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Los dioses igual sangran rojo

Summary:

—Nunca te dejaría—

—¿Lo prometes?—

—Lo prometo—

Nadie pensaría que esos niños que eran como hermanos serían arrebatados el uno del otro por sus sentimientos. Así como ese arete fue entregado en la inocencia de una promesa, así mismo fue lanzado con furia cuando la promesa se rompía en pedazos inexistentes, intangibles pero aun filosos.

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O la historia donde dos viejos amigos se reúnen luego de milenios, donde uno es inmortal pero el otro no. Descubriendo lo valioso que es el tiempo, así como eternas las palabras.

Notes:

Dedicada a las personas que me ayudaron a seguir avanzando en este universo y no rendirme con la historia.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter Text

Las palabras solo eran eso, palabras que el viento podía llevarse, sonidos que se podrían perder entre los ruidos de su entorno. Simplemente eran como plumas, livianas y sin intenciones. Aún siendo así, las palabras causaban dolor, podían herir a alguien, podían provocar risas, pero eran las personas que las decían quienes le daban el valor. Ese valor que era el plomo para esa liviana pluma, lo que las hacía caer con fuerza desde el cielo para estamparse en el suelo. Es por eso que las palabras eran un tesoro, más brillante que el oro, más viejas que los mismos dioses, necesarias como el oxígeno a los pulmones.

El joven Dios conocía bien las palabras, siempre estuvo rodeado por ellas, desde que creció, hasta el día donde la vida le fue arrebatada, siendo reemplazada con inmortalidad. Miraba a su mano pintada de rojo, sucia de tierra así como lo estaba todo su cuerpo, en específico observaba la joya en su palma. Era un arete negro de ónix, acompañado de un contorno de oro que brillaba con la luz del atardecer que se presentaba, una pequeña sonrisa se formaba en su rostro pálido, recordando como el mismo había hecho ese bello adorno y entregándoselo a quien había creído muerto por años. Esa misma piedra preciosa tallada que había conservado con la esperanza de unirla a su dueño algún día. 

Pasos pesados se acercaban por su espalda, haciéndose lugar entre la odiosa nieve que volvía húmeda su ropa, nunca fue amante de los climas fríos, al contrario del pelinegro que miraba algo en su mano, él nunca amo el invierno, no lo suficiente como para vivir en él eternamente. Alcanzaba el hombro de su alado amigo, de cabellos bicolores, ojos ahora rojos y piel pálida, tatuada con cicatrices de las cuales no sabía su historia. La última vez que lo había visto apenas eran niños, niños que ahora se habían vuelto guerreros. 

El de piel morena bajaba la vista, observando el arete en las manos del Dios, quedaba sorprendido, nunca olvidaría esa joya, jamás, había sido dada el día que una promesa se había formado frente al bosque y arrebatada el mismo día donde el moreno había sido asesinado, o bueno, eso parecía.

 


 

Ambos pequeños reían, uno de piel morena y otro de piel pálida, sentándose en el borde del acantilado encargado de custodiar un río, el mismo río que le daba agua como cosechas a su aldea. Permitían que el viento acariciara sus mejillas y entregará el aire faltante que habían perdido por correr tanto. Pero no podías culparlos, tenían bastante energía. 

—Tonto, eso es lo eres—

El de piel blanca, el menor, escuchaba como una risa estallaba a su lado. Mientras que el bufó con molestia, inflando sus mejillas, golpeando con sutileza el hombro de su amigo, que se encontraba en un estado bastante… sucio.

—¡No te deberías reír! Casi mueres—

El de piel morena y ojos grises con naranja, el mayor, se iba calmando. Su risa cesaba y se acomodaba mejor en su lugar, mientras negó suavemente con la cabeza, observando la preocupación en los ojos dorados que le regañaba con la mirada. 

—Nunca te dejaría—

—¿Lo prometes?—

—Lo prometo—

El menor sacaba de su bolsillo dos aretes que había hecho, extendiendo uno hacia su fiel compañero, con una sonrisa en el rostro. El mayor tomaba el arete, mirándolo con cautela y manipulando como si se pudiera romper con el solo soplido del viento. 

