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Something In The Rain

Summary:

Tres historias de amor. Tres hermanos.

La vida de Jimin se ha desviado de lo que él cree que es el camino correcto: obedecer lo que sus padres y su novio le ordenan, pero cuando conoce a un enigmático trabajador de una pequeña farmacia, se plantea seriamente en lo que se ha convertido su vida. Pero, ¿Cómo influirá en su futuro camino el chico de sonrisa perfecta de nombre Min Yoongi?

En cambio, Seokjin se encuentra envuelto en un matrimonio que intenta salvar de la monotonía, pero cuando el nuevo Jefe de oncología del hospital donde él trabaja como médico parece no quitarle la vista de encima, ¿se decidirá a dar el primer paso y encararlo? ¿Es posible que Kim Namjoon apareciera para removerle su mundo?

Por último está Taehyung, quién ha dado un giro completo a su vida perfecta al huir de regreso a su hogar, Seúl, Corea. Pero un encuentro inesperado con un chico que parece ser todo menos bueno, le hará estar envuelto en una vorágine de emociones ante ese lado nuevo que no conocía de sí mismo. ¿Será Jeon Jungkook una buena influencia para él o será su punto final en su desastrosa nueva vida?

¿Lograrán éstos tres hermanos encontrar la felicidad que tanto anhelan en el lugar menos esperado?

Notes:

Antes de comenzar con la historia quisiera explicar varios puntos importantes acerca del fic.

Lo primero es que esto es totalmente de mi autoría, si en dado caso hay lugares o nombres de personas reales ha sido de pura casualidad.

Es mi primer fanfiction en el fandom de BTS, por lo que sean clementes ya que no he estado muy familiarizado en el fandom aquí en ao3. He sido ARMY relativamente poco tiempo después de que debutaron, pero últimamente me he distanciado por cuestiones personales, claro que siempre los llevo en mi corazón.

Lo segundo es que esta historia es de temática LGBT+, por lo que si no es de tu gusto, pasa página y es todo XD

Lo tercero, es que he modificado unos cuantos aspectos generales acerca de los chicos, como su apellido, ya que tres de ellos serán hermanos (se puede apreciar en la portada chafa uwu) y sería raro mantener sus nombres tal como son. En cuanto a personalidades, trataré de hacerlo fiel pero también según sea conveniente para la historia (espero que me de a entender xd).

En cuarto lugar diré solamente que tengo varios planes para la historia en general y espero que se vaya formando en palabras así como lo hace constantemente en mi mente. Si son fan de los kdramas (yo sí) pueden ver sutilmente algunas cosas de ellos, sobre todo de los de romance. El título es de uno de mis favoritos, pero tratará otros temas (obviamente).

En quinto lugar, pondré las advertencias si es que las creo necesarias al principio del capítulo, por lo que serán libres de seguir o no. Una cosa que quiero dejar claro es que aunque se trate el tema de la descendencia, la verdad es que esto no será mpreg (embarazo masculino) aunque para mí sea de agrado, no lo veo necesario en la historia, por lo que no estará como tal incluido.

Finalmente, para no hacer esto más largo de lo que debería, es que la historia apenas está escribiéndose, por lo que iré actualizando conforme vaya concluyendo el capítulo siguiente, etc. Y también que espero que le den una oportunidad, ya que pondré todo de mí para hacer de esta historia algo nuevo para mí (*emocionado uwu*).

Sin más, pasemos a lo bueno ewe

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: JIMIN

Chapter Text

JIMIN  

El incesante tono del celular fue el que lo despertó.   

Tenía la cabeza apoyada sobre la mesita de la sala de su amigo Han Young-soo. El cuello le dolía horrores y se preguntó cómo había terminado de aquella manera. Su mente era un caos, acompañada de la bruma de la resaca por haber bebido demasiado la noche pasada. Alcohol. Sí, era eso. Recordó de pronto que no había podido negarse a tomar un par de tragos con Young-soo después de que saliera del trabajo, pero ¿habían bebido tanto?   

Masajeó un suavemente la parte trasera de su cuello y soltó un gemido de pura satisfacción al sentir sus dedos presionar la zona tensionada. Odiaba beber de aquella manera. No se incorporó de inmediato, a pesar de que el celular no dejaba de sonar tan fastidiosamente. ¡Sentía que su cabeza iba a explotar, por todos los cielos! Al tercer tono de cinco llamadas seguidas, su buzón de voz se llenó, puesto que el aparato había dejado de sonar del todo.   

