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Español
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Published:
2020-10-03
Updated:
2022-01-11
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24,916
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8/?
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Citas de Azúcar

Chapter 8: Costumbres españolas

Chapter Text

Glosario

Essen: Marca de ollas y sartenes argentina, distinguidas por sus elevados precios, calidad y durabilidad.

guaso: grosero, ordinario.

rajar: irse o echar a alguien muy rápidamente.

Cementerio de Recoleta: Panteón que se convirtió en atractivo turístico debido a sus numerosos, imponentes y bellos mausoleos, bóvedas y esculturas.

me pa: Abreviatura de "me parece".

bancá un toque: espera un poco.

estaba en el horno: estar en problemas.

Estás que te partís al medio: expresión se usa para resaltar el buen físico de alguien.

mango: se usa para referirse al peso argentino, la moneda local.

 

*****

 

—¡Adiviná quién está diez puntos!

Shura no necesitó adivinar. A ese mensaje le siguió la captura de pantalla de un mail, que tenía los resultados de los análisis de sangre. Sonrió al ver cómo Aioria había censurado su información personal con stickers de gatitos. Ya estaba preparado para eso, así que no dudó al responder.

—Entonces creo que lo que ahorremos en condones podemos invertirlo en otra cosa. ¿Quieres ir de compras?

A Aioria casi se le cae el teléfono y no era por estar sosteniéndolo mientras que con la otra se sostenía del pasamanos del subte lleno. ¿Así, de una? No se lo esperaba. 

—¿Posta?

—Un conjunto, quizás un par de zapatos, ¿eh? Que no se te vaya la olla.

—¿Me vas a comprar la olla Essen que mi hermano y yo soñamos desde que nos independizamos?

Ambos rieron desde donde estaban por el juego de palabras.

—Ni yo tengo tanta pasta. Lamento decepcionarte.

—Capaz una camperita de cuero me lo compensa…

—Si me permites correrme en tu boca.

—¡Perverso!

La verdad es que Aioria le habría permitido hacerlo gratis, incluso le hacía ilusión, pero también le parecía divertido tener ese tipo de negociación. Le gustaba su relación con Shura en general. No hablaban más que lo necesario, pero cuando lo hacían lo disfrutaba mucho. Además de los beneficios económicos, le hacía bien tener una compañía ocasional y alguien con quien tener sexo de vez en cuando, cosas de las que no había tenido mucha oportunidad de buscar en sus últimos meses de carrera. No tenía tiempo ni energías para ser un buen novio convencional. Shura y él parecían hechos el uno para el otro. Le preguntó si podía llamarlo dado que se le dificultaba mandarle mensajes mientras estaba viajando y éste le dijo que mejor le escribiera cuando llegara a su casa, ya que no podía hablar mientras trabajaba. A veces no podían responderse por horas, incluso días, y ambos lo entendían. Eso le quitaba muchísima presión.

—Llegué y estuve meditando en tu oferta —escribió mientras se quitaba los zapatos aprovechando que estaba solo.

—¿Y bien?

—Muy de mala gana, la acepto.

Shura rodó los ojos sin creerse nada, divertido. Decidió no cuestionar y seguirle el juego, pues tenía algo más importante rondándole la cabeza. No era tanto el día en que se encontrarían como lo que pasaría a continuación.

—¿Quieres pasar la noche del sábado en mi casa? Podemos salir el domingo por la mañana.

Quizás le estaba dando más importancia de la necesaria. Ya habían pasado una noche juntos, pero algo le hacía sentir que invitarlo a su casa cambiaba las cosas. Y la respuesta de Aioria no le ayudó con sus inseguridades.

—¿Te puedo contestar en un rato?

¿Lo habría hecho sentir incómodo? ¿Era demasiado pronto para proponerle algo así? No podía estar seguro de ello, ese muchacho había alterado por completo el ritmo que solía llevar en sus relaciones. En cualquier caso, le dijo que se lo pensara y que le hiciera saber su respuesta en cuanto pudiera. Seguía queriendo tener cierto nivel de organización, pero al mismo tiempo le importaba no hacerlo sentir presionado. Aioria, que se había ido a la cocina a buscar algo para merendar, no podía estar más lejos de pensar en eso. Le emocionaba pensar en conocer la casa de su hombre, el conflicto era otro. ¿Haría muchas preguntas Aioros si volvía a quedarse fuera? No podía usar de nuevo a Milo de coartada, o terminaría por pensar que estaba saliendo con él. Tenía que pensar una excusa. Algo bueno.

—¡Otra vez abriendo la heladera en patas!

Esa voz lo hizo saltar donde estaba. Su hermano había llegado como si lo hubiera llamado con el pensamiento para reclamarle al verlo andar descalzo, algo que odiaba y por lo que siempre lo estaba retando. 

—¡Qué bonito! ¿A vos te parece?

«Mucho. Si no encontraba a Shura el plan B era vender fotos de mis pies».

—Dale… ¡si está limpio el piso!

—¡Ése no es el problema, te vas a quedar pegado!

