Chapter Text
ㅤㅤLas voces del grupo resuenan en el vasto espacio, una fila de infantes que camina con cuidado, formados en parejas que se ordenan paralelamente. Avanzan lentos, casi parecen pequeñas crías de patos siguiendo a su madre, la profesora de turno encargada de guiarlos a la falda de la montaña que decora la región de Yufuin.
ㅤㅤLa mujer sostiene la mano del único niño que va sin pareja, se encuentra desafortunado ante el hecho de que su hermana menor ha enfermado y no ha podido ser partícipe del viaje.
ㅤㅤAhora el niño solo sigue al grupo en silencio, sin tener oportunidad de enterarse de las charlas infantiles que comparten sus compañeros. Como todos los demás, él observa los alrededores con fascinación mientras las cigarras cantan con el calor del verano. La brisa ligeramente fría ofrece una caricia a la mejilla del pequeño, quien es soltado por su maestra para que ella pueda pararse frente al grupo, deteniéndoles el paso.
ㅤㅤ—¡Hemos llegado al bosque de Yufuin! Recuerden no soltar a su compañero, ¿de acuerdo? La prueba de valentía está por comenzar —dice—. Pero antes de que iniciemos, ¿por qué no les cuento un poco sobre la historia de éste bosque? —Y tomó asiento sobre las escaleras que dan entrada al monte.
ㅤㅤLa apariencia que presencian los niños es imponente, el Torii antiguo que decora y cede bienvenida es tan grande que, incluso para la mujer adulta, es enorme a comparación. Los niños también se sientan sobre las escaleras, rodeando a su líder. El niño sin pareja no haya un lugar cercano a tiempo, por lo que acaba posado a espaldas de otros niños.
ㅤㅤ—Los habitantes de éste pueblo cuentan que éste bosque es habitado por un Kitsune.
ㅤㅤLos niños exclaman de fascinación.
ㅤㅤ—Sin embargo, los ancianos me contaron un secreto: el Kitsune que vive aquí es malvado. Dice la leyenda que, hace cinco años, una mujer entró sola al bosque, pero jamás volvió porque se atrevió a desafiar al gran zorro.
ㅤㅤUna de las niñas arruga la manga de su compañero, aferrándose a él con miedo.
ㅤㅤ—¡Pero no teman! También dicen que si vas en grupo, no te sucederá nada —agrega la mujer, casi riendo—, así que, por favor, no se suelten y no olviden agarrar bien sus lámparas. ¿De acuerdo?
ㅤㅤLos niños asienten en sincronía, volviendo a sus filas, incluyendo al pequeño que vuelve a tomar la mano de su tutora. Entonces, la prueba de valentía finalmente comienza, con la cuesta del atardecer dándoles una vista por demás asombrosa.
ㅤㅤLa densidad del bosque respira sobre las nucas de todos; en algún punto, la oscuridad ha envuelto su entorno tan pronto las nubes que avecinan la llegada de una tormenta, cubren los cielos. Pero nadie del grupo puede saberlo. Las copas de los árboles ocultan la visión colectiva, y solo el sonido de un trueno es capaz de hacerlos esprintar del susto.
ㅤㅤLa profesora no sabe en qué punto ha soltado la mano del niño sin pareja, solo sabe que debe contener a la niña miedosa que se ha alterado con el estruendoso ruido, y que está al borde de generar un pánico colectivo. El susto la ha hecho soltar su pequeña linterna de mano, y el solitario niño se ofrece en su búsqueda, sin ser tomado en cuenta demasiado por los adultos que tienen asuntos más importantes que atender en ese momento.
ㅤㅤÉl, tan servicial como siempre se le ha pedido ser, avanza hacia otra dirección sin que nadie más le observe, en búsqueda de alguna luz inmóvil que provenga del suelo, mientras busca con su propia linterna.
ㅤㅤOtro trueno resuena, como si les advirtiera que están tardándose en concluir la prueba, y la profesora decide tomar la decisión correcta, retirarse.
ㅤㅤEse niño no sabe en qué momento ha sucedido, pero ahora solo escucha sus propios pasos. Da la vuelta con la linterna y busca a su alrededor. Pregunta en voz alta, y no hay respuesta más clara que evidencie su soledad como lo son los grillos rellenando el vacío.
