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«El trabajo de la reina Rhaella fue extenuante. Había más miedo hacia la reacción del rey, que a la posible pérdida de la madre, cuyo cuerpo sería fácilmente reemplazable, cualquier dama de noble cuna estaría en fila para volverse reina.
Afuera las nubes de tormenta se arremolinaron sobre la fortaleza roja, y un rayo golpeó una de las torres del torreón de Maegor, mientras la reina gritaba y suplicaba para que el dolor menguara. No lo hizo. Duró así hasta que el crepúsculo dividió el horizonte, y el reino le dio la bienvenida a un principito.
Cualquiera pensaría que Aerys era feliz, o lo que quiera que eso significara para el rey. Sin embargo la noticia lo erizó, arrugando la nariz con desprecio murmuró sobre el fracaso de la reina: otro hijo y no la hija que deseaba, no una princesita para encamar con el príncipe Rhaegar, como eran las costumbres del dragón. No obstante, Aerys II todavía recibió al bebé.
Hay muchos rumores a cerca de cómo el rey reaccionó a la particularidad del bebé que le fue presentado.
Es de conocimiento popular el abierto desprecio que la rama principal Targaryen ofició sobre los Hightower después de la sangrienta guerra civil conocida como: "La danza de los dragones". Con la cola entre las patas los Hightower de Oldtown no volvieron a levantarse de la misma forma, al igual que muchas otras casas que apoyaron su reclamo, o aquellas que mordieron más de lo que podían masticar, como los Velaryon.
Es por ello que cuando Aerys segundo de su nombre miró a su hijo de repuesto, y arrugó el rostro, el nombre que salió de sus labios, hizo contener el aliento a los cortesanos: Aemond Targaryen.
No es desconocido que algunos Targaryen regristraran particularidades de nacimiento, ojos bicolor, dedos extra, o la tan murmurada locura que era un secreto a voces, cuya fuerza tomaba más control sobre el reino, conforme Aerys avanzaba en edad.
El principe Aemond llegó al mundo con un ojo sano, amatista brillante como cualquier señor dragón, no obstante su cuenca derecha estaba llena con un globo ocular blanco lechoso, ciego y perdido.»
Crónicas del maestre Marwin, el ascenso y caida de la dinastía Targaryen volumen III: El reinado del rey loco.
La arenisca del desierto rojo le quemó la garganta reseca por el calor, el viaje y la falta de agua. Tenía los labios partidos y sangrantes, se había desecho del parche varias millas atrás para ventilar su cuenca vacía, respirar era una tortura con el aire seco el incandescente que parecía incinerar su nariz, mientras el estómago le tronaba con hambre y enfermedad; hace exactamente tres días había matado a su propio caballo por necesidad, y su hermana le reprendió por ello, la criatura era adorada casi como un dios entre "su gente" un montón de gritones salvajes que ahora la doraban ciegamente.
—Tenemos que comer algo, o moriremos aquí, —le había dicho con voz pesada, el cansancio en los huesos no amainó ni un poco entre más se adentraron en las entrañas del desierto rojo.
Daenerys aceptó solo por necesidad y la súplica de su barriga por darle algo para alimentarse.
—Mi niño, mi Aemond, promete que cuidarás a tu hermana, amala como yo te amo, mi dulce príncipe.
La carne fibrosa y nervuda del semental fue una bendición en el momento, pero ahora le cobró factura, y Aemond pensó en lo patético que sería morir por una enfermedad estomacal en medio de la nada, al menos su primera muerte fue de la manera Targaryen, con fuego y sangre, dragón contra dragón, miembros mutilados y rugidos ensordecedores. Ahora estaba ahí, caminando casi sin rumbo, siguiendo los deseos de lo último que quedaba de Rhaella, y el amor retorcido por una vida que quizá nunca fue. Tal vez estaba tan loco como los que le siguieron y los que lo antecedieron, como Maegor, Aerion o su propio padre: Aerys. El fantasma de Helaena todavía lo perturbó en sus sueños, la culpa y la autocompasión ahondaron en su corazón, y pensó en todas las formas de rectificar sus errores del pasado ahora en el presente, pero nada acalló la voz perezosa de su tío Daemon burlandose de él.
