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The demons that we don't see but follow us

Summary:

Tanjiro está preparado para la selección final en la montaña Fujikasane. Esto revive recuerdos en uno de sus esposos mucho más que cualquier otra cosa. Así que mientras Tanjiro está en la montaña luchando por sobrevivir los siete días, Giyuu cuida y consuela a Sabito.

Notes:

Me demoré con la entrega de esta parte porque 1. Tenía que terminar la idea, y ver cómo cresta iba a ordenar las weás. 2. Me dio tendinitis (conchetumare D:) (Fue por una weá súper estúpida más encima xD)

¡Bueno! Eh... Sí, estuve viendo y estaré haciendo las siguientes partes más o menos en el mismo formato que está. Así que no deberían sorprenderse de la demora, así entregó el trabajo terminado al toque (。•̀ᴗ-)✧

Beshotes 😘

Chapter 1

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Luego de meses de entrenamiento, luego de muchos cuestionamientos de si acaso estaba haciendo lo correcto o no. Después de tanto, Tanjiro finalmente se enfrentaba a la prueba final, donde tendría que demostrar los frutos de su arduo trabajo. Sabiendo que si salía vivo de ahí. Sería entonces un cazador de demonios al igual que sus esposos.

Varios eran los curiosos que se quedaban viendo en su dirección más de dos veces, no era usual que un omega de su edad entrará a las tropas. Mucho menos uno ya unido. El olor a tristeza y lástima que emanaba de las personas que se le quedaban viendo le decía que los mismos creían que las razones de Tanjiro de estar ahí eran más desoladoras que la realidad.

Aun así, Tanjiro no era el único de su edad. Había incluso algunos que parecían más mayores que él. La mayoría eran menores sí, pero no era la regla.

Cuando los hijos del patrón Ubuyashiki se presentaron en el frente del tumulto de gente Tanjiro los reconoció solo por su aroma. Kiriya y Kanata Ubuyashiki dieron las instrucciones y advertencias de lo que les deparaba. Y cada uno de los novatos se preparó para ingresar al laberinto infestado de demonios.

Las voces de sus alfas resonaban en su mente, diciéndole que tan hábil era y lo rápido que debía pensar y reaccionar al interior de la montaña. Lo necesario que era no mantenerse en un sitio, y jamás, pero jamás, creer que tenía la delantera en una batalla contra un demonio. Independiente de la imagen que podía proyectar dicho ser.

Recordaba vívidamente besar las cicatrices de su alfa, Sabito. Cicatrices de cuando estuvo al borde de la muerte a manos del demonio que pensó podía matar solo, demonio que lo perseguiría hasta el día de hoy a él y a su hermana mayor en las horribles pesadillas.

Si no hubiera sido por Murata, el compañero disciplina de los dos —y futuro cuñado, al unirse a Makomo—. Estudiante de otro cultivador del aliento del agua. Que decidió acompañar a Sabito después de dejar a Giyuu en un lugar seguro, Sabito definitivamente habría muerto, y Giyuu y Tanjiro habrían quedado ultrajados de su otra mitad.

Las cicatrices de Sabito estaban situadas en sus costillas y su cuello, la primera vez que las vio con detención quiso llorar hasta no poder hacerlo. Antes, en el calor del celo no se había dado el tiempo de fijarse en detalles como ese. Cuando lo hizo abrazó fuertemente a su alfa quien silenciosamente le intentaba decir que seguía ahí, que estaba vivo, que no debía preocuparse por viejas heridas que ya habían sanado.

Giyuu naturalmente sabía todo lo que había ocurrido, era un tópico sensible entre los dos alfas. La culpa, la pena, el pesar de no haber estado ahí para proteger o para ayudar a su pareja en aquella situación sería algo que jamás sanaría entre los dos. O al menos eso creían. Giyuu siempre sentiría culpa, siempre se sentiría como un inútil en aquella situación. Sabito siempre le reñiría, le diría que no había forma en que lo hubiera ayudado. ¡Por Dios! ¡Giyuu estaba herido también! De haber peleado junto a Sabito...

Tanjiro no quiere ni pensar en eso.

De haber peleado con Sabito, Tanjiro jamás los habría encontrado.

