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Antihéroes

Summary:

Después de diez años desde la disolución de los Sombrero de Paja, Zoro se encuentra con Sanji en la isla más peligrosa del Nuevo Mundo.

Notes:

¡Hola a todos!
No puedo creer que finalmente caí por One Piece (y caí de hocico! jaja)
Pero no me arrepiento de nada!

Espero que les guste mi primer fic ZS 💚💛
Si es así, permítanme mendigar penosamente un kudos, comentarios o lo que sea su cariño.
Nació de los sketchs de Oda de los mugiwaras con 40 años (aunque aquí no tienen esa edad)

⚠ Advertencia: El fic está escrito con el manga actualizado (elbaf)

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Romance Dusk

Chapter Text

3027…

3028…

3029…

         El único sonido que se podía escuchar en la colina de la melancolía, como le llamaban popularmente los pueblerinos de la zona, era el ruido seco del aire al ser cortado con la afilada hoja de una katana que se blandía con fuerza en el aire. El lugar, reconocido y temido por la gente del poblado debido a sus historias sobre fantasmas, espíritus y maldiciones, era perfecto para que Zoro pudiera entrenar tranquilamente, sin interrupciones y pedidos molestos de algún ciudadano que necesitaba ayuda con los quehaceres más sencillos.

         No era que no tuviera voluntad para ayudar; Zoro ayudaba cada vez que podía desde que tenía uso de memoria (aún si lo hacía de mala gana o con mala cara, de tanto en tanto) a cargar algún saco pesado, recoger escombros, pintar una pared, talar árboles, y cualquier cosa de esa lista interminable de tareas que otorgaba la vida en sociedad. Pero cuando era hora de entrenar (y esta era una costumbre que no se le había quitado desde su vida en el Sunny), prefería escapar a la cima de aquella silenciosa colina para concentrarse y luego, meditar.

         Por eso mismo le provocó tanto desagrado cuando su haki de observación le advirtió de la presencia de alguien acercándose a varios metros de distancia, cosa que pudo comprobar tan solo un par de minutos después cuando un hombre de unos cuarenta años llegó hasta el lugar donde se encontraba.

No lo reconoció como a un miembro más del pueblo y eso lo hizo desconfiar de manera inmediata.

         Zoro detuvo su entrenamiento, pero no envainó la katana. Muy por el contrario, se aferró a ella de manera amenazante y esperó, sin bajar la guardia, a ver quién era el sujeto bronceado que tenía frente a él y que vestía una extraña y desgastada túnica color blanco, que se había tornado amarillento por la suciedad.

- ¿Roronoa Zoro?

         El de cabello verde adoptó una posición defensiva y levantó la katana en el aire, dispuesto a atacar ante la más mínima sospecha. Después de todo, y sin importar que ahora fuera el mejor espadachín del mundo, el antiguo pirata de los “Sombrero de Paja” era uno de los hombres más buscados por el gobierno mundial y la marina, con una recompensa billonaria. Era ese también el motivo de que se encontrara recluido en aquella desolada y pequeña isla del Nuevo Mundo en donde todos los lugareños habían decidido protegerlo con su silencio.

- Depende de quién pregunte – advirtió con frialdad.

Ahora, Zoro, quien alguna vez llegó a ser conocido como Demonio o El Rey del Infierno en su época junto a los “Sombrero de Paja”, era considerado uno de los hombres más mortíferos del mundo, por lo que era imposible que el tipo frente a él representara cualquier tipo de amenaza; sin embargo, ahora que lo había encontrado no podía dejar que se fuera con vida de aquella isla y alertara a la marina de su paradero.

- Tengo una misión para usted. Extraoficial, un billón de berris que de seguro le serán muy útiles.

- ¿Ah? – preguntó confundido.

- Mi señora ha insistido en que sea usted quien se haga cargo de la delicada situación – dijo tendiéndole la mano desde el lugar en que se encontraba, con un sobre de papel en ella. Claramente no se había atrevido a dar un paso más para acercarse al de cabello verde, pues la figura tensa de éste había servido para persuadirlo.

         Zoro sonrió arrogante y con ironía.