Uno de los jinetes de sangre que respondían a las ordenes de su hermana regresó; de los tres que envió dos regresaron y solo uno llegó con noticias al menos aceptables.
Daenerys era una niña dulce, a veces Aemond temía que la brutalidad de su realidad la destrozara sin reparo, había visto esos ojos en Helaena, tan dóciles, tan inquietantes, pero jamás crueles, hasta que lo fueron, cuando un chico que proclamó ser su sobrino, hijo de Rhaegar y Elia se levantó ante ella para pedirles unirse en causa común.
"—Un usurpador es lo que es, —dijo Dany—, y si dice ser un dragón, entonces me lo demostrará"
Y el salvaje Dothraki que tenía por marido, derramó oro hirviendo en la cabeza del niño, cuyos gritos quedarían grabados en los huesos de Aemond.
Amaba a Daenerys, lo último que quedaba de Rhaella, Daenerys con los ojos de Helaena, Daenerys, la madre de dragones. Y tal vez aquello lo hizo ciego de algunas realidades, Daenerys con la arrogancia de Rhaenyra y la vena cruel de Daemon, y no es que Aemond fuera un santo, todas sus acciones dijeron lo contrario, y esas mismas acciones ocasionaron la muerte de Jaehaerys, Helaena, Jaehaera, toda una cadena de atrocidades que lo deformaron hasta volverlo una bestia irreconocible, o quizá ya lo era, quizá solo necesitaba un empujón para despertar al dragón, como solía decir Aerys.
—¿Aemond? —la voz melodiosa de Dany lo sacó de su estupor—, te estoy diciendo que iremos a Qarth.
¿Y qué opción tenia? Aemond gruñó en respuesta, al menos antes consideraba su consejo, atendía a la razón. Tras el nacimiento de los dragones y su fé depositada ciegamente en el mercenario Westerosi: Ser Jorah, dejó de prestar atención a cualquier advertencia que Aemond le diera. Se odiaba por no poder abandonarla, se odiaba porque era la misma devoción ciega y tonta que tuvo por Aegon, su hermano mayor, su rey. Ni siquiera cuando se postró en cama al borde del beso del extraño consideró la traición, solo una vez sintió el peso de la corona del conquistador, y solo esa vez aceptó que quizá no la quería, él era un hijo de la guerra, un dragón hecho hombre, el escudo y espada de su familia y facción, se propuso ser lo mismo para Daenerys, pero se preguntó a recientes fechas: si aquello valía la pena. Los gritos de Rhaella siendo violada por el rey, reforzaron su determinación por proteger a Dany.
"—¿Incluso si la niña va al camino de la perfidia y la locura?" —cuestionó la voz de Daemon.
Aemond sacudió el pensamiento.
Daenerys era todo lo que quedaba de Rhaella.
Alicent Hightower fue una madre amorosa, especialmente atenta a él, llamándolo su orgullo y alegría, mas Aemond no era ciego de sus deficiencias, ambiciosa, temerosa, a veces demasiado compasiva y a veces demasiado inflexible. Por eso tenía un lugar muy especial para Rhaella en su corazón, su segunda madre era solo amor, dulzura y cariño, nada de ambiciones ni manipulación, ella lo amaba sin esperar nada de él, ella lo amaba porque era de su carne sin importar si fue un monstruo quien lo plantó en su útero, Rhaella lo amaba tanto que a veces dolía y el dolor era un viejo compañero en la vida del pobre niño tuerto.
Los dioses tendrían que estar riéndose de él en ese momento.
