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Tenshukaku- Inicios del Vision Hunt Decree
Y ahí estaba él, aquel que se atrevió a desafiar la solitaria eternidad impuesta por un dios. De pie, frente a su castigo, sin arrepentimientos, sin mirar hacia atrás. Sabía a la perfección que estaba arriesgando, cuando se dispuso a derribar uno por uno a los guardias que se interpusieron en su camino, y supo que no había vuelta atrás cuando puso un pie en el Tenshukaku divisando a la distancia a la Guardiana de la Eternidad: La Todopoderosa de Narukami, donde a su diestra también se encontraba su fiel comandante Tengu, ambas erguidas e inmutables esperando al retractor.
En los ojos del joven ya se apreciaba un severo cansancio, pero bien se sabía que eso no lo detendría; tenía que hacer esto, batirse a un duelo justo con quien estaba a cargo del decreto de captura de visiones era el propósito por el cual había arribado a allí principalmente.
Ya que, ¿quién más lo haría si no él?
Había pasado casi un mes desde la ejecución del decreto, todo este tiempo se había limitado a observar como aquellos portadores de visión se quedaban totalmente vacíos, sin aspiraciones, sin rumbo, y como otros huían sin esperar misericordia de su arconte; soportar ese panorama justo en un gélido invierno, había sido para él la gota que colmó el vaso, no necesitaba esperar otra estación más, debía hacer algo más que esperar el momento oportuno, tenía detenerlos aunque las posibilidades de triunfar fueran mínimas, tenía que intentarlo.
No importó cuanto el Comisionado Kamisato le advirtió sobre no actuar precipitadamente, mantener un perfil bajo y proceder con cautela; existían cosas que simplemente no se podían resolver desde las sombras, pensamiento que su buen amigo Thoma había comprendido esa misma mañana, cuando soltó el agarre que había ejercido sobre su brazo, intentando retener a aquel enérgico joven samurái que ahora yacía de rodillas esperando la sentencia del castigo divino.
Al final, todos los que lo conocían en la ciudad de Inazuma, sabían que no podían detenerlo.
Pero era inevitable preguntarse si aquel chico de cabello platino, hablar poético y aura calmada, quien estuvo a su lado en algunos festivales celebrados en Hanamizaka, hubiera podido hacer algo para que el terco Tomo entrase en razón.
Sin embargo, ya era tarde: aunque el chico de cabello platino y hablar poético en cuestión, se encontrase corriendo hacia el lugar del duelo después de haber recibido la terrible noticia, con el corazón en la mano, respirando agitado y con dificultad, mientras suplicaba plegarias a un dios que no lo escucharía jamás...
"Por favor, déjame llegar a tiempo, por favor, te lo suplico."
Aún así, ya era demasiado tarde.
El rubio había perdido ante el Tengu, aquella encargada de ejecutar el decreto que la Todopoderosa Shogun había impuesto sobre Inazuma para perseguir su ideal divino.
La eternidad. Sí, tal vez Tomo sintió la eternidad en cada paso que daba la supuesta deidad a la que debía rendir culto, aproximándose a él para liquidarlo tal y como las reglas del duelo lo estipulan.
Exhausto por la batalla que libró contra la general, todo le parecía como si fuera en cámara lenta.
«¿Así es cómo se siente estar muriendo? ¿O es por que se que no voy a resistir un golpe más?» se preguntaba internamente. Y entonces lo siente venir, el Muso no Hitotachi, el pináculo de la destreza de la Todopoderosa Shogun, la mayor muestra de su poder innegable.
¿Por qué debía recordar textualmente las palabras de su querido amigo justo en este momento? Oh, arcontes... esto lo iba a poner algo nostálgico.
Con sus últimas fuerzas, toma su espada en lo que parece un impulso de adrenalina pura, o tal vez algo más complejo para el entendimiento de aquellos que observan con curiosidad y terror, la ejecución del castigo.
