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Imitando la sutileza con la que el viento y las flores empiezan a bailar al son del sosiego matutino, el dulce aroma a hotcakes recién hechos invadió su sentido del olfato, despertándolo de forma íntima, cariñosa, regalándole sin querer un facsímil de paz.
Abrió sus ojos, parpadeando un par de veces antes de acostumbrarse a los tiernos rayos de sol.
A decir verdad, ni siquiera le interesaba saber la hora o el día; se sentía tan relajado que poco o nada podría importarle dónde estaba, o quién tenía tan buenos dotes en la cocina como para despertarlo con el simple olor de un desayuno. ¿Cuántas veces podía darse el lujo de amanecer junto al astro rey y su luz ambarina? ¿cuántas veces en toda su maldita vida había dormido tan bien al punto de perder la noción del tiempo? ¡¿cuántas veces se había despertado con el olor de un pan recién hecho, en lugar de levantarse ajetreado por el estruendoso ruido de las balas o los desgarradores gritos de la gente?!
No quería pensarlo muy a fondo; no valía la pena, no era digno de él. Al fin y al cabo, disfrutaba más de las sorpresas que el presente podía darle.
Se levantó a duras penas; tampoco es que tuviera muchas ganas de abandonar su cama, pero era eso o quedarse sin desayunar. ¿A quién carajos le importaba saber quién estaba en planta baja? porque a Erron no.
Sus pies descalzos tocaron el suelo de madera, enviando un estímulo a su cerebro que logró despertarlo completamente.
De hecho, fue ahí donde hizo sinapsis y por fin comprendió su situación. Uno, estuvo durmiendo toda la noche en casa de Kano; dos, habían terminado una misión muy importante -la cual ni siquiera recordaba- y al parecer celebraron su victoria en grande -lo que explicaba por qué no traía puesta la mayoría de su ropa- y tres, quien por obvias razones estaba haciendo el desayuno, era Kano… sí, ese desquiciado psicópata australiano que no conocía la definición de “tranquilidad”.
Ese mismo hombre que le dejó moretones en las caderas y en los glúteos…
—Carajo, ese cabrón me las va a pagar. —Murmuró, como si pudiera despellejarlo en ese preciso momento.
Aunque sin duda no estaba pensando lo mismo la noche anterior.
Luego de maldecir su calentura y su MUY bajo estándar en hombres, salió del cuarto con dirección a la cocina. Sí, odiaba, aborrecía al autor de esos moretones en su cuerpo, pero querer matarlo no le iba a quitar el hambre.
Para su sorpresa, sin siquiera haber llegado bien a su destino, ese tono de voz tan burlesco y grave que tenía la desgracia de siempre escuchar, le taladró los oídos.
—Hasta que despierta mi Bella durmiente ¿la ramera disfrutó sus más de ocho horas de sueño? digo, después de una buena cogida es muy agradable descansar ¿no? —Y ahí estaba de nuevo, esa vulgaridad que alguna vez lo enamoró cuan colegiala de falda corta. Odiaba admitirlo, pero es en serio, todos los hombres que le habían gustado en esta vida mostraban las mismas características -o al menos las más generales-. Eran vulgares -desde los gestos hasta su forma de hablar-, tenían el ego por las nubes y por supuesto, eran una máquina de sexo y hormonas que nada ni nadie podía parar.
Soltó un suspiro lleno de hartazgo, entrando a la cocina como si Kano nunca hubiera estado ahí; prefería ignorarlo a seguirle el juego. “De todas maneras terminaríamos cogiendo” pensó, agarrando una de las sillas del comedor para sentarse. —¿Y ahora a ti qué te dio por hacer de chef? pudiste simplemente haber comprado un desayuno en algún restaurante. —Respondió, en un muy burdo intento de desprestigiar el esfuerzo de Kano. No podía decirle que el olor de los hotcakes era riquísimo, y que estaba ansioso por grabarse su sabor en las papillas gustativas ¡nunca!