Había un acuerdo tácito entre los hermanos de no decirle nada sobre aquel demonio a Urokodaki. Pero Tanjiro podía notar, en la forma en que el anciano rezaba a sus cachorros ya fallecidos, niños y niñas que habían perecido en la selección final, que el mismo hombre ya sospechaba la razón detrás de eso. Por la misma forma en que también les agradecía la protección que ellos les dieron a sus hermanos más jóvenes. Makomo, Sabito y Giyuu.

Seguramente en esos momentos estaría haciendo lo mismo en su caso, pidiéndoles a los espíritus de sus otros cachorros que cuidarán de él.

Cubrió su rostro con la máscara que Urokodaki mismo le entregó, diciéndole que le protegería cuando fuera necesario. Sabito y Giyuu también habían tenido las suyas, Makomo le dijo que la suya había sido tan bonita, que al volver de la prueba le pidió a Urokodaki que le hiciera una nueva idéntica a la anterior.

La complicidad de los hermanos, especialmente entre Sabito y Makomo los hizo nunca decir nada sobre que aquellas máscaras eran la forma en que el demonio de las manos los identificó a cada uno de ellos y a sus hermanos difuntos.

Una de las noches antes del inicio de la prueba final. Cuando Giyuu dormía tranquilamente en el futón envuelto en el aroma de los tres, Sabito no podía hacerlo y Tanjiro era su acompañante. Los dos salieron al pasillo dando hacia el jardín, donde Sabito se recostó sobre el regazo del omega, abrazándolo por la cintura. Apenas se podían escuchar los jadeos sollozantes del alfa.

—Ssh... —arrulló suavemente, acariciando el cabello suave y frondoso del otro. Disipando dulcemente sus malos pensamientos—. Haré lo que tenga que hacer para volver con vida, Sabito. Es una promesa, no dejaré que ese demonio me encuentre.

Sabito dejó salir un quejido lastimero, abrazando más fuerte al pelirrojo.

A la mañana siguiente después de aquel encuentro Tanjiro la pasó acurrucado a Sabito, Giyuu se les unió después de cumplir con sus deberes en la finca y hacer lo mismo con algunos deberes de Sabito que podía hacer.

Tanjiro recordaba con mucho cariño esos momentos con sus esposos antes de que obligadamente tuvieran ellos que volver a sus misiones.

Habían acordado que así sería. La espera seria infernal, y referente a cualquier noticia sería enviada por alguno de los cuervos de sus alfas de inmediato. Lo mejor sería que buscarán una forma de distraerse por los siete días que durará la prueba. Al menos así quizá podrían hacer más llevadera la ansiedad y nerviosismo de la espera.

—¡Gaah! ¡Finalmente una presa de las que me gustan! ¡Ya estoy harto de tanto mocoso inmaduro! ¡Carne demasiado blanda y sin sabor!

El grito repentino del demonio lo alertó, el ser parecía cualquier animal salvaje. Su aspecto era horrible y su olor repugnante.

Aquella era la primera vez que Tanjiro se enfrentaba con un demonio por sí solo.

La espada de Urokodaki pesaba lo justo en sus manos, los movimientos correspondientes los hacía ya casi por inercia. Su respiración controlada, su mente en blanco, así tenía que ser. Tanjiro no podía quedarse quieto y dejar que hicieran lo que quisieran con él.

Tenía personas por las que volver a casa.

 


 

—¿Combinar estilos?

Makomo asintió, viendo a su cuñado interesada. Giyuu arqueó una ceja, pensativo, viendo hacia el suelo mientras Tanjiro intentaba mantener la respiración controlada que sus “maestros” llevaban diciéndole tenía que aprender a manejar constantemente, y no solo hacerlo cuando estuviera danzando.

—Tienes un buen manejo de la danza al Dios del Sol, pero veo que estás un poco… como decirlo…

—No te mueves como deberías hacerlo para atacar a un demonio —irrumpió un tercero. Sabito se acercó al pequeño grupo con el ceño fruncido y los brazos cruzados. Viéndose en conflicto con lo que podía observar—. Sigues preocupado de mantener el ritmo ¿No es así?

