familia hemos tenido ya varios, no sería justo que se te castigara por ser cuidadoso.
-Pero no lo necesito.
-Tampoco necesita Rosalie dos habitaciones para sus vestidos, ni Jasper dos estudios. – Alice se giró sobre un talón, y continuó el camino hacia la entrada andando de espaldas para mirar a su hermano mayor. - Acepta algún que otro capricho de vez en cuando. Que seamos no-muertos no quiere decir que no podamos vivir un poco.
Edward puso los ojos en blanco.
"Además" escuchó, directamente desde los pensamientos de la joven vampira "Este día tiene el potencial de cambiar en gran medida nuestro futuro. ¡No puedo esperar!"
Una sucesión de nebulosas imágenes inundaron la mente del propio Edward, una de las corrientes del manantial que eran las visiones premonitorias de Alice. El jardín de la finca floreciendo con un esplendor como nunca se había visto. Su dormitorio cubierto de polvo y telarañas, abandonado. Una sonrisa de felicidad en el rostro del propio Edward, o el llanto de su madre. ¿Eran visiones contradictorias, que revelaban varias vías futuras? ¿O un solo y estrafalario posible camino?
-Un nuevo miembro en la familia puede cambiar muchas cosas. - Concordó él.
El recepcionista, Embry, un hombre lobo que trabajaba de la Granja de Humanos de La Push, estaba encantado de atender a la familia patriarcal de Forks, o eso intentaba dar a entender al deshacerse en atenciones y acompañándolos a ambos para guiarles por los terrenos él mismo. Edward hubiera estado agradecido, de no ser por el pensamiento constante en la mente del licántropo sobre el mal olor de ambos, que atestaba su apreciada granja con un enfermizo dulzor. Para ser justos, ninguno de los vampiros disfrutaba tampoco del olor de perro mojado de su anfitrión.
-Mantenemos a todos los humanos en la Granja en perfectas condiciones. - Continuaba el hombre la publicidad de su propio negocio. Y, ciertamente, Edward tenía que admitir que las instalaciones estaban limpias, los humanos espolvoreados por los edificios y terrenos con ropas de lino en buen estado y una buena higiene. - Perfectamente sanos, ideales para vampiros tales como ustedes. Son completamente autosuficientes, capaces de comprar y cocinarse su propio sustento por supuesto, y en general tienen un amplio repertorio de capacidades y habilidades ya que les hacemos rotar entre todo tipo de trabajos domésticos y oficios. Aunque, si desean algún talento específico, puedo señalarles.
"El único talento que necesitan tener es sangre palpitando por sus venas" pensó Edward con macabro humor.
El vampiro no sabía qué debía buscar, porque realmente no tenía necesidad alguna de un esclavo personal. En la casa tenían más que suficientes, en su opinión. Y, observando con atención como los humanos a la venta creaban objetos sencillos de artesanía en distintos talleres al aire libre, atendían el pinar y los cultivos del recinto, o transportaban diversas cajas entre los pequeños edificios de ladrillo que conformaban la granja… Sólo podía pensar que él mismo podría hacer cualquiera de aquellas tareas de forma infinitamente más eficaz. Aunque, claro, eso le dejaría ocupado sin poder participar en su propio ocio, como le habían señalado numerosas veces los miembros de su familia.
Los tres llegaron a una bifurcación, pudiendo elegir entre visitar una de las alas de residencia, o la otra. Antes de poder escuchar la recomendación del guía, la visión de Alice palpitó imperiosa en la mente de ambos, prometiendo un futuro emocionante si giraban a la derecha. Nada concreto, solo la sensación de vertiginosa felicidad de algo nuevo. Quizás si dejaba el mejunje durante unos días, su visión se podría centrar en datos más específicos.
"¿Y bien?" Le preguntó Alice en su mente, la sonrisa filtrándose en la voz de sus pensamientos "¿Te animas a una aventura?"
Edward no tenía especial intención de cambiar drásticamente su cómoda y eterna vida, pero menos intención todavía tenía de contrariar a su hermana. De modo que giró a la derecha.