—¿Qué? ¿Acaso no puedo ser amable con el hombre que me declaró su amor la noche anterior? —Con un acento casi novelesco, puso el plato de hotcakes sobre la mesa, ofreciéndole su creación a Erron de manera no verbal. Por otra parte, el vaquero abrió sus ojos como nunca lo había hecho, sin esperarse esa respuesta tan… repentina.
La única palabra que resonaba una y otra vez por todos y cada uno de sus pasillos mentales era “¿Qué?”.
Ni siquiera pudo responderle o contraatacar de forma pasivo-agresiva. No tenía palabras o alguna perorata que lo hiciera sentir seguro, imponente tal cual siempre demostraba ser. Y es que no se acordaba de eso ¡su cerebro no guardó ningún recuerdo relacionado a! ¿Acaso el placer le nubló la mente a ese punto? ¿Entonces qué otras cosas no habrá dicho en ese estado tan vulnerable y tonto?
Sí, ese era un excelente buen día para morirse, enterrar su cuerpo en una fosa común y esperar a que se lo tragaran los gusanos.
Carraspeó para ganar tiempo y generar una buena respuesta, aunque muy dentro de sí sabía que nada podría salvarlo de tal humillación. ¿Amor? ¡Por dios, esas chingaderas eran sólo para las mujeres! Un hombre como él jamás se sentiría así… o al menos eso trataba de creer.
—Estás loco, Kano. Ese maldito ojo robótico te está chamuscando el poco cerebro que te queda. —Rio con nerviosismo, disimulándolo con su ácida voz de barítono. Su pierna derecha se movía tan rápido como la cama de aquella habitación, y aun así, la ansiedad no estaba dispuesta a dejarlo de joder.
—Salazar. —Erron se estremeció al escuchar su apellido en los labios de su jefe. —Créeme que si hubiera tenido la oportunidad de grabar lo habría hecho. Pero, si quieres, puedo describirte lo que pasó. —“Dios mío, mátame” pensó el vaquero, esperando una actuación tan hórrida que lo dejaría ciego de por vida y hasta con secuelas psicológicas. Kano apretujó sus propias manos y, cuan muchachita anhelando su amor veraniego, exclamó. — ¡Tu rostro empapado de sudor, con lágrimas desbordándose de tus ojos! ¡Oh, Erron! ¡Te veías tan hermoso, implorándome piedad y amor al mismo tiempo! Cosas que tú bien sabes que no puedo dar. ¡Pero aún así, aún cuando no atendía tu necesidad, me gritaste en medio del frenesí! “¡Kano! ¡Te amo, te amo, te juro que lo hago!"
Y justo cuando menos lo esperaba, otro recuerdo lo atacó. Sí, esa maldita actuación lo hizo volver en el tiempo. Lo hizo volver a la noche anterior, a la escena que Kano había representado -si es que eso podía llamarse “representación”-.
No podía escuchar nada más allá de sus propios gemidos, la respiración entrecortada de Kano y los pequeños besos que por el movimiento de sus cuerpos se volvían torpes. Hace mucho tiempo que no intimaban y, la verdad, es que nada en este mundo lo hacía sentir tan bien como coger con ese australiano de cuerpo fornido y varonil, lleno de tatuajes y cicatrices… tal cual le gustaban. Sentía sus piernas flaquear, aunque ni siquiera estuviesen en una posición complicada. Y es que cómo no hacerlo, sólo Kano sabía de sus puntos débiles, lo conocía mejor que nadie en ese sentido.
Y Erron, por más que ansiara volver un desastre al dueño de sus fantasías más obscenas, no podía, por una simple y llana razón: Kano no dejaba dominarse por nadie, aún si ese alguien era el único hombre al que deseaba con tanto afán, con tanto amor. Sí, Kano también lo amaba, lo amaba tanto que le daría el mundo en bandeja de plata, mataría a cualquier monstruo o persona que quisiera hacerle daño, intentaría de mil maneras hacerlo sentir amado y, sobre todo… le sería fiel en cada maldito segundo de su existencia.