Aioros había tomado un rol paternal cuando perdieron a sus padres. El problema es que no parecía haberse dado cuenta de que él ya había crecido, lo que lo hizo nuevamente pensar en cómo se tomaría su relación. O, mejor dicho, cómo haría para mantenerla oculta de él. Por otro lado, era absurdo que tuviera que ocultar su relación. Él era un adulto. Pero le ganaba el pensamiento de que decir la verdad traería más problemas que beneficios.

—Bueeeeeh, perdón —se alejó del aparato y salió de la cocina, subiéndose al sillón, desde donde pidió a voces—. Ya que vos sí tenés zapatos, ¿me alcanzás un vasito de soda?

—Encima que vengo del laburo me tenés haciendo mandados.

Aioros no sabía para qué se quejaba si de todos modos le iba a dar el gusto. Le alcanzó el vaso y lo saludó con el beso que no le dio al llegar, para después quitarse la camisa y arrojarla descuidadamente sobre una silla, lo que Aioria festejó con un silbido.

—¡Epa! ¿Me vas a bailar?

—Callate, podrido estoy de usar camisa. Hay un fanático que siempre va con todo, saco y corbata.

Aioria se sonrojó al recordar que así era como veía a Shura cuando se encontraban la mayoría de las veces. Él encontraba demasiado sexy el traje y la experiencia de sacárselo. La próxima vez definitivamente le pediría que le haga un striptease. Tenía que ir pensando qué le daría a cambio. Lo que lo llevaba a…

—¿Tenés planes para el finde?

—Dormir, limpiar y volver a dormir.

Eso frustraba terriblemente sus planes. ¡Pensaba quedarse en casa todo el fin de semana!

—¿Posta? ¿No vas a hacer nada con Saga?

—Capaz le digo de venir a comer el sábado, no sé. ¿Por qué preguntas?

—Eso, pensaba que capaz lo querías invitar.

—¿Y pasamos el día los tres juntos?

A Aioria le dio algo al voltear y ver a su hermano brillando por la ilusión. Y es que Aioros moría por la idea de jugar a la casita con Saga y él. No había contemplado la idea de que se lo tomara de ese modo, y ahora se encontraba enumerando todo lo que podían hacer "como familia".

—¿Querés que le diga de hacer un asado? Empezamos tempranito y después de la siesta nos podemos ir a la plaza a dar una vuelta por la feria. ¡Y después nos tomamos un heladito!

«La concha de la lora».

Y mientras Aioros parloteaba alegremente, Aioria veía cómo zafarse del lío donde él solito se había metido. Fácilmente habría podido decir que lo invitaron a la casa de alguien. ¿Cómo le iba a romper así el corazón a su hermano? ¿Cómo se iba a negar a unos planes tan lindos? ¿Cómo podía convencerlo de que podía tener mejores planes con su novio? Con elegancia, con sutileza…

—Yo pensé que capaz querías que les deje la casa para que puedan garchar.

«Brillante».

—¡No seas guaso!

—Dale, bien que el otro día te lo trajiste a la hora de que me fui.

—Sí, bueno, pero no te voy a rajar para coger.

—A mí no me molesta. Mejor eso que quedarme y escucharlos. No te ofendas, pero habría sido mucho más feliz sin saber que te gusta más ir arriba porque le sentís mejor la pija a Saga.

Eso fue un golpe bajo, lo sabía. Lo había escuchado hace bastante tiempo y no lo habría usado si no hubiese sido extremadamente necesario. Aioros se puso rojísimo, parecía que se iba a largar a llorar en cualquier momento.

—Ria… ¡pensé que estabas dormido!

—Yo sé, yo sé. Si te hace sentir mejor, a mí me gusta más de perrito.

—¡No quiero saber, vos sos mi bebé!

El mayor necesitaba desesperadamente dejar de lado el tema de las posiciones sexuales y Aioria se aprovechó de eso para proponer algo: el  sábado por la tarde-noche él se esfumaba para darles privacidad y volvía el domingo al mediodía para cumplirle su sueño. No sólo se salió con la suya, consiguiendo carta libre para pasar la noche fuera de casa, sino que además lo hizo quedando como el hermano más copado del mundo.

Andá comprando todo para la paella, papi.

Al recibir el mensaje a Shura le volvió el alma al cuerpo. ¿Por qué se sentía tan aliviado? ¿Tan… feliz de que el chico hubiese aceptado? Ya no le interesaba el orgullo ni hacerse el interesante. Tan pronto como lo leyó respondió.

Hasta crees que te cocinaré . Cenamos fuera.

¡Ortiva!

 

*****

 

Cepillo de dientes, muda de ropa, shampoo (porque esos rulos suyos no se mantenían hermosos con cualquier cosa), loción, lubricante… lo tenía todo. Hasta le sobraba algo.

—¡Che, Aioros! ¡Te dejo acá unos forros que me sobraron! —gritó desde el baño. El susodicho le devolvió el grito desde la cocina.

—¡Sin forro no salís!

—¡Dale, boludo, no voy a coger! —mintió con una naturalidad que incluso le asustó.