Menos mal...  

Latas de cerveza estaban esparcidas por todas partes: encima de la mesa le rodeaban un par de ellas; en la alfombra gris de la sala y en el sofá de tres piezas de Young-soo. Y hablando de su amigo...  

Jimin se levantó con un pequeño espasmo en la columna vertebral. Genial, aparte del cuello, estaba jodido de la espalda. ¡Benditos veintisiete! Con una mueca logró recargarse en el sofá mullido y buscó con la mirada a su amigo.   

Nada. No estaba ahí.   

Con un esfuerzo sobre humano alcanzó su teléfono, que estaba en una esquina del sofá gris revesito de gamuza suave y lo desbloqueó. En la pantalla aparecía un nombre: Yun Dak-ho, quien era, para la desgracia de Jimin, su actual pareja. Decidió que lo que fuera que quisiera Dak-ho podría esperar. Debía esperar, mejor dicho.   

— ¡Young-soo! — gritó, pero parecía que su amigo se había esfumado de la faz de la tierra. — Maldito imbécil — murmuró para sí.   

Cuando se puso en pie el mundo bajo él giró y se retorció horriblemente. Para resguardar su integridad se dejó caer de culo en el sofá, que al contacto le alivió solo un poco el dolor de espalda. Debía de dejar de beber de esa manera si no quería padecer lumbago a tan corta edad.   

Recargó la cabeza contra el respaldo para ver si se aliviaba la presión que sentía en el cuello y así fue. Cerró los ojos en un gesto de placer que no tenía nada que ver con lo sexual.   

Mmmh, sí. Justo así se quedaría.   

Pero su minuto de calma fue interrumpido por el sonido de la puerta de entrada al abrirse y cerrarse con fuerza. Por el pasillo que daba al lugar en donde Jimin estaba, apareció Young-soo, con unas bolsas que desprendían un delicioso olor a comida calentita.   

— Despierta holgazán, he traído la cura a todos tus males. — La voz divertida de su amigo hizo que Jimin abriera los ojos. Bueno, también el hecho de que le apetecía comer algo lo más pronto posible.  

— ¿ Haejangguk? — preguntó, refiriéndose a la sopa tradicional para curar la resaca.   

— Sí. Y aparte he traído bocadillos hotteok que tanto te gustan — se acercó al centro de la sala y comenzó a empujar las latas vacías hacia todas partes, sin importarle que unas cuantas chorrearan cerveza sobre la alfombra. ¡Hugh! —. Es la forma de agradecerte por acompañarme a beber anoche. La verdad es que no estaba seguro de que aceptaras, pero cuando abriste la décima cerveza... — dijo echándole una mirada que a Jimin le pareció desagradablemente graciosa.   

— Debo seguir los consejos de mi madre y dejar de seguirte a todas partes. — Young-soo hizo un bonito puchero sacando el labio inferior. Jimin casi le lanza el celular. Casi. — En fin, hay comida que es lo importante.   

En pocos minutos su amigo dispuso la mesa con los acompañamientos de siempre. Jimin tomó los cubiertos y le bebió un poco de caldo primero, que le templó el estómago de forma maravillosa y, por raro que pareciera, le alivió el dolor de cabeza casi de inmediato. La sopa si era mágica. Por un momento el único sonido que se escuchó fue el de los cubiertos al chocar contra los tazones, el familiar sonido de la boca al masticar y los sonidos de satisfacción de Young-soo cada vez que sorbía del caldo.   

— ¿Cuándo se supone que es esa cena aburrida con tus padres? — preguntó su amigo. Jimin soltó un resoplido. Le dio un gran trago a su vaso de agua y cuando hubo deglutido el contenido, habló:  

— Mañana, gracias por recordármelo. — No era que odiara la cena con sus padres, si no que detestaba los temas que se trataban en ella, como por ejemplo la fecha en que su novio y él contraerían matrimonio. — Al menos Jin irá, por lo que no seré el único objetivo de la noche. Y hablando de eso, mira. — Le lanzó a su amigo su celular y cuando Young-soo vio las llamadas seguidas (y enviadas a buzón de Dak-ho) soltó un silbido.  