—Para qué nos recordemos, aún así a veces no nos veamos—

—Bien, juro que nunca te dejare, nunca me quitaré este arete, nunca nos separaremos—

—Me alegro que sea así, porque no te dejaría ir tan fácil—

Y bien que le hizo justicia a esas palabras más adelante. Nadie pensaría que esos niños que eran como hermanos serían arrebatados el uno del otro por sus propios sentimientos. Así como ese arete fue entregado en la inocencia de una promesa infantil, así mismo fue lanzado con furia cuando la promesa se rompía en pedazos inexistentes, intangibles pero aun filosos.

Todo había pasado demasiado rápido, una discusión se había vuelto una pelea, ambos habían crecido, solos dos años, dos años les tomó para romper sus palabras y dejarlas sin valor alguno. Ambos se miraban con odio, gritando mutuamente el odio que tenían, algunas palabras incoherentes y otras hirientes, mezcladas con el dulce de las mentiras . Probablemente en otro momento esas palabras no hubieran pesado, pero ahora lo hacían, ahora eran dagas que se clavaban en la memoria de ambos jóvenes. 

Oh, el orgullo de los humanos y el dolor de los mortales, pensaban los dioses que observaban todo. Curiosos y expectantes del acto que se presentaba ante ellos. 

—¡Jodete! Nunca te pedí tu amistad, nunca te pedí nada! ¿Por qué me dejas?—

El de piel morena, con una mochila en la espalda, gruñía entre dientes, siseaba ante las palabras de quien era como su hermano. 

—Porque no quiero vivir en esta estúpida aldea toda mi vida, no quiero desperdiciar mi tiempo aquí, no quiero vivir así—

—¡¿Y porque no me llevas?! Siempre abandonas lo que amas, yo te acompañaría a todos lados, y si no lo hacía al menos te diría el adiós, no tendrías que escaparte en medio de la noche—

El silencio llenaba el aire, ambos agitados, respirando hondo, con lágrimas que ninguno soltaba por orgullosos. El menor entre ambos no comprendía, ¿Qué hizo mal?

—Por esto, no me dejarías ir, quiero ser libre, quiero vivir sin nadie que me diga que hacer o no. No quiero tener que estarte cuidando, no quiero arrastrarte al peligro— tomaba algo de aire, tragando duro para decir con odio —Un día crecerás, y te darás cuenta que como son las cosas realmente—

Y los dioses se rieron, los dioses, los seres superiores reían. Los humanos, tan egoístas,  pensaron. 

—Entonces espero nunca crecer, si darse la cuenta de cómo son las cosas significa volverse como tu—

Las palabras habían pesado, ambos parecían querer decir algo más, tal vez una disculpa, tal vez un adiós, pero nada quedaba en ese momento. Ninguna palabra que les viniera a la mente quedaba bien, misma razón por la que el de piel pálida decidió acabar con todo.

—Vete, antes de que te clave mi espada y no puedas ni marcharte vivo de aquí. Vete antes que me arrepienta de dejarte ir —

Los dioses se sorprendían, así como el mayor entre ambos. Veía al chico de piel pálida y débil, ahora como alguien imponente mientras que sacaba una espada, tomándola con fuerza dispuesto a atravesar el pecho de quien era como su hermano, los ojos dorados con lágrimas que peleaban por salir. El moreno solo suspiró, mirando al suelo unos segundos, para luego quitarse el arete que tenía y lanzarlo a los pies del chico de la espada, con una furia nunca antes sentida por él. Ambos se miraron a los ojos, no era un adiós, era una clase de exilio. 

Y David mató a Goliat, susurraron los dioses, observando como el moreno corría entre el bosque de mala reputación. Conocido por matar a quien entrará en él, conocido por dejar a los viajeros sin vida, solo logrando atravesar durante el día, aunque aun así no te salvabas de los riesgos por completo. El menor, de ojos dorados sólo caía en el suelo, llorando y subiendo las manos a su rostro, nuevamente sólo pensaba. Se perdía en su cabeza cuando el grito desgarrador de alguien sonaba en sus orejas peludas.

Es él , pensaba, es mi hermano , se susurro en su cabeza.