—Nunca se sabe. Haceme caso y llevátelos. No te van a pesar en la mochila. 

Le daba pena llevarlos encima sabiendo que no los iba a usar. Estaban caros y si se le vencían iba a sentir que había tirado los billetes a la basura. Claro que para qué se preocupaba por el dinero ahora que tenía quien se ocupara de esas cuestiones. «Nunca se sabe», repitió en su cabeza. «Tenemos cinco años para usarlos. Capaz algún día nos pinta el outdoor».

Se los guardó y salió del baño para despedirse. Aioros lo miró de arriba a abajo. Camiseta blanca, cuello en V, saco de gabardina negra abierta y arremangada hasta los codos, jeans azul oscuro, reloj y cinturón. Las dos últimas cosas le llamaron la atención, porque Aioria no solía usarlas a menos que saliera lo que para él era “arreglado”. Se lo señaló, mirándolo con suspicacia.

—Vos estás en algo raro. Estás saliendo muy lindo últimamente.

—¿No me decís vos que yo siempre estoy lindo?

Para evitar más preguntas, le dio un beso en la mejilla, prometiendo que se llevaba todo y haciéndole prometer que se aseguraría de que Saga estaría medio vestido cuando llegara. Aioros le devolvió la gracia preguntándole cuál mitad quería que tuviera vestida. Tras los mutuos "te quiero" salió y llamó a Shura para avisarle que estaba en camino a Capital. El español le respondió que lo esperaba a la salida del subte.

—¿Se te acabó la nafta?

—Es que me tenía que decidir entre tu paga y llenar el tanque, mocoso —respondió sardónico Shura, deleitándose con la risa que recibió del otro lado.

Durante el trayecto, combinando colectivo, tren y subterráneo, tuvo tiempo para que la euforia se le bajara y la razón comenzara a tener voz. Y es que todo había pasado tan rápido que apenas ahora tenía tiempo para dimensionarlo: iba a conocer la casa de Shura. No era la primera vez que pasaría la noche en casa de alguien, ni mucho menos. Pero con él todo se sentía distinto. Él era distinto. Un hombre hecho, con mundo, experiencia… eso le parecía intimidante y atractivo a partes iguales.

«Pero a vos Shura no te tiene que intimidar ni atraer. O te va a tener agarrado con correa».

Bueno, lo atractivo no se podía evitar. Desde la primera vez que lo vio sentía que se derretía. Pero tenía que conseguir que por lo menos no se le notara tanto. Tenía que fingir que no se le caían los calzones por un hombre con plata, europeo, educado y que encima estaba que se partía al medio. Y apenas subió las escaleras de salida del subte a todo eso se le sumó un factor más. Shura se veía igual de apuesto sin el traje, con camisa azul oscuro arremangada, con los últimos botones superiores desabrochados y pantalón negro. La pequeña sonrisa que le dirigió al verlo hizo latir su corazón con fuerza. Le sonrió de regreso, bajando la cabeza al no saber bien cómo saludarlo. Se sonrojó sin percatarse de la ternura que despertaba en el español por su repentina timidez.

«¡Le como la nariz!».

Echó un vistazo a su alrededor, había mucha gente a su alrededor como para que se sintiera cómodo con un beso en los labios. En su lugar, se acercó para darle uno en cada mejilla, tomándolo por sorpresa.

—¡Qué cariñoso!

—En España es la costumbre —explicó. 

—Me gustó, me la voy a apropiar. Toda excusa para darte un beso extra es buena.

Aioria se dejó guiar hacia donde Shura lo llevase, admirando la belleza de las calles de Recoleta. Conocía el lugar, había ido una que otra vez para visitar el cementerio, al centro cultural y al shopping, pero cada vez que visitaba ese tipo de barrios se quedaba embelesado como si fuera un turista más. Le costaba disimular el Sur, se decía. Pero eso no le impedía prestar atención al que era, obviamente, su prioridad, haciendo la pregunta con la que iniciaba sin falta todos sus encuentros, esa con la que siempre conseguía sacarle una sonrisa a su acompañante.

—¿Cómo estuvo tu día, papi?

 

*****

 

El motivo por el que Shura no llevó el auto a la cita fue porque el restaurante que había elegido estaba a pocas cuadras de su casa. Mientras caminaban por las calles iluminadas, llenas de gente que o bien regresaban a las suyas o bien acababan de salir para dar inicio a la vida nocturna, éste reparó en algo.

—A todo esto, he elegido el restaurante yo solo y ni te he preguntado tu opinión.

—Es tu derecho, pagas vos, elegís vos —respondió él sin darle importancia, a lo que intentó que por lo menos le dijera sin vergüenza si había algo que no comiera, para tenerlo en cuenta—. En mi casa no te podías poner exquisito con la comida. Como todo lo que se te ocurra, hasta mondongo.

—No he tenido ocasión de probar eso.

—Si podés no pruebes, es como comerse una toalla hervida.