- No soy un mercenario ni ofrezco mis “servicios”.

- Estoy al tanto, cazador de piratas. Sin embargo, este trabajo no se trata del asesinato de nadie en particular, sino del secuestro del hijo de una reina—.

- No me interesa – interrumpió.

- ¡Una reina que usted conoce bastante bien! – continuó hablando el hombre, alzando su voz para oírse sobre la de Zoro.

         Esta última parte llamó la atención del espadachín, al menos lo suficiente como para dejar que el tipo terminara de hablar. Se destensó, envainó su katana junto a su haramaki, y en el mismo lugar en donde se encontraba de pie, se cruzó de brazos a la espera de la historia completa. ¿Reinas? Conocía muchas. Sin embargo, no tenía idea sobre quién podría estar hablando…

- El sobre está dirigido a usted – insistió, con la mano aun tendida y el sobre en él.

         Zoro lo tomó con desconfianza y lo abrió para empezar a leer y hacerse una idea de qué se trataba todo esto, sin bajar la guardia jamás en caso de que fuera una trampa más elaborada que de costumbre. Solo en los últimos dos años había logrado evadir seis de la marina, cuatro de caza recompensas, una de un fanático loco y… Bueno, también había caído en un par… Pero, una vez que sus ojos se posaron sobre las líneas escritas a mano en tinta negra, su mesura disminuyó un poco, pues reconocía con facilidad y aún después de tantos años la caligrafía de Nefertari Vivi, reina de Arabasta y su antigua nakama.

         La carta era una petición por ayuda y efectivamente, estaba dirigida exclusivamente a él.

         No tenía idea que en el transcurso de esos diez años Vivi se había casado y había tenido un hijo. Lo último que había sabido de ella, tantos años atrás, era que había asumido el trono de su reino después de que su padre había sido asesinado (supuestamente por el ejército revolucionario, luego desmentido) y la propia Vivi había sido rescatada, también de un secuestro. En ese tiempo, él era el primer oficial de los “Sombrero de Paja”, cuando su capitán, Monkey D. Luffy, todavía era considerado uno de los cuatro emperadores del mar…

- ¿Vivi? – preguntó en voz alta, una vez finalizada la carta.

- Vivi-sama confía en usted, señor Roronoa. Ha insistido en que solo confía en usted para ir a buscar a su hijo, luego de que todas nuestras misiones fallaran… Me temo que la inteligencia de Arabasta no está a la altura de lo que está en juego - se sinceró el hombre.

         Zoro tenía demasiadas preguntas… ¿Cómo lo habían encontrado en primer lugar? Si había sido extremadamente cuidadoso en asentarse en ese lugar y no dejar rastro alguno… ¿Por qué Vivi se lo pedía a él? Cuando otros de sus nakamas podían ser bastante más apropiados para una “misión” de ese tipo… ¿Esa confianza se debía al tiempo que habían pasado juntos o había otro motivo por el que la hermosa mujer de cabello azul había pensado en él para algo tan importante?

         La siguiente pregunta correspondía hacérsela a él mismo: ¿Aceptaría?

 

         Zoro aún no podía descartar del todo que la aparición de este hombre, Nya (según le había dicho), no fuese una trampa, pero la carta se leía lo suficientemente confiable como para que, de momento, no quisiera asesinarlo de un solo corte limpio y rápido con la Enma. Así fue como ambos adultos terminaron en la cabaña de madera que el espadachín llamaba hogar, bebiendo algo de agua y sake a la luz de la hoguera.

- ¿Por qué yo? – gruñó el de cabello verde.

- Vivi-sama no me confidenció sus motivos – se excusó algo avergonzado -. Solo vengo en calidad de mensajero.