Tanjiro se quedó viendo al alfa, mientras sus mejillas se acaloraban involuntariamente. Delatándolo.

—¡Por eso tus movimientos eran tan rígidos! —se quejó Makomo, haciendo un puchero–. ¡Tanjiro~! ¡No tienes que seguir un ritmo mientras prácticas los alientos!

—¡Lo siento mucho! Es solo que… llevo toda la vida haciéndolo de esa forma —susurró apenado, Giyuu se acercó a él a tomar la espada de madera de su mano—. Giyuu…

—Veamos que tal lo haces si sigues preocupado del ritmo, te daré la delantera. Toma la espada de Makomo.

La pelinegra lanzó su arma al aire, Sabito la tomó y se la entregó al omega con una mirada tajante.

—Uuh… está bien

 


 

Tanjiro recuerda muy bien que sus esposos una vez le dijeron que después de su participación en la selección final, muy pocos, casi ningún demonio había quedado vivo. Sabito y Giyuu —especialmente Sabito, por ser la época en que el alfa de cabello melocotón era más imprudente y osado (palabras del mismo hombre)— se encargaron de prácticamente exterminar a los demonios de la montaña Fujikasane por completo.

Así que tenía curiosidad de saber cómo fue que en un corto periodo de unos cuantos años, volvieron a llenar la montaña Fujikasane con más de aquellos seres.

Saltó al siguiente árbol que divisó desde su posición. Era de día, tenía ventaja gracias a haber decidido priorizar avanzar en su camino en vez de tomar un descanso el día anterior. Su estómago no se lo agradecía, pero ahora sí podía explorar dicho territorio, para así buscar un sitio para descansar y uno que otro elemento que pudiera ayudarle con el hambre o la sed.

Jadeó agotado, viendo el sol en lo alto del cielo. Su cuerpo se sentía pesado, el esfuerzo físico nada se comparaba a lo que antes había experimentado. Ni siquiera un pequeño masaje en sus hombros podía aliviarlo.

—Necesito comer algo… tengo que mantener fuerzas.

Giyuu le advirtió de la necesidad de alimentación, e hidratación. Los novatos que no eran precavidos con ello terminaban siendo blanco fácil de los demonios. Sabito estuvo dándole información de algunos puntos específicos que recordaba pasaron con su otro esposo a retomar energías. En el lado oeste de la montaña había un pequeño río que la atravesaba, de ahí podía recolectar algo de agua, pero para llegar allá tendría que hacerlo al día siguiente. Ya que si no dormía hoy su cuerpo seguramente le jugaría una mala pasada luego.

—¡Oh! ¡Hoy es mi día de suerte!

Detrás de unos matorrales, cierto tipo de frutos silvestres estaban a disposición de cualquiera. Tanjiro tenía que bajar y verlas con cuidado, teniendo la precaución de no equivocarse, los niños Ubuyashiki no mencionaron nada sobre plantas venenosas. Pero el omega Kamado conocía de muchas historias de mal aventurados que se equivocaron de fruto pensando que no era venenoso.

Tenía que ser cauteloso.

 

 


 

 

—¿Ir a la montaña Sagiri? ¿Están seguros? El señor Urokodaki ya tiene su eda-...

—Si dices algo más, Kamado. Seré incluso aún peor con tu entrenamiento a como lo fui con tus esposos.

Saltando de la sorpresa, Tanjiro volteo a ver avergonzado a su suegro.

—¡Señor Urokodaki! ¡Lo lamento!

El anciano alfa refunfuñó, cargando a Rokuta entre sus brazos como si siempre lo hubiera hecho. Como si el mismo cachorro no pesará nada.

—Urokodaki te entrenará mientras nosotros estamos en misiones —señaló Giyuu sonriendo a su omega, Sabito reía bajito hacia un costado—. Makomo estará ocupada con el calor de Murata, así que no podemos confiar en ella por el momento.

—Ya lo habíamos pensado, y creemos que será un buen cambio de aires para tu entrenamiento —continuó el alfa de ojos lavanda, Tanjiro frunció los labios. Haciendo un pequeño puchero—. ¿Qué sucede?

—… los echaré de menos.