El tema quedó ahí pero Shura siguió dándole vueltas al tema de la comida, recordando el mensaje que Aioria le había mandado. Quizás algún día podrían comer en su casa. Tampoco era cuestión de que se le fuera el presupuesto en salidas a restaurantes, y ya que el pecoso le había insinuado que no tenía problema en comer algo casero, ¿por qué no aprovecharlo?. El par de metros que quedaban lo recorrieron hablando de temas igual de triviales, hasta detenerse delante de un edificio cuya fachada era una amalgama del estilo francés que caracterizaba la zona con arquitectura moderna, combinando elegantes rejas de color negro y puertas altas de madera con ventanales grandes y luces tenues que lucían espectaculares de noche. El rubio se quedó mirándolo levantando la cabeza con la boca y los ojos bien abiertos, volviendo a llenarle el corazón de ternura como sólo él podía.

¡Fuaaaaaaa! ¡Es re lindo! ¿Sabés que de chico siempre soñé con vivir en un edificio así?

—Es acogedor, sí.

Esta vez fue el español quien le restaba importancia al asunto, aunque en el fondo disfrutaba de la admiración que despertaba en aquel mozuelo. Y, por más mezquino que fuera, también un poco del dejo de envidia que captaba en su voz. Entraron, el hall se encontraba totalmente desierto y Shura le indicó que debía mantener la voz baja dado las estrictas normas de convivencia. Aioria obedeció, y se mantuvo callado mientras observaba cada rincón con fascinación. Una vez dentro del ascensor intentó pegarse al mayor pero fue evitado, haciéndole fruncir los labios en un puchero. Antes de que pudiera reclamar nada, éste señaló hacia arriba con su dedo índice.

—Sí sabes que tienen cámaras los ascensores, ¿no?

—¿Y? Aunque no nos vean haciendo nada, si cada vez que venga llego a la noche y me voy a la mañana me pa que tus vecinos tarde o temprano algo van a sospechar.

—Siempre puedo aprovechar que me llamas papi e inventar alguna historia.

Ambos se sonrieron, burlándose de la situación. Si bien a Shura sus vecinos lo traían sin cuidado, apenas se los cruzaba y no tenía interacción con ellos más allá de las reuniones de consorcio, sí prefería dejar a la imaginación del encargado de las cámaras de seguridad los arrumacos que se hacía tanto con Aioria como con cualquiera de sus parejas en general. Además de que después de contenerse durante toda la cena y el camino a casa, no los mataría aguantar un poco más. 

Aioria estaba demasiado emocionado y cada segundo que pasaba su expectación crecía. Todo, los pasillos, las decoraciones minimalistas, las vistas a través de las ventanas, le parecía hermoso. Siempre había tenido un gustito por los edificios de departamentos. Entre sus objetivos de independizarse siempre estuvo vivir en uno, claro que nunca uno de la categoría del que estaba recorriendo en ese momento. Y ver aquél en el que pasaría la noche fue incluso mejor de lo que esperaba. Cuando entraron Shura le retiró el saco y lo dejó en el respaldo de una de las sillas, preguntándole si quería tomar algo. Cuando se negó, le rodeó la cintura con un brazo.

—Te la enseño, entonces.

—¿Me la qué?

—Cierto que vosotros no lo hacéis… otra costumbre, enseñar la casa a las visitas. Entre el tiempo que llevo aquí y que nunca traigo gente, no se me quita. Pero si no te...

—¡Me encantaría!

¿Cómo se iba a perder la oportunidad de curiosear por todo el lugar? Aceptó con gusto el recorrido. El living, el comedor y la cocina compartían un mismo espacio, la última separada por una barra americana. El lugar era espacioso y contaba con una agradable vista a la calle producto del ventanal, que estaba seguro daba una iluminación natural ideal durante el día. Había muebles de aspecto moderno, como el largo sofá y los pequeños sillones a juego a sus lados, el mueble en el que estaba el televisor y el juego de comedor; y muebles que imitaban antigüedades, como el librero, la mesita baja en medio de los sillones y la cómoda. Aioria no pudo evitar señalar lo que había encima de ésta. Un kake , un exhibidor con tres estantes donde descansaban tres espadas japonesas.

 —¿Ésas son…?

—Mi pequeña colección —explicó mientras se acercaban para verlas mejor.

—Así que sutilmente me estás diciendo lo que me espera si me encontrás afanándote algo —bromeó, intentando no darle mayor importancia al hecho de estar en la casa de un hombre armado—. ¿Y todas son de verdad?

—Sólo la de arriba es una katana , si es eso lo que quieres decir. La que está debajo es un bokken, que es similar pero está hecha de madera de roble japonés. Y la de hasta abajo es un shinai, y está hecho de bambú.

—Uhhhhh… ¿y las sabés usar?

Shura tuvo oportunidad de hablar a detalle de su pasatiempo, el kendo . Habló de la disciplina, de la superioridad del roble blanco sobre el rojo, de torneos, de la ropa y de la armadura que vestía en los entrenamientos a un impresionado Aioria, quien interrumpía para hacer preguntas mientras reunía valor para pedir algo. Algo que el mayor supo leer en sus ojos.