- Y me encontraste porque…

- Vivi-sama me indicó su ubicación. – Antes de que Zoro pudiera molestarse al oír eso (saber que Vivi le estuviera revelando algo tan delicado a cualquier persona, le ponía los pelos de punta. ¡¿Cómo demonios sabía dónde se encontraba en primer lugar?!), Nya se levantó la holgada tela de su manga y le mostró un extraño tatuaje con forma de cadena alrededor de su muñeca izquierda -. Este es un contrato de vida o muerte en Arabasta. Si revelo su ubicación con cualquier fin que no sea el cumplimiento de esta misión, o algo que ponga en riesgo la vida de Nefertari Vivi, moriré. Señor Roronoa, no tengo pensado sacrificar mi vida de esa manera, solo lo haría por el bienestar de Vivi-sama o los miembros de la familia real.

         El de cabello verde gruñó a forma de aceptación. Aún no le encantaba la idea de que Vivi supiera su ubicación y la compartiera con otros, pero reconocía ese tipo de tatuajes y sabía que se usaban en algunas cúpulas importantes de poder. Funcionaba como cualquier otra cosa “mágica” en aquel mundo: gracias a un usuario de una Fruta del Diablo, la fruta suru suru, normal entre reyes y sus sirvientes o vasallos, pese a que recientemente era muy mal visto por la sociedad en general, quienes lo veían como algo esclavizante.

- Si lo hiciera, no lo haría por la recompensa.

         El moreno asintió levemente con su cabeza, en aceptación, y a Zoro le dio la impresión de que acababa de tomarle más respeto tras oír eso, como si no hubiese confiado plenamente en el criterio de su reina hasta escuchar esas palabras saliendo de la boca de Zoro. Había un dejo de admiración en la mirada y expresión del hombre ahora.

- ¿Qué información hay al respecto de esta desaparición? ¿Algo sobre el captor? ¿El posible lugar en donde se encuentra? – Zoro se cruzó de brazos esperando algo de información o pista que le indicara el camino a seguir.

- Como bien sabe, aún después de la caída de los Shichibukai, el bajo mundo se ha mantenido fuerte en el West Blue. Sin embargo, el centro de dicho bajo mundo ha cambiado en los últimos años, y ha tomado una fuerza difícil de subestimar en—.

- Valorine – completó Zoro. Nya asintió una vez más.

         La reputación que había tomado aquella emergente isla del Nuevo Mundo en los últimos años la precedía, así que no era ninguna sorpresa para Zoro que todo apuntara a ella.

         Cuando Luffy y los Sombrero de Paja aún se encontraban en pleno viaje para encontrar el “One Piece”, Valorine no era más que un poblado humilde y bastante pobre en medio del West Blue, que no alcanzaron a conocer. Robin, tan letrada como siempre, alguna vez les había contado como una hambruna había arrasado con alrededor de un sesenta por ciento de su población, años antes. El terreno de la isla estaba mayoritariamente despoblado y desolado por otra gran problemática: La sequía… O al menos, algo así recordaba el espadachín.

         Y sin embargo, con el paso del tiempo y las inversiones de nadie-sabe-quién, el pueblo se convirtió en una de las ciudades más grandes y modernas del mundo. Algunos le llamaban “selva de cemento” debido a sus altos edificios, apilados uno al lado del otro, y se sabía de su estilo de vida frenético en donde nadie dormía, lo que propiciaba que actividades como la prostitución, el tráfico de personas, drogas y frutas del diablo, lavado de dinero, las apuestas y la delincuencia proliferaran.

         Sumado a todo eso, tenía lo que se conocía como “gobierno fantasma”. Nadie sabía quién estaba detrás de aquel enorme país que había crecido vertiginosamente de la noche a la mañana, y muchos creían que más bien se trataba de una organización pirata, o derechamente de un antiguo Shichibukai que todavía no se hacía la idea de haber perdido su poderío sobre el mar. Sin embargo, solo había conjeturas y Zoro no se interesaba demasiado por el tema. Leer de ello en el periódico lo aburría y solo sabía lo que todo el mundo decía al respecto.

- No tenemos una pista en concreto que indique que Río-sama se encuentra en Valorine, pero es el primer lugar en donde buscar.

         Sin duda lo era, pero también era el lugar más peligroso que alguien como Zoro podía pisar. No solo había alta presencia de la marina y del gobierno mundial en un lugar como ese, sino que estaría infestado de caza recompensas y piratas que estarían más que feliz de hacerse la fama de haber capturado al infame Roronoa Zoro de los Sombrero de Paja… Así que, ¿aceptaría? ¿Correr un riesgo así solo por Vivi?

