Chapter Text
Vhagar había vivido más de lo que otros dragones habían vivido.
Había sobrevolado los mares de lo que era Westeros previo a que sus jinetes Targaryen, aquellos tres hermanos, lo transformaran en Seis Reinos Unidos por medio de la conquista de Sangre y Fuego .
Vhagar desde entonces había tenido varios jinetes. Se habían unido en mente y alma, tanto así que en su mente era difícil separar a uno del otro. Al menos hasta que lograba marcar las diferencias. Como lo fue con Visenya, su sed de conquista, su fuerza autoritaria, lograron formar las bases de sí misma como dragona de guerra.
O aquella otra jinete, el deseo de la aventura, de sobrevolar el mar y saborear la sal, el deseo casi infantil de divertirse mientras se deslizaban en las nubes, surfeando en ellas como si fueran olas. Laena le hizo sentir un instinto protector, y cuando escuchó su orden…Vhagar reconocía a un dragón, sin importar si no nació con las alas, Laena suplicó por morir como otro jinete: por el fuego.
Vhagar ya era anciana, estaba cansada de perder con quienes se unía.
Pero su último jinete. Oh.
Recuerda cuando lo vio por primera vez, tan pequeño, tan poca cosa, pero en sus ojos vio una chispa del fuego que, por un segundo, creyó ver a su Visenya. Pero también estaba ese anhelo, uno que le estaba pidiendo lo mismo que Laena hace diez años (¿tan poco tiempo?).
Déjame sentir la libertad de los cielos. Laena.
Dejame volver todo cenizas y que sepan que fui yo. Visenya.
Un cachorro de dragón que pedía sus alas para volar.
Era una cría valiente. Tal vez por eso se dejó montar. Tal vez por eso voló hasta que escuchó sus gritos, combinando una emoción de euforia y miedo. Tal vez por eso no lo volvió cenizas, aún sintiendo el fantasma de la presencia de una dragona de sal marina.
Conforme pasó el tiempo (uff, eso ya ni lo siente de hecho) su vínculo con la pequeña-no-tan-pequeña cría de dragón, Aemond, se volvió fuerte. Aemond poco a poco se volvió como ella en la forma en que todos esos pedazos de carne y sangre retrocedían al verlo, como los otros dragones hacían al verla. La forma en que se movía le recordaba sus años de juventud, ágil y peligroso. La manera en que respiraba, caminaba, resoplaba.
Vhagar nunca encontró un jinete tan parecido a un dragón.
Podía sentir su miedo, su angustia, su envidia, su furia. Casi todo está relacionado con los jinetes de Sunfire y Dreamfire. Su alegría era casi nula, exceptuando cuando volaban, cuando le hablaba, cuando la cuidaba. Eran momentos breves porque desaparecen apenas se aleja de su vista.
Sabe que hay algo mal en su jinete por el hecho de que en vez de ver el rojo y negro que siempre porto su Visenya, vestía el terrible color verde. Como el pasto que las ovejas comían; ovejas que ,como dragones, ellos devoran porque no son nada. Hay algo mal cuando su jinete llama al de Sunfire “Aegon”, pero no es nada como aquel Aegon que fue jinete de Balerion. Apestaba a ovejas, a ratas, temblaba como uno de ellos. ¿Un dragón? Lo dudaba mucho.
Vhagar es anciana, tuvo varios jinetes. El tiempo no es nada para ella. Pero recordar su época de juventud, el triunfo de los hermanos conquistadores, y luego esto , hizo que le diera ganas de quemar ese castillo donde se veían símbolos de los tres dragones, pero respaldado por ese nauseabundo verde.
El único que soportaba era Aemond, porque entre medio del verde había un negro. Él no sabía que le faltaba poco para ser un dragón auténtico.
Uno como los que montaban los otros dragones, aquellos que venían de la misma isla en la que se posó con Meraxes y Balerion. Ellos olían a verdaderos dragones, sin importar que algunos de ellos olían a los Primeros Hombres y lucían como tales. El negro y Rojo era portado con orgullo.
Pero era uno de ellos la causa de mayor furia de su jinete.
Arax, era el nombre del pequeño dragón.
Lucerys el de su jinete.
Lucerys, Lucerys, Lucerys, cantaba el corazón de su jinete. Rabia, Odio, Tristeza, confusión, negación…
Lucerys, Lucerys, Laena, Laena, sonaban similares, había un sútil aroma de la sal de mar, combinado con la frescura del viento del norte. Pequeña cría de matas oscuras, cuya esencia, desde hace una década, se había unido con acero y sangre a su Aemond.
Fuego y Sangre.
Vhagar había vivido por mucho tiempo. Sabe la diferencia del desprecio con el amor, y su jinete estaba a unos pasos de este último.
Lo percibe cuando viene a ella despotricando en su lengua como se había reído de él, como siempre se sale con la suya, en cómo todo le es entregado aunque no se esfuerce. En cómo se deleito cuando lo admiro en su entrenamiento, en cómo retrocedía ante él, en cómo sus ojos expresaban todo sin decirle mucho.
Si Vhagar pudiera reírse lo haría. Pobre jinete suyo.
Así que sorpresa suya cuando se encuentran persiguiéndolos. a él y a Arrax, en medio de la tormenta. Cuando siente ese deseo, esa burla, ese desdén contra aquellos pequeños que apenas pueden volar.
El rugido que dio Sunfire, de tristeza, de angustia, mientras le transmitía los mismos sentimientos que su propio jinete sentía, a la vez que veía ondear con gran desprecio el verde en lugar del rojo y negro. Cuando su jinete le dijo que su hermano era el Rey, sabiendo ambos que, aunque llamándose como el jinete de Balerion, era menos que él.
Cuando sintió su frustración porque lo enviaron a unir su sangre con alguien indigno de su dragón.
La misma euforia de su primera vez en el cielo, cuando también vio al jinete de Arrax.
Las únicas veces que Aemond se sentía vivo era con ella y con el pequeño Lucerys.
Si no fuera porque Vhagar reconocer el auspicio de la guerra, Aemond y Lucerys…
Aemond y Lucerys.
Como cría que era, Arrax le atacó. Miedo, angustia. Miedo. Miedo de ellos.
– ¡No, Arax, obedece!
Si no fuera porque los dragones volaban separados.
– ¡No, no, Vhagar, no!
Si no fuera porque todo por lo que Balerion, Meraxes y ella sacrificaron parecía en vano…
Con un rugido se dirige a sobrevolar las nubes, divisando a jinete y dragón fuera de la tormenta.
–¡ No, Vhagar, no!
Su jinete se siente exaltado, atemorizado. Su corazón, roto sin entender por qué.
Pero no tiene de qué preocuparse.
Vhagar existía cuando Valyria era grande, cuando la magia era algo. No era de extrañar que tras varios años aún recordará cómo invocarla.
Si quería que Aemond, su amado jinete, fuera feliz, los dragones debían volar como uno.
Si debía enviar a Lucerys y a su dragón al momento en que la división empezó para que eso pasará, lo haría.
Lucerys fue quién marcó a su Aemond. Él sería quién lo arreglaría todo.