Los dos alfas se quedaron mudos por un momento, y después rieron en compañía de su omega. Los tres se abrazaron entre sí, frotándose mutuamente para dejar un leve olor a ellos mismos en el otro.

Tanjiro estaba más relajado, aceptó la propuesta de los mayores. Dirigiéndose a su nuevo maestro por el momento.

—¿Cuándo deberíamos irnos, señor Urokodaki?

—Le pedí a Nezuko que te tuviera preparada una mochila, nos iremos hoy mismo. En una hora más.

—¿¡EH!?

 

 


 

 

El hilo.

Blandió la espada según pudo hacerlo. Degollando al demonio en lo que fueran segundos.

Fue durante el entrenamiento en la montaña Sagiri, con el señor Urokodaki, que Tanjiro descubrió la habilidad que le otorgaba su nariz. Siempre había sabido que su olfato era mucho mejor que el de la mayoría, y que este le permitía hasta poder identificar las emociones más fuertes de alguna persona. Jamás imaginó que le ayudaría incluso contra los demonios.

Urokodaki también tenía una habilidad similar, y fue él quien le instruyó a cómo conseguir ver la forma en que debía mover la katana para acabar con un demonio.

Cayó de bruces al suelo resbaladizo, la noche había llegado con algo de lluvia y tenía que buscar refugio o sino podía peligrar su salud. El demonio que recién había asesinado se ocultaba en una pequeña madriguera que posiblemente perteneció a algún animal mediano antes de ser usurpada por aquel ser. Podría ser más o menos útil por el momento. Pero no sabía si la zona seguía rodeada de demonios o no.

La lluvia ayudaba a los demonios a esconderse. Su olor no era tan fuerte como antes. Y Tanjiro se sentía completamente desorientado.

Se acurrucó en el suelo casi seco de la madriguera. Mirando hacia fuera en caso de que fuera necesario. Sosteniendo firme la espada sobre su pecho, sus manos se sentían heladas, sus ropas estaban húmedas y sus calcetines mojados. Pero no podía hacer nada al respecto. Si lo hacía corría el riesgo de ponerse en desventaja contra los demonios.

Sus sentidos omega estaban alerta ante cualquier amenaza. El único olor que podía sentir era el propio. Ese olor a frutos rojos que todo el mundo le decía siempre se sentía amable y acogedor había tenido un rotundo cambio, transformándose en algo más ácido. Agrio. Una forma de comunicar su posición. Y también expresar que nadie se le podía acercar. Sea alfa, beta u otro omega. Humano o demonio.

—Aah... ah… ha…

La lluvia no dejaba tampoco ver bien el cielo nocturno. Ni tampoco saber qué tan claro u oscuro podría estar. La percepción del tiempo se hacía más larga. Más eterna. Tanjiro se removió del sitio donde estaba, el suelo se había mojado demasiado con él ahí y ahora era solo barro.

Una de sus manos se movió hasta su cuello, inconscientemente, a dónde una de las marcas de sus alfas estaba. Su respiración se fue controlando poco a poco, su agitación bajando, podía dejar de sentir ese peso en su pecho. La estabilidad emocional que le daba sentir la marca de sus alfas era necesaria en aquel momento.

 

 


 

 

Tanjiro soltó un quejido agudo cuando sintió las manos de Sabito en su cintura. Todo su pecho se sentía como el infierno, y el cuerpo entero parecía como si hubiera sido atropellado por un tren.

Giyuu frunció el ceño, revisando su brazo derecho una vez más.

—No puedo creer que te hubieras hecho daño cortando leña. Además, te dijimos que no tenías que hacerlo, tu cuerpo ya estaba lo suficientemente estresado con todo el ejercicio físico del entrenamiento.

—Ay, ay, ¡Giyuu! ¡Giyuu! ¡Duele!

—Aquí traigo el ungüento que el abuelo Urokodaki hizo para mi hermano…

Takeo se acercó con un gesto que delataba sus ganas de reírse de la desgracia de su hermano mayor. Tanjiro frunció el ceño. Inflando los mofletes indignado.

—¿Qué? Yo te advertí, hermano. Sabito me había dicho que no te dejará tomar el hacha, pero tú no quisiste hacerme caso.