No recordaba cuando comenzaba a correr con su espada hacia el bosque, ignorando los peligros latentes. Los dioses reían, expectantes de cómo está obra se desarrollaría. Pronto se descubría como el capítulo del libro se cerraba, con el de ojos dorados llenos de lágrimas, arrodillado en un charco de sangre, sosteniendo en manos temblorosas la mochila con la que su ,¿Amigo? ¿Compañero? ¿Ex compañero? ¿Hermano? , se había marchado. Pero ahora no había más que restos de lo que alguna vez fue manchados de un rojo intenso. 

 


El destino era cruel, agrio pero a veces dulce,en otras te acariciaba con ternura o simplemente te quemaba, te consumía. El moreno observaba como el de piel pálida seguía sosteniendo el arete en manos sangrientas. Ambos ahora mayores, en la nieve frente al sol que se retiraba para darle lugar a su amante eterna, la noche. La mano de su amigo se acercaba a él, ofreciendo el arete, que con el mismo cuidado con el que se le fue entregado la primera vez agarraba.

—Eso te pertenece—

Fue lo único que dijo el de cabello bicolor, el moreno por su parte rió bajo, tomando el arete y colocándolo en su respectivo lugar, con maestría y sacudiendo su oreja gatuna, acostumbrándose al peso nuevamente, se sentía tan común pero al mismo tiempo tan diferente

—Aún creyendo que estaba muerto, lo guardaste. ¿Por qué?—

—La muerte es relativa, yo morí hace años y sigo aquí. Tu más que nadie deberías saberlo—

El de cabellos cafés sonrió nostálgico asintiendo a sus honestas palabras. Era verdad, él ya tenía décadas vivo, no moriría por vejez pero sí por el filo de una espada. Al contrario de su amigo, de pelos bicolores, que nunca moriría debido a ser inmortal. Ahí estaban, un dios y un mortal, conviviendo y haciendo las paces luego de milenios de pelear en el silencio. El bicolor de cabello trenzado se dignaba a mirarle, antes de abrazarlo, permitiendo que ambos se derrumbaran por unos segundos en ese cariño faltante, que no habían obtenido debido a confusiones. Uno pensaba que su hermano había muerto en un bosque y otro creía que su hermano había muerto por viejo. Ninguno consideró la opción de que estarían juntos luego de milenios en la tierra.

Pero así eran los libros, dando giros bruscos e impensables. Ambos chicos se separaban, mirando sobre la montaña donde el suelo estaba pintado de blanco y rojo, lugar donde hace no tanto una batalla había sido librada, siendo los cuerpos inmóviles así como las casas a medio destruir pruebas de lo mismo.

—No te confundas, no es mi perdón—

Eres un egoísta , las voces en la cabeza del Dios susurraron. El moreno asentía a las palabras del Dios, con un sabor algo pero aceptando el dolor que le causaba en su pecho.

—Ni el mio. Ser Dios de la Venganza te queda bien—

—Cuida tus palabras, así como te di un trozo mi paz puedo arrebatar por completo la tuya—

El moreno sabía que no era una amenaza, las palabras sonaban como una pero el plomo que las hacía pesar no era el de una. Sabía que era una clase de advertencia, una forma de saber cuál era su lugar como mortal, para saber que aún el corazón de su amigo no lo había perdonado, dejándole con la incertidumbre de que tal vez su amigo ni siquiera tuviera un corazón a estas alturas..

—Como digas, Dios — La última palabra sonaba a burla — Deberíamos apurarnos, la noche caerá y no quiero estar más en este infierno helado—

—Si te quedarás en mi lugar, debo asegurarme que no me intentaras matar—

—¿Acaso los dioses no son eternos?—

—Inmortales, pero no eternos, con la dedicación correcta y el movimiento equivocado, un Dios puede caer—

— No tiene sentido alguno...—

—Miralo de esta forma, así como los mortales hacen actos solo posibles por dioses, los dioses hacen actos solo posible para los mortales—

 

Notes:

Ah! Me tarde algo haciendo esto pero bastante orgulloso estoy. Disfruten y espero sus kudos así como comentarios con ansias. Pronto publicare el segundo capítulo <3

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