ㅤㅤExhala aire caliente mientras sigue dando pasos cautelosos, tratando de mantener su voz tan silenciosa como puede, aún con la esperanza de que alcance a escuchar alguna risa de sus compañeros de clase tras los árboles, rezando que todo esto se trate de una broma, que sea parte de la prueba, que lo estén molestando.
ㅤㅤUn ruido rasposo atrapa su atención entonces. Cuando gira, observa un santuario a la distancia, claramente abandonado, pero no le importa a éste punto cuando corre hacia él, porque las gotas están cayendo, acarician sus hombros y rebotan contra su piel.
ㅤㅤSus frágiles brazos luchan contra la pesada tabla de madera que bloquea la entrada, hasta que logra exitosamente lanzarla lejos y cederse el refugio que tanto necesita. Utiliza una piedra como un bloqueo a la puerta que le impedirá quedar encerrado, y mientras se sienta al lateral izquierdo del interior del santuario, abrazando sus piernas, toma una decisión: Permanecerá ahí hasta que el Sol aparezca, así, podrá retomar el camino de regreso con plena luz del día, y con la seguridad de que no volverá a perderse.
ㅤㅤPero...
ㅤㅤEl sonido rasposo de antes vuelve a sonar a su frente. Son... ¿Rasguños?
ㅤㅤLa oscuridad le vuelve imposible ver qué hay al otro extremo del santuario, y temeroso, toma en mano la linterna de su bandolera. «¿Será un animal?» Piensa mientras busca el interruptor.
ㅤㅤLamentablemente, la luz que le da una idea de lo que está a punto de presenciar, no es la luz que no ha tenido tiempo de encender.
ㅤㅤOjos brillantes le observan. Afilados. Turquesas.
ㅤㅤ—¿Quién eres?
ㅤㅤEl temeroso niño pregunta, sin el valor a este punto de apuntarle directamente con la lámpara.
ㅤㅤSilencio. Su mirada borgoña no se despega de la ajena en busca de respuesta, o en dado caso, para analizar si realmente los ojos que le observan son de algún humano y no de un peligroso y grande animal. Dicha duda se intensifica cuando las pupilas verticales que se inyectan en él se contraen.
ㅤㅤ—Tú... ¿Quién eres? —Una voz aguda responde.
ㅤㅤ—¿Qué?
ㅤㅤ—¿Qué haces aquí?
ㅤㅤEl niño duda, traga saliva y sostiene la lámpara con ambas manos con tanta fuerza que, de no ser por su complexión, podría quebrar el plástico. —Está lloviendo allá afuera...
ㅤㅤ—Eso ya lo sé.
ㅤㅤLa voz de la entidad es ligeramente más infantil que la del propio niño perdido, pero su tono es tan imponente que, al mismo no le importa si a éste punto, es una broma de alguno de sus compañeros, pues está siendo aterrador escucharlo.
ㅤㅤ—Me perdí, quiero volver mañana —titubea—, no se ve nada allá afuera.
ㅤㅤ—Ya veo...
ㅤㅤSilencio de nuevo. Solo el sonido de las gotas golpeando el techo rellena el vacío, que al final no sirve de nada, porque tanto desasosiego para el infante le resulta mortificante.
ㅤㅤLuego, el sonido de las garras vuelve a sonar. Cuando los ojos del infante se han logrado adaptar a la oscuridad, las formas se distinguen mejor. Una silueta está paralela a su misma posición, la misma abraza sus piernas con un brazo, mientras el otro rasguña con el índice la pared.
ㅤㅤTras una honda respiración, se atreve a apuntarle con su lámpara, listo para gritar «¡ajá, te atrapé!» a alguna de sus compañeras de clase, insistiendo por última vez, en que que todo esto se esté tratando de una jugarreta, una muy cruel.
ㅤㅤPero entonces lo ve. Una persona pequeña, quizá más que él, de uñas largas, no, tiene garras que está afilando contra la madera. Las virutas que hay acumuladas en el suelo son prueba de que, puede que ésta no sea la primera vez que lo hace. Confirma que no es un acompañante de escuela por su vestimenta, un yukata blanco, su obi alcanza la altura de su pecho. Su cabello largo le impide discernir la identidad de a quien observa, pero eso pasa a segundo plano cuando sus ojos se cruzan con lo evidente: Hay orejas y una cola, cuyas puntas de pelaje comparten color con los ojos. La extensión más larga es tan grande y peluda que se enrolla hacia el frente de su cuerpo, cubriendo sus pies, como si se protegiese del frío.