El alfa mencionado resopló entretenido, tomando la crema de las manos del pequeño omega. Que se acomodó junto a su familiar con las piernas cruzadas y su barbilla sobre una de sus manos.

—Takeo~ ¿Desde cuándo eres así con tu hermano mayor?

—Aguanta un poco la respiración, Tanjiro. Empezaré desde tus costillas.

—¡S–abito!

 

 


 

 

Giyuu despertó por el sonido del futón moviéndose de un lado a otro. Aún era de noche, madrugada según el brillo de la luna que se asomaba por entre las puertas del cuarto. Todavía no tenían información sobre nuevas misiones. Ya habían cumplido algunas que el patrón les envío como distracción, estaban a espera de nuevas órdenes y Sabito tenía el estrés por los aires.

El ojiazul también estaba estresado. Preocupado por cómo estaría su omega en el encierro con todos esos demonios, y en la salud mental de su compañero alfa con todo lo que estaba ocurriendo.

Era un martirio que no se permitiera el uso de los cuervos para saber del estado de los novatos diariamente. Cada cultivador, pilar y tutor naturalmente tenía un ave mensajera, la cual viajaba a recibir información día por medio. En caso de que fuera necesario informar de un fallecimiento. Entre Sabito y Giyuu. Kanzaburo y Mamoru, cuervo de Sabito, uno estaba al pendiente de las noticias que podían recibir de Tanjiro y el otro iba a los cuarteles a recibir las misiones que podían darles.

Se acercó cauteloso a dónde estaba Sabito, pero este se levantó de golpe haciendo arcadas y llevando sus manos a su cuello.

¡Sabito!

Aterrado se acercó a darle soporte al alfa que casi vuelve a caer sobre el futón. Sabito seguía sosteniendo su cuello y seguía intentando hacer algo que Giyuu no terminaba de entender.

—¡Sabito! ¡Sabito! ¡Abre los ojos! ¡Sabito, despierta! ¡Estás vivo, Sabito! ¡Ya no estamos en la montaña Fujikasane!

De su boca solo salía saliva y algo de bilis, la noche anterior no habían comido nada antes de irse a dormir. Ahora se daba cuenta de lo malo de aquella idea.

—Sabi… Sabi abre los ojos, mírame. Mírame. —intentó hacer que el oji lavanda se moviera en su dirección. Pero eso solo hizo que el otro alfa sostuviera una de sus muñecas con sus uñas enterradas en su carne—. ¡Nhg!

Al menos su queja y el pequeño grito que soltó logró hacer que Sabito abriera los ojos.

Seguía en trance, sus ojos estaban desorientados. Las feromonas que expulsaba estaban haciendo que el estómago de Giyuu se retorciera y sus dientes picaran, su instinto protector se acrecentaba. Su esposo estaba en una posición que lo ponía en riesgo, en dónde se sentía expuesto y débil, además la incertidumbre del estado de su omega hacía que el alfa en Giyuu quisiera salir y descuartizar algo, lo que sea.

Su manada se sentía en riesgo y él no podía hacer nada.

—Sabito… —el nombrado dejó salir un quejido. Mientras Giyuu finalmente podía tomar su otra mano, alejarla de su cuello y dejarla sobre su pierna—. Está bien, estamos bien… ya pasó…

Trataba de ser lo más calmado posible, susurrando palabras de consuelo en el oído del otro. Ya no sentía tanta presión en la muñeca que sostenía Sabito, así que la intentó mover, afortunadamente pudo hacerlo. Y con esa mano tomó ambas manos de Sabito, las cubrió con la suya, dándoles algo de calor y suaves caricias con su pulgar. Con la otra guio la cabeza del hombre medio perdido hacia su pecho para que pudiera escuchar los latidos de su corazón.

Giyuu también necesitaba rodear así a su pareja. Otorgarle el confort que necesitaba y asegurarle que los miedos que tenía no tenían cabida en su realidad mientras él estuviera allí presente.