— Parece que alguien despertó de malas... — lo dijo en son cantarín y Jimin no pudo evitar soltar una risilla.   

— Al menos no...  

Pero cualquier cosa que iba a decir murió en sus labios, pues el sonido de alguien aporreando la puerta del apartamento de su amigo lo interrumpió. Oraba porque no fuera quién creía que era. Young-soo le lanzó una mirada como diciendo “¿En serio?” y se levantó para ir atender. Jimin se mordió el interior de la mejilla al saber de antemano de quien se trataba y cuando vio a las dos figuras acercándose a la sala, maldijo el tener siempre la razón.   

Yun Dak-ho era un hombre elegante y apuesto. Tenía el cabello negro en ondas, peinado de una manera perfecta y meticulosa, probablemente porque Jimin sabía que pagaba a un peluquero carísimo y exclusivo; el traje Armani se le ajustaba al robusto cuerpo, por lo que no dejaba nada a la imaginación de lo que había debajo de todo eso. Eran los ojos los que le habían gustado a Jimin la vez que tuvieron su cita a ciegas: dos orbes color castaño claro que, al reflejarse con la luz del sol se le podían notar motitas doradas en los irises. Claro que le desagradaba el que siempre tuviera el ceño fruncido y la mirada tan intensa y oscurecida.   

— Iré a cambiarme. — Con mirada suplicante miró a su amigo, que hizo un gesto despreocupado, dio media vuelta y se fue.  

Él se quedó ahí sentado en la alfombra, con el tazón de la sopa frente a él ya medio terminado. Los bocadillos dulces se enfriarían pronto. ¡Qué oportuno! Finalmente, miró a su pareja que no dejaba de taladrarle con la mirada y, para aligerar el ambiente, le sonrió. Esto pareció enfurecerlo más, porque Dak-ho tensó los músculos de su mandíbula y metió sendos puños en los bolsillos de su pantalón.    

— Coje tus cosas. Nos vamos — No era pregunta, dedujo Jimin, era una orden directa. Dak-ho estaba tan acostumbrado a mandar a todo el mundo que a él no le sorprendía que constantemente hiciera ese tipo de comentarios.   

— Iré a darle las gracias a Young-soo por la sopa...  

— ¿Darle las gracias a ese? ¿Después de que te emborrachó? — Jimin sintió la sangre caliente. Miró a Dak-ho directo a los ojos y le sostuvo la mirada. El otro hombre era más alto que él, por lo que tenía que elevar su rostro para enfrentarlo. No le importaba tener que hacerlo.   

— Soy suficientemente mayor para tomar mis propias decisiones, Dak-ho — dijo con los dientes apretados. El otro soltó una risa socarrona y arqueó las cejas. Jimin quiso darle un puñetazo.  

— ¿Cómo la vez que, borracho, te quitaste la playera en aquel restaurante y gritaste que querías follar? — Golpe bajo. Jimin se mordió el labio. Dak-ho era del tipo que te restregaba tus errores frente a ti, sin escrúpulos. Don perfecto, decía Young-soo siempre.   

— Eso no ha tenido nada que v...  

— Oh sí, sí ha tenido que ver con tu perfecto control de tu vida. — No supo que debatirle, por lo que se dio por vencido.  

— Sólo he traído mi bolso.  

— Entonces ya larguémonos de aquí — no esperó a que Jimin se alistara, caminó recto por el pasillo hasta la salida. Escuchó como se cerraba la puerta. Sabía, claro estaba, que Dak-ho lo estaría esperando impacientemente fuera del apartamento.   

Se calzó las sandalias que tenía de repuesto en la casa de su amigo, pues era más que costumbre pasar el tiempo en ese lugar; recogió sus cosas y se apresuró a salir. En el camino vio a Young-soo salir de su habitación y hacerle un gesto positivo con el puño cerrado: ¡Fighting!, a pesar de que su gesto era austero y lleno de disconformidad. Él se despidió con la mano y salió fuera.   