No podía contemplar la opción de escapar... No. Aunque no hubiera estado herido de gravedad por ese maldito ataque injusto, jamás huiría de nuevo de algo que él mismo hubiera provocado; ante los ojos de la comisión Tenryo y del clero, él era el perdedor de aquel duelo, y no iba a huir de ello, era su destino.
Cuando el rayo omnipotente de la Todopoderosa de Narukami, rodea la feroz espada sagrada que materializó con su poder divino, el joven de cabello color arena toma una gran bocanada del aire primaveral. Los cerezos permanecían balanceándose al ritmo del fuerte viento que rodeaba la escena, algo que no acompañaba para nada a la tétrica situación.
El verdugo alza su arma para cernirse contra el chico y el mundo parece quedar en silencio, inmovil, como si el tiempo se hubiera detenido. Todos esperan lo inevitable, el trueno inmutable engullendo a aquel que se atrevió a cuestionar los designios de lo divino.
Pero hay algo distinto cuando todos abren sus ojos, que habían cerrado por mero instinto.
Aquel chico de melena rubia y ojos igual de intensos que los potentes rayos de la Poderosa Narukami ahora estaba de pie aguantando el ataque aniquilador.
Los onmyoujis miran atónitos, bocas abiertas, y los celos fruncido de siempre. Kujou Sara tiene la cara pálida como el papel al igual que Takayuki y los guardias que custodiaban la zona. Un mortal había parado sido capaz el golpe de un dios.
Hasta la misma Shogun abre los ojos en sorpresa, un minimo destello de luz resuena en los faroles vacios, a los cuales el muchacho observaba desafiante, ejerciendo más fuerza de la que su propio cuerpo es capaz de soportar para mantener la postura.
Y por unos segundos lo logra.
Solo que no el tiempo suficiente.
Puede que su voluntad fuera tan fuerte como lo cimientos de su propia ciudad amada, pero su espada no tenía la misma firmeza de su corazón.
A pesar de que todos sus sentidos estaban tan tensos por la realización de que iba a ser casi imposible salvarse del golpe, escucha como un susurro que le es traído por el viento las letras de su nombre pronunciadas por esa persona que su corazón tanto añoraba; después de todo, había pasado todo un invierno sin su cálida presencia.
Uh.... definitivamente un mal momento para recordar sus fuertes sentimientos por el joven samurái escarlata.
Sin saber si estaba alucinando o no, su mente le juega una mala pasada y lo único que podía recordar era la sonrisa de aquel chico, el intenso carmesí de sus pupilas y lo hermoso que se veía en esas tardes de otoño cuando aún vagaban juntos. Y por supuesto, su promesa.
"Nos volveremos a encontrar, en alguna esquina de este mundo"
En el momento en que la hoja de su katana rechina en protestante por el eminente final que venía acercándose, pide con devoción, a ningún dios en particular, que solamente fuera su imaginación, por que no soportaría morir enfrente de su persona amada de esta manera, por muy solemne que fuera.
«Ah, pero si me hubiese gustado ver esa bonita sonrisa suya por una vez más...»
Y con ese pensamiento en mente la cámara lenta acaba, la espada se rompe, la visión electro es arrojada, en espera de ser portadora de algún tipo de esperanza, y el poderoso trueno engulle el cuerpo del rubio mientras que al otro lado del lugar de la batalla, el samurái escarlata de cabellos platinados intentaba alcanzar, sin éxito, al chico con el que había querido pasar su eternidad.
Una voz se manifestó en algún sitio de un plano conocido por pocas personas:
«Tú, que has cuestionado y enfrentado los ideales de tu dios, ciudadano de la Eternidad, ¿cómo me haría llamar tu gobernante también si dejó que tus propios esfuerzos perezcan por la espada que yo misma he forjado? Tal vez no puedo detener esta atrocidad tormentosa por la que estás pasando, y devolverte a donde perteneces. Ni siquiera he sido capaz aún de consolar la tristeza de mi ser más preciado... Pero puedo ofrecerte una escapatoria. Como antiguo arconte que desafió las leyes celestiales y ha sido silenciada, ahora yo te concedo una oportunidad para que no compartamos el mismo destino, joven de mi nación amada.»