- En esta carpeta está toda la información que tenemos al respecto. Fecha, hora y lugar de la desaparición, los datos básicos sobre Río, su edad, su grupo sanguíneo, características y rasgos más distintivos—.

- Luego lo leeré – Zoro descartó la carpeta sobre la mesa de madera a su lado, y volvió a beber un trago de agua.

         Luego recordó aquella tarde soleada en Arabasta, cuando su tripulación aún no estaba completa y se preparaba para partir; cómo habían esperado a que Vivi llegara y se les uniera de nuevo, una vez que había rescatado a su país de Crocodile y el Baroque Works, y ante la imposibilidad de la entonces princesa por acompañarlos, habían levantado sus brazos en el aire mostrando la marca “X” para simbolizar que eran y siempre serían nakamas.

         Así que, la decisión estaba tomada después de todo.

- ¿Lo hará, señor Roronoa?

         Zoro se cruzó de brazos y asintió, serio.

- Yo traeré al hijo de Vivi.

.

.

         Era extraño navegar en un barco que no fuese el Sunny. Más extraño aún era regresar a pasar la mayor parte de su tiempo en un barco, después de haber estado años en tierra. Le sorprendió no sentir los efectos del vaivén del mar, tal vez porque después de haber estado años viajando con Luffy y los demás, su cuerpo se había acostumbrado y sería así sin importar cuando tiempo hubiese pasado en tierra.

         La brisa marina era agradable y bienvenida, incluso su salinidad que le secaba el cabello y le partía los labios. Lo había puesto inesperadamente nostálgico, y si se ponía a pensarlo con detenimiento, también se sentía ansioso por emprender una nueva aventura después de tantos años. Entrenar y mejorar su estilo Yontōryū, de cuatro espadas, lo habían vuelto más ermitaño que de costumbre y cómodo también, aunque no le gustara reconocerlo. Tenía que admitir que, dejando de lado sus años como pirata, él siempre había sido más bien una persona solitaria y antisocial, y la isla en la que se había asentado era perfecto para ello.

         Por eso mismo fue que las tres semanas de viaje no le significaron mayores problemas, y en todo ese tiempo no se acercó a socializar con ninguno de los pasajeros que compartían el viaje con él. Eso, además del hecho de que quería levantar la menor cantidad de sospechas sobre su identidad y por eso se hacía pasar por Taichi, un mercader del South Blue que buscaba especias, telas y frutas exóticas por todo el nuevo mundo. También había que sumarle que, para esas alturas, los pasajeros que quedaban se dirigían al mismo lugar que él, y con la fama de Valorine, era mejor suponer que ninguno tenía una hoja de vida intachable.

         Eso explicaba que llevara cuatro katanas despreocupadamente en su haramaki… Tenía que protegerse de tanto maleante, o algo así. Cuando le preguntaban, contaba lacónicamente cómo en el pasado habían intentado robarle demasiadas veces como para que ahora no quisiera andar armado, y ¿por qué cuatro espadas? Bueno, yendo de aquí para allá por el mundo, se había encontrado con bellos ejemplares y no era capaz de deshacerse de ninguna por su valor sentimental.

         Tan pronto como puso un pie en el suelo tras desembarcar, la multitud y él fueron recibidos por un símbolo similar a un triángulo, y un mensaje familiar:

“Usted está entrando a una isla bajo el control del nuevo orden mundial”

         Zoro sonrió de medio lado con cinismo tras leerlo, pero su concentración fue robada inmediatamente cuando alguien colocó una mano sobre su hombro desde atrás.

- Hey. Me pareces familiar. – Un hombre de tez blanca y cabello castaño claro se acercó sospechosamente, hablándole suficientemente cerca como para que Zoro considerara su espacio personal invadido.

         Se tensó inmediatamente, temiendo haber sido descubierto, mientras una de sus manos se aferró al mango de la Wado, listo para atacar si era necesario. Considerando que acababa de desembarcar y que ya había sido advertido de la clase de lugar que era Valorine, atacar tan rápido y llamar la atención iba contra de su buen juicio, pero no dudaría en desenvainar si se sentía amenazado.