El descenso hasta el parking en el elevador estuvo envuelto en un incómodo silencio. Jimin observó las figuras reflejadas en las paredes metálicas del ascensor. Dak-ho sobresalía por encima de él por al menos una cabeza completa. Finalmente, las puertas se abrieron en el sótano que hacía de estacionamiento y se dirigieron al carro de su novio. A pesar de que llevaba un grueso abrigo largo no pudo evitar sentir escalofríos. Otoño se iba tiñendo poco a poco en ese frío invernal tan característico de Seúl y que Jimin detestaba. Para él, el frío significaba un resfriado seguro; embotellamiento de las calles y avenidas principales y sobre todo el tener que cargar siempre con varias capas de ropa para poder salir. Y la nieve cubriéndolo todo, tan blanca e hija de puta.  

Se detuvo frente al Mercedes de lujo de Dak-ho y esperó a que éste le quitara el seguro a la puerta, pero para sorpresa de Jimin, el hombre lo hizo suavemente a un lado y sostuvo la puerta abierta para él. A pesar del temperamento de su pareja, Jimin era consciente de que detalles como ese hacían a Dak-ho “el hombre indicado” para él. Entró feliz de ponerse cómodo y calentito. Aunque llevaba un leve dolor de cabeza aún, lo hizo más soportable el hecho de que desde hacía ya unos minutos Dak-ho no hubiera cruzado palabra con él.  

En el asiento contiguo el otro hombre siguió sin decir nada. Tampoco encendió el coche, simplemente colocó sus manos encima del volante, con la mirada fija en los demás coches que estaban estacionados. ¿Debía decir algo? No. Muchas veces el silencio era el mejor aliado para esas situaciones.   

— Quería almorzar contigo esta mañana antes de ir al trabajo — la voz de Dak-ho interrumpió el hilo que se formaba en su mente.  

— ¿Irás a la oficina un sábado? — preguntó, alzando las cejas en la dirección del hombre. Éste asintió, pero no le dirigió la mirada.   

Dak-ho era vicepresidente de una empresa grande dedicada al mundo del entretenimiento. Usualmente trabajaba hasta altas horas de la madrugada entre semana, pero nunca solía ir los fines ni aunque se le citara con urgencia, porque eran esos los días en que solía pasarlos a su lado. Debía estar realmente molesto con él para ir a su oficina, pero aparte de la noche pasada, ¿cuál era el otro motivo? Se devanó los sesos buscando una respuesta, pero fue en vano.   

— Junta de última hora antes de lanzar ese comercial de comida rápida — Ah, era eso. Ese proyecto era meticulosamente cuidado personalmente por Dak-ho. Esta vez le miró con ojos insondables. — Realmente nada importante, espero. — Hizo una pausa y encendió el motor del coche. Dio marcha y se dirigió a la salida, donde el portero los despidió con un asentimiento de cabeza.   

El complejo de apartamentos donde Young-soo vivía se encontraba en la zona sur de la ciudad, donde generalmente la gente de mucho dinero tenía su vida. Como Dak-ho, por ejemplo. En pocos minutos tomaron una callejuela que los llevaría directo a la avenida principal.   

— Tus padres me han invitado a la reunión de mañana, en su casa. — Jimin había intuído de antemano que así sería. Nada que no esperara de sus padres, que parecían estar más enamorados de Dak-ho que él mismo. — Así que te pido de favor que te mantengas sobrio hasta entonces, no quisiera malas impresiones durante la cena. — Tal vez si lo hubiera dicho con un tono suave y no tan frío y controlador, habría asentido con la cabezaz y guardado silencio, como siempre hacía.  

Pero algo se le removió desagradablemente en el estómago, provocándole náuseas.   

— ¿Perdón? — estupefacto, pidió que detuviera el coche. Verdaderamente sentía el estómago revuelto. Dak-ho lo miró con gesto adusto, pero aparcó hacia un lado.   

— ¿Qué pasa ahora? — preguntó, mientras veía salir del coche a Jimin, sujetándose con ambas manos el abdomen a la altura del estómago.   

Fuera el cielo se estaba tornando grisáceo; las nubes se arremolinaban, amenazando con la llegada de la lluvia fría, como era común en esas épocas. Jimin recibió una cachetada del viento, que le congeló las mejillas casi de inmediato. Se encorvó, presa de las náuseas y cerró los ojos, tratando de alejar esos horribles comentarios que Dak-ho le hacía en la menor oportunidad que tuviera.   