Una corriente de brisa fresca trajo un olor nuevo a la nariz del vampiro, uno que destacaba por encima del olor a pino, a perro mojado, e incluso por encima del olor a humanos. Un olor que impulsó el cuerpo de Edward hacia el mismo, a una velocidad mucho mayor de la que sería educada en presencia del licántropo. Apenas era consciente de las quejas del hombre lobo, o a su hermana intentando seguirle el ritmo. O de la puerta abierta por la que se filtraba el aroma más dulce e irresistible que jamás hubiera percibido. Y, sentada en una mesa, la mirada centrada en una insulsa ocupación, se encontraba la dueña de la nueva razón de su existencia. La pequeña parte de la mente de Edward que aún conservaba la cordura suplió la explicación, el término que explicaba su repentino éxtasis, usando la voz de Emmet de aquella tarde de otoño en la que le había contado su propia experiencia.
La tua cantante.
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Yo no era especialmente fan de las granjas de humanos.
Debería serlo, al menos de la Granja de La Push. El cariño de uno de los dueños hacia Charlie, mi padre, me había permitido acogerme en ella cuando el nuevo dueño de mi madre se había declarado incapaz de seguir cuidándome. Y en los últimos meses había podido reconectar con Charlie, volver a la Granja en la que yo había nacido. Pero, como había temido, la ausencia del sol, de mamá, de todo lo que hasta entonces había conocido... me hundía en la más profunda de las penumbras.
Lo que no había podido predecir, era la sensación de impotencia.
Aquí en La Push, lejos de mi madre y teniendo alcanzada ya casi la edad adulta, carecía de protección del mundo real. De modo que mi olor, que tan apetecible les resultaba a los vampiros, me hubiera ganado una compra rápida... Si no fuera por mi propia inutilidad. Por muy dulce que fuera mi sangre, ningún vampiro tiene paciencia, ni vajilla, infinita, mientras que la torpeza que me hacía destrozar platos sí que lo era. Ser devuelta a la Granja había sido una humillación, pese al evidente alivio de Charlie. Pero yo no quería ser relegada a tareas no físicas, como si fuera una anciana o una niña. Por muy interesantes que fueran los libros que me hacían leer y reseñar para la biblioteca local, no quería simplemente ocupar espacio en la Granja. Quería ayudar. Quería ser útil.
Enredada en aquellos lúgubres pensamientos, y no en el libro desfasado entre mis manos, no fui consciente del invitado que se acababa de presentar como una silenciosa tormenta a mi lado. Simplemente, de repente, me encontraba atrapada entre la pared y un cuerpo igualmente frío y duro, mis manos agarradas entre los grilletes que eran sus dedos, una nariz recta aspirando mi cuello. Apenas podía ver nada pasada la maraña de liso pelo cobre, pero cuando mi captor abrió la boca, pude entrever unos afilados colmillos de marfil.
Y entonces supe que iba a morir.
Los vampiros no beben de los humanos mordiéndolos. Incluso con la ayuda del mejunje, la tentación sería demasiado grande, no podrían refrenarse al sentir la sangre caliente en su boca. Acabarían con la vida de su esclavo. Y, aún en el caso de que yo sobreviviera al mordisco, su ponzoña podría convertirme en uno de ellos. Cualquier vampiro respetable tendría que matarme igualmente, antes de aquellos tres días.
-EDWARD. - Bramó una aguda voz en algún lugar cerca de la puerta. - Admiro tu entusiasmo,
¿pero no crees que hay algo que tienes que hacer antes?
El vampiro que aún me retenía gruñó como un animal salvaje, erizando todos y cada uno de los pelos de mis brazos. Pero se alejó lo bastante como para que pudiera mirar a los ojos de mi asesino.
Sin embargo, no fue eso lo que encontré. Me devolvieron la mirada unos ojos verdes, el ámbar de la sangre animal mezclado con el azul del mejunje. Unos ojos fríos, sin pizca del brillo rojizo que tenía los ojos de aquellos vampiros que bebían sangre humana. Claros, sin la oscuridad que alertaba de hambre.
Unos ojos seguros.
-Edward. - Le recordó la mujer de la puerta, a quien ahora podía ver acercándose y colocando una mano sobre su tenso hombro.
-Está bien.- Dijo finalmente, las palabras escapándose entre sus dientes. El aliento que hasta entonces había estado enfriando mi cuello se detuvo, y con el poco aire que quedaba en sus pulmones detenidos, dijo apresuradamente. - Ella.
-Oh... ehm, sí, buena elección, es una esclava muy inteligente que...
-Me da igual. - Le ladró, aún con su mirada clavada en la mía. Tragué saliva, y sus ojos siguieron el movimiento de mi garganta.
Embry se acercó, y lentamente, pero sin aceptar oposición, me liberó de su agarre
-Vengan al estudio, hay un documento que deben firmar, y ella tiene que preparar sus cosas.