- Solo soy un mercante buscando especias para vender – murmuró, permaneciendo tranquilo.

         Como en tantas otras de sus aventuras con sus nakamas, como aquellas en Dressrosa o en Wano, llevaba un disfraz para pasar desapercibido que consistía en un sombrero cónico de paja y un palo que llevaba al hombro, para (supuestamente) amarrar y cargar mercancía en sus dos finales, en una especie de balanza. Su piel excesivamente bronceada por entrenar día a día bajo el sol le proporcionaba suficiente validez a la historia de alguien que se gana la vida viajando y trabajando a la intemperie.

         El hombre, más convencido, lo miró por última vez y escupió al gris cemento del suelo.

- Sí – admitió -. Supongo que no sería muy inteligente que un tipo famoso viniera a Valorine, pero el color de tu cabello me confundió.

- No es la primera vez que me lo dicen – gruñó, malhumorado, intentando mantener la actuación. Luego, comenzó a avanzar hacia la salida del terminal. El capitán del Dusk, el barco donde había estado viajando, le había advertido a los demás pasajeros y a él que debían salir por el terminal E7, así que se encaminó para alejarse del hombre, que estaba comenzando a crisparle los nervios.

- Pero… - advirtió el sujeto, haciendo que Zoro se detuviera en su lugar -. Si es que eres ese tipo… No te acerques a la zona norte del país. Está plagado con esos marinos que creen que son diferentes a los hijos de puta que nos aterrorizaban antes…

         El de cabello verde miró hacia atrás para verlo con detenimiento, analizándolo. Se veía como un tipo común y corriente y estaba seguro de que no se habían conocido antes, en alguna de las muchas islas que había visitado durante sus años piratas. Nada le daba la impresión de que era alguien de quien debía cuidarse, y aunque su instinto no era tan perspicaz como el de Luffy, confió en él.

         Seguramente se trataba de algún fan o alguien que solidarizaba con la causa de los Sombrero de Paja. De esos habían cultivado varios y estaban repartidos por todo el mundo, listos a servir a un llamado de Luffy que tal vez nunca vendría, como ese tal Bartolomeo que los idolatraba y los seguía desde Dressrosa.

         Asintió silenciosamente, agradecido ante la ayuda. Luego, cada hombre siguió su camino.

 

Cuatro horas después, Zoro estaba completamente seguro que había seguido perfectamente bien las instrucciones, así que, a menos que los terminales cambiaran de lugar como un laberinto mágico, no tenía ningún sentido que ahora estuviera deambulando por una horrible callejuela de las afueras de la ciudad, estrecha, oscura y con olor a vómito y orina.

Tal vez se debía a que la ciudad - que servía de capital pero también conformaba completamente el país, era tan grande e intimidante como había oído, o simplemente a que Zoro solía perderse en un día común y corriente y en el lugar más sencillo del mundo, pero tan solo con haber desembarcado en el enorme puerto, ya se había perdido. Zoro tampoco tenía demasiado dinero, porque no pretendía viajar de un lado a otro cargando su parte del One Piece consigo. En vez de eso había sacado una suma que creía que le alcanzaría para cumplir con su misión sin darse grandes lujos. Tal vez tendría que alojar en un hostal precario y limitar su alimento a comida callejera, pero creía que estaría bien y así no llamaría la atención de ningún caza recompensas.

         Pero Valorine era enorme. En el horizonte, parecía que se levantaban rascacielos encima de otros, todo cubierto de cemento o vidrios polarizados, y entre medio un baño de luces de colores debido a pantallas gigantes que mostraban anuncios estrambóticos. Las autopistas que se escabullían entre los edificios en puentes colgantes no ayudaban a disminuir el espectáculo de luces, y aunque Zoro había estado antes en islas futuristas, como Egghead, esta parecía mucho más… Distópica.

         Uh, esa era una palabra elegante para alguien como él, pensó sarcásticamente.