—Puedes coger el shinai .

—¿No me dejás la katana?

—No.

—¡Porfiiiiiii!

—No. Sería irresponsable dejarte cargar un arma punzocortante sin entrenamiento para maniobrarla. Y el bokken pesa más de lo que crees —dijo anticipándose al siguiente pedido.

—¡Porfiiiiiii! —volvió a suplicar inflando los mofletes en un gesto que se le hizo sumamente adorable, pero no bastó para hacerle torcer el brazo.

—El shinai o nada. No quiero que te vayas de aquí con nada roto o, peor, que me jodas una de las espadas. No son baratas.

Finalmente el chico dejó de insistir y aceptó el ofrecimiento, demostrando que "mocoso maleducado" sólo era un mote que le quedaba en la cama. Empuñó el sable y se puso a imitar las posturas que había visto en películas mientras él, a una prudente distancia y con los brazos cruzados, disfrutaba de verlo jugar a ser un samurai, cuando se suponía que estaba ahí para follar. ¿En qué momento habían desarrollado tal confianza? ¿A todos los que pagaban por la compañía de un joven les acabaría ocurriendo eso? Cuando se hubo divertido lo suficiente, éste se lo devolvió y él volvió a tomarlo de la cintura para retomar el recorrido. El piso, a pesar de ser grande, no tenía muchas habitaciones. Le enseñó el balcón, la cocina y el baño, aprovechando para manosearlo mientras lo hacía, mientras que Aioria imaginaba cómo podrían hacerlo en cada una de esas habitaciones. Él tampoco había olvidado el motivo principal por el que estaba ahí. 

El dormitorio era sobrio y elegante como el dueño de casa. Piso flotante de color escandinavo, tres de las paredes estaban pintadas de gris oscuro y una pared de ladrillo gris claro donde estaba la ventana. El mobiliario consistía en un armario empotrado, un chiffonier horizontal de seis cajones y dos mesitas de noche, todos estos evidentemente elegidos a juego. Pero lo que resaltaba era la cama y no solamente por las ganas que tenía de usarla.

—¡Es inmensa!

—Caben tres personas y aún sobra espacio.

—¿Y cómo sabés eso vos?

En lugar de responder, Shura le dedicó una sonrisa enigmática. Esa sonrisa que le enloquecía. Lo enfrentó, tomando su rostro entre sus manos y se quedaron unos minutos así, mirándose, refregando suavemente sus pelvis entre sí. Sólo disfrutando de sentir el cuerpo del otro contra el propio, hasta que decidió por fin darle ese beso que ambos estaban esperando con ansias. Sus brazos volvieron a rodearle la cintura y una de sus piernas se coló entre las suyas, presionando con total descaro. Aioria respondió refregándose contra ésta y mordisqueando su labio inferior, tal como sabía que le gustaba.

—Parece que te has quedado con hambre  —le dijo Shura ocupándose de desabrocharle el cinturón.

—Unas ganas de comértela tengo…

—Venga, déjame mimarte un poco primero…

Metió las manos debajo de su camiseta, acariciando su abdomen y sus pectorales mientras la levantaba para quitársela por encima de la cabeza y acto seguido ponerse a besar los hombros y el cuello del muchacho. Éste le quitó la camisa y ambas prendas cayeron juntas al suelo, tras ellas fue el resto de la ropa hasta quedar ambos en ropa interior, pero cuando quiso bajarle el bóxer, Shura se lo impidió empujándolo suavemente, sentándolo en el borde de la cama y arrodillándose en medio de sus piernas. Lentamente le retiró la última prenda que le quedaba, aprovechando para recorrer sus musculosas piernas antes de rodear su miembro con una mano. Súbitamente, se lo metió en la boca, sacándole un gruñido de sorpresa y gusto.

A diferencia suya, el español usaba la boca con suavidad, empujando todo lo que podía aguantar hasta el fondo de su garganta para luego sacarla lentamente y recorrerlo con la lengua. Hasta en eso podía ser elegante y metódico. Con los ojos cerrados, éste se dedicó a chupar mientras Aioria se arqueaba hacia atrás, sosteniéndose del colchón con ambas manos. Los gemidos del chico le parecían la cosa más hermosa que podía escuchar, encontrando adorable la forma en la que se desesperaba y se agitaba como un animalito salvaje.. 

—¡Ah! Ahhhhh… Shura, más… dale…

Junto con su súplica, comenzó a mover las caderas hacia arriba, pero Shura no se compadeció. Siguió haciendo lo suyo con parsimoniosa lentitud, torturándolo deliciosamente. Seguramente se estaba vengando, por la vez en la que él lo había hecho suplicar. Probó con aquello que sabía que le gustaba tanto oír.