La sensación de limpieza en su piel se sintió gloriosa, la ciudad de los hechiceros los recibió casi como dioses, mientras se arremolinaban sobre los hermanos Targaryen con curiosidad, Drogon y Rhaegal encaramados sobres los hombros de Dany, mientras su vieja compañera y amada criminal de guerra: Vhagar, se enroscaba en su cuello como una mortal gargantilla. Podían ser crías sin entrenar, todavía indefensos, pero eran los primeros dragones vivos en más de cien años, y la curiosidad atrajó miradas y susurros.
Daenerys no fue feliz, cuando uno de sus autoproclamados tres hijos la abandonó a favor de Aemond. Mientras Drogon y Rhaehal tenian un marcado parecido con el Dreamfyre de Helaena, Vhagar seguía siendo Vhagar, con su característica cabeza y robusto cuerpo, el color verde brilló como la esmeralda, en una reminiscencia al bando por el que alguna vez luchó, había saltado a sus manos una vez que Dany salió de la pira donde quemó a su marido y la bruja que lo maldijo, entonces Aemond se arrodilló por ella, le cedió su derecho de primogenitura y la llamó su reina, hasta que Vhagar lo miró con esos ojos dorados como el sol, y lo atrapó entre pequeñas garras y chillidos agudos, él era suyo y ella era de él...
Pero nada que brille demasiado y se dé con facilidad puede ser algo bueno.
Fueron recibidos en Qarth como reyes, y la abandonaron hecha cenizas, saqueando y destrozando como conquistadores.
Daenerys quería un ejército y una flota, Daenerys quería conquistar como su señor de los caballos, más Khaalesi que reina, más conquistadora que conciliadora, la sangre del dragón hervía en ella sin control, y Aemond volvió a pasar por alto los bordes afilados, su hermanita, la misma que protegió del hambre y la enfermedad, a quien se aferró como un salvavidas para no descender en la locura.
—Deberíamos ir a casa, —expresó Aemond—, con los inmaculados, desembarcar en Dragonstone y planear la reconquista.
No era un tonto que reclamaría un "derecho de nacimiento", cuando ese mismo se perdió con las acciones estúpidas de su hermano y la crueldad de su padre, la linea de su zorra hermana acabó en esa patética excusa de hombres, cuyos apetitos enfermizos los condenaron a la ruina. Si quería volver a casa, tendría que hacerlo a la vieja usanza: con fuego y sangre.
Daenerys todavía se consideraba demasiado amable en su interpretación retorcida.
—¿Y qué hay de liberar a los esclavos? ¿Viste los horrores en Astapor? —reclamó Daenerys indignada.
—El desastre de las ciudades esclavistas no es nuestro para arreglar, —refutó Aemond.
La esclavitud era una enfermedad supurante que estaba enraizada hasta la medula de las ciudades libres, tan repugnante que tentó a Aemond de romperla a fuego de dragón, Vhagar pronto sería lo suficientemente grande para montar, no obstante los dragones no eran bestias infalibles, y recordó el final patético de los niños Strong sobre sus criaturas demasiado pequeñas para la guerra. No, ninguno de los dos estaba listo para una guerra tan grande y brutal, ni siquiera con dragones, el caos posterior a la conquista era una criatura mucho más peligrosa, e incluso Aegon el conquistador tragó ese amargo sabor.
—Soy la reina, —chilló su hermana y su rostro rojizo y enojado le recordó lo peor de Aerys y Aegon.
—Y una buena reina, una reina sabia tendrá que elegir, si nos quedamos será durante años, quizá ni siquiera volvamos a casa. Aprende a elegir tus batallas, si vas a sentarte en el trono de hierro.
Daenerys y el hambre por el trono de hierro se aplacaron, y lo hicieron de nuevo cuando Ser Barristan la aconsejó. De nuevo, ella escuchaba a los demás y no a él.
Daenerys era lo último que quedaba de Rhaella, se repitió.
—Khaalessi, —llamó Ser Jorah—, emisarios de Westeros con una bandera de paz.
Aemond reconoció las pancartas, el pez Tully de las Riverlands, y el lobo gris de los Stark.
Robb Stark declarado rey en el norte, pidió una alianza con los últimos Targaryen.