         Y así, deambuló por los siguientes tres días sin tener absolutamente ninguna idea de lo que hacía o de dónde conseguir una pista, dando botes y tumbos entre hostales y bares intentando alcanzar a oír conversaciones sin mayor éxito... Hasta ahora no era capaz de dar con nada que le permitiera si quiera iniciar un plan a seguir y se preguntaba si en algún momento lo conseguiría. Valorine, pese a ser una isla, era un lugar interminable. Buscar a un niño allí, sin mayor información (y especialmente si es que había sido una organización criminal quien lo tenía) era igual o peor que buscar una aguja en un pajar…

Zoro perdió más tiempo del que quería admitir solo intentando llegar al centro de la ciudad. Se dio cuenta de que no se había preparado tanto como debió cuando el altísimo costo de la conversión del dinero (porque esta isla tenía su propia moneda) para pagar un transporte (una especie de mini-Merry flotante, solo que sin cabeza de Merry…) casi lo deja en la quiebra… Pero, honrando los viejos días como pirata ya se encargaría de robar algo para mejorar su situación económica…

         Al cuarto atardecer llegó a un distrito– a esas alturas empezaba a temer que se hubiese alejado del centro – en donde ya no se alzaban tantos rascacielos como había visto en los días anteriores, sino que una zona con edificios viejos de cuatro pisos o menos, de cemento y que se estaban cayendo a pedazos; la pintura de la mayoría prácticamente se había desvanecido entre manchas y hongos; las cornisas de los techos y balcones colgaban amenazantes; la mayoría de los letreros estaban oxidados y rotos, y; a diferencia de lo que ocurría en el centro de la ciudad, el comercio ambulante había sido remplazado por indigentes y recolectores de cartón que se paseaban de un lado a otro usando estropajos.

         Cuando miró a su alrededor para ver si lograba ubicarse de alguna forma, se encontró con el rostro de Luffy mirándolo desde una pared, y a su lado, el resto de sus nakamas y él mismo. En ese barrio de mala muerte, los callejones y las paredes seguían tapizados con sus afiches de “se busca”. No estaban actualizados; Zoro reconocía que tanto las recompensas como sus fotografías eran de la época en la que habían derrotado a Kaido y a Big Mom en el esfuerzo conjunto que había significado la batalla de Onigashima.

         Y tal vez fuese por la ligera sensación de nostalgia o porque ya estaba harto de caminar, pero tomó aquello como señal para dejar su búsqueda momentáneamente y renovar energías con algún platillo caliente.

.

.

         El espadachín cruzó el umbral de una puerta cuando el cielo azulado había caído sobre la isla. El olor a basura y de la orina que manchaba el suelo y las paredes exteriores llegó a su nariz, justo antes de que fuese remplazado por el olor a cigarro. Dentro del bar había una nube densa de humo, gracias a los viciosos comensales que habían ido hasta ahí para beber una cerveza o comer algo. Las luces bajas y el aspecto de los presentes, la mayoría amenazadores para personas que no habían visto lo mismo que él ni vivido como él, le dieron a entender rápidamente que se había ido a meter a un lugar peligroso, y lo comprobó cuando todos lo miraron con cara de pocos amigos, como si fuera un intruso.

         Sin dejarse amedrentar (francamente, no le importaba en lo absoluto), Zoro se acercó a la barra y tomó asiento, dejando su sombrero cónico sobre uno de los taburetes vacíos a su lado. Así mismo, apoyó la vara que cargaba en el hombro hacía cuatro días, como un tonto, y esperó a que se acercara alguien para atenderlo.

- ¿Nuevo por aquí? – preguntó el barman, segundos más tarde, mientras limpiaba un vaso con un paño gastado y sucio. Le faltaban la mayoría de los dientes, y el de cabello verde tuvo la impresión de que no preguntaba nada más por amabilidad.

- En este distrito – mintió, lacónicamente.

- ¿Negocios?

- Algo así. Quiero lo más barato que tengas en el menú – pidió, para cambiar el tema de conversación, mientras arrastraba un par de monedas por la barra de madera ahuecada y abultada.