Sabito se mantuvo en ese estado por mucho tiempo, el sol comenzaba a salir y los dos hombres seguían en silencio acomodados en el futón demasiado grande para solo dos personas. Lo único que se podía sentir claramente en el ambiente era una comunicación no verbal entre las feromonas de ambos, el aroma a mar y costa de Giyuu intentaba mantenerse como el más potente en la habitación, para así brindar seguridad al aroma a bosque de Sabito, que se mezclaba con uno agrio y ácido, denotando su frágil estado emocional.

El angustiado alfa se acercó más hacia su marido, buscando un mayor refugio entre sus brazos. Silenciosas lágrimas descendiendo de sus mejillas.

Ninguno dijo nada, no era realmente necesario entre los dos. Ambos sabían la razón de esa pesadilla. De ese recuerdo. Tan vivido, tan realista, tan similar a aquella ocasión en dónde Sabito se vio a si mismo tan cerca de su final.

En esos momentos era cuándo más recordaba aquella noche, los recuerdos se hacían más presentes en las cicatrices que adquirió esa vez.

Era como si todas y cada una de ellas quemarán su piel.

Su pecho ardía. No dejaba de sentirse mortificado con todo lo que sucedía.

Mamoru llegó a decirles que no tendrían misiones para aquella noche, pero podrían hacer patrullaje por el territorio.

Kanzaburo seguía esperando información en la montaña Fujikasane.

 

 


 

 

Tanjiro se acercó al pequeño baúl con ropajes en su interior curioso y bajo la atenta mirada del anciano alfa abrió la caja sacando algunos de los jinbei. Todavía tenían un ligero aroma a quienes pertenecieron, suave, casi imperceptible sino fuera por el habilidoso olfato del omega, lo que hizo que el mismo casi saltará de la felicidad.

—¿¡Estos fueron sus uniformes de entrenamiento!? —chillo enternecido hacia su suegro y maestro.

Urokodaki soltó una carcajada, asintiendo y dejando que el omega hurgara más en las cosas que alguna vez fueron de sus cachorros.

—¡Por Dios! ¡Eran tan pequeños! —tomó la parte superior de un jinbei y la colgó sobre su torso—. Oh, ¡Jajajá! ¡Aun así me siguen quedando grandes!

—Tch, eso es porque eran cachorros alfas —ríe—, aunque tal vez algo de Giyuu te pueda servir más que algo de Sabito, Giyuu pegó el estirón a los 17. Cuando ya era un cazador.

—¡Ya veo! Mou… me hubiera gustado haberlos visto usando esto… 

Urokodaki se fue a la caldera, a sacar algo más del estofado que habían hecho los dos.

—Cuando tengan a sus propios cachorros, deja que ellos usen eso —murmuró el hombre acomodándose junto al fuego en medio de la habitación—. Puedes llevártelos cuando vuelvas de la selección final.

Tanjiro se quedó quieto, dobló y dejó las prendas a un lado cuidadosamente girándose a ver a su familiar.

—¿Usted cree que podré pasar la selección final, señor Urokodaki? 

El hombre resopló, colocando su plato de comida en el suelo junto a él. Se concentró en el omega y respondió.

—Creo… y tengo fe en que no me equivoco, que no serías capaz de dejar a tu familia abandonada, Tanjiro. Y tú entrenamiento ha sido mucho más complejo que el de mis aprendices, no diría que estás más preparado, porque no es así. Ni siquiera te has enfrentado alguna vez a un demonio por ti solo. Pero si tienes más herramientas, algo así también les ocurrió a tus esposos, ya que no era solo yo quien estaba ahí para ellos, sino que Makomo también. Y eso, al fin y al cabo, generó un cambio total.

 

 


 

 

La noche no estaba por terminar pronto cuando Tanjiro sintió que el aura a su alrededor se hacía más pesada. No había animales dentro de la montaña como para que pudiera saber si se acercaba un depredador más grande, así que solo tenía que confiar en sus instintos y su nariz para poder detectar algo.

Había estado en la orilla de una laguna, el suelo estaba desnivelado y utilizó eso a su favor para moverse agazapado hacia donde podía sentir ruidos irregulares.

Ahí pudo verle. A una enorme pila de masa moverse con lo que parecían brazos cubriendo lo que sería su cuello, y otras cantidades de manos esparcidas por el cuerpo. En una de ellas llevaba colgando a uno de los novatos.

