Chapter Text
“Hay besos que se dan sólo las almas
Hay besos por prohibidos, verdaderos”
Gabriela Mistral
Cuando comenzara con su duro entrenamiento, hacía de eso muchos años ya, nunca creyó que le serviría para algo más que defender un Templo y a una diosa en forma humana.
Era un crío entonces, después de todo, aunque más que ser demasiado pequeño para pensar en ciertos temas, influía mucho más el modo en que había sido criado. Un niño traído de un vetusto monasterio budista, el último que quedaba en la India (1). Un Guerrero Sagrado a las órdenes de una Diosa Virgen, encerrado de por vida en un Santuario construido para ella y por ella. Y la historia contaba cosas terribles sobre esa diosa y quiénes no seguían sus normas de castidad (2).
Las palabras “sexo” (cualquier expresión de sexualidad o sensualidad) y “Santuario de Atenea” no iban juntas.
(Y Saga mantuvo ese aire de mística restricción, por las apariencias, para mantenerlos controlados, aunque él y sus cercanos no aplicaran en sí mismos ninguna de esas reglas de castidad).
Por eso, jamás pensó que el entrenamiento como Santo de Atenea le permitiría sentir lo que estaba sintiendo en ese momento. La capacidad sobrehumana de estar aquí y ahora, plenamente consciente de su cuerpo, de cada sensación a un nivel que muy pocos otros humanos podían lograr.
Sentir los labios del Caballero de Leo sobre los suyos, atrapados bruscamente y sin previo aviso por el impulsivo Señor de la Quinta Casa. Un beso robado. Su primer beso.
El contacto de la piel, las mil terminaciones nerviosas de una zona erógena por excelencia, casi podía sentir cada nervio reaccionando al contacto. Sintió que enloquecería (sí, él, que podía llevar a otros hasta la locura y muerte) ante el torrente de neurotransmisores que inundaron su cuerpo. Todo nuevo, todas sensaciones nuevas.
Leo profundizó el beso, entrelazando sus lenguas y un gemido apagado escapó de la garganta del Santo de Virgo mientras su mente se vaciaba de todo pensamiento coherente, como si estuviera entrando en su estado meditativo más profundo. Control y descontrol, al mismo tiempo, todo lo que había practicado por años. Para matar. Ahora, para amar.
Amar…
—Shaka…
Estuvo a punto de no notar el momento en que Aioria rompió el contacto. Sintió un poco (bastante) de pudor al darse cuenta que podría haber llegado al éxtasis (¿a eso se llegaba, no?) sólo concentrándose en el contacto de sus labios.
Sólo con un beso.
Abrió los ojos de golpe, atenazado ahora por el miedo. Terror a lo prohibido, a romper reglas incrustadas en su psique por años de adoctrinamiento, todos pensamientos que chocaban violentamente contra su propia (y real) Iluminación, estado en el cual tenía la certeza absoluta de que el pecado, como tal, no existía. Que no hay situaciones o hechos buenos o malos, sólo seres humanos transformándolas en una u otra por sus propios actos, decisiones y, sobre todo, intenciones. Esencias en cuerpos físicos, actuando papeles en un teatro llamado vida.
Que aquellas reglas por las que se había regido prácticamente toda su vida, aquellas cosas que le inculcara un hombre alto con el rostro cubierto con una máscara y coronado por un terrorífico casco, no tenían sentido y que siempre había sabido que no tenían sentido.
La contradicción con la que había vivido toda una vida, asaltándolo como un monstruo helado que bloqueaba todos sus sentidos. ¡Oh, sí! Irónico, por supuesto.
Pero, entonces, unos brazos fuertes (mucho más fuertes que los suyos), lo rodearon, estrechándolo contra un torso aún más fuerte. Inclinó su cabeza hacia adelante, los ojos cerrados de nuevo, en un gesto instintivo de búsqueda de protección, todo su natural orgullo perdido en el mar de sensaciones, nuevas y viejas. Sintió el suave contacto de los labios de Leo sobre su cabello, en un beso suave esta vez, pero tan lleno de amor como el otro. Quizás, aún más.
Amor…
Y, entonces, el rostro de Aioria se pintó de asombro al sentir el cuerpo de Virgo estremecerse entre sus brazos al tiempo que escuchaba los sollozos amortiguados contra su hombro.
Cómo muchos otros, jamás lo había visto llorar.
—Shaka…
Pero no obtuvo respuesta. Sólo un par de delgados brazos aferrándose a él como si fuera un tronco en medio del mar y Shaka fuera un náufrago desesperado.
Porque, eventualmente, sí lo era.
Leo sólo atinó a depositar otro suave beso sobre esa rubia coronilla, sin dejar de sostenerlo junto a sí, mientras murmuraba torpemente cálidas palabras.
Y también tuvo deseos de llorar.
ooOoo