         El tipo asintió y dio media vuelta para marcharse mientras Zoro intentaba prestar atención a las conversaciones que mantenían las personas en el bar. Con un poco de suerte se enteraría de dónde estaba, si cerca del centro o, muy para su pesar, se había acercado al norte y a la zona de la marina. La nueva marina, al menos...  

En el viaje por convertirse Luffy en el Rey Pirata, había sido inevitable que los Sombrero de Paja destruyeran todo a su paso. Eso implicaba el gobierno mundial que había reinado a la sociedad durante siglos, que separaba y dividía a las islas determinando quién podía unirse y quién no; quién podía participar del Levely y tomar decisiones que afectaban a toda la población, y quién no. Tras exponer la corrupción de los altos mandos de la marina, una institución que se había podrido gracias a unas cuantas manzanas putrefactas, ésta también había dejado de existir como se le conocía para reformarse. Habían destrozado a los "dioses" terrenales, los déspotas esclavistas llamados "Dragones Celestiales" que conformaban a la nobleza mundial y se creían con el derecho divino para hacer lo que quisieran. Los tenryubitos habían desaparecido después de que ellos se habían hecho cargo de ellos, dando término a un régimen de terror y abusos...  

Pero todo era basura, a juicio de Zoro. No era demasiado bueno en política tal vez, pero sabía que todo había sido un espectáculo para que la gente quedara conforme a lo largo de todos los mares, fingiendo grandes cambios por el bienestar de las personas. A la larga, se habían modificado algunas cosas, se habían remplazado a algunos altos mandos y se habían eliminado algunos cargos, pero... Seguía siendo la misma mierda con la que Luffy y sus nakamas habían luchado. 

- …Algo así como una exposición de mierda impresionista en el museo nacional...

- ¿Cuándo?

- Siete días a partir de hoy.

- ¿Cómo puedo entrar?

- Romance Dusk.

     Zoro afinó su oído, interesado. Sin saber de qué demonios estaban hablando los tipos en una mesa cercana a dónde él se encontraba, quiso escuchar más para descubrir si era algo que le sirviera. Al menos sonaba como algo más que información pública, y el hecho de que ambos hombres estuviesen agachados intentando susurrarse, y mirando compulsivamente hacia atrás para verificar que nadie más estuviese oyendo, le hizo sospechar que podía tratarse de un encuentro turbio y lo mínimo que podía hacer era investigar (después de todo, no tenía una maldita pista sobre el paradero del hijo de Vivi). 

- Todo suyo. - El barman regreso trayéndole un vaso con agua y un plato con caldo que se veía asqueroso, pero con el hambre que tenía no iba a ser quisquilloso. Tomó todo el contenido del vaso de un solo golpe, y siguió con la comida, listo para engullir. Luffy lo había acostumbrado a comer rápido (era eso o no comer) -. No estamos acostumbrados a los forasteros aquí.

Zoro gruñó para darle a entender que lo escuchaba, pero no sacó su interés de la comida. Aquella tarde ni siquiera había almorzado.

- Comprenderá que en esta zona es normal desconfiar de las caras nuevas...

- Solo estoy de paso - explicó el espadachín con la boca llena y sin darle importancia.

- La mayoría de la gente que viene aquí tiene suficientes razones para no confiarse. Mucho que perder en caso de que haya un soplón del nuevo orden mundial o de la nueva marina rondando.

Justo tras decir eso, sintió como si algo invisible frente a él acabara de darle vuelta la cara de una cachetada, al mismo tiempo que sus párpados caían pesadamente sobre sus ojos y su cabeza se inflaba como si alguien estuviese bombeando aire por sus orejas. Aferrándose a sus últimos pensamientos cuerdos miró el plato de sopa y el vaso frente a él, y escupió lo que aún tenía en la boca sabiendo que de cualquier forma era demasiado tarde. Acababa de cometer un error de principiante después de tantos años ajeno a sus viejas andanzas, bajando la guardia y comiendo algo que un tercero desconocido le había ofrecido.

Sin proponérselo, un quejido salió desde su boca mientras intentaba mantenerse despierto. Le fallaba el equilibrio. 