ㅤㅤCiertamente, debería sentirse aterrado, mas, no cree que tal presencial de aspecto infantil parezca peligrosa; ha crecido sin el pensamiento mágico que las historias de monstruos y otras entidades le deberían alimentar; así que naturalmente se ve identificado con otros niños.
ㅤㅤY aún si se siente de esa forma, no piensa bajar la guardia. No lo conoce, y su madre siempre le ha dicho que no hable con desconocidos.
ㅤㅤCon intenciones de evadir el incómodo silencio, reposa la lámpara encendida a su lado, apuntando al techo para que la luz se disperse por el resto del lugar. De su bandolera saca otro objeto: Una caja roja con caramelos adentro. En la portada está el dibujo de una niña con dos coletas, sacando la lengua. Toma un envoltorio de su interior que está a punto de abrir para comer, de no ser porque ha recordado los modales.
ㅤㅤ—¿Quieres?
ㅤㅤSí, se supone que no debería hablar con extraños, pero tampoco se supone que deba ser descortés.
ㅤㅤLa otra persona le observa nuevamente, la confusión se refleja en su, casi felina, mirada—¿Qué es eso?
ㅤㅤ—¡Dulce de leche! ¿Nunca has probado este? ¡Toma, atrápalo! —Lanza el brillante envoltorio hacia la dirección opuesta. Afortunadamente el otro lo atrapa a tiempo, ese niño tenía la suerte de no haberle golpeado.
ㅤㅤEl otro observa con curiosidad genuina el obsequio. Sus pequeñas garras rozan el colorido papel de celofán.
ㅤㅤ—¿También estás perdido? —cuestiona.
ㅤㅤ—... —Le toma largos segundos contestar, sigue procesando por qué éste niño no ha corrido despavorido—. No.
ㅤㅤ—¿Entonces qué haces aquí?
ㅤㅤ—¿Por qué preguntas eso? ¿No te das cuenta?
ㅤㅤ—¿Darme cuenta de qué?
ㅤㅤLa entidad se molesta—: ¿Eres tonto?
ㅤㅤ—No, porque no creo que sean reales —asume, seguro de sí mismo—. Aunque se ven bonitas, las puntas de tus orejas combinan con el color de tus ojos.
ㅤㅤY apenas dice eso, su lámpara comienza a levitar. El niño pega un grito ahogado mientras observa atónito; se aleja de ella unos centímetros, luego lleva su mirada hasta la otra persona, quien está señalando con su índice hacia su dirección. Este suceso es de su autoría, observa su índice moverse ligeramente para demostrar su dominio hacia la lámpara; y con ello comprueba lo que se reusó en considerar en primera instancia; una idea muy tonta que se cruzó por su cabeza; algo tan evidente pero a la vez imposible: Es el Kitsune.
ㅤㅤY aunque su confianza debería derrumbarse, el niño solo traga saliva de nuevo, buscando calmarse a sí mismo. No sabe si huir y exponerse ante el vasto, oscuro y lluvioso bosque es mejor idea que permanecer en el mismo espacio que éste zorro.
ㅤㅤ—¿Me vas a comer? —cuestiona, nervioso.
ㅤㅤDe pronto la semblanza tan adusta de la silueta al otro extremo se quiebra. Quiere reír a carcajadas, pero se contiene con poco éxito: —¿Qué dices? ¡Eres enorme! —concluye mientras sonríe, dejando que los colmillos se asomen.
ㅤㅤEse momento provoca que deje de enfocarse en hacer a la lámpara levitar, por lo que cae y, de paso, ilumina la puerta con su luz.
ㅤㅤEn ese momento la gracia del zorro se detiene, fija sus afiladas pupilas contra la puerta, pues está entreabierta; lo único que la detiene de cerrarse completamente es una piedra que obstruye su paso. «¿Todo este tiempo permaneció de esa manera?» Piensa.
ㅤㅤNo, esto es producto de ese niño. No tenía interés en compartir algo con él más que el placer de aterrarlo, no hasta que ésta oportunidad tan maravillosa se ha presentado frente a sus ojos. Es en ese momento que su rostro cambia, se apacigua, vuelve a sonreír y vuelve a enfocarse en el invitado inesperado.