El vampiro que iba a convertirse en mi dueño se tensó, una estatua de alabastro con las pupilas fijas en mi reticente huida. Creo que solo las manos de la mujer que lo acompañaba y las de Embry, sobre él, le impedían romper su autoimpuesta parálisis.
Pude salir del estudio común, y hasta andar unos pasos por el pasillo, antes de derrumbarme contra una pared. Mi respiración incontrolada, un dolor que hasta ahora no había podido registrar palpitando tras mi cabeza al frenético ritmo de mi corazón, hicieron que un sollozo se escapara sin permiso de mi garganta.
Esperaba poder dejar de oler a puro terror antes de tener que volver con los vampiros.
Cuando llegué al estudio, una bolsa con mis pocas posesiones en mano, el rostro del vampiro llamado Edward ya estaba de nuevo anclado en mi dirección, moviéndose con fluidez felina para seguirme mientras me sentaba en uno de los asientos de madera del lateral. Los sillones estaban reservados para las criaturas sobrenaturales.
Embry se guardó uno de los dos papeles firmados.
-Edward Cullen en representación del Patriarca Carlisle. Todo listo... pero, si esperan un momento, su padre debería llegar en cualquier momento. Le dejarán despedirse, al menos, espero.
-Pues claro. - Confirmó la mujer vampiro, para mi alivio.
-Es un gran trabajador, su padre. - Comentó el dueño, siempre buscando hacer nuevos negocios. - Se ha ganado el respeto de toda La Push, y mantiene el orden en la Granja que da gusto, como si fuera un sheriff. Sería una pena perderlo, la verdad... pero creo que más pena sería separarlo de su única hija. La madre no se encuentra ni siquiera en este Estado, así que no...
Embry se calló en cuanto Charlie hizo acto de presencia, abriendo la puerta con más fuerza de la que debería. Me levanté, pero mis piernas temblaron bajo mi peso y tuvo que ser él quien corriera a mi encuentro, sujetándome en un abrazo mientras me derrumbaba, en todos los sentidos de la palabra.
-... Así que, si por algún casual estuviesen necesitados de dos esclavos...
El vampiro parecía estar a punto de decir algo, pero la vampira le interrumpió con estrellas en sus ojos castaños
-¡Sí!- Le dedicó una sonrisa a su acompañante. - Nos vendría buen alguien con experiencia que sepa cuidar del jardín, ¿verdad? Los de aquí son preciosos.
-De acuerdo. - Dijo él.
Iba... ¿Me iban a comprar junto con Charlie?
-... Gracias- Respiró Charlie.
-¡A ti! Predigo que vamos a ser grandes amigos. - La sonrisa de la vampira era demasiado afilada como para ser reconfortante.
-¡Estupendo! Charlie, ve a por tus cosas, despídete de quien haga falta, y...
-Nos vemos en las cuadras. - Interrumpió Edward, poniéndose en pie. Charlie me echó una última mirada de preocupación, pero tuvo que salir de la habitación bajo las expectativas de los dueños. - Alice, firma tú sus papeles. Os esperamos en el carruaje.
Y con estas palabras, me encontré siendo llevada casi en volandas, el viento azotando mi cara hasta detenerme más bruscamente de lo que hubiera deseado. Y, de nuevo, encerrada entre sus brazos y un carruaje de madera oscura, me acosaba un vampiro sediento de mi sangre.
No cualquier vampiro. Mi nuevo dueño. Uno que me iba a permitir quedarme con Charlie.
Me remangué la manga blanca, a duras penas en el limitado espacio que me estaba dejando. Si lo hacía debidamente, en el brazo, no me importaba servirle. No sería la primera vez.
Sus ojos lima se deslizaron por las cicatrices de antiguas veces que lo demostraban. Y finalmente, en mis ojos, con los que intenté transmitirle mi permiso. No a todos los seres sobrenaturales les importaba, pero quizás lo hiciera más fácil.
Acercó su rostro al mío, lo cual hizo evidente que había vuelto a dejar de respirar, y como acto reflejo tampoco yo, durante unos segundos.
-¿Por qué no puedo leerte?
-Ahm. - Parpadeé, algo desorientada. - ¿Qué?
Un último vistazo hacia mi brazo, y de repente se apartaba de mí.
-Después. - Prometió, en voz baja. Y no supe distinguir si era una amenaza para mí, o un consuelo para él.