Estaba muerto. Inmóvil. No tenía salvación.

Tanjiro aguantó la respiración. Tratando de hacer lo posible por no llamar su atención. Aún no lo encontraba, eso era bueno ¿O no? Le había dicho a Sabito que no sería imprudente, que no lucharía con esa cosa. Pero…

Pero estaba dando la prueba para volverse un cazador de demonios. No podía… no podía simplemente ignorar a un demonio y hacer como si nada.

AAAAAH ¡AYUDA!

Salió de sus pensamientos con ese grito, fue entonces que vio a un chico en el suelo a punto de ser atrapado por las manos del demonio. Bastardo. ¡Haría lo mismo que le hizo a su esposo! Y cuando vio eso, Tanjiro saltó en acción.

Rebanando las muñecas de las manos que se lanzaron sobre el chiquillo, Tanjiro se posicionó frente a él y cara a cara contra el demonio.

—¡VAYA! ¡Mira eso! ¡El pequeño zorro de este año finalmente ha salido de su escondite! dime. ¿cuánto más esperabas mantenerte escondido? —increpante, sus ojos se afilaron cuando se fijaron en Tanjiro.

El omega no dijo nada, viendo por sobre su hombro al chico que recién salvó. El niño se le quedó viendo asustado, y solo reaccionó cuando Tanjiro le gruñó que se fuera.

Tuvo que volver a cortar otro brazo, porque el demonio aquel utilizó hasta ese segundo que no le prestó atención para atacarles.

—¡Oooh~! ¡Hoho! ¡Tú eres su omega! ¡Puedo olerlos en ti! ¡Los dos zorros que se me escaparon hace años! ¡JA! ¡Esos bastardos creyeron que no me vengaría! ¡Lo mismo con ese vejestorio de Urokodaki! ¡Y la maldita perra que también huyó de mí! ¡No me culpes por esto omega! ¡Tus alfas y tú maestro te condenaron a muerte! ¡Acabaré con todos y cada uno de los zorros que envíe ese vejestorio a este infierno!

Tanjiro gruñó enfadado, alejándose del primer ataque de la mano del demonio.

No importaba lo que hubiera pensado antes, ya no tenía escapatoria, tendría que luchar sí o sí con aquel demonio para poder salir vivo de ahí. Lo sentía —en parte— por no haber podido cumplir con lo que le prometió a su alfa.

Pero Sabito también le dijo que tenía que hacer lo que fuera necesario. Y eso haría.

—¡Tú serás el que pague por todos los zorros que se me han escapado! ¡Jajajá! ¡Sus caras serán una maravilla cuando sepan que acabaste aquí!

Sus extremidades se expandieron hacia Tanjiro en varías cantidades, el omega sostuvo más fuerte el mango de su espada. Esperando a que se acercará lo suficiente.

La respiración del agua era la que mejor tenía control bajo presión, su aliento principal todavía no era algo de lo que tuviera un buen manejo del todo. Incluso Tanjiro podía decirlo. Preocupado del ritmo se descuidaba con las demás cosas.

Inhaló profundo. Observando las manos acercándose.

 

¡Danza de las corrientes!

 

Balanceándose y moviéndose tan rápido como pudiera, imitando los movimientos que Giyuu le instruyó, siguiendo el ritmo de las corrientes. Un movimiento con fluidez para poder esquivar las incontables manos que se lanzaron hacia él asesinas.

No podía parar, no podía darle una oportunidad. Tenía que aprovechar todo segundo que tuviera a su favor para ir en contra de ese maldito demonio.

¡El suelo!

Dio un salto en pirueta, girando en el aire. Podía sentir como el demonio creía que tenía la delantera.

Continúa, continúa, continúa. No pares, no pares, no pares.

Una de las manos atacó por el frente, Tanjiro sólo tuvo el tiempo suficiente para seguir girando en el aire hacia ella.

 

¡...! ¡Rueda de agua!

 

¡GRAAAAAH MALDITO OMEGA, MUÉRETE YA!