—Papi… por favor…

En respuesta a eso, Shura cerró su puño e hizo un movimiento con su pulgar, subiéndolo y bajándolo, mientras seguía chupando. Aún medio atontado, Aioria comprendió y se inclinó para buscar en su mochila, la cual había arrojado descuidadamente a los pies de la cama, la botellita de lubricante. Se la pasó y el otro la abrió con el mismo movimiento sin detenerse, embadurnándose dos dedos y acariciando su entrada antes de meter uno, haciéndole pegar un grito que fue cortado por gemidos cuando comenzó a moverlo. Entonces vino el segundo. Ya no pudo más. No podía quedarse quieto y permitir que lo usaran así, no soportaba disfrutar sin hacer nada. Posó su pie descalzo sobre la erección de Shura, todavía cubierta por el boxer y comenzó a masajearla. Aquello le hizo perder la concentración al mayor, que intentó seguir con lo suyo, pero que en poco tiempo terminó soltando el miembro de Aioria gruñendo de placer.

—Jo… der…

Aunado a esa maldición, Shura se puso a refregarse contra su pie, aferrando su pierna y cubriéndola de besos. Con algo de prisa, bajó su propia ropa interior para mostrarle lo duro que estaba. Aioria comprendió la exigencia y sumando el otro pie, lo tocó directamente, masajeando ahora con ambas plantas su sexo y sonriendo con orgullo.

—¿Te gustan mis pies?

—Se sienten… de puta madre… ¡oh, coño!

Tuvo que obligarse a seguir moviendo sus dedos dentro del chico, pues el placer que éste le provocaba lo distraía. Volvió a atenderlo con  la boca, sólo que esta vez chupaba frenético, provocando que ambos gimieran sin control. La habitación se llenó de sonidos húmedos y voces entrecortadas. Aioria movía sus pies rápidamente y luego daba largas caricias, en intervalos. También frotaba cada tanto la punta con sus dedos. Siguieron hasta que, sin necesidad de palabras, tan sólo con una mirada, ambos decidieron que era momento de pasar a mayores. El español se paró de un golpe mientras lo empujaba para hacerlo caer de espaldas sobre la cama, quedando él de pie. Sin darle tiempo a nada, lo tomó de la parte inferior de los muslos jalándolo hasta el borde de la cama, acomodándose entre sus piernas y levantándole una. El rubio soltó exclamó un “¡Wow!” mientras le miraba impresionado por su arrebato. Él respondió besándole el pie que ahora descansaba sobre su hombro.

—Así que los pies. ¿Cuándo ibas a decirme?

—No tengo un gusto especial por ellos —aclaró mientras se ocupaba de esparcir lubricante a lo largo de su erección, que ya había acomodado sobre la entrada del chico—. Es tu culpa por moverlos tan puñeteramente bien.

—Entonces devolveme el favor. Vos también sabés mover algo puñeteramente bien…

Moviendo las caderas, dejó en claro que estaba listo. Ambos sonrieron y cuando Shura empujó los dos expresaron cuánto les gustaba el contacto directo, sin látex de por medio, con un gemido bien fuerte. Aioria se llevó una mano a la cabeza, agarrándose un mechón de pelo y tironeando de él. Shura acariciaba su pierna, comenzando a embestir a medida que éste le demostraba lo rápido que se acostumbraba. Gruñendo, soltando una que otra maldición con ese acento que fascinaba a Aioria, quien aún tenía una mano libre, con la que empezó a recorrerle el vientre, subiendo hacia su pecho.

—Papi… —pidió con voz de chico consentido— ¿Me dejás tocarme?

Shura recordó las palabras que le había dicho durante su primera vez juntos: “Si vas a tocarte vas a enseñarme cómo lo haces”. Hacerlo le sacó una sonrisa perversa, que en seguida cambió por un gesto severo.

—¿Y como por qué debería dejarte?

—Mirá cómo me tenés… —respondió el otro, rodeando la base de su sexo con los dedos índice y pulgar, agitándolo.

—No intentes responsabilizarme por eso. Si una polla en el culo te tiene así, es porque eres un guarro.

A esas palabras les siguieron unas embestidas más fuertes. Aioria sentía que se derretía cada vez que le hablaba así. Quería oír más. Por eso comenzó a pasarse las manos por el cuerpo, a lamerse los dedos, ante la mirada atenta de un Shura al que cada vez le costaba más mantener el semblante.

—Mira nada más, no puedes mantener las manos quietas. Y la cara que pones… guarro se te queda corto. Eres una putilla.

Justo cuando él pronunciaba esas palabras, Aioria se sobresaltó y gimió con aún más ganas tras haberse rozado los pezones, un punto extremadamente sensible para él, con sus dedos húmedos. Se veía tan encantador cuando disfrutaba. Por supuesto que le dejaría hacerlo, con tal de ver más.

—Vale, vale, puedes tocarte.Y más vale que me dejes oír tu voz.

—¡Sí, sí! ¡Gracias!