ㅤㅤ—¿Cómo te llamas? —pregunta mientras su cuerpo se balancea hacia adelante, su cola ha dejado de proteger su cuerpo para ondearse con interés, y sus ojos se estrechan amistosamente.
ㅤㅤA diferencia suya, el infante al otro extremo vuelve a tomar la lámpara y la apunta contra el rostro del zorro. Desconfía mientras pega la espalda contra la añeja pared de madera.
ㅤㅤ—No te haré daño, solo quiero saber tu nombre —insiste.
ㅤㅤ—... Tanjiro —titubea—. Mi nombre es Tanjiro.
ㅤㅤ—Bien, Tanjiro... —su tono endulza—. Dime, ¿eres un niño bueno?
ㅤㅤLa sonrisa que los ojos borgoña observa es ciertamente hipnotizante, casi al mismo nivel que inquietante. No está del todo atemorizado, el hecho de que comparten cualidades físicas tan similares no le intimida. Pero, el hecho de que se vea de su mismo tamaño, no le impide manipular las cosas a su alrededor, es algo que le ha dejado bastante claro.
ㅤㅤ—Lo soy, supongo.
ㅤㅤ—Entonces ayúdame a salir de aquí —dice. Tanjiro aprieta sus labios, y una pequeña mano con garras turquesas se extiende a su frente, como una especie de invitación—, eso hacen los niños buenos, ¿no?
ㅤㅤÉl se niega con la cabeza enseguida. Será joven, ingenuo, inexperto... Pero no tonto—: No tomaré tu mano.
ㅤㅤEl zorro suspira con un fastidio infantil característico, mientras se devuelve a su lugar—: Que aburrido eres.
ㅤㅤ—No te conozco. Yo no toco a gente que no conozco. Además, nunca me dijiste tu nombre.
ㅤㅤSuspiro otra vez, uno que levanta momentáneamente su fleco por haber empujado el aire hacia arriba—: Eso no es importante.
ㅤㅤ—Entonces no te voy a seguir hablando —Cruza sus brazos, infla las mejillas. No sabe en qué momento ha dejado de temer, solo sabe que no le gusta la actitud de ese zorro.
ㅤㅤSilencio momentáneo. La entidad arruga la tela de su yukata entre sus pequeñas manos, pensándolo, rindiéndose tarde o temprano—: Muichiro —musita.
ㅤㅤ—¡Un gusto, Muichiro! ¡Yo me llamo Tanjiro! —exclama, en un cambio abrupto de ánimo. Evidentemente las formalidades eran su especialidad—. ¿Ya viste que no era tan difícil?
ㅤㅤ«Definitivamente eres un niño bueno», pensó, formando una expresión compleja, entre vergüenza y molestia.
ㅤㅤ—Así no das tanto miedo —dice, riendo.
ㅤㅤTanjiro ha llegado a la conclusión de que no se encuentra en peligro, cree que, de querer hacerle daño, éste zorro ya lo hubiese hecho. Y así como su miedo vino, se fue. Prueba de ello es el ruido del celofán volviendo a hacerse presente; un olor dulce decora el aire denso que se encierra dentro del santuario cuando ingiere el primer bocado. Se distrajo tanto que nunca pudo centrarse en comer el caramelo blando.
ㅤㅤLa nariz del zorro se ve atrapada en ese instante. Un aroma agradable y desconocido hace que su instinto se active. Las orejas se levantan mientras él comienza a gatear lentamente hasta Tanjiro, siguiendo el rastro de ese olor tan peculiar. Los pasos lentos avanzan y Muichiro ha terminado a pocos centímetros del rostro ajeno, hallando el origen en su boca.
ㅤㅤ—¿Qué haces? —Su cuerpo se balancea hacia atrás, la frialdad de la pared acaricia su nuca.
ㅤㅤ—¿Qué es eso?
ㅤㅤ—Ya te dije que es dulce de leche.
ㅤㅤEl zorro inclina su cabeza por la izquierda, confundido. Sus piernas se juntan y él se sienta sobre ellas, de frente al otro infante. Busca con las manos el obsequio de hace un momento, le observa con desconocimiento puro; el tono rojizo y tornasol del papel es increíble a su visión.