Cortando el brazo desde la mano hasta la longitud del que podía suponerse era el codo, Tanjiro cayó al suelo jadeante. Viendo al demonio expectante de su próximo movimiento. El demonio no estaba mejor, gruñendo, refunfuñando y despotricando contra el omega.

—¡Te asesinaré! ¡Te asesinaré, te asesinaré, te asesinaré! ¡No dejaré ningún pedazo de ti que puedan recoger tus alfas! ¡Haré que se sientan tan miserables consigo mismos por haber dejado que su omega entrará a esta montaña que perderán la razón! ¡Los tres solo podrán encontrarse en el infierno!

Sus instintos estaban al borde. Sintiéndose en riesgo, y evidentemente furioso con las palabras del demonio frente a él. Tanjiro dejó que sus colmillos se mostrarán. Sus feromonas esparciéndose por el área. Cualquiera que las sintiera podría deducir que era un omega iracundo.

La bestia estaba perdiendo los estribos evidentemente, sus ataques hacia el omega eran más feroces. Más rápidos y mucho más brutos. Derribando árboles a su paso en lo que Tanjiro se moviera para esquivarlos o los cortará con su espada.

No tenía mucho tiempo, su cuerpo no era tan resistente.

—¡Ven aquí! ¡Rata escurridiza!

Rodeó unos árboles con los brazos del demonio persiguiendo sus talones, de ahí saltó a uno de los pocos árboles que se mantenía de pie. Tratando de usar las ramas y hojas como camuflaje a su favor. Subió hasta la cima, de donde vio que el demonio rugía en su búsqueda.

No estaba seguro que podría hacer algo así una segunda vez, y tendría que usar esa oportunidad como si fuera la única que tuviera.

Técnicamente lo era.

Saltó.

Y en medio del aire. Cuando el demonio lo encontró. Sintió un escalofrío calar su cuerpo.

Esa sonrisa, esa maldita sonrisa.

El demonio de las manos atacó de la misma forma que lo hizo hace tiempo atrás, cuando el mismo chiquillo que se le escapó también estuvo en la misma posición que el omega que se trataba de su compañero.

Solo que esta vez no había nadie que pudiera salvar al omega.

No había ningún estorbo, todos los demás novatos habrían sido espantados con el sonido de la batalla anterior. Los árboles cayendo al suelo, los rugidos furiosos del demonio. El omega como todo un imbécil había hecho que todo funcionará a su favor. No existía ninguna posibilidad de que saltará algún arriesgado al ataque mientras él peleaba con el pequeño zorro.

El crujido de su cabeza sería una sinfonía maravillosa. Música para sus oídos que repetiría a son con el resto de crujidos, gritos, llantos, gemidos, de los otros cachorros de zorro que estaban en su lista.

Un coro de sufrimiento que hace su estadía en ese maldito lugar un poco más llevadera.

 

Parhelio arcoíris.

 

¿Eh?

Fue algo tan rápido que no tuvo tiempo suficiente para reaccionar. En un momento creyó tener al omega en frente, en la posición exacta en dónde debería estar para poder envolver su mano sobre su cabeza y aplastarla. Que sus sesos explotarán, que su cuerpo cayera muerto, sin vida al suelo. Que por fin obtendría la satisfacción después de tanto tiempo de nuevamente arrebatarle otro cachorro más al bastardo de Urokodaki.

Su felicidad sería mucha más ahora, porque no sería solo el malnacido de Urokodaki el que sufriría, sino que también los demás zorros que se le escaparon.

Estaba preparando para festejar, para reír victorioso sobre la sangre y el cadáver del chico.

Pero solo pudo quedarse quieto mientras escuchaba el arrullo venenoso del omega.

Muere.

Notes:

Toy cagá de sueño, pero tenía que publicar esta weá hoy día. Sí o sí.
Bueno... ¿Esa fue una montaña rusa de emociones no? (◍•ᴗ•◍) Je, bueno. Soy horrible escribiendo escenas de acción, tiendo a hacer lo posible por que salgan más o menos decentes. Así que espero que esto no sea tan horroroso.

Ehm... Tanjiro, síp. No... Fue gentil con ese demonio. Y, UHM... No quería que lo fuera.