Feliz de recibir permiso, Aioria siguió masajeando su pecho con una mano, mientras con la otra se masturbaba furiosamente. Todo sintiendo cómo empujaba cada vez con más fuerza y más profundo, haciéndolo gritar. Pronto sintieron que ya no podían quedarse en esa misma posición, el enorme espacio que tenían les hacía irresistible moverse. Shura le levantó la otra pierna, besándole ambos pies antes de cambiarlo de postura, sentándolo sobre su regazo, moviendo sus caderas hacia arriba para embestirlo. Aprovechando esa cercanía, el chico arañó su espalda y mordió sus labios con fiereza, a lo que él respondió sujetándolo de los rizos y clavando sus dedos en su trasero. Cuando tuvo la boca libre, se dedicó a llenarle el cuello de mordidas, listo para cumplir su promesa de dejarlo marcado por entero.

El resto se desenvolvió naturalmente. Cada vez que uno parecía a punto de alcanzar el clímax, bajaban la intensidad con el propósito de extender el momento lo máximo posible, para luego retomar ese ritmo que ya parecía una lucha y que por momentos llegaba a hacerlo. Uno jugaba a imponerse y el otro jugaba a resistirse. Cuando Shura ganaba, Aioria terminaba sometido debajo de él. Cuando el más joven ganaba, se montaba encima del mayor para cabalgarlo. En esta posición es que sintió que ya no podía aguantar.

—¡MIERDA! Ahhhhhh… ¡no doy más! 

—Sí, sí… ¡eso, déjame ver cómo te corres!

—Vos… ¡ah! Vos bancá un toque más, por favor… ¡Dios…¡Shura! ¡SHURA! ¡PAPI!

El susodicho no supo el porqué de ese pedido, pero podía y no le molestaba hacerlo. No teniendo a ese chico precioso encima, gritando y sacudiéndose, sin miedo a mostrar cuánto disfrutaba mientras se dejaba ir, manchándole el pecho al eyacular. Aún tembloroso y exhausto, no se tomó un segundo para recomponerse, se bajó de encima suyo y se apresuró a meterse su miembro en la boca y ponerse a chupar. Apenas consiguió tomarle del cabello antes de venirse él también, gruñendo en voz alta. Mascullando cosas ininteligibles cuando se dio cuenta de que Aioria estaba tragando. Mantuvo la cabeza del chico allí un poco más, para finalmente soltarlo. Éste se levantó, dejándose caer a su lado.

Antes de acomodarse, el dueño de casa se levantó y salió de la habitación, volviendo poco después con un vaso de agua fría para ofrecerle. Luego de aquella batalla en la que ambos habían quedado despeinados y marcados; y en la que sábanas y almohadas habían acabado  en el suelo, Shura volvía a ser un caballero.

—No hacía falta —aseguró Aioria, aunque bebió con ganas antes de volver a acostarse.

—Lo mismo podría decirte a ti.

—¿Cómo que no? Vos me prometiste algo si lo hacía…

—Supongo que no me queda de otra.

Acomodándose en medio de la cama, se acurrucaron, abrazados. El momento post orgasmo volvió el ambiente agradable y relajante. Comenzaron las caricias, los besos suaves y la charla en la oscuridad, algo que a los dos les gustaba mucho, bromeando y riéndose juntos antes de quedarse dormidos.

 

*****

 

Aioria abrió los ojos encontrándose solo en aquella cama enorme. Sin preocuparse demasiado por dónde estaba su anfitrión, se dio el gusto de estirarse y bostezar con ganas, rodando de un lado a otro para desperezarse antes de levantarse. Al salir del dormitorio escuchó el sonido del agua proveniente del baño así que, llevando únicamente los calzoncillos puestos, decidió irse al living a esperarlo. Confirmó que, durante el día, estaba ampliamente iluminado. Se acercó al librero a curiosear. En el primer estante los tomos eran de tapa dura, entre los cuales se encontraban los títulos Historia de los reyes de Britania, Yvain, el Caballero del León, Erec y Enide, Perceval y los tomos del uno al cinco de algo llamado La Vulgata .

—¡Culete!

Una mano se estrelló contra su trasero y al darse la vuelta se encontró con Shura, vestido y con el pelo húmedo, sonriéndole. Aioria le devolvió la sonrisa, dándole un beso y mostrándose encantado con la forma con la que el español le daba los buenos días.

—Perdona que me haya bañado sin ti. Soy de madrugar y me daba tanta pena despertarte… —fijando la vista en el mismo lugar que él, comenzó a masajearle la zona que acababa de golpear— ¿Qué, te ha llamado algo la atención?

—Los libros de este estante, están preciosos. Parecen antiguos.

—Son reproducciones de obras de literatura artúrica de la Edad Media. Y los de aquí —dijo señalando el segundo estante donde, entre otros tantos, resaltaban cinco tomos de una colección llamada Camelot— son de la Edad Moderna y Contemporánea. Y los demás estantes… pues misceláneo. 

—Así que un fanático del rey Arturo… y del orden.

—Tú dirás si merece la pena soportarme las manías.

Los dos se sonrieron, dándose un beso más antes de que Aioria se fuera a ducharse, pensando que él estaba siendo por mucho el que parecía salir más favorecido. Y que el día en que Shura se diera cuenta, estaba en el horno. Antes de que llegara al baño, éste le llamó la atención.