ㅤㅤ—¿No sabes cómo se abre? Mira, es así —Tanjiro toma otro envoltorio de su caja para desenvolverlo lentamente, permitiendo que Muichiro le imite con la misma lentitud. El olor dulce está ahí otra vez, proviene del pequeño cubito blanco que ahora el zorro acerca a su nariz—. Pruébalo, no lo huelas y ya —ríe mientras le observa, su comportamiento se asemeja al de personajes tiernos que ha presenciado en televisión.
ㅤㅤDudoso, acaricia con su lengua la superficie del dulce. Sus pupilas se dilatan en ese instante, asimilándose a cualquier animal en plena ensoñación, reafirmando los pensamientos de Tanjiro: Es adorable.
ㅤㅤ—¿Verdad que está rico? Son mis favoritos, aunque cuando los mastico muy pronto se me pegan a los dientes.
ㅤㅤMuichiro queda en silencio, solo sigue lamiendo el dulce con tal de que pueda durarle lo suficiente.
ㅤㅤTanjiro sonríe para sí mismo mientras lo ve compartir el disfrute por la golosina, olvidando en su totalidad que está compartiendo espacio con un Kitsune—: ¿Cuántos años tienes?
ㅤㅤ—Cinco.
ㅤㅤ—¡Yo tengo seis, te gano! —exclama, sin cruzársele por la mente por qué una entidad de ésta clase tendría una edad tan corta para empezar.
ㅤㅤ—Pero yo tengo poderes, y tú no —responde, volviendo a sonreír de manera burlona.
ㅤㅤ—Pues yo soy más alto.
ㅤㅤ—Si es así, ¿por qué no me ayudas con algo? —Voltea su mirada hacia un estante al lateral del santuario. Es grande y alto, está lleno de libros con diversos grosores y empastes. La carencia de polvo en los libros de los primeros pisos son la muestra de que han sido utilizados estos últimos días—. ¿Me ayudas a bajar un libro que está por allá? El verde.
ㅤㅤ—¿No puedes bajarlo con tus poderes?
ㅤㅤ—Solo hazme caso.
ㅤㅤTanjiro aprieta sus labios, y sin cuestionárselo demasiado, asiente como si se tratase de una misión.
ㅤㅤSu foco de atención se centra en la estantería entonces, se para de puntas y estira su mano izquierda por sobre su cabeza, tratando de alcanzar una tapa verdosa y oscura, casi café por los años de antigüedad que revela. Poco a poco logra que el libro se separe de su fila y sobresalga cada vez más; solo basta otro empujón con el índice para que pueda caer, y no en el suelo, sino sobre su cara.
ㅤㅤ—¡Ay!
ㅤㅤLas risas no se hacen esperar, revelando que, de hecho, esto es algo que Muichiro sabía que iba a pasar. Se balancea hacia atrás mientras sostiene su estómago al carcajear, y el sonido que emite distrae al otro niño de su propio dolor.
ㅤㅤ—¡Guau, tu risa! —Está fascinado, Muichiro se ríe como un zorro.
ㅤㅤY al Kitsune no le importa dicho señalamiento, está divirtiéndose de manera genuina, aún si es a base del sufrimiento ajeno—: Sabía que eras un niño bueno —menciona cuando puede calmarse. Parece que es buena idea retomar su plan inicial ahora—. Los niños buenos se merecen un premio.
ㅤㅤ—¿Ah sí? ¿Cómo cuál? —Tanjiro vuelve a su lugar, sentándose a su frente con entusiasmo.
ㅤㅤ—Dime, ¿te gustan las cosas suaves?
ㅤㅤ—¡Me encantan!
ㅤㅤ—En ese caso... —Ondea la cola hasta su frente, colocándose de manera tentadora, hipnotizante entre los dos. Es blanca casi en su totalidad, pues la punta que presume el mismo color turquesa de sus ojos, brilla ligeramente por un par de segundos, de manera enteramente intencional de su parte—. Puedes acariciarla.
ㅤㅤLa fascinación del pequeño se refleja en sus pupilas. Luce casi como una gran almohada a sus ojos, no le sorprende que la estuviera usando como fuente de calor hace unos momentos—: ¿De verdad puedo?
ㅤㅤ—Por supuesto, es lo que te mereces por haberme bajado ese libro. Eres realmente un niño muy, muy bueno —expresa. La sonrisa que mantiene poco a poco se transforma en una con malicia; ya es demasiado tarde para Tanjiro.