Recordó como, en medio del orgasmo que lo llevó al paraíso, gritó esas mismas palabras que lo habían hecho recordar la escena. Esas palabras que habían estado ocultas, ahogadas en el inmenso océano de su corazón y que, de todas maneras, pudieron salir a flote, manifestándose en el peor momento. Erron no tenía consciencia de sí en ese instante, pero eso no le impidió escuchar la típica letanía que las mujeres solían gritar en las novelas de amor.
Esa letanía que, por mucho que odiara admitirlo, también quería escuchar.
“Yo también te amo, Salazar”
—Tú igual me lo dijiste.
—¿Eh? —Preguntó, genuinamente curioso por el murmullo que Erron dejó escapar.
—Tú me dijiste lo mismo, Kano. Dijiste que me amabas. —Erron se sintió satisfecho cuando notó que la sonrisilla de Kano se había convertido en una mueca de incredulidad. En busca de contrarrestar el ataque de su compañero, cruzó ambos brazos y sentenció.
—Fue parte del momento. No soy homofóbico ni nada por el estilo pero… simplemente no eres mi tipo ¿sabes? Además, jamás podría amarte. En general, no me gustan esas cosas, las relaciones afectivas son una piedra en el zapato.
—En lo último estoy muy de acuerdo, pero créeme que igual estaría interesante tener una relación más… íntima contigo; más allá del sexo quiero decir. —Kano abrió sus labios como si quisiera contestarle, pero no salió ni una palabra de ellos. En cambio, soltó un bufido, sin creerse todavía la respuesta de Erron. Era muy consciente de que ese hombre no lanzaba palabras al viento sólo por diversión, así que todo lo que dijo había sido en serio. ¿Cómo podía aceptar esa propuesta sin parecer un urgido enamorado? ¿cómo podría hacerle saber que lo correspondía y lo mucho que lo amaba sin quedar como alguien asquerosamente cursi?
Los dos eran unos estúpidos, y lo peor es que ni se habían dado cuenta.
—Sí… supongo que la idea no es tan mala. Podríamos intentar algo si quieres ¡aunque claro! No prometo nada, compañero. —Se defendió, mirando de reojo la figura del vaquero acercándose hacia él.
—Yo lo sé, ninguna mujer querría estar contigo.
—¿Se supone que eso tiene que ser una ofensa o un halago? Las mujeres son un estorbo en muchos casos, por no decir que en todos. Siempre terminan haciendo un desmadre por donde pasan.
—Tómalo como quieras, no me interesa. Pero… ¿Sabes? Creo que si quiero estar contigo es porque no soy una mujer. Sólo un hombre como yo podría aguantar todas y cada una de tus chingaderas. —Teniendo cuidado de que ese sentimiento llamado amor no se desbordara con tanta facilidad, Erron acunó una de sus mejillas con su mano, apreciando la textura áspera de su barba, regalándole al mismo tiempo su mirada alazana, esa que le pedía a gritos un beso, un roce, lo que fuera posible. Por otro lado, Kano abrazó la cintura de su compañero, notando lo vulnerable que se veía en ese momento. No podía defenderse, no traía su pistola, ni su sombrero, ni siquiera su máscara. ¿Quién, además de él, tenía la oportunidad de verlo así?
Como si ese fuera su último día en la tierra, juntó sus labios con los de Erron, percibiendo su textura, su sabor. Erron casi se ahogó de la sorpresa, pero cuando captó el ritmo del beso, lo siguió, sin dejarse alterar por la avidez de Kano.
Fueron uno, dos, tres, incontables besos que compartieron, permitiéndole a su contrario ver la parte más dócil de su personalidad. Si Erron era tan permisivo y hasta paciente con Kano era porque lo amaba. Porque ansiaba besarlo con cariño y no con lujuria, pensar en la sensación que le provocaban los feroces labios de su jefe, lo rasposo de su lengua y dejarse embriagar por el efluvio del amor.
Si Kano era tan bromista y “ácido” con Erron era porque le encantaba ver sus reacciones, la forma en la que se defendía lo volvía loco, incluso, la forma con la que solía maldecir a todo aquel que le faltara al respeto, presumiendo su repertorio de groserías.
Tal vez Kano no era tan romántico como Erron pero, si se lo proponía, podía llegar a ser el mejor hombre del mundo… a su manera.