—Una sola cosa, para las próximas veces que te quedes aquí.

—Sí, decime.

—Que si puedes traerte unas zapatillas de andar en casa.

—¿Eh?

Aioria se miró los pies y luego miró los de Shura, que ya tenía puestos los zapatos para salir. Entonces volvió a mirarlo, incrédulo.

—¿Te molesta que ande descalzo?

—Es que en España no solemos andar descalzos por casa.

—Anoche no parecías tener problemas con mis pies. Dale... ¿cuál es el problema? ¡Tenés re limpio el piso!

—Perdona, es por la costumbre… me da algo de grima que lo hagas.

 

*****

 

—¡No te la puedo creer!

—Yo siempre cumplo mis promesas. Te queda pintada.

Shura no pudo convencer a Aioria de que se quitara su nueva campera de cuero y tampoco pudo negarse cuando insistió en, antes de irse a tomar el subte, dar una vuelta más para lucirla. A ésta se le sumaban el prometido par de zapatos, una camiseta, un pantalón, un beanie y una chalina. Los últimos cuatro comprados en el mismo local, para solamente llevar una bolsa.

—Gracias. Vos te ves medio raro —comentó haciendo alusión a los jeans y a la camiseta negra entallada de mangas cortas que el otro llevaba—, pero seguís estando que te partís al medio.

—No creerás que voy toda la vida de traje, ¿no?

Mientras iban saliendo del lugar, Shura comentó que pronto se tomaría las dos semanas de vacaciones que le correspondían, y que en ese período le gustaría que se vean en días de semana, algo que Aioria aceptó con gusto, comprometiéndose a pasarle sus horarios de clase para coordinar. Satisfechos, los dos se despidieron con dos besos cuando llegaron a la entrada del subte que debía tomar.

Shura, cuando se quedó solo, no pudo borrar la sonrisa de su rostro. Con sólo una noche quedándose en su casa, ese chico le hizo sentir acompañado, admirado y tranquilo. No le había pesado comprarle esas cosas, al contrario. Adoraba la felicidad en aquel rostro pecoso, que combinaba perfectamente la inocencia con la picardía. Le encantaba cómo esos ojos verdes le miraban con fascinación y deseo. Se sentía importante, tal como deseaba.

 

*****

 

Intentó entrar sigilosamente a su casa pero la puerta hacía ruido al abrirla. Escuchó pasos yendo en su dirección y lo único que atinó a hacer fue arrojar la bolsa atrás del sillón, antes de que Aioros apareciera con el torso desnudo y una bandana roja atada en la frente para que los mechones del flequillo no le molesten, dando pasos grandes para llegar hasta él y abrazarlo con fuerza. El sutil aroma a sudor y humo que llevaba encima hacía evidente que ya habían prendido el fuego para hacer el asado.

—¡Buenos días! ¿Qué tal la noche?

—Tranqui —respondió escuetamente mientras le devolvía el abrazo—. ¿Ustedes?

—Bien, bien. Llegás justo a tiempo para ir a comprar la Coca para el fernet… ¿y eso?

Aioria sintió que palidecía cuando su hermano señaló su nueva campera, pero no era momento de entrar en pánico. Con su mejor sonrisa y sin que le temblara la voz, improvisó.

—Me la compré en la feria por quinientos mangos. ¡Quinientos mangos! ¿Podés creer?

—¿Quinientos? —preguntó Aioros incrédulo pidiéndole que se la saque para examinarla—. Debe estar hecha mierda para que te la dejaran tan barata… igual, ¿cómo que fuiste a la feria? ¡Íbamos a ir los tres juntos!

—Perdón, perdón… te juro que no fui a recorrer. Pasé cuando me bajé del bondi y la vi.

Aioros se veía ofendido de verdad. Más que eso, parecía decepcionado, herido. No podía resistirse a esa carita. Volvió a abrazarlo, enternecido, sin importarle que se le ensucie la ropa. Le prometió que todo ese día sería tal como lo habían planeado, hasta el último detalle, y le pidió que le dejara ir a cambiarse antes de ir a comprar. Así aprovechó que su hermano fuese a buscar la plata para irse y esconder la bolsa en su domitorio. Antes de salir, se asomó al patio para saludar a Saga, que estaba en las mismas condiciones que Aioros y que le pidió que le sirviera un buen vaso en cuanto volviera.

A Aioria le encantaban esos momentos. Y le encantaba también el estilo de vida que Shura tenía. Si le pidieran que eligiera entre uno y el otro le sería muy difícil decidir. Le hacía feliz no tener que hacerlo. Esperaba que esa relación durara mucho tiempo, y no solamente por los regalos y el dinero. Quería llegar a conocer todavía más al español. Nunca pensó qué podría atraer la atención de alguien como él, con gustos tan originales, con costumbres tan marcadas y con ese temperamento tan peculiar.

Y claro, con tan impresionante experiencia y apetito sexual.

Notes:

Disclaimer: Ni Saint Seiya ni los personajes utilizados me pertenecen. Historia escrita únicamente para entretener.

¡Gracias por leer!