ㅤㅤSolo bastó una leve caricia para percibir la vista nebulosa, que no es producto de la densa oscuridad, sino por la pérdida de consciencia. Lo último que sus ojos borgoña logran captar, es la silueta a su frente desapareciendo mientras su cuerpo cae al suelo con extrema lentitud, como si el tiempo se fuese a detener.
ㅤㅤ¿A dónde se ha ido el zorro?
ㅤㅤUna nostálgica brisa helada recorre su mejilla por segunda vez, le acaricia con tanta sutileza como los rayos del Sol que caen contra su rostro, como un beso de su madre por la mañana. A su vez, una mujer mayor, adulta, sostiene su mano mientras grita por ayuda.
ㅤㅤTanjiro abre sus ojos gradualmente, la vista borrosa se enfoca con calma sobre las copas de los árboles que dan entrada al bosque, mismos que recuerda haber visto la noche anterior.
ㅤㅤEl niño perdido que ha venido a visitar el pueblo de Yufuin ha aparecido, desmayado frente al mítico Torii que solo los más escépticos se atrevían a cruzar; despierta como una suerte de advertencia, que da la propia naturaleza ante los que se atrevan a invadirla. Su reaparición es un mensaje que el pueblo interpreta como la sentencia final por parte del Kitsune.
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ㅤㅤDesde entonces, nadie pisó ese suelo en más de una década. Al menos, no aquellos quienes habían estado enterados de la leyenda. Muchos han asegurado sentir «algo» apenas se acercan, como si una vista amenazante y afilada se clavara contra sus espaldas.
ㅤㅤAsí, trece largos años pasan.
ㅤㅤTanjiro sigue sin recordarlo todo, solo lo suficiente.
ㅤㅤA la fecha, se cuestiona con frecuencia su cordura. Se pregunta si lo que vivió esa noche fue real; un delirio; un viaje de ensoñación que su mente infantil se encargó de construir.
ㅤㅤInvoluntariamente, se volvió parte de una leyenda que de niño se atrevió a cuestionar.
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ㅤㅤLa madre Kamado no era conocida por ser creyente, no hasta que el terror de perder a su hijo respiró sobre su cuello.
ㅤㅤ«A partir de hoy, no te los vas a quitar». Fue su indicación. Dos aretes, más bien pequeños talismanes que colgarían a partir de ese momento de las orejas de su preciado hijo.
ㅤㅤ«¡El niño fue poseído!» Exclamaban los ancianos de Yufuin tras enterarse; memorias como ésta se clavan en la madre y resuenan en el hijo incluso siendo adulto.
ㅤㅤTanjiro sigue sin tener claro por qué llegan a dicha conclusión, los recuerdos escasean. Sus únicas memorias de aquella noche son las de él corriendo por el vasto bosque, recuerda la sensación de los arbustos arañar sus brazos, y después... Paz. Solo recuerda la paz más gratificante que su ser ha sido capaz de experimentar. Recuerda una pequeña silueta vaporosa acariciar su mejilla; el cabello elevándose como una brisa entre el mar de blanco que, muy posiblemente, sea su consciencia misma.
ㅤㅤ«Eres un niño bueno, muy bueno»
ㅤㅤEsas fueron las últimas palabras que pudo escuchar, lo que resuena en su cabeza cada tanto.
ㅤㅤSe pregunta si, justo ahora que sus pies cruzan el Torii, podrá volver a oír esa voz.
ㅤㅤ«¿Seguirá siendo un niño?» Se cuestiona, tratando de recordar el camino que lo llevó hasta ese santuario abandonado.
ㅤㅤEs temprano, el día es soleado, la brisa del verano acaricia su mejilla como si le dijese que es bienvenido nuevamente.
ㅤㅤEl ambiente es tan apacible, es por ello que se pregunta... ¿Por qué hay tanta neblina?
ㅤㅤUn escalofrío recorre su espina. Duda de sí mismo, se cuestiona si sólo es él cayendo en sugestión.
ㅤㅤLas cigarras guardan silencio, el aire se tensa en todo su alrededor volviéndose pesado respirar. Entonces, una larga silueta blanca aparece, se materializa entre los árboles, le observa.
ㅤㅤ—Volviste.
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