¿Por qué simplemente no lo dejaba ser? ¡No era un niño! ¿Pero acaso le importaba? Suponía que no, porque nada en él había cambiado durante los últimos cuatro años de relación. Quería llorar de impotencia. Cuando menos lo esperó, vació el estómago. Ahí va la cerveza, pensó, y la sopa de Young-soo...  

— ¿Necesitas que te lleve al hospital? —Dak-ho no le tocó, como había visto que hacían las parejas en situaciones similares, ni tampoco le ofreció un pañuelo para limpiarse. Se limitó a verle desde lejos, con un gesto entre asqueado y furioso.   

— Estaré bien. — Esperó a que su cuerpo pusiera un alto en vaciar su estómago y después se acercó al coche. Abrió la puerta y cogió el bolso, que se colocó en un hombro. Después, para su propio asombro, miró a Dak-ho por última vez directo a los ojos y se alejó de ahí.   

Escuchó que su novio le llamaba, pero lo mandó al diablo mentalmente.   

Bien dicen, para qué quieres enemigos cuando tienes a tu propia pareja...  

O algo así, ¿no?  

ΔΔΔ 

Seguía teniendo el estómago un poco revuelto, pero se negó a volver la vista hacia atrás. Caminó un par de cuadras más en dirección a la casa de su amigo, con la ferviente necesidad de dormir por dos días seguidos, para olvidarse un poco de todo.   

A punto de cruzar una calle, vislumbró frente a él una farmacia pequeña que tenía un anuncio que rezaba “Abierto 24/7”. Justo lo que necesitaba. Cuando el semáforo encendió a verde, cruzó rápidamente en dirección a lo que era su salvación más próxima.   

Por dentro el local estaba bien iluminado, tanto que le molestó a la vista, pero no le tomó demasiado importancia. El olor a fármacos, alcohol y algo parecido a flores silvestres le levantó un poco el ánimo; los dos primeros le recordaron las pocas veces que iba a visitar a su hermano al hospital, donde era médico. Una pareja de adultos mayores miraba con detenimiento uno de los estantes donde se exhibían cremas para el dolor reumático. Jimin los pasó por un lado, directo al mostrador al final, donde se encontraba un hombre de dándole la espalda. Al llegar, carraspeó para llamar su atención.   

Lo primero que pensó Jimin al ver aquel hombre fue que parecía sacado de alguna revista de KMagazine . Labios del color del durazno maduro definían una mandíbula marcada; el cabello, de un intenso color negro acentuaban de sobre manera la piel de un pálido saludable. Lo que más llamó su atención fueron sus ojos, rasgados al final y remarcados con unas espesas pestañas oscuras. Debía de tener su edad aproximadamente, aunque debía de ser mayor por uno o dos años a lo mucho. Era guapo, aunque su gesto sereno le transmitía una calma inexplicable.   

— Bienvenido, ¿buscaba algo, señor? — Su voz fue un ronroneo ronco que le provocó un extraño estremecimiento en la espina dorsal.   

— Algo...algo para la resaca y el vómito — respondió de forma absurda. ¡¿Qué rayos le pasaba?!    

El vendedor asintió y buscó en los estantes que se encontraban detrás de él. Mientras lo hacía, Jimin no pudo evitar apreciar los hombros anchos y la espalda en forma de “v” invertida, lo que le provocaba que la bata clínica blanca se le restirara en ambas direcciones. Maldijo entre dientes, buscando una explicación coherente a sus pensamientos. El hombre se giró, llevando en las manos dos frasquitos pequeños.   

— Estas de aquí son vitaminas, tómate una ahora y dos más por la mañana para que tu cuerpo se recupere — dijo, mientras señalaba uno de los pequeños botecitos. — Y este otro es un antiemético, para aliviar el síntoma de la náusea y el vómito.   

Él los cogió y los miró de cerca, como si dudara de los conocimientos del farmacéutico, aunque no tuviera ni la menor idea de lo que acababa de decirle. Los puso de nuevo encima del mostrador.   

— ¿Cuánto le debo? — preguntó mientras que con una mano buscaba en su mochilita.   

— Quince mil quinientos wones, por favor — Por alguna razón no podía quitarle los ojos de encima. Y para su mala suerte su billetera no aparecía. Nervioso, le sonrió tímidamente al hombre frente a él y le pidió que le esperase un segundo. Volteó el contenido de su bolso sobre el mostrador; un paquete de Trident de menta cayó primero, seguido por una variedad de artículos que no eran nada dignos de seriedad: un paquete medio vacío de cigarrillos (que fumaba cuando no soportaba quedarse quieto), hilo dental, un par de curitas beige, una pelotita antiestrés, un pequeño diccionario del idioma inglés, guantes de piel...y nada de billeteras con dinero.   