- Lamentablemente, venir aquí a fisgonear es un crimen que se paga demasiado caro - le informó el barman. Zoro con suerte alcanzaba a registrar las palabras, demasiado drogado por lo que había ingerido -. Chicos, ya saben qué hacer.

Cuando notó que todos los presentes en el bar comenzaron a ponerse de pie para acercarse a él, empezó a preocuparse de verdad. Estaba en graves problemas. 

Intentó llevar su mano hacia una de sus katanas, pero era como si ésta fuese incapaz de responderle: Su brazo cayó como peso muerto a su lado, lento y pesado. Luego, sintió el agarre de varias personas al mismo tiempo, mientras comenzaba a entrar en pánico. ¡Si no era capaz de pelear daba lo mismo que fuera el mejor espadachín del mundo! Y nadie sabía que estaba allí, nadie lo encontraría ni vendría en su ayuda. Tampoco había tiempo para que alguien viniese, se recordó amargamente, pues seguramente se encargarían de él rápidamente. 

Lo arrastraron desde la barra hasta la puerta del bar mientras intentaba luchar contra sus captores, sin éxito. Por suerte, ninguno le había quitado aún sus espadas, pero ¿de qué servían? Desesperado, se odió a sí mismo por haber sido tan estúpido. No era propio de él, maldita sea, pero los diez años entrenando en aquella isla lo habían vuelto lento. Había perdido los instintos afilados que lo habían llevado a proteger a sus nakamas día tras día, durante años, y ahora probablemente moriría por ese descuido que solo le había tomado unos minutos. Estaba acabado. 

La cabeza le dio vuelta mientras las manos que lo sostenían desde los brazos lo lanzaron con fuerza fuera del bar, provocando que chocara contra basureros de metal y restos de suciedad en los rededores. Intentar levantarse fue inútil, pues las piernas le temblaban y perdían la fuerza para sostenerlo a una velocidad cada vez más alarmante.  Al mismo tiempo las nauseas se hicieron presentes y tuvo que esforzarse por reprimir una arcada. 

Fue completamente inútil resistirse mientras comenzaron a lloverle los golpes y las patadas. El peso de su cuerpo lo hizo caer hacia un lado, y desde allí se colocó en posición fetal para continuar resistiendo el resto de la paliza. Aún entre imágenes borrosas calculaba que eran al rededor de doce personas golpeándolo simultáneamente, y sabía que solo sería cosa de tiempo antes de que alguien sacara un arma y terminara por matarlo. 

¿Qué tan patético podía ser? Miembro de los Sombrero de Paja, el primer oficial del Rey Pirata y Mejor Espadachín del mundo iba a sucumbir ante una docena de delincuentes de poca monta en un callejón desconocido de Valorine, sin que nadie supiera, sin que pudiera evitarlo, y lo peor: Sin poder cumplir con la misión que había asumido de buscar y salvar al hijo de Vivi. No podía hacer nada más que esperar con impotencia a que llegara el fin, mientras el dolor se irradiaba por su cuerpo con cada golpe y su cabeza se seguía nublando con las drogas.

Cuando una patada lo dejó sin aire y creyó escuchar el sonido de una de sus costillas quebrándose bajo la presión, sus atacantes se hicieron hacia atrás y se dispersaron como sorprendidos... Seguía estando todo borroso y a esas alturas, quizás estaba alucinando... 

Luego vinieron quejidos, gritos y aullidos entre sonidos secos de golpes que, esta vez, no estaba recibiendo él. No entendía, pero...

Todos sus atacantes fueron abatidos, quedando nada más como bultos repartidos por el lugar, dueños de quejidos provenientes del suelo, y de pie frente a él, la persona que había intercedido y lo había salvado bajo la enorme luna llena luminosa y perlada. El contraste provocaba que tan solo se viera su silueta, oscura, compuesta por alguien delgado y de piernas demasiado largas. En medio de esa oscuridad nocturna, también vio como una pequeña luz anaranjada fue a parar al suelo.

Era la ceniza encendida de un cigarrillo y a Zoro se le detuvo el corazón dentro del pecho porque ya sabía de quién se trataba.

Era Sanji.