Si de mala suerte se tratara, Jimin ganaría a cualquiera sin ningún problema. El hombre-ojos-sexis le miraba intensamente y Jimin deseó que la tierra se partiera bajo sus pies y se lo tragara para siempre.   

— Creo que he olvidado la billetera en algún lado — Existían las transferencias bancarias, pero cuando volvió a rebuscar, su teléfono celular tampoco apareció. ¿Los habría dejado en casa de Young-soo o en el carro de Dak-ho? No lo sabría hasta que uno de los dos se los devolviera.   

Avergonzado, recogió lo que había esparcido por el mostrador de cristal templado y miró agonizante al otro hombre. Pero éste (por alguna razón que Jimin desconocía) le sonrió ladinamente, causando que los ojos se le rasgaran aún más, si es que eso era posible.  

— No te preocupes — dijo en tono calmado, como si no le importase que Jimin estuviera al punto del colapso.   

La pareja de abuelitos se acercó y pagó por la crema para el reumatismo que habían visto por largos minutos. Salieron sin sentirse avergonzados, como probablemente saldría él. Sin otra cosa que decir, agradeció y se disculpó con grandes reverencias ante el vendedor, pero éste negó repetidamente con la cabeza.  

— Parece que no me he dado a entender —volvió a decirle. ¿A qué se refería?  

— ¿Disculpa? — Vale. No era que Jimin pensara con total claridad en aquel momento tan bochornoso.   

— He dicho que no te preocupes, yo pondré el dinero — dijo como si nada.   

¿Qué-cojones-estaba-sucediendo-ahí?  

— ¡No! — respondió rápidamente, golpeándose mentalmente por su propio tono de voz, tan desesperado y afligido. Patético.   

— No hay problema.  

La caja se abrió y el hombre metió el dinero que él debía de haber pagado, de haber tenido dinero, claro está. ¿Cómo morir en situaciones como esa? ¡Que alguien lo ayudara!  

— Claro que tendrás que pagármelo después — ¡Ah! Ahí estaba el quid de la cuestión. Jimin recordó el dicho de su madre: “nada en esta vida es gratis”. Cuan sabia era su honorable madre...   

— ¡Lo haré! — entusiasmado ante la idea de no deberle un favor a un extraño, sonrió mentalmente y con todos los dientes, también. Pero la sonrisa le duró poco cuando el sujeto dijo:   

— Tendrás que invitarme a comer...   

— Ah...yo... — ¿Debía ser grosero y decirle que no podía? Porque era verdad. No quería ni pensar lo que diría Dak-ho, o peor, Young-soo.   

Pero fue muy tarde para responder negativamente.  

— Te daré mi número, aunque tendrás que apuntarlo en algo, puesto que he notado que no cargabas con el celular. — ¡Qué observador! Y él que pensaba que era alguien agradable...  

— Sí...supongo que sí — Las cosas nunca salen como lo esperas, pensó, mientras apuntaba el nombre del hombre que se acababa de convertir en su pequeño chantajista.  

Cuando hubo terminado, guardó los frasquitos de las vitaminas y las tabletas anti náuseas en su bolso, que parecía contener todo menos lo indispensable. Debía despedirse, pero era verdad que no sabía el nombre del hombre. Como si le leyera el pensamiento, dijo:  

— Min Yoongi, un gusto — extendió una mano de dedos largos. Jimin la miró, la estrechó con la suya (más pequeña, a decir verdad) y contestó:  

— Wang Jimin — Min Yoongi asintió, pareciendo satisfecho.  

Salió de la farmacia sintiéndose de dos formas: la primera, con la inquietud acerca de lo que le depararía a futuro ese extraño intercambio de sucesos con Yoongi; la segunda, con el irremediable sentimiento de quién hubiera encontrado un tesoro falso: lleno de júbilo al principio y decepcionantemente infeliz al siguiente segundo.   

Pero, ¿qué podría salir mal, después de todo?  

Ni si quiera se lo podía imaginar.